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Capítulo 91

¿Siempre que llovió, paró?

Desde la puerta del baño Albert me mira con la boca abierta y aun a la distancia puedo ver dilatarse sus pupilas. Pestañea, incrédulo, una y otra vez…

"Si, querido. Soy yo. Aquí estoy… Y aquí estás tú también con las manos en la masa…" pienso, pero no digo nada.

La indignación me ciega y me cierra la garganta. Apenas puedo respirar, y me siento mareada, pero permanezco firme, en medio de la sala.

Tan firme como una piedra, pero con la mirada cargada de ira y de reproches.

Duele… Mierda, como duele. Comprobar que es cierto lo que tanto temía me está matando. Una puntada en el estómago y muchas nauseas hacen que tome una bocanada de aire. Inspiro profundo sin dejar de mirar a Albert directamente a los ojos.

Y sorprendida compruebo que una vez repuesto del shock inicial, me sostiene la mirada sin esfuerzo. ¿Es posible ser tan cínico?

Parece que sí…

Tengo ganas de golpearlo… Me siento capaz de todo en este momento, pero no hago nada porque Albert me habla, y lo que me dice pone toda mi ira en un segundo plano.

—Candy, no sé qué haces aquí pero ya que has venido, hazme el favor de pedir una ambulancia — me dice, y luego se vuelve y camina con Karen en brazos por el pasillo.

Tardo unos segundos en reaccionar… Mientras tanto, Albert desaparece de mi vista pues se mete en una habitación.

¿Qué mierda significa esto?

Corro tras él y observo como la acuesta en la cama con delicadeza. Karen no está consciente, y se ve pálida como un papel. Albert la cubre con la sábana mientras se vuelve a mirarme.

—¿Puedes hacer lo que te digo? Llama al 911, por favor —me pide por segunda vez.

Trago saliva… Por alguna razón obedezco, y tomo el teléfono de la mesa de luz.

—¿Hola? Señorita, es una emergencia. Hay una persona desvanecida…

—Dile que es una posible intoxicación por medicamentos, Candy—acota Albert, y enseguida se aboca a la tarea de hacerla reaccionar. —Karen… ¿me oyes?

—Creemos que se ha intoxicado con medicamentos. Sí, por favor… Así es, esa es la dirección. Tercer piso… Le agradezco mucho.

Cuelgo y observo a Albert, que en este momento le golpea las mejillas levemente a Karen.

—Vamos, Karen…

Pero ella no responde. Permanece con los ojos cerrados, inmóvil.

—¿Está respirando, Albert? —pregunto alarmada.

Él se ve muy asustado.

—No lo sé.

Entonces me acerco, y le cojo la muñeca que cae inerte junto a su cuerpo. Tiene pulso… Bajo un poco la sábana y veo un leve movimiento en su garganta. Sí, está respirando…

—Sí… Respira —murmuro más para mí que para él, pero aún sin mirarlo puedo sentir lo aliviado que está.

—¿Puedes quedarte aquí mientras busco los medicamentos que está tomando? Lo necesitarán los médicos…

Asiento sin mirarlo. Me quedo junto a Karen sin decir nada…

Estoy desconcertada. No sé qué pensar…

Se escuchan las sirenas cada vez más cerca.

En un par de minutos, escucho la voz de Albert que les franquea la puerta y les explica que la ha encontrado en la bañera, desvanecida.

Mientras atienden a Karen, yo observo la escena como si no estuviese allí. Veo como se mueven, como en cámara lenta. Veo la cara de preocupación de Albert. Y me veo yo… Mi rostro reflejado en el espejo del tocador se ve pálido como nunca. No me reconozco…

—Iré con ellos en la ambulancia —me anuncia Albert sacándome de mi confusión. —Vete a casa.

Así de simple… Se marcha con Karen al hospital y me deja llena de preguntas, con una ansiedad que hace que mi corazón, que hace unos instantes parecía no latir, se acelere repentinamente.

