Bloody fucking hell… ¿Por qué su cabeza dolía tanto? Llevo una de sus manos a su frente en un intento de que el punzar se detuviera, pero fue inútil. ¿Cuánto había tomado la noche anterior? No podía ni siquiera recordarlo. Con pesadez abrió sus ojos, observando su alrededor confundido. No… no era su departamento, pero, conocía ese cuarto. Se sentó en shock, sus manos subiendo a su rostro cuando sintió un ligero dolor en su espalda baja.
¿Qué estaba haciendo ahí? G-gosh… ¿Qué había hecho la noche anterior?
Francis… right.
Con un suspiro se recostó nuevamente en la cama, su brazo yendo a su cabeza con dolor cuando los recuerdos borrosos de la noche anterior empezaban a pasar por su memoria. Había hablado con Lovino y luego había terminado en un bar, decidiendo que tal vez tomar una copa antes de ir a ver a Francis era la mejor opción, para darse a sí mismo el coraje de hacerlo. Empezó con un vaso de whiskey, que luego de un cigarrillo se volvieron dos, y finalmente no supo cuánto había tomado cuando salió del bar. ¿Cómo había llegado a la casa de Francis? Oh damn…
Hundió su rostro entre sus piernas cuando los recuerdos de lo que había hecho y dicho la noche anterior se volvían más claros. La manera en la que Francis lo había besado y sostenido entre sus brazos poco a poco, comenzaba a recordarla pese a que la conversación entre ellos estuviese aún borrosa en su memoria, podía recordar.
Con un gruñido incomodo salió de la cama, buscando su ropa en el piso y poniéndosela con hesitación. No sabía que hacer ni cómo actuar, Francis no estaba a su lado, y eso, sin saber por qué, le dio un sentimiento pesado de decepción en la boca del estómago. Bajo por breves segundos a la pantalla de su celular, ya mismo era medio día. De seguro Francis debía estar cuidando de su hija.
Annabelle… Ella había sido la razón por la que había ido a hablar con Francis la noche anterior. ¿Qué iba a hacer? Después de lo que había confesado la noche anterior temía que Francis no le dejara acercarse a su hija. No, sabía que Francis nunca haría nada como eso, sin embargo, el miedo y la duda en su corazón continuaba apretando su garganta. Pero, tampoco podía quedarse en cama todo el día, pese a que la fatiga en su cuerpo lo deseara.
A paso lento y hesitante salió de la habitación, sus oídos siendo invadidos por el suave sonido de música clásica en el departamento. Venía de la cocina, así que pudo saber que probablemente, Francis estaba ahí. Inseguro se acercó a dirección de la música, viendo al llegar a la sala del departamento al francés con su bebé dormida en su pecho. Una de sus manos sostenía el pequeño cuerpo de su hija mientras la otra estaba ocupada con un libro que parecía tener toda su atención. No sabía porque tenía miedo de hablar o interrumpirlo. No se sentía cómodo, la noche anterior… no sabía cómo verlo después de eso. Pero, al final, luego de cinco minutos decidiendo si acercarse o no finalmente decidió hacerlo, después de todo, no podía evadirlo, ni quería hacerlo.
—H-hi…— su voz salió suave, en apenas un susurro ronco al que su garganta protestó, pero Francis lo avanzó a escuchar. Los ojos azules dejaron el libro para subir a los verdes del hombre frente a él. Se veía cansado, y retraído.
—Bonjour Arthur, ¿estás bien? —saludó, dejando el libro de psiquiatría que había estado leyendo y sus lentes sobre el sillón antes de pararse con cuidado de no despertar a Annabelle, caminando hacia el menor con suavidad y preocupación. No se veía tan bien.
—Solo… me duele un poco la cabeza— se excusó Arthur, encogiéndose de hombros. Francis acercó una de sus manos a su frente, buscando cualquier señal de enfermedad, dando solo un pequeño "Hmmm" al no sentir nada. No estaba con fiebre, así que era probable que solo sea una resaca. Después de que tan borracho había parecido Arthur la noche anterior no le sorprendía.
—Me lo imaginé… siéntate, ya te paso una pastilla— pidió poniendo una de sus manos en la espalda baja del menor para guiarlo al comedor, sin importar el temblor y ligero rubor que recibió ante su toque. Francis suspiró. Parecía que la noche anterior habían avanzado dos pasos, para hoy retroceder uno. Pero… por lo menos la tensión y remordimiento entre ellos ya no era sofocante. — ¿Quieres sostener a Annabelle un rato? — preguntó señalando a la pequeña dormida en su pecho. Su hija tenía el sueño pesado, así que cambiarla de mano no la despertaría. Además, quería que Arthur fuera tomando poco a poco más confianza en cuidar y estar cerca de ella.
Arthur subió a mirarlo hesitante, sus ojos bajando a la bebé dormida antes de asentir con suavidad pese a que los nervios le estaban calando los huesos. Quería tener a su bebé en brazos, pero temía despertarla. Francis le aseguró con un asentimiento que todo estaría bien, que no había nada que temer, y se permitió suspirar. Dejó que Francis lo ayudara a ubicar a la bebé aun dormida en su pecho, la pequeña cabecita descansando sobre su corazón. En todo el proceso Annabelle ni siquiera había protestado un poco, su rostro manteniéndose tranquilo con el pequeño chupón en su boca.
—Hi, darling— susurro acariciando la mejilla de su hija con ternura. Era la primera vez que la veía tan calmada, su pequeño rostro sin ningún fruncir o lagrima. Era hermosa.
Su pecho se llenó de una calidez extraña al sentir a su bebé contra su cuerpo, una de sus manos sosteniendo a su hija como si fuese a romperse a cualquier momento. Era demasiado pequeña para su edad. Besó la cabeza de su bebé, el suave olor calmando todos sus nervios y relajándolo por completo, tanto que no notó el momento en el que Francis se fue de su lado hasta que un plato de comida y dos pastillas blancas fueron puestas frente suyo junto a un vaso de agua. Su estómago dio un vuelco incomodo ante la comida, aun no se sentía bien para comer, pero… pero no podía rechazarlo, debía comenzar a comer, aunque sea un poco. —Gracias, Fran…— subió a ver al francés con suavidad, su postura mucho más relajada después de tener a su hija en brazos, era como si el solo tenerla cerca de su corazón pudiera calmar a todos los demonios en su interior.
—De rien— sonrió comprensivo, acercándose a tomar a Annabelle en brazos una vez más para que Arthur pudiera comer más cómodo, dejando a la pequeña en la silla para bebé a pocos pasos de la mesa, donde podía estar atento a ella mientras conversaba con el menor, porque… aun tenían temas muy importantes que discutir. Annabelle protestó en un fruncir de su ceño al no tener contacto humano cerca, pero por suerte no se despertó.
Tenían que hablar… Había muchas cosas de las que tenían que hablar, pero, antes de eso, se sirvió también un plato de comida y una taza de un bien necesitado café. Apenas había podido dormir cinco horas, su hija levantándose en medio de la noche sin intención alguna de volver a dormirse hasta que su papa jugara con ella por media hora, dando pelea cuando intentó acostarla en su cuna, solo para calmarse media hora después y finalmente quedarse dormida. Con un suspiro cansado se sentó frente a Arthur, sus dedos tamborileando en la madera sin saber muy bien como comenzar esa conversación.
—Arthur…— los orbes verdes subieron a mirarlo apenas escuchó su nombre, anticipación y duda claro en ellos. No sabía que tanto recordaba el inglés de la noche anterior, así que esa pregunta fue lo primero por lo que empezó. — ¿Recuerdas de lo que hablamos ayer? — Arthur asintió, sus ojos bajando a la comida, no tenía el valor para mirarlo después de lo que había pasado. Francis al notarlo extendió una de sus manos a entrelazarse con la del menor, su pulgar dibujando círculos reconfortantes. —Hey, te dije que íbamos a solucionar esto juntos, ¿oui? — buscó sus ojos con cariño, asegurándole que, las palabras que había dicho la noche anterior no habían cambiado. Seguía amándolo, pese a todo lo que Arthur había confesado, no había manera en la que dejara de amarlo. Pero… sabía que las cosas no podían continuar como lo habían hecho en el pasado. Necesitaban ayuda, pese a que ese tema fuera difícil de abordar, Arthur necesitaba ayuda profesional, y por suerte, él parecía comprenderlo también. — ¿Quieres que haga una cita en el psiquiatra hoy? No hay prisa, pero mientras más antes se trate esto es mejor— reconfortó dándole un pequeño apretón a la mano del menor cuando lo notó bajar la cabeza una vez más, el miedo y culpa claros en su postura. No podía negarse, sabía que Francis tenía razón, pero… tenía miedo.
—I-I know (Lo sé) …— tartamudeo apretando la mano del francés con ansiedad. —No me van a quitar a Annabelle, ¿verdad? — no quería que lo alejaran de su bebé, que le dijeran que el que ella este cerca suyo era peligroso. No quería que Francis permitiera que lo encerraran en un hospital lejos de su niña.
—No, no lo harán, vas a estar bien— esa aseguración hizo que soltara el aire que, sin saber, había estado conteniendo. En ese momento su mirada bajó a sus manos entrelazadas, sus ojos cayendo en la argolla dorada en el dedo anular de Francis. ¿Cómo es que no lo había notado la noche anterior? Ese era el anillo que había mandado a hacer para los dos, meses atrás.
— ¿Dónde…? —alzó a ver al mayor con una pregunta en su rostro. Ese anillo, nunca se lo había entregado, ese día… Su mirada se tintó de dolor y nostalgia, sus dedos pasándose por la tibia argolla en un jadeo.
—Lo encontré cuando fui a ver a Scott…— cerró sus ojos con amargura. Los recuerdos de esa noche estaban aun vivos en su memoria. Podía verlos como si hubiese pasado ayer. Recordar a su hermano y las palabras que le había dicho ese día aún era doloroso... Pensó que ya lo había superado, pero el tan solo escuchar su nombre hacía que la herida volviera a sangrar —Acerca de eso…
—Francis— lo detuvo con firmeza y dolor en su voz. No podía escuchar nada que tenga que ver con su hermano. Aún no estaba listo. Era un tema demasiado delicado del que no tenía fuerzas para tratar en ese momento. —No quiero escucharlo…— pidió con la voz quebrada, sus ojos clavados en la mesa, porque no quería que Francis lo viera en ese estado.
—Te lo diré cuando estés listo— la cosa era que, no sabía si algún día iba a estar listo. Pero, solo asintió. Hoy, solo tenía ganas de hacer una cosa. Subió a ver a Francis con un pedido en sus ojos, sus dedos entrelazándose con los del mayor en busca de soporte.
—Podemos… ¿podemos solo pasar aquí por hoy? —no quería salir, ni seguir recordando. Sabía que si iban a un psiquiatra debería decir todo lo que atormentaba su mente, pero hoy… hoy simplemente no se sentía lo suficientemente fuerte para hacerlo. Solo quería refugiarse en los brazos de Francis todo el día de ser posible, tener el cálido peso de su bebé en su pecho, calmando el latir de su corazón.
—Oui, bien sûr (Si, de acuerdo)— accedió Francis con suavidad y comprensión. El paso de Arthur, nunca lo iba a forzar. Harían todo cuando él estuviese listo, así que solo esperaría, sin separarse de su lado. Se inclinó sobre la mesa, tomando el rostro del menor entre sus manos con cariño antes de unir sus labios en un contacto suave. —Te amo, no importa lo que pase— susurro al separarse del beso, sus ojos uniéndose a los esmeralda con intensidad.
—Yo también— suspiro Arthur volviendo a unir sus labios, aliviado de que, hasta ahora, todo había salido mejor de lo esperado. Sinceramente, no había esperado tanta compresión y perdón de Francis. No estaba preparado para tanta amabilidad y aceptación. Bajó su mirada al plato de comida cuando se separaron, intentando que sus ojos no se empañaran en ese momento. De cierta manera se sentía abrumado, pero no de mala manera.
Comenzó a comer, relajando su cuerpo en el tranquilo ambiente del departamento. La música de fondo hacia todo aún más cómodo. Cuando terminaron de comer Francis se levantó, tomando los dos platos ya vacíos para ponerlos en el lavaplatos antes de regresar al inglés, dándole un pequeño beso en la mejilla y acariciando su cabello como antaño. Disfrutaba el toque de Francis, el sentirlo tan cerca en un ambiente cálido. Extrañaba tanto eso que solo se dejó hacer, acercándose más al cuerpo del mayor en busca de más contacto, sus ojos cerrándose relajados. Arthur suspiró, subiendo a mirarlo esos ojos azules que tanto amaba con suavidad, antes de caer una vez más en el dorado anillo con una pregunta. —Y, ¿Dónde está el mío?
—Hmmm— las caricias en su cabello se detuvieron en ese momento, Francis llevándose una mano a la barbilla en profundo pensamiento, antes de sonreír por lo bajo. —Tienes que ganártelo de vuelta, cher— la sonrisa cayó del rostro de Arthur, siendo remplazada con confusión e incredulidad al ver la expresión divertida en el rostro del francés.
— ¿W-what? —parpadeo confundido. ¿Ganárselo? ¿What the hell (Qué demonios)? Pero Francis solo río, negando con la cabeza.
—Te recuerdo que ya no estamos comprometidos, cher, debes hacer que me quiera casar contigo nuevamente, o si no, no anillo— Francis se encogió de hombros con una sonrisa ladina. Ese maldito…
— Son míos, yo los pagué— protestó levantándose de la mesa enojado. ¿Qué él debía hacer que Francis se quisiera casar nuevamente consigo? Bullshit. Había pagado más de tres mil libras por esos anillos, él debería ser el que decida si dárselo o no a Francis.
—Non, ahora son míos— su ojo tembló en irritación, lo iba a matar.
—Fucking bastard— siseó lanzándose a tomar la mano del francés para quitarle SU anillo, pero Francis fue más rápido y lo esquivó, una sonrisa juguetona presente en su rostro todo el tiempo.
—No vas a ganarme de nuevo así, cher— cantó regresando a la cocina. Maldijo por lo bajo, sentándose de brazos cruzados en la mesa una vez más, su ceño frunciéndose a más no poder cuando escuchó que el maldito se reía en la cocina. —No importa si nunca lo recibes, ¿non?
—Go to hell (vete al infierno). —masculló por lo bajo, irritado. Francis sí que podía derretirlo un momento y al otro enfurecerlo tanto que sus orejas se tornaban rojas y su sangre comenzaba a hervir. Bloody frog (maldita rana). Hundió su rostro entre sus brazos. —Me estoy arrepintiendo de esto…
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Depresión post parto y trastorno de estrés postraumático… ese había sido su diagnóstico.
Hablar por primera vez de todo lo que había sentido esos últimos meses, los problemas que comenzaron hace casi un año atrás, cuando se enteró que Matthew había sido la persona que le donó sus ojos, cuando se enteró de lo que su hermano había hecho… era doloroso revivir esos recuerdos una vez más. El odio que sintió hacia sí mismo, el mismo que intentó culpar y reflejar en su bebé, como el tabaco y el alcohol se habían vuelto su escape de la realidad, de los sentimientos que no terminaban de atormentarlo. Era demasiado, tanto que no recordaba cuantas veces su voz se había roto durante toda esa sesión. Pero, lo único que le mantuvo cuerdo, lo único que permitió que no se rompiera por completo una vez más fue la mano de Francis entrelazada con la suya, a todo momento. El ligero apretón que le daba cuando sentía que no iba a poder continuar hablando, los pulgares pasándose suaves por su piel cuando los sentimientos en su pecho se volvían insoportables. Francis estuvo ahí para él todo el tiempo, y por eso estaba verdaderamente agradecido.
Tenía que tomar antidepresivos, e ir a terapia cada semana, pero aparte de eso, el doctor le recomendó seguir con su vida normalmente, intentar de ser posible reportar todo en un diario personal. El escribir sus emociones lo ayudaría a calmarlo y poder lidiar mejor con ellas. El peor temor que había tenido, el que le quitaran a Annabelle después de delatar todo lo que había sentido hacia ella, todos los pensamientos irracionales que habían pasado por su cabeza, por suerte, no se volvió realidad. La aseguración del doctor de que, sí, lo que había sentido y pensado era mucho más normal de lo que creía en personas con sus síntomas, había logrado levantar un peso en su pecho que no se imaginó que cargaba. Pero ahora… su cuerpo estaba más ligero de lo que podía recordar en mucho tiempo. Se sentía… bien.
