El último orador

—Por favor —sollozó Ino —. Tu prometida está mirando.

—No le molesta —respondió Shikamaru sin soltarla, hundiendo su rostro en el pelo rubio de una chica que creía muerta hacía mucho tiempo. Sabía que estaba llorando, así que no quería separarse para que no se notara —. Maldita sea Ino —agregó, estrechándola con más fuerza —, casi mato a Zetsu.

Ino respingó al escuchar ese nombre, y así como todos los recuerdos buenos de su infancia, de su familia y amigos volvieron, también regresaron con fuerza aquellas últimas semanas en que todo cambió.

—Él… ¿está vivo?

—A duras penas —explicó Temari, sin que Ino y Shikamaru rompieran el abrazo—. Apenas nos dejaron salir de la casa de seguridad, la madre de Shikamaru dijo que llamaste, pero las comunicaciones se perdieron. Shikamaru se obsesionó con la idea de que Zetsu-san te había hecho algo…

Shikamaru finalmente se separó un poco, luchando por recobrar la compostura.

—¡El cabrón era un asesino! —le dijo —. Había huesos humanos en su invernadero, lo sospeché desde la primera vez que estuvimos ahí —luego se giró hacia Temari —¡Y lo llevaron a juicio por todo menos por eso!

Ino cerró los ojos.

—¿Entonces lo ejecutaron?

Shikamaru resopló.

—No —respondió —. Parece que es un maldito héroe nacional o qué se yo, su archivo está clasificado.

Limpiándose las lágrimas con la manga del cárdigan, Ino se separó del muchacho, dedicándole una mirada a la tumba de sus padres. La familia Nara había hecho los arreglos para sepultar a Inoichi junto a su esposa y había estado cuidando el sitio, aunque en ese momento, solo esperaban que el empleado terminara de cambiar la placa, pues según la ley, como habían pasado más de cinco años sin tener noticias de ella, se había expedido un certificado de defunción y se vieron obligados a incluirla en el epitafio pese a no tener el cuerpo.

—Yo realmente quería decírtelo.

Chōji tomó a ambos por el cuello para abrazarlos.

—¡Ahora eso no importa! —exclamó —¡Ino! ¡Tienes que conocer a Karui-chan!

—Hay tanto de lo que tenemos que ponernos al corriente —respondió ella.

—Pero ahora tenemos que atender un compromiso —dijo Shikamaru —. Mi explotador jefe me dejó salir esta mañana, pero necesito volver justo ahora.

Los cuatro salieron del cementerio apenas dieron el visto bueno a los arreglos hechos e Ino colocó una corona de flores que ella misma había armado con lo que encontró en el invernadero.

Sus amigos habían cuidado de la casa para evitar que la vandalizaran, pero el mantenimiento era algo que los rebasaba por completo, tanto por dominio de técnicas, como tiempo. En todo caso, no importaba, nunca estaría lo suficientemente agradecida con ellos tan solo por no olvidarla.

Durante el camino, no pudo evitar el distraerse al mirar por la ventana; sentía que había estado ahí casi en otra vida.

—¡Tenemos que ir a Guinevere´s! ¡No hacen hamburguesas decentes en el País del Hierro! —exclamó al ver el anuncio de la niña pecosa peinada con trenzas.

—Será mañana, mi mamá ha estado todo el día en la cocina haciendo una cena especial —dijo Shikamaru.

—¿Qué había bueno allá? —preguntó Chōji —. Escuché que comen carne de oso…

—¡Ni me lo recuerdes! —exclamó —¡Pan de pescado! ¡Hacen pan de pescado! ¡Y luego lo bañan con salsa de grasa de ballena! —y enfatizó tanto como pudo la palabra "grasa".

Shikamaru se rio. Si había alguien capaz de convertir en tragedia el plato nacional de un país, era ella.

—¿Entonces de qué vivías? ¿Lechugas que tú misma sembrabas?

—Has de saber —repuso Ino, inclinándose al frente, en el espacio entre los dos asientos —, que los vegetales son muy costosos allá, y no es para nada raro que cada familia tenga algún tipo de hortaliza en su propia casa. Es más, creo que es una práctica que debería usarse también aquí, le enseñaría a la gente el valor del trabajo de campo, la importancia de la constancia y la disciplina para lograr que se logre la cosecha.

