Disclaimer: Todo reconocible de Harry Potter es propiedad de J.K Rowling.
Por obligación, serán un dragón y una víbora
50. Cuarto año: Organizándonos
Entró al Gran Comedor, junto otros alumnos más, al parecer todavía no llegaban a hacer la ceremonia de selección. De verdad que se estaban tomando su tiempo para hacer las cosas ese año. Sonrió con arrogancia al mirar la mesa de Gryffindor, estaba seguro de que Potter no aparecería y si lo hacía, juraba que se moriría de la risa al ver su boba cara llena de sangre y la nariz torcida.
Regresó su mirada a su mesa para recorrerla rápidamente y ubicar a Astoria, quien estaba sentada en compañía de sus amigos de siempre. Más allá estaban Blaise, Vincent, Gregory, Theo y otros chicos de su curso, que platicaban de forma animada. Caminó con paso lento y firme, llegando hasta donde estaba su prometida.
—¿Te vienes a sentar conmigo? —le preguntó a la pequeña Greengrass, parándose detrás de ella.
—¿A dónde? —cuestionó la niña, sin voltearse a mirar a su prometido. Ya lo había visto llegar y aunque el alma le había regresado al cuerpo al ver que estaba sano y a salvo, la molestia había regresado también a ella.
—Con Zabini y los demás —contestó sin mucha emoción, cruzando miradas con Cole. La chica arrugó la nariz, pero no contestó, no le agradaba simplemente que él llegara y se la llevara así, sin una disculpa, sin una palabra, sin nada. Ella entendería si él quisiera hablar a solas con ella, pero no le había dicho que se fueran a sentar juntos los dos, si no que se fueran a sentar con un grupo de chicos de sexto año—. Si no quieres, está bien —declaró Draco, comenzando a caminar y alejarse.
—Espera —terminó por decir Astoria, levantándose y tomando la mano de Malfoy—. Voy contigo —aceptó, mirando a sus amigos, quienes, a excepción de Paige, la miraban con ojos asesinos, reprochándole que se fuera con el rubio y los dejara ahí. La niña sonrió de medio lado con cierta culpa, pero aún así se abrazó al brazo de Draco y comenzó a caminar con él.
—¿Sigues molesta? —preguntó el chico, pasando de largo el lugar donde estaban sus compañeros y hiendo a sentarse hasta la esquina de la mesa, la que estaba más cerca de la mesa de los profesores y donde casi nadie se sentaba, pues le dejaban esos lugares a los de primero.
—Si estuviera molesta no estaría aquí sentada contigo —respondió la chica, con obviedad, sentándose a un lado de Draco. Le gustaba estar a un lado, en lugar de ponerse frente a él—. ¿Donde te metiste? —interrogó, mirando de forma inquisidora al chico.
—Te estaba esperando al bajar del tren —mintió, ya que eso era lo que le había dicho a Pansy y le convenía mantener una misma versión de la historia para no caer en contradicciones—. Pero no llegaste y cuando llegué al colegio Filch estaba revisando el equipaje de los alumnos y eso no me excluye.
—Ridículo, ¿no crees? —resopló la castaña—. Solo se necesita una varita para hacer daño —comentó con cierto fastidio, la verdad que le había irritado mucho que esculcaran sus cosas y que el tonto de Filch la interrogara tanto por sus zapatillas de Ballet, las cuales casi le confisca de no ser porque Snape había hecho acto de presencia y abogado a su favor ante el conserje de la escuela.
—Necedades seguramente impuestas por el inepto de nuestro director —se burló un poco el rubio, volteando a ver como las puertas del Gran Comedor se abrían, dándole paso a la profesora Mcgonagall junto a un grupo de niños que comenzarían su primer año en Hogwarts—. ¿Ahora si vamos a sentarnos con Zabini y los demás? No quiero estar rodeado de mocosos de primero —le pidió, tomándola de la mano.
—Está bien —aceptó Astoria, levantándose con sigilo para deslizarse por el costado de la mesa y colarse entre unos chicos del curso de Draco.
—¿Por qué te tardaste tanto? —preguntó Blaise, mirando a su amigo y sonriendo a Astoria—. Hola, Tory. ¿Como estás?
—Si, gracias, yo también estoy bien —resopló el rubio con cierta burla. La niña soltó una pequeña risa y negó con la cabeza, la verdad es que no tenía mucho que decir y extrañamente, a pesar de haber dormido mucho en el tren, se sentía con sueño y cansada.
—Tengo sueño —murmuró, recargándose en el hombro de Draco.
—Ya que se acabe el banquete podrás ir a descansar —le murmuró el chico, rodeándola con un brazo y dejando que se apoyara cómodamente en él.
—¿Y bien, nos dirás donde te metiste? —volvió a insistir Zabini, mirando a la pareja.
—Bueno, me quedé esperando por Astoria y luego me topé con cierta persona a la que puse en su lugar, por eso me tardé —contestó con orgullo y arrogancia.
—No cambias —masculló Theodore por lo bajo, levantándose de forma distraída para irse a ubicar a otra parte de la mesa, con Daphne y otras chicas.
—¿Y a ese qué le pasa? —dijo Zabini, mirando como Theo se iba y los dejaba.
—Ha estado así desde que atraparon a su padre —comentó Vincent Crabbe con cierta sorna.
—¿Atraparon al padre de Theo? —el sueño pareció escaparse de Astoria, quien enseguida volteó a ver a los chicos con los ojos muy abiertos.
—Apenas el viernes, a primera hora en el Ministerio —informó uno de los chicos del grupo—. Dicen que llegó al lugar y los aurores lo arrestaron.
—¿Pero por qué? —insistió Astoria con el entrecejo fruncido—. ¿Qué no se había librado de eso cuando lo del departamento de misterios?
—Claro, no lo pudieron acusar de estar en el departamento de misterios apoyando a los mortífagos, pero eso no significa que no lo pusieran en la lista negra y al parecer se confió de más e intentó hacer una fuga en Azkaban —comentó otro de los chicos. Astoria abrió la boca en una perfecta "o" y luego la volvió a cerrar, desviando la visa a donde el sombrero seleccionador gritaba "Ravenclaw" sobre la cabeza de una pequeña chica de cabello rubio. No sabía si reír o llorar ante la información. ¿En que demonios pensaba en padre de Nott? ¡Se había librado de Azkaban cuando todo apuntaba a su contra! y lo habían terminado encerrado por una verdadera estupidez.
—No creo que dure mucho tiempo ahí —dijo Draco, siguiendo con la mirada a una chica que acaba de ser sorteada den Slytherin—. «Él» no tardará en sacarlos de ahí —declaró con seguridad, siendo mirando con cierta admiración por parte de sus compañeros, como si hubiera dado una gran revelación.
—¡Por Merlín, Draco! Tiene once años —gruñó Astoria, dándole un codazo a su prometido al notar que miraba a la chica de primero.
—Maldición —se quejó el rubio—. No seas mal pensada, la miro porque me parece conocida —se defendió.
—Penelope Rookwood, según dijo Mcgonagall —informó Blaise, quien al parecer si ponía cuidado a la ceremonia de sorteo.
—¿Parentesco con Augustus Rookwood? —interrogó Malfoy, sin dejar de mirar a la niña.
—Debe de ser su nieta o algo así, Augustus tuvo un hijo, pero según esto su esposa e hijo habían abandonado el país por el escándalo —dijo el moreno.
—¿Como demonios sabes tanto? —preguntó Astoria enarcando las cejas.
—Mi madre no hace más que hablar de lo que sale en El Profeta durante la cena, aunque sean ejemplares de hace veinte años —contestó con cierta diversión.
—Entonces debieron de haber regresado ¿no? —cuestionó Draco, volteándose a ver a sus amigos.
—Yo creo que simplemente abandonaron Inglaterra, pero bien se pudieron quedar dentro de los territorios del Reino Unido —respondió un tipo que estaba entre Crabbe y Goyle, quienes parecían aburridos e impacientes.
—Irlanda, Gales o Escocia, tenían de donde escoger —Zabini se encogió de hombros. —¿Importa?
—Augustus Rookwood es el mortífago que fue condenado por filtrar secretos del Ministerio de Magia a Aquel-que-no-debe-ser-nombrado, durante la primera guerra mágica, ¿cierto? —indagó Astoria, intentando hacer memoria, ya que el nombre le había sonado conocido.
—Así es, mi padre me comentó que sirvió mucho al Señor Tenebroso. Tenía mucha facilidad para sacarle información al idiota de Ludo Bagman, pero lo descubrieron como es obvio y nada lo pudo salvar. Según mi padre, entre los muchos cargos de Rookwood estaba el asesinato de Fabian y Gideon Prewett.
—¿Prewett? —Astoria se sentía cada vez más perdida en la platica y para fines prácticos no captaba que tenía que ver el hecho de que la niña fuera nieta de un mortífago con el hecho de que Draco la estuviera viendo.
—Una familia de sangre pura, ya ni siquiera debe de quedar nadie con ese apellido, no era más que unos asquerosos traidores de la sangre —respondió Draco—. Mi padre me contó que están muy relacionados con los Weasley, la gorda madre de las comadrejas pertenecía a esa familia —añadió con una cara de asco que fue apoyada por varias risas de los chicos que estaban en el grupo.
—Claro —murmuró Astoria—. ¿Y a final de cuenta, que tiene que ver eso con que se te vayan los ojos por ella?
—No se me van los ojos por ella, princesa —volvió a justificarse el rubio, tomando del rostro a la castaña para darle un beso, ignorando los chiflidos y bulla que hicieron sus amigos ante eso—. Ya te dije que solo se me hizo familiar.
—¡Ay, aja! —la menor hizo una mueca y arrugó la nariz, fulminando con la mirada a Blaise, quien era el que más bulla había hecho por el beso—. ¿Como reconoces a la nieta de un mortífago que ni siquiera conociste? —recriminó nuevamente.
—Jamás dije que la reconocí por ser nieta de Rookwood, la reconocí porque la vi en el ministerio el día del juicio de mi padre —confesó con seriedad.
—¿Crees que los Rookwood se estén internando de nuevo en el ministerio, Draco? —preguntó Gregory, quitando su pinta de aburrido.
—No lo sé, pero no creo que estuviera de nuevo ahí para el juicio del viejo Augustus, sería ridículo —comentó el rubio.
—Ridículo es que le des tanta importancia —se quejó la pequeña Greengrass, visiblemente harta del tema.
—No le estoy dando importancia, solo hice un comentario y tú lo estás sobredimensionando —sentenció Malfoy.
—¡Que no uses esa palabra! —chilló Astoria, haciendo una cara de molestia que inspiraba miedo.
—¡Wow! La princesa resultó más fiera que el príncipe de las serpientes —se burló uno de los chicos del grupo.
—Cállate, Hitchens —masculló Draco, rodando los ojos con fastidio.
—Hey, nuestro "cuerdo" director va a hablar —informó de mala gana el tipo que estaba entre Crabbe y Goyle. Astoria resopló y se frotó el rostro con algo de sueño, de verdad que ya quería que terminara el banquete. Perezosamente miró hacia la mesa de los profesores, donde Dumbledore se levantaba y con una seriedad un poco inusual sonrió a los alumnos y habló.
—A los buenos entendedores, pocas palabras —dijo con su profunda voz que llenó el salón—.¡A comer! —declaró, al tiempo que por arte de magia las largas mesas se llenaban con deliciosas y distintas comidas para el deleite los presentes.
—En ocasiones no entiendo porque se toma la molestia de levantarse, si no dice nada hasta el final del banquete —resopló Vincent, comenzando a llenar su plato con un poco de todo lo que había a su alcance en la mesa.
—Tú nunca entiendes nada —se burló Draco, sirviéndose también comida, al contrario de Astoria quien miraba su plato vacío como si fuera lo más interesante del mundo. De verdad que se estaba durmiendo, se sentía tan casada y a pesar de no haber probado bocado en todo el día no sentía hambre. El rubio pareció notar la quietud de su prometida y volteó a verla—. ¿No piensas comer?
—No tengo hambre —respondió secamente, pero antes de añadir algo más, Blaise ya había puesto una patata asada en su plato.
—Come, que te conocemos lo suficientemente bien para saber esas costumbres tuyas de quedarte sin comer hasta que te toca ir a la enfermería o las de estar bailando hasta que no te puedes poner de pie —la regañó el moreno.
Astoria sonrió y por unos momentos tuvo la sensación de que si hubiera tenido un hermano mayor le hubiera gustado que fuera como Blaise. De verdad que había sido una lástima que su hermana terminara con él, pues fuera lo que fuera, Zabini era un sol que siempre los había apoyado a pesar de todo, desde mucho antes de entrar a Hogwarts, el moreno la había ayudado con cosas tan tontas como conseguir un helado, hasta cosas como el año pasado cuando había conseguido que Pansy dejara de chantajearla para que estuviera con Draco.
—Vamos, Astoria —insistió el prometido de la niña, sirviendo dos copas de jugo de calabaza y dándole una a la castaña.
—Gracias —la pequeña Greengrass sonrió de forma y sin decir más, comenzó a comer, mientras se dedicaba a escuchar las conversaciones de los chicos que finalmente habían dejado a un lado el tema de los mortífagos para hablar del Qudditch y otros temas de chicos que no le agradaban mucho a Astoria, como el de las chicas.
Cada que hacían un comentario sobre las chicas de Hogwarts, no solo las de Slytherin, Draco volteaba a verla o se llenaba la boca de comida, evitando decir media palabra que pudiera ponerlo en alguna situación incomoda, aunque en si la charla era incomoda para Astoria, quien no estaba para nada interesada en saber si Lisa Turpin de Ravenclaw tenía los pechos más grandes que Megan Jones de Hufflepuff. El único comentario que llegó a hacer que el rubio fuera participe en el tema, fue cuando salió a relucir Ginny Weasley y con cara de asco, Draco dijo claramente que los desconocería y les dejaría de hablar el día que alguno de ellos anduviera con la zanahoria con patas de Gryffindor.
—Vamos, Draco, la Weasley será lo que sea, pero es guapa —dijo de manera picara el chico al que Draco había llamado Hitchens.
—Que tengas tan pésimo gusto no es problema mío —masculló con fastidio—. Estar colados por una vulgar traidora de la sangre, debería de darles vergüenza el decir tal idiotez mientras están sentados en esta mesa.
—Ya, no te lo tomes tan personal —intentó calmarlo Harper, quien también estaba en el grupo de chicos—. Solo decimos lo que es, pero por muy guapa que esté, ninguno de aquí se atrevería a ponerle una mano encima a una asquerosa Gryffindor.
