Disclaimer: BNHA y sus personajes, no me pertenecen.

Summary: Bakugo Katsuki iba en contra de los intereses de su familia y nunca estuvo verdaderamente interesado en heredar la empresa de su abuela, él hacia su vida a su modo. Pero cuando su cuenta es congelada y su departamento alquilado, necesitará la ayuda de la nueva inquilina para jugar fuego contra fuego contra su familia... Claro, si sobrevivía al infierno que implicaba convivir con él.

Aclaratoria: Ésta es una obra propia y todos los derechos son reservados.


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CHAPTER XLVIII: Vivir con dolor.

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Uraraka Ochako solía temblar de miedo cuando los relámpagos sonaban como gritos desgarradores partiendo el cielo oscuro, sucumbiéndola en aquel terror a ser devorada por el monstruo que se ocultaba entre las sombras de las nubes cuando éstas cubrían todo a su paso. Era pequeña, miedosa y cuando llovía con fuerza, oyéndose con violencia el sonido de los truenos que parecían querer devorarla, comenzaba a llorar desconsoladamente, se cubría hasta la cabeza con su sábana, abrazaba sus pequeñas piernas y lloraba contra sus rodillas.

Hasta que su padre entraba en su cuarto a toda prisa y con todo el cariño que le tenía, tocaba su cabeza, le decía que no había tal monstruo, que ella estaba a salvo; no se conformaba al principio así que su padre tomaba asiento junto a su cama, acariciaba su cabeza por encima de su sábana e iba hablándole de otras cosas, cosas que la hicieran relajarse y olvidarse de la tormenta que había a su alrededor.

―¿Sabes qué prepararé para la señora Chosu? ―Preguntó su padre en una ocasión, pero su hija seguía gimoteando e hipando―. Le haré un estofado de carne con muchas verduras, ¿recuerdas cómo te gustaba que cortara las zanahorias? ¿Con forma de estrellas? Le prepararé de ese modo y ¿sabes qué le diré? ―De a poco, los sollozos de su hija fueron cediendo, corrió un poco de la sábana de su cabeza, lo suficiente para mirar a su padre y verlo sonreír con cariño.

―¿Qué le dirás? ―Su vocecita se escuchaba aún rasposa por el llanto reciente pero curiosa porque su padre lograba sacar aquella curiosidad en ella a través de la comida. Desde niña lo tuvo.

―Le diré que tú me enseñaste a cortar las zanahorias de ese modo ―respondió y Ochako sonrió ampliamente―. Además, de seguro querrá hablar con la que ideó aquel estilo tan original. ¿Crees que podrás decirle tu secreto, Chako? Ya sabes, tus zanahorias estrelladas.

Ochako comenzó a reír y su padre sólo podía observarla, deleitándose con esa risa suya, esas lagrimitas secas impresas en sus rozagantes mejillas.

―Claro, le daré mi secreto ―respondió ella emocionada.

―Tengo una hija prodigio. ―Canturreó. Ochako dejó su sábana a un lado para ponerse de pie y caminar hacia su padre para abrazarlo.

―Papá, eres el mejor papá que tengo ―dijo la niña de ocho años. Kiyoshi rio apretándola contra él.

―Eso espero, no quiero competir con otro papá. ―Ambos rieron.

Él volvió a acostarla en su cama, colocó la sábana sobre su cuerpo y peinó su flequillo castaño para ver su redonda carita sonriéndole. La tormenta en el exterior fue menguando, sólo se escuchaba la lluvia que seguía pero los relámpagos se silenciaron.

―Papá, perdón por llorar y hacerte venir hasta aquí ―dijo Ochako sonrojada, estaba avergonzada porque aún seguía llorando cuando había tormentas fuertes con estruendosos ruidos que la terminaban desesperando.

Kiyoshi acarició su rostro con delicadeza memorizándose cada curva, línea y color que su niña poseía. Tocó la punta de su nariz con su índice, arrebatándole una risita.

―Sabes que no importa dónde esté, siempre vendré por ti cuando lo necesites, Ochako ―respondió―. Pero eres mi hija y sé que eres muy valiente que ni siquiera me llamarás la siguiente vez que los relámpagos hagan tanto alboroto.

Ochako negó.