Shikamaru aprovechó la luz roja del semáforo para mirarla, aún estaba sonriendo, y eso era de admirar por el gran esfuerzo que implicaba.

—Podemos hacer la propuesta, justamente sentía que mi esquema de educación básica estaba algo flojo.

—¿Esquema de educación básica?

—¿Sakura no te dijo?

—¿Decirme qué?

—Soy pasante en la oficina de Kakashi.

—¿Tú en la política? —preguntó con escepticismo —¿No ibas a dedicarte al shōgi profesional? Para trabajar solo una o dos veces a la semana.

—Bueno, no es como si fuera mi idea, a Naruto se le metió en la cabeza que se convertirá en el primer ministro más joven del País del Fuego. Fue lo mejor, afortunadamente por la edad no lo dejaron enrolarse en el ejército, tomó el otro camino. Y alguien tiene que evitar que haga alguna estupidez, ya sabes, como el día nacional del ramen.

Ino imaginó a Naruto como un estudiante dedicado, alguien que había encontrado la vocación, era una imagen más dulce que imposible, porque así era él, solo necesitaba una motivación en la que apuntar toda su energía.

Sin embargo, aquello era otro tipo de golpe, en el que tenía que admitir que ya no eran un grupo de adolescentes que buscaban cómo ocupar sus tardes ociosas.

Temari le tendió un pañuelo, ni ella misma se había dado cuenta de que había empezado a llorar otra vez.

—¿Cómo es que casi matas a Zetsu-san? —preguntó limpiándose tanto como podía.

Temari se rio un poco.

—¿Ahora te da risa? —dijo Shikamaru, claramente avergonzado.

—Ahora que no estamos en la comisaría, sí.

Ino levantó una ceja.

—Cuando empezaron los juicios, por los bombardeos, por espionaje, por corrupción, Zetsu-san estaba acusado de un montón de cosas, incluso de la desaparición de una chica de Taki llamada Fū Chōmei, que fue vista por última vez seis días antes de que ustedes lo conocieran, pero nunca estimaron necesario un caso por secuestro agravado por ti, aunque Shikamaru llamaba todos los días. Creo que desquició a todos los que atendían las líneas de información. Así que se le ocurrió la brillante idea de secuestrarlo para obligarlo a decirnos en dónde estabas.

La expresión de Ino fue más elocuente de lo que ella misma esperaba.

—Aunque acabamos en investigación porque alguien —dijo Shikamaru mirando por el retrovisor a Chōji — buscó en Gugle qué era el C-4, en lugar de preguntarme cuando le expliqué lo que íbamos a hacer.

Chōji torció la boca.

—Eso fue bueno al final —se defendió —. Estaríamos cumpliendo servicio comunitario en la frontera hasta el final de los tiempos.

—Tú hiciste ese servicio de todos modos —le dijo Temari con la ceja arqueada.

—Ah, pero eso fue diferente. Estar tan cerca de la muerte, me hizo ver lo privilegiado que soy. Ayudar en la reconstrucción es lo mínimo que podía hacer, así que podemos llamarlo hasta destino, porque ahí conocí a Karui-chan.

Ino hizo un corazón con las manos apuntando hacia Chōji.

—Podría escribir una novela con eso.

Shikamaru puso el freno de mano una vez que estuvo bien aparcado y se giró hacia ella.

—¿Aún escribes?

—Yo… no… no…

—¿Qué escribes? —preguntó Temari.

—Qué no escribe —respondió Chōji —. En la escuela escribió guiones para películas originales, secuelas y capítulos de series

Ino se puso roja por completo y se apresuró a salir del auto.

—Le da pena —explicó Shikamaru a Temari—. Es que Sakura le dijo que eran ridículamente cursis.

El centro de convenciones estaba lleno por completo, y solo con la credencial de Shikamaru fue que los dejaron entrar.

Les habían reservado unos lugares justo detrás de la prensa, que tenía la primera fila. Shikamaru los dejó para alcanzar a Naruto que lucía absurdamente emocionado, y cuando se cumplió la hora estipulada, los fotógrafos se pusieron de pie, mientras que Naruto subía al pódium.