Alzó a ver por la ventana cuando escuchó la puerta del auto abriéndose, Francis entrando con una pequeña bolsa blanca en mano que dejó sobre el portavasos. Su garganta se encogió con culpa y anticipación. Sabía de qué era la caja de pastillas dentro de esa bolsa. Eran sus antidepresivos… esos que a partir de ahora debería volver a tomar hasta que el doctor indicara lo contrario.
—Vamos a casa— ante esas palabras solo pudo asentir, sus ojos humedeciéndose tan solo un poco, porque la palabra "casa" era una que no había sentido en mucho tiempo, pero, a su lado… ese era su hogar. Francis definitivamente era su hogar.
El francés bajó a entrelazar sus manos, sus ojos aún fijos en la carretera, pero su cuerpo lo llenaba de calor y seguridad, una seguridad que había extrañado tanto esos últimos meses. No sabía cómo había sido capaz de soportarlo. No se quería separar nunca más.
— ¿Quieres acompañarme a ver a Annabelle? — Arthur al escucharlo solo dio un pequeño asentimiento, apretando el agarre de su mano sobre la del francés. Annabelle estaba con Alfred, y Alfred… no lo había visto en ocho meses. Estaba… nervioso. No sabía que esperar al verlo, y a su bebé o su pareja. La última vez que había hablado con Alfred había sido en esa banca del hospital, cuando le dijo que sabía todo lo que su hermano había hecho. Apretó su mano sobre su pantalón, ¿Cómo iba a reaccionar Alfred al verlo? No lo sabía.
Suspiró, intentando relajar su cuerpo una vez más. Apoyó su cabeza contra la ventana, dirigiendo sus ojos al paisaje frente a él. Estaban entrando a Kensington, jardines y parques adornando las calles por doquier en un ambiente pintoresco que se diferenciaba al resto de Londres. Era diferente al antiguo lugar donde Alfred solía vivir. Todo había cambiado tanto… De seguro ahora estaba viviendo con su pareja, y el lugar no le sorprendía viniendo de Alfred. Aunque, no podía decir nada acerca de eso, Francis pagaba tres veces su sueldo en renta.
—Cher, vamos— el apretón sobre su mano le hizo salir de sus pensamientos, sus ojos regresando a los del francés con un pequeño asentimiento antes de bajar del auto, siguiendo a Francis hasta el ascensor y el piso que asumió era donde vivía Alfred. Y, cuando llegaron frente a la puerta que tenía "Braginsky–Jones" grabada en una placa dorada, los nervios empezaron a consumirlo una vez más. Tomó el brazo de Francis cuando escuchó el timbre, y pocos segundos después pudo ver la puerta del departamento abrirse con rapidez.
— ¡Arthie! —esa voz fue la única advertencia que recibió antes de verse envuelto en un abrazo. Sus pies trastabillaron un poco al ser prácticamente tacleado, dejándolo sin aire. Alfred no podía creer que al fin ese hombre estuviera frente suyo. Sentía que no lo había visto en años, tanto tiempo que no pudo hacer más que apretarlo aún más hasta que escuchó una queja del más pequeño. —Oh my god, no sabes lo preocupado que estaba por ti, idiot— alivio, enojo y felicidad se mezclaban en sus palabras, sus brazos por fin soltando al inglés solo para tomarlo por los hombros y mirarlo de pies a cabeza sin poder creer aún que estaba frente a él.
—También me alegra verte— carraspeo su garganta intentando devolverles el aire a sus pulmones. Bloody hell, si Alfred no medía su fuerza lo podía matar.
—Dude, nunca más vuelvas a desaparecer de esa manera— volvió a abrazarlo contra su pecho, esta vez sin tanta fuerza. Arthur correspondió.
—No lo haré— contestó en apenas un susurro, pero su voz denotaba sinceridad. Pase lo que pase, no volvería a cometer el error de alejarse del lado de Francis, de su familia, una vez más. Alfred subió a ver a Francis con una pequeña disculpa en sus ojos por abrazar a su pareja de esa manera, pero él solo negó con suavidad, restándole importancia.
—Pasen, Annie se durmió hace poco, recién la alimente y cayó como pajarito— sonrió alegre, pasando a su hogar seguido de Francis y por último Arthur, dirigiéndolos a la sala donde se encontraban las dos bebés. Los ojos amatista de su hija brillaron con emoción apenas vio a Francis, dejando el juguete que había estado baboseando para estirar sus manitos con una risa. El francés sonrió enternecido, enseguida acercándose a la pequeña y tomándola en brazos como había prometido la última vez.
—Bonjour petite Mila— besó la frente de la bebé, ganándose una risa y una serie de balbuceos contentos de la niña. Alfred sonrió ante la escena, bajando a ver a Arthur que parecía mirar todo sin comprender.
—Ella es mi hija, Mila Braginskaya— introdujo señalando a la bebé que en ese momento comenzaba a jugar con los ondulados cabellos de Francis. —Ya mismo cumple seis meses— Arthur parpadeó, abriendo sus ojos con realización cuando las cuentas se hicieron en su mente. Alfred también la había tenido prematura…
Eso le hacía sentir que, tal vez, no había sido un fracaso. No tanto como se culpaba por haber dado a luz antes de tiempo. Cuando su parto había comenzado mucho antes de lo planeado, se había culpado a sí mismo. Se había odiado tanto, y la culpa había comenzado a carcomerlo. Lamentaba tanto que Annabelle tuviera que nacer antes de tiempo y el no poder haberla mantenido a salvo. La culpa, como tantas emociones, no es algo que nadie eligiera sentir. Y del mismo modo, no podía dejarla ir. Pero, saber que no estaba solo en eso y que la bebé se veía tan saludable pese a ser prematura, calmaba un poco su corazón.
Al escuchar otra carcajada de la bebé alzo a mirarla con más atención, sus ojos suavizándose al notar el claro parecido con Alfred en ella. Irradiaba la misma aura energética que él. Parecía un rayo de sol.
—No sabía que se llevaba tanto con Francis — sonrió al escuchar la queja del mayor cuando Mila jaló su cabello más fuerte de lo normal. La bebé se parecía familiarizada con él. Ella parecía adorarlo. Alfred asintió con una sonrisa igual de divertida.
—Francis es su persona favorita después de Vanya y yo, el me ayudó a cuidarla cuando nació y es el padrino de Mila— explicó al notar la pregunta en los ojos del menor.
Arthur asintió, comprendiendo en ese momento porqué la bebé había sonreído de manera tan radiante al ver a su pareja. Sus ojos se suavizaron en la escena frente a él, de Francis intentando zafar su cabello del agarre de Mila, mientras la pequeña reía divertida. No sabía a qué momento Francis y Alfred se habían empezado a llevar tan bien, sin embargo, no le molestaba para nada. Sus ojos buscaron alrededor por la persona que faltaba ahí, la nueva pareja de su ex, pero no había señal de él por ningún lado.
— ¿E Iván? —preguntó finalmente, luego de cinco minutos sin ver al gigante hombre que nunca le había dado buena espina aparecer en la sala. Alfred pareció decaer al escucharlo, sus brazos cruzándose sobre su pecho en una señal que pudo reconocer como enojo y tristeza.
—Salió hace una hora… tuvimos una pelea— oh… eso lo explicaba todo. Su ceño se frunció con preocupación al ver a Alfred caer sobre uno de los sillones exhausto. Francis regresó al estadounidense con una mirada compresiva.
—De nuevo lo de la boda ¿non? —Alfred asintió en respuesta, soltando un suspiro estresado. Toda esa semana no había parado de escuchar "la boda esto, la boda tal, la boda bla, bla, bla" tanto que ya le estaba comenzando a irritar.
—Si, pero su mamá está metiéndose en mis nervios, quiere que todo sea como ella diga, y poner la fecha y el lugar de MI boda— echó su cabeza hacia atrás con frustración. En verdad que si todo ese asunto no se acababa rápido iba a explotar. Su paciencia estaba llegando a su límite.
Arthur soltó un bufido, cruzándose de brazos al recordar un caso igual.
—Huh, me recuerda a alguien— Emily le había hecho exactamente lo mismo, más el querer obligarlo a renunciar a su trabajo y solo ser un recipiente para su futuro nieto. Vaya que Alfred tenía una suegra difícil… e Iván también. Esa familia iba a ser explosiva.
Alfred solo se encogió de hombros culpable al escucharlo, sus ojos bajando a la argolla plateada en su dedo con un suspiro. El día en el que aceptó esa propuesta no supo los problemas que le iba a traer. Pero, no se arrepentía. No era que no quisiera casarse con Vanya, quería hacerlo, pero sus malditos suegros… Ugh.
—Ella quiere que nos casemos en diciembre… pero, es demasiado rápido— murmuró con su mirada en el piso, alzando solo a ver cuando sintió a Francis extenderle su bebé de vuelta. El calor de Mila logró desestresarlo un poco, soltando un suspiro rendido. Besó la cabecita de su pequeña, viendo de reojo como Francis tomaba a una aún dormida Annabelle y la acunaba en su pecho con cuidado.
— ¿Por qué quieres esperar más? — la pregunta de Arthur lo trajo de vuelta a lo que habían estado discutiendo, sus hombros cayendo una vez más. Si, en parte comprendía porque Vanya quería casarse rápido, su padre estaba cada vez más viejo y esa mañana le había llegado la noticia de que su suegro había tenido un paro cardiaco, resultando en una operación de emergencia de la que por suerte había salido vivo. Aun así, él podía fallecer a cualquier momento, pero…
—Quiero que mi mamá este en mi boda— soltó en un suspiro roto, apenas audible para los dos presentes en la habitación. Francis bajo su cabeza al escucharlo. Aún se le hacía difícil recordar a Emily, lo que le había hecho a su hermano, a Scott, aun dolía. Era algo que no le gustaba recordar. Arthur solo subió a verlo sin comprender.
— ¿Por qué no puede ir? — Alfred se estremeció ante la pregunta, sus ojos subiendo a los de Francis por breves segundos para después bajar al piso, sin saber que decir. Arthur… él aún no lo sabía. El inglés se encogió de hombros confundido al sentir la tensión en el ambiente, como Alfred y Francis parecían haber decaído en algo doloroso. ¿Qué estaba pasando? ¿Qué había pasado entre ellos y Emily? No lo entendía. Iba a abrir su boca para insistir en una respuesta, pero la mano cálida de Francis en la suya le cortó antes de que pudiera decir nada.
—Te lo digo después, ¿oui? —eso lo confundió aún más. ¿Qué era lo que había pasado que Francis no podía decirle en ese momento, frente a Alfred? El ambiente se volvió tan pesado en tan poco tiempo que no sabía que pensar. Todo era tan confuso, pero, un mal presentimiento se asentó en la boca de su estómago.
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El ambiente pesado los siguió incluso después de abandonar el departamento de Alfred. Suspiró, sin saber que hacer, o decir, manteniendo su vista fija en la ventana. Francis parecía estar sumido en sus propios pensamientos, su ceño fruncido de manera inconsciente. Estaba apretando demasiado el volante, como si estuviera recordando algo doloroso. Pero, no dijo nada. No lo interrumpió en todo el camino, porque, en cierta parte, tenía miedo de lo que fuera a escuchar. Para que Francis estuviese actuando de esa manera sabía que podía ser todo menos bueno.
Cuando llegaron al departamento el francés fue enseguida a acostar a Annabelle en su cuna, y lo dejó ir, quedándose en la sala con un montón de pensamientos corriendo por su cabeza. Con un suspiró caminó a la cocina por té. No tenía sentido seguir preocupándose por algo que aún no sabía. Se sentó en la sala con la pequeña taza entre sus manos, esperando. Sabía que no había manera de evadir el tema ahora que ya estaba en el aire.
Diez minutos después, Francis finalmente regresó, una expresión cansada tintando su rostro. Con un gesto silencioso lo invitó a sentarse frente suyo, ofreciéndole la taza de té ya tibio que esperaba sobre la mesa de centro. El francés lo tomo con una ligera sonrisa de agradecimiento, llevándoselo a los labios. El ambiente se relajó un poco entre ellos, pero la tensión que esa pregunta había traído minutos atrás seguía presente. Solo, estaban esperando a que alguien rompiera el silencio. Y, Arthur fue el primero.
—Francis— los ojos azules se alzaron a los suyos, expectantes, pero dudosos al mismo tiempo. — ¿Qué pasó con Emily? — Y ahí estaba, la pregunta que no estaba listo para responder aún. Recordaba como Arthur le había dicho la mañana anterior que no estaba preparado para hablar sobre Scott. Y definitivamente la respuesta a esa pregunta lo involucraba demasiado, y… era simplemente una noticia difícil de digerir.
— Es complicado…
— ¿Por qué no me lo puedes decir? — Arthur frunció el ceño al ver como Francis desviaba la mirada al suelo. ¿Qué era tan complicado que no le podía decir? Un mal sentimiento recorrió su cuerpo.
—Tiene que ver con Scott, y Matthew…— su mente se quedó en blanco. ¿Matthew y Scott? ¿Qué tenía Emily que ver en eso? ¿Y Alfred? Su rostro se llenó de confusión. Tragó en seco, el mal presentimiento haciéndose tan grande que sus manos empezaron a sudar. Francis inhaló, volviendo su mirada a Arthur por breves segundos antes de caer a la taza entre sus manos. Exhaló, ya no podía retroceder de eso. —Hace ocho meses, atraparon a la persona que atropelló a Matthew, o más bien… él se entregó— Arthur subió a verlo sin esperarse esa noticia. Entonces el culpable… seguramente ya estaba preso, pero ¿Qué tenía eso que ver con Emily? Los puntos aún no se conectaban, sin embargo, no sabía si quería que lo hicieran o no. — Esa persona fue Alfred
Imposible… Sus ojos se abrieron con incredulidad, regresando a Francis en busca de que lo que acababa de escuchar no fuera cierto, pero en su mirada, solo encontró verdad y amargura.
—N-no es posible— su cabeza cayó, sus ojos moviéndose sin poder comprender como. No podía imaginarse a esa persona ser Alfred, la silueta en su mente se negaba a hacerse clara.
—También, ese día se descubrió a la persona que asesinó a mi hermano— ante esas palabras se congeló. Subió a mirar a Francis una vez más, sin comprender lo que estaba diciendo. Pero, su ceño se frunció. Scott… Scott había sido. Él había confesado haberlo hecho, por su culpa, todo para permitirle poder volver a ver. No quería seguir escuchando más sobre eso. Le había dicho eso de manera clara a Francis la mañana anterior. Entonces ¿Por qué sacaba ese tema de nuevo? No… Quiso levantarse en ese momento, decir que no tenía por qué repetirlo, que ya sabía la historia, pero lo que dijo Francis a continuación lo paró en seco. —No fue Scott, fue… Emily Jones.
Su cuerpo se paralizó. Apretó la taza entre sus manos con más fuerza de la necesaria. No podía creerlo. Un jadeo escapó su boca. Debía ser una broma.
—Arthur… — dio un respingo cuando sintió una mano sobre la suya. Estaba temblando, sus ojos clavados en el piso en shock. —Arthur, mírame— no lo hizo, pero permitió que Francis le quitara la taza de las manos antes de que la quebrara por la fuerza. Su mente aún no podía procesarlo todo. Se quedó en blanco.
— ¿C-cómo? ¿Por qué? — su voz se quebró. Subió a ver a Francis en busca de respuestas, porque no tenía sentido. ¿Por qué decía que Emily había hecho eso? ¿Cómo es que había asesinado a Matthew, cuando…? No tenía sentido. Lágrimas comenzaron a resbalar por sus ojos. No podía respirar. Matthew, Alfred, Scott, Emily… era imposible
—Creo que ya ha sido suficiente por hoy— sentenció Francis con firmeza, pero la preocupación era clara en su voz. Arthur estaba teniendo un ataque de ansiedad. Eso no era nada bueno. Intentó acercarse con suavidad para calmarlo, pero él lo alejó de un empujón.
