Pasaron la noche en una residencia cercana a la estación del Ferry. Un lugar sencillo y poco llamativo, pero bastante ocupado por las fechas. Saito se retiró tras completar la reunión. Definieron que al siguiente día tras cruzar el ferry, habria un vehículo en el puerto de Chiba aguardando por ellos.

Benimaru siguió al viejo ninja hasta que en un callejón aledaño el hombre se detuvo y lo observó expectante.

— Kaoru...sabes algo de ella? — Preguntó Benimaru con seriedad.

— Me temo que aún no tenemos pistas de la señorita Yagami. —

— Yo sí...—habló Benimaru sopesando la reacción del ninja, la cual no mutó en lo absoluto—. Está con una mujer Yagami. Intentando recuperar algo de control sobre el clan...o eso decía el mensaje que nos envió. —

El hombre sonrió sutilmente, la sorpresa tan fugaz como aquel gesto, desapareció para dar paso a un calmado asentimiento.

— Sé que pronto se reunirán. Los Yagami. Y no se que está haciendo Kaoru o que planea. Pero...si llega a ser reconocida por la gente de Takeshi...—

— Entiendo. —lo observó Saito con cierta agudeza y se inclinó levemente a modo de despedida—. Son pocas las mujeres Yagami que ostentan cargos de poder. La encontraremos.

El rubio observó como la figura altiva del hombre parecía desvanecerse tras un par de pasos en las sombras.


Mai se dejó caer sobre la cama con la mirada fija en el techo de la habitación. En ese instante de soledad y silencio pensó en los Bogard.

No quería ver a Andy o saber algo de él. Y menos después de aquella pesadilla tan vívida que le ofreció esa criatura. Pero no podía evitar preocuparse por él. Y tampoco por Terry que seguía herido.

Suspiro y pensó en que haría si a Andy se le ocurría unirse a Terry y por ende a ellos. De todas formas, ya sospechaban de las conexiones existentes con Gesse Howard. Pero no estaba preparada para verlo, no todavía. Aparte de Blue Mary...gruño girando a un costado mientras miraba el celular apagado reposar en su mano. Esa sería tal vez la reunión más incomoda que tendría en su vida.

El sueño comenzó a envolverla con delicadeza y minutos después cuando empezaba a quedarse dormida, la vibración del celular la hizo espabilar. Observó algo aturdida la pantalla.

— Terry… — Susurró.


Iori tuvo un sueño plagado de imágenes, espíritus, voces. Una apremiante sensación de pérdida. Un tumulto de emociones ajenas, como si cayeran en un delicado olvido del cual se aferraban con desesperación.

Seguía en el mismo bosque, oscuro e infinitamente grande. Volvía a percibir la vegetación densa hasta llegar a un tronco grueso de madera blanca sin hojas. Como un enorme cadáver retorcido, extendía sus brazos desnudos a la negrura de la noche.

Algo en su belleza se percibía macabro, y a medida que lo rodeaba era testigo de todas las estaciones. Sus hojas nacieron como si entrara al ocaso del invierno y floreciera la primavera. Luego reverdecian tan oscuras como la tierra al caer el otoño, y poco antes de completar el ciclo, eran densas formas ovaladas de un rojo granate pero intenso.

Sus hojas cayeron como lluvia rojiza impregnando el piso. Luego aquel tapete avanzó tan viscoso como la sangre hasta rodear sus pies y cubrirlos. Y de ella se levantaron decenas de manos que lo jalaron con desesperación.

Y otra vez iori percibió aquellas emociones ajenas. Aquella historia narrada por medio del miedo.

Despertó de golpe con la respiración acelerada, sudando. Miró nuevamente como sus manos temblaban, como si fuese un reflejo del miedo de aquellos espíritus. Un eco que resonaba en su cuerpo.

Empuño las manos con un gruñido bajo, molesto. Estando tan cerca de su objetivo, le era imposible retornar a esa paz que la energía de Kyo le había facilitado. Pero pronto se desharía de una vez por todas de aquello.

Suspiro cansado pero sin sueño y pensó en Kyo. En su rostro apacible, su respiración lenta pero estable. Por un instante había creído que su cuerpo ardería irremediablemente y por primera vez en mucho tiempo había sentido un miedo entrañable, arraigado. Propio.

Río con amargura al borde de la cama. Él, quien no hacía mucho había jurado innumerables veces matar a Kyo Kusanagi. Ahora temía por su vida. Ahora atesoraba su bienestar. Ahora al solo pensarlo, lo extrañaba.

Se cubrió el rostro con una mano sin borrar aquella sonrisa desagradable. Que tan irreversibles eran sus sentimientos por Kyo, se preguntó, sin poder evitar una profunda herida en el orgullo.

Se levantó de golpe despejando aquellas ideas y salió al exterior a fumar un cigarrillo.


Allí lo vio Benimaru al regresar a la posada. Pálido y pensativo. Con la mirada perdida entre volutas de humo de un cigarrillo a medio fumar, estaba sentado en un pasillo techado que lindaba a un jardín diminuto cubierto de nieve. Traía solo la ropa casual con la camisa entreabierta y el rubio sintió un fuerte estremecimiento de frío con solo verlo.

Nikaido se acercó a una máquina expendedora y compró un par de bebidas calientes. Se acercó a Iori que yacía tan abstraído que no lo percibió hasta estar muy cerca.

— O eres inmune al frío o ya estás muerto y no te has enterado Yagami. — Hablo el rubio extendiendo la bebida caliente hasta tocarle el hombro. Iori pareció reaccionar con lentitud y recibió la lata luego de unos segundos. Benimaru se sentó a su lado.

— ¿No puedes dormir? —preguntó el rubio abriendo la lata y tras un sonido medio bajo de molestia de parte del pelirrojo, lo miró de soslayo—. ¿Crees que Kyo está bien? — Insistió.

Iori destapó la bebida con un leve temblor en las manos, que disimuló muy bien, y bebió con despreocupación.

— Si. — Respondió con cierto desdén.

Los dos se quedaron en un silencio curiosamente cómodo.

— Que te dijo Saito. — Indagó Iori dando por sentado que Benimaru le habría informado a este sobre Kaoru. Su mirada rojiza parecía tener una intensidad casi sobrenatural, un fulgor que el rubio no había notado por la distancia y desvió la mirada algo incómodo.

— Dijo que la encontrarian...espero que nos informe pronto de su paradero. — Bebió otro sorbo caliente.

— No confió en Saito. Sé cuidadoso con la información que le das. — Acotó Iori terminando la bebida en pocos sorbos. Benimaru lo miró extrañado.

— Hmm, si no confias en el siervo que te ha facilitado todo esto... ¿Hay alguien en quien lo hagas? — Preguntó el rubio indignado, soltando la pregunta al aire, esperando otro silencio como respuesta.

— Si. —dijo Iori levantándose con cierta lentitud—. En Kyo...—agregó dándole la espalda—. Y ahora en ustedes dos, supongo. — Agregó con sincera frialdad.

Benimaru lo miró sin palabras y el pelirrojo se retiró sin más. Su figura alta y muy descubierta para aquel intenso invierno, se desdibujó al entrar de nuevo a la posada.

— No me jodas...— Habló Nikaido por lo bajo, pero a pesar de la indignación no pudo evitar una sonrisa complacida. Solo hubo que pasar medio infierno para que ese condenado Yagami pudiera confiar en nosotros.


El día transcurrió rápido mientras profundizaban en la información entregada por Saito.

Contaban con la ventaja de saber la posición exacta de la fuerza militar. A grandes rasgos más peligrosa por sus armas de fuego.

Por otro lado los ninjas Yagami y los Bihksu, serían un factor impredecible, pero ya habían lidiado con ello antes, y sabían que el choque directo era una certeza.

Poco antes de abordar el Ferry apareció en su encuentro Terry Bogard. Su cabello rubio yacía suelto y algo enmarañado por el viento helado. Entre vahos lentos los saludo de forma amistosa.

— Por un momento pensé que no alcanzaría el ferry. — Acotó Terry con una sonrisa ancha y un movimiento de la mano.

— Y yo pensé que habíamos quedado en que no vendrías...es bastante riesgoso y estás herido aun. — Intercedió Mai cruzándose de brazos.

Terry soltó una lenta risa algo rígida posando una mano delicadamente en el hombro de la mujer. Esta suspiró irritada pero no dijo más.

— Yo estoy muy bien.—acotó desviando la mirada a Yagami—. Hay situaciones más apremiantes...y vinculadas. — Agregó con tono más serio. El pelirrojo lo escrutó con altivez.

— Todos tenemos la misma impresión. —habló Iori en tono neutro—. Se puede sentir la influencia de Orochi y sus esbirros en todo este asunto. — Agregó dando una señal silenciosa de abordar.

— Es una criatura capaz de habitar a muchos al mismo tiempo. Algo así...es difícil no dudar que tenga algo que ver. — Aseveró Terry al seguirlo.

Ya dentro de la embarcación se apoderaron de un rincón al interior del barco y pidieron algo de comida liviana.

— Bueno, a fin de cuentas a mi no me parece nada mal eso tener algo más de apoyo. Por mi eres muy bienvenido. — Hablo Benimaru tomando un sorbo de un caldo caliente. Mai lo miró de soslayo con desaprobación. Se denotaba algo inquieta, removiendo la comida sin apetito.

Iori parecía abstraido totalmente en el exterior, su semblante se notaba tenso e intimidante. Ahora entendía porque había tantas sillas vacías alrededor.