—Si, Draco, cállate, que no todos aquí tenemos la suerte de tener una novia tan mona como la tuya —comentó otro de los chicos, con un tono muy sugerente.
Astoria levantó la mirada ante ese comentario, quedándose quieta, con la boca abierta y una manzana pegada a la boca, manzana que pensaba morder hasta el momento en el que la habían inmiscuido en el tema. La castaña no pudo evitar pensar en ¿qué estarían diciendo de ella si no estuviera ahí presente? Si estando presente la mencionaban, no se llegaba a imaginar que clase de comentarios harían sobre ella si no estuviera ahí. Más específicamente ¿qué estaría diciendo Draco de ella?
—Si yo estuviera en tu lugar, Malfoy, también despresaría a cualquiera, pero como yo no ando con la princesa de Slytherin, me toca buscar buenas chicas hasta por debajo de las piedras, como a los demás —añadió el chico que se sentaba entre Vincent y Gregory, quienes lo miraron a ver algo sorprendidos ante el comentario.
—Cuidado de lo que dices, Derrick, si quieres seguir teniendo dientes para el postre —amenazó el rubio, regalando una de sus mejores miradas asesinas.
Los chicos se quedaron en silencio por unos segundos, con un ambiente algo tenso, y lo único que rompió dicho silencio fue un «crash» que indicaba que Astoria por fin había mordido la manzana. La castaña hubiera dado mucho porque la tierra se abriera debajo de ella y se la tragara en esos momentos. Maldita la hora en la que había aceptado sentarse con puro chicos, bien podía entender porque Paige se había apegado tanto a ella después de tener solamente amigos hombres.
—Hey, hermano, mira quien acaba de llegar —comentó finalmente Zabini, mirando la entrada del Gran Comedor igual que todo el grupo de Slytherin, quienes sonreían con malicia al ver al famoso león de Gryffindor lleno de sangre.
—¿Qué le habrá pasado? —dijo Astoria, parpadeando un par de veces al ver a Harry así. Mientras Draco sonreía con arrogancia y orgullo.
—Lo mismo que le pasara a Derrick si no aprende a tenerle respeto a mi prometida —respondió Malfoy con una sonrisa maliciosa en su puntiagudo rostro.
—¿A caso tú...? —indagó la pequeña Greengrass, mirando al rubio igual de atónita con los chicos presentes.
—¿Qué acaso no me pusieron cuidado cuando les dije que había puesto a una persona indeseable en su lugar? —remarcó con aires de grandeza y cruzándose de brazos ante las miradas de admiración por parte del grupo de chicos, ya que Astoria más que admiración mostraba confusión, no sabía si sentirse mal o alegrarse.
—¿Pero cómo le hiciste eso a «El Descosido»? —interrogó Vincent muerto de la curiosidad y aguantando la risa.
—¿«El Descosido»? —repitió ingenuamente la pequeña Greengrass, parpadeando aún con más confusión.
—Es nuestra cordial manera de referirnos al «El Elegido» —se burló Blaise, acompañado de varias risas por partes de los chicos, incluyendo la de Draco. Astoria miró a todos con su misma cara de no saber si que decir o hacer, así que se limitó a sonreír de medio lado y permanecer en silencio, mientras Draco narraba con mímica la forma en la que le había roto la nariz a Potter en el tren.
—...Seguramente alguien debió de preocuparse por no verlo salir, me hubiera alegrado mucho que regresara a Londres y no tenerle que ver su fea cara esta noche —añadió al final de su narración.
—Una lástima es que le compusieran la nariz, me hubiera gustado ver como lo dejaste, aunque por la sangre, me doy una buena idea —se rió Harper.
—Lástima que no le pudiste romper más —apoyó Derrick, riendo también con fuerza. Malfoy solo sonreía, derrochando arrogancia y satisfacción.
—Con una oportunidad así, hermano, lo hubieras hasta matado —añadió Gregory, sonriendo con malicia y aunque todos rieron, Astoria notó como una mueca incomoda se formaba en el rostro de Draco, al parecer ese comentario no le había caído muy en gracia, lo que era raro, considerando lo mucho que el rubio odiaba a Potter.
—No seas idiota, Goyle, se hubieran dado cuenta —comentó Blaise—. Pero al menos le hubieras roto algo más que la nariz.
—Como joden —bufó el rubio—. Al menos le rompí algo, más de lo que han podido hacer ustedes —sentenció con cierto desdén.
—Eso que ni que... —le aplaudió Harper con entusiasmo, de la misma forma que los demás chicos del grupo, quienes se calmaron en el preciso momento en que Dumbledore se ponía en pie. Las demás conversaciones y risas que resonaban por todo el comedor se calmaron casi al instante. Astoria resopló por lo bajo y se volvió a recargar en Draco, quien la aceptó en sus brazos, poniéndole más cuidado a ella que a lo que el viejo director pudiera decir.
—¡Muy buenas noches a todos! —dijo el director del colegio con una amplia sonrisa y los brazos extendidos como si pretendiera abrazar a todos los presentes.
—¿Qué le ha pasado en la mano? —preguntó repentinamente Astoria en un murmuro y al parecer no era la única que se había fijado en ese detalle. Dumbledore tenía la mano derecha ennegrecida y marchita, no se veía para nada bien.
—Sabrá Merlín en que las cosas anda metido ese viejo chiflado —le respondió Draco en voz baja, sin poder evitar pensar que ojalá eso que tenía en la mano matara al viejo antes de que él tuviera que asesinarlo. Estrechó más a Astoria al pensar en eso y la chica volteó a verlo, interrogante.
—¿Pasa algo mi amor? —le susurró.
—Nada, princesa —la tranquilizó el rubio, dándole un fugaz beso y volteando a ver a Zabini quien los miraba y que en respuesta a la mirada de Draco, solo se encogió de hombros y se concentró en su pastel de chocolate.
—El señor Flich, nuestro conserje, me ha pedido que os comunique que quedan prohibidos todos los artículos de broma procedentes de una tienda llamada Sortilegios Weasley —continuó diciendo el director, como era costumbre—. Los que aspiren a jugar en el equipo de Quidditch de sus respectivas casas deberán notificárselo a los respectivos jefes de éstas, como suele hacerse. Asimismo, estamos buscando nuevos comentaristas de Quidditch; rogamos a los interesados que se dirijan a los jefes de sus casas.
—Como si de algo me sirviera insistir entrar en el equipo mientras esté Malfoy —se quejó Harper, chasqueando la lengua, mientras Draco sonreía con arrogancia ante lo que él había considerado un cumplido, pues sabía que durante cuatro años había sido el buscador de Slytherin y muchos habían querido su puesto, pero no lo habían conseguido. Claro estaba que ese año no sería la excepción, ese sería su quinto año en el equipo.
—Este año nos complace dar la bienvenida a un nuevo miembro del profesorado: Horace Slughorn. —anunció Dumbledore, mientras el aludido se ponía de pie, dejando al relucir su calva que brillaba a la luz de las velas y su prominente barriga, cubierta por el chaleco, que hacia sombra sobre la mesa. Para Zabini no era ninguna novedad, había pasado casi todo el viaje con él, mientras que Draco solo resopló de mala gana y Astoria examinaba con curiosidad al nuevo profesor—. Es un viejo colega mío que ha accedido a volver a ocupar su antiguo cargo de profesor de Pociones —declaró el director.
—¿De Pociones? —repitió Astoria, abriendo la boca con sorpresa. Aquello debería de ser una broma ¿y Snape?
—¿De Pociones? —le siguió Draco, frunciendo el entrecejo también. La misma pregunta resonó una y otra vez por todo el comedor, los Slytherin no eran los únicos que querían saber si habían escuchado bien. ¿Qué pasaba entonces con el profesor Snape?
—El profesor Snape, por su parte, —prosiguió Dumbledore, como si hubiera leído la mente de todos y elevó la voz para acallar los murmullos— ocupará el cargo de maestro de Defensa Contra las Artes Oscuras —anunció.
—¡Fantástico! —aplaudió Pansy desde casi el otro extraño de la mesa de Slytherin, aunque Astoria la escuchó tan claramente como si la tuviera a su lado.
—¡No! —de la misma manera el grito de Potter, desde la mesa de Gryffindor se escuchó muy claro. Muchas miradas se fueron hacia él, pero lo que concernía a la mesa verde-plata, nadie le puso atención a «Pipote, alias El Descosido», pues aplaudían con emoción a su jefe de casa. No era secreto para nadie lo mucho que el profesor Snape había deseado desde siempre ese puesto y al parecer por fin lo había conseguido.
Astoria sonrió y aplaudió, aunque no estaba del todo segura si le agradaba la idea, le alegraba por el profesor, pero le gustaba tenerlo para Pociones y bueno, debería de ver que tan bien o mal iban las cosas con ese nuevo cambio. Quien quitaba que a lo mejor Snape fuera también buen profesor en Defensa Contra las Artes Oscuras, y con suerte le fuera bien en esa materia en ese año, ya que en los anteriores no le había ido muy bien que digamos. Draco por su parte sonrió de medio lado, pero no aplaudió, se dedicó a agarrar firmemente la cintura de Astoria, mientras los otros chicos si aplaudían.
Por otro lado, Snape, quien estaba sentado a la derecha de Dumbledore, no se levantó al oír su nombre y se limitó a alzar una mano para agradecer vagamente los aplausos de la mesa de Slytherin. A pesar de la seriedad del jefe de la casa de las serpientes, el triunfo se podía percibir en sus facciones.
—Bueno, pues por fin se le cumplió a Snape, ¿no? —comentó Blaise.
—Me alegro por él —contestó Draco, encogiéndose de hombros y cruzándose de brazos sobre la mesa, soltando por fin a Astoria.
—A mí no me termina de convencer, sin contar que el puesto que le ha tocado está maldito —añadió la castaña, sin despegar sus ojos de la mesa de los profesores—. Hubiera preferido que ese tal Slughorn tomara ese puesto.
—Mi padre decía que era bueno en pociones, habrá que ver —Draco siguió la platica, aunque con algo de aburrimiento. Si era honesto, no le agradaba el cambio mucho que digamos y Slughorn había caído de su gracia desde que Zabini comentó eso de los mortífagos, de igual manera Snape tampoco se posicionaba en su lista de agraciados por el momento, el hecho de que fuera su padrino no le ayudaba mucho ante el hecho de que él sentía que Snape se quería ganar un lugar muy cómodo y alto entre los que servían al Señor Tenebroso.
—Me parece un tipo algo falso y fanfarrón, aunque perteneció a Slytherin —informó Zabini, mirando como el rubio sacaba su varita y hacía volar su tenedor para robarle algo de pastel al plato de Astoria, quien sonrió de lado y se sirvió más jugo de calabaza.
—Si acabas de describir perfectamente a un Slytherin —añadió la castaña con una pequeña risa, aunque al parecer nadie la escuchó o si la escucharon prefirieron ignorar el comentario contra los Slytherin,
Dumbledore carraspeó de repente, llamando la atención de los alumnos, pues todos se habían puesto a cuchichear. El comedor se había vuelto un revoltijo de murmullos tras saberse que Snape había conseguido por fin su gran sueño. Como si no se hubiera percatado del impacto de la noticia que acababa de dar, Dumbledore no hizo más comentarios sobre los nuevos nombramientos del personal y se limitó a esperar a que reinara de nuevo un silencio absoluto, antes de continuar.
—Bien. Como todos los presentes sabemos, Lord Voldemort y sus seguidores vuelven a las andadas y están ganando poder —anunció, provocando que el silencio se tornara más tenso y angustioso entre los presentes. Verdaderamente aquel era un tema que no muchos querían tocar, sobre todo en la mesa de Slytherin.
Astoria desvió la mirada del director y la paseó rápidamente por su mesa, Draco tampoco miraba a Dumbledore, sino que mantenía suspendido su tenedor en el aire, de igual manera, varios asientos hacia el fondo, Theo hacía flotar su copa y Leo había sacado un cómic, de sabrá Merlín donde, pero ninguno parecía estar interesado en lo que el anciano fuera a decir.
La castaña suspiró y sin atreverse a mirar al director, clavó su mirada en la mesa de los leones, donde fugazmente se cruzó con la mirada de Ivan, quien pese a lo que hubiera pesado la chica, no le sonrió, al contrario, se volteó a susurrarle algo a Romilda, quien estaba sentada a su lado y volteó a verla de mala manera.
—Lo que me faltaba —masculló para si misma. Siguiendo el ejemplo de su prometido y el de otros Slytherin, se puso a jugar con los cubiertos de la mesa.
—No sé qué palabras emplear para enfatizar cuan peligrosa es la actual situación y las grandes precauciones que hemos de tomar en Hogwarts para mantenernos a salvo —continuó el Director, sin notar el poco entusiasmo que las serpientes ponían a su discurso—. Este verano hemos reforzado las fortificaciones mágicas del castillo y estamos protegidos mediante sistemas nuevos y más potentes, pero aun así debemos resguardarnos escrupulosamente contra posibles descuidos por parte de algún alumno o miembro del profesorado.
—Que se cuiden de Potter, que es el que siempre sale con sus guarradas —murmuró Derrick con ironía.
—Por tanto, pido que se atengan a cualquier restricción de seguridad que les impongan sus profesores, por muy fastidiosa que les resulte, y en particular a la norma de no levantarse de la cama después de la hora establecida. Les suplico que si notan algo extraño o sospechoso dentro o fuera del castillo, informen inmediatamente de ello a un profesor. Confío en que se comportaran en todo momento pensando en su propia seguridad y en la de los demás —declaró Dumbledore, recorriendo con la mirada la sala y sonrió otra vez—. Pero por mientras los esperan sus camas, cómodas y calentitas, y sé que en este momento su prioridad es estar bien descansados para las clases de mañana. Así pues, digámonos buenas noches. ¡Pip, pip! —finalizó.
—Viejo chiflado —masculló Draco, guardando su varita y levantándose al igual que casi todos los alumnos presentes, menos Astoria, quien seguía sentada y con la cabeza apoyada en sus manos, con la mirada perdida y muy pensativa. A su mente había regresado el sueño que había tenido a lo largo del todo el viaje en el tren y esa reacción tan antipática por parte del chico que había estado "enamorado" de ella por mucho tiempo, la habían puesto a pensar que a lo mejor algo estaba con ella. Aunque esa no era ninguna novedad—. ¿Astoria? —llamó el rubio.
—¿Eh? —la chica respingó al escuchar su nombre y solo entonces cayó en cuenta de que el banquete se había terminado.
—¿Que acaso no vienes? ¿Tan cansada andas que quieres que te cargue o qué? —dijo Malfoy con cierta burla.
—Sino la quiera cargar tú, la cargo yo —comento Derrick nuevamente, provocando que Astoria pusiera cara de circunstancias y se parara de un tirón, abrazándose del brazo de su prometido.
