Cuando conocí a Shawn Mendes en el aeropuerto de Canadá, nunca pensé que llegaría a convertirme en su novia.
Ahora, imaginar mi vida sin él, por simples segundos y apelando a la curiosidad, me sume en la más profunda desesperación. No puedo concebir un escenario prometedor, tratándome de alguien que disfruta recurriendo al realismo ―nulo idealismo, más que a cualquier otra conducta.
Me prometí que no desistiría, aunque el cielo se interpusiese y la moralidad de algunos actos me reclamase. El amor es sobre temeridad. Mamá goza razón en ello. Y la cuestión en particular le pertenece al tiempo, que se esmera en traer lo justo y necesario. Me ha costado entenderlo, pero lo he hecho, y eso no es pérdida, porque he aprendido en el proceso. He aprendido a comprenderlo, y a los pequeños impulsos que afinan los detalles de su ser.
Hemos avanzado mucho, ambos, hasta el lugar donde nuestros pies están, hemos crecido junto al otro. De una manera inusual, es cierto, y fuera de lo ordinario. Nuestra persona no consiente trivialidades. Incluso me atrevo al decir que no alcanzamos a tratarnos de los mismos de esta mañana, cuando la cita no era todavía una certeza.
Marie Barbeau nos toma una fotografía al término de la cena, debiéndose a una inapelable costumbre en The musician & The maroon, una célebre tradición que presta con el propósito de agradecer a los icónicos clientes.
Me pregunto a qué acto corresponde ―con qué intención, sobre todo, y de quién precisas de tratarte para acabar en sus paredes.
Abandonamos el restaurante después de agradecer a Marie la velada, a Roxanne sus atenciones ―a quien he supuesto la mejor amiga de Rebeca, la señorita de la recepción del hotel de la calle Yonge, y, a la medianoche, visitamos High Park de la mano. La nieve desciende desde los cielos en gráciles copos de hielo, vistiendo los árboles de blanco, atestando los históricos jardines. Parecemos ser únicos en el parque, con excepción de los guardias y veladores, voluntarios del VSP. Hablamos de sustancialidades, lúdicos del todo, observando el ornamento de flores en forma de la típica hoja de arce desde lo alto de la colina, cuya propia erudición se aúne en nosotros.
—The musician & The maroon es un lugar para el amor trágico.
Shawn ha asentido, sin mucha convicción. —Me es desconsolador pensar que, grandes seres, a lo largo de su vida, obtienen un amor tal, trágico e irreversible.
—Seremos la excepción —dice él.
Digo sí y me hago una promesa en ese instante, ante sus ojos. Me esfuerzo, por primera ocasión, en alejar el realismo de mi sentir. No lo requiero, no lo quiero. Deseo ser creyente.
—Ha sido una de las manifestaciones de amor más verdadera —digo.
—Pero no la única.
Detiene su andar, dedicado a observarme. —Estoy cansado de vivir en base a expectativas. Me has dado libertad, África, cuando la creí por perdida. No la desperdiciaré. Quiero arriesgarlo todo por un amor, pero quiero ser feliz en el proceso.
Y yo me aseguraría que así fuera.
Al oeste, cerca del estanque Grenadier, el parque nos obsequia vistas de culturales cerezos japoneses; recuerdo a Kyandi y el hecho que compartió a mis oídos en México.
Shawn ha fruncido sus cejas.
—¿Ya has estado aquí anteriormente?
—No lo creo —respondo.
—¿Cómo, entonces, conoces los caminos?
Estamos en Colborne Lodge, una vez cruzada la ladera; la llanura de robles negros. Al norte, entre los artificios de recreación interactiva, se localiza el parque infantil. Me acecha una imagen, durante un segundo preciso, del mismo campo, empero colmado de vetustas hojas marrón. No sé si debo agradecérselo a mi imaginación, que ha sido tan complaciente conmigo, pues en High Park no he estado en otoño.
—Pensé que te seguía a ti —digo.
Shawn no da respuesta.
—¿Cómo es venir aquí? —le pregunto.