— ¡Dímelo! —gritó subiendo a verlo con dureza y enojo, lagrimas mojando su rostro pálido. No podía detenerse. Necesitaba saber.
Francis suspiro, alejándose hesitante pera sentarse una vez más frente a Arthur. Su mirada se desvió con dolor. Los recuerdos de ese día seguían frescos en su memoria, la confesión que se repetía en todas sus pesadillas. No se sentía preparado para decirlo en voz alta, porque cierta parte en su inconsciente aun no quería creerlo. Y, si lo decía, todo se haría más real. Pero… tenía que hacerlo. Suspiró, apretando sus puños a su lado para darse la fuerza de seguir, y lo dijo.
—Matthew recordaba el auto que lo atropelló, así que para que no dijera nada, Emily le administró tetrodotoxina— las palabras habían pesado en su lengua mucho más de lo que se imaginó. Era demasiado doloroso, pero Arthur… Arthur se veía destrozado frente suyo. Dejando su dolor de parte, se inclinó sobre la mesa, posando su mano en la rodilla del menor con calidez. —Arthur, está bien…
Arthur subió a verlo con furia en sus ojos. No, ¿Cómo podía estar bien? ¿Cómo podía tener sentido? Dolía demasiado el tan solo pensarlo. Parecía una muy mala broma. El que Emily hubiese hecho eso…
—No, no está bien, ¿Por qué no me lo dijiste antes? ¿Cómo Alfred…? — su voz se quebró por completo en ese momento. Llevó una mano a su boca, estaba empezando a tener nauseas. Todo ese tiempo Alfred… él ¿Cómo pudo? Y Emily… Quería vomitar.
—Él no supo nada de eso hasta después de la muerte de Scott, ni siquiera sabía que Matthew era la persona que él había atropellado, Emily le hizo creer que la persona que había golpeado tenía solo heridas menores— explicó con suavidad, pero nada de eso pareció calmar el estado en el que el menor se encontraba. Se veía demasiado pálido, Sus manos temblaban sin control alguno. Sentía como si estuviera siendo atrapado en su cabeza— Arthur…— tomó la mano del inglés entre las suyas con suavidad. Sabía que esa noticia iba a ser difícil de procesar. Él mismo hasta ahora no podía lidiar con todo lo que había pasado, pero… no había manera de escapar la realidad. El llanto repentino de Annabelle lo hizo detenerse antes de que pudiera decir algo más. Separó su mano de la del inglés hesitante, antes de levantarse para ir a calmar a su hija. —Voy a ver a Annabelle— besó la frente de Arthur antes de irse, dejándolo solo en la sala.
No sabía qué hacer, no podía respirar. Intentó tomar una bocanada de aire, pero su respiración se cortó en ese momento. Un sollozo rompió libre de su garganta cuando escuchó la puerta de la habitación de su bebé cerrarse. Su cuerpo comenzó a temblar. Estaba de nuevo solo. Se sentía solo. Sabía que lo que estaba pensando era irracional. Francis estaba ahí, estaba en casa, pero… pero en ese momento, mientras la realidad de lo que había escuchado calaba sus huesos, se sentía tan solo. Hundió su rostro entre sus manos. No podía procesar todo lo que acababa de escuchar. Matthew, Scott, Alfred, Emily… no tenía sentido. Parecía una mala broma, como todo se conectaba a una cruda conclusión. Pero, sobre todo, Francis…
¿Cómo es que Francis había soportado todo eso? Ocho meses atrás… fue cuando había desaparecido. Lo había dejado para que soporte todo eso solo. Se sentía como la peor basura en la faz de la tierra. Su memoria regresó a Matthew. La calidez de sus brazos rodeándolo, las suaves palabras que servían para calmarlo, el sonido de su voz… lo recordaba con tanta claridad que era doloroso. Que una persona tan pura como él fuese asesinada de esa manera… Su hermano había pensado que él mató a Matthew todo ese tiempo cuando en realidad Emily…
Su piel comenzó a escocer por todo su cuerpo y sintió la bilis escalar por su garganta cuando la imagen mental de esa escena pasó por su cabeza. El cuerpo inconsciente de Matthew sobre la camilla, Emily inyectándole tetrodotoxina, el ritmo cardiaco de Matthew cayendo a una línea acompañado de un pitido ensordecedor… Corrió al baño, apenas avanzando a arrodillarse frente al retrete antes de vomitar todo el contenido de su estómago. Maldijo por lo bajo, agarrando su cabello con frustración. Estaba cayendo de nuevo.
Con piernas temblorosas se levantó, apoyándose contra el lavabo asqueado de sí mismo. Intentó limpiar las lágrimas con el dorso de su mano. Necesitaba respirar, se estaba ahogando. Pero por mucho que lo intentó, las lágrimas continuaron cayendo, su garganta continúo apretándose con el peso de las memorias. Tomó el vaso sobre el lavabo, llenándolo de agua antes de llevárselo a los labios con manos temblorosas, inhalando y exhalando después de tomarse toda el agua para calmarse y borrar la cruda escena que se repetía una y otra vez en su cabeza.
—Arthur, cher— ese llamado lo hizo subir a ver, sus ojos chocando con los preocupados de Francis. Agachó su cabeza, no quería que él lo viera de esa manera, mucho menos la bebé que cargaba en brazos. Pero, Francis no le permitió bajar su mirada. Suaves pasos en el mármol fueron la única advertencia que recibió antes de sentir una mano sobre su rostro, obligándolo a alzar a ver a la calidez y apoyo en los ojos de Francis. —Todo va a estar bien. Estoy aquí para ti ¿oui? —"Pero yo no estuve para ti cuando más me necesitabas" esa era la respuesta que saltó en su inconsciente, sin embargo, solo asintió, buscando más el contacto en su mejilla. Necesitaba tenerlo cerca, sentirlo tan solo un poco. Y Francis pareció comprenderlo, acercándose a unir sus labios con suavidad. Al separarse esa mano subió a acariciar su espalda de manera reconfortante, ojos azules fijos en los suyos antes de bajar a los inquietos de la bebé.
— ¿Quieres consolar a mamá, ma Belle? — lo escuchó preguntar a la pequeña, recibiendo solo un gorgoteo como respuesta. Subió a ver a Francis inseguro una vez más cuando le extendió a la bebé, limpiando las lágrimas de su rostro antes de aceptar a Annabelle entre sus brazos hesitante. No quería que ella lo viera en ese estado, pero el suave asentimiento de Francis lo hizo continuar, arrullando a la pequeña en su pecho. Enseguida, el temblor de sus manos se detuvo y la constricción en su garganta se hizo más ligera.
—H-hey, darling— saludó a la bebé que lo observaba curiosa con sus grandes ojos azules. Francis esbozó una sonrisa aliviada cuando no escuchó ningún gimoteo ni protesta de su hija. Annabelle no era muy abierta con extraños, y pese a que Arthur fuera su mamá, aun no lo reconocía por completo. Sabían que el proceso no iba a ser fácil, pero Annabelle poco a poco se iba a acostumbrando más a Arthur, cambiando su inicial disconformidad a curiosidad. Un pequeño gorgoteo salió de la bebé cuando apegó su cabecita al pecho del inglés, escuchando el latir de su corazón con curiosidad que hizo que el inglés sintiera sus rodillas volverse débiles.
—Parece que te está reconociendo— Arthur subió a verlo, para después bajar a la bebé con una sonrisa acuosa. Sus ojos empezaban a humedecerse una vez más, pero no quería llorar, no frente a Annabelle. Suaves labios se unieron con su frente, una mano acariciando su cabello para calmarlo. —Lo estás haciendo bien, cher.
—Gracias Fran— susurro con la voz rota. El pánico y ansiedad poco a poco iban abandonando su cuerpo, y Francis era una de las principales razones. Por eso, se dejó llevar a la sala una vez más, y no se quejó cuando una manta fue puesta alrededor de sus hombros, ni cuando una nueva taza de té apareció en la mesa frente suyo. Eso, sin saber, era lo que más necesitaba en ese momento. Una lagrima inconsciente resbaló por su mejilla. A veces, el cuánto Francis parecía conocerlo era doloroso… porque no sabía si, en la situación contraria él podría hacer lo mismo.
Meció a su hija sobre su regazo al escucharla protestar por las lágrimas en su rostro, limpiándolas enseguida para remplazarlas por una sonrisa que solo podía darle a ella. Francis besó su frente una vez más, acariciando su mejilla con calidez que le hizo derretirse. Pero los recuerdos de la noticia que había escuchado no le permitieron sonreír. Aún dolía. Aún no lo podía procesar.
Francis suspiro comprensivo. Sabía que aún tenía mucho que hablar, pero… eso debía quedar para otro rato.
—Podemos seguir hablando cuando vuelva, ¿d'accord? — aseguró con una sonrisa suave tras echar un vistazo al reloj en su muñeca. Arthur al escucharlo subió a verlo sin comprender, pequeños rastros de ansiedad tintando sus facciones.
— ¿A dónde vas? —lo detuvo de la muñeca apenas lo vio levantarse. No quería que Francis se fuera de su lado, no de nuevo.
—Tengo una cirugía en media hora, ¿estás bien con Annabelle solo por dos horas? —su mano cayo de la muñeca de Francis apenas lo escuchó, no soportaba la idea de que Francis se alejara aun cuando fuera por poco tiempo
— ¿Q-que? — Tartamudeó bajando a ver a la bebé en su regazo por breves segundos antes de subir a Francis nuevamente. No… no sabía si podría cuidarla sola. Y no quería que Francis lo dejara, no después de todo lo que le había dicho. Francis lo miró compresivo, no era el mejor momento para irse, pero… tenía un paciente para esa tarde y no podía cancelarlo a último momento.
—Puedo llamar a Alfred para que venga a ayudarte… o Lovino— agregó Francis al darse cuenta del conflicto en los ojos del inglés. Tal vez Arthur aún no estaba preparado para ver a Alfred después de lo que le había revelado.
—N-no, está bien— negó con la cabeza, bajando a ver a Annabelle. Podía cuidar de ella, era su hija, debía poder cuidar de ella por lo menos por dos horas.
— ¿Estás seguro? — Arthur asintió, encogiéndose de hombros aun inseguro. Nunca se había quedado tanto tiempo solo con su bebé, lo máximo que había estado solo con ella era media hora, pero… lo podría intentar. Sin embargo, aún no se sentía preparado. No quería que Francis se fuera, pero no podía decirle que se quede cuando literalmente tenía que salvar la vida de algún paciente.
—Voy a llamar a Lovino más tarde— soltó en un suspiro después de varios segundos de batalla mental. Sabía que solo eran dos horas, pero el tener a Lovino ahí tal vez lo ayudaría a no volver a recaer en pensamientos negativos al cuidar de su bebé, especialmente después del ataque de ansiedad que había tenido minutos atrás. Aún no se sentía bien.
—D'accord— asintió Francis con una sonrisa suave, antes de regresar a su habitación por su maletín y las llaves de su auto. Cuando regresó se acercó a Arthur, uniendo sus labios en un beso casto, una corta despedida. —Je t'aime
—Love you too— respondió en un susurro contra los labios del francés, quería besarlo una vez más, pero el reloj estaba corriendo y debía llegar al hospital dentro de poco.
—Suerte… ten cuidado, love— pidió apretando una de las manos del mayor con preocupación.
—Oui, oui— sonrió quitándole importancia con un movimiento de su mano. Tomo a su bebé una vez más para despedirse de ella, dándole un beso grande en la mejilla que le sacó una risa emocionada. —Se buena con mamá, ¿oui? — pidió fingiendo seriedad, besándola una vez más antes de regresarla a brazos del menor, dándole un beso rápido en los labios a su pareja antes de salir del departamento.
Arthur bajó a ver a su bebé con inseguridad cuando escuchó la puerta cerrarse. Suspiró, acariciando la mejilla de su niña antes de mirar a su alrededor. Estaba completamente solo, y no sabía qué hacer con su recién nacida.
—Ahora somos solo tú y yo, darling…
¿Qué iba a hacer?
•••
Ya eran dos horas… más de dos horas de hecho, e Iván seguía sin regresar. Lo había llamado, no solo una vez, y le había escrito, pero no obtuvo respuesta alguna de su pareja. Todas las llamadas iban al buzón de voz y sus mensajes ni siquiera aparecían como entregados. ¿Dónde demonios estaba?
Recién hace cinco minutos había podido dormir a Mila, y ahora todo el departamento se encontraba en silencio total. No sabía qué hacer. Cayó rendido sobre su cama, llevándose una mano a la frente en un intento de controlar el enojo que empezaba a hervir en su interior. Él no era una persona temperamental, y su paciencia a veces era demasiado grande para su propio bien, pero… estaba colgando de un hilo ahora. Iba a explotar, cualquier minuto de estos iba a explotar.
No… en realidad no sabía qué hacer. ¿Había sido demasiado insensible? ¿Estaba siendo demasiado terco? ¿Esperar cuatro años por su madre en verdad era algo tan insensato? Su labio inferior comenzó a temblar. ¿En realidad estaba siendo tan mala pareja?
Saltó de su cama, tenía que hablar con su mamá. Lo más rápido que pudo se cambió al primer par de jeans y abrigo que encontró, y caminó al cuarto de su niña para, con cuidado de no despertarla, envolverla en una mantita y llevársela de ahí. El que no se hubiese despertado al ponerla en la silla del auto fue un milagro del que de verdad estaba agradecido, y, con una tormenta de sentimientos apretando su corazón, comenzó a conducir a Holloway.
Cuando llegó dejó que los guardias lo escoltaran a la habitación donde podría ver a su mamá. Por suerte no habían hecho problema al verlo entrar con su bebé, tal vez por la expresión tan destruida en su rostro, o por el hecho de que su hija parecía no ir a despertar en unas buenas horas. Cuando lo dejaron en la habitación con la pared de vidrio que lo separaría de su madre, se dejó soltar el aire que sin saber había contenido. Se tragó el mal sentimiento en su estómago que le daba cada vez que entraba a esa prisión, y esperó por su mamá.
Dentro de pocos minutos, dos guardias entraron en la otra habitación, tras ellos pudo ver la silueta conocida de su madre, y se forzó a sonreír.
—Hi, mom— saludó cuando al fin los guardias los dejaron solos, su madre sentándose frente a él, separada por el vidrio al que poco a poco se iba acostumbrando más.
—Alfie, me alegra verte, hijo— Emily sonrió con calidez. Esa visita había sido inesperada, pero bien recibida. Sin embargo, podía notar que algo no andaba bien en su hijo.
—Yo también, te extraño mucho, ma— la manera en la que los ojos azules se empañaron le indicaron que su presentimiento no estaba mal. Algo pasaba con su Alfred, podía notarlo.
— ¿Estas bien? — tenía tantas ganas de poder abrazarlo en ese momento, pero lo único que pudo hacer fue sostener sus manos entre las suyas a través del pequeño agujero en el vidrio. Alfred sintió su labio inferior volver a temblar. Su agarre se apretó en las manos de su mamá, extrañaba su toque.
—Si… solo, tuve una pelea con Iván—contestó con la cabeza gacha, intentando calmar sus sentimientos. Se sentía demasiado sensible hoy, y eso no era bueno. No quería preocupar tanto a su mamá.
— ¿Por qué? — vino la pregunta tanto curiosa como molesta de Emily. No le gustaba que el hombre con el que su hijo estaba saliendo sea la causa de ese estado. Pero, sabía que no se podía meter en eso, por mucho que quisiera hacerlo. Su hijo ya era un adulto, lo único que podía hacer era escucharlo y aconsejarlo lo mejor que pudiera.