—Te dije que cuidaras tus palabras, Derrick —gruñó Draco, pero antes de que sacara su varita para maldecir, Astoria lo jaló, obligandolo a caminar.
—Solo ignoralo, ¿si? —pidió la castaña—. Es solo un idiota.
—Pues según veo la escuela está llena de idiotas que se creen galanes —declaró con mal humor, mirando de reojo a Cole, quien en compañía de Theo y otros perfectos, encabezaban el grupo de chicos que estaban apenas en primero—. Estúpidos que creen que tienen una oportunidad con mi prometida —añadió, enfatizando las últimas dos palabras de su oración.
—Tú lo has dicho, solo son estúpidos que no tienen oportunidad conmigo —apoyó la pequeña Greengrass, depositando un beso en la pálida mejilla del príncipe de las serpientes.
La pareja de Slytherin se adelantó, pero sin llegar a donde los prefectos o a mezclarse con los de primero. Bajaron a las mazmorras y entraron a la sala común, donde para disgusto de Draco, Theo y Tracey parecían estar dando un discurso informativo a los mocosos de primer año. Con una cara de malas pulgas, tomó a Astoria y se sentó en su usual sofá de cuero negro, frente a la chimenea, dejando a la Greengrass sobre sus piernas.
—Y está prohibido que se queden hasta altas horas de la noche en la sala común. Si un prefecto o un profesor entra y los encuentra haciendo actividades indebidas los puede sancionar gravemente y afectar con ello los puntos de nuestra casa —remarcó Nott, como lanzando una indirecta a Malfoy.
—¿Es mi imaginación o ustedes dos están peleados? —preguntó Astoria en voz baja a Draco, quien había cerrado los ojos.
—Está cabreado conmigo, que es muy diferente, yo no tengo bronca con él —le respondió lo suficientemente alto para que Theodore escuchara.
—Y, para la desgracia de muchos, se irán dando cuenta de quien es quien en esta casa, como nuestro "querido príncipe de Slytherin" que hace y dice lo que se le da la gana cuando se le antoja —añadió con ironía y burla. Astoria frunció el ceño ante el comentario, sintiéndose incomoda ante las miradas de los chicos de primero, quien veían con curiosidad a Draco y a ella misma que estaba sentada en sus piernas.
—Ya, Theo —intervino Tracey, volviendo a llamar la atención de los de primer año—. Los dormitorios de las chicas están hacia la derecha, las escaleras hacia arriba son tres niveles para las de primero, segundo y tercero, mientras que hacía abajo están las habitaciones para las chicas de cuarto, quito, sexto y séptimo. La misma función es para los dormitorios de los chicos, que se encuentran hacia la izquierda. Recuerden que los chicos no se pueden meter al área de las chicas, empezando porque hay hechizos protectores que no permiten el paso.
—Y compórtense, sin importar el lugar en donde estén —añadió Nott, mirando de reojo a donde Draco y Astoria, consiguiendo que la castaña terminara por levantarse y sentarse en otro sofá, incomoda ante la situación de sentirse un bicho raro. El rubio la siguió con la mirada, pero no protestó ante el acto, solo se cruzó de brazos y volteó a mirar al fuego que ardía en la chimenea.
—Bueno, creo que eso es todo —declaró Tracey para los de primer año—. Pueden ir para sus habitaciones a descansar o quedarse aquí en la sala común poco más si así lo desean —sentenció y las jóvenes serpientes se comenzaron a esparcir por el lugar, aunque la mayoría optó por ir a las habitaciones.
La nueva prefecta, caminó a prisa a reunirse en una mesa donde estaban Daphne y Pansy en compañía de otras chicas, mientras Theo se sentó en el sofá que quedaba justo enfrente del que ocupaba Draco, pero sin mirar al rubio. Astoria tomó aire y suspiró, volteándose a ver a la entrada de la sala, pues estaba segura de que Paige y compañía todavía no llegaban.
—Hola —saludó una chica de primer año que se había acercado a Draco. El aludido volteó a verla de arriba a abajo y enarcó las cejas, sin decir media palabra. Astoria también volteó a ver a quien le hablaba a su prometido—. Evanna MacLeod —se presentó la menuda chica de risada cabellera rubia y grandes ojos claros.
—Draco Malfoy —respondió a secas, mirando a Astoria de reojo. La castaña tenía la mandíbula apretada y miraba de manera asesina a la niña que se había acercado a su novio. No quería llegar a justificar a Pansy, pero que ganas le daban de matar a la mocosa que se acercaba a Draco. No es que fuera nueva siendo la novia del rubio, de hecho no era la primera vez que le pasaba algo parecido, pero si era la primera vez que estaba "oficialmente" con Malfoy el primer día de clases en Hogwarts y nunca había llegado a imaginar lo incomodo y frustrante que era ver a todas las chicas nuevas coladas por el príncipe de las serpientes.
—He llegado a escuchar de ti y tu familia —siguió hablando la niña—. Es lamentable lo que le ha pasado a tu padre, pero seguramente cuando el Señor Tenebroso llegué al poder todo estará bien —comentó con cierta coquetería que rayaba en lo ridículo. Draco volteó a ver a la niña y la examino, no tenía nada en contra de lo que había dicho, al contrario, él soportaba esa afirmación, no por nada él era un mortífago, pero era más que obvio que esa niña lo único que estaba intentando hacer era ganarse su favor y él ya se sabía esa historia.
—¿Pero de que crees que hablas, tú, mocosa? —se carcajeó Malfoy, provocando que la pequeña rubia se pusiera roja de vergüenza—. Es verdad lo que dijiste, pero simplemente no sabes de lo que hablas, mejor vete a jugar con tus muñecas y deja los asuntos de los mayores con los mayores —dijo con arrogancia y burla.
—Pero... —tartamudeó la tal Evanna, poniéndose de todos los colores ante el claro desprecio de Malfoy. Astoria no recordaba haber presenciado eso antes, generalmente porque siempre que acaba el banquete se iba a los dormitorios, pero en esa ocasión se había quedado con Draco en la sala común. La risa de Pansy resonó al fondo y la pequeña Greengrass no sabía si reír también o molestarse ante el trato que Draco le daba a una niña de once años que, bueno, al final de cuentas solo intentaba posicionarse bien. Claro está que eso no era algo que ella hubiera hecho, jamás.
—Deja de molestar y gastar mi tiempo —sentenció Malfoy, volteando a ver de nuevo el fuego de la chimenea.
—Obviamente que alguien como Malfoy jamás te pondría cuidado MacLeod —dijo con sorna y veneno otra chica morena, que a pesar del color de su piel tenía ciertos rasgos orientales—. Deja de molestarlo —ordenó a la rubia, quien para entonces ya tenía los ojos empañados y ante esas palabras solo salió corriendo a los dormitorios. Astoria no daba crédito ante tanto drama. ¿De eso se había perdido los tres años anteriores? ¡Merlín! ¿Donde se había metido Paige?
—¿Y tú eres? —preguntó Draco, enarcando las cejas y conteniendo la risa.
—Emma Waylett —se presentó alegremente la morena, extendiéndole la mano a Draco a forma de saludo.
—¡Por Salazar! —masculló Astoria, dejándose caer a todo lo largo del sofá donde estaba y cubriéndose el rostro con un cojín, sin poder ocultar el fastidio que aquello le causaba. Vale, que no tenía nada de raro que la gente quisiera conocer a Draco, pero que fastidioso era aquello, que las chicas de primero llegaran y cayeran frente a él como moscas. ¡Aquello rayaba en lo ridículo a más no poder! Si Pansy había soportado aquello por tanto tiempo, entendía perfectamente que se hubiera vuelto una psicópata maniática de los celos y posesiva.
—Pero que poco aguante tienes, hermanita —se escuchó la voz Daphne, quien se acercaba a ellos y se sentaba en el apoya-brazo del sofá donde estaba Theo.
—Ya te quiero ver a ti, si fuera al contrario —rezongó la castaña, sin importar que todos los de la sala común la escucharan y notaran sus celos.
—Mi padre me ha hablado mucho de tu padre y de tu familia, no sé si sepas que los Waylett tuvimos tratos con los Malfoy en unos negocios de importación de ingredientes para nuestra tienda en el callejón Diagon —prosiguió la chica de primera, hablando con Draco como si nada más en el mundo existiera.
—Ah, ¿si? —cuestionó el rubio, quien para entonces ya se había puesto de pie y se estiraba para quitarse la pereza—. La verdad no tenía idea —añadió, mirando con superioridad a la chiquilla.
—Si, pero fue una lastima que dejaran negociar —comentó la niña, algo afligida.
—Vale, que mi padre sabe porque hace las cosas —aseguró, sin mover un solo musculo.
—Bueno, quizás en un futuro se podrían reconsiderar... —insinuó la niña, pero los ojos grises dejaron de mirarla y se centraron en Astoria, quien se había quedado acostada en el sofá con la cabeza tapada por un cojín—. ¿Draco? —llamó la chica de primero, pero el aludido no le puso más cuidado.
—¿Celosa? —preguntó Malfoy, acercándose a quitarle el cojín a Astoria.
—Con dolor de cabeza, con sueño y esperando a que aparezca Paige para irnos a los dormitorios —declaró la chica, frunciendo la nariz con fastidio.
—Ah, claro —se burló el rubio, sentándose a un lado de su prometida—. Solo sigues aquí por esperar a Paige —dijo con una risa, ignorando por completo a la niña detrás de él, quien seguía mirándole con intensidad y algo de molestia al ser ignorada.
—No seas malo con ella, Draco —intervino Daphne, mirando a su cuñado de mala forma. El chico volteó a ver a la Greengrass mayor y sin querer se cruzó miradas con Theo, quien al parecer seguía molesto con él y no dejaría dicha molestia hasta que él terminara con Astoria.
—Vale, te dejo descansar —sentenció, levantándose y buscando a Zabini con la mirada para hacerle una seña de que se fueran ya a los dormitorios.
—No, quedate en lo que llega Paige —pidió la castaña, tomando de la mano al rubio y sonriéndose al notar la molestia en la tal Emma. Bien, no negaría que se sentía bien hacer rabiar a las mocosas que pretendían a su prometido, dejando en claro que ella era la única princesa de Slytherin. El rubio sonrió y se volvió a sentar en el sofá, dejando que la castaña se levantara y re-acomodara para acostarse en el regazo de Malfoy, con una sonrisa de plena satisfacción, mientras las chicas nuevas se morían de envida al verla, igual que algunas no tan nuevas pero que ya se habían resignado a que ella era la prometida de Draco.
O-O-O
A la mañana siguiente Astoria esperaba, en compañía de Paige, a Draco en la sala común, para ir a desayunar juntos. Malfoy hizo acto de presencia acompañado de Crabbe y Goyle como era usual, saludando con un beso a su pequeña prometida.
—Sabe a menta —murmuró Astoria cuando se separaron y se tomaron de la mano para comenzar a caminar, siendo seguidos por sus amigos.
—¿Que no les han enseñado que señalar con el dedo des de mala educación? —chilló la pelirroja a un lado de Astoria, quien miraba de mala manera a un grupo de chicas de primero que era liderado por la niña morena que se había insinuado a Draco en la noche anterior.
—Las hubieras visto anoche —masculló la castaña de ojos verdes, mirando de forma inquisidora a las chicas, quienes no se inmutaron y siguieron cuchicheando sin importarles nada.
—No les hagas caso, pronto se les pasará la novedad —animó Draco, sin dejar de caminar para salir de las mazmorras e ir al Gran Comedor.
—De hecho, aún me acuerdo cuando era una mocosa de primero —comentó Paige con cierto aire soñador, como si hablara de mucho tiempo atrás.
—Cálmate que apenas estamos en cuarto, tampoco somos tan viejas —le respondió Astoria con una risa.
—Oh, pero si gracias por lo que a nos toca —se rió Darco.
—Increíble pensar que ya somos de sexto —dijo Crabbe, con cierto aire de superioridad, mientras subían por las escaleras de piedra para llegar al vestíbulo.
—Quien fuera ustedes, ya han pasado lo peor —añadió Paige—. Ahora pueden tomar las clases que quieran y tendrán tiempo libre entre horas y horas.
—Suena muy bien si lo dices así —respondió Malfoy, mientras la pelirroja parpadeaba con algo de ingenuidad. Por más que Draco fuera el novio de su mejor amiga, no se terminaba de acostumbrar a que el rubio le hablara, si tomaba en cuenta que la mayoría de su tiempo se la pasaba con Cole y Leo quienes hablaban de lo peor de Malfoy y bueno, simplemente era extraño que ellos cruzaran palabra.
—Tú entras a lo más cómodo y nosotras apenas comenzamos lo peor —terció Astoria—. A estudiar para los TIMOs y con clases odiosas.
—Ya te he dicho que disfrutaré mirando tus resultados —se burló él, recibiendo un codazo por parte de su prometida.
—Que malo —se quejó la castaña, haciendo un mohín.
Llegaron por fin al Gran Comedor y aún con las quejas de Astoria, Paige se quedó sentada con Cole y Leo, desayunar con Malfoy, Zabini y todos ellos era demasiado para la pelirroja. Astoria refunfuñó y por lo menos agradeció que Tracey estuviera entre el grupo de chicos en el que comería, aunque seguía siendo igual de raro comer con alumnos de un curso mayor al suyo.
Se sentaron casi a mitad de la mesa de Slytherin y Astoria volteó a mirar el techo del Gran comedor, que se pintaba con un cielo azul claro con tenues y difusas nubes blancas, casi igual que los trozos de cielo que se veían por las altas ventanas con parteluces. Comenzaron a comer tranquilamente, hablando de banalidades como lo que pensaban de los profesores y los equipos de Quidditch. Por alguna extraña razón a Astoria se le hizo raro no enterarse de lo que decía en El Profeta, el año pasado se había acostumbrado a que Cole leyera todas las mañanas en voz alta e hiciera comentarios al respecto.
La castaña notó que entre el grupo nuevamente se encontraban Herper, Hitchens y Derrick, este último la miraba una y otra vez haciéndola sentir incomoda.
—¿Ya saben que clases continuarán tomando? —preguntó Zabini, mirando a los chicos, mientras Astoria mordía una tostada. Esa pregunta obviamente que no la incluía a ella, pues ella recibiría su horario normal como los años pasados, por el contrario de los de sexto, quienes tenían que esperar a que el jefe de la casa autorizara sus materias antes de darles un horario.
—Pociones, Transformaciones, Defensas contra las Artes Oscuras y Encantamientos —recitó Draco con tranquilidad.
