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Capítulo 92
El sol ya no saldrá para mí...
Un breve pestañeo, y de pronto me encuentro con Clarita sentada a horcajadas sobre mi pecho.
-Hola mamita.
Dios... Parece que he logrado dormir a pesar de todo. Y lo más importante, he sobrevivido a esta terrible noche que presiento que va a definir qué será de mi vida en un futuro próximo.
Demasiado próximo y aterrador.
-Buenos días, Clarita.
-No se duerme cuando brilla el sol -me recrimina jugando con mi cabello.
¿Cómo decirle que para mí no brilla? Llueve en mi corazón pero no puedo dejar que la tristeza asome en mis ojos.
Le hago cosquillas a mi hija, y como tantas otras veces, nos vamos de la mano a preparar a sus hermanos.
Para mi sorpresa, Anthony, Emilia y... Pirulo, ya están levantados y desayunando.
Clara me ayuda con Tomy, y luego de alimentarlo se lo dejo a Greta.
-Creo que en la próxima visita al pediatra uno que yo sé probará sus primeras papillas -le digo cuando me doy cuenta de que apenas he pronunciado palabra esta mañana.
-Sí... Yo también lo creo. Con su biberón duerme toda la noche, pero es hora de que disfrute de uno de los grandes placeres de la vida -me dice la niñera sonriendo.
Greta es regordeta y vivaz, y como siempre, tiene razón. En los últimos días sólo lo he amamantado en la mañana y antes de acostarlo. El resto del día hemos tenido que darle biberones de alimento para lactantes y mis pechos se han reducido notoriamente.
Tiene razón en cuanto a que necesita comer sólidos, pero no en lo que se refiere a "los placeres de la vida". Yo sé de otros placeres, que nada tienen que ver con la comida...
La imagen de Albert desnudo es como un latigazo en mi psiquis. Y si lo imagino vestido, pero no con ropa sino con un copete de crema de leche me pongo peor, porque ahora el latigazo es en mi cuerpo que responde acalorándose en extremo.
Un hambre voraz se apodera de mí, un hambre que solo puede saciarse en el cuerpo de mi marido.
Pero mis ardores se calman cuando recuerdo que no ha venido a dormir a casa, y que tal vez ya no me ame por estar enamorado de otra mujer.
Se me llenan los ojos de lágrimas y no tengo más remedio que meterme en el baño de mi habitación para que no me vean llorar.
El sonido del móvil me hace correr a él. Tal como sospechaba, el mensaje es de Albert.
"Candy, tenemos que hablar. ¿Puedes venir a la oficina ahora? No traigas a los niños, por favor. Esto es entre tú y yo"
¡Carajo! Me quedo paralizada cuando me doy cuenta de que la cosa es peor de lo que creía. Ese tono no augura nada bueno, pero... ¿no se supone que soy yo la enfadada? ¿Por qué se dirige a mí de esa forma?
No puedo creerlo... ¡No va a pasar por casa! Se ha ido a la oficina directamente... ¡Eso quiere decir que ha pasado la noche con esa mujer!
¿Qué haré? ¡Dejarlo plantado, eso haré! Me iré con los niños a lo de Candida... Cuando Albert vea que no llego a la oficina vendrá a buscarme, pero no me encontrará. ¡Lo abandonaré!
Como si estuviese poseída por un demonio, tomo la maleta y empiezo a poner ropa interior. ¿Cuánta debería llevar? ¿Cuánto tiempo estaré en lo de mi abuela?
Me siento en la cama, confundida. No es la primera vez que me veo en esta situación, y de pronto recuerdo lo mal que la pasé y cómo eché de menos a ese maldito.
En la ocasión anterior no tenía a los niños, pero eso no lo hace más sencillo por cierto.
Candy... Ya no eres una adolescente. Piensa bien qué es lo que harás porque ahora son tus hijos los que sufrirán las consecuencias de tus actos.
Su padre puede ser un hijo de puta, pero yo no lo soy y debo velar por ellos. No debo precipitarme...
Iré a la empresa y hablaré con Albert.
Cuando me diga que lo nuestro ha terminado a la luz de mi descubrimiento, lo aceptaré con la frente en alto aunque por dentro esté muriendo.
Respetaré sus decisiones, pero también tomaré las mías, y perdonar una infidelidad no es una opción. No me importa si ya sucedió o todavía no... El hecho de que él tenga sentimientos fuertes por otra persona, ya determina que lo nuestro no tiene futuro.
Así que tanto si desea seguir o si desea terminar, yo voy a escuchar... y a aceptar. Y luego hablaremos de nuestros hijos, que es lo que más me importa en este momento. ¿Cómo tomarán esta situación?