— Ya que estás aquí. ¿Encontraste a Andy? ¿Está todo bien? — Pregunto Nikaido soplando la comida caliente antes de tomar otro sorbo.

— Si...se está recuperando de un fuerte enfrentamiento. — Habló con cierto resentimiento. Mai levantó la mirada y Iori desvió su atención a él.

— Está bien, no fue nada grave. Espero que el malnacido de Billy haya quedado igual o peor. — Acotó con una sonrisa tensa.

— Billy Kane...entonces...— Indagó Iori sin terminar la frase.

— Si. Eso creemos. Dado que su perro guardián siempre está donde él esté. Es muy probable que los rumores sean ciertos y Gesse Howard esté de regreso. El malnacido parece no saber quedarse muerto. —gruñó Terry—. Pero en el momento esto no es algo que les afecte directamente, más bien diganme que van a hacer a ese lugar, sigo sin entender todo ese asunto espiritual con monstruos y esas cuestiones sobrenaturales...— Indagó con el ceño fruncido.

Benimaru suspiró.

— Dímelo a mi. — Gruño Nikaido cansino y se dispuso a explicar.


Cuando arribaron al puerto, ya estaban siendo esperados por los Supaida. Dos hombres jovenes con la ropa de trabajo de alguna empresa y una mujer mayor con neutrales ropajes negros.

Los guiaron hasta un camión pequeño transportador de alimentos en una calle distanciada e ingresaron a la parte trasera. El espacio de carga vacío dio apenas para acomodarse algo apretados.

— Esta es una empresa reconocida del sector. Ningún militar va a detener o cuestionar en qué dirección va el vehículo. — Habló la mujer mayor y desdobló un mapa pequeño de la zona. Apuntó con un dedo al extremo izquierdo del bosque que lindaba con una de las carreteras—. Este será el costado por el que ingresaremos. El terreno es irregular y escarpado, pero es el sitio menos vigilado. —deslizó el dedo a otros espacios marcados en el mapa—. Aquí, en las entradas, caminos y carreteras principales hay fuerte presencia militar. En esa zona concentraremos nuestra presencia para evitar que se acerquen a ustedes. Y aquí, en la zona más densa cerca al extremo de la montaña que da al mar, es donde se concentra la presencia de los ninjas. — Extendió otro mapa mucho más viejo y ajado.

— Hace muchos tiempo este era un lugar de culto y se realizaron muchos rituales clandestinos, ocultos ante los ojos de los Daimyo. Y tras los conflictos que se dieron poco antes de la era Meiji, un grupo de monjes tomaron posición de este lugar, purificando todo.

Cambiando completamente su enfoque y dejando en el olvido los antiguos caminos usados desde la época feudal. —agregó sobre posicionando el delgado papel sobre el mapa moderno—. Esos son los caminos que posiblemente debieron usar para alterar lo que buscan. —

— Un espacio ajeno al clan Kagura y con gran carga espiritual. —Habló Mai quedamente—. La sacerdotisa Kagura dijo algo muy extraño respecto a porque nadie de su clan sabía de los Hokora. Dijo...que solo el mismo demonio podía guiar la libertad a su morada. — Acotó mirando a Iori de soslayo.

— Siendo así, entonces espero que ese demonio sea un buen guía y nos ayude a evitar peleas innecesarias. — Agregó Benimaru.

Iori y Terry tomaron los mapas escrutando los viejos caminos en silencio. La mujer supaida parecía solo observar con intensidad a Yagami. Un brillo malsano e intrigante parecía socavar su mirada y Mai sintió un pequeño escalofrío. Había algo en esa gente que no le gustaba.


El auto se desvío repentinamente a un descampado entre el bosque, internándose un poco entre la hierba, acomodándose entre algunos troncos separados.

Tras unas órdenes cortas los hombres abandonaron los trajes de la empresa y ocultaron el auto con maleza recogida. La mujer les indicó en qué dirección debían ir y hacia dónde encaminarse cuando encontraran un árbol enraizado en una gran roca. De ahí en adelante era cuestión de ellos dar con el lugar.

Antes de separarse del grupo les recordó que deben ser rápidos en su objetivo, ya que retener a los militares solo sería posible por un tiempo limitado.

Ascendieron entre la maleza, parcialmente congelada. Aún nevaba con delicadeza y el frío calaba. Iori observó la espesura extenderse bajo la penumbra que dejaba el moribundo atardecer y percibió aquel ambiente malsano de sus sueños aumentar a medida que se acercaban.

Tras largos minutos sorteando obstáculos empinados, encontraron el árbol referido justo para entrar al área del mapa donde estaban demarcados los ninjas.

— Va a ser difícil pasar sin ser vistos. — Acotó Benimaru frotando las manos.

— No todos. —apuntó Mai despojándose de la chaqueta de tela gruesa y ruidosa, entregando la bufanda a Nikaido—. Yo puedo andar sin delatar mi posición. — Sonrió confiada.

Sus pechos sobresalieron al retirar las prendas, y su camisa delgada dejó entrever una clara y rígida muestra de frío.

— Les agradecería no mirarme con tanta intensidad. — Refunfuño Mai cubriéndose algo avergonzada.

— Ah, por favor. Combatías en torneos medio desnuda. Prácticamente no hay nada cubierto por esa ropa que no conozcamos ya. — Bufo divertido Benimaru tras lo cual un movimiento rápido e inesperado golpeó su cabeza con el sonido seco de una chaqueta enrollada.

— Auch...eso dolió. — Refuto resentido.

— Deberías aprender a tratar a una dama. — le indico Mai indignada apuntando con la prenda enroscada.

— ...una dama no anda golpeando caballeros a traición. ¿Sabes? — Protesto benimaru organizándose el cabello.

— ¿Caballero? ¿quien? — Preguntó Mai con tono cínico y un gruñido exasperado de Iori detuvo la riña.

— Esto no es un maldito paseo. Dejen de hacer estupideces.

Benimaru envolvió la bufanda de Mai alrededor de su cuello intentando entrar en calor.

— Esto es fácil para uds que controlan el fuego. Se calientan muy fácil. Yo tengo congeladas hasta las...— Pero le interrumpió otro golpe mucho más suave de Mai.

— Lenguaje...que no te enseñaron a hablar bien frente a una dama. — Acotó la mujer.

— Ah sí?...creo haberte dicho que no hace una dama. — Farfulló el rubio resentido organizándose de nuevo el cabello. La chica gruñó amenazante y Iori los miró con enojo.

Terry rió burlonamente y siguió a Yagami tras un salto largo a un escampado tres metros arriba. Los dos implicados guardaron silencio cruzando miradas resentidas y avanzaron.

Al cruzar la zona abierta e internarse en el bosque más denso, se detuvieron a sopesar el avance.

— Yo me encargo de infiltrarme, buscaré el modo de emboscar a los ninjas. Ustedes sean un buen señuelo y vigilen que no lo lastimen a Yagami.

— Que se atrevan. — Puntualizó Iori con voz ronca.

— ...según Kyo, ya lo han hecho antes. Así que tengan cuidado. En especial tú. —señaló Mai a Terry—. Aún no te has recuperado del todo. — Agregó, tras lo cual con movimientos absolutamente silenciosos, la perdieron de vista entre la espesura.


Tras algunos minutos sorteando los gruesos troncos nevados sin percibir enemigos. Unas formas de oscuros trajes ceremoniales comenzaron a rodearlos por momentos.

Como figuras intermitentes o visiones entrecortadas. Iori sabía que solo era él quien podía percibirlas.

Visualizó un camino que se formaba entre los árboles, entre la nieve, como si fuese otra época del año, y sacudió la cabeza algo absorto intentando retomar la lucidez. Era muy peligroso no ser consciente de su entorno dadas las circunstancias.

Pero aquel camino le era muy familiar a pesar de que todo era desconocido. Nunca había pisado aquella montaña y aun así la sentía tan propia. Percibía sus rincones y atajos, sus curvas y desniveles, su fertilidad y su decadencia.

Esa no era una sensación suya, meditó. Posiblemente eran familiaridades de aquella criatura. Y dedujo que había una profunda conexión entre aquella montaña y el Yokai.

Tal vez aquel espacio era algo suyo, pensó Iori observando el follaje oscurecido. La noche una vez más, llegaba como la expansión de la presencia de Ankoku.

Un sonido ahogado lo envolvió, el retorcer de las ramas y las hojas que parecían danzar con un viento inexistente, uno lento y helado, que alertaba de una nueva ventisca y se extendía hasta las entrañas del bosque.

Lo recorrió como la sangre a las arterias de un ser vivo. Fue una impresión vaga que se volvió una certeza. Podía sentir aquel lugar como si resonara con su cuerpo, y supo donde estaba el árbol blanco de sus sueños.

Iori maldijo, no tenían tiempo para irse con cuidado y corrió de repente sin mediar palabra alguna alertando a Terry y a Benimaru que emprendieron el alcance.

A los pocos metros de sortear árboles, percibió movimientos bruscos en las ramas. Avanzar sin miramientos y de manera agresiva, obligaría a sus acechadores a revelar su posición.

Iori se deslizó entre la nieve para esquivar un par de dardos delgados que se hundieron en el suelo congelado. Esta vez no lo tomarian desprevenido. Si lo querían por el magatama, en esta ocasión tendrian arrancarlo de su cadáver.

Gruño esquivando un par de dagas oscuras que se clavaron en un tronco cercano, emanando un vapor extraño y blanquecino. Iori maldijo reconociendo aquella sustancia y trazó la posición de su atacante. Dos objetos extra surcaban el aire en su dirección. Levantó la mano en un arco rápido y una llamarada de fuego violeta se materializó a varios metros, bloqueando el camino de los objetos.