—Supongo entonces que te haré compañía en todas esas asignaturas —dijo el moreno, sonriendo con complicidad.
—¿Pues cuantas asignaturas piensas tomar? —interrogó Astoria, mirando al moreno con curiosidad.
—Pociones, Transformaciones, Encantamientos, Defensas contra las artes oscuras, Runas antiguas y Alquimia —contestó Blaise con arrogancia.
—¿Alquimia? —interrogó uno de los chicos presentes. —¿Aquí dan Alquimia?
—Claro, pero solo es para un grupo de matados como Blaise —se adelantó a contestar Draco con cierta burla.
—Ya quisieras tú poder tomar esa clase —gruñó el moreno, rodando los ojos con fastidio.
—Bueno, la gente normal no se mete con esas cosas, Blaise. Yo, por ejemplo, tomaré Herbología, Cuidado de Criaturas Mágicas y Transformaciones —declaró Tracey con media sonrisa—. Así que supongo que nos veremos solo en una asignatura, aunque sea con la bruja de Mcgonagall.
—¿Y ustedes? —interrogó Harper, mirando a Crabbe y Goyle.
—Creo que te harán compañía en muchas clases —se burló Malfoy, mirando con cierta sorna a sus amigos—. No han pasado ninguno y les tocará repetir los TIMOs —añadió, mirando al chico que apenas estaba en quinto.
—Oh, vaya, no me asusten con que están muy difíciles —respondió el joven de quinto.
—No, no son tan malos si usas tu cerebro, ¿verdad? —volvió a decir con burla, mirando a Crabbe y Goyle que ya no sabían donde esconderse.
—A ti aun te falta tiempo para tus TIMOs, Astoria —comentó Tracey, sonriendo a la castaña—.Pero, ¿cuales piensas tomar?
—La verdad no lo sé —respondió la chica encogiéndose de hombros—. He pensado en ser Sanadora, así que supongo que necesito Pociones, Defensas Contra las Artes Oscuras, Cuidado de Criaturas Mágicas y algunas otras.
—Pues esas son las básicas para ser Sanadora —dijo Zabini, incluyéndose en la platica. —Pero también podrías tomar Alquimia, para crear pociones más avanzadas y que ayudan con cosas como alargar la vida o mantenerse joven, incluso hacer oro —añadió el moreno con avaricia, dejando ver porque era un Slytherin a pesar de lo buena gente que pudiera ser.
—Ya deja de presumir —gruñó Draco—. Si no fuera porque de seguro ahí estará la sangre sucia yo también tomara esa clase —sentenció el rubio.
—La sangre sucia no estará ahí —informó Blaise con una sonrisa de triunfo—. Cuando la profesora Babbling le ofreció que se apuntara, Granger dijo que no, porque ya era demasiado trabajo para ella y no quería sobre cargarse de trabajo.
—¿Entonces necesitas Runas Antiguas para esa clase? —interrogó Astoria, con sus ojos verdes llenos de la misma avaricia destilaba Zabini. La idea de la Alquimia sonaba demasiado tentadora como para no animarse a tomarla, incluso si eso implicaba no dormir nunca para estudiar. Juventud y oro, ¿quien no se vería tentado?, además sabía que la alquimia también poseía otros beneficios para los que sabían dominarle. Sobre todo estaba el poder sanador, finalmente, la alquimia era una combinación de medicina y otras ciencias más de la magia.
—Los alquimistas usualmente usaban runas para escribir sus teorías, por ende no puedes tomar Alquimia sin haber aprobado los TIMOs de Runas Antiguas —dijo el chico con arrogancia, ya que era el único del grupo que se podía dar el lujo de decir que decir sabía leer Runas y que tomaría alquimia, porque incluso Theo había reprobado su TIMO en Runas.
—¿Creen que podría añadirme una asignatura electiva aunque ya esté en cuarto año? —preguntó Astoria, con una pinta muy pensativa y ausente. Draco se volteó a verla, visiblemente sorprendido, igual que algunos de los otros chicos del grupo, quienes habían captado perfectamente lo que la princesa de Slytherin pensaba.
—Necesitarías hablar con Snape y te tocaría tomar esa asignatura con los de tercero, creo —respondió Tracey, analizando la situación que había planteado la pequeña castaña—. Aunque eso significaría que te atrasarías un año para aprobar los EXTASIS.
—O demostrar que eres una genio —intervino Blaise—. ¿Quieres tomar Runas? —preguntó él y la chica asistió con algo de timidez.
—¿Para que quieres esa clase? —preguntó Draco, extrañando, dándole una mordida a su tostada.
—No lo sé, me llama la atención y quisiera poder tomar Alquimia —respondió la castaña, con un tono desinteresado, que contrastaba la chispa de avaricia que brillaba en sus ojos. Draco enarcó las cejas, pero no dijo nada, solo le dio otra mordida a su tostada.
—Nada pierdes intentándolo, ¿verdad? —animó Zabini—. ¿Por qué no vamos a hablar con Snape y la profesora Babbling? —sugirió, ganándose una mirada asesina por parta del rubio prometido de Astoria, a quien no le hacía gracia tanta amabilidad por parte de su amigo hacia su prometida.
—Dale, que no hay nada que el favorito de Babbling no pueda conseguir —se burló Malfoy.
—Ya hermano, no te pongas celoso —contra atacó el moreno, mostrando sus blancos dientes como si fueran colmillos—. Mejor ven con nosotros —propuso, pero el rubio solo bufó y rodó los ojos.
—No gracias, no tengo nada que hacer con Babbling, ni con Snape —sentenció de mala gana.
—Vamos, Draco —pidió Astoria, tomando de la mano a su prometido, pero él no se levantó.
—Tú vas porque quieres agregarte clases, Zabini va porque es el favorito de Babbling y seguro que la convence para que te de la oportunidad, pero yo de verdad que no tengo nada que hacer ahí —sentenció Malfoy, mientras Astoria hacía un puchero—. De verdad.
—Vale, está bien —aceptó la chica, arrugando la nariz—. Nos vemos más tarde —finalizó, inclinándose para darle un fugaz beso en los labios, quien correspondió de forma distraida y solo se quedó mirando como Astoria se alejaba con Zabini.
La verdad que esa mañana no se había despertado con mucho animo, pues sentía cada vez más cerca la hora de comenzar su trabajo como mortífago. Sabía que tenía el tiempo contado y tenía demasiadas cosas por hacer, cosas de las que Astoria no se podía enterar y lo mejor era simplemente guardar distancia, para que ella no notara que algo estaba mal en él, como ya lo habían hecho varios.
—¿Dejas que tu novia se vaya, así como así, con Zabini? —preguntó repentinamente una pelinegra que se sentó a un lado de Draco, donde había estado sentada Astoria.
—¿No tienes a quien más molestar, Pansy? —intervino Tracey, haciendo una mueca, mientras le arrebataba a un pastelillo a Crabbe.
—No, la verdad que no —contestó con descaro y malicia.
—Por lo menos no te tendré que aguantar para ninguna clase —bufó Draco con mala gana.
—¿Dijiste algo, Draco? —preguntó Parkinson con tono meloso, haciéndose la que no había escuchado.
—Que es una perdida de tiempo estar aquí perdiendo el tiempo en espera de nuestras clases —se quejó el rubio, dándole un último trago a su jugo de calabaza y mirando a Crabbe y Goyle con cierta desesperación.
La noche anterior ya les había comentando parte de los planes que tenía y quería comenzar de inmediato, por lo menos necesitaba asegurarse de que la sala de los menesteres le respondiera como él quería, ya que la única otra vez que había estado en ese lugar había sido cuando la emboscada a Potter y lo último que quería era que lo emboscara a él y le arruinaran sus planes.
—Bueno, este año tendremos mucho tiempo libre —comentó la pelinegra, sonriente.
—Habla por ti —declaró Tracey con cierto veneno—. Yo tendré cinco clases, no solo tres.
—Tú porque eres matada —se burló Pansy—. Deberías de darles unas a de esas clases a Crabbe y a Goyle —añadió con sorna.
—Mejor debería de pasártelas a ti —gruñó la castaña con molestia.
—Ya cállense los dos —bramó Malfoy con una mueca, poniéndose de pie y haciéndole una seña a sus amigos para que lo siguieran.
—¿No van a esperar para sus horarios? —cuestionó Harper, mirando a los chicos.
Draco volteó a verlos y visualizó a lo lejos como Nott, Tracey, Cole y otros prefectos de Slytherin repartían pergaminos a los de la mesa de Slytherin, posiblemente los horarios que Snape no se le había antojado repartir. Hizo una mueca y recordando que sus clases tenían que ser aprobadas antes de que se las asignaran, se encogió de hombros.
—Igual se va a tardar, ya luego vamos con Snape —contestó el rubio, girandose sobre sus talones para abandonar el lugar antes de que Greyback acercara.
O-O-O
Diez minutos después, como Zabini lo había prometido, Astoria había recibido una nota de la profesora Babbling para poder tomar la asignatura de Runas Antiguas y cinco minutos después de eso, Snape ya le había dado su horario de ese año con la clase incluida. Había costado convencer a la profesora Babbling de que la aceptara, pero siendo que Blaise se había ofrecido a ayudarla para que se pusiera al nivel, al final la habían dejado en una especie de prueba. Y aunque su horario ahora estaba completamente lleno y apenas tendría tiempo para hacer sus deberes, Astoria estaba feliz por haber conseguido su objetivo.
—Genial —ironizó la castaña al mirar la primera asignatura de ese día—. Dos horas de pociones, nuevamente al comenzar el año —se quejó, suspirando.
—Pensé que le gustaba la clase, señorita —comentó Snape con cierta burla ante la actitud de la pequeña Greengrass.
—Créame que me gusta, pero no será lo mismo sin usted —contestó ella.
—El profesor Slughorn es muy bueno también —informó Snape con más seriedad—. Zabini, ya que está aquí de abogado —llamó,— muéstreme sus TIMOs para aprobarles sus clases.
—Claro, profesor —aceptó el moreno, sacando de su túnica los resultados, que eran mucho mejor de los que habían sido los de Draco.
Snape no tardó mucho en aprobar las ses clases que quería Blaise, incluyendo la de Alquimia. El jefe de la casa de Slytherin le entregó el pedazo de pergamino al moreno y se cruzó de brazo.
—Bien, dígale a los haraganes que esperan por mí en el Gran Comedor que vengan para acá, porque yo no iré a buscarlos —les pidió a los chicos antes que de que dejaran el despacho.
Los dos Slytherin asistieron con la cabeza y salieron de las mazmorras, rubo al Gran Comedor, pues aún quedaban diez minutos antes de que comenzara la primera hora de la mañana.
—Pues, en lo que tardas en que te manden los libros de Runas Antiguas, yo te voy a prestar los míos —le comentó Zabini.
—No creo que tarden mucho, además mi primera clase de Runas es hasta el miércoles —informó la chica sonriendo.
—Bien, pero por si las dudas ahí tengo los míos y puedes ir mirándolos de una vez —le dijo el moreno con una sonrisa. Astoria asistió con la cabeza y se frotó el rostro con algo de pereza.
Ambos siguieron su camino hacia donde momentos antes habían estado desayunando con sus amigos.
—¿Dónde está Draco? —preguntó la castaña cuando se ubicaron en el tramo de mesa donde todos se habían quedado antes de que fueran a ver lo de sus clases y donde curiosamente ya no estaba su prometido ni los dos guardaespaldas no-oficiales del susodicho.
—Consideró que era una perdida de tiempo esperar por su horario y se largó —dijo Derrick con cinismo. Astoria gruñó ante aquello y rodó los ojos.
—Vale, entonces nos vemos —masculló la menor de las serpientes, a forma de despedida de todos y emprendiendo camino hacia donde estaban sus amigos.
Si era honesta, le había molestado esa actitud de ese chico, no le había caído para nada bien y la verdad, no tenía que aguantarlo si Draco no estaba presente.
Astoria llegó a donde estaban Paige, Leo y Cole, desayunando, y se sentó a un lado de su amiga.
—Hola, extraña —saludó la pelirroja sin dejar de comer, sonriendo con la boca llena y los cachetes inflados.
—¿Cual extraña? —se quejó la aludida—. Los vi a todos en la mañana, así que no se quejen —se defendió.
—Claro, peor ya nos has cambiado por el grupo de tu novio —recriminó Leo, quien examinaba su horario de clases.
—¿Ya les dieron sus horarios? —preguntó Astoria, extrañada, pues ella había estado con Snape los últimos veinte minutos y estaba segura de que él no los había repartido, si hasta le había dicho a ella y a Zabini que fueran a decirle a los demás que tenían que ir por los horarios a su oficina.
—Snape puso a los prefectos a repartirlos a todos los de Slytherin, menos a los de sexto y séptimo, a ellos les tocará ir por sus horarios —informó Cole—. Que por cierto, tengo el tuyo aquí —declaró, sacando un pergamino de su túnica.
—No te preocupes, ya tengo el mío —informó la castaña, mostrando su nuevo horario.
—¿Como lo conseguiste? —cuestionó Paige, con media tostada en su boca, arrebntandole de una el pergamino a su amiga—. ¿Por qué tienes Runas Antiguas? —preguntó antes de que Astoria pudiera decir nada. Leo y Cole dejaron de hacer lo que hacían para voltear a ver sorprendidos a la castaña, esperando también la respuesta de esa pregunta.
La pequeña Greengrass sonrió nerviosa y se encogió de hombros.
—Me llamó la atención tomarla y bueno... Nada pierdo, ¿o sí? —balbuceó, haciendo ademanes—. Además, soy buena con los idiomas —añadió de forma atropellada, tomando algo de jugo de Calabaza, que era de Paige.
—Las Runas Antiguas no son como el francés —comentó Cole, con media sonrisa y mirando a la chica, esperando una respuesta, pero ella solo se limitó a sonreír y darle otro trago al jugo—. Yo estoy tomando esa clase, así que si necesitas que te ayude en algo solo dilo —ofreció con amabilidad.
—Gracias —fue lo único que respondió ella, regalandole una sonrisa al chico.
Un silencio incomodo se formó entre los amigos. Astoria no es que tuviera nada en contra de Cole, pero se sentía algo incomoda en su presencia, incluso se podía decir que hasta algo culpable por no contestarle todas las cartas que le había mandado durante el verano.
Por suerte de los cuatro Slytherin la campa de la primera clase de la mañana sonó y cada uno se levantó para dirigirse a sus respectivas asignaturas, aunque los tres de cuarto tenían la misma clase, así que solo fue Cole el que se despidió al subir las escaleras, mientras los otros bajaban a las mazmorras.
