34
Al final de la tarde siguiente, Candy tuvo que ocultar un bostezo con la mano. Había sido un día largo después de una noche corta... muy corta. Mirando por debajo de las pestañas al hombre que cabalgaba a su lado, esperó que no se hubiera dado cuenta. Por suerte, Albert parecía absorto en su conversación con Anthony y Archie.
Cambió de posición en la silla, incómoda. Le irritaba reconocerlo, pero empezaba a sentirse dolorida después del tiempo que llevaba sin montar a caballo durante tanto rato. Habían recorrido una distancia mucho mayor de la que se proponían al principio-una distancia de casi seis leguas—, más allá del pueblo costero de Bracadale y casi a medio camino de Sligachan antes de volver hacia Dunvegan. El esplendor de la primavera renovando el campo con sus vibrantes colores de belleza nueva los había animado a seguir. Los matices de lavanda y el verde claro de los brezales ondulaban con la brisa. Candy se alegraba de la oportunidad de salir de Dunvegan y explorar Skye, pero se estaba haciendo tarde y el agotamiento debido a la excitación de los días anteriores estaba pudiendo con ella.
Albert le había advertido que sería muy cansado, en especial después de su celebración de la victoria, pero Candy había insistido en acompañarlo a él y a sus hombres cuando escoltaron a su propia familia, a Argyll y a los MacCrimmon durante parte del camino de su largo viaje al sur, hacia Armadale. Ahora deseaba haber hecho caso de su advertencia. Apretó los labios. Nunca lo admitiría ante Albert. La miraría con aquella expresión inescrutable, pero ella sabía exactamente lo que estaría pensando: Ya te lo dije.
La conocía muy bien. A veces, le parecía que mejor de lo que se conocía ella misma.
Los pensamientos de Candy volvían una y otra vez a la noche anterior. Incluso con todas las veces que habían hecho el amor durante los últimos meses y habiendo eliminado por completo su inocencia, no podía impedir el profundo rubor que aparecía en sus mejillas al recordar su muy voluntario sometimiento a aquel guerrero saqueador decidido a causar nuevos estragos en sus sentidos.
Y la noche anterior, él no se había guardado nada, se había vaciado muy dentro de ella.
Trató de no dar mucha importancia a lo sucedido, pero era imposible no acariciar esperanzas. Albert no era un hombre que cometiera el mismo error dos veces; en especial cuando tan cuidadoso había sido desde aquella primera noche. ¿Estaba empezando a verla como parte de su futuro? ¿Un futuro que, después de su conversación con Ian, parecía posible? Lo único que tenía que hacer era darle largas a su tío y encontrar el medio de que Albert tuviera las tierras que eran el origen de la enemistad, un medio que no entrañara la boda con otra. Candy no carecía de amigos en la casa real. Tal vez podía ayudar a Albert. Pero ¿cómo?
Una brisa fuerte e inusualmente cálida, procedente de la costa, le soltó un mechón de pelo de su sujeción. Los mechones dorados y sedosos volaron caprichosamente a través de su cara, haciéndole cosquillas en la nariz e impidiéndole ver por un momento. Irritada, Candy cogió el rizo rebelde con los dedos y lo sujetó detrás de la oreja.
Habían salido de Dunvegan poco después de desayunar, pero ya se estaba acabando el día. El sol, matizado de rosa, se demoraba en el horizonte del final de la tarde mientras rodeaban los bosques y llevaban sus monturas hacia el pueblo de Dunvegan, a solo unos estadios de distancia. Pronto podría relajarse. El incidente del bosque seguía demasiado fresco en su memoria, y se alegraba de que Albert hubiera insistido en tomar la ruta más larga, dando un rodeo, en lugar de arriesgarse a sufrir otro ataque dentro del mismo. Se preguntó si era en beneficio suyo. ¿Se daba cuenta de cuánto la aterraba la oscuridad sombría de los árboles?