―Siempre querré que vengas a verme, papá. ―Kiyoshi besó la frente de su hija para ponerse de pie―. Pero prometo ser más valiente.

―Sé que ya lo eres, Chako bebé.

Aquel fue el último recuerdo que Uraraka Kiyoshi trajo a su mente cuando su corazón comenzó a fallar en la madrugada. Su cuerpo tembló con fuerza, el dolor lo hacía retorcerse y sabía que su tiempo había llegado. Una capa oscura cubrió su vista, podía escuchar el pitido de las maquinas hacerse cada vez más lejanas, como si de haber sido su constante ancla a la tierra, comenzaran a desvanecerse en el aire. La sensación cálida que la mano de su hija sosteniendo la suya fue lo único que le hizo saber que ella seguía allí y su constante Papá, por favor que le alertaban que ella intentaba contener su llanto al verlo en ese estado.

Los castaños ojos de Ochako, cargados de lágrimas que luchaban por correr libres sobre su mejilla, lo observaron y su voz iba rompiéndose ante cada sílaba que pronunciaba en un intento inútil porque su padre respondiera a ella. Kiyoshi cerró los ojos al sentir cómo la vida se le fue escurriendo de los dedos con la voz de su hija sonando como eco en su interior, como la voz de la niña que, anteriormente, era él quien calmaba su llanto. Kiyoshi se fue con las palabras de Ochako repitiéndole que ella estaba allí, que ella lo sostenía y que ella no la dejaría nunca.

Uraraka Kiyoshi falleció a las dos y cuarenta y cinco de la madrugada del quince de diciembre. Su hija estuvo a su lado hasta las últimas consecuencias, tomando su mano, acariciando su frente y una vez que éste dio su último aliento, ella se rompió.

Finalmente, la niña que prometió volverse valiente se quebró y ya no tenía a su padre que llegara a ella para consolar su llanto.

Ochako abrazó el cuerpo de su padre con fuerza, un grito desgarrador salió de ella mientras sus dedos intentaban sostener el cuerpo de su padre rogando por retroceder el tiempo aunque sea un minuto y poder sentirlo tomar su mano una última vez. Ella empapó con lágrimas la bata de su padre a medida que todo dentro de ella sucumbía al dolor de perderlo.

La puerta de la sala se abrió, ingresando a ella el médico de guardia y dos enfermeros que la apartaron de su padre para poder proceder al protocolo post mortem. Ochako gritó y pataleó como una niña, llamaba a su padre como si aún pudiese oírla; no, ella aún no estaba lista para perderlo.

Katsuki llegó a la sala y vio cómo los enfermeros sostenían a su novia, los empujó, alejándolos de ella para abrazarla y sostenerla cuando sus rodillas perdieron fuerza. El llanto de Ochako era desgarrador y él no pudo más que acariciar su cabello, contenerla en su pecho y dejar que sacara todo dentro suyo. Él conocía ese sentimiento mejor que nadie y sabía que lo mejor que podía hacer ella era llorar.

El hombre cubrió a su novia cuando retiraron el cuerpo de Kiyoshi, la abrazó con más fuerza y besó su frente. La llevó hasta donde se encontraba su madre y Chieko, al ver a su hija en ese estado supo que todo había acabado y al igual que Ochako, se deshizo en lágrimas sentada en la sala de espera. Ochako fue a su madre para abrazarla y llorar juntas.

A partir de ese momento, ya solo eran ellas dos.

Katsuki vio a su madre sentada junto a Chieko, la rubia sólo pudo ponerse de pie para permitirles un momento en solitario a ambas mujeres y tomando la mano de su hijo, llamó su atención.

―Iré a dar una vuelta ―dijo Mitsuki. Katsuki no pensó en oponerse a ella, sólo asintió. Sabía cuánto afectaba la situación a su madre pero él no podía alejarse de su novia en esos momentos, por más de que los recuerdos volvieran a golpearlo con fuerza.


El mensaje del fallecimiento de Uraraka Kiyoshi llegó a todos los destinatarios que pertenecían al círculo íntimo de Ochako, indicando el horario y el lugar en donde se llevaría a cabo la ceremonia fúnebre del fallecido, destinándolo a la casa de los Uraraka en Nagoya. Muchos despertaron con el mensaje de Katsuki informándoles sobre la situación de la familia Uraraka y las primeras personas en responder el mensaje, alegando en ir al departamento de Ochako fueron sus amigas pero la castaña aún no estaba lista para ver a nadie.