—Empezando por cuarto año con pociones —gruñó Paige, despeinándose—. He considerado seriamente en dejar de desayunar a principio de año, ¡siempre comenzamos con esta clase! ¡mi estomago no lo aguanta! —se quejó.
—Oh vamos, no es tan malo y al menos ya no será Snape quien nos deje una montaña de deberes —comentó Leo, visiblemente esperanzado—. El nuevo maestro se ve que es más relajado.
Astoria iba a comentar algo sobre lo que había escuchado de Slughorn, pero en eso notó como a lo lejos se acercaba Draco en compañía de sus amigos.
—¿Ya tienes tus clases? —fue lo primero que dijo Tory cuando el rubio se detuvo frente a ella.
—Claro, ya me aprobaron todas mis clases —contestó el rubio sonriendo—. Aunque tengo unas horas libres —confesó, restando importancia a ese detalle, pues aunque no quería que ella supiera todo o le cuestionara sobre lo que haría en su tiempo libre, aunque igual sabía que no se lo podría ocultar.
—¿Y a dónde vas entonces? —cuestionó Astoria, mirando de reojo como Leo y Paige tomaban rumbo hacia el aula de pociones, dejándola sola.
Draco bufó, justamente esa pregunta era la que no quería contestar, no le quería mentir, pero no le quedaba de otra.
—Solo a estirar las piernas, princesa —mintió.
—Vale, nos vemos en el almuerzo —aceptó ella, besando fugazmente al rubio, antes de salir a toda prisa para alcanzar a sus amigos, dejando a Draco con la palabra en la boca. El rubio solo miro como la chica se alejaba y no pudo evitar seguir con la vista el revolotear de la falda de su niña.
—Andando —indicó Draco a Crabbe y Goyle, quienes solo asistieron, sin decir media palabra.
Subieron con calma, mirando con altanería y desprecio a todos con los que se topaban, sobre todo aquellos que los señalaban.
—¿Seguros de que Filch dijo que lo había guardado aquí? —preguntó Draco a sus dos amigos a quienes les había pedid, la noche anterior, que se hicieran cargo de averiguar donde había quedado el armario evanescente donde habían encerrado a Montague el año pasado.
—No dijo exactamente que aquí, pero si dijo que era una habitación que los alumnos no podían encontrar con facilidad —volvió a repetir Vincent, cuando llegaron al séptimo piso y se detuvieron frente al tramo de pared que estaba frente al tapiz de Barnabás el Chiflado.
—Si, si y a no ser que exista otro lugar que desaparezca, debe ser aquí —volvió a concluir Draco, aunque seguía sin estar convencido del todo.
—¿Y sabes cómo entrar, Draco? —preguntó Gregory.
—Claro que si, no seas estúpido —respondió de mala manera el rubio, mirando aquel lugar donde el año pasado había entrado para desmantelar el chanchullo de Potter y su organización. Un escalofrío lo recorrió al recordar lo que había sentido al descubrir que Astoria lo había engaño. Sacudió la cabeza con fuerza y volteó a ver a sus compinches—. Ustedes se quedarán aquí afuera, vigilando que nadie se acerque y si ven a alguien, hagan mucho ruido para avisarme, luego cuando se valla, tocaran la puerta tres veces para informarme...
—¿Cual puerta? —lo interrumpió Vincent, arrugando el ceño y mirando la pared.
—Pues esperate, idiota —bramó Malfoy, exasperado y dando un paso hacia el frente.
Draco cerró los ojos y suspiró para poner su mente en blanco y luego concentrarse en el pensamiento de: «Quiero entrar al lugar donde está el armario evanescente para arreglarlo» pensó y repitió en su mente, mientras caminaba tres veces frente a la pared, ante la expectante mirada de sus compañeros, pero nada ocurrió.
Malfoy abrió los ojos y parpadeó ingenuo, para luego arrugar el ceño visiblemente molesto. Volvió a repetir el acto tres o cuatro veces, pero la pared seguía igual, sin dar señales de querer colaborar con su objetivo.
—Como que no está funcionando —comentó Goyle, aumentando la frustración de Draco quien gruñó y pateó la pared.
—Porquería —masculló, comenzando a alejarse a grandes zancadas, maldiciendo por lo bajo e ignorando a sus amigos que corrían detrás de él.
O-O-O
Astoria miraba el reloj de arena con aburrimiento, esperando que su poción se cocinara. La verdad es que el profesor Slughorn, no había sido muy sorprendente. Se había notando a simple vista lo que ya le habían dicho los demás: Era un interesado. Mientras pasaba lista, iba preguntando sobre los familiares que más destacaban, tanto buenos como malos, aunque era evidente que había demostrado apatia contra Leo y Paige al ser hijos de dos mortífagos: Thorfinn Rowle and Antonin Dolohov. Aunque por su parte había mostrado algo de interés, destacando que sus padres eran aurores y comentando que seguramente tendrían le mejor seguridad de Inglaterra, después de la seguridad que le daban a Harry Potter y el Ministro. ¡Por favor! Había sido tan... ¡Arg!
—Oh, querida, pero veo que eres muy buena en pociones —comentó el profesor, acercándose a ver su poción de sueño que tenía un suave color violeta brillante. Astoria lo miró, levantó una ceja y luego sonrió de forma forzada; le estaba irritando mucho aquella actitud del profesor—. Seguramente lo has heredado de tu padre. Samael siempre fue muy bueno en pociones, uno de mis mejores alumnos, jamás dude de que se convirtiera en un exitoso auror —comentó, poniendo una de sus regordetas manos en el hombro de la chica, como si fueran conocidos de siempre.
—La verdad es que mi novio fue quien me enseñó —se atrevió a rezongar la castaña, visiblemente fastidiada.
—Oh —el profesor parpadeó y luego sonrió de manera fingida—. ¿Y quien es tu novio, que te ha enseñado tan bien? —preguntó, solamente para seguir la platica, cosa que sorprendió a Astoria, pues juraba que con eso la dejaría en paz.
—Draco Malfoy —dijo secamente, apagando el mechero de su poción para luego añadir unas ramitas de valeriana. El profesor pareció ponerse pálido ante esa confesión y eso no pasó desapercibido por la chica, que sonrió con arrogancia. ¡Por fin lo había conseguido!
—Oh, bueno, continua con tu trabajo —dijo atropelladamente el profesor de pociones, alejándose de esa mesa y acercándose a la de los Gryffindor.
—Te lo acabas de echar de enemigo —comentó Leo, negando con la cabeza—. Se ve que no sabía que los Greengrass se llevaban con los Malfoy.
—Si lo sabía, si conoce a mi padre, sabrá que siempre ha sido amigos de Lucius, que se haga tonto es otra cosa —bramó la Greengrass.
—Seguramente pensó que ya no se llevaban, con de eso que tu padre fue quien arrestó al padre de Draco —comentó Paige, mirando al regordete profesor que hablaba de forma animada con Romilda, seguramente sobre su famosa tía—. Es un convenenciero —masculló, golpeando su caldero con la varita, antes de dejarla reposar.
—Jura que no te contradigo —contestó Astoria, encogiéndose de hombros. La verdad es que no le importaba tener el favor de ese profesor. Finalmente, gracias a Draco, se podía considerar buena en pociones.
La hora de pociones pasó más lenta de lo que a Astoria le hubiera gustado y se podría decir que salió huyendo del aula, antes de que el profesor Slughorn cambiara de opinión sobre ella y su familia. La hora de Herbología por lo menos pasó sin ningún pormenor, o al menos ignorando el hecho de que Romilda le hubiera tirado jugo de carne encima, con la intención de que una planta carnívora se la comiera y obteniendo que como resultado que la pequeña Greengrass literalmente se vomitara.
O-O-O
—¿Vas a seguir molesto conmigo? —preguntó Draco de forma cortante, mirando a Theodore, quien leía la revista de Corazón de Bruja de Daphne, solo para ignorar al rubio que acaba de llegar a la sala común.
—¿Vas a seguir con Astoria? —respondió el castaño, asomándose por encima del ejemplar que pretendía leer.
—Hasta que la muerte nos separe —contestó con firmeza y sonriendo con arrogancia. Draco hubiera podido esperar cualquier reacción por parte de Nott, menos que le aventara la revista.
—¡No seas estúpido! ¡No vuelvas a decir eso! —gruñó el chico—. Que con los pasos que llevas...
—¡Ya, maldita sea, Theo! —bramó el chico, levantándose, después de recibir el golpe de lo que su amigo le había aventando—. ¡No nos va a pasar nada!
—¿Y cómo puedes estar tan seguro? —contra atacó Nott, mirando de forma asesina a Draco.
—¡Simplemente lo sé! —gritó exasperado, sin importarle que algunos presentes voltearan a verlos.
—Fantástico, resultaste ser el hijo perdido de Trelawney —ironizó, soltando una carcajada, a lo que Malfoy respondió con una mueca y apretando los puños. De verdad que el rubio estaba haciendo todo su esfuerzo por no partirle la cara a Nott y solamente porque quería hacer las paces con él. Para fines prácticos, no le convenía tenerlo de enemigo o bueno, que estuviera molesto con él, simplemente no le convenía estar en malos términos con él.
—Ya cállate, Theo —gruñó el chico rubio, fulminando con la mirada a los presentes que miraban con curiosidad y tomando a su amigo por el brazo para llevarlo arrastrando hacia el dormitorio de los chicos. Theo insultaba y maldecía al rubio, pero aún así no oponía mucha resistencia.
—¿Que acaso te dio miedo que te fuera a dejar en evidencia en la Sala Común? —preguntó el castaño, con sorna, cuando el rubio cerró la puerta con llave.
—En parte —admitió Draco—. Pero lo que más me interesa ahora es ponerle fin a esta estúpida discusión ya que lleva demasiado tiempo —declaró.
—Ya sabes que es lo que pienso y no cambiaré de opinión, así que, si quieres que esta discusión termine, ¡haz lo correcto! —exclamó con decisión.
—¡Que no puedo! —gruñó el rubio, lleno de desesperación—. ¡La amo! soy quien más se preocupa por ella y si algo la pusiera en peligro, yo sería el primero en hacer algo para protegerla, así fuera matarme...
—No exageres, carajo — gruñó Theo, bajando la mirada.
—No exagero, esa es la verdad... —siguió diciendo Draco, con voz más suave—. La amo, amo a Astoria más que a nada y quizás tengas razón y estoy siendo egoísta, pero no la quiero dejar —finalizó.
—No recuerdo que antes hubieras dicho eso —analizó Theo, mirando a su amigo con media sonrisa.
—La amo —volvió a repetir con cierta sorpresa de sí mismo, pues realmente no recordaba haber dicho aquellas dos palabras de manera tan abierta.
—Ya me quedo claro eso —rió Nott, recibiendo otra sonrisa por parte de su amigo—. Pero aún así... —quiso añadir, pero Draco lo interrumpió.
—¿De verdad crees que «él» vendría aquí a Hogwarts a hacerle daño a Astoria, solo por ser mi novia? —argumentó a su favor—. ¿Vale la pena romperle el corazón a Astoria por nada?
—No es por nada, ¡es porque eres un mortífago! —declaró Nott, frustrado de la terquedad de su amigo.
—Cuando el señor tenebroso suba al poder será generoso con los que le hemos servido y ella estará a salvo, aún con sus ideas y gustos muggles —aclaró Draco con mucha seguridad en sus palabras.
Theo abrió la boca, como si fuera a decir algo, pero luego la cerró y apretó los puños. La verdad es que no tenía nada para argumentar contra eso. Aunque no le gustara admitirlo, sabía que el Señor Tenebroso tenía muchas oportunidades de ganar, muchas oportunidades de volver a subir al poder y crear nuevamente una era de horror y desgracia, y lo único que les quedaba, sobre todo a ellos, era apoyar al lado que más les convenía.
—Ya va a comenzar la hora de Defensas Contra Las Artes Oscuras —la voz de Zabini sonó detrás de la puerta, junto con unos golpes—. ¡Dejen que saque mis libros, carajo! —volvió a llamar a la puerta.
—Que pulmones —se burló Draco, abriendo la puerta y encontrando a su amigo quien cargaba montón de pesados libros.
—¡En Runas nos han puesto demasiados deberes! —se quejó Blaise, resitando montón de maldiciones, mientras revolvía sus cosas—. ¡Una redacción de cuarenta centímetros y dos traducciones, y tengo que leerme todos estos libros para el miércoles!
Los otros dos solo rieron, al tiempo que tomaban sus cosas y dos minutos después, los tres Slytherin salían de las mazmorras para ir al aula de Defensas contra Las Artes Oscuras.
—¿Y Crabbe y Goyle? —preguntó Blaise, mientras esperaban fuera del aula.
—En su clase de Encantamientos —respondió Draco, encogiéndose de hombros.
En ese momento se abrió la puerta del aula y Snape salió al pasillo. Como siempre, dos cortinas de grasiento cabello negro enmarcaban el pálido rostro del profesor. De inmediato se produjo silencio en el grupo de alumnos que esperaban por la clase.
—Adentro —ordenó él.
La estancia ya se hallaba cambiada, como siempre pasaba cuando un nuevo profesor se instalaba ahí. Había velas encendidas, sin embargo el lugar tenía un aspecto más sombrío, ya que las cortinas estaban corridas. De las paredes colgaban unos cuadros nuevos, la mayoría de los cuales representaban sujetos que sufrían y exhibían tremendas heridas o partes del cuerpo extrañamente deformadas. Los alumnos se sentaron en silencio, contemplando aquellos misteriosos y truculentos cuadros.
—No les he dicho que saquen sus libros —dijo Snape al tiempo que cerraba la puerta y se colocaba detrás de su mesa, de cara a los alumnos; mirando de reojo a Hermione, quien dejó caer rápidamente su ejemplar de "Enfrentarse a lo indefinible" en la mochila y la metió debajo de la silla—. Quiero hablar con vosotros y quiero que me pongan la mayor atención —declaró, mientras con sus ojos negros recorría las caras de sus alumnos, topándose con los ojos grises de su ahijado quien le miró retadoramente y haciendo una mueca. —Si no me equivoco, hasta ahora habéis tenido cinco profesores de esta asignatura...
—Y cada uno peor que el otro —murmuró Draco, mirando distraidamente uno de los cuadros donde una bruja parecía estar bajo la maldición «Cruciatos» y no pudo evitar que un escalofrío lo recorriera, él sabía lo que se sentía aquello.
