De cuando volví a verte, luego de ese tiempo.

Pasó días meditando la decisión. Las peleas por las armaduras de Vivien, Gabriella y Lexa ya estaban muy muy cerca, y ella no quería perdérselas. Deseaba verlas ganar las armaduras por las cuales lucharon tanto. Pero bien sabía que la gran mayoría del Santuario estaría presente y no quería encontrarse a los gemelos. No podía quitárselos de la mente, pero eso no significaba que deseara verlos de frente. No podía. ¿Con qué cara?

Saga intentó buscarla luego de un tiempo. Sabía que la chica por el momento vivía en Mykonos, pero estaba bastante seguro de que regresaría a Atenas a darle una vuelta a su departamento, y eso hizo. El gemelo estaba constantemente alerta, esperando detectar el leve atisbo de cosmo que la mujer mantenía encendido. Ya ni se daba cuenta de que la rastreaba, era parte de él y su día a día. Así que en cuanto Alfa puso un pie en Atenas, él lo notó.

Dudó y no poco el ir a buscarla, pero aunque Alfa no quisiera verlo, él necesitaba asegurarse por sí mismo de que estaba bien. Así que finalmente tomó la decisión y emprendió la marcha al departamento. Cuando llegó, supo de inmediato que la joven estaba dentro, así que no perdió tiempo en entrar al edificio y luego subió las escaleras hasta el cuarto piso. Llevaba su cosmo encendido, pero no de forma agresiva, nada más quería asegurarse de que ella se diera cuenta de que estaba ahí.

Alfa sintió ese cosquilleo en todo su cuerpo que le indicaba que había un cosmo cerca, y las manos se le congelaron al mismo tiempo en el que sentía cómo su corazón empezaba a latir con fuerza. Por un momento pensó en que podría tratarse de algún renegado, pero ella no quería encender más su cosmo, en caso de que sí fuera uno y no la hubiera detectado todavía. Pero pronto se dio cuenta de que ese cosmo era demasiado poderoso y conocido. Era Saga. El aire dejó sus pulmones, se acercó a la puerta, pero sin llegar a tocarla y esperó.

El hombre llegó a la puerta cerrada y la miró. No quería llamar, estaba seguro de que Alfa sabía que él estaba ahí afuera, el corazón también le latía con fuerza, hacía demasiado tiempo de la última vez que estuvo tan cerca de ella.

Lágrimas empezaron a correr por los ojos de la mujer. Por un lado le alegraba que él estuviera ahí afuera, esperando poder verla, o al menos, asegurándose de que estaba bien, pero por el otro casi sentía pánico. No tenía idea de qué podría decirle o si sería capaz de verlo a los ojos e intentar darle una explicación, porque no la tenía.

Saga puso una mano sobre la puerta y encendió un tanto más su cosmo y ella lo sintió fuerte y claro. Se llevó una mano a la boca y retrocedió un par de pasos, hasta el sillón, en donde terminó sentada.

—No puedo hacer esto. No todavía —le dijo por medio de cosmo, y sintió cómo él apagaba casi por completo el suyo.

Saga se alejó un par de pasos de la puerta. Al menos la había escuchado: estaba ahí dentro y bien. Pero le dolió. No podía negárselo a ella ni a nadie, le dolió el que no quisiera verlo. Pero lo entendía. O al menos respetaba el que no pudiera hablar con él aún. Quiso irse en ese momento, pero sus pies se negaron a moverse. En cambio se sentó en las escaleras, apoyó la cabeza contra la pared y se quedó ahí un par de horas. Después se marchó sin volver a insistir en verla.

Dohko también había intentado hablarle, al igual que Shion, pero ella se negó. Sólo mantenía contacto con sus amigas. Es por eso que quería ir a verlas ganar sus armaduras. Y ese círculo de pensamientos se repetía una y otra vez en su cabeza sin darle descanso.

Al final, se decidió a ir, la noche antes a las peleas. Sabía que serían en la tarde y eso no le gustaba, porque le daría tiempo para reconsiderar su decisión y seguir dándole vueltas. Y vueltas. Y más y más vueltas. Se mantuvo ocupada la mayor parte de la mañana arreglando y limpiando cosas de su departamento. Al llegar la tarde salió a comer y se quedó ahí todavía un rato después de haber terminado. Miraba su reloj a cada cinco minutos. Cuando ya no pudo aplazarlo más, se levantó y a paso moderado se dirigió al Santuario.

Nadie le impidió la entrada. Shion, sin que ella lo supiera, dio la orden de que la dejaran pasar en caso de que se decidiera a ir. Aprendices, Amazonas y Santos la reconocieron, pero ninguno se atrevió a acercarse. El chisme de que ella abandonara el Santuario y, por lo tanto, a Saga, había corrido más rápido que el fuego sobre gasolina. Y eso a pesar de los esfuerzos de los Santos Dorados por mantener los rumores quietos. Pero los humanos son humanos, y los chismes no pueden ser detenidos.

