¿Acaso es todo lo que quieres decirme?

Volvieron a la mansión de Chicago y Albert se fue al despacho. Le había comentado que, aunque se había tomado parte del día libre, debería recuperar las horas de trabajo. Candy, como cada noche durante aquella semana de guardia nocturna, tomó su propio auto para ir a trabajar. Cuando llegó se puso al día en el cambio de turno de la tarde con sus otras compañeras. Atendió a sus pequeños pacientes y los acostó. Algunos habían notado su especial buen humor y la habían interrogado con curiosidad, pero finalmente logró que todos se pusieran a dormir. Junto a Emily y Lucy, empezó su vigilia, pendiente de cualquier incidencia y de las medicaciones y curas nocturnas.

De hecho, los casos que quedaban no eran graves y se preveía una noche tranquila, permitiendo a Candy rememorar la maravillosa jornada junto a Albert. Era ya bastante tarde y se preguntó si él ya habría acabado lo que tenía pendiente o seguiría trabajando. Sus compañeras entraron a la sala de guardias, Emily con una revista y Lucy con un libro. Llevaban trabajando juntas varios meses y les había tomado aprecio. Eran más jóvenes que ella, recién salidas de la escuela de enfermería, y estaban llenas del vigor y la inocencia de los que empiezan a descubrir el mundo con la eclosión adolescente. En aquellos momentos no pudo evitar pensar en Fanny Hamilton y comprenderla por completo. Sus compañeras eran buenas chicas pero muy curiosas y ávidas de romanticismo, en especial Emily, la más idealista de todas. Impulsiva pero atenta a sus compañeras y a cualquier novedad, empezó a plasmar sus pensamientos sobre el papel pensando entregárselo, posteriormente, a Albert.

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Estimado William Albert Ardlay (alias pequeño Bert),

Sabía cuánto detestaba él que usara aquella formalidad, siempre se quejaba de ello, pero si quería compartir su vida con ella, debería acostumbrarse a su sentido del humor... Aunque, en realidad, sabía que ya estaba acostumbrado.

Me pregunto si el pequeño Bert sigue trabajando sin parar.

Como todas las noches, he regresado a la clínica Feliz del doctor Martin.

Acabo de dejar en la cama a los niños.

"Pequeño Bert"... No sabes lo feliz que me hace que me hayas revelado ese sobrenombre.

Supongo que así era como te llamaba tu hermana Rosemary, la madre de Anthony.

Solo ella te llamaba así, ¿verdad?

Y ahora soy yo la que tiene el honor de hacerlo.

Sin darse cuenta, durante todo el tiempo que habían estado solos, le había llamado de aquel modo. Sentía que el sobrenombre transmitía todo el amor y cariño que por él sentía, además de ser algo íntimo que solo compartían entre ellos.

Hoy te escribo con ánimo renovado.

Quiero decirte que, en esas pocas horas que pasé en Lakewood, renació una parte de mí.

El hecho de que él le confesara sus sentimientos, fue toda una liberación, como si hubiera tenido su propio corazón apresado, condenado a no poder latir, a no poder sentir. En el momento que él le dijo que la amaba, se sintió renacer de nuevo, a la ilusión por un esperanzador futuro. Durante los últimos años, cada vez que habían coincidido brevemente, se había quedado traspuesta, dudando sobre si el aprecio y las atenciones de Albert no eran más que el resultado de la gran amistad que ambos habían construido. Efectivamente, eran eso pero también mucho más. Era su mejor amigo y, además de comprenderla y respetarla como nadie, también la amaba.

Tus cortas visitas no le hacen bien a mi corazón,

pero que me esté acostumbrando significa que me estoy volviendo más fuerte, ¿Verdad?

Cuatro horas antes se habían despedido y seguía extrañando su presencia. El tiempo a su lado le había resultado insuficiente. Pero ahora sabía que no iba a ser así para siempre y eso la hacía sentirse más fuerte. Él le había ofrecido un límite para aquellos breves encuentros y podía mirar hacia el futuro con plena confianza.

Creo que a la señorita Pony y a la hermana Lane les sucede lo mismo.

[...]

La visita por su propio cumpleaños al Hogar de Pony, había sido la más larga en los últimos meses. Siempre la recibían ilusionadas y se quejaban del poco rato que se quedaba con ellas. La nueva clínica del Dr. Martín era mucho más grande y con más pacientes que la anterior y no le dejaba tanto tiempo libre como antes. Pero ellas también la tranquilizaban. Comprendía que, de hecho, era una suerte que las visitara, ya que lo normal fuera que, una vez dejado el orfanato, los niños prosiguieran con sus nuevas vidas y de la mayoría poco más sabían. Como Slim, el pequeño mulato que siempre estaba lápiz en mano, siempre dibujando. Fue adoptado por un herrero y ya no volvieron a saber de su paradero. Tenían algún conocido común con sus nuevos padres y lo último que supieron era que, aunque llevaban una vida bastante dura, lo trataban bien y lo querían realmente como su propio hijo.