—...Naturalmente, todos esos maestros habrán tenido sus propios métodos y sus propias prioridades. Teniendo en cuenta la confusión que eso les habrá creado, me sorprende que tantos de ustedes hayan aprobado el TIMO de esta asignatura. Y aún me sorprendería más que llegaran a aprobar el ÉXTASIS, que es mucho más difícil —Snape empezó a pasearse por el aula y bajó el tono de voz; mientras los alumnos estiraban el cuello para no perderlo de vista—. Las artes oscuras son numerosas, variadas, cambiantes e ilimitadas. Combatirlas es como luchar contra un monstruo de muchas cabezas al que cada vez que se le corta una, le nace otra aún más fiera e inteligente que la anterior. Están combatiendo algo versátil, mudable e indestructible.
Draco sonrió con cierta arrogancia, repitiendo esas últimas palabras en voz baja para si mismo, saboreando el poder y satisfacción que le daban esas palabras. Podía estar aún algo molesto con su padrino, por sentir que estaba intentando ocupar el lugar de su padre en las filas del Señor Tenebroso, sin embargo, no negaría que Snape hablaba de las artes oscuras como debía de ser, con respeto y con una voz aterciopelada, como solo alguien que las practicara podía hacerlo.
»Por lo tanto —continuó el profesor, subiendo un poco la voz—. Sus defensas deben ser tan flexibles e ingeniosas como las artes que pretenden anular. Estos cuadros —añadió, señalándolos mientras pasaba por delante de ellos— ofrecen una acertada representación de los poderes de los magos tenebrosos. En éste, por ejemplo, podéis observar la maldición cruciatus —era una bruja que gritaba de dolor y Draco desvió la mirada de forma brusca—. En este otro, un hombre recibe el beso de un dementor —dijo, señalando otro cuadro donde estaba un mago con la mirada extraviada, acurrucado en el suelo y pegado a una pared—, y aquí vemos el resultado del ataque de un inferius —era una masa ensangrentada, tirada en el suelo.
—Entonces, ¿es verdad que han visto un inferius? —preguntó Parvati Patil con voz chillona—. ¿Es verdad que los está utilizando?
—El Señor Tenebroso utilizó inferi en el pasado —respondió Snape—. Y eso significa que deben deducir que él puede volver a servirse de ellos. Veamos... —echó a andar por el otro lado del aula hacia su mesa, y una vez más la clase entera lo observó desplazarse con su negra túnica ondeando—. Creo que son novatos en el uso de hechizos no verbales. ¿Alguien sabe cuál es la gran ventaja de esos hechizos?
Como siempre, Hermione levantó la mano con decisión, era obvio que era posiblemente la única que había estudiado antes de clase. Snape se tomó su tiempo y, tras mirar a los demás para asegurarse de que no tenía alternativa, dijo con tono cortante:
—Muy bien. ¿Señorita Granger?
—Tu adversario no sabe qué clase de magia vas a realizar, y eso te proporciona una ventaja momentánea.
—Una respuesta calcada casi palabra por palabra del Libro reglamentario de hechizos, sexto curso —repuso Snape con desdén y Malfoy rió entre dientes—.Pero correcta en lo esencial. Sí, quienes aprenden a hacer magia sin vociferar los conjuros cuentan con un elemento de sorpresa en el momento de lanzar un hechizo. No todos los magos pueden hacerlo, por supuesto; es una cuestión de concentración y fuerza mental, de la que algunos... — la mirada de Snape se detuvo con malicia en Harry— carecen.
Harry comprendió que Snape estaba pensando en las fatídicas clases de Oclumancia del curso anterior, así que se negó a bajar la vista y miró con odio al profesor hasta que éste desvió la mirada.
—Ahora —continuó Snape— quiero que se coloquen en parejas. Uno de ustedes intentará embrujar al otro, pero sin hablar, y el otro tratará de repeler el embrujo, también en silencio. Ya pueden empezar —sentenció.
—Yo voy con Arise —informó Blaise, alejándose de sus dos amigos y formando pareja con la Ravenclaw de cabello negro y ojos amarillos.
—¿Crees que esos dos se traigan algo? —preguntó Theo a Draco, mientras observaban al moreno que ya se ponía a practicar.
—No lo sé, solo sé que tienen clases juntas —respondió el rubio, preparándose para atacar.
Así pues, el resto de los alumnos pusieron manos a la obra. Muchos optaron por hacer trampas y pronunciaban el conjuro quedamente en lugar de a viva voz. Y como era de esperar, al cabo de diez minutos Hermione ya había conseguido repeler en completo silencio el embrujo piernas de gelatina que Neville había pronunciado en voz baja, una proeza que sin duda le habría valido veinte puntos para Gryffindor con cualquier otro presor, pero, como era obvio, Snape le ignoró olímpicamente.
Por el contrario, le regaló quince puntos a Slytherin, cuando cinco minutos después, Draco consiguió maldecir a Nott en completo silencio, con un «Petrificus Totalus», aunque no pudo romper la maldición de la misma forma.
—Sigue practicando, Malfoy —ordenó Snape, siguiendo su recorrido por el aula y deteniéndose cerca de donde estaban Harry y Ron.
Ron, lívido y con los labios apretados para no caer en la tentación de pronunciar el conjuro, intentaba embrujar a Harry, quien en ascuas mantenía la varita levantada, preparado para repeler un embrujo que no parecía que fuera a llegar nunca.
—Patético, Weasley —sentenció Snape al cabo de un rato de estar observando lo mismo—. Aparta, deja que te enseñe...
El profesor sacudió su varita en dirección a Harry tan deprisa que el muchacho reaccionó de manera instintiva y, olvidando que estaban practicando hechizos no verbales, el león gritó:
—¡Protego! — y el encantamiento escudo de Harry fue tan fuerte que Snape perdió el equilibrio y se golpeó contra un pupitre. La clase en pleno se había dado la vuelta y vio cómo Snape se incorporaba, con el entrecejo fruncido, visiblemente furioso.
—¿Te suena por casualidad que os haya mandado practicar hechizos no verbales, Potter? —gruñó el profesor de pociones.
—Sí —contestó fríamente el Gryffindor.
—Sí, «señor» —lo corrigió Snape, apretando la mandibula.
—No hace falta que me llame «señor», profesor —replicó Harry impulsivamente.
Varios alumnos soltaron grititos de asombro, entre ellos Hermione. Sin embargo, Ron, Dean y Seamus, que estaban detrás de Snape, sonrieron en señal de apreciación. Mientras, Draco solo fruncía el ceño, fulminando al león con la mirada. Maldito Potter, ¿quién demonios se creía?
—Castigado —sentenció Snape. —Te espero en mi despacho el sábado después de cenar —dictaminó—. No acepto insolencias de nadie, Potter. Ni siquiera del «Elegido».
—«Descosido» —repitió Nott en voz baja, riendo un poco.
—Sin duda alguna ese imbécil de Potter ya se cree mucho por toda esa basura que dice El Profeta —dijo abiertamente Draco, cuando ya estaban fuera del aula y camino al Gran Comedor para almorzar.
—Ya hermano, sabes que a Potter siempre le ha gustado ser el centro de atención —le intentó animar Blaise, ya que el rubio traía cara de pocos amigos.
—¡Bah! —gruñó molesto, no tanto por lo que Potter había hecho, sino porque al salir del aula había visto al fastidioso de Peeves, quien había sido el tonto que años atrás había descompuesto el armario evanescente que ahora él tenía que arreglar. ¡Y ni siquiera podía entrar a la maldita sala de los menesteres!
—Anímate, mira quien viene allá —le indicó Theo, señalando a Astoria, quien caminaba a prisa y sola, rumbo a las mazmorras.
—¿Que te pasó? —preguntó Blaise, alcanzando a detener a la castaña, frente a las puertas del Gran Comedor. La chica al parecer no había notado la presencia de los Slytherin y traía una cara peor que la de Draco.
—La inepta de Vane me empapó de jugo de Carne y quiero cambiarme —dijo rapidamente, hablando con un asco muy notable y es que el olor del jugo se percibía con mucha facilidad.
—Vamos —le dijo Draco, haciéndole una seña a sus amigos para que se fueran sin él. Cuando los otros chicos se perdieron dentro del Gran Comedor, Draco tomó el bolso de Astoria, para que ella tuviera más facilidad de seguir tapándose la nariz. La empujó suavemente de la cintura para que comenzaran a caminar hacia la sala común de Slytherin.
En todo el trayecto no dijeron nada y Draco se quedó esperando a su novia en la sala común.
—Lista, amor —anunció Astoria, ya con una sonrisa y cambiada, despidiendo un aroma a vainilla.
—Cuanto tardaste —se burló el rubio, estirándose como un gato sobre el sofá donde se había acostado.
—Lo siento, pero es que me bañé —confesó con cierta vergüenza, sentándose a un lado de su prometido.
—Nos quedan cuarenta minutos —comentó el rubio, incorporándose para sentarse y darle más espacio a Astoria—. ¿Quieres ir a Comer? —preguntó, mientras la Greengrass se acurrucaba en su regazo de forma mimosa.
—No realmente, lo que traigo es un asco horrible —confesó, a lo que Draco respondió abrazándola y besando su coronilla.
Pasaron unos minutos hablando de todo lo que les había pasado aquella mañana, desde insultos hacia Slughorn, hasta lo que había hecho Potter en la clase de Snape. Y hablando de lo de Potter, un fugaz pensamiento cruzó por la mente de Malfoy.
—Tory —llamó el chico—. ¿Tú sabes cómo entrar a la sala de los menesteres? —preguntó de manera jovial.
—No, la verdad es que no —confesó ella, extrañada y volteándose para verlo directamente a los ojos—. ¿Por qué?
—Nada en especial —mintió, encogiéndose de hombros—. Solo pensaba que sería agradable poder pasar un tiempo a solas ahí, ya sabes, con algo más de privacidad —comentó, al tiempo que señalaba a las chicas de primero que entraban convenientemente a la sala común. Astoria las miró y entre ellas notó la presencia de aquella chica que se le había insinuado a Draco; arrugó su nariz de botón e hizo un puchero, fulminando a la joven serpiente, que con altanería cuchicheaba con sus amigas.
—Podemos ir a intentarlo —propuso—. No puede ser tan difícil —declaró la Greengrass, poniéndose de pie y tomando a Draco de la mano para salir de ahí e ir al séptimo piso, justamente a ese tramo de pared donde el año pasado Astoria había entrado muchas veces para aprender Defensas Contras las Artes Oscuras.
—¿Como le hacemos para entrar? —preguntó el rubio, cruzándose de brazos y mirando de arriba a abajo la pared.
—No lo sé, cuando venía antes, casi siempre ya estaba una puerta o en veces... —la menor cerró los ojos para hacer memoria—. Luna caminaba frente a la pared, pidiendo entrar a la sala de reuniones del E.D. —dijo, recordando aquello e imitando lo que recordaba.
Draco la observó con una ceja levantada y al cabo de unos segundos notó como una puerta grande aparecía, justamente la puerta por la que había entrado aquel día de la emboscada hacia Potter.
—¿Como lo hiciste? —cuestionó Draco, asombrado, aunque Astoria lucía igual de sorprendida que él, pues no había esperando que aquello funcionaba.
—Solo pensé tres veces en: «Necesito entrar a la sala del Ejercito de Dumbledore» —confesó la castaña, abriendo la puerta para asomarse y comprobar efectivamente que aquel era el lugar, luego solo cerró la puerta y ésta desapareció.
—Déjame intentarlo —pidió el rubio, a lo que la Greengrass asistió y retrocedió.
Draco miró la pared, tentando a probar algunas otras frases para encontrar el armario evanescente. Sin embargo, no podía dejar que Astoria supiera de aquello, así que cerró los ojos y se concentró en otra cosa.
«Necesito un lugar para estar con mi novia... Necesito un lugar para estar con mi novia... Necesito un lugar para estar con mi novia... » Pensó, mientras caminaba frente a la pared lisa, que en pocos segundos mostró una puerta.
—¿En qué pensaste? —preguntó ella, llena de curiosidad, acercándose.
—Ya lo verás —contestó el rubio, orgulloso de sí mismo. Ya sabía cuál era la palabra clave para entrar a esa sala: "Necesidad." Su petición debería de empezar con "Necesito..." y solo así se satisfacían las necesidades de quien pedía.
Draco abrió la puerta sin mucha ceremonia y para sorpresa de ambos, el lugar era una amplia sala de tenues luces verdosas, como una mezcla de la sala común de Slytherin y la habitación de Draco. El lugar no era tan amplio como la sala de reuniones del E.D, pero si era sobrecogedora. Había ventanas amplias que estaban cubiertas por finas cortinas color verde, muy parecidas a las de la habitación de Astoria, que no permitían que la luz se filtrara con facilidad. Del techo colgaba una gran araña de cristal que era la que despedía las luces verdosas que alumbraran la estancia. El suelo estaba alfombrado completamente, una aterciopelada alfombra gris se extendía centímetro tras centímetro, sin dejar un lugar sin cubrir. También había varios cojines regados por el suelo, de diferentes tamaños, pero todos en colores verdes, blancos, negros o grises. De la misma forma, había una pequeña mesa con un ajedrez cerca de una de las ventanas. Había unos sofás de cuero repartidos de un lado de la habitación y del otro lado se encontraba una amplia cama adocelada. Y como detalle a destacar, en una esquina de la habitación había una pequeña barra de ballet, frente a un espejo que estaba incrustado en la pared.
—Sin duda alguna, así me gusta más —sonrió Astoria, solo admirando el lugar.
—Lástima que ya no tengamos tiempo de entrar —comentó Draco, suspirando con algo de pereza—. ¿Qué clase tienes? —preguntó, cerrando la puerta y acabando con el encanto fugaz. Astoria bufó con fastidio y sacó de su túnica el pergamino con su horario.
—Cuidado de criaturas mágicas —informó la chica.
—Ah, con el zopenco de Hagrid —se burló Draco, rodeando por los hombros a Astoria, para emprender camino, mientras la campana sonaba.
—Y luego tengo dos horas de Adivinación —masculló, haciendo muecas.
—Que horror de horario —volvió a decir Draco con burla, ganándose un suave codazo.
—Vamos, presúmeme tus clases —retó la castaña.
—Con mucho gusto, princesa —aceptó Draco—. Tengo ahorita una hora libre y luego dos horas de pociones —comentó como si nada, incluso se podía decir que hasta con pereza.
—¿Y qué vas a hacer en la hora libre que tienes? —quiso saber Astoria. Draco solo se encogió de hombros, restandole importancia a lo que pudiera ser alguna respuesta. La verdad es que odiaba esa pregunta y odiaba más estarle mintiendo a su prometida, así que mejor guardó silencio—. ¿Que acaso no tienes deberes? —indagó Astoria, mirando de reojo las finas facciones de Draco, que mostraban un aburrimiento enorme.