Katsuki abrió el grifo de la ducha y preparó el agua tibia para que Ochako se bañara. Habían regresado hace un par de horas del hospital, después de dejar a Chieko con Mitsuki para que descansara ya que esa tarde debían viajar rumbo a Nagoya y realizar todos los preparativos en la morada de los Uraraka para recibir las cenizas de su esposo. Katsuki, por otro lado, llevó a su departamento a su novia con la idea de que pudiese descansar un poco antes de partir.

Uraraka estaba sentada en la sala con una libreta en la mano y un bolígrafo en la otra, realizaba llamadas para coordinar todo lo relacionado a la ceremonia fúnebre de su padre como si estuviese en piloto automático, ella hablaba con una neutralidad que comenzaba a preocupar Katsuki. El rubio dejó el baño una vez estuvo preparado el agua para Ochako cuando la vio terminando las llamadas correspondientes.

―¿Has comido algo ya? ―preguntó Bakugo acercándose a la mujer sentada en el sofá de dos cuerpos que contaba el sitio. Ochako sólo negó, depositando su libreta en la mesa frente a ella―. Te prepararé algo. Entra a bañarte mientras, Ochako.

Ochako no dijo nada, se puso de pie para dirigirse al baño pero trastabilló con la pata de la mesa. Katsuki la sostuvo antes de que pudiese caer al suelo pero seguía sin ver expresión alguna en el rostro de su novia.

―Ochako, háblame… ―Pidió Katsuki. Ella lo miró en silencio y él pudo apreciar cómo el brillo en los ojos de su novia había desaparecido.

―Lo siento ―susurró. Él negó para abrazarla, lo último que ella debería sentir es culpa por estar de aquel modo tras perder a su padre; por más de que su padre estuvo un mes y unos días más internado, el asimilar la muerte de alguien no era tarea fácil―. ¿Puedo pedirte un favor?

―Lo que quieras, Cara de ángel ―respondió sin dudarlo. Ochako apartó su rostro del pecho de su novio para mirarlo a los ojos.

―¿Podrías bañarte conmigo? No quiero estar sola. ―Bakugo asintió.

Cuando perdió a su padre, él deseaba estar solo, odiaba la compañía de los demás, se refugió en su trabajo, en su vicio por el cigarrillo y en el sexo desinteresado; él prefería sufrir solo y en silencio. Pero a diferencia suya, Ochako sentía una soledad inmensa en su pecho que le hacía imposible el permanecer lejos de alguien, podía apreciar cuán frágil se sentía y él deseaba tomar ese dolor suyo y apartarlo de su cuerpo.

Pero sabía que eso era humanamente imposible. Lo único que podía hacer por ella era permanecer a su lado.

Introdujo sus manos bajo la blusa de Ochako y fue deslizándola hacia arriba para quitárselo, ella desabotonó sus pantalones oscuros y los dejó caer, desprendió su brassier y bajó finalmente su ropa interior. Katsuki desabotonó su camisa e hizo lo mismo con sus pantalones, no tardó en estar igual de desnudo que su novia, la acompañó al interior del baño y Ochako fue la primera entrar bajo la ducha.

Él la abrazó por la espalda, el agua los mojó por igual, él sólo no quería soltarla y ella acarició sus brazos en agradecimiento. Estuvieron un momento de ese modo antes de que él comenzara a enjabonarla, ella le dedicó una pequeña sonrisa. Se bañaron en silencio, él beso su piel, acarició su cabello y le dio todo aquel apoyo físico que ella buscaba. Ochako buscaba su calor, buscaba su amor, su amistad y Katsuki se lo entregó todo.

―Debes comer algo, Ochako ―dijo el rubio una vez que ambos salieron de la ducha, se vistieron y Ochako se recostó en la cama un momento. Su novia no dijo nada, sólo siguió acostada, acurrucada en el colchón, dándole la espalda.

Katsuki dejó escapar un suspiro cuando su teléfono comenzó a sonar desde la cocina. Dejó a Ochako en su habitación y fue a por su móvil, revisó la pantalla, era su madre. No esperó en contestar.