—Yo tengo un sueño —dijo con una inusual seriedad, haciendo que su voz sonara más profunda de lo que recordaba, haciendo que todos se quedaran en silencio —. Estoy totalmente seguro de que ese es el discurso más citado, referenciado, parafraseado y repetido en toda la historia de las cinco grandes naciones.

Shikamaru se llevó una mano a la frente cuando cambió el semblante serio por una enorme sonrisa, claramente estaba improvisando la apertura de la ceremonia.

—Yo nada más digo esto porque el discurso de Kakashi-sensei empieza así y yo quería decirlo primero ¡dattebayo!

Todos en la sala rieron por la ocurrencia, y aunque Shikamaru parecía lamentarse, también se estaba riendo.

Kakashi subió detrás de él, le palmeó la espalda e hizo un comentario al respecto de que quizás debería cambiar la apertura de su discurso, aunque no se le ocurría ninguna forma más apropiada de celebrar ese día tan importante en la historia reciente del mundo.

Ino inclinó la cabeza. Todo parecía tan optimista, tal como su tío le había dicho.

Sin embargo, a medida que la ceremonia continuaba, otra idea se fijó en su mente.

—Chōji —susurró —¿Conoces a alguien llamado Genma Shiranui?

—Sí —respondió —. Fue el que nos sacó del lío por lo de Zetsu, y convenció a Shikamaru de que lo dejara arreglar la investigación contigo.

—¿Tienes su teléfono?

Chōji asintió y se lo pasó.

—Dile a Shikamaru que no se preocupe por su madre, llegaré a la hora de la cena, pero tengo que hacer algo antes.

Y diciendo eso, se escabulló entre la multitud.

Genma se quedó en silencio cuando le dijo lo que quería, y aunque trató de negarse, si había algo que ella era perfectamente capaz de lograr desde que tenía año y medio de vida, era conseguir lo que quería cuando realmente se lo proponía.

El hombre la recogió en la explanada, sin hacer más preguntas que las que ya le había hecho por teléfono.

—Cobré un favor que me debían, no se supone que reciba visitas sin autorización del ministro de seguridad.

—Shikamaru dijo que su expediente era clasificado.

Genma dejó escapar un suspiro.

—No se da por vencido, ¿eh?

—El chico de secundaria ni siquiera lo habría intentado —dijo, sintiendo que la nostalgia la invadía —. Pero el hombre que es ahora…

—Todos cambiamos con la guerra, incluso si no fuiste a la trinchera.

—¿Es por su relación con Akatsuki?

Él se sorprendió y la miró con horror. Si ella estaba implicada de alguna manera en eso, su regreso pacífico no sería bajo los términos que había pactado con Fū.

—¿Cómo sabes eso?

—Cuando Zetsu-san me liberó, llamé a mi tío para que me recogiera. Fue ahí cuando me dijo que teníamos que salir del país. Para convencerme me contó todo lo que había hecho, y habló también de él.

—¿Qué fue lo que te dijo?

—Que se encargaba de desaparecer cuerpos, pero que hizo algo fuera de eso, algo con el ministro Shimiji, no me dio detalles, así que no sé nada más.

—¿Y sabes por qué, en primer lugar, te secuestraron?

—Pues… solo pudimos concluir que fue porque nos metimos en su casa. Yo en realidad no vi nada, pero todos parecían creer que sí.

—He estado a cargo de su caso desde hace un tiempo —dijo Genma —. Zetsu había estado teniendo un comportamiento "errático", bajo los parámetros de Akatsuki, desde que empezó su negocio del invernadero, con el que se asoció tu padre, así que el líder de la organización pensó en volver a controlarlo a través de ti.

—¿De mí?

—Él mismo me lo ha dicho. Tú y tu padre fueron una influencia fuerte para su decisión final.

—¿Qué hizo?

—Asesinó a Madara Uchiha, y entregó los archivos encriptados por los que empezó la tercera gran guerra y asesinaron a Minato Namikaze.

—Entonces sí es un héroe nacional —dijo Ino, pensando en cómo Shikamaru había ironizado el caso de Zetsu.