—Como para morirme —contestó él y se contuvo de añadir: "Pero ya luego lo haré". Ya que si hubiese dicho eso tendría que explicarle a Astoria que otra cosa era más importante que los deberes y obviamente no podía decirle que tenía que arreglar el armario evanescente.
Draco encaminó a Astoria hasta los jardines del castillo, dejando que se fuera a su clase en compañía de Paige y el otro mocoso, mientras que él iba en busca de Crabbe y Goyle. Los buscó primero en el comedor y luego en la sala común de Slytherin, donde se enteró que estaban tomando transformaciones con los de quinto.
El rubio masculló y maldijo de varias maneras, pero terminó por irse solo al séptimo piso.
Volvió a repetir los pasos que había hecho anteriormente, pero ahora pensando: «Necesito un lugar donde encontrar lo que se ha descompuesto en el castillo... Necesito un lugar donde encontrar lo que se ha descompuesto en el castillo... Necesito un lugar donde encontrar lo que se ha descompuesto en el castillo...»
La puerta no tardó mucho en aparecer y él no dudó un segundo en entrar. Abrió la puerta de un tirón, entró y dio un portazo. Sentía euforia de que hubiera funcionado, sin embargo, al levantar la vista, abrió los ojos con asombro, sintiéndose sobrecogido por la estancia.
Se hallaba en una sala enorme, del tamaño de una catedral, por cuyas altas ventanas entraban rayos de luz que iluminaban una especie de ciudad de altísimos muros construidos con toda clase de objetos que seguramente habían pertenecido a antiguos estudiantes, a lo largo de toda la historia de Hogwarts.
Había callejones y senderos bordeados de inestables montones de muebles rotos, sofás con el relleno de fuera o sillas sin alguna pata, incluso había escobas en muy mal estado, peor que las del equipo de Gryffindor y eso ya era mucho decir. También había montañas de miles y miles de libros, seguramente censurados, garabateados o robados, posiblemente si se ponía a buscar, encontraría hasta diarios personales. Al parecer, ahí guardaban por generaciones un sin número de cosas, no solo las cosas descompuestas. Se podría decir que, al igual que estaba la cómoda sala para estar con su novia y la sala de reuniones del E.D, aquella era algo así como la sala de objetos ocultos.
Draco siguió caminando y recorriendo con la vista el lugar, notando que había ciertos objetos extraños que parecían ser prohibidos y si no fuera porque su prioridad era encontrar el armario evanescente, se hubiera tomado la molestia de examinar esas cosas. Había botellas desportilladas que contenían pociones solidificadas, sombreros, joyas y lo que parecían ser capas gastadas de invisibilidad. También había unas cosas que parecían ser cascaras de huevos de dragón, más botellas tapadas con corchos, varias espadas herrumbrosas y una pesada hacha manchada de sangre, que lo hizo estremecerse.
«Malditos maniáticos que estudian aquí.» Pensó y siguió caminando por los callejones que había entre todos aquellos tesoros ocultos. Torció a la derecha tras pasar por delante de un enorme trol disecado, que le causo náuseas y luego dio un giro a la izquierda, topándose de frente con el dichoso armario evanescente.
Su corazón palpito con fuerza y aprovechando que estaba solo, no se contuvo de gritar «¡Perfecto!» con euforia.
Se acercó al dichoso armario y lo abrió con cuidado, la verdad es que no lucía estar muy estropeado, al menos no físicamente hablando. Montague había comentado que cuando los gemelos lo habían encerrado ahí, había caído en una especie de hoyo negro, desde de podía escuchar en veces lo que sucedía en Borgin y Burkes. Lo que estaba dañado del armario era la capacidad de trasladar a las personas que entraban a él, así que en pocas palabras, necesitaba un hechizo que arreglara eso y permitiera que ese armario y el de Borgin y Burkes se conectara.
Acarició con sus largos dedos la superficie de la madera del armario y luego lo golpeó con poca delicadeza. ¡No tenía idea de que maldito hechizo usar! Y el estúpido del señor Borgin aún no le había dado nada de información.
Suspiró frustrado y se frotó el rostro. Tenía que calmarse, aún tenía tiempo, apenas era su primer día ahí y para fines prácticos, tenía que matar a Dumbledore antes de dejar que los mortífagos entraran a tomar posesión de la escuela. ¿Verdad? Tenía un plan y los planes se toman su tiempo. Tenía que ser paciente y todo saldría a su antojo. Tomó aire y de su bolsillo sacó un galeón, lo miró fijamente, comprobando que en lugar de tener números de registro en el borde tenía letras que en esos momentos marcaban «AAAAA...»
Se acercó el galón a la boca y susurró «Borgin». El pedazo de oro falso vibró y las letras se cambiaron para formar la palabra que acaba de pronunciar y luego de unos diez segundos el pedazo de metal se calentó y las letras cambiaron de nuevo, formando un nuevo mensaje que decía: «Diga, señor Malfoy.»
Draco no se contuvo al sonreír con arrogancia, comprobando que sus monedas funcionaban a la perfección a pesar de encontrarse bajo supuesta protección del castillo de Hogwarts. No pudo evitar fugazmente «Supera esto Granger.»
Apartó aquello de su cabeza y se concentró de nuevo en lo que estaba haciendo, susurrándole al galeón lo que necesitaba saber. La respuesta no tardó en llegar, aunque no eran muchas palabras, simplemente eran tres: «Armonia Nectere Pasus.» Sonrió y guardó el galón en su bolsillo de nuevo, para luego sacar su varita.
Tomó uno sombrero morado, muy gastado y maltratado, de los que estaban en el montón de cosas viejas y abandonadas. Metió el sombrero al armario y susurró las palabras que le había indiciado el señor Borgin, palabras que se suponía activaban la magia del armario. Contó mentalmente hasta cinco y abrió el armario, comprobando que, para su desgracia, el sombrero seguía ahí, aunque parecía algo traslucido.
—Maldición —masculló y volvió a cerrar el armario, para volver a repetir la acción.
Así pasó toda la hora libre que tenía repitiendo y repitiendo el hechizo, pero al final de cuentas lo único que consiguió es que la mitad del sombrero desapareciera. Tomó sus cosas de mala gana y regresó sobre sus pasos, memorizando el camino que debería de recorrer si quería volver a llegar al armario. Llegó a la puerta y salió al pasillo. Cerró la puerta detrás de él y esta se volvió a convertir en la pared de piedra.
Miró hacia todos lados, solo para comprobar que nadie lo había visto y estado seguro de que así había sido, emprendió paso veloz hacia las mazmorras.
O-O-O
Astoria, Paige y Leo, caminaban de regreso al castillo, después de su clase de Cuidado de Criaturas Mágicas. La verdad es que no había estado tan mal, al menos no comparada con otros años, al parecer Hagrid había decidido que tenían suficiente con los peligros del exterior como para ponerles peligros en la clase.
—Los Augurey no estuvieron tan mal —comentó Leo, aun con una pluma color negro verdoso en su mano.
—Omitiendo el hecho de que son pequeños, desnutridos y espantosos. Tienen a su favor que pueden predecir el clima —añadió Paige, mirando el cielo nublado—. Ya quisiera uno que me avisara todas las mañanas que va a llover y así no pasaría tanto tiempo arreglándome si el agua va a echar a perder todo.
—Lo único que no me gusto es que les diéramos de comer esas pobres hadas —masculló Astoria.
—Mírale el lado bueno, por lo menos no se querían comer nuestras manos —informó el castaño, a lo que las chicas respondieron con una risa. La verdad es que esos pájaros eran de lo más corriente, si los comparaban con las criaturas que Hagrid les había mostrado anteriormente, pero tenían su encanto pese a todo.
—¿Bien, preparadas para dos horas de adivinación? —preguntó Paige, mientras caminaba hacia la otter norte, en la que, al final de una estrecha escalera de caracol, una escala plateada ascendía hasta una trampilla circular que había en el techo, por la que se entraba a donde vivía la profesora Trelawney.
Al acercarse a la trampilla recibieron el impacto de un familiar perfume dulzón que emanaba de la hoguera de la chimenea. Como siempre, todas las cortinas estaban corridas. El aula, de forma circular, se hallaba bañada en una luz tenue y rojiza que provenía de numerosas lámparas tapadas con bufandas y pañoletas.
Los tres Slytherin caminaron entre los sillones tapizados con tela de colores, algunos ya ocupados, y se sentaron en una pequeña mesa, casi al fondo.
—Buenos días —dijo la tenue voz de la profesora Trelawney, provocando un respingo en Astoria, quien volteó a ver a la profesora. La mujer era sumamente delgada, con unas gafas enormes que hacían parecer sus ojos excesivamente grandes para la cara, y miraba a todos con una trágica expresión que adoptaba cada vez que predecía algo.
—Buenos días —contestó por Alina, la chica de Gryffindor que había sido novia de Iván. La profesora sonrió amablemente y recorrió el aula con sus enormes ojos, como buscando una victima a la cual adjudicarle la primera predicción desastrosa del año.
—Querida mía —dijo cunado notó a Astoria. La castaña puso cara de circunstancia y volteó a ver si de pura casualidad no había alguien detrás de ella, comprobando que solo había una pared cubierta con seda de colores—. Mi ojo interior me avisó que seguirías aquí con nosotros este año... a pesar de que la muerte ronda a tu alrededor... tu aura indica que tendrás una larga vida, aunque lamento decirte que no será una vida fácil. Veo ante ti tiempos difíciles... muy difíciles... Presiento que eso que temes realmente ocurrirá... y quizá antes de lo que crees... —declaró la mujer y su voz se convirtió en un susurro.
—Basura —gruñó Astoria, con la mirada helada, cuando la profesora se alejó y se fue a sentar en su gran sillón frente al fuego.
—Queridos míos, ha llegado la hora de mirar las estrellas —informó la profesora—. Los movimientos de los planetas y los misteriosos prodigios que revelan tan sólo a aquellos capaces de comprender los pasos de su danza celestial. El destino humano puede descifrarse en los rayos planetarios, que se entrecruzan...
La profesora siguió hablando, pero la mente de Astoria había comenzado a vagar. En aquel momento no podía dejar de pensar en lo que le acababan de decir: «Presiento que eso que temes realmente ocurrirá...» ¿Eso que temía? ¿Qué era lo que temía?... A su mente vino la imagen de Draco. Lo que temía era que algo malo le ocurriera a sus seres queridos, o quizás que el señor Tenebroso subiera al poder. Aunque sabía que la profesora Trelawney no era más que un fraude, en aquel momento la inquietud la invadió y casi sin querer comenzó a golpear el piso con su pie, de manera ansiosa...
—¡Astoria! —susurró Paige, dándole un suave codazo.
—¿Qué? —preguntó molesta, levantando la vista y notando que todos lo de la case la miraban fijamente. Se aclaró la garganta, sonrió y se sentó bien en su asiento. Poco a poco las miradas se volvieron a centrar en la profesora Trelawney.
—Estaba diciendo, querida mía —dijo, acercándose a donde la Greengrass. — Que los signos son muy relevantes en la vida de las personas, por ejemplo, es claro que tú naciste bajo la placida influencia de Mercurio —comentó la profesora Trelawney con una leve nota de resentimiento en la voz ante el hecho de que Astoria no hubiera estado pendiente de sus palabras.
—Perdón, ¿nací bajo qué? —preguntó la Greengrass, parpadeando.
—Mercurio, querida mía, ¡el planeta Mercurio! —repitió la profesora Trelawney, decididamente irritada porque la castaña no parecía impresionada por esta noticia—. Decía que Mercurio se encontraba en posición dominante en el momento de tu nacimiento: tus ojos claros, tu complexión frágil, la afortunada vida que te ha tocado... Estoy segura al decir que naciste a inicios de primavera, ¿no es así?
—No, nací a finales de agosto —respondió Astoria y Leo se apresuró a convertir una carcajada en una fuerte tos.
—Claro, claro, también existía la posibilidad de que fuera a inicios de otoño —se apresuró a aclarar la profesora—. Pero eso ya lo sabía... —continuó diciendo y media hora después la profesora Trelawney le dio a cada alumno un complicado mapa circular, con el que deberían averiguar la posición de cada uno de los planetas en el momento de su nacimiento. Era un trabajo pesado, que requería mucha consulta de tablas horarias y cálculo de ángulos.
—A mí me sale la Luna y Neptuno —dijo Paige después de un rato, observando con el entrecejo fruncido su trozo de pergamino—. No puede estar bien, ¿verdad? Aquí dice que debería haber nacido rubia y en una familia poco afortunada... Claro que no estamos hablando de dinero, ¿verdad?
—Esta cosa es pura basura —se quejó la castaña. —¿Puede estar bien nacer bajo dos Venus? —preguntó Astoria, examinando su pergamino.
—Según esto, cuando hay dos Venus en el cielo, es un indicio de que va a nacer una Banshee con una fijación por las manzanas—informó Leo.
—¡Merlín! —se rió Astoria, dejándose caer sobre la mesa. Aquello era de chiste y lo comprobó cuando unas chicas de Gryffindor, que estaban cerca, se rieron con fuerza...
O-O-O
Draco bajó llegó a las mazmorras, y examinó a los pocos alumnos que había alcanzado el nivel de EXTASIS en pociones. Obviamente Crabbe y Goyle no estaban presentes, pero al menos se encontraban Zabini, Nott y Rachel, una chica del grupo de Pansy. También había cuatro alumnos de Ravenclaw, un Hufflepuff y tres gatos mugrosos que ya conocia: Potter, Weasley y Granger.
—¿Dónde te metiste, hermano? —preguntó Blaise, cuando el rubio llegó y se puso a su lado.
—Estaba por ahí, pensando en cosas —respondió, encogiéndose de hombros.
—Hola, Draco —saludó la chica, sonriendo. El rubio solo bufó y asistió con la cabeza, sin mucho animo. Le hubiera gustado más seguir en la sala de los menesteres, intentando arreglar el armario.
Las puertas de la mazmorra se abrieron y Slughorn salió por ella, sonriendo de forma bonachona, mientras los alumnos entraban al aula. El profesor saludó con peculiar entusiasmo a Zabini y a potter.
Draco chasqueó la lengua de mala gana y se fue a sentar a una mesa, cerca del escritorio del profesor, misma en donde los otros tres Slytherin se fueron ubicar. Lo mismo hicieron los cuatro Ravenclaw y en otra mesa se sentaron los restantes. En una mesa central había algunos calderos con pociones que burbujeaban y despedían vapores, pero antes de que el rubio se planteara la idea de preguntar que eran, el profesor comenzó a hablar.
—Muy bien, muy bien —dijo Slughorn—. Saquen las balanzas y el material de pociones, y no olviden los ejemplares de Elaboración de pociones avanzadas...
