6
Receso (n.): Suspensión de un juicio durante un breve intervalo de tiempo.
MADARA
Había roto muchas reglas en mi vida, pero follar con una pasante era, probablemente, una de las más graves. No había ningún precedente, y eso me aterrorizaba.
En el momento en el que salí del apartamento de Sakura, hice lo que acostumbraba a hacer siempre que me tiraba a alguien que había conocido online: me fui a casa, me duché, me serví un vaso de mi whisky favorito y encendí el portátil, dispuesto a buscar a la siguiente mujer.
Salvo que esta vez no quería buscar a nadie. Quería follar con Sakura una y otra vez. Quería hacerla gritar más fuerte, sentir su cuerpo contra el mío y mirar su cara cuando estuviera profundamente enterrado en su interior.
«¡Maldita sea!».
No podía creérmelo. Podía contar con los dedos de una mano las mujeres en las que había pensado después de largarme de un hotel, porque ninguna de ellas era lo suficientemente memorable para recordarla. Y las que eran buenas eran solo buenas, no increíbles como Sakura.
Una parte de mí se sentía mal por haberme marchado justo después de terminar, por no decirle una palabra, pero tuve que salir de allí.
No mantenía conversaciones casuales después del sexo.
Nunca.
A pesar de que me sentía muy tentado de regresar en ese momento y volver a reclamarla, tenía que aceptar que, por muy duro que fuera, no iba a volver a follar con ella. Iba en contra de mis reglas. .
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—Karin, ¿dónde está mi café? —pregunté por el interfono—. ¿Por qué no me lo ha traído la señorita Haruno todavía? ¿Es que llega tarde hoy?
—No, señor. —Parecía confundida—. Son solo las siete y media...
Miré el reloj que tenía en la pared y lancé un profundo suspiro antes de finalizar la llamada. Por alguna razón, tenía los nervios de punta, y no me gustaba nada.
La noche anterior me había resultado imposible conciliar el sueño. Había ignorado deliberadamente el mensaje de texto que Sakura me envió a medianoche:
No puedo dormir... ¿Podemos hablar de lo que ha pasado entre nosotros?
La respuesta fue no.
Las conversaciones entre nosotros se habían terminado. No teníamos que hablar sobre nada más.
Habíamos hablado. Luego habíamos follado. No había más. Entré en la página de Date-Match, firmemente decidido a sacarla de mi cabeza. Lo único que tenía que hacer era encontrar a otra, y ella se convertiría en una gota más en el mar de mujeres sin fin, en un polvo fugaz que apenas recordaría cuando viera su hermoso rostro.
Había muchas mujeres nuevas en la web, pero muy pocas me llamaron la atención. Las que lo hacían eran demasiado buenas para ser verdad, así que no me molesté en entrar en sus perfiles.
Justo cuando me estaba interesando en una profesora de matemáticas, apareció una taza de café sobre mi escritorio.
—Buenos días —susurró Sakura.
No respondí. Continué desplazándome por los perfiles de la red social; ella se daría cuenta de mi indirecta en cualquier momento.
—Madara... —suspiró.
—Soy el señor Uchiha. —Levanté la mirada y, de inmediato, deseé no haberlo hecho. Sakura estaba todavía más impresionante que el día anterior. Llevaba el mismo vestido gris que se había puesto para la entrevista, y le quedaba más apretado que aquel día. El cabello le caía en suaves rizos sobre los hombros. Noté que le brillaban los ojos de esperanza.
—¿Podemos hablar un segundo? —me preguntó.
—¿Es sobre su trabajo?
—No...
—¿Es sobre el mío?
—No...
—Entonces no. Váyase.
—Es sobre lo que ocurrió ayer. —Se detuvo para morderse el labio, haciendo que me pusiera duro.
—Lo que ocurrió ayer fue un error, un momento lamentable de nuestras carreras, y le aseguro que no volverá a repetirse.
—No era eso lo que iba a decir.