—Tenía tiempo sin visitar High Park —dice él—. De niño, mamá nos traía a Aaliyah y a mí cada domingo. Visitábamos el zoológico y, en verano, presenciábamos Shakespeare. En otoño nos inscribíamos en un programa sobre el correcto cuidado de las plantas. Justo aquí. —Señala elocuentemente el sitio infantil extendiéndose ante nosotros.
—Debió ser memorable.
—Lo fue.
Volvemos cuando la nieve se endurece.
Nos encontramos caminando por el sendero de piedra que conduce a la puerta de su casa. Indeterminadamente, curioseo, más para mí, acerca de cómo le fue a mamá en la cena corporativa.
—Ven —dice Shawn, jalando de mi mano—. Es tiempo. Quiero mostrarte algo.
Renunciamos al camino y rodeamos la casa por la lateral, donde se alzan las paredes de las habitaciones del lado oeste. Los árboles se aprestan, resueltamente, a recuperar la vivacidad, alentados por la cercana y caprichosa primavera, pero ésta no se mostrará del todo sino en abril. La luna es gibosa menguante; refleja plateada luz sobre los pinos, ya revestidos por una capa de nieve, y sobre los abetos. En las hojas perennes de los arbustos vegetan inflorescencias sumamente encantadoras. Una iridiscente luz parpadea en un lugar del abundante jardín. Persigo tal dirección, curiosa, y pronto cada árbol, flor y planta se ilumina por delicadas guirnaldas de bombillas. La fuente aúlla y nace a la vida, esparciendo su albúmina agua. Se acentúan los cautivadores aromas consagrados al espectáculo de naturaleza y artífice.
Miro a Shawn y sé que es el momento.
El momento correcto.
No existe decisión que no haya sido actuada para guiarnos a esta instante. Está destinado a suceder justo aquí, a mitad de la noche de un día de febrero. Me declaro tonta por desear apresurar el orden de las cosas.
—Antes que nada —dice Shawn—, necesitas saber que es más... mucho más que dos palabras.
—Lo sé —murmuro—, lo sé tanto.
—No quiero asustarte —susurra él.
—Dímelo, pues, en el idioma que ames más.
Shawn toma aliento.
—Se você me quer, e tem certeza de que me quer, então eu também te quero.
Cierro los ojos, deleitada. Es... no lo sé. Sublime. Las palabras no están dedicadas a convencer si no están unidas a la manifestación, a la declaración de las mismas. La consumación de mis deseos se expresa aquí. Todo por cuanto luché y lloré. Soy afortunada, porque él me quiere, de vuelta, por el simple hecho de yo quererle. He peleado por algo que llegaría solo, de dejarlo, y me maravillaría de igual forma. Quisiera que lo supiese, que he renacido, que me ha devuelto una vida que di por vacía.
Así que se lo digo.
—Te quiero. Estoy segura de que te quiero. Quiéreme.
—Te quero.
No lo habría soñado, porque no está creado al nivel de mis capacidades. Es trascendental, incansable, posiblemente indomable. El amor es como tiene que ser. Bravío y majestuoso, sin embargo no orgulloso. No es malo, nunca podría serlo, y existe, con toda posibilidad. Es más fe que razón. Lo sé porque su mirada lo dice, el aliento que brota de sus labios, incluso la postura de su cuerpo. Cada una de mis partículas está enamorada de este hombre, y es reciamente recíproco. ¡Dios mío!
Un día inolvidable, una noche imperecedera. La cóncava luna posee el espacio, solitaria pero destinaria de inconmensurables declaraciones de afecto puestas en su nombre. Las estrellas son testigos. El jardín el lugar que perpetuaría la confesión.
Dos personas pasan a ser una.
Frente a la puerta, Shawn pide mi atención.
—He estado pensando, África, en la cuestión del beso.
Mi corazón se detiene por una centésima de segundo. —Me gustaría besarte ahora mismo —susurra.
—Pero no lo harás —debato.
—Te quero, pero he estado excusándome, cuando lo cierto es que temo más de lo que admito.