El estallido fue estruendoso y las llamas crecieron contaminando todo el aire haciendo arder por un instante las ramas altas de los árboles cercanos.

Iori aprovechó la explosion y se ocultó tras unos troncos intentando ubicar a los ninjas.
pero las visiones no daban tregua y de repente se vio rodeado de un espacio con pocos árboles bajo una luna llena.

Maldijo mirando alerta a los lados, sin percibir nada del combate que estaba librándose.


Mai subió hasta una de las ramas altas y captó un movimiento brusco dos árboles abajo. Saltó con veloz delicadeza entre un par de troncos gruesos, y derribó con un golpe directo a la sombra que parecía matizarse entre el follaje.

Cayó con destreza sobre el hombre derribado y lo noqueó con una patada certera a la cabeza. Revisó el cuerpo y tomó algo de su indumentaria. Tras eso salto dando un par de giros atrás mientras dos saetas largas se clavaron en un tronco cercano y emanaron un extraño humo pálido.

Se cubrió la nariz y la boca para no inhalarlo y con un movimiento audaz, cruzó entre un par de árboles. Surco entre las ramas hasta que de un costado emergió una sombra agresiva que logró desequilibrar su posición. Alcanzó balancearse con una de las ramas laterales, dio un giro y cayó entre la nieve alta, atascando una de sus botas.

Maldijo la condenada ropa de invierno y esquivó por poco dos tajos cercanos de un ninja que cayó de un árbol lateral. Bloqueo, golpeo, rejudo y tras un giro elegante una onda de fuego derritió parte de la nieve que la atascaba.

En ese instante percibió como varias saetas de ese humo claro yacían a su alrededor y comenzaban a contaminar el entorno con aquel vapor blanquecino. Alarmada intentó alejarse, pero dos ataques sincronizados la tomaron por sorpresa y al solo alcanzar a esquivar uno, un corte lateral rompió parte de su camisa haciendo un tajo medio profundo en el hombro, ante lo cual se deslizó hacia su agresor golpeándolo con fuerza y girando hacia el otro con una oleada de fuego que emergió envolviendo el cuerpo del ninja.

En ese momento la sustancia pálida reaccionó a la ignición y Mai comprendió muy tarde su error.


Benimaru y Terry se acercaron justo a tiempo para cubrir al pelirrojo, que de repente se había paralizado tras un árbol.

Terry gritó llamando la atención de los enemigos y con un golpe bajo hizo temblar el terreno haciendo inclinarse con violencia varios árboles. Las sombras saltaron de estos para atacarlos. Mientras otras se movían ágiles en dirección a Iori.

— ¡¿A donde creen que van?! — Grito Benimaru y cargó con fuerza su puño elevando el brazo y emanando un estallido de luz que cegó a todos los presentes. Terry maldijo perdiendo de vista a Yagami tras el destello, y logró bloquear con el brazo un ataque por la espalda.

La hoja oscura atravesó sin mayor resistencia la tela de la chaqueta gruesa quedando muy cerca de su cabeza. Levantó el brazo con fuerza desviando el arma, que dejó una herida superficial en su piel, y con el pie atino una patada directa que hizo volar al ninja varios metros. Su cuerpo chocó contra la estatua oculta de un zorro, y dejó tras de sí un sonido de ruptura.

Levantó los puños bloqueando un par de dardos que no lograron traspasar el cuero grueso de la chaqueta y tras recibir un tajo leve en una pierna, tomó al atacante y con un agarre fuerte lo usó de escudo contra otro ninja que caía desde lo alto de un árbol sobre él.

Ambos cuerpos cayeron a un costado y Terry clavó un fuerte puño en la nieve que generó una larga estalactita de roca. Esta bloqueó el avance de dos sombras más hacia el destello de luz que se desvanecía.

Varias chispas estallaron en el silencio del bosque, como pequeños relámpagos que iluminaban la ya entrada oscuridad.

Benimaru tenía la ropa chispeante y llena de estática, un cuerpo aturdido y humeante cayó de su mano y pequeñas destellos estallaron repeliendo dos dardos de diferentes direcciones que intentaron tocarlo.

— ¡¿Eso es todo lo que tienen?! — Gritó algo emocionado por el combate, con la intención de desviar la atención de los atacantes, ya que Iori aun continuaba en un estado de quietud muy peligrosa.

— Yagami. ¿Qué carajos haces?. — Preguntó con aspereza Nikaido tras retroceder varios saltos ante un extraño humo blanquecino, que parecía reaccionar con su energía, electrificando el aire.

En ese instante el eco fuerte de una explosión se extendió como una oleada discordante.

— Mai...—susurró Terry apreciando una llamarada naranja que iluminó todo un segmento del denso bosque, muchos metros más abajo—. Mierda...te encargo a Yagami — Le gritó Bogard a Nikaido, corriendo entre la espesura en dirección a la llamarada.

Benimaru no alcanzó a responder. Con una mano sostuvo la base del arma cortante de su atacante y esquivó a un segundo agresor, dándole agarre.

Llamó a Yagami una vez más mientras empujaba a su oponente con el cuerpo del otro ninja. Este se resistió y al acorrararlos contra un árbol, el rubio generó una descarga potente que los sacudió hasta dejar caer sus cuerpos inconscientes.

Corrió en dirección a Iori que parecía haber reaccionado por un instante, y medio desorientado había estallado con brutalidad la cabeza de uno de los agresores. Las llamas se extendieron envolviendo el cuerpo en una explosion moderada.

Benimaru se le acercó. El pelirrojo se notaba algo aturdido aunque aparte de su ropa, no se veía muy afectado por los tajos.

— Que pasa contigo Yagami. — Gruño extendiendo la mano pero Iori tenía una mirada salvaje, con ese extraño fulgor dorado y rojizo.

— Ya se donde esta...el árbol blanco...el primer sello. —gruñó Iori con voz ronca observando algún punto en la oscura espesura del bosque—. Chizuru…— Susurró con rabia contenida y avanzó corriendo sin mediar mas palabras

— Chiz...que? Demonios Yagami, ¡Esperame! — Grito benimaru corriendo tras aquel semblante salvaje de iori.

Miro de reojo atrás y no percibió sombras tras de ellos. Estaban acechando de nuevo, buscando emboscarlos. Pensó en Terry y en Mai y en lo peligroso que era separarse. Pero alguien debia cuidar a ese demente alucinado de Yagami.

— Aguanten chicos— Susurró Benimaru y dio alcance a Iori, tomando uno de sus brazos para detenerlo. Debían ser más cuidadosos ya que estaban solo los dos.

Iori giró, frenando lentamente su mirada agresiva y salvaje hizo que el rubio retirara la mano. Luego su expresión muto con un atisbo de fría lucidez.

— Mantente alejado...podría atacarte. — Habló Iori quedamente mientras buscaba a su alrededor algo que Benimaru no podía ver.

— Lo se, ahora si que estás más loco que una cabra. No se que estas viendo, pero se que esta relacionado a ese Yokai. Tú síguelo, que yo te cubro. —sonrió Nikaido con toda la confianza que pudo reunir—. Necesitas más que un ataque alucinado para herirme. — Agregó con tono engreído.

Iori lo observó un instante en silencio y tras un corto suspiro molesto, fijó su atención en aquella figura pálida entre la espesura. Como un farol en medio de la oscuridad, Chizuru escrutaba en su interior mientras daba cortos pasos hacia atrás.

Iori se vio presa de otra memoria aturdidora. Un templo en llamas, llamas blancas, tan pálidas como la luna. Y el grito de muchas mujeres. El dolor como tributo a Ankoku. Un corazón roto, una muerte indeseada.

Se agarró la cabeza con fuerza, su cuerpo estallaba en sensaciones ajenas y todo parecía darle vueltas. Las visiones eran cada vez más vividas a medida que se acercaba. Era como si estuviera cruzando un umbral que desgarraba su lucidez y lo hacía ser otras personas, muchas otras personas. Y eso lo llevaba al borde de la locura por instantes.

Benimaru se irguió atento y a la defensiva, si había un momento para atacar a Yagami, era ese. Y efectivamente percibió los silbidos mínimos entre el viento. Le puso una mano en la espalda a Iori derribandolo contra la nieve, al tiempo que una carga exaltada de electricidad recorrió todo su cuerpo. Levantó una mano y extendió una onda eléctrica que repelió con un chispazo 4 pequeños dardos que casi alcanzaron su objetivo.

De soslayo percibió una forma emergente y esquivo por pocos centímetros una hoja negra y delgada. Un corte superficial destajo con absoluta facilidad la tela de la chaqueta y dividió la bufanda en dos.

Con un giro poco fluido y bastante pesado a causa de la nieve, dio un codazo fuerte a la altura del cuello de su atacante, y la sombra se sumergió en la nieve con un sonido sordo.

Una figura avanzó veloz y superficial sobre la nieve, como si no pesaran en absoluto, le dio alcance y otras dos formas encapuchadas descendieron de un árbol en dirección a Iori. Benimaru detuvo el brazo del atacante, percibiendo el filo negro con algo viscoso cerca a su cuello, mientras su anterior atacante comenzaba a recuperarse del aturdimiento.

Maldijo cediendo espacio al filo, esquivando con su cabeza y atrayendo al ninja hacia sí. El arma se metió entre la chaqueta por sobre el hombro y los retazos de la bufanda se deslizaron por sus hombros. Unas chispas intensas salieron de sus manos envolviendo al atacante, que con un gruñido sordo soltó el arma y tras un giro violento, Nikaido lanzó el cuerpo cargado en dirección a una de las sombras que había dado alcance a Iori.

