Este Fic es una adaptación de la novela "El beso del Arcángel" de Nalini Singh (y continuación de la novela "El Ángel caído")

el cual les comparto sin fines de lucro, sino para dar vida a mis personajes favoritos de Bleach pertenecientes al "Trol mayor" Tite Kubo.

Espero lo disfruten.

Dentro de esta adaptación se han realizado algunos cambios para que se ajusten a los personajes de Bleach.

Cursivas, comunicación / vinculo mental

Por cierto, ¡FELIZ CUMPLEAÑOS RUKIA!

Capítulo 35

Rukia yacía entre los brazos de Ichigo, completamente saciada de sexo. El

arcángel había cumplido su promesa. Había conseguido que gritara. Su corazón

aún latía con fuerza dentro del pecho debido al placer abrasador cuando cay ó en

la cálida oscuridad de un sueño tranquilo. Tan tranquilo que tardó un rato en

entender lo que estaba oyendo.

« Plaf.

Plaf.

Plaf.

—Ven aquí, pequeña cazadora. Pruébala.

Rukia apretó los labios con fuerza, pero el sabor se coló en su interior de todas

formas, como una criatura insidiosa e indescriptible. ¡No!, gritó su mente, que se

negaba a asimilar lo que era, a comprender.

Pero el monstruo no le permitió escapar.

—¿No te parece que Kukaku es deliciosa? —Sus ojos eran de color castaño

oscuro, con el iris ribeteado por un delgado círculo rojo como la sangre—. He

reservado un poco para ti. Toma. —Sus manos apartaron el pelo castaño de su

hermana para revelar la zona en carne viva de su garganta—. Creo que todavía

está tibia. —Acercó el rostro al cuello de Kukaku y situó las manos sobre sus

pechos, que apenas habían empezado a desarrollarse.

El grito desgarró la garganta de Rukia.

—¡No! —Se abalanzó sobre él para atacarlo con uñas y dientes, con patadas

furiosas.

Pero ni siquiera una cazadora nata era tan fuerte como un vampiro adulto. Un

vampiro atiborrado de sangre. Jugó con ella, hizo que creyera que le había hecho

daño. Y cuando bajó la guardia, cuando se quedó exhausta por la pelea..., la

besó.»

Elena despertó ahogada.

Unas manchas negras nublaban le nublaban la vista y amenazaban con

sumirla en la inconsciencia... hasta que las esencias de la lluvia y del mar se

infiltraron en su mente. Esencias frescas y salvajes, muy diferentes al horror que

sentía en la boca. Esencias que la arrancaron de la pesadilla y la ayudaron a

respirar mientras buscaba con desesperación el abrazo de Ichigo.

El arcángel la rodeó con los brazos y creó para ella un paraíso inquebrantable, absoluto.

—Chsss. Ya estás conmigo.

—Dios mío, Dios mío, Dios mío, Dios mío...

Ichigo la abrazó con fuerza, con tanta fuerza que temió dejarle cardenales.

Pero ella no dejó de temblar. Murmuraba palabras sin sentido, y su miedo era tan

intenso que casi podía saborearse.

—Rukia. —Pronunció su nombre una y otra vez mientras acariciaba su

mente, hasta que ella empezó a mirarlo, a conocerlo. Siguió abrazándola y

deslizó las manos por sus alas sin cesar para tranquilizarla, para recordarle que

estaba allí con él, y no atrapada en un pasado del que no podía escapar.

Mantuvo su anhelo y su furia ocultos tras un escudo de hierro. Los arcángeles

podían hacer muchas cosas, pero ni siquiera él podía volver el tiempo atrás y

borrar esa maldad que había destrozado a Rukia antes de que creciera.

—Me hizo probar la sangre de Kukaku. —Un susurro ronco, como si tuviera la

garganta destrozada por los gritos.

—Cuéntamelo.

—La sangre de mi hermana. Me besó y me alimentó con la sangre de Kukaku.

—Rabia, horror y un dolor consternado—. Traté de escupirla, pero él me tapó la

boca y la nariz, así que tuve que tragármela. Ay, Dios, me la bebí.

Al percibir que la histeria volvía a apoderarse de ella, Ichigo apretó la cabeza

de Rukia contra su pecho y la besó con exigencia. La cazadora se quedó

paralizada durante un instante antes de enterrar las manos en su cabello, antes de

girar el cuerpo para colocarse debajo de él y rodearle la cintura con las piernas.

Su beso tenía un tinte desesperado y salvaje. Era un beso con el sabor salado

de las lágrimas. Rukia quería olvidar y él haría cualquier cosa que estuviera en su

mano para ay udarla a encontrar toda la paz posible.

La poseyó con la fuerza que ella deseaba. Le inmovilizó las muñecas sobre

las sábanas con una mano y con la otra le separó los muslos antes de introducirse

en su interior con una única embestida.

