.
.
Capítulo 87
Esto sí que moja. ¡Y cómo!
Esa noche quise contarle a Albert lo de Stear, pero no me atreví.
Es que cuando me dijo que habían estado junto a George y Karen visitando el Edificio Twiligth Plaza y fuera del alcance de la señal para el móvil, no hubo ni una sola razón para no creerle.
Su voz era firme, me miró a los ojos… Me acarició el rostro… Me dijo que todo el día había estado pensando en mí.
Cenamos con los niños, me ayudó a acostarlos. Se mostró tan encantador que por un momento olvidé mi enfado y hasta me sentí culpable por lo de Stear.
Y en este instante, cuando lo veo aproximarse con esa sonrisa increíble, tomo nota mental de llamar a Stear para cancelar mi cita de mañana con su mujer.
Pero no puedo detenerme a pensar en ello, porque Albert toma mi rostro con ambas manos y me besa. Despacio… No sé por qué pero de pronto me encuentro recordando la primera vez que lo hizo. Sus labios rozan los míos como entonces… Un contacto tan sutil como sensual que de inmediato me pone en llamas, haciéndome olvidar el mal rato de esta tarde…
Entreabro los labios y le reclamo la lengua. Siento su sonrisa aún sin verla.
No me la da. Me hace desear, me enloquece con ese roce y con su exquisito aliento. Y yo me odio por ser tan débil ante él y su poder de seducción.
Lo deseo tanto… ¿Dónde quedó la Candy llena de resoluciones, de reclamos, de frustraciones? En sus brazos me transformo y todas mis preocupaciones ahora pasan por que los niños no se despierten.
—Te he echado tanto de menos, Princesa…
Solo eso basta para que mis piernas se tornen de gelatina. Ya no soporto más estas ganas, así que lo tomo de la nuca y profundizo el beso de forma impetuosa.
Mi avidez no es nada sensual, pero hoy no estoy para sutilezas. Su lengua y la mía se entrelazan entre jadeos mientras la parte inferior de nuestros cuerpos entra en contacto.
Albert frota su pene contra mi vientre y no deja de besarme.
Ahora me devora la boca con la misma desesperación que yo, mientras sus manos descienden y me acarician los muslos.
Me eleva la falda despacio…
—¿Sabes qué, mi cielo? Te noto algo tensa —susurra sobre mi boca.
—Lo estoy… Necesito relajarme.
—¿Y yo puedo ayudarte a relajarte? —pregunta, sensual.
A mí me apetece jugar, así que tenso la cuerda.
—No lo sé…
Albert sonríe.
—Tal vez tu tensión sea tan… grande, que no pueda echarte una mano… Quizá tengas que apañártelas sola con la tuya.
Ah, no. Me gusta más que él sea quien borre mis tensiones, y no tengo ningún pudor de decírselo.
—Te prefiero a ti.
—Pero a mí hoy me apetece mirar… Quiero que me muestres…
Me hago la tonta. Sé lo que quiere pero me toca a mí hacerlo desear.
—¿Demasiado cansado como para satisfacerme? —lo provoco dejándolo con la boca abierta. —Está bien… si tú no puedes tendré que hacerlo yo misma, aunque no quiera.
Parece que va a decir algo, pero no. Me tiende la mano y hace que me recueste en nuestra cama.
Rápidamente me eleva la falda hasta la cintura.
—Ya te he dicho qué es lo que deseo. ¿Demasiado cansada como para complacerme? ¿No? Entonces pon manos a la obra en este instante, Candy —me ordena.
Y como me ve vacilar me toma la mano y me obliga a tocarme.
Me acaricio despacio… Hace mucho que no me masturbo y lo cierto es que lo de la mano no se me da muy bien, pero lo intento sólo para ver esa expresión en su rostro perfecto… Es como hambre. Hambre de mí.
—¿Así? —preguntó en voz baja.
—Eso sólo lo sabes tú.
—Y tú también... —apostillo con una sonrisa.
—Sí, yo también sé cómo hacérmelo —me dice tomándolo a broma. —Pero en esta ocasión, tú te harás una buena paja para relajarte, y yo me deleitaré mirando.
Obedezco y mis dedos intensifican sus movimientos dentro de mi ropa interior.
—Quítate las bragas —me pide, pero no le hago caso y continúo frotando mi sexo con los dedos, así que termina quitándomelas él.
Ahora estoy desnuda, expuesta ante sus ojos, mientras él continúa completamente vestido. Y como tengo las piernas cerradas, no vacila en separarme los muslos hasta con cierta brusquedad.
—Muéstrame, Candy —me exige.
Entonces le muestro…
Recorro los labios de mi vulva y los separo sólo para que él lo disfrute. Mi dedo mayor juega con la entrada de mi vagina pero no se introduce, sino que asciende hasta el clítoris y comienza a moverse lentamente.
A él le brillan los ojos, y su rostro comienza a congestionarse. Miro como su pecho delata su agitada respiración, y cuando se le escapa un jadeo yo siento esa conocida humedad que indica que estoy lista para él.
