Disclaimer: Los personajes son de Rumiko Takahashi. La trama me pertenece en entereza, aunque a ustedes no les parezca.


Capítulo 34.


El día era hermoso. Hacia sol y estaba muy despejado. Aprovechando el día libre que extrañamente, Kōga les había dado por remodelación de la planta, lo usó para volver al templo, visitar a sus padres y a Kirara. Extrañaba siempre tanto a su mascota. En su nuevo departamento no se admitían, pero la verdad era que Kirara no se sentía bien en otro lugar que no fuera el templo. Por eso también la dejó con sus papás.

Pero cuando llegó y lo primero que hicieron después de saludarla, fue decirle que Kōga había estado ayer allí, sintió que todo el estómago se le revolvió. Desfiguró la expresión por la angustia y el coraje. ¡¿Qué mierda había ido a hacer a la casa de sus padres?! Midoriko dijo que sólo había ido a saludar y a hablar sobre su empresa en Chiba. Raro. Además, Tōga le había preguntado acerca de «el romance» que «tenían». Doble vergüenza. Al parecer, su jefe había tenido la decencia de decir que solo eran rumores.

Kōga se comportaba muy amable con todo el mundo y eso era algo que le hacía sentir escalofríos. Todos los días se preguntaba qué había ganado con mandarle el vídeo a Sango, si ella no iba a hacer nada con él. Después de eso, se quedó en calma. No se volvieron a hablar y no hubo ningún mal entendido entre ellos. La trataba con cordialidad y respeto cuando tenía que decirle algo frente a sus compañeros y jamás le volvió a escribir.

Sin embargo, estaba saliendo con Yura Sakasagami y eso la ponía aún más nerviosa. ¿Y si le decía su secreto y estaban planeando algo para hundirla? Aunque, a decir verdad, esa perra estaba muy enfocada, más bien, en Sango.

Sango…

Le preocupaba su amiga. Desde que aquella mujerzuela había llegado de nuevo a sus vidas, Sango había vuelto a tener mareos, dolores de cabeza y náuseas. Claramente le estaba haciendo daño los nervios y la ira que le provocaba su sola presencia.

Bueno, cada día se acercaba más la boda de su hermano y lo único que quería era salir de esa ciudad. Pero no podía, hasta estar segura de que Kōga no publicaría su video por la prensa o algo peor. Imposible: ese hombre la tenía atada de pies y manos. Por supuesto que él haría algo malo, ¿por qué habría visitado a sus padres? Estaba comenzando a sentirse ansiosa y eso era lo que menos deseaba en esos momentos. Necesitaba cordura y madurez para enfrentar su nueva vida.

Una vida sin InuYasha, sin opción a regreso, sin opción a divorcios.

Decidió ponerse el ropaje adecuado que hacía años que no utilizaba, sus instrumentos y caminó con ellos hasta «El Árbol Sagrado» del templo donde había vivido toda la vida.

Colocó el tablero del tiro al blanco en el mismo lugar y notó que a pesar de los años, los clavos seguían allí mismo, donde su padre los había clavado para ella.

Hermosos recuerdos de su infancia vivieron a ella. Todos, como una familia, listos para jugar a sacerdotisas y dragones.

Caminó de nuevo hacia fuera del área del árbol y tomó su arco y flechas. Amaba mucho la arquería y era buena en eso. En su familia siempre habían sido apasionados por las historias y todo tipo de arte y cultura de la época feudal de Japón. Bastaba ver las pinturas y pergaminos que había en toda la casa y el templo en general. Hacía mucho tiempo que sus padres habían prohibido el ingreso de turistas y lo agradecía, por su privacidad.

Colocó la flecha en el arco y disparó. El golpe fue bastante certero, aunque no perfecto. Frunció el ceño. Si bien esa era su actividad favorita en el mundo, que la hacía olvidarse de todo lo malo y concentrarse solo en eso, también le estresaba cuando sus tiros no eran tan buenos.

—Años de no practicar, causan eso.

Se sobresaltó y tiró su arco al suelo. Había estado tan entretenida que jamás advirtió la presencia de alguien cerca de ella.