El grito femenino reverberó en su boca. No dejó de besarla ni un momento.

No dejó de besarla a pesar de las emociones brutales y dolorosas que teñían esa

unión. La besó hasta que ella se apartó en busca de aliento, hasta que sus ojos se

quedaron en blanco a causa del placer, de la pasión, del éxtasis. Y luego la besó

mientras descendía de las alturas.

—Otra vez —susurró Rukia junto a sus labios.

Su cazadora acogió una embestida tras otra alzando las caderas con exigencia.

Cuando Ichigo le soltó las manos, se aferró a él y deslizó la boca por

su mejilla, por su mandíbula, por su garganta. Al final, enterró la cabeza en su

cuello y se quedó inmóvil... permitiendo que la sujetara, que la protegiera.

Fue su confianza lo que postró de rodillas a Ichigo, lo que lo impulsó hacia el

abismo y hacia sus brazos.

—Gracias. —Rukia no quería que Ichigo se apartara. Le besó la oreja

mientras hablaba, y sintió el roce de sus mechones negros y sedosos sobre la piel

—. Gracias.

—Podría eliminar tus pesadillas, Rukia.

—Lo sé. —Y saber que no lo había hecho, ni siquiera cuando ella sentía la

necesidad salvaje de escapar del dolor, hacía que su corazón se llenara de un

amor imposible—. Pero forman parte del paquete.

No había formulado la pregunta, pero él lo sabía.

—Ese es un paquete que me pertenece. —Nada de dudas, nada de indiferencia.

—Tengo la mente hecha polvo. ¿Eso no te molesta?

—Has vivido. —Se situó encima de ella, con los antebrazos apoy ados a

ambos lados de la cabeza de Rukia—. Igual que yo. ¿Tú me rechazarías?

La idea de perderlo le provocó una violenta punzada en el corazón.

—Ya te lo he dicho: eres mío. Ahora ya no hay vuelta atrás.

Unos labios sobre los suyos. Un beso lento que le hizo flexionar los dedos de

los pies, que logró que la pesadilla se alejara a años luz. Sus pezones rozaron el

pecho masculino cuando cogió aire para llenarse los pulmones.

—Hay algo en este lugar... —Sacudió la cabeza y se apartó los mechones

húmedos de la cara—. La muerte, toda esta muerte... Es un terreno fértil para

mi imaginación.

—¿No crees que sea un recuerdo auténtico?

—No quiero creerlo. —Un susurro, porque por dentro sabía que no era solo

un fragmento de recuerdo—. Si es cierto... —Empezaron a escocerle los ojos—.

Vino a por mí y dejó una parte suya en mi interior.

—No. —Ichigo la obligó a mirarlo a los ojos. El ámbar se había apoderado del iris

hasta hacerse con todo—. Si te obligó a beber la sangre de tu hermana —dijo a pesar

del grito que ella no pudo controlar—, lo que tienes dentro es una parte de ella.

—¿Y eso te parece mejor? Puedo saborearla. —Se llevó la mano a la

garganta—. Era una sangre espesa, rica, llena de vida. —El horror era como una

soga alrededor de su cuello.

—Ni siquiera mi madre —dijo Ichigo mientras cubría su cara con una mano

—, sin importar qué fue de ella al final, me culpó jamás por aquello que no podía

cambiarse. Tu hermana, a mi parecer, era una criatura mucho más amable,

alguien que te amaba.

—Sí. Kukaku me amaba. —Necesitaba decir eso, escucharlo—. Me lo

decía constantemente. Y nunca me llamó « monstruo» . —De eso se había encargado

su padre.

« "¡No permitiré que una hija mía se convierta en una abominación! La

zarandeó. La zarandeó con tanta fuerza que ni siquiera pudo hablar. "No volverás

a hablar de esa estupidez sobre las esencias, ¿entendido?"»

—Cuéntame algo sobre tu madre —balbuceó Rukia, cuya alma estaba

demasiado dolorida para soportar los recuerdos de la noche en que su padre

empezó a herirla con sus palabras.

Eso había ocurrido un mes después del entierro de su madre. Atrapada en un

agujero negro de angustia, Rukia había hablado de algo que no se había atrevido

a decir en tres largos años. Sus sentidos de cazadora habían sido la única

constante en su vida por aquel entonces, y le pareció que Byakuya entendería su

necesidad de aferrarse a ellos. Pero se había enfurecido tanto...

—Algo bueno —añadió—. Cuéntame un recuerdo feliz sobre tu madre.

—Masaki tenía una voz maravillosa... —dijo él—. Ni siquiera Hisagi sabe

cantar tan bien como mi madre.

—Hisagi... ¿Canta?