—Señorita Haruno —dije, levantándome del escritorio y rodeándolo para acercarme a ella—. Usted y yo trabajamos juntos. Si hubiera conocido antes la verdad que se ocultaba detrás de todas sus ridículas mentiras, habría dejado de hablar con usted de inmediato. Luego la habría denunciado por robar información a otra persona y hacerla pasar como propia. La cuestión es que sigue siendo una mentirosa y, por desgracia, dadas las circunstancias, y a pesar de que hayamos follado, no tenemos nada que decirnos.
Ella abrió la boca para decir algo, pero apreté un dedo contra sus labios.
—Nada —repetí en voz baja, acercando mi cara a la suya—. ¿Lo ha entendido?
—Eres... —Cuando se apartó de mí, le temblaba el labio inferior—. ¡Eres un capullo! ¡No puedo creerme que me haya acostado contigo!
—Créalo. Estoy seguro de que para usted será un recuerdo agradable, dado que casi nunca folla.
Movió la cabeza.
—¿También estabas fingiendo cuando hablábamos por teléfono? No eres el hombre con el que hablaba cada noche, no te pareces a...
—Por favor, evíteme todas estas memeces sentimentaloides, señorita Haruno. La siguiente taza de café tráigala al mediodía. Gracias.
—Vas a tener que esperar sentado. —Puso los ojos en blanco—. La traeré cuando me apetezca.
—¿Quiere que la despida por una taza de café?
—Para ser sinceros, es posible que no quiera que sea yo la que le prepare el café, señor Uchiha. —Me miró con los ojos entrecerrados—. No sabe qué puedo echarle.
—No se te ocurra retarme... —Di un paso hacia ella.
—¿Estás amenazándome? —preguntó al tiempo que se encogía de hombros.
—Es una promesa. —La empujé contra la pared y apreté los labios contra los de ella al tiempo que le levantaba la pierna para que me rodeara la cintura.
Estaba duro desde que había dejado el café sobre el escritorio, y ella comenzó a frotarme moviendo la mano arriba y abajo por encima de los pantalones sin dejar de gemir.
Saqué un condón del bolsillo y se lo puse en la mano mientras seguía devorándole la boca, mordisqueando sus labios suaves, jugueteando con su lengua. Si hubiera podido, habría estado besándola todo el puto día.
Cuando abrió la cremallera de mis pantalones, metí la mano por debajo de su vestido y deslicé las bragas a un lado. Solté un gemido al notar lo mojada que estaba.
—Madara... —Estaba tardando demasiado en ponerme el condón, así que me encargué yo mismo. En cuanto terminé, me hundí profundamente en su cuerpo al tiempo que le mordía los labios para que no gritara.
Le cogí las manos e hice que me rodeara el cuello con ellas.
—Siempre mojada para mí... —Sentí que trataba de impulsarme a moverme apretando la pierna alrededor de mi cintura, pero me reprimí—. Vuelve a decir mi nombre.
—Sí... —Contuvo el aliento cuando la embestí una vez y otra, y otra más—. Sí...
—Dilo —insistí, apretándole el culo.
Sus murmullos eran cada vez más intensos.
—Di mi nombre, Sakura... —Me besó en la boca—. Di mi nombre...
Su sexo se ceñía a mi polla cada vez con más fuerza mientras me clavaba las uñas en el cuello.
—Estoy... Estoy a punto de...
De inmediato, me detuve en mitad de un envite.
—Di mi nombre de una puta vez, Sakura... —le susurré al oído con voz dura.
—Madara... —Me hundió las uñas en la piel.
Y con el sonido de mi nombre en sus labios, la embestí otra vez y se corrió con fuerza, de una forma increíble. Unos segundos después, yo también llegué al orgasmo. Sentí que enterraba la cara en mi pecho para ahogar sus gemidos. Me incliné y le levanté la cabeza.
—No hagas eso...
Jadeante, me miró a los ojos.
—¿Que no haga qué?