Alfa sentía las miradas sobre ella, así que se dedicaba a mantener la frente en alto y la vista en el punto más alejado que pudiera encontrar. Por fin entró al Coliseo, y sin perder tiempo localizó a su grupo de amigas. Se dirigió hacia allá a toda velocidad. Gabriella y Vivien todavía estaban ahí, recibiendo las últimas palabras de apoyo y buenos deseos. Ambas saltaron de alegría cuando vieron a su ex compañera acercarse.

Saga la notó desde el momento en que había entrado al Santuario y estaba ansioso por verla. Él ya ocupaba su lugar, junto al resto de los Dorados, en la sección reservada para ellos. Kanon lo miró de reojo cuando reconoció a la chica. Él también tenía sentimientos encontrados. Saga no mostró ninguna expresión en el rostro, pero no dejaba de analizar los movimientos de la mujer. No se la veía triste, aunque tampoco saltaba de felicidad, a pesar de la sonrisa que mostraba. La vio reír. Hacía mucho tiempo que no escuchaba esa risa. La vio abrazar a Lexa. Tenía tantas ganas de ir a saludarla. Hablar con ella. No podía dejar las cosas como estaban. Ya no. Decidió, pues, ir a buscarla luego de que terminaran las peleas. Alfa levantó la mirada, aún sonriendo. Sus ojos se posaron de manera fugaz sobre los Santos Dorados, pero no por mucho. Regresó la vista a sus amigas. Saga hizo una mueca irónica, al menos la vio sonreír en su dirección por más de un segundo.

—No parece estar mal —comentó Kanon.

—No.

—¿Crees que yo debería hablar con ella?

—No lo sé. ¿Hablarías como tú o como Déuteros?

—No sé qué podría decirle como Déuteros. ¿Tú pensabas hablar con ella como Aspros?

—No. —Ambos gemelos suspiraron. Tendrían mucho tiempo para rumiar las cosas mientras veían las peleas.

Alfa fue a sentarse junto a las demás aprendices. Estaba nerviosa por sus amigas, y eso era bueno, porque le quitaba de la mente la idea de que Saga seguramente podía verla. Resistió con todas sus fuerzas el impulso de voltear en su dirección. Por suerte los combates comenzaron. Ese día habían cinco armaduras en juego, tres de Santos de Bronce, entre ellas la de Gabriella y dos de Plata: las de Vivien y Lexa.

Las batallas de los dos chicos de Bronce la verdad es que no le interesaban mucho. Apenas si conocía a esos dos jóvenes, y no peleaban mal, pero no eran amigos suyos y tampoco conocía a los contrincantes porque habían venido de otros campos de entrenamiento. Un hombre del Santuario, de nombre Jean, ganó un armadura y un joven de un campo de entrenamiento lejano ganó otra. Los contrincantes quedaron bastante mal parados y se los llevaron en camilla.

Finalmente llegó el turno de sus amigas. Gabriella estaba muy nerviosa. Los minutos que pasaron antes de que la llamaran a pelear se le hicieron eternos, pero aún así, le pareció como un sueño el salir, saludar a la diosa, luego a su oponente (un joven llamado Víctor), y comenzar su batalla. Al ser alumna de Shaka, su fuerte eran las técnicas mentales. Era buena en combate físico, claro, pero su mayor ventaja era el uso del cosmo. Se veía tranquila, como cuando Shaka peleaba. Se tomaba todo con calma, se dio a la tarea de analizar las habilidades de su oponente para encontrar las fallas. No tardó mucho en darse cuenta de la primera. Víctor era un chico muy impulsivo y tomaba cualquier oportunidad que se le presentara para atacar con todas sus fuerzas, y eso mismo era lo que lograba que cometiera errores.

Gabriella lo dejó hacer tanto como quiso, luego, sin que el hombre se lo esperara, le lanzó su primer ataque. Ilusiones como las que lanzaba Shaka fueron lo primero que Víctor vio, y no le fue fácil deshacerse de ellas, sentía que peleaba contra todo un ejército, aunque, racionalmente, sabía que su contrincante era nada más una chica. De nuevo, su impulsividad logró hacer que lanzara golpes en todas direcciones, se estaba cansando a sí mismo, y Gabriella lo sabía bien. Ella no tendría que hacer mucho si continuaba como iba.

