.
.
Capítulo 88
Nubes negras, ánimo gris.
Despierto lentamente... Inmóvil escucho con atención. ¿Se habrá levantado alguno de los niños?
Cuando mis ojos se adaptan a la penumbra veo que el que está levantado es Albert. Sus movimientos son sigilosos… Es evidente que no quiere despertarme.
Lo veo ponerse jeans y una camiseta. De vez en cuando me echa una mirada, pero yo me hago la dormida.
Es muy raro todo esto… Si fuese una emergencia seguro me hubiese despertado. Pero no; se viste con relativa calma, y luego toma su chaqueta y sale de la habitación. ¿Qué demonios está haciendo?
Me levanto como impelida por un resorte. Una parte de mí desea ignorarlo todo y volver a dormir, confiando en que Albert me dirá luego adónde ha ido. Pero la otra parte, me dice que debo ir tras él y descubrir qué esconde.
Tal vez en algún momento de mi vida no me hubiese movido de mi cama, pero dadas las circunstancias…
Me visto con rapidez, y cuando estoy lista alcanzo a ver el coche de Albert saliendo del garaje. Bajo las escaleras con rapidez. Es la primera vez que salgo de mi habitación y no me voy directo a la de los niños, pero sé que están bien cuidados por Greta. Y en la planta baja, también está Dorothy por si las moscas…
Por suerte esta tarde olvidé meter mi camioneta así que me monto en ella y salgo en la dirección que vi marcharse a mi marido. Momentos después descubro su vehículo y aminoro la velocidad. Lo sigo lo suficientemente cerca como para no perderlo, pero no tanto como para que me descubra.
Conducimos durante unos cinco minutos, hasta que lo veo detenerse frente a un edificio. De inmediato me doy cuenta que es el Sunset… Albert lo construyó, y como en todos los demás, seguro ha conservado un departamento.
Baja del coche, y el portero le franquea el paso.
Permanezco en la camioneta, con ambas manos oprimiendo el volante. Me siento confusa, más que enfadada. Y un mal presentimiento me deja sin aire…
Es un edificio de solo cuatro pisos, y lo único que está iluminado a esta hora es una ventana del tercero.
Es ahí que lo veo… Distingo perfectamente su amplia espalda, y la parte posterior de su cabeza. Parece que habla con alguien…
Estoy temblando, y a la vez me sudan las manos. Suelto el volante y me miro los dedos… Están blancos y me duelen.
Reacciono lentamente pero lo hago. Bajo de la camioneta y me acerco al portero eléctrico. Tercer piso… Familia Pastorini, doctor Castillo… y Karen Kleiss.
.
Karen Kleiss.
Ese nombre equivale a una sentencia de muerte. Acaban de morir mis sueños, mi esperanza, mi fe.
Mi corazón se detiene mientras las lágrimas se deslizan por mis mejillas. Estoy paralizada, pero mi mente va a mil.
Dios mío… Mi marido con esa mujer.
Albert me ha traicionado.
Retrocedo uno, dos, tres pasos…
Vuelvo a la camioneta y elevo la mirada... Trago saliva y aprieto los puños cuando a través de la ventana, veo a Albert abrazarla. No llego a verla a ella, pero sí distingo perfectamente el gesto.
—Mierda, mierda, mierda…
Lloro abiertamente. Apoyo la cabeza en el volante mientras un nudo en la garganta me impide respirar.
¿Por qué me hizo esto? ¿Por qué?
Entre lágrimas veo que la luz se apaga, y ya no puedo soportarlo más. Arranco y me alejo a toda velocidad. Sesenta… Setenta… Ochenta… Cien kilómetros por hora. Conduzco a toda velocidad por la desierta Montevideo, hasta que en una mirada al retrovisor veo las sillas de niño en los asientos traseros.
Y en ese momento, vuelvo a mi eje.
Mis hijos… Es todo lo que debe importarme.
Puede que el amor de mi vida me haya traicionado. Puede que jamás vuelva a besarlo, a tocarlo, a hacerle el amor. Puede que de ahora en más me convierta en una amargada, y que mi vida amorosa haya llegado a su fin.