Me preocupa Anthony, sobre todo, porque idolatra a Albert. Si bien no ha estado muy presente en casa estos últimos tiempos, necesita a su padre en la vida cotidiana... No me imagino a Albert en un régimen de visitas. ¡Dios mío! ¿Cómo es que estoy pensando en eso?
Y la respuesta llega sola: pienso en eso porque no quiero pensar en lo otro, en mi dolor, en mi pérdida... En este vacío inmenso que se ha formado en mi alma que ya nunca podré llenar.
Tengo que reponerme lo suficiente como para enfrentar la verdad y todo lo que ella traiga a mi vida. Me meto en la ducha, y luego me visto de negro.
El espejo del vestidor me devuelve la imagen de una mujer de luto. Sólo espero que esta pérdida destruya mi corazón, y no el de mis hijos.
Empinada sobre altos tacones tan negros como mi vestido, traspaso el umbral de Ardley Construcciones.
Llevo en mi corazón una espina y en mi mente un solo objetivo: preservar a mis hijos de todo mal, pero no a costa de mi dignidad.
Parezco una viuda, y lo más triste es que quizá ya haya perdido a mi marido en los brazos de otra mujer.
Siento lástima de mí misma... ¿De qué me sirve lucir así, si no puedo hacerlo para el hombre que amo? No lo sé, pero de alguna forma me las arreglé para verme mejor que nunca. ¿Responderá a una necesidad de mi ego? ¿Será para refregarle por la cara a Albert qué es lo que se está perdiendo?
El viaje en elevador es una tortura lenta y desgastante, mas no deseo que termine. No quiero que nada termine... ¡Me niego a perder a Albert!
Dios... Lo amo tanto.
Pero sé que cuando llegue a él todo terminará, así que me vuelvo y oprimo con desesperación la planta baja.
¡Soy tan cobarde! Sin embargo mis intentos de dilatar el momento final son infructuosos; las puertas del elevador se abren y frente a mí aparece él.
Me quedo como petrificada mirándolo a los ojos.
Azul contra verde... Como la primera vez. Es un duelo de miradas que ninguno va a ganar porque las puertas se están cerrando y yo huiré de aquí, y...
Una mano fuerza la puerta. Conozco esa mano, pues lleva nuestro anillo de bodas... ¡Ni siquiera tuvo el decoro de quitárselo! La furia me hace reaccionar, y cuando la puerta retrocede doy un paso al frente y paso por delante de él sin dirigirle la palabra.
Él a mí sí me habla.
-Buenos días, Candy.
Me vuelvo despacio. En mis ojos dos puñales, amenazan con traspasarlo. Mas mi sorpresa es grande cuando me encuentro con su preciosa sonrisa de lado solo para mí.
-Bu... Buenos días, William -balbuceo, confusa. ¿No se supone que estamos enojados? ¿Entonces por qué me sonríe y yo me derrito?
Albert alza una ceja.
-¿William? Vaya... Presiento que esta noche fuera de casa me costará caro.
¿Bromea? ¿Cómo se atreve? Ha pasado la noche con la tal Karen y encima se da el lujo de bromear. ¡Qué ganas de abofetearlo!
Intento componerme y lo logro, al punto de poder decir con voz fría:
-No imaginas cuánto.
Él se cruza de brazos.
-Pues ilumíname.
¿Qué mierda está diciendo?
-¿Qué quieres decir? -pregunto con el ceño fruncido.
-Fácil. Quiero que me digas cuan caro me costará.
Inspiro profundo... Exhalo.
-Tú lo sabes. Sabes lo que has hecho y si me conoces bien, sabes lo que yo haré.
-¿Lo que he hecho? ¿Te refieres a acompañar al hospital a una mujer enferma que forma parte de mi plantilla de empleados?
Mierda. Dicho así suena inofensivo, pero él sabe bien que no es así. Hay más... Seguro que hay más. No va a resultar que me he hecho mala sangre por tan poco, pues yo no soy así.
Estoy confundida, y mi cerebro intenta aferrarse al lado negativo de los hechos. No he dormido bien y eso no ayuda... Y ahora que lo pienso, Albert parece no haber pegado un ojo tampoco. ¿Se habrá quedado sosteniendo la mano de Karen toda la maldita noche?
Estoy mortificada y muy tensa, pero soy una mujer civilizada así que pregunto:
-¿Cómo está la empleada de tu plantilla? -pregunto entre preocupada e irónica.
Por primera vez lo veo afligido.
-Fuera de peligro, en su departamento.
-En el tuyo, querrás decir.
-En el nuestro, Candy. Ese departamento es tuyo también.
-Quien lo hubiera dicho... Es mío y no sabía que tenía como inquilina a una... empleada de la empresa. Que también es mía, por cierto, y fui la última en enterarme que contratamos una decoradora fija -le digo de corrido casi sin respirar.