Si bien la joven no tenía las habilidades de su maestro ni tampoco llegaba a su nivel, era muy buena con lo que hacía. No le iba a quitar los sentidos, eso era algo que todavía no podía hacer, pero sí podía mandar al hombre a hacerle una visita de cortesía a los lugares más terribles del inframundo. Y el chico cayó en todas sus ilusiones, no estaba preparado para todo aquello, no podía mantenerse quieto y, por lo tanto, no se detenía a pensar con calma en qué es lo que tenía que hacer para liberarse, en cambio daba golpes y más golpes. Gabriella sonrió de nuevo, el muchacho estaba llegando al fin de su resistencia, así que finalmente ella le asestó un golpe final. Víctor se sintió caer, aunque en realidad ya estaba en el suelo. Luego todo se volvió negro. Alguien se acercó a comprobar que el joven no se levantaría. Asintió hacia el Patriarca. Todos se levantaron de sus lugares: Gabriella era la ganadora.

Vivien salió de un lado del Coliseo y una chica a la que sí conocía y se llamaba Phoebe, salió del otro lado. Ambas jóvenes hicieron una venia hacia Atenea, luego se saludaron y se dirigieron a extremos opuestos, ambas ocuparon sus poses de defensa. El Patriarca les dio la señal de que podían comenzar. Y eso hicieron sin perder un momento. Vivien corrió hacia su contrincante, lista para dar los primeros golpes. En menos de quince segundos las mujeres ya estaban enzarzadas en una pelea. No se daban tregua, los golpes volaban en todas direcciones, también las explosiones de cosmo.

Esta pelea era en serio, y si era necesario matar a su oponente eso harían, aunque, a decir verdad, tenía tiempo que eso ya no sucedía. De todos modos una de las dos iba a quedar bastante mal parada. Vivien recibió de lleno un golpe cargado de cosmo que la lanzó al otro lado del Coliseo, pero ella sonrió cínicamente, se limpió la sangre y se levantó en segundos para detener los siguientes ataques y contestar con algunos propios.

Alfa se mordía el labio, de verdad esperaba que la rubia ganara su armadura: se la merecía. Un nuevo ataque de cosmo aventó, esta vez, a Phoebe al otro lado de la arena. Vivien no perdió ni un segundo en correr de nuevo hacia ella para continuar su ataque. Dado que la chica tenía como maestro a Camus de Acuario, sus técnicas eran también de hielo. No tardó en congelarle las piernas a Phoebe, dejándola postrada en el lugar en el que había caído.

Phoebe estaba en problemas, intentaba por todos los medios deshacerse del hielo en sus extremidades, pero Vivien no le daba tregua. Apenas podía defenderse, pero, quién sabe de dónde, logró sacar las fuerzas necesarias para liberar sus piernas, se levantó, y aunque cojeaba un poco, siguió respondiendo los ataques. Phoebe era buena manejando su cosmo, y le lanzó un ataque parecido al de Shaina, dado que ella era su maestra. Vivien logró resguardarse del golpe a tiempo, no tardó en contestarle con un Polvo de Diamantes, la técnica básica de Acuario.

Pero como era básica, Phoebe pudo contenerla. Más golpes, más patadas, más cosmo. Era un tanto difícil seguirles el ritmo. Phoebe cojeaba cada vez más, pero había logrado asestarle un buen golpe a Vivien en el brazo derecho. La mala noticia para Phoebe era que Vivien era zurda, así que podía seguir defendiéndose y atacando bastante bien.

Vivien se lanzó por los suelos y logró llegar hasta su oponente, le sujetó las piernas y se las congeló en apenas algunos instantes, al más puro estilo de Hyoga. Phoebe estaba de nuevo inmovilizada, y se concentró en deshacer el hielo de sus piernas, sin embargo no fue lo suficientemente rápida. Vivien le asestó algunos golpes más, y con eso, Phoebe se derrumbó en el suelo. Vivien se detuvo.

Alguien corrió hacia las muchachas, contó 10 segundos por mero formalismo, porque Phoebe estaba inconsciente. Hizo una seña hacia el Patriarca y Shion se levantó al igual que todos los Santos presentes. Declaró a Vivien como la ganadora. Vivien sonrió, le lanzó una mirada a Camus, quien la observaba con una tenue sonrisa, y luego a sus amigas que aplaudían y gritaban. La chica salió del Coliseo mientras los enfermeros se apresuraban a llevarse a Phoebe a la Fuente. Le entregarían a Vivien su armadura hasta el final de las peleas.

Se hizo un corto intermedio, en lo que limpiaban un poco la arena de escombros y demás cosas que pudieran haber caído.

Lexa se ajustó los protectores de las muñecas una última vez antes de mirar directo a la arena. Escuchó su nombre y salió con pasos firmes y elegantes. Miró hacia arriba, a donde Atenea y el Patriarca observaban. Después volteó a las gradas, a sus amigas, y les dedicó una sonrisita cínica. Entonces sus ojos se desviaron al frente. Su contrincante estaba a unos cuantos metros de ella, mirándola sin ninguna expresión en particular en el rostro. Lexa le hizo un gesto de saludo mientras ambos cerraban el espacio entre ellos. Una vez que estuvieron frente a frente se dieron la mano, luego la media vuelta y adoptaron poses de defensa. Les indicaron que comenzaran.