—No me ocultes tus gritos... —La volví a besar en los labios sin hacer ningún movimiento para retirarme de su interior. Nos quedamos entrelazados allí, con los cuerpos unidos y las extremidades enredadas, durante lo que pareció una eternidad. Por mucho que quisiera decirle que saliera de mi despacho, no me atreví a hacerlo. Me limité a besarla en la frente y me moví lentamente hasta que me retiré de ella completo. Después le coloqué el vestido.
Una vez que me deshice del condón, cogí el zapato que se le había caído y se lo entregué.
Tenía el pelo revuelto, así que se lo peiné con los dedos para poner los rizos en su lugar. Como si estuviera devolviéndome el favor, me cerró la cremallera y me colocó el cuello de la camisa.
Por fin, nos quedamos mirándonos el uno al otro. No sabía qué cojones acababa de pasar, pero a una parte de mí le había gustado. A la otra le había encantado.
—Tenemos que volver al trabajo. —Di un tirón de la pequeña zapatilla de ballet dorada que colgaba de su cuello—. Me debes un informe, te haya rebajado de categoría o no.
—Me aseguraste que no estabas rebajándome de categoría.
—Es que decidí imitarte y mentir. —Di un paso atrás mientras sonreía—. Regresa al trabajo.
—De acuerdo, señor Uchiha. —Ella también sonrió antes de caminar hacia la puerta.
—Cuando regreses —añadí antes de que saliera— para traerme el café, déjalo en el estante y vete. No te acerques a mi escritorio ni me dirijas la palabra.
—¿Por qué?
—Porque como lo hagas, volveré a follarte.
Se sonrojó mientras salía del despacho. Después de que se marchara, me senté en mi sillón y moví la cabeza.
«¿Dos polvos en menos de veinticuatro horas? ¡Dios...!».
Saqué el expediente de mi último caso, pero no lo leí. Solo podía pensar en Sakura.
Ya había sentido algo así antes, y sabía que solo llevaba a la desesperación. Lo que sentía no era profundo, no me llenaba por completo todavía..., pero era real, y no podía hacer nada para detenerlo.
Durante los últimos seis años había intentando desprenderme de cualquier posibilidad de sentir algo por otra persona. Me había negado a hacer amistades, aunque Sakura había conseguido de alguna manera colarse tras aquellas puertas impenetrables. Y no solo se había colado, sino que además lo había hecho con mentiras, algo que jamás le permitía a ninguna persona. Algo que hacía que debiera descartarla por completo y que no volviera a pensar en ella.
No sabía cómo enfrentarme a esto. Era un territorio desconocido y no sabía cómo orientarme por él.
Suspirando, cogí el expediente y me obligué a leer las primeras páginas para lograr un cierto control sobre mí mismo. Sin que pasara mucho tiempo, estaba concentrado en mi trabajo y lo único que ocupaba mi mente era cómo iba a arreglármelas para convencer al jurado de que se creyera las chorradas de mi último cliente.
Antes de que pudiera llamar a la jefa de fiscales para preguntarle qué me querían ofrecer a cambio de un acuerdo con la fiscalía, sentí algo caliente en el regazo.
«El puto café».
—Pero ¿qué cojones estás haciendo? —Dejé caer los papeles en la mesa y miré a Sakura con la cara roja—. ¿Me lo acabas de tirar a propósito?
—Sí. —Asintió con la cabeza, y me di cuenta de que tenía los ojos llenos de lágrimas—. Traerte el café forma parte de mi trabajo, ¿verdad?
—¿Es que eres bipolar o qué?
—No, como bien has dicho, solo soy una mentirosa. En realidad soy igual que tú, pero al menos yo admito que no te he contado la verdad y que tengo un motivo para ello.
—¿Perdona?
Las lágrimas se deslizaban por sus mejillas.
—Tienes una visita esperándote en recepción.
—¿Tu sustituto? —pregunté en tono seco—. Porque te juro por Dios que como no le salgan las manchas al pantalón...
—Tu esposa.