―Mamá ―dijo Katsuki.

¿Cómo está Ochako? ―Preguntó la mujer y Katsuki volvió su mirada a sus espaldas, observando la habitación en donde su novia reposaba en silencio.

―Aún no ha querido comer ―respondió su hijo con notoria preocupación en su voz. Su madre guardó un momento de silencio y Katsuki supo qué pregunta continuaba a aquel mutismo―. ¿Has podido comprar los pasajes?

Así es, tengo para los cuatro. Partimos en una hora.

―¿Cómo está Chieko?

Escuchó a Mitsuki suspirar.

Está preparándose para viajar aunque no me ha dirigido la palabra en todo el trayecto ―dijo su madre―. Es una mujer fuerte.

―No es un momento fácil para ninguna. ―Mitsuki sólo guardó silencio. La llamada no duró mucho más, habían acordado encontrarse en la estación de trenes que los llevaría a Nagoya en media hora.

Mientras tanto, Katsuki se dirigió a la cocina, debía preparar algo que su novia pudiese comer y de esa manera reponerse un poco. El día apenas iniciaba y la exposición a la ceremonia era verdaderamente agotadora, él lo sabía a la perfección con la casi reciente muerte de su abuela.

Ochako había caído en shock tras la muerte de su padre, apenas hablaba, no había comido en casi un día y eso sólo empeoraba la preocupación de Bakugo.

Sacó un par de huevos, verduras y un poco de queso para preparar un omelette en un intento porque Ochako comiera algo. Su teléfono volvió a sonar pero con la llegada de muchos mensajes acumulándose en su buzón de entrada. Dejó lo que hacía al percatarse el constante sonar de su móvil, limpió sus manos y lo tomó verificando quién estaba llenándolo de mensajes.

Pero no era lo que esperaba, o quizá sí pero estaba ensimismado con Ochako que no se preocupó en lo que sucedía a su alrededor.

Muchos de los socios adjuntos a ALC comenzaron a enviarles mensajes, la mayoría se debatía en pedir una cita privada para hablar sobre su decisión de acabar con la empresa, otros mensajes eran de medios de comunicación, solicitándole una entrevista para tomar notas sobre la situación actual de su compañía, sus aspiraciones a futuro y el legado Bakugo. Dejó escapar un suspiro cansino, no estaba con ganas de responder ninguno de ellos; ya se había hecho a la idea de que aquellos mensajes llegarían en cuestión de tiempo desde que tuvo la cita privada con sus empleados, el rumor del cierre de ALC no tardaría en extenderse al igual que la preocupación de sus socios, después de todo aún no había tenido tiempo de hablar personalmente con ellos.

Los planes para dar conferencias públicas fueron pospuestos cuando su madre lo llamó para decirle que el estado de Kiyoshi empeoró y que necesitaban que él esté allí cuanto antes. Había recibido tal noticia cuando terminaba de guardar algunas pertenencias suyas que conservaba en su oficina, no lo dudó ni un segundo, tomó lo necesario, dejó lo que no y se marchó rumbo al hospital.

Llegó al área de espera, halló a su madre y a Chieko sentadas en el sitio, ambas con rostros cargados de preocupación. Lo siguiente fue escuchar los gritos de Ochako desde el pasillo que correspondía al área de internación de terapia intensiva, sus impulsos fueron más fuertes que su mente, empujó las puertas que lo separaban de Ochako y entonces la vio siendo sujetada con fuerza para apartarla de la sala en donde el cuerpo de su padre yacía sin vida.

Nunca lo olvidaría. El rostro de suplicio y dolor que su novia mostraba mientras era tomada como si de algún animal salvaje se trataba. Apretó fuertemente el cuchillo en su mano con la rabia que cargaba en él al recordar a esos malditos enfermeros sujetando a Ochako como si llorar a tu padre fuese un crimen.

―Katsuki… ―La voz de su novia lo sacó de sus cavilaciones y lo hizo aflojar el agarre en el cuchillo con el que cortaba sus verduras, volteó a verla y ésta se dirigió a él―. ¿Sabes dónde dejé mi teléfono?