El choque despidió un fuerte sonido eléctrico y la descarga terminó por derribar a uno de los dos. El segundo, que ya había bajado el arma en dirección a Yagami se vio envuelto en fuego violeta y salió despedido brutalmente hacia atrás en llamas.

Iori se levantó ignorando su entorno, y como un sabueso que ha detectado un rastro, avanzó pasando sobre los otros dos cuerpos enterrados en la nieve.

Sobre la capa blanquecina de varios metros a la redonda, había una delgada malla de destellos eléctricos que chispearon a su paso, pero que él pareció no percibirlo.

Benimaru lo siguió intentando no perderlo de vista. Al fondo y en los alrededores, estallaron sonidos de disparos lejanos. El rubio apretó los dientes, todo cada vez iba tomando matices más peligrosos. Rogó mentalmente que Mai y Terry estuvieran bien.


Mai abrió los ojos aturdida, un agudo pitido en sus oídos le producían un fuerte mareo. La nieve alrededor había quedado casi derretida y tres cuerpos yacían en el suelo. Uno quieto y dos recuperándose del aturdimiento. Metió una pierna a la nieve cuando vio algunas llamas en la prenda y se levantó algo desorientada. Otras dos figuras saltaron entre las ramas que yacían bajo anaranjadas llamas controladas.

Mai se acercó con un movimiento veloz al cuerpo inconsciente que tenía cerca y arrebato de este un cinturón con pequeñas armas, amarrandolo a su cintura sin detener el avance. Su mente pareció aclararse mucho gracias a la dosis de adrenalina.

Los que tenían aquella sustancia volátil eran los que surcaban las ramas de los árboles, pensó. Así que corrió sobre la nieve casi sin dejar huella alguna, salto a un tronco y apoyándose entre ramas gruesas y pequeñas, ascendió a lo alto, se deslizó entre el follaje medio encendido y los percibió cruzar en un árbol aledaño.

Cálculo durante un mínimo segundo, y como solía hacerlo con sus abanicos, imbuyó su fuego en el arma e hizo un lanzamiento certero que impactó a la altura de la cintura de una de las sombras.

El impacto generó un estallido de fuego, que fue suficiente para alcanzar el contenedor de aquel polvo extraño e inflamable.

Ambos cuerpos explotaron entre el follaje oscuro de los árboles, expandiendo una onda que eliminó la nieve en cinco árboles a la redonda. Las llamas se extendieron y Mai perdió el equilibrio al esquivar la reacción volátil. Cayó con dificultades pero en la posición adecuada y retrocedió sintiendo el cuerpo de repente algo pesado y una sensación viscosa y tibia a la altura de la cadera.

Maldijo presionando una nueva herida sangrante que no había percibido. Y se acercó a los cuerpos en el suelo. Noqueó a los ninjas aturdidos y se amarró otro cinturón equipado. Sus oídos aún estaban pitando y el mareo regresó tras terminar la descarga de adrenalina. Pero los había reducido a todos.

No logró percibir el acercamiento pausado de una figura alta tras de sí, pero la inminente amenaza la hizo reaccionar rápido y logró cubrirse parcialmente una patada al costado. La fuerza abrumadora la hizo recular varios metros y quedó de cuclillas contra un árbol, casi sin aire.

Bajo el tinte de las llamas vislumbro una figura masculina vestida totalmente de negro, de porte recto y elegante cuadrandose con delicadeza unas delgadas gafas. Sus ojos, de un azul tan pálido como el hielo hicieron que sus rasgos finos y fríos se acentuaran de manera casi macabra.

— Me temo que no puedo permitir que sigan obstaculizando lo que debería continuar su curso natural. — Hablo el hombre con voz suave y una calma absoluta.

Mai se levantó aun medio mareada. Su costado derecho, dolía bastante y apenas lo estaba notando.

— Vas a necesitar más que palabras para detenernos. — Espetó ella con sequedad mientras cargaba dos de las armas del cinturón. Y tras un movimiento rápido a un costado las lanzó directo a la cabeza del hombre. Este con un movimiento casi agraciado evadió los proyectiles, pero Mai había desaparecido tras el destello del fuego esquivado.

El hombre miró al suelo percibiendo los trazos de la energía de la mujer y extendió el brazo en una dirección donde se arremolinaba una intensidad superior al incendio que lo rodeaba.

— ¡Ey! Si quieres un oponente. Aquí me tienes. —habló Terry descendiendo pesadamente de una inclinación del terreno—. Deja a la señorita en paz. Seré yo quien me encargue de quitarte de nuestro camino. — Habló con rabia levantando los puños a modo provocador.

— Bogard...ustedes son ciertamente una familia muy molesta. En esta ocasión no quedará ninguno de ustedes vivo. — Habló con la misma fría calma y avanzó hacia el rubio.


Iori cruzó entre arbustos que se transformaron repentinamente en tallos. Avanzó por caminos inexistentes bajo un sol de mediodía que se tornó en una noche estrellada, mezclándose indiferenciable con el follaje oscuro de los árboles.

En ocasiones había sonido y nieve, en otras una sencilla quietud primaveral, con Chizuru siempre a la misma distancia, caminando en reversa como si no existiera obstáculo alguno. Su mirada estática en Iori le generaba una profunda urgencia. Si no lograba su cometido hoy. No habría otra mínima oportunidad.

Sentía como si hubiese corrido durante horas y percibió cómo los días pasaban a gran velocidad surcando el cielo. Tras cada destello era como si una estación abrasará el bosque entero, mientras Iori nunca lograba dar alcance a aquella delicada silueta Kagura que lo guiaba.

En un cruce, bajo unas gruesas ramas que no logro determinar si eran reales o parte de las visiones, el espectro de Chizuru se alteró violentamente y un destello repentino de luz ascendió desde el suelo. Iori esquivo por mínimos centímetros la hoja de luz, percibiendo a través de su iridiscencia al primer Bihksu.

Sobre el rostro oculto tras una tela negra, se iluminó una marca roja y Iori volvió una vez más a desconectarse de la realidad. Su entorno se oscureció y los árboles desaparecieron, de repente el agua helada del mar comenzó a subir por sus piernas.

Miró estupefacto el cambio abrupto de visión y maldijo. De alguna manera estaban influyendo en la conexión, manipulando la visión y alejandole del camino correcto.

Miró en todas direcciones desorientado, intentando encontrar a Chizuru pero un estallido muy intenso de luz lo envolvió, aturdiendolo. Cuando logró recuperar la vista, y el sonido regresó paulatinamente, escucho una voz llamándolo.

—..gami...Yagami! — Algo lo empujó con brusquedad y un estallido de chispas llovió sobre su cabeza. Tanto el Bihksu como Benimaru salieron despedidos por el choque en direcciones opuestas.

Iori se irguió mientras sus brazos se vieron envueltos en llamas violetas hasta el hombro. Estaban en un claro, un descampado amplio con una bóveda alta de ramas. No había casi nieve alrededor, y en el centro del claro yacía un árbol blanco que parecía emitir su propia luz.

Había perdido la noción del espacio, pero su reacción de combate fue automática. Se inclinó hasta rasgar el suelo con sus dedos y levantó el brazo en llamas con violencia.

Una onda violeta con forma de garra llameante envolvió el cuerpo a medio desaparecer del Bihksu y un gruñido grave resonó de este.

Benimaru se tambaleo recuperándose del choque. Sorprendido de cómo aquella espada de luz no solo se había roto en incontables esquirlas, sino que repelió su energía.

Se levantó con torpeza buscando a Yagami, pero lo único que vio fue un tajo luminoso a la altura de su cuello. Se dejó caer hacia atrás esquivando por poco mientras la hoja de luz cortaba parte de su cabello con una delicadeza inusitada.

Quedó parcialmente sumergido en la nieve y una segunda hoja se alzó a través de su costado, perforando su abdomen e iluminando su pecho. El dolor fue lacerante y el temor lo envolvió. ¿Aquel filo luminoso había salido del suelo? Se preguntó asustado.

Recordó que aquellos monjes salían de las sombras y desesperado, tras un gruñido sordo, extendió los brazos y una esfera de ignea electricidad destelló de sus manos.

La bola eléctrica alcanzó al primer atacante, que tras recibir la fuerte descarga, reculó un par de metros. La intensa luz hizo desvanecer el filo luminoso en su abdomen. Se irguió rápido. El arma y el atacante invisible habían desaparecido, pero la herida no.

Un largo y delgado Kunai perforó con violenta velocidad uno de sus hombros, haciéndole perder el equilibrio una vez más. El destello de luz se diseminó en pequeñas chispas que flotaban hacia arriba y benimaru emitió un pequeño grito ahogado al sentir como la hoja rozaba el hueso.

El primer Bihksu ya estaba casi sobre el rubio, cuando este logró retirar el arma de su hombro y tirarla lejos, pero dos luminosas manos de fuego emergieron de la oscuridad tras el monje y envolvieron su rostro oculto.

Todo el claro quedó iluminado por el flameante tono violeta mientras el cuerpo del monje servía como una fogata humana.

Iori extendió los brazos en llamas al cielo mientras el fuego violeta parecía enaltecerse. Luego los bajó con una brutal agresividad y las llamas reptaron por los troncos hasta hacer arder toda la bóveda de hojas sobre ellos, para dar entrada a la luz de una luna moribunda que asomaba su mirada sobre esa noche de invierno.

Densos copos de nieve empezaron a cubrir el claro, que totalmente iluminado por el fuego Yagami, daba un matiz azulado e irreal al entorno.