—Oh, lo siento. —Dijo nerviosa, agachándose a recogerlo. La oyó reír.

—¿Estás bien, Kagome? —La ayudó a levantarse y le dio mucha ternura su sonrojo.

—Soy muy torpe, Kikyō, qué vergüenza contigo. —Desvió la mirada, pero después de unos segundos, también echó a reír.

—Vaya, luces muy bien con tu traje. —La elogió, maravillada. Nunca había visto uno aparte del suyo.

—Gracias. Lo coció mi madre, para mí. ¿Verdad que me luce el color rojo? —Sonrió y Kikyō también lo hizo, asintiendo.

—Yo también tengo uno, pero la pieza inferior es en negro. ¿Me permites? —Estiró el brazo hacia Kagome y ella le entregó la gran pieza de madera, bien tallada y rígida, con un cordón flexible que le hizo recordar la infancia—. Estoy algo oxidada.

Tomó una flecha del arsenal que tenía Kagome en una mesilla, justo detrás de ella. Con cuidado, la colocó lentamente, viendo al blanco que había apuntado, frunciendo el ceño y estirando el cordón a todo lo que daba.

Kagome la observaba embelesada. Vio su estilo, su porte y la manera en la que se paraba, ponía los brazos y tensaba sus músculos. Pensó inmediatamente en que Kikyō podía encarnar a la gran sacerdotisa Midori, creadora de la legendaria Perla de Konshi, que concedía deseos a todo ser sobre la tierra.

Kikyō soltó el tiro y pegó un centímetro vecino al de Kagome, pero mucho más al centro. Fue casi perfecto. Se quedó asombrada.

—Grandioso.

—Jamás habría imaginado que vería a alguien más con un traje feudal de sacerdotisa. —Comentó, sonriente.

—La Sacerdotisa siempre ha sido ícono de nuestro templo, Kikyō. —Le dijo orgullosamente—. Cuando era pequeña practicaba siempre y era muy buena. Ahora ya no tanto. Dejé de practicar hace algunos años.

—Tu técnica es muy buena, te vi desde lejos. —La elogió, sinceramente.

—Gracias. Yo siempre estuve interesada por ser buena arquera. En cambio, mi hermano siempre prefirió las espadas y las historias de onis y hanyōs. También es bueno en karate y tomó clases de esgrima.

Kikyō se quedó escuchándola en silencio. Una punzada le tocó el corazón cuando notó que ella no sabía eso del que pronto iba a ser su esposo. A raíz de eso, ya no pudo sonreír ni siquiera una vez más.

—No lo sabía.

—Por cierto, ¿no vino contigo? —Había olvidado la existencia de InuYasha. Su cuñada negó y ella agradeció a los cielos porque así fue. No habría sido nada cómodo que los dos estuvieran allí, juntos, frente a ella—. No sabía que te gustaba disparar flechas. —Sacó la conversación, cuando advirtió el severo cambio de humor en Hishā.

—Sí, lo practico desde niña, igual que tú. Tampoco sabía que teníamos esto en común.

La chica caminó un par de pasos, rodeando la mesilla y cogió una flecha. Se había formado un silencio muy incómodo.

—¿Cómo van los preparativos de la boda? —Intervino Taishō, para no permanecer muda.

—Bien, ya casi está todo listo. —Volvió frente al árbol, junto con el arco de Kagome.

—No te noto muy contenta. —Profirió al fin. Desde que le había nombrado a InuYasha y todo lo referente a su casamiento, notó que ella se sintió incómoda.

—Estoy bien. —Su tono no fue muy dulce. Con cada pregunta y comentario, sentía menos paciencia.

—¿Sí? —Se mordió el labio, inquieta por sacarse una duda que la perseguía desde antes de salir de la cárcel—. ¿Se trata de aquella mujer por la que terminaron en un principio? —Estaba hablando de ella misma, pero por ratos se sentía ajena a toda esa situación.

Ante esa pregunta, la aludida no dijo nada, nuevamente. Se limitó a colocar la flecha sobre sus dedos, apuntando al tablero, con decisión.