No entiendo nada… ¿Por qué mi marido vino a salvarle la vida a una empleada de la empresa? ¿Por qué no me dice qué sucede?

Las preguntas se agolpan en mi mente. ¡Quiero saber! Se suponía que vine aquí por la verdad, para definir una situación angustiante… Pero resulta que cada minuto que pasa, la agonía se intensifica.

No puedo hacer otra cosa que esperar. Esperar que Albert regrese, que Albert me explique, que todo resulte bien con Karen, porque si hay algo que no deseo, es que le pase algo. A pesar de todo, no le deseo ningún mal.

Y mientras parte la ambulancia, los ojos de mi marido se encuentran con los míos. No alcanzo a leer en ellos qué es lo que está pensando y eso me desespera.

Pero lo que más me angustia, es no saber cuáles fueron sus últimos pasos y cuáles serán los próximos. Esperar… Tengo que seguir esperando pero… Mierda… ¡cómo duele!

Estoy pasando una madrugada de mierda.

Es una tortura esta espera, sobre todo cuando no sé qué demonios esperar.

Anoche, luego de acostar a los niños, recibí un mensaje de Albert.

"Candy, no me esperes esta noche. Debo quedarme aquí… Te llamaré en la mañana."

Me quedé de una pieza. ¿Cómo se atrevía? No venía a dormir a casa, no me daba explicación alguna… ¿Qué quería decir "debo quedarme aquí"?

Intenté llamarlo, por supuesto, pero caí en la contestadora.

¿Había apagado el maldito móvil?

Me puse hecha una fiera, pero terminé llorando en el baño. Y luego me acosté, e intenté dormirme sin éxito.

Y así sigo… Doy vueltas y vueltas en esta cama enorme y vacía. A cada segundo aumenta mi desasosiego y mi dolor. No sé qué pensar… No sé qué hacer.

No tengo idea de cómo voy a enfrentar algo que desconozco pero sin duda está destruyendo nuestra pareja.

Ya no puedo más… Me levanto, voy al baño, me lavo la cara… Qué mal me veo, por Dios.

Tengo que dormir… Mañana deberé enfrentar a Albert, y atender a mis hijos. No puedo darme el lujo de una noche entera de insomnio.

Doy vuelta el botiquín pero no encuentro ni una sola píldora para dormir. Miro a mi alrededor y me detengo en el vestidor.

Me acerco despacio. ¿Qué busco aquí? No lo sé, pero mis manos acarician la ropa de Albert sin poder contenerse. Sus camisas… Debe haber una docena de camisas blancas y otra de celestes. Las recorro con mis manos… Acerco mi rostro a ellas e intento rescatar su aroma delicioso.

Sólo encuentro el perfume del jabón, pero me doy cuenta que con solo cerrar los ojos puedo evocar cómo huele.

El olor de su cabello… El de su boca exquisita. El del hueco de su garganta. Su pecho… El vello bajo su ombligo… Con los párpados cerrados, puedo sentir cómo huele allí abajo cuando está caliente.

Es tan… especial.

Albert huele a hombre, a menta, y a veces a café. A limpio, a perfume caro, a… Albert. Huele tan bien que aun estando furiosa con él, de sólo recordarlo me siento húmeda.

¿Es posible desearlo tanto? Me abruma el darme cuenta de que mis deseos me dominan tanto, que mi psiquis juega conmigo. De pronto me encuentro tratando justificar su comportamiento… Tal vez no tenga un romance con Karen, tal vez sólo la quiera como amiga… ¡Carajo! ¡Mi esposo no tiene amigas! La única mujer que puede tener estrecho contacto con Albert soy yo.

Mis manos se deslizan por la americana que le compré hace solo una semana… Qué bien le quedaba. Es un hombre extremadamente guapo, demasiado para su propio bien, y el mío.

Tiene belleza innata, tiene estilo. Es elegante y letal… Emana sensualidad por cada poro de su piel. Es poderoso en los negocios, y sexualmente es algo de otro mundo. ¿Por qué me gusta tanto? ¿Es posible estar enfadada y al mismo tiempo desearlo así?