Era inevitable que las circunstancias separaran los caminos de esos niños. Pensando en ello, recordó el recorrido en coche hasta la finca y como Albert la había halagado tras nombrar todas las flores... ¡Le resultó tan atractivo en aquellos momentos! En realidad siempre había pensado que lo era... Si hubiera sido tan presumido como Archie, se habría tenido que quitar las mujeres de encima... Como en la presentación donde causó una gran conmoción entre las damas. Era extraño, dudaba que él fuera consciente de aquel efecto... En ese aspecto era completamente opuesto a Terry. No le gustaba en absoluto ser el centro de atención. Él prefería pasar desapercibido y estar a su aire y eso le aportaba un encanto especial para Candy.

[...]

El viento que entraba por la ventana era muy agradable y

cuando empezaste a entonar aquellas canciones escocesas populares

me quedé embobada escuchándote, sin aliento.

[...]

Su cuerpo entero ardía, solo la brisa fresca la relajaba. Hacía tiempo que él se había convertido en su mundo, de tantas formas diferentes que era casi imposible abarcar todo lo que le provocaba. Aunque lo había escuchado silbar distraído mientras realizaba alguna labor en el apartamento, no hubiera imaginado que supiera cantar y había sido todo un descubrimiento. Su voz la había cautivado por completo. Tampoco era de extrañar, pues como antiguo estudiante del internado, debía haber recibido, sin duda, formación musical... se preguntó que otros instrumentos sabría tocar... ¡La gaita, seguro!... pero ella seguía creyendo que era un instrumento que sonaba como caracoles arrastrándose...

Volvió a hablarle del príncipe y de sus emociones cuando fue adoptada. Deseaba despejarle todas las dudas que había percibido cuando lo había notado temblando bajo sus brazos, cuando se habían estado besando. Aun así, él no podría evitar nunca ser todo lo que había sido para ella en cada etapa de su vida, tan igual y tan diferente al mismo tiempo. Pero eso no importaba y no cambiaba lo que ella ahora sentía por él.

Emily, sacó la cabeza por encima de su hombro, curioseando el escrito de Candy— ¡Emily! —protestó Candy, cubriendo lo que llevaba escrito—. ¿Te importa? ¡Es privado!

— ¿Es una carta de amor? —preguntó Emily guiñando el ojo a Lucy que había levantado la mirada del libro que leía.

— No, es una carta privada y me gustaría poder continuarla... ¿No te toca a ti hacer la ronda ahora? —Emily levantó ambas manos a modo de disculpa y salió de la sala. Candy pudo continuar pero se dio cuenta de que no podría escribir con total libertad, si no quería acabar siendo el cotilleo de la semana.

[...]

...durante nuestro paseo, me inundaron tantos sentimientos contradictorios

que no fui capaz de mediar palabra en todo el camino.

Sentí que a ti te ocurría lo mismo.

[...]

Recordó todas las emociones que habían compartido en el paseo hasta llegar al bosque y como ambos habían encontrado consuelo en los brazos del otro, por la tragedia de Anthony. Desde su muerte, había resultado imposible no sentirse responsable de ella. Le había hecho bien sacar lo que sentía fuera, con alguien que compartía ese mismo sentimiento de culpa. Nadie más podría comprenderlo.

Por mucho que lo lamentaran, el resto de personas no cargaban, además, con el peso de ser parte de la causa. Ella y Albert sí. Todos, a su alrededor, habían tratado constantemente de contener su pena, su desolación, reclamándole que tenía que avanzar... Y era cierto... Ella estaba viva... pero había necesitado pasar aquel duelo, expresándose, y se había sentido como si no se lo hubieran permitido. Hablarlo con Albert, saberse comprendida, no solo por la pérdida, le había ayudado a deshacerse realmente de aquel peso que tanto había arrastrado...

[...]

Discúlpame por haber llorado de esa forma contra tu pecho.

Me temo que arruiné esa bonita camisa tuya.

Es cierto que ninguno de nosotros puede saber lo que le depara el futuro.

[...]