Perdida en sus pensamientos, no vio que Albert la estaba observando.
—¿Cansada?-le preguntó con aire inocente.
Candy enderezó la espalda y echó hacia atrás los hombros, sin hacer caso del ramalazo de dolor en su castigada espalda.
—En absoluto.
—Muchacha terca-dijo él riendo—. No te preocupes; ya no falta mucho.
—¿Llegaremos antes de que anochezca?
Albert asintió.
—Iremos más rápido cuando vuelva Tom.
Habían avanzado despacio, para que Tom y un grupo de guerreros se adelantaran a reconocer el terreno. Albert no quería correr ningún riesgo. Una vez acabada la asamblea de las Highlands y la tregua temporal, Candy sabía que Albert preveía un ataque de los Mackenzie. De hecho, Archie, al mando de un pequeño grupo de guerreros MacAndrew, había seguido a los Mackenzie, a primera hora de la mañana, para asegurarse de que dejaban Kyle Akin, desde donde cruzarían hasta Kyle of Lochalsh. Albert también había vigilado de cerca a Sleat, que iba en el mismo grupo de la familia de Candy hasta el castillo de Dunscaith. Dunscaith estaba muy cerca de Armadale, desde donde Argyll y el padre de Candy cruzarían hasta Mallaig.
Aspiró el aire empapado de sal. El mar estaba cerca. Las barcazas ancladas a lo largo de la costa, en el pueblo, los llevarían de vuelta a Dunvegan.
Las fuertes risas de los hombres resonaban en sus oídos. Los MacAndrew seguían disfrutando del brillo de su rotunda victoria. Durante la mayor parte del viaje, se había visto sometida a las bromas jactanciosas y escandalosas de los guerreros de Albert que revivían cada segundo de las diversas pruebas de destreza y fuerza que se habían celebrado en los días anteriores.
Como las historias eran, principalmente, sobre él, Albert permanecía inusualmente en silencio, pero parecía divertido por la repetición de los relatos más exagerados. Sin embargo, aunque tenía un aspecto relajado, Candy sabía que estaba constantemente alerta, vigilando a su alrededor. Lo estaba observando tan atentamente que vio lo tenso que estaba.
—¿Qué pasa?-preguntó Candy pinchándolo— ¿No te gustan las historias sobre tu legendaria destreza?
Sin hacer caso de su broma, Albert frunció el ceño.
—Tom ya debería haber vuelto.
Candy sintió que un escalofrío de miedo le recorría la columna, pero la presencia de Albert impedía que la dominara el pánico.
—¿Crees...?-No quería expresar sus temores en voz alta.
—No lo sé, pero no voy a correr ningún riesgo.-Detuvo a sus hombres y empezó a darles órdenes; se calló al oír el sonido de un caballo al galope. Era Tom y, por la sangre que le caía por el brazo, Candy supo lo que había pasado.
—Los Mackenzie -dijo Tom jadeando, con una respiración trabajosa debido a la fuerte cabalgada. Señaló hacia atrás—. Alrededor de una veintena, allí. Nos estaban esperando junto a los botes, pero ahora vienen hacia aquí.
—¿Los Mackenzie?-repitió Candy como un eco. La sangre se le heló en las venas—. Pero Archie los vio cruzar el estuario esta mañana.
—Fue un truco-dijo Albert—. El jefe Mackenzie no envió a todos sus hombres a la asamblea. Debió de mandar a otros, por separado y en secreto, con la intención de pillarnos desprevenidos.-Pero Albert nunca estaba desprevenido. Cuando empezó a gritar sus órdenes, Candy comprendió que ya se esperaba algo así. De no ser porque ella estaba allí, Candy sospechaba que estaría deseando pelear. Parecía crecerse con la presión, con el peligro. Salvo cuando la miró; entonces pareció preocupado—. Candy, quédate cerca de Anthony. Él te alejará del peligro.-Ella no quería dejarlo, pero él debió de leerle el pensamiento—. Obedece. No tenemos mucho tiempo; intentarán rodearnos.-Todavía seguía hablando cuando oyó el ruido de caballos que venían desde atrás. A Anthony le dijo en voz baja—: Llévatela a través de los árboles. Nos encontraremos en los botes. Y Anthony, ya sabes lo que te confío.
