Flashback: Schism
- Así que… al fin lo sabes.
La joven Adela asintió sin dejar de mirar a la calle por la ventana del salón, observando la intensa lluvia que caía al otro lado.
El muchacho de la barba, que estaba sentado en el sofá junto a una chica delgada y rubia y otro joven, trajeado y bien peinado, la miraba con seriedad.
- ¿Cómo lo descubriste?
- Al llegar de mi última misión – confesó ella – quise saber más sobre los Belnades… y busqué en los archivos de la hermandad.
- Y lo encontraste – dedujo la joven rubia.
- Árbol genealógico, partidas de nacimiento, copia de los documentos de adopción… - apretó contra sí un sobre de papel marrón que sujetaba a la altura del pecho – todo estaba ahí…
El barbudo, Rafael, se movió incómodo.
- ¿Por qué no me dijisteis nada? – les preguntó – en todos estos años…
- No podíamos hacerlo – se excusó el hombre del traje – lo teníamos terminantemente prohibido.
- ¿También mis padres y… mi maestro?
Los tres asintieron.
Adela agachó la cabeza, al borde del llanto. Siempre se había sentido sola por ser hija única, así que aquel descubrimiento debería haber sido una alegría para ella, pero las circunstancias eran especiales.
- Y ahora ¿Qué vamos a hacer? – Preguntó, con el rostro oculto por su ondulado cabello castaño - ¿Qué se supone que debo hacer?
- Bueno – intervino la muchacha rubia –nuestro padre aún no lo sabe, podéis seguir ocultándolo hasta que se os ocurra algo.
- ¿Y si ya lo sabe, Luisa? – respondió Adela – Nuestra relación no es precisamente un secreto.
El muchacho del traje, cuyo nombre era Alejandro, se rascó la barbilla.
- Nunca nos ha comentado nada al respecto…
Rafael dejó escapar una risa sardónica.
- ¿Es que alguna vez nos comenta algo?
- A mí si – contestó Alejandro.
- Porque tú eres su ojito derecho – replicó Luisa con cierta sorna.
Los tres hermanos se enzarzaron en una discusión mientras Adela volvía su vista a la ventana, soltó una mano del sobre para llevarla a su vientre y acariciarlo.
- Y Juanjo ¿Lo sabe? – preguntó, interrumpiendo la disputa.
- ¿Juanjo? – preguntó Luisa.
- No, creo que no – contestó Rafael.
- El es el único que no está enterado – aseveró Alejandro.
En ese momento la puerta principal, que daba acceso directamente al salón, se abrió.
- Sí, si que lo sé – dijo una voz desde ella.
Una figura empapada, vestida de pantalón y camisa, entró al apartamento, sus rasgos eran casi idénticos a los de Adela y llevaba una melena castaña lacia que caía hasta sus hombros; era de complexión robusta, pero estaba bastante delgado.
Con la atención de todos centrada en él, Juanjo se adentró en el salón, saludó a sus hermanos y dio un amoroso beso a Adela.
- ¿Cuándo te has enterado? – Preguntó la chica rubia – Se suponía que no…
- Una llamada, cuando estaba en el aeropuerto… Era nuestro padre – contestó con pesar.
Todos palidecieron, aquella era la peor noticia que podían recibir.
Adela, temblando, se llevó la mano a la frente, lágrimas de miedo inundaron sus ojos.
- Dios – murmuró con la voz quebrada – ¿Y ahora qué? ¿¡Y ahora qué!?
Él la tomó por los hombros.
- Oye… ¡Oye! – le dijo cariñosamente - ¡Cálmate! Todo tiene arreglo…
Ella lo miró, su labio inferior temblaba.
- Nos iremos de España – continuó – tú has vivido en Holanda ¿no? Podemos ir allí y desvincularnos de los Belnades.
- No es tan sencillo, Juanjo – contestó ella – No es tan sencillo…
Acto seguido le tendió el sobre, que su novio cogió con curiosidad.