―Lo puse sobre la mesa del comedor ―explicó el rubio y ella asintió sencillamente. La vio caminar hacia dicha mesa, seguía con la mirada perdida―. Mi madre ya tiene los pasajes para Nagoya. Debemos estar allá en media hora.

Ochako dirigió su castaños ojos a su novio y le dedicó una pequeña sonrisa que lo hizo encogerse de hombros.

―¿Estás preparando omelette? ―Preguntó entonces la muchacha y él asintió―. Lamento darte tantos problemas, Katsuki… Yo…

―Ochako, sólo come ―habló el hombre sonriendo, sus palabras parecieron encoger los hombros en su novia después. Ochako fue hacia él para abrazarlo por detrás, apretó su ropa entre sus manos y aspiró su aroma―. Es un momento duro, no tienes que pedir disculpas por nada.

Katsuki comenzó a sentir cómo la tela de su playera iba humedeciéndose y el abrazo de Ochako se volvía más fuerte. Soltó los instrumentos de cocina, limpió sus manos con el trapo que tenía cerca y volteó a ver a la mujer abrazada a él, tenía el rostro sonrojado y las mejillas húmedas por el llanto que se escapaba de sus ojos. Besó sus labios con dulzura, la rodeó con sus brazos y dejó que llorara todo lo que necesitaba sacar de su pecho.

―Katsuki… Dime… ―Sollozó la mujer en su pecho―. ¿Algún día dejará de doler su ausencia?

Bakugo se apegó aún más a su cuerpo, apretó su espalda y su cintura con sus manos. Él también lloró de ese modo unos meses después de que su padre falleciera, lloró pero lo hizo en soledad y ante la ignorancia del mundo. Sin embargo, en esos momentos, volvía a recordar cómo se sintió el día que le habían avisado que su padre murió y dolía. Dolía como el primer día.

―No ―respondió en un susurro contra el cabello de su novia―. Pero aprendes a vivir con el dolor.


Toga Himiko era buena fingiendo emociones, en realidad, pocas veces se sintió verdaderamente conmovida con alguna situación así que era sencillo para ella el fingir que algo le importaba cuando en realidad no era así. Su madre solía decirle que era buena con la actuación, con imitar a otras personas o fingir ser ellas y en esos momentos, fingía ser la hermana desconsolada de un hombre que acabó con el 75% de su cuerpo quemado.

Sus lágrimas acariciaban sus mejillas mientras ella apretaba con fuerza el pañuelo entre sus dedos. Sintió la mano del médico tocando su hombro en muestra de empatía con su dolor, ella sólo asintió a éste.

―No voy a mentirle, Toga-san ―habló el hombre de bata blanca―, su hermano está en una situación sumamente riesgosa; ha entrado en coma y las quemaduras ocupan casi todo el cuerpo, ha afectado órganos internos y sus pulmones fueron los más perjudicados con la absorción de humo.

―Oh, Dios… ―Un sollozo digno de un Oscar salió de sus labios cuando, apegó el pañuelo de tela contra su rostro al tiempo en el que sus hombros temblaban con su llanto―. Mi querido hermano… Mi Kai… ―Otro sollozo más fuerte―. Doctor, dígame… ¿Tiene posibilidad de que mi hermanito sobreviva?

El rostro del hombre enseñó tristeza, bajó los ojos al suelo, tomó un momento para respirar profundamente.

―Hay una posibilidad del 25%. Lo lamento… ―Dijo el médico.

Himiko asintió para permitirle marchar finalmente, ella se deshizo en lágrimas mientras ocultaba su rostro entre sus manos, disfrutando cada segundo que aquel momento le permitía, repitiéndose que cada quemadura, cada lesión, cada agresión era el modo que ella pagó sus traumas, sus miedos y su odio hacia la figura de su hermano.

El ciclo se rompió y ella estaba finalmente libre.


Ochako dedicó un pequeño asentimiento a las personas que la saludaban, una sonrisa pequeña cuando tocaban su hombro o sus manos en un intento por reconfortarla y volvía a mirar el horizonte cuando creía que nadie más la estaba observando. Bakugo contuvo el aliento un momento, veía a su novia junto a su madre, ambas mujeres eran quienes recibían a los que participarían de la ceremonia fúnebre, administraban los donativos que eran entregados en sus manos y agradecían a todos los que acudían a la casa de los Uraraka.