Sin querer le paso factura de todo mi dolor en unas palabras. Pero no le digo lo que más me afecta... Todavía tengo dudas de la relación que lo une a Karen.
-Touché -declara sonriendo de nuevo. -Debí decírtelo pero tuve un par de razones para no hacerlo.
-A ver, ilumíname -replico audaz, y esa sonrisa me hace vibrar todo lo que llevo dentro de mis bragas.
-Lo haré. Pero no aquí... Vayamos a mi despacho -me pide haciéndome un gesto con la mano como para que pase.
Y mientras caminamos por el pasillo noto algo que me inquieta. No hay nadie... Todo parece tan silencioso. Miriam no está, y tampoco el resto del personal... ¿Qué demonios sucede aquí?
Albert se adelanta y me abre la puerta del despacho. Entro con cautela, y mi mirada se dirige automáticamente hacia la puerta que comunica esta oficina con la contigua. Está cerrada...
-¿Qué sucede? ¿Por qué no hay nadie aquí, Albert?
Se pone las manos en los bolsillos del pantalón y se recuesta en su escritorio de caoba tallada.
-Les he dado la mañana libre.
-¿Por qué?
-Porque necesitaba hablar contigo a solas.
No entiendo nada... ¿Teme que mis gritos perturben al personal? ¿Tan poco civilizada me cree?
Y la verdad es que hace bien, porque me siento muy poco civilizada en este momento. Tengo ganas de sacarle a golpes lo que tiene para decirme.
-Bien, aquí estoy.
-¿Te ilumino? -me pregunta con una sonrisa traviesa que por un momento barre con todos mis temores.
-Por favor.
Y lo hace. Camina hacia la puerta que comunica esta oficina con la de Karen y la abre.
-Ven.
Me acerco y observo... Del otro lado está oscuro, así que Albert enciende la luz y...
¡Dios mío! Ante mis ojos tengo a la oficina más perfecta, más exquisitamente decorada, más bella que se pueda alguien imaginar. ¡Si hace un par de días todo estaba en pañales!
Me quedo con la boca abierta un instante, y luego me vuelvo hacia él echando fuego por los ojos.
-Eres un hijo de...
Es como un latigazo. De pronto su brazo se extiende, me coge de la muñeca y me pega a su cuerpo.
-Es verdad. Mi madre es una zorra, pero yo soy un buen chico-murmura sobre mi boca.
-Suéltame -le exijo con voz ahogada. -¿Qué quieres de mí? ¿Enrostrarme lo que Karen es capaz de hacer o lo que tú puedes hacer por ella?
Me tiene contra la pared, jadeando. Y él a su vez, también respira de forma irregular.
-¿No lo entiendes, verdad? -pregunta casi en un susurro.
Claro que lo entiendo, maldito sádico. Entiendo que es una decoradora excelente, que ha diseñado la oficina perfecta, que tiene tan buen gusto como yo... De reojo observo el empapelado, las cortinas... Todo me resulta muy familiar. Demasiado...
Frunzo el ceño, confundida, y Albert me suelta.
-De verdad tendré que iluminarte, Princesa. Pensé que al verla lo entenderías pero creo que la falta de sexo no te hace ver las cosas con claridad.
¿Princesa? ¿Me ha llamado Princesa y me ha hablado de sexo? ¿A qué está jugando, por Dios?
-Hazlo. Dime de qué se trata de una vez...
Lo veo sonreír y cruzarse de brazos, y luego me lo dice.
-Este despacho es tuyo, Candy Ardley. Lo has decorado tú misma, aunque Karen ha llevado adelante el proyecto -me espeta sin anestesia.
-¿Qué? ¿Qué mierda quieres decir?
-Las niñas buenas no dicen palabrotas -me reprende sin dejar de sonreír. -¿Qué quiero decir? Que se te han terminado tus días de ocio y ha llegado la hora de que me des una manita, o las dos.
-¿Cómo? -pregunto como una tonta. Es claro que no estoy muy sagaz el día de hoy cosa nada sorprendente considerando la noche de perros que he pasado.
-Fácil... -me dice aproximándose. -Una mano la usarás para crear diseños perfectos como el de esta oficina...
Lo tengo ahora tan cerca que no puedo ni hablar. Por fortuna no es necesario hacerlo, pues él lo hace...
-... Y la otra la usarás para esto.
Cuando me coge la mano y la pone sobre su miembro, me doy cuenta de que está hablando en serio y mi corazón da un vuelco.
Después de eso ya no puedo pensar, porque mi mente, mi cuerpo y mi corazón bailan al ritmo que marca Albert Ardley.
CONTINUARA