- ¿Qué es? – preguntó mientras lo abría y sacaba su contenido.
- Es… - la muchacha titubeó – una prueba de embarazo…
Juanjo empezó a leerlo, y según lo hacía la expresión de su cara cambiaba a una mezcla de sorpresa y pánico.
- Da positivo – le informó – Estoy embarazada, Juan…
Rafael y Alejandro se llevaron las manos a la cabeza, mientras Luisa emitía un sonoro "¿¡QUE!?"
Juanjo bajó el papel y miró a Adela con estupefacción, simplemente no podía dar crédito a lo que oía.
¿Embarazada?
- ¡Por el amor de dios! – exclamó el barbudo - ¿¡Es que no sabéis cómo se pone un maldito preservativo!?
- Padre va a pedir vuestras cabezas en bandeja de plata… - comentó Luisa con un hilo de voz.
Juanjo miraba alternativamente a su pareja y al documento con los resultados de la prueba, quería sentirse feliz por la noticia, pero no podía, conocía bien a su padre y, si ya sabía que una relación incestuosa podía costarles cara, temía las consecuencias de concebir un niño.
Pero no tenía miedo por sí mismo, si no por ella.
Rápida y torpemente guardó de nuevo los papeles y le entregó el sobre a Adela, mirándola a los ojos.
- Es el fin ¿Verdad? – preguntó ella.
Juanjo la abrazó.
- De eso ni hablar…
Antes de separarse la besó de nuevo, y sujetando todavía su mano, la miró fijamente a los ojos, seguro de cada palabra que pronunciaba.
- Me da igual que no seas Adela Fernández – le dijo – y me importa una mierda que seas mi hermana de sangre… De no ser por esto, jamás me habría enterado…
- Pero…
- Te quiero – continuó – me quieres, y eso es lo único que me importa ahora, pienso cuidar de ti y de ese bebé pase lo que pase.
La soltó e inmediatamente se dirigió a sus hermanos.
- ¡Escuchad! Yo me voy ahora a una misión a los Cárpatos – les informó – no sé cuando volveré, pero hasta entonces os quiero pendientes de ella e intentad que de ninguna manera ni nuestro padre ni ninguno de sus lameculos se le acerque ¿Entendido?
Los tres asintieron casi militarmente, eran mayores que él, pero Juanjo era, con diferencia, el más respetado de todo el clan.
- ¿Cuánto durará tu misión? – preguntó Rafael a su hermano.
- Ni idea – reconoció él – es de investigación, están sucediendo cosas raras en las aldeas de la zona, tengo que ver qué pasa.
- ¿Viene del clan? – preguntó Luisa, suspicaz.
- No, de la hermandad – respondió – Visto lo visto, si llega a ser del clan me hubiera negado en rotundo.
Presuroso, salió del apartamento, dejando a Adela junto a sus hermanos, que decidieron, en efecto, proteger a su amiga y hermana menor.
Pero la muchacha, cuyo estado de humor mejoró con el paso de las semanas, se cansó de esconderse y, a los tres meses de la marcha de su novio, con el vientre ya abultado, respondió a una orden firmada que recibió una mañana y se personó en el local donde la logia principal de los Belnades tenía su sede, anulando toda defensa hasta llegar al despacho central, donde encontró al que se suponía era su padre: Malaquías Belnades.
Había oído hablar mucho de él, hechicero de gran fama, su gran poder era tan conocido como su robótica frialdad, y así lo atestiguaban su rostro barbilampiño, pelo castaño pulcramente peinado con raya a la izquierda, rasgos duros y ojos inexpresivos.
- Usted debe ser Malaquías Belnades ¿Me equivoco? – preguntó al hombre que se sentaba tras aquella mesa de madera de caoba.
- Así es – respondió con una inquietante sonrisa – veo que has saltado voluntariamente la barrera que tus hermanos habían tendido a tu alrededor… ¿Qué te ha llevado a tener tal alarde de valor?