Pero no estaré sola… Tengo a mis niños y por ellos debo sobreponerme a este profundo dolor que me parte en dos.
Pero el llanto no me abandona… Continúa aun después de meterme en la cama hecha un ovillo. Mañana será un día de tomar decisiones… Hoy solo quiero dormir.
Cuando despierto me doy cuenta de que Albert estuvo aquí. En una silla veo la ropa que usaba anoche… Me acerco y huelo su camiseta. Debo ser masoquista porque de pronto me encuentro buscando el perfume de Karen Kleiss en la ropa de mi esposo.
—Hola mami.
Intento disimular las lágrimas. No puedo permitirme llorar delante de mi hijo.
—Buenos días, Tony.
—¿Estás triste?
"Sí, mi amor. Más que triste estoy destrozada por dentro…"
pienso, pero intento sonreír.
—No… Es que… Creo que estoy a punto de resfriarme, corazón—miento.
—¿Por andar descalza?
—Ajá.
—Mamá, quiero dormir solo. ¿Puedo tener mi propia habitación?
Frunzo el ceño. Tony es muy callado y dócil. Es la primera vez que se muestra interesado en su independencia y eso me agrada.
—Creo que sí. Eres demasiado mayor para dormir con la niñera en la habitación —le digo acariciándolo. —La decoraremos juntos y luego podrás mudarte.
—¡Gracias mamá! —exclama, feliz. Y luego sale corriendo para contarles a sus hermanas. —¡Eh, urracas! ¡Dormiré solo porque ya soy mayor!
Cuánto amo a mis hijos. Son maravillosos y mi razón para seguir adelante luego del terrible golpe de anoche.
Intento continuar con mi vida, mientras decido qué hacer. Llevo a los pequeños a la colonia de vacaciones y luego me preparo para ir a la entrevista con Fernanda Feldman, la mujer de Stear.
Mientras me maquillo suena el teléfono… Es Albert.
Me tiembla todo el cuerpo al escuchar su voz, y no tengo idea de cómo debo reaccionar después de lo que sucedió.
—Hola, Princesa. ¿Cómo estás? —me dice el muy descarado, y dentro de mí una ola de ira amenaza con envolverme.
—Estoy —respondo con una voz extraña hasta para mí.
—¿Qué te sucede, Candy?
No puedo creer que sea tan cínico y me trate como si nada. Bueno, es lo que viene haciendo desde vaya a saber cuándo… Sin duda tiene práctica.
Pero yo no estoy preparada para enfrentarlo aún.
—Nada, Albert.
—¿Me dices la verdad?
No me puedo contener esta vez.
—Y tú ¿me dices la verdad?
Vacila. No tengo dudas de ello…
—Sí…
Me tapo la boca para que él no pueda escuchar mi sollozo. Tengo que colgar, porque en un momento me será imposible disimular lo que realmente estoy sintiendo.
Y mientras busco una excusa para hacerlo, él me gana de mano.
—Mi vida, debo colgar. Debo atender un asunto importante… De trabajo. Hablamos luego ¿vale?
—Sí —respondo secamente pero él no parece notarlo.
Es un caradura, un hijo de puta mentiroso pero… ¡cómo lo quiero! Estoy enamorada de él como el primer día, y ni la traición puede lograr que lo desee menos.
Concéntrate, Candy. Ahora más que nunca debes encauzar tu vida. Tienes que arreglar tu maquillaje y prepararte para la entrevista con Fernanda. Ya verás esta noche cómo lo enfrentas.
Estoy asombrada de mi autocontrol. Jamás pensé que podía reaccionar de forma tan calmada ante algo tan doloroso… Y de pronto me doy cuenta de que lo hago porque en el fondo de mí, tengo la esperanza de que todo esto tenga una explicación.
Sí… Es eso. Me niego a creer que Albert me esté engañando. Me aferro a la esperanza como si fuese una tabla de salvación. No me rendiré a la evidencia hasta no confrontarlo. No supondré nada más hasta no hablar con él. No pensaré más en el asunto, o al menos intentaré no hacerlo… Y me enfocaré en mi próximo objetivo: conseguir trabajo.
CONTINUARA