—Señor... —interrumpió Harry levantando la mano, como siempre, se tenía que hacer notar.
—¿Qué pasa, Harry? —preguntó el profesor con exagerada amabilidad.
—No tengo libro, ni balanza, ni nada. Y Ron tampoco. Verá, es que no sabíamos que podríamos cursar el ÉXTASIS de Pociones...
—¡Ah, sí! Ya me lo ha comentado la profesora McGonagall. No te preocupes, amigo mío, no pasa nada. Hoy pueden utilizar los ingredientes del armario de material, y estoy seguro de que encontraremos alguna balanza. Además, aquí hay unos libros de texto de otros años que servirán hasta los pidan a Flourish y Blotts...
Slughorn se dirigió hacia un armario que había en un rincón y, tras hurgar en él, regresó con dos ejemplares viejos de "Elaboración de pociones avanzadas, de Libatius Borage", que entregó a Harry y Ron junto con dos deslustradas balanzas.
—Muy bien —dijo, y regresó al fondo de la clase hinchando el pecho con orgullo—. He preparado algunas pociones para que les echen un vistazo. Es de esas cosas que deberían poder hacer para cuando hayan terminado el ÉXTASIS. Seguro que ya habrán oído hablar de ellas, aunque nunca las hayan preparado. ¿Alguien puede decirme cuál es ésta? —pregunto, señalando el caldero más cercano a la mesa de Slytherin.
Draco observó una sustancia clara que parecía ser agua hirviendo. Si el conocimiento no le fallaba, debía de ser Veritaserum, pero antes de siquiera pensar en levantar la mano, Slughorn ya le había dado la palabra a la sangre sucia de Granger.
—Es Veritaserum, una poción incolora e inodora que obliga a quien la bebe a decir la verdad —contestó Hermione.
—¡Estupendo, estupendo! —la felicitó el profesor, muy complacido—. Esta otra —continuó, y señaló el caldero cercano a la mesa de Ravenclaw— es muy conocida y últimamente aparece en unos folletos distribuidos por el ministerio. ¿Alguien sabe...? —pero antes de que terminara de preguntar, la mano de Hermione ya estaba en el aire. Si había alguien que exasperaba a Draco aún más que Potter, esa era Granger la sabelotodo.
—Es poción multijugos, señor —dijo la leona.
—¡Excelente, excelente! Y ahora, esta de aquí... ¿Sí, querida? —dijo Slughorn mirando con cierto desconcierto a Hermione, que volvía a tener la mano levantada, antes de que siquiera señalara el caldero que despedía vapores en remolinos.
—¡Es Amortentia! —declaró la chica, sonriente.
—En efecto —concedió el profesor—. Bien, parece innecesario preguntarlo —comentó impresionado—. Pero supongo que sabes qué efecto produce, ¿verdad?
—Es el filtro de amor más potente que existe —respondió Hermione.
—¡Exacto! La has reconocido por su característico brillo nacarado, ¿no? —animó Slughorn, acercándose a la pócima que Draco observó mejor.
—Nunca se puede quedar callada, ¿verdad? —le susurró a Nott, con cierto desdén, a lo que el castaña se encogió de hombros y rió un poco.
—Sí, y porque el vapor asciende formando unas inconfundibles espirales —agregó ella con entusiasmo—. Y se supone que para cada uno tiene un olor diferente, según lo que nos atraiga. Yo huelo a césped recién cortado y a pergamino nuevo y a... —pero no terminó la frase, pues un sonrojo cubrió sus mejillas.
—¿Puedes decirme tu nombre, querida? —le preguntó Slughorn sin reparar en la vergüenza de la chica.
—Me llamo Hermione Granger, señor —respondió la castaña.
—¿Granger? ¿Granger? ¿Tienes algún parentesco con Héctor DagworthGranger, fundador de la Rimbombante Sociedad de Amigos de las Pociones?
—No, me parece que no, señor —contestó Hermione con cierta opresión—. Yo soy hija de muggles —añadió.
—Por lo menos ya se le fue la sonrisa a la rata de biblioteca —comentó Malfoy por lo bajo, riendo disimuladamente junto a Nott y Zabini, quienes habían escuchado. Sin embargo nadie les ponía atención, ya que Slughorn seguía pendiente de la leona.
El profesor sonrió y miró a Potter, para luego señalar a Granger.
—¡Aja! ¡«Una de mis mejores amigas es hija de muggles y es la mejor alumna de mi curso»! Deduzco que ésta es la amiga de que me hablaste, ¿no, Harry?
—Sí, señor —contestó el chico, sonriendo y asistiendo con la cabeza.
—Vaya, vaya. Veinte bien merecidos puntos para Gryffindor, señorita Granger —concedió afablemente Slughorn.
Draco apretó la mandíbula con rabia. Maldita sangre sucia que siempre se las daba de buenas por andar de presumida. Chasqueó la lengua de mala gana y se cruzó de brazos, poniéndose en su mejor pose de: Muerto de aburrimiento. Que desperdicio de tiempo era aquel.
—No sé qué te sorprende —le dijo Blaise por lo bajo, negando con la cabeza ante la actitud de Draco.
—Que esos tres siempre se hacen notar —gruñó, regalando una mirada asesina a su amigo.
—Por supuesto, la Amortentia no crea amor —comenzó a decir Slughorn—. Es imposible crear o imitar el amor. Sólo produce un intenso encaprichamiento, una obsesión muy poderosa. Probablemente sea la poción más peligrosa y poderosa de todas las que hay en esta sala.
—Y que lo digan —murmuró Theo—. El amor hace milagros, ¿no, Draco? —preguntó con sorna, a lo que el rubio solo sonrió con arrogancia.
—Sí, ya lo creo —insistió el profesor, y asintió con gesto pronunciado hacia donde estaban los Slytherin, especialmente hacia Malfoy y Nott, quienes sonreían de tal forma que Slughorn asumió que era escepticismo ante sus—. Cuando hayáis vivido tanto como yo, no subestimaréis el poder del amor obsesivo... Bien, y ahora ha llegado el momento de ponerse a trabajar.
—Señor, todavía no nos ha dicho qué hay en ése —señaló Ernie Macmillan, apuntando un pequeño caldero negro que había en la mesa de Slughorn. La poción que contenía salpicaba alegremente y tenía el color del oro fundido. Unas gruesas gotas saltaban como peces dorados por encima de la superficie, aunque no se había derramado ni una sola.
—¡Aja! —asintió Slughorn, pero Draco no movió un solo musculo y siguió con su pose de aburrido—. Sí, ésa —comenzó a hablar el profesor como si estuviera revelando un gran misterio—. Bueno, ésa, damas y caballeros, es una poción muy curiosa llamada Félix Felicis. No tengo ninguna duda, señorita Granger... —añadió dándose la vuelta, risueño, y mirando a Hermione, que había soltado un gritito de asombro—. Sé que debe saber qué efecto produce el Félix Felicis.
—¡Es suerte líquida! —respondió ella con emoción— ¡Te hace afortunado!
La clase entera se enderezó un poco en los asientos, incluso Draco, que con todo y que hubiera sido la odiosa voz de Granger la que había dicho aquello, se había emocionado. ¿Suerte? ¿Fortuna? ¡Perfecto! Un trago de esa cosa y no le tomaría más de un día cumplir sus objetivos. Se enderezó y volteó a ver al profesor, prestandole, por fin, toda su atención.
—Muy bien. Otros diez puntos para Gryffindor —indició y comenzó a caminar por el aula—. Sí, el Félix Felicis es una poción muy interesante —prosiguió el profesor—. Muy difícil de preparar y de desastrosos efectos si no se hace bien. Sin embargo, si se elabora de manera correcta, como es el caso de ésta, el que la beba coronará con éxito todos sus empeños, al menos mientras duren los efectos de la poción.
«¿Sus sueños?» Pensó Draco. Se conformaba con sus objetivos, ya los sueños vendrían después.
—¿Por qué no la bebe todo el mundo siempre, señor? —preguntó Terry Boot de Ravenclaw.
—Porque su consumo excesivo produce confusión, temeridad y un peligroso exceso de confianza. Ya sabes, todos los excesos son malos... Consumida en grandes cantidades resulta altamente tóxica, pero ingerida con moderación y sólo de forma ocasional...
—¿Usted la ha probado alguna vez, señor? —preguntó Michael Córner.
—Dos veces en la vida —reconoció Slughorn—. Una vez cuando tenía veinticuatro años, y otra a los cincuenta y siete. Dos cucharadas grandes con el desayuno. Dos días perfectos —declaró y se quedó con la mirada perdida, con aire soñador. Draco no pudo evitar pensar que hacía mucho teatro, pero para fines prácticos aquello le importaba un bledo, él solo quería comprobar por sí mismo que tan perfecto podía salir su pan con un trago de esa sustancia—. Y eso... —siguió diciendo el profesor, tras regresar a la tierra—. Eso es lo que os ofreceré como premio al finalizar la clase de hoy.
Todos guardaron silencio, y durante unos instantes el sonido de cada burbuja y cada salpicadura de las pociones bullentes se multiplicó por diez.
»Una botellita de Félix Felicis —añadió Slughorn, y se sacó del bolsillo una minúscula botella de cristal con tapón de corcho que enseñó a sus alumnos—. Suficiente para disfrutar de doce horas de buena suerte. Desde el amanecer hasta el ocaso, tendrán éxito en cualquier cosa que se propongan a realizar —declaró y los ojos grises de Draco brillaron con avaricia—. Ahora bien, debo advertiros que el Félix Felicis es una sustancia prohibida en las competiciones organizadas, como por ejemplo eventos deportivos, exámenes o elecciones. De modo que el ganador sólo podrá utilizarla un día normal. ¡Pero verá cómo éste se convierte en un día extraordinario!
El silencio siguió presente, mientras esperaban que el profesor diera más información.
»Veamos —continuó Slughorn, adoptando un tono más enérgico—. ¿Cómo pueden ganar mi fabuloso premio? Pues bien, abriendo el libro "Elaboración de pociones avanzadas" por la página diez. Nos queda poco más de una hora, tiempo suficiente para que obtengáis una muestra decente del Filtro de Muertos en Vida. Ya sé que hasta ahora nunca habíais preparado nada tan complicado, y desde luego no espero resultados perfectos, pero el que lo haga mejor se llevará al pequeño Félix. ¡Adelante!
Se oyeron chirridos y golpes metálicos cuando los alumnos arrastraron sus calderos y empezaron a añadir pesas a las balanzas, pero no intercambiaron ni una palabra. La concentración que reinaba en el aula era casi tangible. Draco apenas y puso cuidado a su alrededor, mientras hojeaba su ejemplar de Elaboración de pociones avanzadas. Se había propuesto a ganar ese día de suerte. Solamente eso necesitaba, un maldito día de suerte y sus preocupaciones se irían a la basura. Podría estar tranquilo y disfrutando del poder y la gloria que el señor Tenebroso le daría. Solo necesitaba esa suerte. Ubicó la poción y con rapidez y certeza había comenzado a prepararla, cortando las raíces de valeriana a toda prisa y con una precisión muy propia con él. Él era muy bueno en pociones, aquello no le podía salir mal. ¿Cierto?
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La cena había llegado y tanto el príncipe como la princesa de Slytherin traían un humor de los mil demonios. Draco maldecía una y mil veces que el estúpido cabeza hueca y alcornoque de Harry hubiera podido preparar la poción que ni él ni la sabelotodo de Granger había podido hacer, y para colmo se había llevado la botella de suerte liquida que él quería. Mientras que Astoria maldecía a su maldita carta astral y a todas las tontas predicciones de Trelawney, que encima de todo les había dejado como tarea un análisis de como el movimiento de los planetas afectaría sus vidas durante el siguiente mes.
Ninguno de los dos fue el comedor, lo último que sentía en esos momentos era hambre.
Llegaron a la sala común de Slytherin y se echaron sobre un sofá, ella encima de él. Pasaron ahí un buen rato, sin decir nada, él mirando el fuego y pensando que debería de ir a arreglar el armario, pero no quería alejarse de Astoria, mientras ella solamente tenía flojera y se le antojaba más el pecho de Draco que sus deberes.
—¿No tienes tareas que hacer? —preguntó Draco, cuando Crabbe y Goyle aparecieron con montón de pastelillos en las manos y se sentaron cerca de ellos.
—Muchas, pero no quiero hacerlas —se quejó la pequeña Greengrass, acurrucándose de forma mimada.
—Como eres perezosa, Astoria —se burló un poco el rubio, pensando en una forma efectiva de que Astoria se alejara, para poder ir a la sala de los menesteres.
—¿Y qué tú no tienes deberes también? —le regresó la piedra, sonriendo con malicia y levantándose de mala gana, haciendo ademán de tomar sus cosas y comenzar a trabajar.
—Si, si tengo, pero necesito la biblioteca para eso —mintió, rezándole a Merlín para que a la castaña no se le ocurriera decir algo como un: "te acompaño."
—Yo... yo necesito mucha paciencia y... ¡arg! —gruñó, rebuscando en sus cosas—. Paige se quedó con el maldito mapa de los planetas... —suspiró y se frotó el rostro—. Ve a la biblioteca a hacer tus cosas, ya si aparece Paige te voy a buscar o... ¡Maldición! —volvió a gruñir—. Necesito pedir mis libros de Runas Antiguas —se quejó al recordar eso—. ¿Sabes qué? Ve a hacer tus cosas y nos vemos mañana para el desayuno —declaró la chica, haciendo muchas muecas.
—Tranquila, princesa —le dijo Draco, abrazándola por la espalda y besando su cuello con delicadeza.
—Pero es que apenas es el primer día de clases y ¡arg! —se quejó.
—Yo mando la carta a Flourish y Blotts por tu libro —le dijo en tono suave.
—¿De verdad, amor? —indagó Astoria, girándose para mirar al rubio, con sus ojitos verdes brillando.
—Si, princesa —reafirmó Draco, depositando un beso en sus labios y tomando aquello como una perfecta excusa en el dado caso de que a la pequeña Greengrass se le ocurriera ir a buscarlo a la biblioteca.
—Gracias, mi amor —dijo la chica, con euforia, dándole otro beso al rubio—. Entonces nos vemos al rato.
Draco asistió con un movimiento de cabeza y, tomando sus cosas, salió de la sala común en compañía de Crabbe y Goyle, mientras Astoria se quedaba a hacer sus deberes de Pociones, esperando a que apareciera Paige para también avanzar con los deberes de Adivinación y, si aún le alcanzaba la noche, poder avanzar en los deberes de Herbología.
Los primeros días en Hogwarts nunca habían, sido lo que se puede decir, tranquilos o relajados, menos para Astoria, pero ese en especial, parecía estar en su contra.