—¿Qué sería eso?
—Basta con que te bese para pertenecerte sin remedio. Después de eso, no habrá vuelta atrás. Habré renunciado a toda alternativa donde tú no me correspondas.
—No lo hagas, pues.
—Siempre puedes besarme tú a mí —dice Shawn.
Qué más deseo.
—¿Así entonces afrontarás el hecho de que nos pertenecemos irremediablemente?
—Así entonces —murmura.
Lo que Shawn dice es verdad, no obstante. Puede que ya no haya vuelta atrás, puede que sólo estemos retrasando el momento, pero, aunque la hubiese, aunque pudiésemos retroceder, yo no lo quiero. Pero, no es únicamente él y yo, como lo conocemos. Hay un mundo detrás de su espalda que no conozco, el cual pretendo vencer y perdurar.
Le miro a los ojos, con una silenciosa petición en los míos, y él los cierra, brotando un suspiro que me acaricia el rostro. No me había dado cuenta de cuán cerca estamos, como estar de cara al cielo. Elevo el rostro y desciendo los párpados, que reiteradamente aletean. El espacio entre nosotros está tenso, el frío aire es electrizante. Me sostengo de puntitas y le beso.
Nunca olvidaré la sensación, como si el suelo hubiese desaparecido bajo mis pies.
Más que un beso, es la consumación de nuestros deseos.
Y es lo que un beso debería de ser. Lo que siempre debió de ser. Cálido, auténtico y dulce. Suave presión de labios en labios, sin velados motivos. Es lo que mi alma ―triste, sola y amarga― desea; la calidez de un igual.
En la vida, no aspiro a más.
Basta de mi toma de audacia para que Shawn se deshiciese de los recelos finales y me devolviese el beso, diciéndome te quiero, te quiero sin parar entre bocado de labio y lengua.
Quién me hubiese dicho que en él encontraría mi ambición.
¿De qué están hechos los besos?
¡De dulzura, de dulzura y nada más!
Renuncio a noción. No existe en mí sino él. En el dormitorio, la chimenea calienta hasta los rincones más fríos, análogo a nuestros cuerpos, sosegándonos el ánimo. En las memorias que conservo, del pasado enero, no hay variaciones de objetos, pero la situación dista de parecerse. Suspiramos en la boca del otro, locos y embriagados, y, como si compartiésemos pensamiento, nos dirigimos a la cama al mismo son. El temblor en su garganta se manifiesta, posiblemente complacido en nuestro meollo. Se abraza a mi cintura y caderas, y me alza hasta recostarme entre las sábanas, que resaltan la textura de mi vestido, como el derramamiento de sangre en un manto nevado. Me mira desde su altura; se le sacude el pecho y los hombros le tensionan la postura. Me llevo los dedos a los labios, sorprendiéndome al notar que sus besos perduran pese a la pérdida de contacto. Busca mis tobillos y desanuda las tiras de los zapatos dorados, privándome de su cubierta y exaltación, entonces tira de mí, llevándome al filo de la cama, y sitúa el talón de mis pies sobre su torso; el vestido, por ende, resbala y despeja mis muslos, como la costura de las bragas. Shawn se altera con tal vista, pues me encuentra acostada, entregada, y abierta a cualquier cosa que él proponga, con el cabello desparramado por mis hombros. Posa su boca en el empeine y la guía hacia el interior de mis rodillas, humedeciendo mi piel. Entreabro los labios y suelto un amoroso suspiro. Shawn conduce sus manos por mis piernas a medida que asciende y asciende... se arrodilla en la cama y se adentra en mis muslos... Por mi columna trepa el fantasma de un par de dedos, una corriente eléctrica que me enfervoriza, y arqueo la espalda, glorificada. Estoy inundada en un mar de estremecimientos.
—Shawn.
Tira de la falda del vestido hacia arriba por mi estómago, desbrozando mi cuerpo para conceder espacio de actuación a su boca experta. Hunde el rostro en mi abdomen, respirando en mi piel, adorándola a besos.
—Shawn —llamo, asmática, por última vez.