Sí, para avanzar en el futuro, era necesario dejar atrás el pasado. Todavía llevaba el diario consigo. Ella y Albert habían regresado con el tiempo demasiado justo y al darse cuenta de la hora que era, se despidió de él y directamente fue a su coche con lo que traía en las manos. No se fiaba de dejarlo a solas en la habitación de enfermeras, menos compartiendo turno con Emily. Así que lo mantenía a su lado en la mesa donde estaba escribiendo, por si acaso.

Él le había devuelto el broche como ofrenda de una parte de él. Ella quería hacer lo mismo con aquel diario. Él se lo había devuelto porque entendía que le pertenecía y que, únicamente, ella o la persona que ella amara, debería tenerlo. En él se mostraba gran parte de ella misma... Cuando todavía estaba enamorada de Terry, había tenido la esperanza de recuperarlo algún día para entregárselo a él. Pero ya hacía tiempo que había dejado de sentir aquella necesidad. Ya no era la misma persona. Solo deseaba desnudar su alma, como hacía en aquel diario, ante Albert.

[...]

Más tarde, nos adentramos en aquella estancia...

La habitación en la que supe quién eras en realidad.

Mi diario descansaba sobre el escritorio.

Tú... querías devolvérmelo...

Ese diario habla mucho de Terry.

En muchas ocasiones, llegué a preguntarme qué habrías hecho con él.

El diario ahora está conmigo,

pero no he vuelto a abrirlo y tengo la intención de devolvértelo,

así como tú me devolviste también el broche.

[...]

Ese broche, que sin proponérselo había propiciado su primer beso. Un beso maravilloso que aceleraba su corazón cada vez que lo recordaba.

— Candy ¿Te encuentras bien? —le preguntó Lucy—. Estás muy roja ¿No tendrás fiebre? —Se preocupó su compañera mientras apartaba el libro para buscar un termómetro.

— No, no, tranquila Lucy, no hace falta. Estoy bien, te lo aseguro. No te preocupes por mí... Es que Emily, a veces puede conmigo... —Disimuló.

— ¿Seguro?

— Sí, sí... Vuelve a tu libro, quieres. Hay que aprovechar las noches como estas. En cualquier momento puede cambiar y encontrarnos que no podamos parar —le sugirió. Lucy era bastante más responsable que Emily y sabía que Candy estaba en lo cierto. Era mejor aprovechar los pocos buenos momentos para relajarse y tomar fuerzas para cuando las cosas se torcieran.

[...]

El tiempo que pasa es cruel y también maravilloso.

No sé que nos depara el destino,

pero estoy convencida de que los recuerdos vivirán para siempre en nuestro corazón.

Son estos los que nos dan la fuerza suficiente para afrontar cualquier adversidad.

Les estaré eternamente agradecida a mis padres por haberme abandonado en el Hogar de Pony

y no en ningún otro lugar,

pues gracias a eso pude conocerte.

A veces, se había llegado a plantear qué hubiera pasado si la hubieran abandonado en cualquier otro orfanato. Seguramente no hubieran coincidido nunca. Después de aquella tarde le resultaba casi insoportable imaginarse una vida en la que él no formara parte.

Él había tenido tanto miedo y había tardado tanto para confesarle sus propios sentimientos. Le había hablado de agradecimiento y se dio cuenta como, eso mismo, lo había frenado y confundido tanto como a ella. Saberlo tan inseguro respecto a los sentimientos de ella, casi le había vuelto a partir el corazón por él.

No te equivoques:

soy yo la que no tiene palabras para expresar su gratitud.

Pero no era la gratitud lo que la había empujado a aceptarle, si no el amor y la felicidad que sentía cada vez que estaba juntos. No quería que le quedara duda alguna de que él era todo lo que había necesitado para alcanzar su felicidad, tal como le había expresado en aquella estancia.

Sí, Albert: Ya he alcanzado la felicidad.

No creo que pueda dormir mucho esta noche,

pero espero que al menos el pequeño Bert tenga los mejores sueños.

Con amor y gratitud,

Candy

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Al siguiente mediodía, esperaba coincidir para comer con él y entonces le daría aquella última carta... Con un poco de suerte podría ver qué cara ponía. Le hubiera gustado escribirle que lo amaba pero con tantos ojos curiosos, no lo hubiera escrito tranquila.

Ahora, él ya lo entendería. Había sido lo suficiente explícita después de todo lo ocurrido aquel día. Ya no se sentía angustiada. A partir de entonces, sabía que podría decírselo de nuevo, en persona, por el resto de sus días.

Continuará...


Referencias a "Candy Candy La historia definitiva", de Keiko Nagita:

Pg. 386 - Última carta de Candy a Albert - parcialmente reproducida en este capítulo.