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Capítulo 89
Al mal tiempo, buena cara.
La entrevista con Fernanda es un verdadero éxito.
Congeniamos de inmediato, cosa que me sorprende, sobre todo cuando descubro que es una dama de la alta sociedad muy conocida.
La he visto muchas veces en los periódicos en fiestas y eventos. Creo que hemos coincidido alguna vez, incluso, pero no tenía idea de que estaba casada con Stear Cornwell…
No puedo creer que esté aquí, prácticamente en territorio enemigo, pero el destino me ha traído a este lugar, y por alguna razón no me siento lo culpable que debería.
Fernanda me explica qué es lo que necesita de mí, y es justo lo que yo puedo y quiero darle. Es un desafío más que interesante, y por un momento me olvido de mis problemas y mis inseguridades.
Miles de ideas se agolpan en mi cabeza. Mientras ella me habla, en mi mente se dibuja lo que me gustaría hacer en ese espacio verde de la calle Vázquez Ledesma.
Nos ponemos de acuerdo con rapidez. Empezaré hoy mismo con medio horario, y después iremos viendo qué pasa.
Me asignan un escritorio junto a la ventana y yo dedico las siguientes dos horas a diseñar lo que me han pedido.
Esto va muy bien… Todo fluye. Dibujo con rapidez y ante mis ojos aparece lo mismo que tengo dentro de mi cabeza. ¡Es mágico cuando eso sucede! Estoy a punto de terminarlo, y casi lo logro, pero mi móvil comienza a timbrar.
Albert otra vez.
—¿Cómo estás, mi cielo?
¿Mi cielo? No puedo creerlo. Casi me trago el lápiz que estaba mordiendo de lo indignada que estoy. ¿Qué se ha creído, que soy su juguete? Ahora no, ahora sí…
¡Siento que se burla de mí! Dios, no sé qué pensar… Y sobre todo, no sé en qué creer. Pero algo muy feo se apodera de mi alma y de pronto tengo ganas de herirlo como él me lastimó a mí.
Mientras mi mente busca algo punzante, entra Stear y me dice a viva voz:
—Candy, Fernanda quiere que vayas a su ofici… Oh, lo siento. No sabía que estabas hablando por teléfono.
¡Carajo! Espero que Albert no haya escuchado la palabra "oficina". No quiero responder preguntas incómodas por teléfono en este instante, y con Stear frente a mí. Cubro el micro del móvil y le respondo:
—Enseguida voy.
Y cuando Stear se marcha, escucho al otro lado de la línea.
—¿Dónde demonios estás Candy?
—Albert…
—¿Ese era Stear Cornwell?
¡Vaya oído! ¿Cómo puede reconocer su voz? Bien, voy a probar como se siente ser una verdadera cínica.
—¿Por qué piensas eso? —pregunto haciéndome la tonta para ganar tiempo y pensar una respuesta que lo deje tranquilo.
—¡Vamos, Candy! Es su voz… Además, ¿cuántas Fernandas existen en esta ciudad? Solo una: ¡su esposa!
Mierda… No solo tiene buen oído sino que es demasiado listo. Es cierto, es un nombre muy poco común pero… ¡No quería que se enterara de esta forma! ¿Así que ha seguido el derrotero de Stear? ¡Quién lo diría! No son amigos; ni siquiera lo ha vuelto a mencionar en todos estos años. Tal vez lo haya sabido por casualidad, o quizá lo tenga vigilado para ver si conserva las debidas distancias…
Entonces, el pequeño demonio que dos por tres me susurra maldades al oído me indica el siguiente movimiento. Y tal como él lo hizo hace un rato, me salgo por la tangente diciendo:
—Querido, tengo que colgar. Debo atender un asunto importante… De trabajo. Hablamos luego ¿vale?
—¿Qué? ¿De trabajo? ¿Cuál tra...?
No alcanzo a escuchar más nada porque corto la comunicación y voy junto Stear a hablar con su mujer. Mientras camino por el pasillo de la empresa que compite con la de mi marido, una sonrisa vengativa se dibuja en mi rostro.
Mucho gusto, Candy La Rencorosa.
Y de pronto me siento muy bien…
Mientras conduzco camino al World Trade donde Albert me espera, repaso mentalmente los acontecimientos de las últimas horas.
Vaya tarde movidita…
Veinte minutos.
Sólo veinte minutos se tardó Albert en aparecer en el estudio de Stear. Y en esos veinte minutos, acumuló varios kilos de ira, que luego descargó con los puños en el rostro del pobre de Stear, que no tuvo tiempo ni de huir ni fuerzas para defenderse.
Mis gritos se mezclaban con los de Fernanda, y con los del propio Stear que intentaba desesperadamente que Albert no lo volviese a golpear.
Estaba ciego y sordo… Lo tenía cogido de la camisa y arrinconado contra la pared.
—Te lo he advertido hace años. No te quiero ni a diez metros de mi esposa.
—Albert, déjame explicarte… —rogué asustada, mientras jalaba su brazo para que soltara a Stear, pero enseguida me di cuenta de que era inútil.
—¡Te dije que te mataría si te acercabas a Candy, hijo de puta!
¿Le dijo eso? ¿Cuándo? Creí que no hablaban desde… Desde nuestra fiesta de compromiso, en Punta del Este. Pero creo que no fue así.
—¡Suéltame! ¡Ya ha pasado mucho tiempo y estoy casado, Albert!—se defendió Stear mientras se movía para desasirse.