Iori percibió una vez más aquel árbol de brillo helado, junto a él yacía la figura de una mujer kagura con traje mortuorio, arrodillada. Temblaba y lloraba en silencio mientras un anillo de largas agujas negras giraba alrededor de su cuello.

— Los sacrificios no eran voluntarios...que temieran a la muerte era parte del ritual. — Hablo Chizuru como un eco dentro de Iori.

— Es aquí donde rompían a la persona, pero es al borde, donde convergen los días, donde sellaban su corazón. — Agregó mientras Iori percibió unas débiles huellas de luz que avanzaban hacia la espesura.

El pelirrojo le extendió una mano a Benimaru, ayudándolo a levantarse. Este logro ponerse de pie no sin algo de dificultad, el dolor era intenso y sentía el abdomen tibio por la sangre.

— Estamos cerca. — Hablo Iori como ajeno a lo que le rodeaba y el rubio maldijo por vigésima vez en esa noche. Esta vez no podría alcanzarlo si salía corriendo.

— No le des paso a las sombras. Mantén una luz estable. Así no podrán emboscarnos. —

Hablo Iori y camino con una resolución intimidante, siguiendo algo que Benimaru no podía ver.

Ambas figuras masculinas abandonaron el claro bajo una pequeña pero intensa esfera de luz chispeante que flotaba sobre sus cabezas. En un radio medianamente amplio, ninguna sombra salvo las suyas, tenía cabida.


El bosque se hacía más denso y enervado, los troncos se ceñían más unos a otros. El rubio nervioso observó a su alrededor alerta ante cualquier sombra emergente de las figuras de los árboles cercanos.

De fondo seguían sonando ocasionales disparos. Las explosiones anteriores parecían haber cesado.

Iori percibió la figura pálida y femenina de Chizuru deslizarse como agua entre el viento, para luego retomar su forma un poco más adelante. Las sombras en aquel espacio parecían devorarlo todo, oscureciendo la nieve y negando el mismo cielo. Podía sentirlo palpitando al ritmo de sus latidos. El Hokora estaba acercándose.

Benimaru gritó una advertencia y Iori se deslizó hacia adelante esquivando múltiples armas cortopunzantes. Varias sombras emergieron al unísono de ese espacio sin luz y una voz grave ordenó en el aire impedirles el paso.

Habían llegado al lugar indicado, Iori sabía que ya no se tomarian la molestia de intentar reducirlo para capturarlo. En esta ocasión intentarían matarlo.

El pelirrojo deslizó las manos hasta clavarlas en la nieve y desplegó intensas llamas que levantaron una densa niebla al evaporar la capa congelada.

— ¡Retenlos! — Le gritó a Benimaru y se sumergió en la nube blanca esquivando a sus atacantes.

El rubio chasqueo la lengua acelerando el movimiento y se deslizó derrapando entre los enemigos mientras su cuerpo desprendía leves descargas que impregnaron toda la nieve circundante y se extendieron hasta la misma niebla.

— Es fácil decirlo —gruño Benimaru —. ¡Ey! Malditas cosas, lamentaran darme la espalda. — Grito al tiempo que imitaba la acción de Iori, aprovechando que aún había una capa densa de nieve, y al incrustar las manos en esta usó una gran cantidad de energía que intensificó las cargas circundantes.

Un destello blanco encendió el piso y se extendió junto con el sonido intenso de relámpagos múltiples.


Iori saltó tomando impulso en una raíz alta y avanzó con destreza por el tronco de un árbol hasta alcanzar una rama gruesa, mientras sus uñas perforaban la madera dejando un rastro delgado de llamas violetas a su paso. Como si afilara sus dedos con fuego.

Salto de la rama sobre dos Bihksus que emergían con hojas de luz en un ataque al unísono para recibirlo. Pero antes de siquiera tocarlos, bajo los pies de ambos monjes se alzaron intensas flamas magenta, que intentaron reunirse con Iori.

Este cayó sobre sus dos atacantes rompiendo los filos luminosos con sus manos llameantes y alcanzando sus cabezas. Ambos cuerpos fueron reducidos a formas renegridas en segundos, mientras las esquirlas aún brillaban moribundas alrededor del pelirrojo

Orochi comenzaba a manifestarse perezosamente, como si saliera de algún tipo de letargo. Iori sabía que usar mucho de su poder era tentar a la manifestación de la bestia. Pero no le importaba, no dejaría nada en pie si se interponía en su camino.

La nieve continuaba alta, aunque su tono empezaba a tomar el color de la ceniza. Lanzó un Yamibarai que abrió un surco directo cortando cualquier obstáculo incapaz de percibir por la oscuridad, mientras metros atrás se generaban intensos destellos que cargaban el aire con electricidad.

Al avanzar a esa densa negrura, Iori percibió como si su cuerpo atravesara una gruesa capa viscosa de oscuridad.

Un leve instante después ya no había ninguna fuente de luz, salvo su propia figura y el espectro desvaído de Chizuru.

La nieve que lo rodeaba era igual de helada pero teñida de una noche sin estrellas y como si avanzara kilómetros en pocos segundos, sintió el vértigo de ser dragado a un vacío para luego percibir entre las nervudas formas oscuras de unos árboles, aquel monolito, aquella figura alargada de marcas doradas que había alucinado hacía tiempo.

De ella provenía esa conocida miríada de voces en idiomas y acentos variados. Alrededor de la baliza danzaban formas amorfas como retazos de seda.

— Espíritus…— Susurró Iori algo confuso.

— Todos y cada uno de los que fueron tocados por Ankoku…—habló Chizuru con una claridad inesperada. Su forma yacía nítida, material. — Todos los que hemos caído tras ser marcados con su toque, estamos atrapados en su cárcel...con los espíritus de todas sus víctimas han reforzado el pacto que amarra al Yokai y la voluntad del Yata. —hizo una pausa acercándose al sorprendido pelirrojo y extendió una mano hasta tomar la suya. El tacto fue helado—. Iori…tu fuiste elegido por Ankoku y debes liberarnos. — Puntualizó Chizuru.

— Rompe las cadenas físicas que contienen al Yokai, libera los sacrificios y destruye el núcleo de su confinamiento espiritual. Eso no romperá el vínculo de Ankoku con el Yata. Pero le regresara la autonomía suficiente para que enfrentes a los exiliados y recuperes el espejo sin que el Yokai preste su voluntad al servicio de los que hicieron todo esto.—

Chizuru observó el cielo sin estrellas.

— El tiempo no puede extenderse más allá del instante en que se consume una hoja. Esta visión ha llegado a su límite y no podré hablarte con más claridad de lo que lo he hecho. — Lo miro directamente envolviendo sus manos en su toque helado.

— Confío en ustedes Iori Yagami. Libéranos, no permitas que también Kyo termine atrapado aquí.

Aquellas últimas palabras le comprimieron el pecho al pelirrojo y el mismo vértigo descomunal lo envolvió al romperse la imagen del monolito.

Iori cayó de rodillas al no sentir el suelo y tanto su mente como su cuerpo aterrizaron con brusquedad sobre una nieve grisácea y oscura. Era como si todo aquello solo se hubiese dado en contados segundos, tiempo que no perdieron los Bihksu para arremeter.

Un sable de luz hendió el aire y iori sintió un dolor cálido en la espalda al esquivar el ataque por poco. Lo había alcanzado. La gabardina yacía medio quemada y sin mangas. Por segunda vez expandió fuego violeta por sus brazos y arremetió contra sus enemigos.

Alcanzó un cuerpo medio sumergido en la oscuridad con un garrazo rápido y lo enganchó atrayendo y estallando su forma en el piso, bajo una hoguera magenta mientras se retorcía entre estertores. Volvió a levantar una llamarada en la nieve y aquella niebla densa y llena de partículas se alzó. Podía sentir al hokora sin verlo y sin dudarlo un segundo avanzó hacia el.

Su cuerpo emergió entre la niebla oscura desgarrando el aire sobre su cabeza y encendiendo en llamas el follaje alto que lo cubría parcialmente. Aquello iluminó la zona y pudo percibir, como entre la maleza alta medio cubierta de nieve negra, no había un hokora, si no tres.

Tres piedras renegridas y desgastadas, separadas por poca distancia. No podía destruirlas una a una sin que los Bihksu se interpusieran. Debía destrozarlas al tiempo, así que concentró una enorme cantidad de energía mientras las voces de Orochi se elevaron entre rugidos iracundos, totalmente libre de lo que sea que haya puesto aquella sacerdotisa Kagura para aplacarlo.

La mano se clavó en la tierra oscura con un chisporroteo de fuego líquido y violeta, teñido de la energía dorada de Kyo.

— No, no, no. Deja a kyo en paz maldito hijo de puta. — Gruñó Iori intentando suplir todo lo necesario con su propio poder. sin importar que tanto tomará de él.

— ¡Tómalo de mi Ankoku!- Gritó Yagami y tres líneas de fuego líquido, se dividieron en dirección a los hokora, derritiendo y consumiendo todo lo que tocaba a su paso.

La sensación de ser absorbido lo envolvió y sintió como si su propia existencia estuviese siendo devorada, mientras la de Orochi se alzaba iracunda, resistiendo la invasión.


Benimaru cayó recostado al tronco de un árbol mientras exhalaba un vaho de vapor cargado de electricidad. Nunca había utilizado un ataque semejante, su propio cuerpo estaba entumecido. Varias figuras habían quedado atrapadas en la electrificante red que formó la nieve. Pero algunas habían logrado evadir el ataque y desaparecieron en los rincones oscuros para ir tras Iori.