Mi mano deja mi sexo, e intento atraerlo hacia mí pero él se niega.
—Continúa —me ordena, y suena decidido así que vuelvo a obedecer. Froto mi clítoris cada vez más rápido pero sé que no lo lograré.
Desde que empecé a masturbarme mi método preferido es moverme con la almohada entre mis piernas, y él lo sabe. No sé a qué viene toda esta extraña exhibición.
—No puedo... no puedo... —murmuro de pronto retirando mi mano pero él no claudica. Mi mirada se dirige a su miembro y lo veo totalmente empalmado bajo el pantalón, así que no entiendo por qué me obliga a insistir en algo que no se me da nada bien.
—Sí que puedes. Y lo harás... Tengo todo el tiempo del mundo para observarte hacerlo así que... Vamos, Candy. Adelante...
Maldición, Albert. Me tardaré una vida en esto. ¿No es más fácil metérmela hasta el fondo? Si así lo hiciera de inmediato tendría ese orgasmo que tanto desea presenciar.
Me humedezco los labios con la lengua para tentarlo, pero él sigue con la mirada concentrada en mi sexo, así que me chupo los dedos para atraer su atención a mi boca.
Hoy está en vena juguetona así que le voy a seguir el juego.
—¿Te gusta? —le pregunto al ver la más que notoria evidencia de su excitación. —¿Eres un mirón? Pervertido...
Pero mi burla no le hace mella.
—Pon esos dedos en tu coño y deja de acusarme. Yo seré un mirón, pero a ti te encanta mostrar...
No está errado, pues lo cierto es que descubro que me encanta. Y se lo demuestro abriéndome totalmente para que vea mi sexo enrojecido, hinchado, húmedo...
—Per...ver... ti... do... —lo vuelvo acusar entre jadeos, porque este juego me está gustando demasiado. Y de pronto me doy cuenta que estoy al borde del orgasmo, así que cierro los ojos y me dejo ir…
Finalmente acabo… Es un orgasmo maravilloso que le exhibo a Albert, espectador privilegiado de todo mi placer. Mis dedos no dejan de moverse… No es él quien me lo exige, soy yo que no puedo parar. Mis orgasmos se encadenan uno detrás de otro. Convulsiono varias veces seguidas, gimiendo descontrolada.
Es un placer inmenso pero me falta algo… Lo quiero dentro de mí con desesperación.
—Ven —le ruego tendiéndole la mano, y él me la besa. Me chupa los dedos empapados por mis fluidos y luego los bebe directamente de la fuente. Inclina su cabeza y lame todo mi sexo haciéndome explotar una vez más.
Lo veo entre mis piernas, moviendo su lengua en la abertura de mi sexo y me derrito de placer.
—Eres… Un manjar delicioso, mi amor… —susurra en el rincón más secreto de mi cuerpo. Siento su lengua invadir mi culo y tengo que ahogar un grito de placer.
Ahora estoy húmeda y receptiva también allí, y me encuentro deseando que me penetre.
—Házmelo, Albert —le ruego.
—¿Qué te haga qué? —pregunta mientras sigue devorándome.
—Que me hagas el culo.
Su rostro asombrado reaparece entre mis piernas y su belleza me abruma. Es… perfecto. Mandíbula cuadrada, con barba incipiente. Labios carnosos y húmedos… Ojos azules cargados de deseo. Ay, carajo… Cómo me gusta.
—Vaya… Es la primera vez que me lo pides tú, mi cielo. Y no me pienso resistir…
Con un hábil movimiento me pone en cuatro patas y me introduce un dedo y luego dos. Cuando considera que estoy lista me penetra y se mueve con controlada rapidez. El dolor es intenso pero el placer lo es más.
Me abre las nalgas con ambas manos mientras empuja. Es una sensación maravillosa… Estoy tan excitada, que ni bien me acaricia el clítoris acabo una vez más… Mi orgasmo se encadena al suyo, y siento su semen caliente desbordarme.
El dolor desaparece mientras nuestros gemidos llegan a su punto máximo y todos mis sentidos se agudizan.
Continúo excitada… Todo lo que me hace me vuelve loca. Sus manos en mis hombros para tenerme totalmente a su merced. Su pene palpitando en mi culo, empapado y rígido… Sus palabras…
—Ah… Candy… Cómo me gusta follarte…
Lo sé… Y a mí también me encanta. Pero es la primera vez que tomo la iniciativa de que lo haga por atrás y me pregunto si esa no es la forma en que mi inconsciente busca retenerlo, reconquistarlo…
Le perdono todo, hasta el horrible desplante de haber tomado una decoradora de interiores en mi lugar. No importa, nada importa si soy la dueña de su amor, y de ese cuerpo maravilloso que me ha hecho adicta a su piel.
De pronto me doy cuenta de que tengo mucho miedo de perderlo.
Lo amo con desesperación… Y eso me hace sentir muy vulnerable.
Nos dormimos abrazados, mientras el miedo se disipa derrotado por el placer.
CONTINUARA