—Es acerca de la boda… — ante esas palabras sus ojos cayeron a la argolla plateada en la mano de su hijo. Era la primera vez que Alfred le hablaba sobre eso, aparte del día en el que le dio la noticia, así que no lo interrumpió. —Iván quiere que nos casemos cuanto antes, pero… yo quiero que tu estés en mi boda— Emily sintió su garganta apretarse cuando escuchó la voz de su hijo romperse. Sus ojos se llenaron de tristeza y anhelo, pero sobre todo comprensión. —Se que es algo que voy a hacer solo una vez en mi vida, y es especial, por eso…— apretó la mano de su hijo, llamando a esos ojos azules a ver a los suyos. Supo en ese momento en lo que Alfred había estado pensando en todo ese tiempo, y pudo entender lo desesperado que habría estado, por buscar una solución, por incluirla en esa parte tan importante de su vida. Como madre, ese era un evento que no se quería perder, pero, como madre también, sabía que no podía atar a su niño de esa manera.
—Hijo… debes vivir tu vida ¿si? —empezó con voz suave, deseando en ese momento poder sostener el rostro de su pequeño entre sus manos. —El tiempo es algo que nunca podrás recuperar, y yo… debo cumplir mi condena. — no quería que Alfred hiciera lo imposible por reducir los años a los que había sido sentenciada. El poder de su exmarido ya lo había hecho, y se sentía… incorrecto. El no cumplir los años de prisión que se merecía solo porque tenía poder económico y político de su lado no estaba bien. Por eso, no podía permitir que su hijo intentara cortar su condena. Él ya había hecho suficiente por ella. Ahora era su turno de hacerlo por él. —Si eso es lo único que te está deteniendo, no dejes que algo como eso los separe— pidió acariciando la mano de Alfred con su pulgar, sus ojos buscando a los gachos de su hijo para hacerlo comprender que, estaba bien. Si no podía asistir a la boda de su niño, estaba bien. —Cuando salga de aquí quiero verte feliz, no quiero que te arrepientas de nada— la felicidad de su hijo era lo único que le bastaba.
—Pero tú no vas a estar— sollozó Alfred subiendo a verla con los ojos húmedos. Lágrimas comenzaron a resbalar por sus ojos ante la idea de no poder ver a su mamá en su boda, el estar solo… sin su única familia. Se suponía que su boda debía ser el día más feliz de su vida. Eso no era feliz.
—Siempre voy a estar contigo hijo— esas palabras lo hicieron soltar otro sollozo. Quería abrazar tanto a su mamá en ese momento. Su pecho se llenó de calidez, y el peso que estaba sintiendo poco a poco se fue aligerando. —Tú quieres casarte con ese hombre, ¿verdad? —asintió sin pensarlo un segundo. Quería casarse con Vanya, de verdad quería hacerlo. Él no era el problema.
—Lo amo, mom, lo amo más que a nadie— confesó, limpiándose las lágrimas con el dorso de su mano. Odiaba llorar, pero hoy se sentía demasiado sensible. Emily sonrió con calidez, estaba feliz por su hijo.
—Entonces no dejes que nada te detenga— Alfred asintió, apretando la mano de su mamá en agradecimiento. Si, no iba a poder casarse con ella en su boda, pero, tal como le había dicho, ella siempre iba a estar a su lado. Y eso… eso era suficiente.
•••
Tras media hora de debate, finalmente decidió llamar a Lovino, agradeciendo internamente que no estuviese ocupado y que no tuviera planes para esa tarde además de cuidar de su hijo. Ni diez minutos después de su llamada había llegado el italiano al departamento, y, ahora, ahí se encontraba, sentado frente suyo en la sala mientras Camillo y Annabelle jugaban en la alfombra en el medio.
—Te dije que todo iba a salir bien con ese imbécil— suspiró Lovino, recostándose sobre el sillón con sus brazos tras su cabeza, cerrando sus ojos para relajarse. Camillo parecía tan entretenido con Annie que no había llorado ni una sola vez desde que llegaron, dedicándose a jugar y ver con curiosidad y diversión a la bebé más pequeña que él. Arthur solo asintió, agradecido del valor que le había dado el consejo de Lovino, y un poco de alcohol, de hablar con Francis de una vez por todas. En verdad que, sin un amigo como él, no sabría qué hacer. Si, podía ser irritable y demasiado directo a veces, pero era la persona en la que más podía confiar para contar los secretos que más lo atormentaban.
Hablando de eso…
—Lovino…— comenzó hesitante, recordando lo que Francis le había revelado tan solo dos horas atrás, esa noticia que aún rondaba por su mente de manera dolorosa. Aún no lo podía asimilar, se sentía demasiado… irreal. Pero, Lovino, él había sido el encargado del caso de Matthew, de encontrar la persona que causo el golpe y fuga. Entonces, él ¿lo sabía todo?
—Uhum— bajo a verlo Lovino, su ceno frunciéndose tan solo un poco en confusión y curiosidad al escuchar la manera suave y hesitante con la que Arthur hablaba, su cabeza agachándose como si algo estuviese mal.
— ¿Tu sabías lo de Emily? — esa pregunta lo tomo desprevenido. Su postura cayó enseguida al recordarlo, sus ojos yendo a su regazo ante todo lo que había descubierto ese día. No esperaba que Arthur lo supiera, no aún, pero… sabía que se iba a enterar tarde o temprano.
—Si, Alfred me llamó para entregarse esa noche… fue todo un desastre— respondió en un suspiro, desviando su mirada al sentir los ojos esmeraldas sobre su figura, con una mezcla de sentimientos en ellos que no pudo descifrar.
—Entonces lo sabías todo…— concluyó Arthur en una voz demasiado fría que ocultaba la turbulencia en su interior. Todo este tiempo… Eso significaba que Lovino sabía el secreto de su hermano. Él había sido el que arrestó a Emily, la primera persona en saber todo, todo ese tiempo…
—Si…— murmuro encogiéndose de hombros, regresando a ver a Arthur con preocupación. No sabía cómo le podrían caer esas noticias. Si, de seguro para nada bien, era algo demasiado difícil de asimilar, incluso para él. No se podía ni imaginar como Arthur se estaría sintiendo. —Arthur…— lo llamó, continuando solo cuando esos ojos esmeraldas subieron a verlo con un remolino de sentimientos en ellos —Solo, no dejes que eso vuelva a afectar la relación que acabas de recuperar. Francis no tiene la culpa de nada, así que no seas imbécil de nuevo— pidió con una clara amenaza en sus ojos, de que si Arthur volvía a tan solo pensar en dejar a Francis y a su hija nuevamente por algo como eso personalmente iría a jalarlo de las orejas y golpearlo hasta que comprenda lo imbécil que era. Arthur al escucharlo soltó un bufido, rodando los ojos.
—Tch, lo sé, no soy idiota tampoco— mascullo por lo bajo, cruzándose de brazos. No volvería a cometer el mismo error nuevamente. No tenía la fuerza para abandonar a su familia una vez más.
—Permíteme estar en desacuerdo— bufó Lovino, mirándolo con burla. Arthur solo respondió con una buena imagen de su dedo del medio, ganándose una respuesta similar del italiano.
—A-ma…Mama— ese llamado los distrajo de la "pelea" que estaban teniendo, los dos regresando a ver al pequeño Camillo que venía gateando hacia Lovino, parándose a su lado con sus manos en el sillón para apoyo. —Mama— llamó una vez más con una sonrisa, estirando sus manos hacia su mamá para ser tomado en brazos.
— ¿Si, amore mio? —sonrió Lovino cargándolo, besando la mejilla de su hijo antes de sentarlo en su regazo. Hace tan solo una semana atrás Camillo había dicho su primera palabra, y cada vez su confianza en su propia voz crecía, a tal punto que no paraba de repetir palabras como "mama" o "dada" cada vez que veía a sus padres o quería algo. Arthur sonrió enternecido viendo como el bebé balbuceaba emocionado, y como Lovino lo miraba como si fuese lo más valioso y hermoso en el mundo. Nunca se imaginó ver ese lado tan suave de su mejor amigo, pero… estaba feliz por él.
—Está tan grande— a comparación de Annabelle, Camillo parecía ser casi el doble, y el verlo ya gatear y hablar se le hacía fascinante. Su mirada se llenó con nostalgia, deseaba haber podido verlo cuando nació, o verlo crecer todos esos meses, pero tal como Francis le había dicho, no valía la pena divagar en el pasado.
—Crecen rápido— si… los bebés crecían tan rápido. Regresó a mirar a su hija con nostalgia. Vagamente podía recordar la primera vez que la sintió contra su cuerpo, cuando recién nació. Había sido tan pequeña y frágil que le asustaba, y cuando la vio, un mes después, la diferencia, la había podido sentir. Hace cuatro días, cuando la vio nuevamente no podía creer lo mucho que había crecido y cambiado en ese corto tiempo.
El vibrar de su celular lo sacó de sus pensamientos. La pantalla estaba brillando con un mensaje. Era de Francis, y tras leerlo se permitió sonreír con alivio.
—Francis va a llegar en diez minutos— avisó subiendo a ver a su amigo, que jugaba con su bebé en su regazo. Lovino lo regresó a ver con una expresión que no pudo descifrar, sus manos subiendo en rendición mientras sus labios se estiraban en una sonrisa ladina.
—Ok, ok, me voy— se levantó del sillón con su niño en brazos, estirándose a tomar su abrigo del lado opuesto del sillón, esa sonrisa que señalaba todo menos algo bueno aun presente en su rostro.
—No era eso lo que estaba implicando— murmuro Arthur por lo bajo, encogiéndose de hombros. Pero Lovino solo lo ignoró, restándole importancia. Y entonces, supo el porqué de esa sonrisa.
—Aprovecha cuando Annabelle este dormida y recupera tu vida sexual, te hace falta— los colores subieron a su rostro tan rápido que casi se atraganto con su propia saliva, mirando a Lovino con incredulidad que fue deformándose a vergüenza e irritación,
—No me hace falta— respondió en una protesta, su ceño frunciéndose para intentar cubrir lo sonrojado que estaba. Ese idiota, soltaba las cosas mas indecentes y directas de la nada como si fuese el tema más normal del mundo del que hablar. Pff, por supuesto, Bollocks.
—Tsk, ¿crees que me puedes engañar a mí? — se burló, alzando una de sus cejas. ¿creía que podría engañar a un detective y su mejor amigo desde hace más de veintidós años? Conocía los secretos más oscuros de ese idiota, así que no le servía de nada hacerse el santo. —Usen condón, a menos que quieras otro bebé— soltó una carcajada, caminando hacia la salida antes de que Arthur tuviera la oportunidad de tirarle algo o vengarse.
—Fuck off— fue lo único que pudo escuchar antes de cerrar la puerta tras suyo, el sonido de algo chocando contra ella solo haciéndolo reír una vez más. Si que era divertido poder volver a molestarlo.
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Diez minutos después, tal como lo habia dicho, la puerta de la casa fue abierta.
—Bonjour mes amours— saludó Francis apenas entró, pasando a la sala donde pudo ver a los dos amores de su vida sentados sobre la alfombra. Arthur fue el primero en notarlo ahí, levantándose enseguida con la bebé en brazos. Annabelle apenas lo vio comenzó a balbucear emocionada, estirando sus brazos hacia él para ser cargada. Francis la tomó, besándola con cariño antes de regresar a Arthur, besando sus labios con suavidad. — ¿Estuviste bien, cher? ¿Annabelle no dio problemas? — preguntó bajando a su pequeña de manera acusadora, pellizcando una de sus mejillas para sacarle una risa.
—No, todo estuvo bien— negó Arthur, mirándolo aliviado. Esa tarde había ido mejor de lo esperado. A parte de los pequeños gimoteos cuando vio a su papá irse, Annabelle no había llorado en toda la tarde. Aunque eso debía agradecérselo a Camillo, que la mantuvo todo el tiempo entretenida. — ¿Fue todo bien? — preguntó regresando a los ojos azules de su pareja una vez más. Podía ver la ligera fatiga en ellos.
—Oui, solo una cirugía menor— le restó importancia Francis con un suspiro, sentándose con su pequeña en brazos y meciéndola en su regazo para entretenerla. Arthur se sentó a su lado, sin hacer ninguna pregunta para ahondar en el tema. No sabía sinceramente si quería saber que era una cirugía menor para Francis, pero… el que haya salido bien lo aliviaba. Descansó su cabeza en el hombro del mayor, mirando a su hija sonreír emocionada y mover sus bracitos para intentar tomar el juguete que Francis sostenía frente suyo. Hasta ahora no podía creer completamente que ese pequeño ser tan puro hubiese salido de su cuerpo, que ella fuera cada pequeña parte suya como de Francis. Era… fascinante. Se permitió cerrar sus ojos en ese momento, relajándose por completo con la suave melodía de la voz de su hija y la risa de Francis. Ese era su hogar… era todo lo que necesitaba.
Francis solo sonrió al verlo tan relajado. No le había visto así en mucho tiempo, y eso, lo hacía feliz. Permitió que Arthur se recostara aún más sobre su cuerpo, apoyando su cabeza cerca de su cuello. Era un contacto tan íntimo y puro que su corazón se llenó con calidez, deseando poder pasar así con Arthur por el resto de su vida. Besó su cabeza con suavidad, susurrándole cuanto le amaba en ese pequeño gesto antes de regresar su vista a la bebé en su regazo. Annabelle había dejado de jugar para apoyarse contra su abdomen, una de sus manitos agarrando su camisa mientras la otra se entretenía en los botones como si fueran lo más interesante en su pequeño mundo. La dejó jugar con su camisa, acariciando su cabecita mientras tarareaba una canción de cuna.
Varios minutos pasaron en silencio, hasta que Annabelle comenzó a gimotear. Francis la meció en su regazo, mirando los ojos de su pequeña que cada vez se volvían mas acuosos. Estaba empezando a ponerse un poco irritable. Arthur subió a verlo preocupado cuando escuchó los gimoteos de Annabelle, sin saber que hacer en ese momento o porque su bebé estaba llorando, pero el suave toque de Francis sobre su hombro lo calmó, tan solo un poco.
—Shh, ma Belle— susurró limpiando las pequeñas lagrimas que se empezaban a formar en sus ojos azules, alzándola de su regazo para cargarla contra su pecho. Por la manera en la que llevaba su manito a su boca supo que era lo su bebé necesitaba en ese momento — ¿Tienes hambre, ma fille? ¿es eso? —preguntó con suavidad, recibiendo solo una tanda de gimoteos y quejas en respuesta. Si, eso parecía ser. Regresó a ver a Arthur con una pregunta en sus ojos, arrullando a la bebé en su hombro para calmarla por solo un poco más. —¿Quieres intentar alimentarla, cher? — bajo a tomar la mano del menor cuando notó la hesitación y miedo en sus ojos. Pero, bajo todo eso, también podía notar el anhelo. Anhelo de poder tener esa conexión con su hija, de poder hacer algo por ella.
—P-pero…— no sabía si era seguro. Había bebido esa semana, había fumado y estaba bajo medicación, pese a que el doctor le había asegurado que era completamente seguro para su hija, aún así, tenía miedo de hacerle daño. Ni siquiera sabía si tenía la suficiente leche para ella.
—Hey, todo debe estar bien ahora ¿oui? —intentó asegurarlo Francis con un apretón en su mano, haciéndole saber que estaba ahí para él en cualquier momento. Suspiró, asintiendo de manera apenas perceptible. Quería intentarlo. Francis asintió de vuelta al entender su decisión, uniendo sus labios en un beso suave antes de levantarse del sillón con la bebé que parecía cada vez más impaciente. Pero, no podía apresurar a Arthur. —Ponte cómodo y solo relájate, ¿d'accord? — sonrió con suavidad, ayudando al menor a acomodarse de mejor manera en el sillón para poder alimentar a su pequeña. Arthur asintió, un ligero tinte rojo cubriendo sus mejillas cuando empezó a deshacer los botones de su camisa, pero una caricia sobre su cabeza le aseguró que todo estaba bien, que no tenía de que avergonzarse frente a él. Aun así, tenía nervios. —Si a cualquier momento se siente incómodo, o duele, solo me avisas cher, puedo calentar una de las botellas— asintió en respuesta, mucho más tranquilo ante esa aseguración, y Francis en ese momento le pasó a la bebé, ayudándolo a acomodarla sobre su pecho. Instantáneamente la bebé se calmó, comenzando a beber de su pecho con hambre. Al principio si dolía, se sentía incomodo, pero poco a poco la incomodidad pasó a ser tan solo una sensación de hormigueo abrumadora. Sin embargo el sentir a su bebé tan cerca, el sostenerla entre brazos y ver la expresión relajada en su rostro era suficiente para opacar todo el dolor e inconformidad que el amamantar traía. Era una relación tán intima que envolvió a todo su cuerpo de manera cálida.