Tosio resintiendo el dolor en su costado izquierdo, no podía respirar bien y pequeños espasmos le impedían mantenerse de pie. Esperaba haber hecho tiempo suficiente para que Yagami destruyera aquella cosa maldita.

En el instante que intento respirar profundo, una sensación le llegó como un vacío absoluto teñido de miedo. La misma que había tenido en aquella pesadilla. Y lo supo. había llegado la hora. El espíritu maldito reclamaba lo que había ofrecido Y Benimaru cerró los ojos con fuerza permitiendo aquella esencia invasiva, envolverlo todo y dragarlo.

Sus sentidos se apagaron, su cuerpo se tensó como presa de una sobrecarga y gritó de dolor al sentir por primera vez, su propio poder hiriendolo.


La figura elegante de Hein se movió entre la nieve con una sutileza extraña.

El avance pesado de Terry dejó toda una zanja abierta, ambos hombres chocaron en un violento intercambio de golpes, donde tanto la tierra circundante como los árboles aledaños sufrieron profundos surcos de daño colateral.

Tras dos certeros golpes de Terry que hicieron recular al hombre y torcieron sus gafas, este levantó la mano hacia el rubio que le sonrió retador y salto con un puño en su dirección, pero estando en el aire sintió como una fuerza invisible lo drago con potencia hacia un costado, y tras un brusco movimiento de la mano de Heine a la derecha, Terry salió despedido en esa misma dirección, chocando violentamente contra un árbol que se astillo. Tosió sin aliento sobre el suelo.

El hombre se organizó las gafas con una mano mientras con la otra abría la palma en dirección al rubio caído y parecía concentrarse.

Su enfoque fue totalmente roto al percibir y esquivar varios kunai negros que se clavaron cerca a él.

— ¡Oye tú! Psicópata Jedi. —gritó Mai saltando de un árbol cercano a otro mientras lanzaba más proyectiles que el hombre esquivo sin mayor problema—. Prueba haciendo ese truco con esto. — Puntualizó la mujer mientras varios de los proyectiles esquivados, levantaba un volátil polvo blanquecino al chocar contra las superficies duras.

El hombre observó algo alarmado la niebla que lo comenzaba a rodear y Mai con un giro hacia atrás, desprendió tres saetas de fuego, logrando una hacer contacto con la sustancia. El estallido envolvió al hombre en una oleada de llamas.

La mujer desenfundo los dos tanto negros y con el impulso del salto reboto en una rama alta y descendio velozmente sobre el agresor dibujando una espiral de fuego en su dirección. El hombre que salió desorientado de la conflagración, no pudo esqruivarla y el impacto le dio de lleno, expulsandolo varios metros atrás.

— Lo siento, pero su cuestión personal va a tener que esperar. — Anuncio Mai resintiendo el dolor de la herida, pero más repuesta tras la intervención de Terry en la pelea.

Sin esperar mucho más se lanzó sobre el hombre que estaba con algunas quemaduras en la ropa y este le dedicó una mirada gélida al erguirse con un gruñido.

De repente una extraña sensación de vértigo se apoderó de ella haciéndole perder el equilibrio y cayó arrodillada sobre nieve derretida. Un dolor sosegado de pérdida la atravesó, una sensación parecida a aquella pesadilla. Intentó levantarse rápido viendo como la figura del hombre se hacía doble, y ambos extendieron una mano en su dirección.

La gravedad pareció multiplicarse abruptamente y el dolor en la herida la hizo caer de nuevo de rodillas. Con un enorme peso sobre su cuerpo, dificultandole siquiera respirar.

El hombre cortó a pasos delicados la poca distancia que quedaba entre ellos y la tomó del cuello levantandola lentamente.

Mai sentía como la fuerza opuesta que él ejercía a la gravedad extrañamente aumentada comenzaba a asfixiarla. Levantó las manos con dificultad pero este las repelió con un movimiento rápido y la gravedad aumentó un poco más ahogandola.

Su helada mirada se posó sobre ella con intensidad. Su expresión no cambió, pero Mai pudo percibir como un imperceptible placer se dibujaba en su mirada ante su casi asfixia total.

Un rugido cruzó bajo sus pies cuando empezaba a ver borroso y una inclinada estalagmita atravesó el espacio entre ambos con una afilada punta hacia la cabeza del agresor. Este la soltó para esquivar el repentino ataque, pero la roca alcanzó su hombro y su oreja derecha, generando un corte superficial, destrozando parte del traje y tumbando las gafas al derribarlo.

Tras múltiples impactos, varias estalagmitas se sumaron sobre él cubriéndolo casi por completo.

— Mai. ¿Estas bien?— Corrió Terry hacia ella posando sus cálidas manos sobre la piel fría de la mujer y ayudandola a levantarse.

Ella observó un instante su rostro con expresión compungida, como si hubiese visto a Andy reflejado en él. A pesar del parecido podía diferenciarlos fácilmente. Y ese temor, el abandono, la pérdida que sentía, era aquel Youkai reptando dentro de ella y reclamando lo que era suyo. Eso significaba que Iori ya había llegado. Era el momento para ayudarlo.

— Terry…—susurró Mai con la voz ronca por la estrangulación y con poco aire por cómo su energía era dragada a enormes cantidades.

No pudo mantenerse de pie y sintió como por dentro su cuerpo se hacía insoportablemente caliente.

— Cubreme...debo ayudar a Iori…—alcanzó a decir antes de empezar a boquear por falta de aire mientras de su boca empezaron a emanar vahos de vapor muy caliente.

Intentó mantener la calma a pesar de sentir como si aquello fuera a hacerla arder por dentro. Pero debía aguantar, por él y por kyo. Por el bien de todos finalmente. Se apretó la garganta intentando darse un poco de alivio con las manos frías y cerró los ojos permitiendo al Yokai tomar todo lo necesario.

Terry la observó con cierta angustia, confuso. Pero el sonido de múltiples pasos pesados llamó su atención, no parecían estar muy lejos. Algo numeroso se acercaban ascendiendo la montaña y algunos disparos ya no tan lejanos generaban eco. Cargó el cuerpo caliente de Shiranui y ascendió en busca de los demás. Ya no tenían tiempo, debían salir de allí.


Los tres surcos de fuego se tornaron anaranjados y chispeantes cuando colisionaron con los montículos de piedra. Los tres Hokora estallaron en escombros pequeños que salieron disparados en todas direcciones y los dos Bihksu que estaban a punto de asestar el golpe fatal sobre el pelirrojo vieron su figura desdibujada y dragada por las sombras.

Iori percibió agotado como la conexión se rompía junto con los corazones momificados que ardían entre los despojos de sus sellos. Sus enemigos también se desvanecieron junto con aquella oscuridad enrarecida. E incluso el disturbio incipiente parecía ceder al sentirse libre de la influencia de la misma.

Una vez mas apreció aquella viscosa oscuridad envolverlo y se vio frente al monolito negro.

Las partes doradas yacían reventadas alrededor de la piedra pulida. Y lo que antes eran retazos de espectros amorfos, ahora formaban una miríada de figuras traslúcidas sin rostro alrededor de la piedra. Todos lo observaban en un silencio macabro, expectantes por su libertad.

Iori camino entre los cientos de espíritus, parcialmente consciente de que lo que iba a liberar era toda una armada de Yuurei que habían olvidado su naturaleza. Pero no le importó, aquello era su propia libertad y el bienestar de Kyo. Eso era más que suficiente para él.

Extendió la mano hasta tocar la roca álgida y lisa. Clavó sus dedos en esta mientras el mismo líquido de fuego violeta empezó a emanar de su mano.

Largas grietas de luz magenta resquebrajaron la pulida forma rocosa y esta se desfragmentó en pequeños trozos que flotaron al cielo desnudo, haciéndose arenisca violeta al desvanecerse. Iori retrocedió apreciando el fragmento que había quedado en sus manos. Y se dejó caer agotado sentándose frente a aquella escena de libertad.

El fragmento parecía estar compuesto por muchas pequeñas fracciones traslucidas. Como una especie de diamante negro con uno que otro segmento luminoso que iba desprendiendose y apagandose, dejando delgados hilos de plata que se desvanecian al separarse de la roca.

Aprecio un tenue brillo en particular, que no se había desprendido aún. El delgado hilo de plata parecía desaparecer tensandose en una dirección y cuando levantó la mirada para ver el dueño de aquella esencia que se le hacía conocida, vio la delicada, pálida y algo traslúcida figura de una chica.

Yuki lo observaba detenidamente, había una honda tristeza en su mirada. Era como una mezcla de decepción y rabia. Pero a la vez compasión. Y eso en particular asqueó al pelirrojo que la escrutó en silencio.

En sus manos tenía a la mujer que aún no había muerto. Tal vez a la única persona capaz de hacer que Kyo pudiese reconsiderar su realidad inmediata con él.

Que haría Kyo Kusanagi cuando ella despertara. ¿Lo abandonaría? Se preguntó Iori con un dolor sosegado que se encajó en su pecho. Gruño con un bufido cínico, dando paso a la rabia.

¿Celos? ¿Inseguridad…? que demonios le pasaba. Que importaba, no era que esperara que Kyo y él pudiesen...sacudió aquellas ideas estúpidas y desvió la mirada de la mujer.

Esta no le decía nada, solo lo miraba silenciosa, esperando abnegadamente la libertad de su espíritu. Iori sonrió con malicia.

— Deja de mirarme maldita mujer. Mejor ve con los tuyos...con Kyo.— Puntualizó con cierto resentimiento sin dejar de sonreír.