—¡No me importa! —tronó mi marido, y también la cabeza de Stear, contra la pared. —¿La has engañado para traerla aquí?
—¡No! —gritamos Stear y yo al unísono.
Albert me dirigió una mirada cargada de ira. Le brillaban los ojos y tenía el rostro completamente congestionado.
—¿Por qué demonios estás aquí, Candy?
Le devolví la mirada igualmente furibunda.
—Si quieres que te lo diga, suéltalo.
Y mi flamante jefa creyó oportuno intervenir también.
—Arquitecto, si no suelta a mi marido de inmediato tendré que llamar a la policía. Le he dicho a Stear que debió denunciarlo hace seis años cuando lo amenazó por primera vez…
¿Hace seis años? No puedo creer que Albert haya hecho algo así… Y de pronto recordé lo mal que se puso cuando le conté que había bailado con Stear cuando creí que él me había traicionado con Eliza.
¿Era posible que mi marido fuera tan irracional? ¡Era un bárbaro, un salvaje! ¿Y cómo no me había dado cuenta? Dios… ¿Habrá hecho lo mismo con Diego Vidal, aquel chico que me llevó al cine? ¿Y Pokerface? ¿Habrá amenazado también al doctor Ordóñez?
No pude seguir reflexionado sobre ello porque en este momento el salvaje soltó al pobre Stear y me increpó:
—Dime por qué estás aquí.
No dejaba de mirarme mientras mordía cada una de sus palabras.
—Vete —repliqué igualmente belicosa. —Esta vez no te acompañaré a la comisaría, te lo advierto.
—No me iré sin ti.
—Pues entonces ve llamando a tu abogado porque estás en problemas.
—Candy…
—Vete, Albert. Si quieres saber por qué estoy aquí, espérame en la empresa. Luego de recoger a los niños de la colonia, iré a hablar contigo.
Lo vi vacilar, pero Fernanda cogió el teléfono como para intimidarlo, así que no tuvo otra opción que emprender la retirada.
—Tendrás que explicarme muchas cosas — me dijo señalándome con su índice.
—Tú igual —apostillé cruzándome de brazos en actitud defensiva.
Movió la cabeza, me echó una larga mirada y luego se marchó dando grandes zancadas.
Cuando se repuso, Stear me contó que poco antes de casarnos, Albert lo llamó por teléfono y lo amenazó. Le dijo que no lo quería respirando el mismo aire que yo, porque esa bocanada sería la última de su vida.
Me dejó helada… Jamás imaginé a Albert en ese rol casi mafioso.
Me disculpé como pude, totalmente confusa y apesadumbrada.
—Candy, creo que hemos comenzado con mal pie… Eres muy buena diseñadora, pero creo que tu esposo será una piedra en el camino —me dijo Fernanda momentos después.
Suspiré, decepcionada. Tenía razón…
Me marché con mi portafolio, furiosa conmigo misma, con Albert, con todo. No solo me estaba ocultando cosas, sino que además me cortaba los caminos.
Recogí a Tony y las gemelas, los llevé a casa, les di la merienda…
—¡Mami! ¿No me oyes? —la vocecita de Emi era más imperativa que de costumbre, pues al parecer hacía rato que intentaba llamar mi atención.
—¿Qué sucede, cariño?
—¡Ha desaparecido mi alfajor de chocolate! —exclamó contrariada.
Miré a sus hermanos, que parecían dos angelitos. La boca de Clara manchada de chocolate la delataba…
Dios, no quería más disputas el día de hoy.
—Clara Ardley —comencé a reprenderla, pero ella me interrumpió.
—No he sido yo, mamá. ¡Ha sido Pirulo!
Pirulo. Como para lidiar con Pirulo estaba yo.
—Pues que Pirulo lo devuelva ya.
Los mismos ojos azules que su padre me observaban sin pestañar siquiera. La misma mirada que podría convencer a cualquiera de lo que fuese.
—Ya le he dicho pero se lo ha comido. Es muy malo Pirulo, mami.
—¡No es cierto! —replicó su hermana al borde de las lágrimas.
Anthony reía a carcajadas. Clara no cesaba de hablar, Emilia lloraba… Y Tomy, ensució sus pañales con la exageración que hacía falta para completar el cuadro.
Los amaba, pero ese día ya había tenido suficiente de todo. Le di otro alfajor a Emi, puse al bebé en brazos de Greta que acaba de llegar, y la dejé junto a Dorothy para que lidiaran con ellos.
Y luego subí y me di una ducha rápida. El vestido negro y entallado y los zapatos de taco aguja no eran apropiados para lo que anticipaba como un verdadero combate.
Jeans rotos en las rodillas y botas. Mi chaqueta de cuero negra. Nada de maquillaje. No estaba de ánimos…
Y aún no lo estoy. Conduzco despacio, pero mi mente va a mil.
Las sospechas me invaden nuevamente. ¿Por qué mi marido salió a escondidas de mi casa? ¡Para encontrarse con una mujer! Y la tiene en uno de sus departamentos para arrendar. Además, le ha dado el puesto de decoradora que debió ser mío… Pero lo peor de todo fue ese abrazo que vi, o me pareció ver a través de la ventana. No sé por qué, pero no sentí que era un gesto sensual, sino protector, pero luego se apagó la luz y…
Otra vez las lágrimas. Estoy confundida y realmente desesperada.
Y cuando llego a la oficina, todo se pone peor.
CONTINUARA