La mujer se tronó los nudillos y el hombre el cuello. Se vieron a los ojos, intentando amedrentar al otro, pero la verdad es que ninguno de los dos lo consiguió. Lexa no era alguien a quien le gustaran los preámbulos, así que, sin previo aviso se lanzó en contra del hombre. Su nombre era Anker, y era un joven esbelto, pero con músculos bien marcados, alto, y bastante varonil. Todas esas, cosas que a Lexa le importaban un pepino.

De Afrodita había aprendido a moverse con rapidez y elegancia, como un letal baile. Era rápida y diestra, y la sorpresa logró hacer que al joven se le dificultara seguirle el paso. El fuerte de Lexa eran las patadas en todas direcciones, que volaban con rapidez y certeza. Anker intentaba detenerla, pero lo estaba llevando hacia atrás sin que él pudiera hacer mucho al respecto.

Necesitaba concentrarse, calmarse, y planear cómo responder al ataque del que estaba siendo víctima. Pero ella no le estaba dejando mucho tiempo para eso. Decidió, pues, que por el momento lo mejor que podría hacer sería utilizar la fuerza bruta. En la siguiente ronda de patadas, Anker sujetó firmemente el tobillo de la chica y la atrajo hacia sí. Su meta era alcanzarla para poder darle algún golpe, pero falló el cálculo, porque Lexa, ahora estable en un punto gracias al agarre de Anker, pudo descargarle otra patada, con todas sus fuerzas, en las costillas.

Anker la soltó en el acto debido al impulso de la patada, y fue a dar al piso, sin aire. Lexa dio un salto y cayó a pocos metros de él. Se levantó enseguida y fue hacia su contrincante.

—Levántate —ordenó.

Anker tosió un par de veces más antes de sentarse. Luego vio la mano de la mujer frente a él. La tomó y se levantó del piso.

—Si fuera una batalla real, el enemigo te podría haber matado.

—Es una pelea real, y te estás confiando demasiado, pero yo no ataco a traición, ni a un enemigo que no se puede defender. Así que defiéndete.

Y sin más preámbulos, la mujer volvió a comenzar la lluvia de patadas, que también empezó a mezclar con puñetazos, y no pocos conectaron con su objetivo.

Afro, en las gradas, sonrió. No esperaba menos de su alumna, y estaba bastante seguro de que ella lograría ganar sin mayores dificultades. El chico no era malo, pero sus habilidades no eran las suficientes como para enfrentarse con Lexa. Los miró recorrer la arena, Lexa le estaba demostrando las técnicas que aprendió durante todo el tiempo que fue su alumna, pretendía hacer que Afro se sintiera orgulloso de ella. Y él lo estaba. Y como lo pensó desde un inicio, la pelea no tardó mucho más en terminar, con el chico inconsciente. Sonrió. No dudó en levantarse de su asiento y aplaudirle a su alumna. Lexa lo miró, sonrió, y le hizo una venia.

Había terminado, lo único que quedaba por hacer era que, los ahora Santos, hicieran su juramento frente a la diosa. Hubieron algunas lágrimas y muchos aplausos. Portaron sus nuevas armaduras, la de Vivien era la del Centauro, la de Gabriella la de la Zorra y la de Lexa la de la Grulla. Luego la ceremonia terminó y comenzaron a retirarse.

Gabriella iría a la Fuente de Atenea con Vivien y Lexa, no estaban mal, pero querían estar seguros de que todo estaba en orden con ellas. Después quizá celebrarían con sus maestros y amigas. Dicro le preguntó a Alfa si se quedaría para eso, pero Alfa se negó. Le urgía salir del Santuario. Dicro entendió, aunque también le dijo que no podría evitarlo por siempre. Alfa le sonrió irónicamente, pero no encontró respuesta a eso. Salió a toda prisa del Coliseo luego de despedirse y se fue directo a la salida del Santuario. Sin embargo el destino tenía otros planes y Saga estaba ahí, en la entrada, ya sin su armadura, recargado en una pared, esperándola. Alfa lo vio y se detuvo, el corazón le dio un gran brinco. Saga levantó la mirada. También sentía el corazón en la garganta. Alfa respiró profundamente y se acercó.

—¿Podemos hablar? Por favor —le dijo el de Géminis mientras la miraba a los ojos.

Alfa casi se puso a llorar en ese momento, pero se contuvo. Asintió con la cabeza y continuó con su camino fuera del Santuario, Saga la siguió en silencio.