El fuego violeta envolvió el fragmento hasta romperse y el destello luminoso se diseminó como el resto. Mientras la figura traslúcida de Yuki hacía una reverencia a modo de agradecimiento, su forma se desdibujo.

Iori dejó de sonreír sintiendo una profunda amargura, y dejó que el agotamiento se apoderara de su cuerpo, que pusiera su mente en blanco, y se dejó caer sobre la nieve oscura.


Tras el fuego que consumía sus entrañas y el dolor embotando sus sentidos. Después de sentir que se quemaba vivo, hubo un extenso e incontable momento de vacío, donde Kyo perdió la noción de qué o quién era. Donde parecía haber sido aislado de la existencia, y las únicas sensaciones remanentes fluctuaron entre arder y congelarse.

Todo hasta que esa enloquecedora quietud que no alcanzaba a razonar fue quebrantada por Iori. Siempre Iori...su Yagami. Pensó en aquel momento con cierto alivio, como si las ideas hubiesen vuelto a nacer y pudiese reconocerse dentro la esencia de aquel hombre.

Luego cuando sus consciencia parecía retomar un curso que aún desconocía, fue invadido por esa criatura, y los recuerdos de la muerte de su padre fueron los primeros en tocar su conciencia. Todo de golpe regresó y en medio de la confusión, nuevamente sentía que su cuerpo se quemaba, pero algo evitaba el daño.

Que era eso que lo evitaba. Lo sentía, podía percibirlo como nunca antes había percibido algo. Era la esencia de Iori como una refrescante brisa en medio de un infierno. Aquella sensación fría era lo que redirigia aquel daño.

Iori...pensó. No, él había asumido alimentar a ese espíritu para que Iori no fuese consumido. Por que ahora no. ¿Había fallado?

Iori...se repitió incapaz de darle orden alguno a las memorias, a su ser. No sabía bien qué había pasado, pero tenía la certeza de que Yagami estaba siendo dañado por ello.

Se acercó a aquella esencia, quería tocarla, abrazarla, aislarla de aquel fuego desgarrador.

Iori...se repitió. Iori no...maldijo resuelto y logró envolver esa esencia con la suya.

Fue ahí, ese corto instante de lucidez donde percibió su cuerpo una vez más. El calor, la presión. La voz ronca y cercana del pelirrojo. Su tacto brusco y la urgencia en sus palabras. No sabía cuales, pero había angustia en ellas.

— Dejame Kyo…— le pidió y aquel contacto le dio calma al caos que había despertado dentro de él. Y se dejó envolver por su esencia helada y se acuno en ella perdiendo toda angustia o dolor.

— Iori…— Susurró y todo aquel suplicio fue silenciado y alejado de su ser.

Iori, fue lo primero que pensó Kyo al abrir los ojos y ver una habitación medio iluminada con las puertas a un jardín nevado, abiertas. El silencio hacía retumbar el leve pitido rítmico de unas máquinas que monitoreaban su pulso. Había una delgada sonda con algo conectado a sus venas. Tenía la cabeza embotada y se sentía muy mareado.

El mutismo emocional se rompió al aterrizar sus últimos recuerdos. El enfrentamiento con Jung. El caos desbocado en la casona, el dolor de la conexión, su madre...Iori.

Se sentó con brusquedad espabilando un poco más con lucidez. Y un mareo fuerte le hizo agarrarse la cabeza. Sentía náuseas.

No sabía dónde estaba y tenía la impresión de haber visto a Iori luego del enfrentamiento. Pero como. Algo había sucedido pero no estaba seguro de que.

Se retiró el cable del brazo con descuido, sangrando copiosamente durante unos cortos segundos. Se levantó de la cama aun mareado y desorientado.

Vio unos estandartes decorativos con el símbolo del sol a un costado de la habitación. Ciertamente seguía en territorio Kusanagi. Necesitaba saber qué había pasado.

Se acercó a la puerta y la corrió, pero al salir al pasillo apreció dos sirvientes conocidos que hablaban con un hombre mayor. Todos lo observaron estupefactos.

— Señor Kusanagi, por favor... — Habló el hombre alto que lo tomó del brazo evitando que trastabillara. El mareo se había intensificado..

— No debe levantarse ni caminar por ahí, aun tiene efectos muy fuertes de narcóticos en su cuerpo, debe guardar reposo. — Agregó el hombre y Kyo lo miro extrañado.

— ¿Dónde estoy? — Logró preguntar con la voz ronca por la falta de uso. Pero mucho más despierto a pesar del mareo intenso.

— Está en su casa señor Kusanagi. No debe preocuparse, por favor regrese a la cama. — Le aseveró el hombre regresandolo a la habitación y tomando sus signos. Kyo agradeció en parte poder sentarse, el mareo parecía no ceder.

Unos minutos después, en medio del chequeo, cuando aquel hombre le había asegurado que su madre estaba bien y había solicitado que la llamaran. Dos mujeres irrumpieron en la habitación sin más.

— Señor Shika, señor, debe venir. Es la señorita Kushinada, está despertando. — Hablaron entre las dos, alarmadas y cargadas de emoción. Luego se disculparon con una reverencia al ver a Kyo consciente.

— Yuki…- Susurro Kyo aturdido. Embargado de repente por una extraña sensación de culpa y consuelo.


Iori abrió los ojos de golpe, como si hubiese despertado de una pesadilla. Se sentía muy agotado, pero libre de aquella demencial influencia que lo ahogaba.

Se paró con torpeza temiendo por el tiempo que había estado inconsciente. Pero no había sido demasiado. La voz de Terry llamándolo captó su atención y regresó sobre sus pasos en búsqueda del grupo que dejó atrás.

Mai se arrodillo al lado de Benimaru, este yacía recostado en un tronco con la cabeza gacha. La nieve a su costado izquierdo era una oscura mancha de lo que parecía sangre.

Levantó la vista a la única fuente de luz tenue que llevaba Mai colgando.

— Ehh...tan mal me veo? —preguntó el rubio al ver la expresión angustiada de Mai—. Parece que algo te hubiera atropellado a ti. — Agregó con un pequeño gruñido de dolor, pero divertido, aliviado de verlos vivos a ambos. Ella le sonrió con debilidad.

— Yagami. — Exclamó Terry acercándose a unos árboles, en los cuales Iori se estaba apoyando. Se denotaba débil, aunque no herido de seriedad. Trastabilló entre la nieve que ocultaba las raíces y Terry lo recibió para evitar que cayera.

Iori lo apartó con lentitud.

— Estoy bien. —habló avanzando hacia Mai y Benimaru—. Debemos irnos.

Benimaru sopeso el intenso dolor en el costado, el hombro herido que no le permitia mayor movimiento, y lo entumecido que sentía el cuerpo tras aquella descarga de su propio poder.

— Bueno, yo no creo que pueda llegar muy lejos...— Expusó con una sonrisa sardónica y algo titubeante. Iori lo escrutó un instante mientras Mai le mostraba la herida del abdomen, aún sangrante.

— Encarguense de levantarlo, vigilare que nadie se acerque. — Habló Terry perdiéndose en la oscuridad. Tenía la intención de bloquear un poco el camino.

— No fue en un punto crítico, la mayoría es daño muscular. Pero el sangrado es considerable. — Habló Mai presionando la herida.

— Hay que cauterizarla. — Puntualizó Iori levantando la mano y concentrando parte de los restos de energía que aún mantenía, en dos dedos. Una flama violeta que se torno azulada se levantó delicada y corta. Como una especie de soplete.

— Oh no, espera, espera, espera...qué piensas hacer. — Hablo el rubio, que de repente retomo algo de fuerza y se arrinconó contra el tronco.

— Ya lo he hecho antes, será rápido. — Agregó Iori sin dar pie a negativas.

— Esto no me gusta...Mai no dejes que este psicópata me toque. — Rogó Benimaru con expresión de cachorro, pero la mujer enrollo un pedazo de chaqueta y se lo acercó a la boca.

— Es necesario detener el sangrado o no podrás levantarte. Es mejor que muerdas esto. — Dijo con cierta lástima. Benimaru observó a Iori con cierto terror.

— Porque no trajimos un condenado kit de primeros auxilios...esto es condenadamente barbárico.— Agregó el rubio desviando la vista de la cercanía de la mano de Iori a su herida y mordió la tela.

Tras Nikaido revolcarse de dolor clavando los dientes en la tela gruesa y ahogando algunos gritos para no llamar la atención, Terry apareció de nuevo

— No hay más tiempo, ni modo de bajar la montaña. Los disparos se detuvieron y hay grupos en ascenso. Van a acorralarnos en la cima. — Anunció cruzando de largo y observando que otro descenso podrían tomar.

— Los Supaida ya debieron de retirarse. ¿Cómo saldremos de aquí? — Preguntó Mai sobando la espalda de Benimaru que jadeaba en el piso pasando el mal trago.

Iori intentó rememorar un instante de esa consciencia que el Yokai le había compartido del bosque. Todos los caminos que sintió en aquel sitio los llevarían inevitablemente al mismo encuentro con enemigos, salvo uno que daba al mar.

— Debemos avanzar al acantilado. — Dijo resuelto, irguiéndose con algo de pesadez.

Terry se acercó y apoyó el brazo bueno de Nikaido sobre sus hombros, asistiendo mientras esté recuperaba movilidad.

— No pensarás que saltemos. ¿O si? — Indagó Benimaru con la voz arrastrada.