—Creí que había desaparecido, por eso volví con él. Pero no, ahí está, sigue en su vida, vive, respira en su oído y descansa en su pecho… casi puedo jurar que se acostó con ella la noche de nuestro compromiso. —Soltó, agria y herida, después de un largo rato. Seguía estirando el cordón del arco, midiendo la flecha. Kagome sintió un escalofrío en todo el cuerpo—. Pero estuvo contigo y durmió en el sofá, en tu departamento, supongo que es imposible.

—Así es. ¿Y qué piensas hacer? —Su voz tenía un deje de nerviosismo, pero no titubeó. Kikyō la intimidaba como nunca antes. No parecía la misma chica dulce de siempre. Se le había olvidado que también era una fría y calculadora mujer que no apreciaba para nada la traición.

Como debía ser, pensó Kagome.

—InuYasha va a casarse conmigo. —Tensaba el arco cada vez más, pero no tiraba de él. En ningún momento vio a Kagome—. InuYasha es mío, Kagome.

Ella se quedó en silencio, con un montón de sentimientos encontrados ante esa afirmación. Sentía el estómago revuelto y no podía parar de ver la postura de Kikyō, su cuerpo rígido, el ceño fruncido, el dedo índice tan recto y bien colocado. Parecía que iba a soltar el arma en cualquier momento.

Hacia ella.

—Sí, lo sé. —Respondió, mecánicamente. Ya no sabía lo que decía.

—Y nadie —encogió los hombros, hundiendo el cuello entre ellos—. Nadie... —tensó el cordón hasta que ya no pudo más—...se burla de mí. —Disparó y fue un golpe perfecto.

Taishō observó todo el panorama en silencio y con el corazón desbocado. Sentía que esa flecha había sido lanzada hacia ella. Analizaba con miedo aquella abertura que había hecho el acero contra la madera del tablero. Volvió a mirar a Hishā, que jadeaba y tenía las mejillas rojas, como si acabara de librar una batalla con un ejército de ogros. Por un momento le volvió a recordar a las sacerdotisas de los cuentos fantásticos de la época feudal.

Después de analizar un momento todo lo sucedido, Kagome comprendió que Kikyō no había llamado «suyo» a InuYasha por celos o por pertenencia, sino por su propio orgullo, por su honra.

Qué fuerte era todo eso.

—Eres una maestra en esto. —Comentó al fin, después de unos largos minutos de nuevo silencio incómodo y la mirada de Kikyō fija en su flecha recién clavada.

—Gracias —suavizó el tono por fin, medio sonriendo—. ¿Lo quieres intentar esta vez? —Le extendió el arco.

Kagome estuvo a punto de tomarlo, pero el celular sonó insistente en la mesilla. Cuando respondió la llamada, era Sango que le decía algo sobre Kohaku. Kagome preguntó por él, pero al parecer no había muchas noticias del niño. Sango le pidió que hable con Kikyō para que le diga a su jefe que faltaría dos días, aunque, de todas maneras, llevaría el justificante correspondiente. Sango además de ser doctora en leyes, también era orientadora legal y daba cursos y conferencias, por lo que tenía pendientes qué resolver constantemente en la editorial.

Parecía tan extraño saber que Sango se iría sin despedirse, solo llamando. Ya estaba viajando para Yokohama.

—Tranquila, hablaré con él y sé que entenderá. —Dijo Kikyō, también preocupada por el estado anímico de Tanaca.

—Kōga es tu primo de familia adoptiva, ¿no? —Sondeó. ¿Qué tan fuerte eran sus lazos fraternos? ¿Le creería cualquier cosa a su primo? Aunque con las pruebas que él tenía, no se necesitaba querer a nadie para comprobar la verdad.

—Lo es. Tuve la suerte de que una gran familia como Hishā Ikeda, me escogiera. Me dieron todo en la vida y jamás voy a terminar de agradecerles. —Sus padres eran todo para ella y a veces pensaba en ellos, qué harían si no se casaba como ya les había prometido.

—Kōga también es… una gran persona.

—Sí, y yo creí que estaba contigo, pero resulta que se va a vivir con la tal Yura.

—¡¿Qué?!

Continuará…


Me gustan los guiños a la serie original.