.

.

Capítulo 93

Un tsunami de pasión…

Lentamente abro los ojos… Mi respiración aún es irregular y tengo la sensación de haber estado por unos segundos fuera de mi cuerpo, y ausente de este mundo también.

Pestañeo varias veces y cuando mi visión se aclara, lo primero que veo es el cuero color burdeos que recubre la superficie de mi nuevo escritorio.

Mi nuevo escritorio… Todavía no me lo puedo creer.

De verdad no lo creo. Y de pronto me encuentro pensando en que todo lo que me dijo es… una excusa, algo improvisado para justificar su insólito comportamiento de los últimos días.

Pero como hace un rato, algo me obliga a desviar mis pensamientos, y es esa mano experta tocándome…

La tengo en la nuca, y su tacto es una mezcla de firmeza y ternura. Me encuentro doblada sobre el escritorio, con mi pecho pegado a él, completamente inmovilizada…

La mano de Albert no es lo único que me tiene prisionera.

Estoy llena de él…

Albert está dentro de mi cuerpo… Se mantiene firme en su penetración, y su respiración es tan agitada como la mía. Jadea sobre mi espalda empapada de transpiración, pero no me suelta.

Y de pronto siento su cálido aliento junto a mi oído.

—Jamás dudes de mi amor, Candy. Ni de mi fidelidad…

Contengo la respiración y mi garganta se seca.

No se anda con rodeos… Siempre fue consciente de mis sospechas pero no fue lo suficientemente considerado como para despejar mis dudas.

Su mano me masajea el cuello despacio… Y luego sale de mí, dejándome vacía y adolorida.

—Aún no te muevas —me ordena.

De inmediato siento que presiona mi sexo con algo, y luego me sube las bragas con delicadeza y me baja la falda.

—¿Qué me has puesto?

—Mi pañuelo. Esta limpio…

—Ya no —murmuro mientras me incorporo. Intento volverme pero no lo logro porque él se planta detrás de mí y me toma de la cintura.

—¿Te gusta? —pregunta mientras yo no hago otra cosa que pensar en su miembro que presiona la parte superior de mis nalgas.

—Claro que me gusta —respondo de inmediato, y sin poder evitarlo, echo mis caderas hacia atrás.

Albert ríe y yo me sonrojo.

—Me refiero a tu despacho.

Mierda… Se refiere a mi despacho. Tengo un despacho… Otra vez las dudas, los miedos.

Doy un paso al costado y escapo a su contacto.

Y por fin lo enfrento.

—Dime lo que me has ocultado.

Él se pone súbitamente serio.

—Lo estás viendo —responde haciendo un gesto con las manos.

—Hay más. ¿Por qué contrataste a esa mujer?

Frunce el ceño y se cruza de brazos.

—Candy ¿continúas dudando? No lo entiendes ¿verdad?

Lo observo, confundida.

—No.

—¿No te ha quedado claro que he hecho decorar esta oficina para ti?

—Sí, pero…

—He tomado nota durante mucho tiempo de tus gustos y preferencias en cuanto a colores, texturas… Cada vez que hacías una observación relacionada a tu idea de la "oficina perfecta" yo lo registraba…

—¿Por qué?

—Porque sabía que si no tomaba cartas en el asunto, jamás dejarías la casa y ocuparías tu lugar en la empresa.

Lo miro, perpleja. Esto no me lo esperaba…

—¿Y qué te hace pensar que ahora sí?

—Nada. Sólo tengo la esperanza de que este lugar te enamore lo suficiente como para que por fin hagas lo que te gusta, y lo que yo necesito…

Tú me enamoras, Albert Ardley. Pero necesito saber…

—¿Y Karen?

—Karen estará a tus órdenes, Candy. Ella le ha dado vida al proyecto que tú misma has diseñado —me dice acercándose.

—Nadie jamás ocupará tu lugar en ningún aspecto, Princesa. Esperaré lo que sea necesario hasta que estés lista.

Vaya… Estoy… conmovida. No sé qué decir, porque no sé si estoy realmente lista.

—Albert… no sé si estaré a la altura. Estaré aquí pensando en los niños…

—… Igual que todas las mujeres que trabajan fuera de casa, lo necesiten o no desde el punto de vista económico —repone.

—Pero he pensado en eso también… Ven.

Me tiende la mano y yo la tomo.

No vamos muy lejos… Albert oprime el botón de un control a distancia y ante nuestros ojos el espejo que ocupa la pared frente a mi escritorio, se transforma en cristal transparente. Y al otro lado, veo el salón de juegos más hermoso que he visto jamás. Incluso es más encantador que el de nuestro departamento… Y todo con luz natural.