Amigos de la familia, empleados de la tienda como clientes de la misma fueron llegando a la pequeña casa de dos plantas que correspondía a los Uraraka, muchos rostros ensombrecidos por el dolor hacían juego con la sobriedad de las prendas oscuras que desfilaban ingresando a la morada.

Pero nada se comparaba en las miembros de la familia Uraraka. La falta de sueño era notorio en el rostro tanto de la madre como de su hija, las bolsas bajo sus ojos eran sobresalientes por todo el llanto derramado en esas horas y no era para menos.

La mano de su madre tomando la suya lo hizo voltear a la mujer junto a él, hallando en su rostro un rostro apenado. Tanto Mitsuki como Katsuki comprendían la inmensidad del dolor que Chieko y Ochako sentían en esos momentos.

―¿Crees que estará bien? ―Preguntó su madre―. A Ochako me refiero.

Katsuki apartó su atención de su madre para dirigirla a su novia. A pesar del dolor, la castaña seguía de pie, seguía allí sin echarse para abajo a pesar de todo el dolor acumulado en su pequeño cuerpo.

―Ella es jodidamente fuerte. Ambas lo son ―respondió sin pensarlo mucho―. Ellas son como tú.

La mano de Mitsuki apretó con un poco más de fuerza la de su hijo al escuchar sus palabras, sintió la cabeza de su madre contra su pecho, no dudó en abrazarla. Definitivamente, aquel momento era rememorar todo lo que ellos pasaron hace cinco años atrás.

Uraraka Ochako era jodidamente fuerte había dicho Katsuki y no mentía porque las piernas de la joven seguían temblando como gelatinas, su mirada se encontraba perdida por momentos en el horizonte, observando el cielo nublado y el cómo todo parecía ir más lento que nunca ante sus castaños orbes. Veía el cielo oscuro y se decía a sí misma que vendría una tormenta aunque dentro suyo, la lluvia no cesaba.

Un vehículo negro aparcó frente a la casa Uraraka y del cual, las finas piernas de Toga Himiko descendieron, sus ropas eran de un negro opaco y un sombrero de alas pronunciadas, sus tacones repiqueteaban contra el suelo a medida que caminaba hacia las escaleras que llevaban al ingreso del lugar y en donde Ochako y su madre se encontraban.

Cuando los grandes y castaños ojos de Ochako reconocieron la figura de Himiko, le dedicó una pequeña sonrisa triste. Las finas y pequeñas manos de la rubia tomaron las de la castaña.

―Lamento tu pérdida, conejita. ―Fueron las palabras de Toga hacia Uraraka y lo siguiente, fue entregarle el sobre dorado con el donativo para su familia.

―También lamento lo que sucedió con tu hermano, Toga-san ―respondió Ochako. Toga formuló una sonrisa triste en sus labios, asintiendo a sus palabras.

―Contáctame si necesitas algo más. ―Toga ofreció una pequeña reverencia tanto a la chef repostera como a su madre para pasar de ellas.

La rubia no tardó en reconocer a Bakugo Katsuki de pie no muy lejos de la entrada en donde Ochako se hallaba recibiendo a los invitados. Se encaminó hacia él y saludó a los Bakugo con una pequeña reverencia.

―Gracias por venir, Toga-san ―habló Mitsuki.

―Uraraka-chan trabajó conmigo poco tiempo pero le guardo un gran cariño ―respondió sencillamente. Mitsuki le ofreció una pequeña sonrisa y disculpándose con ella, se alejó de allí, encaminándose hacia donde Chieko y Ochako seguían de pie. Por su parte, Toga observó el caminar de Mitsuki y a pesar de eso, podía sentir la mirada de Katsuki sobre ella. Toga volteó a mirarlo con una sonrisa―. Se nota que no has dormido, Katsuki.

―Son tiempos complicados. ―Fue su repuesta encogiéndose de hombros.

Toga cruzó sus brazos sobre su pecho para continuar observándolo.

―¿Ya le han puesto precio a tu cabeza? ―Inquirió y Katsuki sólo rodó los ojos―. No diré "te lo dije" pero te lo dije.