Al oír mi llamado, y evidenciarlo, le ruego que venga y me bese. Shawn así lo hace. Nos besamos con dedicación, fusionando vida y aliento, como nunca se ha hecho antes. A voluntad, nos volvemos un enredijo; él me hurta del vestido y me deshago de su camisa. Aventuro la punta de mis dedos por su espalda, tocando la piel ardiente y trabajada, el indistinguible relieve de sus pecas y lunares. Le aruño, deseando robarle un poco de piel. Shawn gruñe y rueda sobre sí, llevándome con él en su arrojo. Ahora, yo he de mirarlo desde arriba. Mi advenedizo cabello nos cubre y Shawn disfruta sujetándolo en sus manos, reteniendo su aroma, mientras hurta el aliento de mi boca. La última vestidura sale de su cuerpo y lo adora en una única prenda interior. Nos besamos por el resto de la noche como si nunca nos hubiésemos dedicado a ninguna otra cosa.
En algún momento, sabemos que debemos detenernos si queremos sobrevivir. Nos acobijamos, entre luz y fuego, referente a la luna y a la chimenea, y aguardamos por el sueño de cada noche.
Tal es mi objetivo, no miento, y no deviene. La cita en TM&TM es el detonador de este insomnio cruel. No dejo de rememorar cada hecho, voz o perspicaz decisión... El hombre saliendo de las sombras, Roxanne recibiéndonos en la puerta trasera de un restaurante de mariscos, Marie Barbeau conduciéndonos, entre condescendencias, por un pasillo plagado de viejas fotografías de amores trágicos, en tanto nos ensalza únicos al contarnos una increíble historia... yo, jugando con Shawn debajo de la mesa, la copa rota, el cuarto de baño, la música y el baile, su confesión al final...
Suspiro en medio de la tenue y mansa oscuridad.
—No puedes dormir. —La voz de Shawn surge quieta en el silencio después, pero es más observación que interrogante.
Niego, y su turno es de suspirar. —Ha sido un largo día —dice.
—He estado pensando en lo que dijiste en High Park —digo.
—¿Te parece significativo?
—No me parecía —confieso—, pero...
Un latido de corazón golpea, produciéndome un ahogado dolor. Ya has estado aquí anteriormente. Su voz ya no es su voz; carece de la cualidad que caracteriza a Shawn. No es suya, y tampoco es mía. Es sin dueño, sin propiedad, y se remonta desde un obscuro rincón de mi cabeza. Silencio, y me muestro cohibida, confundida.
—Tranquila —susurra Shawn, pues incluso un leve temblor se expresa en las manos que él sostiene entre las suyas.
—Hay lugares —continúo, con gran esfuerzo—, en las fotografías familiares, que no reconozco. Jardines y estancias, donde los muebles son los mismos, pero algo no cuadra... Fotografías, sobre todo, donde todavía soy una bebé. Lo creí sin importancia, pero ahora tú me has encaminado a pensar que, tal vez... no lo es.
Shawn no emite contestación. —Soy una hija In Vitro, ¿sí?, no temo resultar adoptada. Ése no es el caso. Y mis memorias son cortas, sin base. Antes de conocerte, por supuesto —agrego, por lo que me sonrojo, y él sonríe—. Pero... —digo, y tomo aliento—, tengo cierto recuerdo de High Park.
Su toque se tensa.
—¿Lo tienes?
—Es un fragmento, más bien. De árboles, árboles de flor de cerezo de medio metro de alto, como de los que Kyandi me ha hablado.
—Sakura —susurra Shawn.
—Una plantación.
Sus dedos se aflojan en torno a los míos, como si quisiesen resbalar.
—La última plantación de árboles Sakura en High Park fue en 2006 —dice él.
Comienza a dolerme la cabeza. Cruzo las distancias y me uno a su cuerpo sin contemplaciones. Está demás decir que es vivificante permitirme estas libertades. Delineo el filo de su mandíbula con mis labios, sintiéndole estremecer; su aroma enfría la paulatina migraña incluso antes de que suceda. Shawn juega con mi cabello, enrollándolo en sus dedos.