- He sido educada para hacer frente a todo y todos… No soy una cobarde.
Malaquías rió.
- Los valores de Van Helsing ¿Eh? – La miró de arriba abajo, observando el fibroso cuerpo de la muchacha – veo que te ha preparado bien… física y mentalmente.
- ¿Para qué me quería? – preguntó
- ¡Bah! Lo sabes tan bien como yo.
Ella negó con la cabeza.
- Verás… en los últimos meses me he ido enterando de cosas que no me han gustado nada, hay algunos sucesos que… - metió la mano en un cajón, extrayendo una carpeta azul – no me han hecho ninguna gracia… máxime porque van contra las normas de un clan tan excelso como es el nuestro, los Belnades…
La respiración de Adela se aceleró, sus temores volvían, y se confirmaban…
- ¿Cómo puede ser – continuó el hombre – que dos hermanos de sangre inicien una relación sentimental, y que la mantengan una vez conocido su verdadero origen? Y aún sin conocerlo ¿Cómo pueden iniciar dicha relación incestuosa viendo el increíble parecido que hay entre ellos…?
- ¡La gente se parece! – Intentó defenderse la muchacha - ¡Nosotros…!
- ¿Y CÓMO PUEDE SER… - continuó, alzando la voz para interrumpirla – que fruto de dicha unión pecaminosa la mujer quede encinta y aún no se haya desecho del feto? ¿EH? – elevó el tono de forma clara, alcanzando un aire violento y amenazador - ¿ME LO EXPLICAS, ADELA MARÍA BELNADES?
- ¿¡Y cómo íbamos nosotros a saber que éramos hermanos!? – respondió Adela - ¡Nos criamos cada uno en una punta del país! ¡No sabíamos nada de la existencia del otro! ¡Éramos desconocidos! ¿¡Por qué nos separaron!?
- Oh ¿Eso? Sencillamente había que elegir al mejor, y ese era Juan José… - respondió con una sonrisa inocente – Selección natural, hija mía.
Adela apretó los puños.
¿¡Hija!? ¿¡Cómo se atrevía a llamarla hija!?
- Juan José tiene un futuro muy prometedor con los Belnades – continuó Malaquías – y tú se lo estás estropeando… su rendimiento y disponibilidad han bajado, y encima – dibujó en su rostro una marcada expresión de desprecio – lo arrastras al pecado y a… ¡Eso!... manchando el buen nombre de nuestro clan.
La chica, enfurecida, se tuvo que contener para no atacarlo.
- En todo caso ya no tiene remedio – respondió ella – si no nos hubiera separado de pequeños, o si al menos hubiera dado permiso a mis padres para decirme la verdad, no estaríamos en esta situación.
Malaquías se calló, parecía no tener respuesta, pero de repente una macabra sonrisa se marcó en su cara.
- Oh, sí – contestó – sí que tiene remedio… todo en esta vida lo tiene.
Intrigada y asustada, Adela no pudo evitar preguntar.
- ¿A qué… se refiere?
- Hay una forma de revertir esto, limpiar nuestros nombres y hacer como si nada hubiera pasado…
La muchacha guardó silencio.
- Simplemente – continuó Malaquías – debes cortar sin más esa sucia relación que mantienes con tu hermano…
- ¡Eso nunca! – lo interrumpió - ¡Le amo!
- Y deshacerte de ese demonio que llevas dentro – concluyó señalando el vientre de la chica.
- Pero… - aquello la asustó, instintivamente se llevó la mano a donde se gestaba el bebé – es mi… mi hijo…
- Es el resultado de uno de los peores pecados jamás concebidos – replicó con frialdad el hombre.
- Su nieto…
- Jamás lo reconoceré como tal.
- ¿Cómo puede…?