Anthony miró a su hermano a los ojos y luego hizo dar media vuelta al caballo.
—Ten cuidado-suplicó Candy.
Se miraron, y algo pasó entre ellos. Una emoción intensa que le llegó hasta la médula.
—Claro, muchacha-dijo con dulzura—. Ahora apresúrate.
Lanzando una larga mirada a Albert, se volvió y siguió a Anthony. Los Mackenzie se dirigían directamente hacia ellos, después de coronar la pequeña colina que había delante. Empezaron a volar las flechas. El corazón de Candy palpitaba de miedo. ¿Y si le pasaba algo a Albert? ¿Y si no volvía a verlo nunca? Debería haberlo besado, haberle dicho que lo amaba, pero ya era demasiado tarde.
Albert y sus hombres se habían lanzado en un ataque directo contra el lugar de donde venían las flechas.
—¡Deprisa, Candy!-gritó Anthony.
Solo saber que su presencia aumentaría el peligro para Albert le dio a Candy las fuerzas para dejarlo. No caería en el mismo error que había cometido anteriormente. Albert era el guerrero más grande que nunca había visto; su destreza no le fallaría. Sin embargo, no conseguía acallar la voz interior que le decía que incluso Aquiles tenía su talón.
El fiero grito de batalla de los MacAndrew resonaba en sus oídos mientras seguía a Anthony al interior del bosque a galope tendido. La luz iba desapareciendo rápidamente. No consiguió reprimir el estremecimiento de temor que la recorrió cuando sus recuerdos la asaltaron. El bosque. El atardecer.
Era inquietantemente parecido, demasiado. Se le hizo un nudo en la garganta a causa del miedo, pero lo dominó.
Siguieron cabalgando unos minutos, pero sus pensamientos nunca se alejaron demasiado de la batalla que se libraba detrás de ellos ni del hombre que la libraba. Por favor, que no le pase nada. De repente, oyó un grito a sus espaldas.
—¡Anthony! ¡Detrás!
El alivio la inundó. Era Albert. Los había seguido a través de los árboles. Sin embargo, su alivio duró poco, cuando una flecha pasó silbando junto a ella, casi rozando a Anthony. Candy miró hacia atrás y vio que un puñado de hombres de Mackenzie los seguían de cerca. Anthony se detuvo y rápidamente hizo girar al caballo, colocándose entre ella y el peligro. Levantó la espada justo cuando los Mackenzie caían sobre ellos. Candy oyó el chocar del acero al empezar la lucha.
Anthony los mantuvo a raya hasta que Albert pudo alcanzarlos. Con los dos juntos, el puñado de Mackenzie no tenía ninguna posibilidad. Candy miraba horrorizada y fascinada mientras Anthony y Albert, metódicamente y sin piedad, despachaban a sus enemigos, uno tras otro.
Estaban a punto de escapar sin daño, pero justo cuando Albert levantaba su espada contra el último hombre, una flecha solitaria salió de entre los árboles y dio directamente en el blanco, en el vientre de Albert. Él se desplomó hacia delante, sobre el grueso cuello de su poderoso caballo de guerra. Su pelo dorado se mezcló con el pelaje negro y brillante del animal. La sangre se extendía por su leine croich de color azafrán, manchándolo de un rojo horriblemente intenso, oscuro y saturado.
Durante un momento aterrador, el corazón de Candy se detuvo. El tiempo permaneció inmóvil. Está muerto. Cuando un grito penetrante, como de animal herido, rompió agudo el claro día, no supo que procedía de ella.
—¡No!-Su gutural sonido no parecía más que un susurro.