—Mamá dijo que me trajo a conocer Canadá en ese año —confieso—. Me lastima no poder recordar, sobre todo ahora. Debió ser... indescriptible.
—No debías de tener más de seis años —murmura él, sosegado—. Es comprensible que no recuerdes, bonita.
—Dijiste que visitabas High Park de niño —rememoro—. Cada domingo. Quizá llegamos a coincidir —bromeo. ¿Qué tan improbable sería?
Sus caricias se detienen.
—Quizá —repite, después de un momento, por lo bajo.
El movimiento melódico de sus manos se reanuda, a buen tiempo.
—Mis memorias se afianzan a partir de la secundaria —comento, cedida a sus brazos—. No tengo recuerdos de la infancia. No duraderos, de todos modos. Resulta curioso, puesto que Florida tiene hasta para vender. Y no duda en decírmelos. A veces sospecho que se los inventa, porque no recuerdo nada de nada...
—¿Lo crees? —pregunta Shawn—. Probémoslo: dime uno y te diré cuán inverosímil suena.
Me cuestan segundos rememorar.
—Florida me contó que durante un verano se estrenó una serie animada de televisión, hace década y tal, que giraba a costa de adolescentes varados en una isla. Estaban sujetos a una competencia por eliminación. Era una parodia de otro programa, al parecer. Me dijo que, a pesar de resultar ser un fiasco luego de un año, la veíamos cada sábado sin falta. Lo que es incongruente, pues detesto cualquier tipo de competencia...
—Isla del Drama.
Shawn se incorpora en la cama, llevándose las sábanas consigo. Le sigo con la mirada, desarmada, y le veo perder el dominio de sí mismo por milésimas de instantes. Alborota sus oscurecidos cabellos castaños, suspirando a profundidad. La densa luz sombrea su perfil; los músculos en su espalda están tensos, y los hombros le están rígidos.
—África —murmura—, ese programa existe.
—Lo supuse.
Él me mira de reojo.
—¿Te aseguraste de que así fuese?
—Generalmente, le creo a Florida el cincuenta por ciento de lo que ella dice.
—No —remarca Shawn—, no sabes lo demás. El programa es originario de Canadá. Se estrenó en el verano de 2007. Si el otro cincuenta por ciento que ha dicho Florida resulta cierto, significaría que lo han visto aquí. Dime... dime que recuerdas.
—No deseo más —confieso, pero rechazo tal veracidad.
Aguardo a que me mire, me ofrezca una sonrisa, por lo menos sobre su hombro, pero Shawn se mantiene viendo la concesión de llamas y carbonización en la chimenea. Me incorporo, trayendo conmigo las sábanas, y voy a su lado en la cama. Su rostro sufre una combinación de confusión y angustia.
—¿Qué es lo que te preocupa? —le pregunto, silenciosamente.
—Nada —dice, y repite, más para sí—: Nada. Es sólo que, por un momento creí... no lo sé.
—No te desconciertes por ello —musito—. Yo no lo hago.
Shawn me da una significativa mirada, que a las claras dice «lo tengo por seguro».
Noto que algo en su cabeza le atenaza el corazón. Encuentro su mirada, bruñida en fuego y miel, y la sacudida que experimento en el pecho sólo es comparable con la conmoción de una bomba nuclear. Paso una pierna sobre las suyas, deslizándome en poderío y sábanas, y me impulso hasta tomar lugar en su regazo, el cual únicamente yo puedo gozar. Una pared de luz y calor golpea mi espalda y lo sume a él en sombras. Shawn trabaja visiblemente su manzana de Adán y conduce sus ojos por cada sitio, detalle y característica en mi cuerpo. Sus manos de músico son seguras al tocarme, apacentando destreza innata, como su corazón debe de estar al quererme. Envuelve mis rodillas, siéndome un amante exclusivo, con todas las libertades, palpa la cara interna con sus dedos y se conduce por mis muslos. Me erizo y recobro vida. El corazón me está extasiado.