—La suya es quizá la voz más hermosa del mundo angelical, pero no ha

cantado desde hace siglos. —Hizo un gesto negativo con la cabeza cuando ella

alzó la vista—. Son sus secretos, Rukia. No me corresponde a mí contártelos.

Le resultó muy fácil aceptar eso: comprendía muy bien lo que era la lealtad,

la amistad.

—¿Aprendió a cantar con tu madre?

—No. Masaki llevaba desaparecida mucho tiempo cuando nació Hisagi. —

Apoyó la frente sobre la de ella y dejó que sus alientos se mezclaran en la más

tierna intimidad—. Solía cantarme cuando era un crío, cuando apenas sabía

andar. Y sus canciones hacían que el Refugio se quedara inmóvil, ya que todos

los corazones se conmovían, todas las almas se maravillaban. Todo el mundo

escuchaba... pero ella cantaba para mí.

» Me enorgullecía —añadió, perdido en el recuerdo—, saber que tenía ese

derecho, el derecho a su voz. Ni siquiera mi padre me lo discutió. —Isshin ya

había perdido gran parte de sí mismo por entonces, pero había unos cuantos

recuerdos alegres de la época anterior a la locura que lo dejó sin padre, que dejó

a su madre sin compañero—. Decía que la canción de mi madre era tan

hermosa porque nacía del amor más puro, de esa clase de amor que una madre

solo puede sentir por su hijo.

—Me encantaría haberla escuchado.

—Algún día —dijo él—, cuando nuestras mentes puedan unirse de verdad,

cuando tengas la edad suficiente para proteger tu propia personalidad, compartiré

contigo los recuerdos de sus canciones. —Eran su tesoro más preciado, el regalo

más hermoso que podría entregarle.

Los ojos de Rukia brillaron aun en la oscuridad, y Ichigo supo que su

cazadora lo entendía.

Algún día.

Se quedaron así, enredados el uno al otro, durante el resto de la noche. Rukia

lo buscó más de una vez, y Ichigo le proporcionó de buena gana el olvido que

anhelaba.

La mañana siguiente, Rukia se descubrió mirando una y otra vez al ángel que

caminaba a su lado, casi segura de que no podía ser real. Tenía el cabello del

color de la noche. Su piel pálida, muy pálida... pero con un brillo

dorado que impedía que pareciera de piedra y lo convertía en un ser vivo.

Y luego estaban sus ojos.

Una pupila negra rodeada por rayos cristalinos verdes y azules. Uno podía

contemplar esos ojos durante una eternidad y no ver otra cosa que la propia

imagen reflejada un millar de veces. Eran ojos más que claros, más que

transparentes... y, aun así, impenetrables.

Sus alas eran blancas. De un blanco puro, aunque con el mismo brillo de

diamantes que el pelo. Resplandecían bajo el intenso sol invernal, tanto que

Rukia casi deseaba apartar la mirada. Podría haberse considerado una criatura

hermosa. Y lo era. Un ser asombroso que ni en un millón de años podría haber

pasado por humano. Sin embargo, había algo distante en él que hacía que mirarlo

fuera algo parecido a contemplar una estatua o una obra de arte.

Aquel ángel era el último miembro de los Siete de Ichigo. Se llamaba

Uryu, y llevaba dos espadas a la espalda en sendas fundas verticales, con las

empuñaduras adornadas con un sencillo símbolo similar a un nudo celta, aunque

sutilmente único. Rukia le habría preguntado acerca de ese símbolo, pero el ángel

hablaba tan poco que ni siquiera había podido identificar todavía el timbre de su

voz. Su silencio le resultaba extraño después de las risas de Ashido, las pullas de

Ichimaru o las provocaciones sensuales de Grimmjow. No obstante, eso le permitía

concentrarse de continuo en los alrededores.

Mientras caminaban, se fijó en un grabado en particular situado al pie de un

tramo de escaleras. Al bajar, descubrió que se encontraba al mismo nivel que elpatio principal.

Había un árbol sin hojas a su izquierda, y el panel grabado estaba

a su derecha. Hizo caso omiso de los cortesanos que fingían no verla, y concentró

su atención en el grabado.

Solo con tocarlo supo que era antiguo. Siempre había sido capaz de estimar la

edad de las cosas, sobre todo de los edificios. Y ese panel tenía al menos unos

cuantos siglos. Había sido elaborado con especial cuidado para mostrar un día de

la vida en la corte. Unohana estaba sentada en un trono, y bajo ella, los cortesanos

bailaban y los acróbatas actuaban. Nada extraordinario, pero... Frunció el ceño y

lo examinó de nuevo.

Allí estaba.

—Es Aizen. —No debería haberle extrañado encontrar una imagen del

arcángel muerto, pero...—Nunca lo había visto así. —Tan atractivo, una

presencia siniestramente hermosa junto a la elegancia de Unohana—. Solo conocí

al monstruo en el que se convirtió.