— ¿Hay algún camino oculto allí? — Preguntó Mai dándole alcance a Iori que ya avanzaba cruzando las rezagadas y mínimas llamas violeta de los Hokora. El sonido del oleaje contra la roca era suave.

— No lo sé, pero es el único camino que queda.

Llegaron con facilidad hasta la parte escarpada donde acababa la vegetación y la roca oscura se erguía. Podían apreciar cruzando el mar, las luces titilantes de la ciudad entre cúmulos de niebla. Y en lo profundo de la caida, como un negro insondable con espuma blanquecina, el oleaje.

Tras una corta exploración del borde, encontraron un surco angosto entre las rocas que descendía un tramo. Benimaru bajo el brazo de Terry y le aseguro que ya podía caminar solo. Sus miembros habían retomado la sensibilidad.

Descendieron lentamente, con mucho cuidado de no resbalar sobre la roca helada, pero solo a algunos metros más abajo por el acantilado, escucharon silbidos y sonidos tácticos de avance de las fuerzas militares. Ya habían llegado a la cima y posiblemente estaban rastreandolos. Mai apagó la pequeña fuente de luz que llevaban.

— Debemos saltar. — Dijo Iori toscamente.

— Sin luz no podremos bajar y es cuestión de tiempo que encuentren el camino entre las rocas...creo que no hay de otra. — Asintió Terry en la oscuridad.

— Es muy alto...y no sabemos cuantas rocas hay abajo. Podríamos matarnos. — Apuntó Mai aprehensiva.

— ¿Podríamos? Saltar a ciegas desde un risco a un mar rocoso en invierno. Con seguridad nos vamos a matar. — Agregó Benimaru nada de acuerdo con la idea.

— Yo puedo encargarme de que caigamos en la parte más profunda, lejos de las rocas. —apuntó la voz de Terry—. Aunque es probable que llame la atención. — Agregó pensativo.

— Es la única oportunidad que queda. Hazlo. — Asintió Iori entendiendo las intenciones de Bogard.

— Sacaré un bloque de roca frente a nosotros. Estará inclinada posiblemente. Avancen rápido todo lo que puedan y salten con todas sus fuerzas al llegar al borde.

El sonido seco de un impacto que resquebrajó la roca, fue seguido por un rugido más grave de la piedra. La roca y el suelo temblaron. La materia removida del borde se desmoronó y cayeron deslizándose en una plataforma inclinada.

No podían ver nada, pero sintiendo su forma irregular acataron las indicaciones de Terry y saltaron justo en el borde.

El shock helado casi los paralizó por completo. Pero Terry y Yagami ayudaron asiendo a sus compañeros heridos. Tanto Mai como Iori compartieron la poca energía remanente para mantener el calor.

Duraron varios minutos ocultos entre las rocas bajas del risco. Las luces de busqueda cruzaron sobre el mar desde la pendiente, pero se retiraron tras poco rato, descartando que hubiesen saltado a un suicidio seguro.

Mai aseguró conocer un marinero de la zona. Un amigo de su abuelo y su hijo. No era su lugar de residencia, pero su gremio era unido y tal vez ellos podrían ayudarlos a cruzar el canal sin dar parte a las autoridades.

Tomaron esa como la posibilidad más exitosa, treparon bordeando el risco hasta tocar tierra y avanzaron medio congelados, con la esperanza de que les ayudarán a llegar al ferry y poder recuperar el auto para regresar a Tokyo. Lo más importante era establecer la mayor distancia en el menor tiempo posible.


No había sido fácil, y tanto Terry como Benimaru estuvieron al borde de una hipotermia. Incluso Mai y Iori habían perdido el calor en sus cuerpos.

Los marineros confusos los habían recibido con recelo hasta reconocer a la nieta del viejo Shiranui. Tras reponerse un poco y tomar algo caliente, en no más de una hora ya los hombres estaban disponiendo los botes para cruzar el canal.

Incluso la partida había sido tensa y sigilosa porque justo en la recta final, habían arribado militares a la zona haciendo preguntas en todos los puertos cercanos. Pero lograron alejarse a tiempo y desembarcar en Kurihama. Los marineros se despidieron asegurándoles que nadie se enteraría de su paso. Y pidiendo a la señorita Mai tener más cuidado en el futuro. Ellos sabían lo peligrosas que podían ser las misiones de su familia.

En esta ocasión fue Terry quien condujo el auto, y ya con las heridas vendadas, viajaron en el profundo silencio embotado por el cansancio. Benimaru cayó profundamente dormido en el regazo de Mai y Iori cruzó alguna que otra conversación corta con Bogard. Pero este intento dejarlo descansar, ya que se denotaba completamente agotado.

Ya entrada la madrugada llegaron a Tokyo y siguiendo las indicaciones de Mai, Terry llevó el Volvo hasta una zona residencial alejada del centro. Un lugar que supuestamente King había separado para su retorno y donde los estaría esperando con la sacerdotisa Kagura.

Aparco a las afueras de una casa mediana con un portón de puertas abiertas. Más se demoró en bajar y anunciar la llegada con el timbre, que en salir King y Majime Kagura a recibirlos. Iori bajo del auto con lentitud, el cuerpo no le respondía bien, el agotamiento era tan extremo que no percibía mucho el dolor de las heridas. Incluso la misma esencia de orochi parecía dormir, y eso le causó cierta amarga gracia.

Dio un par de pasos pesados en dirección a una nueva casa desconocida, cuando la figura firme y medio abrigada de Kyo salió del dintel y avanzó por el antejardín en su dirección.

La figura pálida de Iori lo sorprendió. Su caminar inseguro y sus ropas quemadas generaron un nudo en el estómago del castaño.

Su rostro entre molesto y angustiado se dulcificó al cruzar la mirada sorprendida de Iori. Como si no lo esperara allí en absoluto.

Su semblante ya no era pálido y sus pasos aunque firmes, tenían cierto titubeo extraño. Pero estaba bien. Vivo, despierto, fuerte. Pensó Iori cuando Kyo se acercó de repente.

Iori extendió una mano con torpeza hasta el rostro del castaño, deslizandola por su mejilla hasta el cuello.

— Kyo...estas bien.— Alcanzó a decir con cierto alivio antes de desplomarse.

Kyo lo recibió entre sus brazos impidiéndole caer y lo abrazó con fuerza hasta que el peso de su cuerpo, mezclado con los rezagados efectos del narcótico que aun tenia encima, le hizo arrodillarse junto con el pelirrojo.

— Ya todo está bien Iori. —le susurró Kyo al oído mientras clavaba sus dedos en el helado cabello rojo—. Ya estoy contigo. — Agregó, apretando su álgido cuerpo al suyo. Queriendo regresar algo del calor que Iori parecía haber perdido.

La cabeza de Yagami reposó en la curva cálida del cuello de Kyo. Su aroma corporal tan propio y tibio lo acuno en una calma absoluta y se dejó llevar por el abismal agotamiento. Sabía que allí, con Kyo, estaba seguro.

Majime los observó con una mirada triste pero compasiva. King no pudo evitar algo de sorpresa ante aquel gesto tan dulce de ambos. Después de tantos años concibiendoles como enemigos acérrimos. Pero se aclaró la garganta y ayudó a Mai y a Benimaru a instalarse dentro.

— Es mejor que entren a descansar. — Anunció la sacerdotisa a Kyo apenas los demas ingresaron a la casa. El castaño aun abrazaba a Iori pensativo.

— No...—dijo Kyo de repente levantando con cierta dificultad a Iori del suelo—. Es posible que mi familia pueda rastrear mi paradero hasta este lugar, ya que salí de manera descuidada. — Apuntó mirando el Volvo.

— No vendrán por mí, pero intentaran vigilarme si no regreso mañana y podrían descubrir a Iori. Es mejor que me vaya a otro lugar. —agregó caminando pesadamente al auto y Terry se acercó. Tomó el pesado cuerpo inconsciente de Iori y lo ubicó en el asiento trasero.

— Solo dime a donde los llevo. Y espero si sea un lugar más seguro para ambos. — Acotó Bogard subiéndose al asiento del conductor. De los cuatro, a pesar de la apariencia desgarrada que tenían todos, él parecía ser el más repuesto.

Kyo sopesó las sensaciones rezagadas en su cuerpo, y salvo por aquella grieta controlada, ya no tenía ningún atisbo de aquella criatura. O de ese denso malestar que le generaban los Bihksu. Lo que sea que habían logrado destruir. También rompió todas esas conexiones previas que tanto los había debilitado.

— Lo és. —aseguró Kyo mirando a la sacerdotisa antes de ingresar al auto—. Gracias por todo Majime Kagura. Dile King, Beni y Mai que no podríamos haber logrado esto sin ellos. En unos días volveremos.

La mujer asintió silenciosa con la cabeza y observó como el auto negro se alejó por las calles vacias, pensando como los dos tesoros remanentes alzaban aquel vínculo tan escandalosamente único por sobre todas las dificultades.

Miró el oscuro cielo invernal. Ya no nevaba. Pero aquella densa energía que inundaba el aire se mantenía. Lo que sea que estuviese haciendo el Theno, era algo que superaba todos sus esfuerzos por detenerlos. Pero si recuperaban el Yata...tal vez así.

Suspiró.

— Espero esto pueda acercarnos al espejo, y a usted mi señora. — Hablo con voz suave la mujer.

El espectro pálido y desvaído de Chizuru Kagura flotaba a pocos metros de la sacerdotisa. Giró con suavidad difuminando parte de su figura al mirarla, y asintió.

— Pronto ordenaremos lo que nuestros hermanos destrozaron. Y tal vez eso detenga la locura que se cierne sobre la familia imperial.