—Me haces feliz —murmura Shawn— con suma facilidad.
Aprieta mis caderas y las masajea, moviéndome suavemente sobre él para llevarme a apreciar que, en cuestión de deseo, el suyo es innegable, ―y tangible. Muerdo mi labio inferior, meneándome mansamente en su regazo, acallando los prontos gemidos.
Nos combinamos en un lío de calor, sábanas y suspiros.
Shawn está distraído, persiguiendo el roce de sus manos en mi cuerpo, alrededor de mi cintura y por mis senos. El sujetador comprime mis montículos ante la inesperada oleada de estrógeno, volviéndolos pesados y sensibles. —Eres hermosa —dice, mirándome embelesado. Me sostengo de sus brazos, atormentada por el tono honesto en su voz. Luego, Shawn lleva sus manos por mi cuello, abrazándolo en cálida posesión, y hunde sus largos dedos en mi cabello, lo sujeta contra mi nuca. Cerca de mi boca, el susurra algo dentro de lo semántico, pues admito haber reconocido que, antes de hablarle a mi imagen, se dirige a mi mente. —Eres fastuosamente maravillosa.
—Shawn —gimo, y él me mira. En cuanto lo hace, le beso.
Me recibe sin objeción mientras sus manos hacen su camino de regreso por mi cuerpo. Abraza mi figura y junta nuestras pieles semidesnudas en tacto y calor. Debe notar mis duros pezones aplastar su pecho, incluso a través del sujetador.
Mueve su boca en la mía, devorándome en mordiscos que me roban el alma. Consumo sus labios, satisfecha de que sus besos ahora formen parte de mi larga cotidianidad.
—Quiero hacerte feliz —dice Shawn, en mi boca.
—Ya lo haces —alcanzo a musitar, sin parar de besarlo.
—Quiero hacerte feliz de otra forma.
Le tomo por la barbilla e interpongo el pulgar entre nuestras bocas, que difieren de valentía para separarse por sí solas. Rozo tiernamente mi nariz con la suya. Los dedos de Shawn, en este momento, juegan con las costuras de mis bragas, estirándolas hasta hacerlas rozar mi intimidad, me produce todo tipo de corrientes alternas.
—¿Me dejarías? —pregunta, suavecito.
Presiono sus caderas, escandalizada por el imparable hormigueo que no dejo de sentir entre las piernas. Quisiese que su mano entra ahí y... oh, hiciese justamente lo que me pide hacer.
—Te dejaría —declaro, sin dudar.
Sólo entonces, Shawn desliza la palma de su mano por mi vientre, explorando con sus dedos mi monte de Venus y, posteriormente, introduciéndose entre mis delicados pliegues íntimos. El contacto es directo y la sensación recia. Él disfruta, sin variación, de tocarme. Su rudo aliento implosiona en mi boca cuando gime al descubrir cuán húmeda me tiene. Mis párpados aletean y suelto rápida respiración, conociéndome en llamas. Su experiencia lo llama a la acción, haciéndole fácil encontrar mi pequeño botón, y estimulándolo sin compasión, velándome de toda razón.
Él me advirtió, me dijo lo que implicaría dejarse llevar, y accedí sin reparos, y he de admitir que es el peligro más excitante que he deliberadamente corrido.
No mucho tiempo después, me desplomo en su cuerpo, invadida por espasmos tan fuertes, provenientes del orgasmo, que me privan de albedrío. Una actitud íntima que él adula, sosegándome de las secuelas al relajar el calambre en mis tensos miembros.
Finalmente, retira sus dedos de mi interior, paseándolos por el río de mis fluidos hacia el exterior, donde los saborea en su boca, como si se tratase de su premio. Me perturba sentirme vacía ahora que sus dedos han dejado de entrar y salir, rítmica... imparablemente.
Las sábanas, en algún momento, han pasado a decorar el piso.
—¿Te he hecho feliz? —inquiere Shawn, ronco.
—Muy feliz —suspiro.