—Lo estas haciendo bien, amour— sonrió Francis aliviado, bajando a besar los labios del inglés con amor. Arthur correspondió de igual manera, relajándose en el beso, buscando más cuando esos labios se separaron. Francis se lo concedió, tomando su rostro para profundizar el contacto. El inglés suspiró en el beso, deseando poder en ese momento envolver sus brazos en el cuello de Francis. Sin embargo, se forzó a si mismo a separarse cuando sintió calor bajar a su abdomen bajo. Jadeó, cerrando sus ojos para mantener su cuerpo bajo control, regresando toda su atención a la bebé en sus brazos para olvidar el problema que estaba creciendo entre sus piernas. Fucking God… Francis sí que lo hacía… ¿Por qué estaba pensando en eso? Suspiró aliviado cuando, pocos minutos después, su hija subió a mirarlo satisfecha, su boca dejando su pecho con un gorgoteo. —Ven acá, Belle— sonrió Francis tomándola de sus brazos, apoyándola sobre la toalla que había puesto en su hombro para empezar a palmear su espalda con suavidad. Sus ojos en todo ese momento se mantuvieron en Arthur, había notado la reacción que había tenido minutos atrás, y podía seguir viendo evidencias de ello en el bulto en los pantalones de su pareja, pero, no lo molestó por eso, ni lo mencionó, porque estaba en un estado similar. —Vamos a acostarla, ¿oui? — invitó extendiendo su mano en dirección al menor, sonriendo aún más cuando lo sintió tomar su mano de vuelta. Apenas eran las ocho de la noche, pero podía ver en los ojos de su hija lo cansada que estaba de todo el día de juego con Mila y Camillo. Caminó hacia la guardería de su hija junto a Arthur, meciendo a Annabelle suavemente mientras tarareaba una canción de cuna. Poco a poco los ojitos de su pequeña se fueron cerrando, hasta que la sintió relajarse contra su cuerpo, su respiración regulándose por completo. —Siempre se duerme después de comer— Arthur sonrió enternecido a su lado, pasando uno de sus dedos por la naricita de su bebé con suavidad.
—Es tan linda— susurró para no despertarla, mirando con calidez como Francis la acostaba en la cuna con cuidado, sonriendo triunfante cuando, por primera vez, Annabelle no había protestado al ser puesta en su cuna. Parecía que esa noche dormiría de largo. Volteo a ver a Arthur, tomándolo de la muñeca una vez más para jalarlo contra su cuerpo en un beso.
—Es nuestra— suspiró al separarse, uniendo sus ojos con esos verdes que tanto adoraba, notando en ese hombre todas las facciones que tanto amaba de su hija. Ella era la mezcla perfecta entre los dos, y nunca podría agradecerle a Arthur lo suficiente por haberla traído al mundo.
—Fran— jadeó atrayendo al francés a sus labios una vez más, enredando sus brazos alrededor de su cuello en un intento de unir más sus cuerpos. Quería sentirlo, tocarlo, tenerlo tan cerca que se volvieran una sola persona. Las manos en su cadera lo hicieron gemir y que su sangre bajar sur. —Vamos a la cama— Quería tenerlo dentro.
—Como desees, amour— accedió Francis, besándolo una vez más antes de salir en rumbo a su habitación. Apenas llegaron se sentó en la cama, tomando al inglés para atraerlo en un beso necesitado que les cortó la respiración. —Ven acá— jadeó al separarse del beso, señalando su regazo, y Arthur no dudó ni un segundo en hacerlo, sintiendo la erección contra sus muslos cuando estuvo encima de Francis, sus rostros tan cerca que sintió que su pecho iba a explotar.
Manos expertas comenzaron a recorrer su abdomen, zafando los botones de su camisa mientras besaba su cuello de manera tan deliciosa que no pudo evitar gemir, buscando desesperadamente deshacerse de la ropa de Francis para sentirlo contra su piel expuesta. Pronto su camisa cayó al piso, seguida de la del francés, y sus manos empezaron a recorrer el cuerpo del otro con lujuria.
— ¡Francis! —arqueó su espalda en placer cuando la mano del mayor bajó a su erección al mismo tiempo que sus labios chupaban ese punto sensible en su clavícula que lo hacía derretirse. Con las piernas temblorosas se levantó, deshaciendo su cinturón y el botón de su pantalón para dejarlo caer por completo, dejándolo en solo su ropa interior frente a los ojos hambrientos de Francis.
Sin hesitar se arrodillo entre las piernas del francés, sus manos yendo enseguida al bulto aun en sus pantalones. Subió a ver a esos ojos azules con deseo, manteniendo el contacto visual mientras, de la manera mas lenta posible, abría el pantalón de su pareja. Francis se dejó hacer, echando su cabeza hacia atrás cuando sintió su erección ser liberada y el caliente aire de la respiración de Arthur tan cerca. Maldijo por lo bajo cuando la mano del inglés se envolvió en su miembro, apretándolo tan solo un poco antes de besar su punta. D-dieu, lo estaba torturando. Pero, justo cuando iba a quejarse, pudo sentir el calor de la boca del menor envolverlo, y tuvo que morder sus labios para acallar sus gemidos.
—Putain, Arthur… lo haces tan bien, love— jadeó tomando los cabellos suaves entre sus manos. El inglés sintió su erección doler ante esas palabras, un gemido escapando su garganta que hizo que Francis apretara las sabanas por la vibración en su miembro. —Quiero estar dentro tuyo, cher, déjame sentirte— pidió deteniendo a Arthur cuando sintió que estaba cerca de correrse, limpiando los rastros de saliva que con su pulgar. Los ojos verdes subieron a mirarlo húmedos con deseo, un gemido roto siendo la única respuesta que pudo dar. Que Francis le hablara de esa manera, que lo sostuviera de manera tan firme de la cadera y lo besara como solo él podría hacer, nublaba su mente por completo. Se dejó llevar sobre la cama, anticipación y deseo invadiéndolo por completo cuando sintió el primer dedo entrar, el frio lubricante enviando una corriente eléctrica por su cuerpo. Dos entraron, y luego tres, moviéndose con facilidad en su interior, haciéndolo apretar las sabanas cada vez que rozaban contra su próstata.
—Fran, please— rogó sin poder esperar más. Atrajo al mayor en un beso, lleno de deseo, trasmitiéndole cuanto lo quería dentro en ese momento. No podía esperar más. Y Francis lo comprendió, porque poco después pudo sentirlo entrar, en un movimiento rápido que le sacó todo el aire de los pulmones. Se estremeció, hundiendo sus uñas en la espalda del mayor cuando lo sintió salir hasta tan solo la punta, para después entrar en una embestida contra su próstata. F-fuck, estaba delirando. — ¡Francis! Más rápido, please—jadeó con la voz rota, arqueando su espalda por completo cuando el mayor obedeció su pedido, golpeando cada vez más fuerte ese punto de nervios en su interior. Unió sus labios en un beso necesitado cuando pudo sentir que su clímax se acercaba, enredando sus piernas alrededor del francés para sentirlo aún más profundo.
—Me encantas, te amo tanto— esas palabras, seguidas de un beso necesitado en sus labios hicieron que el cosquilleo en su estómago se intensificara diez veces más. Besó a Francis de vuelta, demostrándole en ese contacto cuanto lo amaba, cuanto deseaba poder sentirlo así. No fue lento, ni suave como la noche anterior, pero el amor entre ellos era el mismo. Con una última embestida de Francis contra su próstata se corrió, su cuerpo encogiéndose en placer, uno de los orgasmos más intensos de su vida. Pudo sentir al mayor también espasmar dentro suyo, su cuerpo tensándose por completo para después caer sobre el suyo, envolviéndolo con cariño.
—Je t'aime, mon lapin— sonrió separándose tan solo un poco para mirar sus ojos con adoración, Arthur subió a verlo de igual manera. Su corazón aún no regresaba a su ritmo normal, pero, aun así, lo dijo.
—I love you too, frog— unió sus labios en un beso suave, cerrando sus ojos relajado, dejando que la dicha post orgásmica le diera paso al sueño. Tan solo pudo ver de reojo como Francis tiraba el condón a la basura y murmurar contento cuando lo sintió limpiar su abdomen antes de envolverlo en brazos contra su pecho. Se dejó llevar por el intoxicante olor de Francis, apegando más su cabeza al corazón del mayor. Podía sentir su latido, como poco a poco iba cayendo a un ritmo tranquilo, reconfortante. Se sentía en casa.
•••
Paseó por su departamento inquieto. Ya mismo iba a ser media noche e Iván no llegaba a casa. Mila ya se había dormido nuevamente una hora atrás, protestando al no ver a su papá y no ser arrullada por él antes de ser colocada en su cuna. ¿Dónde se había metido Iván? ¿Y si algo le había pasado?
Cayó sobre uno de los sillones, llevando sus manos a su rostro cuando sintió sus ojos humedecerse con la probabilidad. Lo había llamado repetidamente, pero su teléfono estaba apagado. Vanya no era así. Él, pese a que estuviese ocupado, siempre contestaba. Mordió sus uñas con preocupación, mirando al pasillo que daba a la entrada del departamento, implorante de que su prometido apareciera pronto.
En ese momento, pudo escuchar la puerta abriéndose y cerrándose pocos segundos después. Enseguida se levantó, caminando hacia la entrada a paso apurado. Debía ser su pareja, y no sabía si estar feliz o enojado cuando, efectivamente, lo vio ahí, quitándose los zapatos y abrigo antes de entrar por completo, sus ojos cansados fijos en el suelo.
—Vanya— llamó con un ligero temblor de su voz, ocultando tanto alivio como enojo en ella, porque ¿Cómo se atrevía a desaparecer todo el maldito día sin contestar el teléfono ni una sola vez? Estaba tan preocupado… Sin contenerse más saltó contra el cuerpo del ruso, envolviendo sus brazos a su alrededor con fuerza. —Fucking stupid commie, no vuelvas a desaparecer de esa manera, ¿Dónde demonios estabas? — reclamó golpeando repetidamente el pecho de ese maldito, lágrimas de tanto alivio como estrés comenzaron a resbalar por sus ojos. Pero, entonces su nariz se arrugó. ¿Por qué olía a alcohol? Entre el conocido olor a su colonia podía distinguir uno más dulce, una mujer. ¿Acaso él…? Retrocedió con incredulidad, tomando sus brazos como si quemaran. Miles de posibles escenarios pasando por su cabeza. Oh, no, eso sí que no podía ser. Soltó una risa histérica, en el intento de no estallar en llanto en ese momento.
—Cálmate Fredka…— ¿Qué se calme? ¿Llegaba así a su casa y le decía que se calme? Subió a ver al mayor con rabia, empujándolo con fuerza cuando empezó a acercarse, pero ese maldito ni siquiera trastabilló.
— ¿Cómo quieres que me calme si desapareces todo el día y llegas casi a media noche oliendo a alcohol y una maldita mujer? Me dejaste solo con Mila y te fuiste quien sabe a dónde todo el día— gritó furioso, los peores escenarios haciéndose más posibles a medida que el idiota frente suyo se quedaba parado sin hacer nada. Jadeó con incredulidad. ¿Lo había engañado? ¿Era eso? — ¿Con quién? ¿Con quién fue? — apretó su mandíbula pese a cuanto temblaba su labio inferior por romper en llanto. Intento mantener la compostura, frialdad cubriendo cada una de sus palabras porque si Vanya lo había hecho, no había perdón. No lo iba a perdonar nunca. Pero él solo lo miraba con el ceño fruncido en confusión e incredulidad. Sin poder soportar un segundo más por una respuesta se volteó para irse de allí. Iba a tomar a Mila e irse para siempre lejos de ese cheater (infiel). Sin embargo, en ese momento, una mano lo detuvo con fuerza por la muñeca, jalándolo hasta dejarlo frente a esos ojos violeta llenos de enojo.
—Fredka, blin (maldición), no saques conclusiones ilógicas— ladró con voz firme, tomando al menor de los hombros con fuerza para obligarlo a verlo a los ojos, a ver la verdad tras ellos. ¿Qué demonio se le había metido adentro? —Fui a ver a mis padres, y luego de eso salí a tomar con mi hermana, esto es todo— Alfred bufó, sin creerle por completo pese a que no veía rastros de alguna mentira en sus ojos. Con un empujón fuerte separó a Iván de su cuerpo, mirándolo de brazos cruzados. Eso no explicaba porque había regresado tan tarde, y porque no había atendido el teléfono en todo el puto día.
—No me contestaste ni una maldita vez— escupió apretando sus puños, su rostro rojo por las lágrimas y el enojo. Había llamado a Iván por lo menos diez veces y nunca había recibido respuesta alguna. Si estaba con sus padres ¿Por qué no lo llamó? ¿Si estaba con Kat ¿Por qué no ocupó el teléfono de ella para si quiera decir que estaba bien? —No me voy a creer tus mentiras— su voz se quebró en ese momento, pero justo cuando se volteo para ir a encerrarse en su habitación, Iván lo detuvo nuevamente de la muñeca. Se deshizo del agarre con brusquedad, pero no se movió de ahí, no volteo a verlo una vez más. Su cabeza comenzaba a doler, y sinceramente no tenía ganas de seguir discutiendo.
—Es la verdad, blyad (maldición) — podía escuchar la sinceridad en esas palabras, sin embargo, su corazón aún no estaba seguro. La semilla de la inseguridad ya se había plantado, y la sola posibilidad de ver a Iván con alguien más le estaba matando. Sin fuerzas de alejarlo dejó que Vanya tomara su rostro, subiendo su quijada para que lo mirara a los ojos, pero se negó a hacerlo. No podía. —¿Por qué demonios te engañaría? Ya lyublyu tebya (te amo), Fredka— esas palabras hicieron toda su resistencia caer, y no se alejó cuando sintió los fríos labios sobre los suyos. Un sollozo salió de su boca cuando se separaron del beso, sus ojos subiendo finalmente a los amatista. Se sentía demasiado abrumado. El haber pasado todo el día solo con Mila y Annie, el haber conducido a la prisión donde estaba su madre, haber hablado con ella, regresar a hacer todo solo en la casa, todo de verdad lo estaba abrumando en ese momento, su mente y cuerpo estaban demasiado exhaustos en ese momento. Y ahora, esta pelea con Iván. Era demasiado. Quería creerle, de verdad quería hacerlo. Por eso, cuando Vanya lo envolvió entre sus brazos con un suspiro, no se alejó. —Te amo, y tengo una hija hermosa contigo. Eres mi familia, Fredka ¿Por qué dejaría todo eso atrás? —su corazón se derritió ante esas palabras. Abrazó a Vanya de vuelta, hundiendo su rostro en su pecho, el ligero olor femenino seguía ahí, pero ahora que sabía de quien era ya no se le hacía repugnante.
— ¿Entonces que fuiste hacer? ¿Por qué no me contestaste? —reclamó dejando el enojo caer de su voz. Iván suspiró una vez más, acariciando el cabello del menor con suavidad antes de responder,
—Mi teléfono murió, y fui a cancelar nuestra boda—explicó encogiéndose de hombros al notar como Alfred subía a verlo con incredulidad, sus ojos aun acuosos agrandándose a más no poder. Su cuerpo se congeló.
—Wait, ¿what? —¿Cancelar su boda por completo? ¿su compromiso? ¿o cancelar la fecha? Porque si era su boda, en el sentido general de la palabra, oh sí que no lo dejaría salir vivo de eso.
—No nos vamos a casar en diciembre— suspiró aliviado, sintiendo que el corazón se le regresaba al pecho. Se dejó envolver en los brazos cálidos de Iván una vez más, apoyando su cabeza contra su pecho, empezando a relajarse. En realidad, después de haber hablado con su madre ya no tenía ningún problema en casarse en diciembre, antes de que Vanya cumpliera cuarenta. Pero… ahora que podía pensar mejor en una fecha, creía tener la ocasión perfecta.