Parece que sí… Y mi deseo llega a su punto cúlmine cuando recorro sus corbatas y me encuentro con la gris… Esa corbata es muy especial para mí, pues es la que usó el día de nuestra boda.

No olvidaré nunca ese momento… Me resultaba difícil concentrarme en lo que decía quien nos tomaba los votos, pues mi mente estaba en esa corbata tan… Grey.

Me estaba casando con mi propio señor Grey, y por un momento esa loca fantasía me hizo sonreír.

En cierto sentido, así era… Albert Ardley era un sueño de hombre, pero también dominante, controlador y millonario. Pero por alguna razón sus defectos pasaron a segundo plano aquel día…

En lo único que podía pensar era en que me estaba convirtiendo en la esposa del hombre que amaba, y que luego de unos cuantos días de abstinencia, por fin lo tendría entre mis piernas.

Y eso precisamente fue lo que sucedió horas después, en la suite presidencial del Hotel Conrad.

¿Cómo olvidar nuestra maravillosa noche de bodas?

Yo estaba nerviosa, pero Albert lo estaba más… Nos registramos en tiempo récord. El pobre recepcionista digitaba a toda prisa, presionado por el tamborileo de los dedos de mi flamante marido sobre el mostrador de mármol.

Creo que omitió pedirnos los documentos. La mirada de Albert era apremiante…

Me arrastró por los pasillos como un poseso. Parecía que estábamos escapando de algo o de alguien.

—¿Tienes prisa, corazón? —pregunté, inquieta —No puedo seguirte el paso…

—Es que tengo miedo de que aparezca tu abuela con las últimas recomendaciones para tu primera vez, y te ponga ansiosa, mi cielo —me respondió, sonriendo.

—No creo que nada pueda ponerme ansiosa ya —repliqué también riendo mientras entrábamos a la habitación.

Albert cerró la puerta detrás de mí, y alzó una ceja, mientras su hermosa sonrisa de lado me hacía estremecer.

—¿No? Si fuese tú no estaría tan seguro… —murmuró, y mi garganta de pronto se secó.

Él se inclinó a mis pies, y lentamente me desató las zapatillas sin dejar de observarme. No tenía idea de lo que pensaba hacer… Lo vi tirar de mis cordones, quitarlos de los pequeños orificios, y enseguida los tensó en sus manos.

Eso me dejó sin aire, mareada de deseo y con el corazón latiendo a mil, pero cuando realmente se me aflojaron las rodillas fue cuando lo escuché decir con voz grave:

—Pon las manos al frente, Candy. Las muñecas juntas. Ahora voy a amarrarte. Y te aseguro que te pondrás más que ansiosa, mi vida. Puedes apostar por ello.

Sus palabras terminaron de encenderme…

Húmeda y caliente, observé cómo me amarraba las manos. Cuando terminó se incorporó y yo se las pasé por el cuello, me puse de puntillas e intenté besarlo…

No me lo permitió.

Me tomó en sus brazos y me recostó en la cama con los ambos sobre mi cabeza.

Me amarró al cabecero… Eso no lo esperaba, y lo miré algo asustada. Sus ojos eran como brasas y su mandíbula acusaba una inusual firmeza.

Eso terminó de subyugarme… Para cuando me quitó las bragas, no había ni rastro de temor en mí; solo el más puro y descarnado deseo se había apoderado de mi cuerpo.

Me revolví, presa de una intensa inquietud…

—No te muevas, Princesa —me ordenó. —He esperado este momento con ansias…

—Yo también —murmuré con voz apenas audible.

—… y estoy dispuesto a todo. ¿Tú lo estás, Candy? —preguntó a un centímetro de mis labios.

No pude hablar… Sólo asentí.

—No he escuchado tu consentimiento. ¿Harás lo que te pida y dejarás que te haga lo que quiera?

—Lo que… me pidas… Lo que… quieras.

—Bien… —dijo sonriendo. —Ahora quiero saber algo… ¿me deseas?