Albert levantó la cabeza y sus miradas se encontraron. Sin decir palabra, intentó consolarla. Estaba vivo.
Lentamente, volvió a respirar.
Cuando Albert habló, se dirigió a Anthony, con voz débil y ronca.
—Debía de haber otro grupo. Usa el viejo pasadizo. Rápido.-Candy notó que tenía los nudillos blancos mientras se aferraba a las riendas, luchando por mantenerse erguido en el caballo.
Candy sintió que el pánico hacía presa en ella, impidiéndole respirar. Se sentía ahogada por una invisible capa de terror. Esto no puede estar sucediendo.
Anthony reconoció el pánico y la devolvió a la realidad con la voz fría y tranquila del poder.
—Candy, contrólate. No te desmorones. Ahora tienes que moverte rápido. Hemos de llevar a Albert a Dunvegan.-Sus palabras actuaron como una sacudida física—. ¿Comprendes? Si no conseguimos llevarlo allí, morirá. Es nuestra única posibilidad. Tenemos que movernos rápido, antes de que nos rodeen.
Ella asintió. Su voz parecía atascarse en la garganta.
Anthony cogió el caballo de Albert por las riendas y se lanzó al galope a través del bosque. Las lágrimas volaban de los ojos de Candy, ayudadas por la fuerza del viento, mientras los cascos de su caballo batían la maleza. Indiferente a las ramas que le arañaban las mejillas, siguió a Anthony a una velocidad aterradora, mientras él los conducía hacia el norte, hacia Dunvegan, a través del bosque, bordeando la costa abierta y los páramos cubiertos de brezos, donde los Mackenzie habían esperado al acecho. Incluso entonces podía oír los gritos salvajes de sus perseguidores, justo detrás de ellos, aprestándose excitados a caer sobre sus presas.
La cabeza de Albert rebotaba torpemente sobre el cuello del caballo. Pensar en la presión que la flecha hacía en él con cada salto del caballo era como un cuchillo retorciéndose en su propio estómago. No puedo perderlo. El dolor debía de ser atroz. No sobreviviría. Había visto heridas como aquella antes y sabía que sería un milagro que llegara incluso al día siguiente.
—Ya no falta mucho, Candy, no aflojes. ¡Ya casi hemos llegado!-chilló Anthony, y sus palabras casi se perdieron, ahogadas por el atronar de los cascos de los caballos.
Candy obligó a su montura a ir más rápido. Nunca había sido muy buena orientándose y sabía que si perdía de vista a Anthony y a Albert nunca conseguiría encontrar el camino. Eso si los Mackenzie no la encontraban antes.
—Están ahí delante, ya los tenemos.-Los Mackenzie sonaban cerca, demasiado cerca. Como si los tuviera pegados a los talones.
—Más rápido, Anthony. Nos están ganando terreno. No podremos mantenerlos a raya.
—Ya casi estamos.
Torció a la izquierda, hacia la costa, y los condujo a lo largo del borde del bosque, a través de un sotobosque más denso, por un sendero oculto que llevaba hasta la costa rocosa. Habían alcanzado el pequeño brazo del loch justo al sur del castillo. No había ningún sitio adonde ir. Por encima de ellos, colgado en lo alto de su inaccesible acantilado, Candy podía ver el castillo, ni siquiera a cien pies de distancia. Tan cerca de la salvación. Pero igual podían estar en Edimburgo. Para alcanzar el castillo, tendrían que volar o nadar. El loch rodeaba Dunvegan por un lado y, por el otro, el lado de tierra firme, les hacía frente una fosa rocosa, profunda y oscura.
—¿Adónde vamos?-le preguntó gritando a Anthony.
—Sígueme.
Ya no podía ver a Albert. Anthony había hecho pasar delante el caballo de su hermano y apenas había suficiente anchura en la rocosa costa para que los caballos anduvieran en fila india. Por favor, dejadlo vivir.