—Vanya…—comenzó con suavidad, separándose del abrazo tan solo un poco para subir a los ojos expectantes de su prometido. —Quiero casarme luego de que Mila cumpla un año— Cuando Mila cumpliera un año iba a ser una ocasión especial, y también sería más fácil el tenerla en la boda y dejarla encargada durante su luna de miel. Además, no faltaba mucho para que su bebé cumpliera su primer año, en ese tiempo podrían planear mejor las cosas.
—Fredka…— Iván bajó a verlo sorprendido, sin comprender su cambio de determinación. Tan solo esa mañana le había gritado que no iba a casarse si su mamá no estaba presente, y ahora…
—Quiero casarme contigo pronto, Vanya— confesó entrelazando sus dedos con los de Iván. Tal como le había dicho su mamá, no quería seguir desperdiciando el tiempo, ni quería arrepentirse en el futuro. —I love you, commie— susurró antes de unir sus labios en un beso casto que fue correspondido al instante.
—Ya lyublyu tebya, Fredka— volvió a besarlo Iván esta vez con más intensidad, acariciando su cabello. Cuando se separaron Alfred cayó rendido sobre su pecho, envolviendo sus brazos alrededor de ese hombre que lograría sacarle canas algún día.
—Odio discutir contigo— suspiro hundiendo su rostro aún más en el pecho de Iván, el estrés de la reciente pelea aun retumbando en su cabeza. Siempre que discutían su energía parecía drenarse por completo. Y lo peor de todo era que la mayoría de las veces discutían por cosas triviales.
—Entonces deja de sacar conclusiones estúpidas— o por la maldita insensibilidad de Iván al decir todo sin filtro alguno.
—Fucking idiot…— masculló golpeando el costado de ese imbécil, sus ojos rodando en fastidio. ¿Cómo demonios se había enamorado de un hombre así?
•••
El sonido de la alarma fue el que lo despertó ese día. Con pereza la apagó, estirándose en la cama antes de notar al cuerpo dormido a su lado, su rostro relajado sin ningún rastro de estrés. Sonrió, besando la frente de su pareja con cariño antes de levantarse. Eran aún las cinco de la mañana, así que no lo despertó. Se aseguró de arropar bien a Arthur antes de salir de la habitación, en rumbo a la guardería de su hija.
Al llegar se acercó a la cuna, notándola apenas despierta, sus ojitos abriéndose y cerrándose con pereza. Suspiró, era idéntica a su madre en ese aspecto.
—Bonjour, ma petite fille—saludó tomando a su bebé en brazos con una sonrisa, besando su cabeza. Annabelle solo parpadeó en respuesta. El sueño aún seguía claro en sus facciones. Sin mucha protesta la bebé se dejó cambiar de pañal y ropa a un vestido blanco con celeste que su tía había diseñado para ella. Francis acomodó un lazo en su cabeza, diciéndole lo hermosa que era y lo mucho que parecía una pequeña princesa. Annabelle sonrió moviendo sus piernitas, contenta al escucharlo, estirando sus brazos para ser tomada por su papá, que lo hizo sin hesitación alguna, caminando con ella hacia la cocina y encendiendo la música que tanto le encantaba.
Así comenzó su mañana, sin mucho problema de parte de su hija que parecía entretenida en sus juguetes. Pudo tomar su café matutino en relativa tranquilidad, y leer el periódico del día anterior junto con un croissant recién horneado. El día incluso estaba soleado, pese a ser Londres en otoño. Revisó su celular, encontrando en él un mensaje de su hermanita de que ya había salido de París, y que llegaría en dos horas. Solo esperaba que el viaje de regreso de su hermana fuera sin problema alguno. Le escribió, pidiéndole que lo mantuviera al tanto de todo, y dejó su celular de lado cuando recibió un corto "ok" en respuesta.
Bostezó, aun con sueño, pero ya más relajado ahora que sabía que su hermana estaba bien. Regresó a ver a su hija, notando como se llevaba un puño a la boca en una señal que con el tiempo había aprendido a reconocer.
— ¿Tienes hambre, princesa? —la bebé solo subió a verlo, sus manos agitándose sobre la silla en protesta. Si, tenía hambre. Antes de que su pequeña empezara a llorar puso un chupón en su boca, acariciando su cabecita con cariño para después volver a la cocina a calentar un biberón para su hija.
Así pasaron dos horas, en las que alimentó a su pequeña, la cambió y jugó con ella en una rutina que poco a poco se iba volviendo más sólida. Su hermana le había escrito minutos atrás avisando que ya había llegado a St. Pancras, y que estaría en casa en quince minutos, así que, en adición a cuidar a su niña había preparado todo un festín de crepes, waffles, frutas y huevos revueltos que Clarie tanto amaba en las mañanas.
Y al parecer el olor de la comida despertó a su bello durmiente, porque cinco minutos después lo pudo ver pasar por el umbral de la cocina, su cabello alborotado por todo lo que habían hecho la noche anterior, y su cuerpo apenas cubierto por una manta sobre sus hombros y unos boxers. Sonrió, se veía tan sexy de esa manera.
—Morning…— saludó el inglés aun somnoliento, fregando sus ojos con un bostezo.
—Bonjour, cher— se acercó, besando los labios de Arthur con suavidad, llevando sus manos a la piel expuesta del abdomen del menor. Ya estando más cerca podía notar las marcas en su clavícula y hombro, eso haciéndole tener ganas de deshacer la manta que lo cubría y tomarlo nuevamente en ese momento. Sin embargo, tenía dos problemas con eso. Annabelle estaba viéndolos y su hermana llegaría a cualquier momento. Arthur suspiró en el beso, envolviendo sus brazos alrededor del francés en busca de más contacto, hasta que sintió a Francis separarlo de manera suave. Subió sus ojos a los del mayor sin comprender, hasta que escuchó la noticia salir de sus labios. — Clarie llega hoy de París— lo miro Francis de manera apologética.
—N-no me lo dijiste… — tartamudeo bajando sus brazos, un ligero rubor tintando sus mejillas. En todo el tiempo que había estado ahí, Francis nunca había mencionado donde se encontraba Clarie, ni cuando regresaría. El pensamiento de verla de nuevo lo alegraba, pero al mismo tiempo lo llenaba de miedo de como ella fuera a reaccionar. No quedaron en los mejores de los términos la última vez…
—De hecho, llega en diez minutos— sus ojos se abrieron atónitos en ese momento subiendo a Francis antes de bajar a sí mismo. Estaba casi desnudo, y Clarie llegaría en diez minutos. ¿Por qué Francis no le había advertido antes? Damn. Sus mejillas se volvieron rojas con la mortificación de que Clarie los encontrara así, o peor aun haciendo lo que planeaba esa mañana.
—Fuck… voy a vestirme— gruño dándose media vuelta para regresar a zancadas a la habitación que ahora, al parecer, compartían. Francis río al verlo irse, negando con la cabeza. Ese rubor era demasiado lindo para ignorar. Adoraba que Arthur poco a poco regresara a ser el mismo de antes, e intentar iniciar cosas entre ellos, pese a que ese momento no había sido el mejor, y ahora la erección que había empezado a formarse doliera. Suspiró, ya encontrarían el tiempo más tarde. Aunque con su hermanita en casa sería todo un desafío.
—Parece que va a ser difícil que papa y mama estén un rato a solas, ¿non, cherie? —la bebé solo soltó una risa al ser cargada una vez más por su papá, llevando sus manos curiosas enseguida a su rostro, sonriendo emocionada cuando sintió un beso en contra su mano.
Pocos minutos después, el timbre de la casa sonó, y Francis supo quién era sin siquiera abrir. Dejó a Annabelle una vez más en su mecedora antes de ir a abrir la puerta, siendo asaltado enseguida por su hermana.
—Frère— fuertes brazos se envolvieron en su cuerpo, haciéndolo trastabillar tan solo un poco antes de devolver el contacto. Estaba aliviado de ver a su hermana después de una semana.
—Bienvenida, cherie. ¿Cómo te fue en Paris? — revolvió su ondulado cabello con una sonrisa, ayudándola con su equipaje pese a que era tan solo una maleta de mano.
—Estuvo hermoso, no te imaginas cuantas cosas compré para Annie— saltó emocionada entrando al departamento junto a su hermano. Sin embargo, su atención enseguida fue robada cuando vio a su sobrinita en la sala, en uno de los vestidos que ella le había hecho. Estaba hermosa. Enseguida corrió hacia ella, cargándola feliz al recibir una sonrisa de Annie. Temía que ella la olvidara en la semana que pasó en París, pero la bebé parecía reconocerla de igual manera. Entonces, su mente regresó a la noticia que su hermano le había dicho dos días atrás. Miró a su alrededor por esa persona, pero, no lo vio por ningún lado. En ese momento sus ojos subieron a los de su hermano con una pregunta. — ¿Es verdad…? — el asentimiento de Francis fue todo lo que necesitó para suspirar. Había estado demasiado enojada con Arthur, pero después de todo lo que su hermano le había contado días atrás, ya no sabía cómo sentirse. Pero, estaba feliz. Estaba feliz de que esos dos por fin estuviera juntos, y de que estuvieran intentando reparar todas las cosas entre ellos. Eso… le alegraba.
Bajó a ver a su sobrinita con una sonrisa. Ahora ella tenía a su mamá de vuelta, y sabía que él nunca más volvería a abandonarla. En ese momento, sus ojos subieron al pasillo al escuchar pasos, y allí lo vio, al hombre que había estado esperando todos esos meses. Sus ojos se llenaron de lágrimas pese a que se prometió a sí misma no llorar, y, dejando a Annie en la mecedora, fue corriendo hacia el inglés.
—Arthie— saltó a envolverlo en un abrazo, hundiendo su rostro en el pecho del oji esmeralda sin poder creer que estaba frente a sus ojos. Dieu, lo había extrañado tanto, y había tenido tanto miedo de verlo en el mismo estado que la última vez. Pero, estaba bien, podía verla, y se veía radiante. Era el Arthur que más amaba para su hermanito. —Nunca más vuelvas a desaparecer así, connard— golpeó el pecho del mayor antes de abrazarlo una vez más, como si fuera a desaparecer a cualquier momento. —Te extrañe tanto
—Clarie…— se quejó Arthur al sentir la falta de aire en sus pulmones, devolviendo el abrazo con apenas fuerzas que poco a poco la falta de aire le iba quitando. ¿Cuándo se había vuelto tan fuerte?
—Déjalo respirar, petite soeur— río Francis, acercándose a los dos cuando vio la batalla en los ojos del inglés.
—Cierto— río Clarie de vuelta, deshaciendo el abrazo con una sonrisa acuosa. Arthur le agradeció, suspirando cuando pudo volver a respirar. Francis envolvió un brazo alrededor de su cadera, besando su cabeza con cariño ante los ojos enternecidos de su hermana. Verlos así de nuevo era demasiado lindo. —Traje un montón de telas bonitas para hacerle más vestidos a Annie— anunció feliz, caminado hacia la maleta de viaje donde había logrado empacar toda la tela tras sacrificar dos pares de zapatos.
El ambiente del departamento cayó a uno relajado luego de ayudar a Clarie a desempacar y dejar todo en su cuarto, regresando a la cocina para disfrutar del desayuno aún caliente que Francis había preparado. Comieron entre sonrisas y risas, las anécdotas de esa semana que había pasado en París llenando toda la casa. Clarie suspiró, sonriendo. Se sentía como una familia de verdad. Su pecho se llenó con anhelo, algún día quería tener una familia así también. Un esposo que lo amara tanto como su hermanito amaba a Arthie, y una bebé tan hermosa como Annie.
— ¿Qué paso con la Universidad? — la pregunta de su hermano le trajo a la realidad. Parpadeo unos segundos antes de recordar, la razón por la que había viajado de vuelta a Francia en primer lugar. La sonrisa en su rostro se extendió a más no poder.
—Entré— anunció emocionada. Largos meses creando su portafolio habían valido la pena cuando escuchó esa noticia que le hizo saltar con felicidad, saliendo a celebrar con sus mejores amiga, Michelle y Emma.
—Felicitaciones— sonrió Francis feliz de que su hermana estuviese siguiendo su sueño de continuar sus estudios en París, la ciudad que se había vuelto su segundo hogar. Allí tenia a sus amigas, y en los tres años que había vivido allá, se había acostumbrado también al estilo de vida, pero…
—Pero voy a estar muy lejos— murmuro por lo bajo, haciendo un pequeño puchero. No quería estar lejos de su sobrinita por tanto tiempo, quería verla crecer, y estar con su hermanito y Arthie, pese a que sabía que los dos necesitaban su privacidad también.
—Puedes venir los fines de semana, París no queda tan lejos, cherie— le aseguró Francis con un pequeño toque de su mano. Clarie alzó a verlo con una sonrisa, envolviendo sus brazos alrededor de su hermano agradecida. Sabía que Francis pase lo que pase siempre iba a tener las puertas abiertas para ella, y que si algo pasaba siempre podría regresar a él, y Arthie. Los dos definitivamente eran su familia.
•••
Hoy era el cumpleaños de Ludwig. El primer cumpleaños que pasaban como pareja oficial, así que, tras escuchar que el alemán no había tenido una fiesta de cumpleaños desde que cumplió veintisiete, decidió con Wolfy planear una pequeña reunión familiar para celebrar el cumpleaños del hombre más importante en la vida de los dos.
Habían decorado la casa en globos y carteles dibujados por Wolfy, habían horneado un pastel y preparado la comida favorita de Lud para ese día. Ahora lo único que les faltaba era decorar el pastel y esperar a los invitados.
—No puedo creer que no hayas celebrado tu cumpleaños en tanto tiempo— río Feliciano después de ubicar los dos grandes globos que marcaban "32" en la pared de la sala. Ludwig solo se encogió de hombros. Desde que falleció su esposa no había tenido ni el tiempo ni la motivación necesaria para celebrar su cumpleaños, pero ahora con Feliciano ahí, se sentía… refrescante.
—Gracias por organizar esto, Liebe— suspiró besando los labios del italiano en un contacto casto.
—De nada, amore— Feliciano sonrió, envolviendo sus brazos alrededor de Ludwig. No podía creer que ya estuviese cumpliendo treinta y dos años, cuando el en pocos meses cumpliría treinta y siete. Se sentía viejo a comparación de Luddy, pero eso le daba una dinámica más interesante a su relación.
El timbre de la casa cortó el momento entre ellos. Los dos se miraron sin saber que hacer, hasta que el alemán lo separó con suavidad, besando sus labios una vez más antes de separarse por completo.
—Yo voy— anunció caminando ya hacia la puerta. Feliciano solo asintió, distrayéndose nuevamente en los últimos dos globos que le quedaban por inflar mientras por dentro los nervios le consumían. había dos probabilidades de quien podría estar en la puerta, o Gil y Rode con la pequeña Johanna, o… sus suegros.
—Feliz cumpleaños hijo— eran sus suegros. Su cuerpo se tensó de manera inconsciente. Era la segunda vez que los iba a ver, y la primera no había ido exactamente bien, pero… sabía que por Lud debía por lo menos sonreír e intentar llevarse bien con ellos.
—No tenían por qué molestarse— suspiró el alemán al recibir una caja de regalo de parte de su mamá y una funda de regalo de su papá. Aunque, sabía que no importaba lo que dijera, todos los años sus padres le regalaban algo por todas las fechas especiales, pese a que ya no era un niño ellos seguían tratándolo como tal.
—Sabes que es una ocasión especial— le restó importancia su padre. Ludwig solo suspiró, encogiéndose de hombros y guiándolos al interior de la casa. Tras notar la decoración alegre del lugar, los ojos de los dos mayores cayeron en el italiano en la sala, terminando de inflar los últimos globos. —Buenos días, Feliciano— Gerald fue el primero en saludar, sin acercarse por completo a la nueva pareja de su hijo. Su esposa saludó de igual manera, tan solo con una sonrisa forzada en su rostro.
—Señor y Señora Beilschdmit, buenos días— saludó Feliciano agitando su mano tan solo un poco, sus ojos viajando de Ludwig a sus suegros con un tanto de inseguridad, sin embargo, su sonrisa nunca cayó. Él había sido quien los invitó a la fiesta, pero, aun así, no sabía cómo actuar en frente de ellos. Por suerte, justo cuando sintió el ambiente empezando a ponerse incomodo, pudo escuchar pequeños pasos rápidos acercándose.