Aquel hombre, definitivamente, la atemorizaba ¿Cómo podía decir tales cosas sin inmutarse? ¿Ése era el padre de Juanjo? ¿Realmente ese hombre había criado y educado a su amado?
No podía ser…
Entonces la ira y su instinto maternal se unieron, furiosa, adoptó una posición de combate con lágrimas de rabia en los ojos, y atacó a su interlocutor con fiereza.
Pero justo antes de alcanzarlo, a una velocidad inusitada, cuatro pentagramas de una leve luminosidad rojiza se materializaron a su alrededor, mutando en agujeros negros de los que emergieron sendas garras de metal, unida cada una al extremo de una fuerte cadena.
Adela quiso reaccionar, pero era demasiado tarde, al instante dichas garras atraparon y sujetaron con firmeza sus muñecas y sus tobillos, elevándose en el aire junto a su presa.
- He intentado – comentó Malaquías desde su escritorio – hacerlo por las buenas… proponerte un trato por el cual todos saldríamos ganando, pero no… - alzó la vista, lanzándole una mirada desquiciada – habrá que hacerlo por las malas.
La muchacha hizo fuerza, intentando en vano escapar de la trampa.
- Ni se te ocurra – intervino el hombre – esas cadenas han sido invocadas con magia, no se romperán o retirarán a menos que yo lo desee.
- ¡No pienso hacer nada de lo que usted diga! – le gritó ella desde lo alto.
- Ah ¿No?
Malaquías alzó una mano y acto seguido cerró el puño, en ese mismo momento un insoportable dolor azotó hasta la última célula del cuerpo de Adela.
Ella apretó los dientes al principio, intentando no gritar, no manifestar ningún tipo de dolor, pero apenas tardó unos segundos en sucumbir, mientras su padre la miraba indiferente.
La mantuvo así casi un minuto, hasta que hizo un movimiento con la mano, deteniendo súbitamente la tortura.
La muchacha quedó colgando, agotada, con lágrimas en los ojos.
Por ella, por su hijo, por el hombre que amaba.
Era incapaz de comprender por qué su padre le hacía aquello.
- Mira, Adela – dijo él de repente – tienes dos opciones: Accede a mis condiciones, o yo mismo me encargaré de que se cumplan.
Las cadenas la bajaron hasta que estuvo de nuevo casi al nivel del suelo, frente a su padre.
- ¿Por… qué? – preguntó ella con un hilo de voz.
Malaquías no respondió, simplemente se limitó a volver a provocarle aquel dolor tan inhumano.
- ¿Aceptarás? – le preguntó mientras ella gritaba.
- ¡NO! – bramó la muchacha en respuesta - ¡NUNCA!
Entonces el dolor se esfumó, el hechicero volvió a su silla detrás de la mesa de despacho y, súbitamente, hizo un par de movimientos con su brazo, apuntando con su dedo índice a la muchacha.
En ese momento dos cortes limpios se abrieron en su cuerpo, uno en cada brazo.
Adela volvió a gritar de dolor, y sollozó.
- Si aceptaras – comentó Malaquías mientras continuaba torturando a su hija – no tendrías que pasar por esto.
- ¿¡ACEPTAR!? – gritó ella, con lágrimas en los ojos - ¿¡PARA QUÉ!? ¿¡PARA QUE EL NOMBRE DE LOS BELNADES SIGA LÍMPIO!? ¿¡PARA QUE PUEDA SEGUIR AUMENTÁNDO SU EGO!? ¿¡PARA QUE JUANJO NO SEA FELIZ!?
Aquello molestó al hechicero que, con furia, hizo un violento movimiento diagonal de gran longitud.
Adela sintió un terrible dolor en la espalda, y cómo la sangre manaba a borbotones de ella.
Gritó, lloró.
Aquello era insoportable.
- El próximo corte – le dijo él, apuntándole con el dedo – será para degollar a esa cosa que llevas dentro de ti.