―Estamos en el maldito velorio del padre de mi novia. ¿No podías esperar un poco? ―Toga bufó―. Supe lo de Chisaki, por cierto. ―Katsuki observaba con atención a su socia mientras lo decía y a pesar de que ésta parecía mantener la calma, había algo en ella que parecía ser distinto al escuchar el nombre de su hermano―. ¿Cómo te encuentras?

―No es mi persona favorita, lo sabes ―respondió ella sin mirarlo―, pero tampoco estoy feliz con lo que le ha sucedido.

―¿No? ―Preguntó Bakugo y Toga volteó a mirarlo, su ceño fruncido lo hizo afilar la mirada―. Unos días antes habías dicho "él ya no será problema". ¿A qué te referías con eso?

Dorado contra Rojo. Una lucha de miradas que ninguno se atrevía a romper. Él la conocía, podía saber de lo que era capaz de hacer o al menos, podía desconfiar de su falsa tranquilidad.

Los pasos acercándose a ellos los hizo apartar los ojos del otro, centrándolos en las personas que llegaban, entre ellos Kirishima Eijiro, Ashido Mina, Iida Tenya, Utsushimi Camie, Midoriya Izuku y Todoroki Shoto; Toga formuló una sonrisa pequeña para volver a mirar a Bakugo y con esa última mueca, se alejó de él.

La ceremonia fúnebre inició entonces. Ochako y Chieko encabezaron el cúmulo de personas que no superaba la presencia de 20 personas, entre ellos amigos y familiares de la familia afectada. Chieko tomó la mano de su hija mientras los rezos iban iniciando y Ochako sólo podía mirar la fotografía de su padre. Los ojos de la joven volvieron a humedecerse y una lágrima traicionera cayó sobre su mejilla recordando cuánto le gustaba la sonrisa de su padre.

Kiyoshi tenía una forma de trasmitir seguridad a quien fuera, sus empleados siempre lo describieron como un jefe excepcional, carismático, los hacía sentir parte de la familia y le constaba porque desde que tenía memoria, Ochako sentía ese mismo aire en la tienda familiar, todos llamaban con cariño a su padre y le guardaban un respeto paternal incluso. Era fácil recordarlo al ver a muchos empleados de la tienda que sus padres dirigían encabezar la fila de personas en su casa, todos conteniendo las lágrimas, tomándose las manos y sollozando en silencio.

Pero además de ser un jefe excepcional y un amigo incondicional, también fue el amor de vida de Uraraka Chieko.

Con ella, Kiyoshi era gracioso, le gustaba hacerla reír, besaba sus mejillas rozagantes y jugaba con su cabello cuando estaba distraído, solía decir que lo hacía de forma involuntaria, el sentir las hebras castañas de su esposa entre sus dedos lo hacían sentirse tranquilo. El recuerdo de Chieko sobre su esposo era de cuando lo conoció por primera vez, nunca olvidaría que había llegado a una tienda de comida tradicional después de un fatídico día en la universidad, había sacado una nota muy baja y eso la puso muy triste. Nunca esperó que el hombre que la atendió ese día, se convirtiera en su esposo un tiempo después.

―Traes un rostro pésimo, ahuyentarás a mis clientes. ―La voz de Kiyoshi llegó a ella, Chieko levantó su rostro al hombre vestido con el uniforme del restaurante y ella se sonrojó por sus palabras.

―Ese no es modo de hablarle a una mujer que ha tenido un pésimo día ―respondió ella. No se molestó en ocultar el orgullo dolido por su comentario y Kiyoshi lo notó. El hombre le ofreció una sonrisa franca para añadir.

―Puedo invitarte el almuerzo y espero mejorar un poco tu pésimo día. ―Ella no lo esperaba pero la galantería del hombre la conquistó un poco. Terminó aceptando y él le preparó algo particular―. Si después de éste plato no sonríes, entonces debería renunciar a mi sueño.

―¿Cuál es tu sueño? ―Se animó a preguntar la mujer.

―Hacer que todos, sin excepción, sonrían cuando coman mis platillos.

Y lo hizo. Uraraka Kiyoshi terminó haciéndola sonreír y desde entonces, él se enamoró de esa sonrisa. Una sonrisa que quedó empañada por el dolor ante la ausencia del hombre que la hizo sonreír con un bocado.