El corazón se me disparó en el pecho, y entre mis piernas el deseo palpitante tomó el mando. La mano de Albert lo notó perfectamente…

—¿Me deseas aquí? —inquirió en voz baja contra mi cuello mientras me introducía un dedo.

—Sí… Sí.

—Tienes el coño más delicioso del mundo. Me pasaría la vida entera comiéndote, mi cielo.

Mi respuesta fue un largo gemido.

La cabeza de Albert descendió, y su lengua comenzó a enloquecerme, tanto por lo que me hacía por lo que me decía…

—He soñado con él…

—Albert…

—Lo he saboreado en mi fantasía cientos de veces.

Le creí… Por supuesto que le creí. Me lo demostró ampliamente…

Mi sexo se tornó un volcán en erupción. No tenía claro dónde terminaban mis fluidos y comenzaba su saliva.

—Esto es mío —continuó Albert sin dejar de estimularme, ni con su lengua, ni con su mano.

—Tuyo… Todo tuyo, mi amor.

Y al escuchar eso, él simplemente enloqueció.

Se irguió con rapidez y se desabrochó el pantalón. Su pene me pareció más grande que nunca, pero no tuve tiempo ni de pensar en eso porque en un segundo lo tuve dentro de mí.

No pude evitar gemir… Fue como una estocada ardiente y letal.

—¿Te duele? —me preguntó, pero no sonaba preocupado.

—Sí…

—Pero te gusta… —afirmó sin moverse, buscándome la mirada.

Asentí… Y luego me aferré a su cuerpo con brazos y piernas.

Adoré la sensación de tenerlo cautivo, encadenado a mi cuerpo, a mi sexo…

—Entonces te aguantas, Candy. Te aguantas porque yo quiero más… Te he follado en mis fantasías mil veces de esta forma, así que resiste porque esto continuará…—afirmó, y de inmediato comenzó a moverse como un desquiciado.

—Eso… quiero… Continúa —rogué acoplando mis movimientos a los de él. —Me gusta así… Atada…

Sus movimientos se interrumpieron de pronto.

—¿Te gusta… atada?

—Sí… Me gusta… —admití oprimiendo sus nalgas por encima de la ropa para obligarlo a continuar.

—Joder, Candy… ¿Sabes lo que me haces? ¿Sabes lo que siento cuando me dices eso? Tenerte a mi merced… Hacerte lo que quiera…

—Quiero que me hagas de todo… Y luego quiero hacerte de todo a ti, mi amor —le pedí, moviéndome bajo su cuerpo, desesperada, de forma que no tuvo más remedio que ceder, y comenzó a embestirme con fuerza.

Eso fue la gloria. Acabé tres veces seguidas… Mis orgasmos se encadenaron y grité hasta quedarme sin voz.

Y cuando sentí su semen caliente en las profundidades de mi cuerpo por primera vez como marido y mujer, creí tocar el cielo con las manos…

Yo estaba amarrada, pero tenía todo el poder. El poder de volver loco de deseo al hombre que amaba. Además podía darme el lujo de sucumbir, y enloquecer junto a él.

No sospechaba que años después también estaría a punto de volverme loca, pero de la angustia.

Esta vez no es un terremoto en Japón lo que nos mantiene separados. Ahora la amenaza es algo tan cercano y aterrador, como otra mujer pretendiendo a mi hombre, y a él bien dispuesto a darle su atención y tal vez algo más.

¿Qué voy a hacer? ¿Luchar por él, dejarlo ir? Esto es peor que un terremoto. La tierra no se mueve, pero yo siento que he perdido el norte y mi mundo se ha puesto de cabeza.

El alba me sorprende con la sensación de no haber podido pegar un ojo. Sin embargo, me encuentro atravesada en la enorme cama, y no recuerdo ni cuándo ni cómo llegué aquí.

Amanece… Pero no hay duda de que el sol no saldrá para mí esta mañana.

Y tal vez ya nunca lo haga.

CONTINUARA