—Oma, Opa— gritó Wolfram emocionado al ver a sus dos abuelos después de tanto tiempo, saltando enseguida a abrazarlos. Los dos adultos devolvieron el abrazo, Angela agachándose a su altura para besar su mejilla con cariño.
—Schatz, ¿Cómo has estado? —pregunto la mujer con una sonrisa cálida, acariciando el cabello de su nieto.
—Gut (bien)— respondió Wolfram con una sonrisa, dejando el lado de su abuela para acercarse al italiano, tomando su mano para jalarlo en busca de atención, solo deteniéndose cuando los ojos avellana cayeron en los suyos. —Feli, Feli, ayúdame a decorar el pastel para Vati— pidió dando saltitos.
—Si, bambino— Feliciano revolvió los cabellos de rubios, sonriendo, dejando los globos ya inflados sobre la mesa de centro para arreglarlos después.
—Grazie mille— lo abrazó Wolfram con emoción, tomando su mano para jalarlo a la cocina donde el pastel que habían horneado juntos una hora atrás los esperaba ya frio y listo para decorar con toda la crema y grajeas que pudieran poner en él.
—Los dos parecen llevarse bien— murmuro Gerald cruzándose de brazos cuando los vio desaparecer por el umbral de la cocina. Aún no estaba muy cómodo con la presencia de la nueva pareja de su hijo, especialmente tan cerca de su nieto.
—Wolfram sabe que estamos saliendo— aclaró Ludwig al notar la postura de sus padres. Los dos parecieron tensarse al escucharlo. Eso, inevitablemente volvían la relación de su hijo más seria, e internamente los dos habían esperado que no lo fuera, porque aún se les hacía difícil aceptar la idea de que su hijo heterosexual fuera… gay, o bisexual. Un silencio incomodo se formó entre ellos, sin embargo, la primera en romperlo fue su madre.
— ¿Él está bien con eso? — asintió en respuesta. No quería meterse en una discusión con ellos en su cumpleaños, ni que le digan que influencias eran buenas o malas para su hijo o peor aún. Wolfram adoraba a Feliciano, y eso era lo único que importaba.
El timbre volvió a sonar, para alivio de los tres adultos. Ludwig se excusó, dejando a sus padres ponerse cómodos en la sala, y camino a abrir la puerta con un suspiro. Sabía quiénes eran, las únicas personas que faltaban esa tarde. Y, definitivamente el abrazo brusco que recibió apenas abrió la puerta lo confirmó.
— ¡Bruder! Alles gutes zum Geburtstag (Feliz Cumpleaños)— gritó Gilbert con la sonrisa más grande del mundo, palmeando su espalda con fuerza, pero Ludwig no se quejó.
—Danke Bruder— fue lo único que pudo responder, curveando sus labios en una sonrisa.
—Alles gutes zum Geburtstag (Feliz Cumpleaños), Lud— felicitó Roderich tras ellos, sosteniendo a una emocionada Johanna en brazos.
—Danke, Rode— agradeció cuando los brazos de su hermano lo dejaron de apretar, su mirada posándose con cariño en su sobrina. Cada día estaba más grande. —Hola, Johanna—saludó tomando a la bebé cuando Roderich se la ofreció, acariciando su cabecita llena de cabellos blancos como los de su hermano, adornada con un lazo rojo que combinaba con sus ojos.
— Esta tan grande ¿verdad? —sí, definitivamente estaba más pesada que la última vez que la cargó. Entraron a la casa, con los balbuceos de la pequeña llenando el ambiente de felicidad. O por lo menos hasta que Gilbert vio a los dos mayores en la sala. Pero, no peleas hoy. —Mutter, Vater—saludó lo más civilizada y frio posible, como todos los meses que les había estado viendo "no invitados", cabe recalcar, en su casa. Roderich pellizcó su costado en un regaño al notar su típica hostilidad hacia sus padres, saludándolos cordial con una inclinación de su cabeza.
—Johanna ha crecido un montón— mencionó Gerald acercándose a la bebé en manos de su hijo. Ese mes no la habían ido a visitar por falta de tiempo y definitivamente podían notar el cambio en ella.
—Hoy cumple ocho meses también— sonrió Roderich de manera ligera, observando como su bebé era tomada por su abuelo esta vez, sus manitos enseguida yendo a jugar con los largos cabellos que ya empezaban a tornarse cada vez más blancos. A su lado Angela la miró con devoción, haciéndole gestos a la pequeña que le sacaron risas divertidas. Gilbert solo rodó los ojos, dejándolos ser, solo porque sabía que se ganaría una reprimenda de Rode si decía algo malo contra sus padres nuevamente.
—Johannchen— vino la voz emocionada de Wolfy desde la cocina, acercándose con una nariz llena de crema que hizo sonreír a todos los adultos. El pastel estaba ya listo y decorado en la mesa junto a toda la comida que habían preparado. Feliciano se les unió, siendo enseguida abrazado por la cintura por Ludwig, recibiendo un beso en su frente en agradecimiento. La tarde continuó con tranquilidad, mucho mejor de lo que todos habían esperado fuera un encuentro algo… caótico. La música y las cervezas, acompañada de las risas de Wolfram y Johanna hacían toda la velada mil veces más animada, y sorprendentemente ni Gilbert ni sus padres habían comenzado una discusión.
— ¿Tienes planes para hoy? —le codeó Gilbert con una sonrisa a su hermanito, acompañándolo a la cocina por más cervezas. Ludwig solo se encogió de hombros, un tinte rosado cubriendo sus mejillas que le indicó a su hermano que, definitivamente, iba a hacer algo esa noche.
—Planeaba pedirle matrimonio a Feliciano— se atrancó con su cerveza apenas escuchó esas palabras, susurradas en un tono tan bajo que no sabía si estaba escuchando bien o no. Eso, señores y señoras, sí que no se lo había esperado.
— ¿Was? Oh Gott… ¿en serio? — pregunto después de recuperar su aire nuevamente, sus ojos buscando los de su hermano por una respuesta de que no, definitivamente no había escuchado mal. Ludwig asintió, desviando su mirada sonrojado. Oh Gott, eso de verdad estaba pasando. —Me alegra mucho, Bruder— abrazó a su hermano, parpadeando sus ojos porque definitivamente no se estaba poniendo emocional. Por fin su estado civil iba a pasar de viudo a casado, y la persona que había escogido era simplemente perfecta para él. Estaba de verdad feliz, y no a punto de llorar.
—Ludd, ven, debes soplar las velas del pastel— el llamado de Feliciano los hizo separarse, Gilbert felicitándolo una vez más antes de dejar que su hermano vaya con su novio y ahora futuro esposo. Oh, Gott, sí que no lo podía creer.
—Ja, ja…— contestó el alemán caminando hacia el comedor cuando escuchó su nombre siendo llamado una vez más, dejando a su hermano en la cocina. Gilbert se apoyó contra el mueble de mármol, sin poder contener la sonrisa en sus labios.
— ¿De que estaban hablando? —la voz de su esposo lo trajo de vuelta a la realidad, pero aun así no pudo dejar de sonreír. Esas noticias se debían celebrar, bueno, una vez Feli acepte la propuesta de su hermanito.
—Es una sorpresa, Schatz— contestó atrayendo a Roderich en un abrazo, besando sus labios aún sin poder dejar de sonreír. —Vamos, hay un pastel esperando— el austriaco rodó los ojos, pero no se negó a la mano que bajó a entrelazarse con la suya al salir de la cocina.
—Ma…ma— llamó Johanna en un grito apenas lo vio aparecer, estirando sus bracitos para ir con su mamá. Gerald la entregó y la pequeña empezó una tanda de balbuceos emocionados.
— ¿Was ist los, kleine (que pasa, pequeña)? — acarició la mejilla de su niña, besando su nariz para escuchar una risa contenta que derritió el corazón de todos en el hogar. Cuando las velas se encendieron y la canción de cumpleaños empezó a sonar los balbuceos de la bebé incrementaron, su manito señalando en dirección al pastel. Gilbert río al verla, negando con la cabeza.
—Parece que también quiere soplar el pastel— Ludwig sonrió, tomando a la pequeña en brazos para conceder su deseo, soplando las velas junto a su sobrina. La casa se llenó de aplausos y felicitaciones cuando la llama de las dos velas fue apagada. Wolfram se lanzó a abrazarlo, diciendo una y otra vez lo mucho que lo quería. Alzó a ver a Feliciano que lo miraba con cariño y alegría. Sin importar que sus padres estuvieran allí o que los ojos de todos los presentes estuvieran sobre ellos, jaló a Feliciano en un beso tierno. Definitivamente era el día perfecto.
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Terminó de arreglar su traje en el espejo de cuerpo completo del baño. Sus manos estaban sudando sobre la caja roja que apretaba en el bolsillo de su pantalón. En pocos minutos estarían conduciendo al restaurante que habían reservado para esa noche, y… en pocos minutos estaría pidiéndole matrimonio al hombre del que se había enamorado por completo.
Chequeó una vez más su cabello en el espejo y ajustó su corbata por decima vez. No estaba yendo muy rápido ¿verdad? Esperaba que no. Con un suspiro y una última vista de su apariencia salió del baño, caminando hacia el walk-in closet donde Feliciano se había estado cambiando.
— ¿Estas listo, Schatz? — preguntó entrando a la habitación en un traje negro elegante con una corbata y zapatos a la par. Feliciano apenas lo vio sonrió con aprobación, adorando el pequeño sonrojo que acompañaba el rostro de Ludwig.
— ¿Te gusta? — giró mostrando todo el outfit que había escogido para esa noche con orgullo. Era un traje azul marino tallado a su cuerpo, con un de cuello de tortuga negro por debajo y zapatos blancos.
—Perfekt (perfecto)— sonrió Ludwig besando sus labios con suavidad, antes de entrelazar sus dedos en un agarre firme. —Lass uns gehen (vamos)
— ¡Partiamo! (¡vamos!) — caminaron juntos fuera de la casa, subiendo al carro para conducir al restaurante a diez minutos de allí, sin preocupaciones o impedimentos algunos de pasar toda esa noche solo para ellos. Wolfy se había quedado con sus abuelos, y Gilbert había accedido a cuidar a los perros, así que esa noche estarían solo los dos. —Este lugar é bellissimo— los ojos del italiano brillaron de asombro y felicidad cuando llegaron al restaurante y fueron dirigidos a la mesa que habían reservado, alejada de los demás clientes con una vista hermosa a la ciudad. Ludwig solo pudo asentir, aliviado de que Feliciano estuviera disfrutando tanto el lugar. La comida, tal como lo habían esperado, fue exquisita. Y el vino junto al postre solo hicieron que el italiano sonriera en verdadera satisfacción. Era la cena perfecta.
—Feliciano…— Subió a ver de su plato ya vació a su pareja, notando el nerviosismo y determinación en esos ojos azules. Parpadeó con curiosidad. No entendía porque estaba así.
— ¿Si, amore? — lo escuchó tartamudear un rato, intentando encontrar sus palabras, hasta que lo vio ponerse de pie con determinación, para después caer en una rodilla frente suyo. Su respiración se detuvo cuando se dio cuenta de lo que estaba pasando. Oh Dio… ¿en verdad estaba pasando? —Feliciano, ¿Quieres ser mi esposo? — su mente se puso en blanco por breves segundos, su cerebro procesando y repitiendo esas palabras una y otra vez antes de entenderlas. Sus mejillas se pusieron tan rojas que parecía un tomate, pero no le importó en ese momento. Solo le importaba ese hombre frente suyo que cada segundo que pasaba sin responder parecía volverse más pequeño.
— ¡Si! ¡Si! Ti amo molto, Luddy— respondió finalmente, saltando a los brazos abiertos del alemán y uniendo sus labios en un beso desesperado. Oh Dio, estaba tan feliz, tanto que no sabía cómo expresarlo. Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Ich liebe dich auch Feli— Ludwig lo apretó contra su pecho, sin querer separarse, y sinceramente, él tampoco quería hacerlo. Pasaron unos buenos segundos abrazados, ninguno queriendo separarse. En ese momento el mundo a su alrededor desapareció. No escucharon los aplausos y felicitaciones a su alrededor cuando volvieron a besarse, ni el mesero pasándoles un pastel extra cuando deslizó el anillo dorado de tomate en el dedo anular del italiano, sacándole una risa. Eran solo los dos en ese momento, y no pudo haber sido más perfecto.
•••
Su ojo tembló cuando terminó la llamada con su gemelo. Feliciano se escuchaba putamente feliz como para estarse casando con un macho patatas que daba miedo. No era que no estuviese feliz por el, lo estaba, pero la noticia no se la había esperado, para nada… bueno, quizás sí pero había esperado que su instinto hubiese estado mal por si quiera un poquito más. Suspiró, dejando su teléfono sobre la cama antes de salir de su habitación.
Caminó hacia la cocina, atraído por el delicioso olor del almuerzo de esa tarde. Al llegar al comedor fue recibido por la imagen de Antonio alimentando a su bebé con avioncitos, Camillo riendo emocionado con cada bocado de comida que recibía. Sonrió, acercándose para envolver sus brazos alrededor de su esposo.
—Buenos días, amor— lo besó Antonio, sonriendo de igual manera al verlo.
—Buenos días, amore, bambino— los saludó a los dos, cargando a su hijo en brazos para besar su cabecita. Camillo balbuceó emocionado, regalándole la sonrisa más pura que lograba derretirlo por completo cada vez. Su hijo era hermoso, y ya estaba tan grande que cada mes deseaba que el tiempo pasara más lento para poder disfrutar un ratito más a su bebé. Suspiró, apoyando su cabeza en el hombro de Antonio cuando lo sintió abrazarlo por la espalda. Entonces, recordó la conversación de esa mañana. —Mi hermano se va a casar— anunció meciendo a Camillo en sus brazos, sus ojos regresando a los curiosos de su esposo.
— ¿Cuál de los dos?
—Feliciano— Dios, Romeo era aún demasiado joven pasa casarse. Bueno, no… pero aun así, era su hermano menor, siempre sería demasiado joven para todo.
— Me alegra mucho— sonrió Antonio con sinceridad. Feli y Ludwig hacían muy buena pareja, se veían felices juntos, y el hijo de Ludwig era un amor. De seguro Gil estaría igual de feliz de ver a su hermanito casarse nuevamente luego de lo que había pasado con Olivia. — ¿Cuándo se lo propuso?
—Ayer— wow, en su cumpleaños. No tenía dudas de que había sido una sorpresa hermosa para Feliciano. El tan solo imaginárselo le hacía sonreír y recordar ese día ocho años atrás en el que había estado en la misma posición. Decir que había estado nervioso era poco.
— ¿Recuerdas el día en el que te propuse matrimonio? —Lovino asintió, soltando una risa a la par de su esposo. Nunca olvidaría ese día.
—Pensé que era una broma— negó con la cabeza, necesitó sentir el anillo en su dedo para caer en cuenta de que Antonio no estaba bromeando e iba en serio con la propuesta. —Cuando te dije que quería una lista de todos los pros y cons no esperé que lo tomaras en serio— y cuando decía en serio, se refería a en serio. Antonio había hecho una lista de más de cinco páginas nombrando todos los pros y contras tanto legales como sentimentales de casarse con él. Desde ahí aprendió a no bromear con Antonio sobre cosas así.
—Me subestimas, amor— río el español, alzando su rostro para poderlo besar con suavidad.
—Eres un idiota— negó con la cabeza al separarse del beso, dejando que las manos de su esposo comenzaran a recorrer su abdomen lentamente. Su respiración se cortó, pero no lo detuvo. Cerró sus ojos, apoyándose aún más contra el pecho del español.
—Nuestra boda fue hermosa— el susurro contra su oído le dio escalofríos. Apoyó a Camillo más sobre su hombro cuando esas manos empezaron a subir más por su pecho, tocándolo de manera peligrosa.