Esas palabras, directamente, la sobrepasaron, empezó a llorar, a suplicar por la vida de su hijo, mientras Malaquías no se inmutaba, mirando el cuerpo herido y sanguinolento de su hija con desprecio. Alzó el dedo, dispuesto a cumplir su amenaza, cuando la puerta del despacho se abrió violentamente, y las cadenas que sujetaban a Adela se rompieron.
Ataviado con una coraza, grebas y brazaletes azules con ribetes dorados, con una espada pequeña colgada a su espalda, Juanjo apareció de repente, recogiendo el cuerpo exhausto de su novia, y lanzó una furiosa mirada a su padre.
- ¿¡A QUÉ VIENE ESTO!? ¿¡EH!? – gritó.
- ¿Qué estás haciendo aquí? – preguntó el hombre – Se suponía que estabas cumpliendo misión en los Cárpatos.
- ¡NO CAMBIES DE TEMA! ¿¡POR QUÉ LE HAS HECHO ESTO!? – dejó el cuerpo de Adela en el suelo, centrándose en ella - ¡Dios! ¡Dime que estás bien! ¡Cariño!
- Juanjo… - observó ella con una sonrisa.
- He vuelto antes porque Rafa me dijo que estabas empezando a salirte de los límites… dios, no debería haberme ido… lo siento…
- No… - respondió ella con un hilo de voz – Soy yo quién lo siente…
Él le cogió la cabeza y la besó, para después lanzar una intensa mirada de odio a su padre.
- ¿¡NO TIENES CORAZÓN!? ¡ES TU HIJA!
Malaquías se levantó, enfadado.
- ¡En efecto! – respondió - ¡Tu hermana! ¡Y aun sabiéndolo me ofreces un espectáculo lamentable!
- ¿¡QUÉ ENTIENDES TÚ POR LAMENTABLE!? – gritó - ¿¡NO LO ES TORTURAR A TU PROPIA HIJA!? ¡TU PROPIA SANGRE!
- ¡Igual que tú! – replicó el hombre, enfadado - ¡Echas a perder toda tu carrera por algo como… como eso! ¡Indigno de un Belnades!
- ¡PREFIERO HACER FELIZ A LA PERSONA A LA QUE AMO ANTES QUE PREOCUPARME POR ALGO TAN BANAL! ¡A LA MIERDA MI CARRERA!
- ¡BASTA! – le interrumpió Malaquías - ¡Se acabó, muchacho, ésta es la última que te consiento! – lo señaló, con el brazo temblando de furia - ¡ESTÁS EXPULSADO DEL CLAN BELNADES!
Juanjo sonrió de forma extraña.
- Oh… No hará falta que me expulses…
Desenvainó su espada y se quitó el brazalete derecho, revelando el tatuaje de un clavel rojo, símbolo de la rama principal de la familia Belnades.
- No… - le dijo Adela mientras le agarraba el brazo con el que sujetaba el arma, intentando detenerlo – No, cielo ¿Qué vas a hacer?
- ¡Juan José! – Exclamó Malaquías - ¡Suelta esa espada inmediatamente!
- Me has expulsado de los Belnades – respondió Juanjo, mientras se soltaba de la presa de su novia – Ya no puedes darme órdenes…
Lentamente, pero con decisión, puso el filo del arma justo donde se encontraba el pétalo más alto del clavel.
- No… - le suplicó ella.
- ¡NO! – gritó Malaquías.
Tarde. Juanjo empezó a deslizar el arma por su carne, cortándola mientras la sangre fluía descontrolada. Cuando ya hubo cortado suficiente, el joven, rojo de dolor, agarró el trozo cortado y tiró, hasta deshacerse por completo del pedazo de carne donde se hallaba el tatuaje.
- Desde éste mismo momento – sentenció tirando el pedazo de carne sanguinolenta al suelo – Juan José Belnades ha muerto… ¡Adopto el apellido de mi futura esposa! Somos Juan José… y Adela… ¡FERNÁNDEZ!