Rukia se sorprendió cuando oyó hablar a Uryu. Su voz poseía la

musicalidad propia de esa tierra de colinas verdes llenas de hadas.

—Ya era un monstruo por aquel entonces.

—Sí —replicó ella, que sabía que semejante depravación no podía haber

surgido de un día para otro—. Supongo que lo disimulaba mejor.

Estaba a punto de encaminarse hacia un pasadizo estrecho cuando sus

sentidos cobraron vida. Se dio la vuelta y vio a un ángel que se acercaba a ella.

Tenía los ojos marrones y las alas del mismo tono. Su piel era más

oscura que la de Kensei.

Nunca lo había visto, pero lo conocía. Nazarach. La voz de Karin estaba

llena de horror cuando le habló de él.

« Los gritos de ese lugar, Rukia...» Su amiga se había estremecido, y sus

preciosos ojos castaños se oscurecieron hasta volverse negros. « Ese tío disfruta

con el dolor, disfruta con él mucho más que cualquier otra persona que haya

conocido nunca.»

—La cazadora de Ichigo. —El ángel inclinó la cabeza a modo de saludo.

—Rukia. —Se metió la mano en el bolsillo para empuñar la pistola. La espada

corta que Noba y ella habían decidido que mejor encajaba con su estilo colgaba

de su cintura y a lo largo del muslo derecho. Pero incluso Noba se había

mostrado de acuerdo en que esa espada debía ser su última elección: todavía

carecía de la rapidez necesaria para enfrentarse a la mayoría de los ángeles.

—Soy Nazarach. —Sus extraordinarios ojos marrones se clavaron en Uryu—.

No te he visto en público desde hace décadas.

Uryu no respondió, pero Nazarach no parecía esperar que lo hiciera, y a

que su atención volvió a concentrarse en ella.

—Estoy impaciente por bailar contigo, Rukia.

Rukia no quería tener esas manos cerca nunca. Tal vez no hubiera nacido con las

capacidades extrasensoriales que atormentaban a Karin, pero, a juzgar por

la forma en que la miraba Nazarach, estaba claro que el ángel se la imaginaba

gritando.

—Lo siento, pero Ichigo ha reclamado todos mis bailes.

Una sonrisa que hizo que sus instintos femeninos empezaran a dar gritos de

advertencia.

—No soy de los que se rinden fácilmente.

—En ese caso, supongo que te veré esta noche.

—Sí. —De pronto, miró hacia su derecha—. Tengo que hablar con mis hombres.

Una vez que Nazarach se alejó, Rukia echó un vistazo a Uryu y se dio

cuenta de que el ángel tenía la espalda rígida.

—¿Te encuentras bien?

Él la miró con expresión sorprendida. Luego, realizó una breve inclinación de

cabeza.

Rukia supuso que Nazarach era capaz de ponerle los pelos de punta hasta a un

miembro de los Siete. Señaló un pasadizo estrecho que los llevaría lejos del lugar

donde se encontraba Nazarach en esos momentos.

—Vamos por ahí.

Uryu la siguió sin mediar palabra, y sus alas se rozaron cuando doblaron la

esquina.

—Lo siento —dijo Rukia, que se apartó con un movimiento rápido.

Tras un asentimiento brusco, el ángel plegó las alas con fuerza contra la

espalda.

Parecía que a Uryu no le gustaba nada que le tocaran las alas... Ni las alas

ni ninguna otra cosa. De pronto, Rukia se dio cuenta de que ese ser no había

tenido un contacto físico con nadie desde el momento en que Ichigo se lo

presentó. Tomó nota mental para recordar que debía guardar las distancias y

parpadeó con rapidez a fin de permitir que sus ojos se acostumbraran a la luz

brillante que había al otro lado del pasadizo.

Salieron a una pequeña plaza cuadrada rodeada por muros de madera que

mostraban unas complicadas imágenes. Cada panel representaba una escena de

las afueras de la Ciudad Prohibida: granjeros en sus campos, chicas jóvenes

corriendo por el mercado, un anciano sentado al sol... Ese lugar destilaba paz.

Había unos cuantos árboles de hoja perenne estratégicamente colocados para

crear una mezcla relajante de luces y sombras. Las piedras del suelo estaban

salpicadas de color, y, cuando alzó la vista para averiguar de dónde venían esos

colores, Rukia descubrió el cristal lleno de burbujas de una antigua vidriera.

Una vidriera muy bonita. Una distracción.

Esa fue la razón de que tardara un segundo más de la cuenta en percatarse de

que las esencias que percibía estaban demasiado cerca, de que el pequeño objeto

que había visto clavado en el tronco de un árbol cercano era una daga del

Gremio, y de que el sonido que apenas había oído era el del gatillo de una

ballesta.