—Hacía demasiado calor en Barcelona como para ser hermosa— respondió con la voz entrecortada. Ese día aún seguía claro en su memoria, la ceremonia en la playa, la música alegre acompañando la fiesta, la gente bailando feliz en celebración de su unión. Nunca se había sentido más feliz, pese al calor y la humedad, si, había sido hermosa.
—Pero la disfrutaste, ¿no? En la arena, en el mar, en el hotel — su piel se erizó por completo cuando sintió la respiración de su esposo en su cuello. Su boca estaba demasiado cerca de su oreja. Pero mantuvo su compostura.
—La arena es algo que no volvería a repetir— respondió con la voz más estable que pudo en ese momento, no dejando que las manos en su cintura y la respiración en su oreja le quitaran la compostura.
— ¿Estás seguro? — el susurro de Antonio contra su cuello lo hizo apretar más el cuerpecito de su bebé contra el suyo.
—Tal vez si me convences lo suficiente— Estaban entrando a un territorio demasiado peligroso. La sangre estaba empezando a bajar en su cuerpo, pero, intentó distraerse y calmarse. Enfocó todos sus pensamientos en el dulce bebé que ahora se encontraba somnoliento en sus brazos.
—Este fin de semana, podemos dejar a Cami con su abuela— Oh Dio, que Antonio lo quería matar en ese momento. O más bien, a ese paso él iba a ser el que matara a Antonio si continuaba tocándolo de esa manera. El beso en su cuello lo estremeció más de lo que iba a admitir, y las manos dirigiéndose peligrosamente a su abdomen bajo no ayudaban. —No hemos ido a Barcelona desde nuestro matrimonio— No, ya eran más de siete años y oh sí que la oferta sonaba tentadora. En ese momento, cuando Antonio lo apegó aún más a su pecho pudo sentir la erección rozar sus muslos y manos sobre su pantalón. Dios, no, no, no.
—Vaffanculo di merda, no frente al bambino— gritó separándose sonrojado, golpeando el hombro de Antonio al sentir el bulto en sus propios pantalones crecer. Merda, tenía a su hijo en brazos, maldizione. Respiró agitado, intentando pensar en algo que le bajara la calentura sin éxito alguno, no con ese maldito dios griego frente suyo. ¿Por qué tenía que haberse casado con un hombre tan atractivo? Merda—Tsk, está bien, avísale a tu mamá y nos vamos— accedió yéndose de allí a zancadas, a la guardería de su bambino para acostarlo a dormir, porque las cosas definitivamente no se iban a quedar así con Antonio.
—Ok, mi amor— lo escuchó cantar desde el comedor. Ese maldito…
•••
Gilbert saltó de felicidad esa tarde. Besó la mejilla de su hija y los labios de su pareja sin poder contener la emoción que sentía en ese momento tras recibir el mensaje de su hermano. Gott, que tenían que celebrar y a lo grande porque la ocasión se lo merecía.
Roderich lo miró sospechoso cuando se acercó al comedor con una taza de café y una sonrisa imborrable en su rostro. Todo, hasta que escuchó la noticia.
—Ludd se va a casar de nuevo— parpadeo tres veces, antes de formar una "o" cuando procesó la noticia en su cabeza.
— Envíale mis felicitaciones— sonrió de manera sincera. Ya eran más de cuatro años desde la muerte de Olivia, y pese a que era algo que aún seguía doliendo, le alegraba en verdad que Ludwig hubiera decidido continuar con su vida, y ser feliz junto a la persona que ahora amaba. En verdad estaba feliz por él.
— ¿Quién lo diría? Ludd casándose con un hombre. Mis padres deben estar revolcándose por dentro— la carcajada de Gilbert resonó en toda la habitación, haciendo que Johanna también riera de igual manera. Roderich negó con la cabeza, tomando a su hija de la silla para bebé para alimentarla.
—Ya parecen haberlo aceptado— se encogió de hombros, acomodando mejor a Johanna en su pecho. El día anterior parecían haber estado más cómodos con toda la situación que en el banquete de navidad el año pasado, y definitivamente ver la manera en la que Wolfram adoraba a Feliciano y viceversa debió haberlos ablandado más a la situación. Gerald y Angela definitivamente estaban aprendiendo a aceptar las relaciones y sexualidad de sus dos hijos, y estaban intentando reparar la relación entre ellos. Asistieron a su boda después de todo, y pese a cuanto Gilbert seguía odiándolos, intentaban visitar a Johanna por lo menos una vez al mes. Era su nieta y pese a que había nacido de dos hombres, la adoraban.
—Ja, klar. No les queda otra opción— Roderich suspiró, su marido sí que era terco. Gilbert rodó los ojos, negando con la cabeza. Aún dudaba de las "buenas intenciones" de sus padres y de la sinceridad de sus disculpas y cambio de corazón. Pero bueno, ese no era el momento, ahora tenían algo feliz que celebrar —Me alegra que mi hermanito se esté dando la oportunidad de amar de nuevo— abrazó a Roderich con una sonrisa, besando su cabeza antes de posar sus ojos sobre el rostro relajado de su bebé. Ellos también se habían dado la oportunidad de amar de nuevo, pese a todo lo que había pasado entre ellos, a cuanto se habían lastimado en el pasado. Pero, nunca se arrepentiría de haberse dado otra oportunidad de ser felices juntos. No cambiaría a su familia por nada en el mundo.
•••
Subió sus ojos al cielo estrellado con un suspiro, sus manos sosteniendo la taza caliente de chocolate en busca de un poco de calor. Dentro de poco comenzaría el invierno una vez más. Ya iba a ser un año desde que todo en su vida se había derrumbado, desde el colapso de su hermano, su muerte, su separación de Francis. ¿Cómo es que el tiempo había pasado tan rápido? Ahora… estaba feliz.
"Scott… "
Sus ojos se humedecieron. Su garganta de contrajo. El último deseo de su hermano cayó pesado en su pecho. Inconscientemente arrugó la carta que había recibido meses atrás, esa que había decidido leer una vez más.
"¿Puedes verme…?"
El último deseo de su hermano pesó en su pecho. Quería llorar, pero forzó una sonrisa hacia el cielo. Deseaba poder tenerlo a su lado, verlo tan solo una vez más. Que Scott pudiera ver a la hermosa niña que tenía, que pudiera ver lo mucho que no podía dejar de sonreír todos los días.
"Soy feliz, hermano… estoy verdaderamente feliz"
Una lagrima inconsciente resbaló por su rostro, pero la limpió enseguida. No quería llorar. Pero, los recuerdos aún dolían demasiado. Apretó sus manos más alrededor de la taza de chocolate caliente, tomando un sorbo para calmar el apretar de su garganta tan solo un poco.
Pasos suaves acercándose tras suyo lo hicieron bajar su mirada, intentando olvidar la pesadez en su pecho. Sabía que, frente a Francis, no tenía por qué ocultar lo que estaba sintiendo, pero, aun así, no quería preocuparlo. No cuando estaba seguro de que había salido de una batalla cansada con su hija.
—No puedo creer que ya tenga seis meses— suspiró Francis parándose a su lado. Arthur suspiró de igual manera al escucharlo, alejando su mente del pasado para poner toda su atención en el presente.
—Creció demasiado rápido— aún podía recordar la primera vez que la sintió conta su pecho. había sido tan pequeña y frágil cuando nació… y, ahora estaba tan grande y llena de vida que parecía irreconocible.
—Oui— asintió Francis de acuerdo. El tiempo pasaba demasiado rápido cuando cuidaba de Annabelle. Dentro de poco ya estaría hablando y gateando por toda la casa. Sin embargo, algunas cosas nunca cambiaban. —Sigue odiando dormir en su cuna—Arthur suspiró, bajando sus ojos a la taza de chocolate. Los primeros días el escuchar cuanto lloraba su hija a la hora de dormir le había roto el corazón, no podía tolerar sus pedidos de no ser abandonada. El ver el terror en los ojos de su bebé cuando la querían dejar sola dolía demasiado, porque se sentía culpable por como la había tratado los primeros meses, de que ella haya desarrollado ese miedo por su culpa. Dos meses después, aún se le hacía difícil escucharla llorar cuando la ponían en su cuna, por eso, prefería dejarle ese trabajo a Francis. Apoyó su cabeza en el hombro del francés, suspirando contento cuando sintió una mano alrededor de su cadera y unos labios sobre su cabeza. Relajó su cuerpo contra el de Francis, el calor del cuerpo del mayor envolviéndolo por completo. Amaba estar así. —Gracias por estar a mi lado— su corazón comenzó a latir demasiado rápido en su pecho. Culpó el sonrojo de sus mejillas al frío de la noche, definitivamente no a las palabras de Francis. ¿Cómo podía soltar cosas así de la nada?
—Yo debería estar diciendo eso, idiot— masculló desviando su mirada, en un intento de que Francis no notara su sonrojo, pero por la risa que escuchó sabía que ya era demasiado tarde. Bloody frog.
Una mano bajó a entrelazarse con la suya, subiéndola a la luz de la luna antes de besarla con cariño. Sus mejillas se sonrojaron aún más por la cursilería, pero no dijo nada cuando Francis comenzó a acariciar su dedo anular. No pensó mucho de eso, solo se dejó hacer. Tampoco se alejó cuando Francis lo atrajo en un beso suave, la mano antes sobre la suya bajando a su cadera para juntarlo aún más. Subió a los ojos azules cuando se separaron, derritiéndose en el brillo tan único de ellos.
Francis sonrió, besándolo una vez más antes de separarse tan solo un poco para sacar el pequeño objeto que estaba guardando en su bolsillo. Los ojos esmeraldas se abrieron incrédulos al notar que era, subiendo al rostro del mayor en busca de una explicación.
—Se que no es tan romántico como la primera vez, pero… — su aire se cortó cuando sintió a Francis tomar su mano, esos ojos cayendo sobre los suyos de manera electrizante. —Arthur Kirkland, ¿quisieras ser mi prometido una vez más? — soltó un bufido, desviando la mirada. Sus mejillas estaban ardiendo. ¿No era obvia la respuesta? Además…
— ¿No se supone que yo era el que te lo debía proponer? — Francis río, negando con la cabeza. Arthur golpeó su hombro, pero no se quejó cuando el idiota lo abrazó por la espalda.
—Te gané una vez más, cher— Huh, ya quisiera. Se volteó en el abrazo, separándose retrocediendo un paso para poder ver el brillo divertido en esos ojos que tanto amaba.
—Tsk, eres un tramposo— lo regañó pellizcando su costado. Francis solo río una vez más, pero lo calló jalándolo para unir sus labios en un beso suave, demostrándole cuanto lo amaba en ese contacto. Pese a cuanto a veces podía enojarlo ese hombre, no lo cambiaría por nada del mundo. — Si… si acepto, idiot— respondió entrelazando sus manos. Francis sonrió, abrazándolo sin poder contener su emoción.
—Te amo— no importaba cuantas veces escuchara esas palabras, siempre hacían que su corazón de un vuelco. Abrazó a Francis de vuelta.
—Yo también— Francis besó sus labios una vez más antes de tomar su mano, deslizando el anillo dorado en su dedo anular. Le quedaba perfecto. Una sonrisa adornó sus labios, era perfecto. —Al fin tengo mi anillo de vuelta— estiró su mano para poder admirar mejor el anillo bajo la luz de la luna con orgullo. Nunca se lo quitaría en toda su vida. Francis negó con la cabeza, sonriendo de igual manera. Del bolsillo de su pantalón sacó el collar que también había guardado allí, ese que fue su primer regalo para Arthur.
—Y este collar— Con suavidad, lo ubicó alrededor del cuello del inglés, ante su mirada sorprendida. Los ojos esmeraldas se humedecieron al sentir el peso tan familiar sobre su pecho, sus manos yendo al pequeño silbato plateado con nostalgia. —Sigue siendo tuyo, siempre lo será— Arthur subió a verlo con los ojos acuosos. Quería abrazarlo tanto en ese momento, besar sus labios y decirle cuanto lo amaba una y otra vez, pero lo único que pudo hacer fue apretar el collar en su puño, con miedo de perderlo una vez más. El quitárselo después de tantos años había dolido demasiado. Y ahora, el sentirlo una vez más lo llenaba de calidez. No sabía cómo agradecer a Francis, no sabía que había hecho para tener a una persona como él. Francis bajó a besarlo, entendiendo todo. Entrelazó sus manos con las frías de Arthur, apretándolas con cariño. Lo amaba demasiado, y estaba feliz de tenerlo a su lado por toda la eternidad. —Entremos, está haciendo frio— acarició el rostro del menor con una sonrisa cálida. Arthur negó al sentirlo comenzar a caminar hacia el interior del departamento, tomándolo de la muñeca para detenerlo.
—Abrázame un rato más— pidió. Quería sentir el cuerpo cálido de Francis contra el suyo en el frío de la noche solo por un rato más. El francés asintió, comprendiéndolo. Con suavidad envolvió sus brazos alrededor del menor, apegándolo a su pecho. Arthur soltó un suspiro contento, descansando su cabeza en el hombro del francés. Amaba que Francis lo abrazara por detrás.
Se quedaron así hasta que el chocolate caliente se volvió frío, y las luces de la ciudad empezaron a apagarse poco a poco.
—Alfred envió esto— puso un sobre elegante de color crema con dorado encima de la mesa. Arthur lo tomó con curiosidad, pese a que, por el aspecto, tenía un presentimiento de que era. Y no se equivocó cuando allí adentro encontró una invitación a la boda de Iván Braginsky y Alfred Jones. Era para el primero de marzo. —Vamos a tener demasiadas bodas el próximo año— suspiró Francis sentándose a su lado. Feliciano y Ludwig iban a casarse en enero, y ahora Alfred e Iván en marzo. La suya aún no lo decidían, pero, tres bodas en un año sí que sería una experiencia única. Arthur solo asintió con un pequeño "Hmmm", frunciendo el ceño con sus ojos fijos en la fecha de la boda de Alfred. Un puchero se formó en su rostro, y no pudo hacer más que suspirar. Francis lo miró curioso al escuchar su suspiro, pero solo negó con la cabeza para no preocuparlo. No había nada malo, solo que…
—Yo quería casarme en marzo— admitió cruzándose de brazos. El francés formó una "o" con su boca al comprenderlo. Alzó una ceja en cuestionamiento, curioso del por qué Arthur había escogido ese mes en particular. — ¿Te acuerdas cundo empezamos a salir? — sus ojos se abrieron sorprendidos al escucharlo. Arthur alzó a verlo expectante, sus brazos cruzándose una vez más. Por supuesto que lo recordaba, pese a que iban a ser ya casi diecinueve años recordaba ese día como si fuese ayer. Sin embargo, solo por propósitos de diversión, fingió estar confundido, riendo por dentro cuando vio el ceño de Arthur fruncirse aún más. —Fue el veinte de marzo, wanker— ladró el inglés golpeando su hombro.
— Oh…— continuó con su acto hasta que vio las intenciones de Arthur de levantarse y dejarlo dormir en el sillón esa noche. —Estoy bromeando cher, por supuesto que me acuerdo— río tomando la mano del menor para evitar que se fuera, atrayéndolo en un abrazo contra su pecho. Estaba feliz.
—Bloody frog— lo insultó en un suspiro, pero no lo alejó. No podía estar enojado con ese idiota, no cuando podía ver el amor y devoción en sus ojos.
—Oui, oui, je t'aime aussi— sonrió Francis, bajando a besarlo contento. El saber que después de todos esos años, Arthur seguía acordándose de esa fecha lo llenaba de calidez. Nunca pensó, ese día hace diecinueve años que su amor crecería a ser lo que era ahora, que terminarían en un futuro tan enredado, uno que los había destruido y reconstruido tantas veces que había vuelto el amor entre ellos aún más fuerte, capaz de superar todo obstáculo que se pusiera en su destino. Diecinueve años atrás habían sido tan solo un par de adolescentes experimentando el primer amor, y ahora, eran adultos, habían formado una familia con su hermosa hija, y pronto unirían sus vidas para siempre. —Arthur… — los ojos verdes subieron a verlo curiosos, pero su respiración se cortó al ver a Matthew en ellos. Sonrió, acariciando el rostro del menor con nostalgia. —Gracias por ser mi hogar— No podía pedir nada más.