Cuando queda en evidencia que sólo estamos haciéndole al tonto, pretendiendo dormir, Shawn me convence de bajar a la cocina y sellar su promesa al preparar muffins. Recoge su camisa y la pone en mi cuerpo, antes de recuperar su pantalón y medianamente vestirse. El reloj marca las 3:02 a.m. cuando salemos del dormitorio y nos adentramos por el corredor, descendiendo, cruzando el salón circular, mientras la iluminación en la casa va siguiéndonos el rastro. En la cocina, los costosos aparatos de acero aparecen a la vista, y Shawn vacía sus alacenas, buscando los ingredientes a preparar. En poco tiempo, sobre la encimera de mármol ya ha puesto la mayoría, y se mueve al refrigerador por los productos perecederos. Me limito a observarle, debatiendo internamente en mostrarme sorprendida, ―o no, ante el hecho de que tiene ingredientes como para alimentar una boda. A punto de comenzar, pasa el cuello de un mandil por mi cabeza, con una típica frase de cocina estampada, «MR. GOOD LOOKIN' IS COOKIN'», la cual sólo tiene sentido en inglés, a lo que él esclarece: —Me permito presumir, sólo a veces. —Y mantiene una ególatra sonrisa al anudar las tiras a mi espalda. Mi piel arde por su cercanía.
—¿Estás lista?
—Sólo si tú lo estás.
Shawn se dedica a precalentar el horno. Mientras tanto, dispongo el orden de los ingredientes para su preparación, fingiendo una seguridad que, con toda obviedad, carezco. Me intimida una receta que jamás he llevado a cabo. Pero, si mi vida mexicana me ha instruido en algo, es en la congénita elaboración de toda comida, sin menospreciar los conocidos panquecitos ingleses de los que Shawn es fiel devoto. Sus indicaciones son apacibles y se mantiene al tanto de mí, socorriéndome en precisos momentos, al mezclar los elementos. Logro una espesa masa dulzona que a él parece enorgullecerle.
Planeamos tres recetas, y cito, en palabras de Shawn Mendes, debido a mi «inclinación por el tequila y las moras». ¡Cuál inclinación, le voy a hacer! Me consagro a aprestar homogénea la masa, tal como Shawn ordena. Llegamos al convenio donde hornearemos muffins de moras, con chispas de chocolate, y de tequila. Dependiendo del sabor, decretaremos mantener la receta. Shawn me ayuda a dividir la masa, con la leche ya vertida, en tres porciones. A la primera, añadimos las chispas de chocolate, a la segunda las torneadas moras y a la última agregamos algunos mililitros de mi buen tequila, con su espléndido aroma frutal. Echamos las distintas mezclas en la manga pastelera y rellenamos los moldes de papel encerado. Finalmente, llevamos los muffins al horno.
—Eres buena en esto —comenta Shawn.
—Toda mi vida he cocinado para mí misma —le digo, abiertamente—, porque mamá, naturalmente, no es permisiva. Lo que es correcto, aunque a una le hace falta que la mimen de vez en cuando.
Shawn sonríe.
—Eres tan jodidamente fascinante, África.
¡Ah! Pero, ¿qué he dicho ahora?
—Gracias —digo, sonrojada, y aparto la mirada.
Su procedente risa sólo acrecienta el calor en mi nariz y mejillas.
—Me parece curioso —dice— cómo insistes en pasar por alguien ordinaria, cuando eres todo lo contrario. Sabes tres idiomas —enumera, y mi vista vuelve a él, a su boca y voz—, tocas el piano y probablemente conoces un par de pasos de salsa, si ese error sirvió de algo. Bailas, muy bien, a mi parecer. Tienes reconocimiento nacional, quizá inter, con dieciocho años.
—Shawn...
—Eres, además —continúa—, una increíble escritora, y una ejemplar hija. Pareces, sin embargo, pasar por alto tus destrezas. ¿Por qué?
—Porque en lo extraordinario me encuentro muy sola.
Shawn me mira a los ojos.
—No estás sola.
—Lo sé —le sonrío—. Te tengo ahí conmigo.