El edificio al que llegaron, distaba bastante de lo que ella tenía en mente como una prisión. De hecho, parecía una casa común, salvo quizás por la exagerada altura del muro perimetral y el ruedo de alambre con líneas eléctricas.

En el interior, pasaron por dos controles de seguridad, donde le quitaron el bolso de mano, los pendientes y el cinturón, aunque era decorativo en realidad y para poco podía servir.

Genma la dejó pasar, sosteniéndole la puerta, aunque apenas ella estuvo adentro, corrió a la sala de control de video.

Ino escuchó el sonido de sus pasos en las baldosas de acero, y al mirar a su alrededor, no pudo evitar el pensar en una jaula. Su corazón empezó a latir con fuerza a media que, entre las rejas y barrotes, se enredaban ramas de madreselva, que poco a poco hacían la transición con aromáticas wisterias púrpuras, a medida que la luz del sol iluminaba un jardín.

—¿Zetsu-san?

Lo vio sentado en una modesta silla de mimbre bajo la sombra de un manzano aprisionado en una jardinera. Estaba leyendo, y al escucharla, bajó el libro.

Se le notaba más delgado de lo que recordaba, pero con mejor semblante. Incluso sus ojos habían cambiado, y no solo por la claridad que había reemplazado el tono amarillento, sino por toda su expresión, pero no estaba segura de qué era.

—¿Ino-san?

Ella le sonrió.

—Solo quería darle las gracias —dijo, poniendo las manos al frente, inclinándose levemente —. Por sacarme de ese lugar.

Zetsu bajó la mirada. Ni en el más loco de sus sueños habría imaginado que ese día llegaría, así que nunca se había dado a la tarea de buscar las palabras más adecuadas para decirle todo lo que no pudo en ese momento.

—Es una alegría verla —consiguió decir.

Ino valoró las opciones que serían más apropiadas, en todos esos años sus sentimientos habían cambiado constantemente, los recuerdos que ella tenía se contraponían a lo que su tío le contaba, a lo que Shikamaru decía y lo que Genma le acababa de revelar.

—Nunca fue mi intención que usted y su padre se vieran involucrados.

La joven se acercó un par de pasos, accediendo a la invitación para ocupar la otra silla.

—Las cosas habrían sucedido de igual manera. Todo ya era más grande que cualquiera de nosotros.

—Lo sé. En retrospectiva, creo que ni siquiera pude haberlo detenido cuando recién los conocí. Aunque alguien más lo habría intentado, alguno de todos los que Madara-san quitó del camino. Aunque eso no me excusa en absoluto. No podría haber detenido la guerra, pero sí podría haber evitado la muerte de alguien.

Ella no supo qué decir. Debería empatizar con todas las personas a las que había hecho sufrir, por todo lo que había provocado a menor o mayor escala, pero simplemente no podía mirarlo como el monstruo que era.

Sonrió con tristeza por su propia ingenuidad. No era como si se fuese a quitar un disfraz, revelando a un demonio con grandes y afilados dientes, o le fuese a salir una segunda cabeza.

—Vengo de la ceremonia de toma de posesión de Hatake Kakashi como primer ministro. Dice que su propósito fundamental es cerrar los archivos pendientes que quedan de la guerra, ¿qué pasará con usted?

—¿Conmigo? —preguntó con extrañeza —No lo sé. Hay una lista de países que piden mi extradición, y todos tienen pena de muerte.

Ino bajó la mirada.

—No estoy segura de poder volver —le dijo —. Pero realmente quería verlo, Zetsu-san.

Tímidamente extendió su mano hacia la de él.

Zetsu sintió el impulso inicial de apartarse, como si el contacto pudiese quemarlo, y quizás así era de alguna forma; sus manos suaves de largos y finos dedos, la forma cuidada de sus uñas que hacía imposible creer que le gustara trabar con tierra e incluso el dulce aroma que despedía. Pero, al mismo tiempo, quería hacerlo, sentirla otra vez, y sabiendo que lo que decía era verdad, se animó a tomar la mano que le tenía entre las suya, besándola suavemente.

—Gracias, Ino-san.

Genma los interrumpió. El tiempo se había acabado.


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