Y así es cómo, de nuevo, y durante un movimiento u otro, termino siendo besada por Shawn. Deberíamos detenernos, me digo, ya hemos cruzado suficientes límites. Pero de su boca me declaro adicta. No hay más principios qué seguir, ya no. Estoy constantemente cayendo, pero él se ha convertido en mi cuerda de seguridad, y sé que estaré bien. No puedo más que intentar prepararme para la explosión de sensaciones, que insisten en tomarme desprevenida. Corro el peligro de volverme loca.
Shawn envuelve con gentileza mis mejillas y me besa con lentitud. El torbellino magnánimo nace en mi estómago. Su dedo pulgar acaricia mi barbilla y lo lleva a mis labios, donde lo introduce hasta abrirlos y sumar su lengua al cataclismo. Entiendo a qué se refería con esperar; la prolongación del evento lo ha hecho muchísimo más seductor que a cualquier alternativa. Las tensiones se desparraman, llevándonos en sus implacables olas.
Shawn gime roncamente en mis labios, escuchándose incrédulo y sorprendido. —Dios... —jura, alejándose mínimamente para tratar de recuperar el aliento—, no sabía que podía sentirse así...
Seducida por tal declaración, le echo los brazos al cuello y lo atraigo hacia mí, molesta por las distancias impuestas. No puedo sino odiarme por haber intentado despojarme de su dulce presencia, los pasados días. Pronto, las manos de Shawn desanudan las tiras del mandil a mi espalda, y se separa lo necesario para sacar los tirantes por mi cabeza. Volvemos a unir nuestra boca mientras decora el piso. Shawn se aventura en la indiscreción y sujeta mi trasero, amasándolo en su toque. ¡Oh, mi...! ¡De qué voluntades hace acopio! Sonríe en mis labios y se apresura a alzarme hasta sentarme en la encimera, lugar donde antaño desayunamos panqueques con sirope. Sus dedos vuelan y me desabotonan la camisa, besándome con intensidad, y la abre para despejar mi cuerpo en la lencería. Shawn finge recuperar el aire y aprovecha para viajar sus ojos por mi pecho hacia el delicado diseño de las bragas, que esta noche ya han sido varias veces humedecidas, antes de usurparme de toda sensatez al recuperar mi boca. Me acaricia las piernas, produciéndome erizamientos en cada centímetro de piel.
—Deus, te quero. Te quero muito.
Jadeo, maravillada, y le rodeo por el cuello, aprisionándolo entre mis brazos. Abro las piernas y él se introduce en el espacio vacante, se encuentra con mis caderas y se fusiona en complicidad. Shawn ase mi cabello y lo enrolla en su muñeca, jalándolo, y me estira el cuello, abriéndome, así pues, la boca. Sabe muy bien cómo obtener lo que de mí desea.
No preciso qué ocurre con exactitud a continuación. Claramente, nos dejamos llevar demasiado y el sonido de la alarma, en el horno, se hace oír, anunciando la culminación de los minutos, sobresaltándolos en el acto.
Shawn posa su frente en la mía y respira con dificultad, al igual que yo. Parece costarle todo de sí, como a mí. Me es imposible imaginar que dos humanos sean capaces de experimentar el universo mientras están juntos.
El aroma cálido del pan, la vainilla y los frutos se apropia del aire. Por el resto de la noche, dedicamos nuestra entera atención a los panquecitos, degustándolos a mordidas que, más que colmarnos, nos maravillan. El pan es esponjoso, su sabor es dulce, frutal, intenso. Alternamos entre los muffins con chispas de chocolate, con Shawn codiciándolos a cada rato, y los muffins de moras y de tequila, de los cuales me llevo reconocimiento. Shawn incluso toma un par de fotografías, con la indicación de conmemorar el momento. Entre bocado y diálogo, nos besamos con afán.
Y lo sé.
He vencido.
Finalmente, he hallado a mi compañero.
Y no pienso dejarlo ir.
N/A: *lo deja ir*
¡Bromeo!
Quizá, como dijo el Shawn.
Primera parte de Un minuto, Un pensamiento finalizada.