—Los tendré aquí…

—Los tendremos aquí cuando lo deseemos. Y también tendremos personal disponible para que atiendan cada una de sus necesidades mientras estemos ocupados.

Tengo un nudo en la garganta… Ha pensado en todo.

—Oh, Albert…

—Te necesito, Princesa. Te echo de menos todo el tiempo… Y también me hace falta tu talento increíble, tu buen gusto, tus ideas maravillosas… Eres una madre excelente, pero ha llegado el momento de cumplir tus otras metas… ¿Estás dispuesta?

Asiento porque no me sale la voz.

—Dilo.

—Sí… —murmuro débilmente.

—Bien… Como habrás notado es un espejo unidireccional. Tú puedes verlos, pero ellos no, y con este botón puedes escucharlos o hacer que se abra…

Oprime otro botón y el espejo se desliza.

—Eres… increíble, Albert. No se te ha pasado nada… Eres un gran padre —le digo con los ojos brillantes.

—¿Lo soy? Como te habrás dado cuenta, quiero a los niños cerca, pero no tanto, pues quiero follarte a mi antojo cuando se me ocurra.

Me brillan los ojos, estoy segura. Y aquí abajo tengo unas cosquillas maravillosas.

—¿Cuándo se te ocurra a ti? ¿Y qué pasa si se me antoja a mí?—pregunto, atrevida.

—Está todo pensado, Princesa. Mira…

Me señala un espejo lateral. Está justo en la pared que separa su despacho del mío. Oprime otro botón del mando y… Ya no hay espejo; es otro cristal.

—Te puedo ver, me puedes ver… Ya sabes cuál es la señal. —me dice el muy fresco haciendo un gesto obsceno que no me atrevo a describir. —Lo único que quedaría definir es si vengo yo, o vas tú…

No sé cuál es mi expresión, pero debe ser muy graciosa porque Albert ríe, y esa risa hace que mi corazón se desboque.

—Eres increíble… No dejas de sorprenderme, Albert —le confieso algo turbada. —No siempre son sorpresas gratas, pero…

Soy una aguafiestas, lo sé. Este hombre se ha esmerado en tentarme con varias estrategias para que regrese a trabajar. Me ha dejado en claro que me ama, que quiere tenerme cerca, y que le gusta lo que hago… Pero hay algo que no me termina de cerrar.

Todas estas consideraciones hacia mí, no borran lo que ha sucedido con Karen. Explican lo de su contratación tal vez, pero lo de la incursión a su departamento por la madrugada hace unos días, y el "rescate" de ayer… Eso no es normal.

Albert es un jefe al que le importan sus empleados, y siempre ha atendido a sus necesidades, pero no personalmente y con tanta… entrega.

Me pongo seria… Aquí hay algo más y yo debo saberlo.

—¿Aún dudas, Candy?

Soy transparente para él. Me conoce tan bien…

—Tengo muchas dudas. Y espero que puedas… iluminarme —le digo retomando el juego de palabras anterior, para distender un poco.

—Te escucho.

Tomo aire… No sé cómo plantearlo, sin mostrarme desconfiada o insegura, pero como sé que él puede percibir cada uno de mis pensamientos, decido hablar sin filtros.

—Karen.

Alza las cejas…

—¿Karen? Ya te he dicho que ha llevado a cabo la decoración integral de este sitio, que estará a tus órdenes...

—Sé que hay más, Albert. Tú la conoces de antes.

Se encoge de hombros.

—Así es. Y también te he contado que era la mujer de un gran amigo… Ahora es viuda y necesitaba el empleo.

—Y por lo visto algo le pasa, y también te necesitaba a ti.

Suspira…

—También.

—¿Qué le pasa, Albert? ¿Por qué tanta devoción hacia ella? Te has pasado la noche junto a…

—Candy, me he pasado la noche aquí, con los obreros terminando el despacho en tiempo récord. Quería disipar tus dudas hoy mismo, porque esas dudas te estaban haciendo daño, mi cielo. Y yo no soporto verte sufrir…

¡Se ha pasado la noche trabajando por mí! Oh, Dios… Qué injusta he sido y qué mal me siento.

Pero aun así, hay algo que une a mi marido con Karen, algo más allá de la consideración por ser la viuda de un amigo, y yo debo saberlo.

—Siento haber… dudado —le confieso bajando la mirada. —De todas formas, sé que hay algo que me ocultas con respecto a Karen, y tus atenciones hacia ella…

Lo veo tragar saliva y también veo dolor en sus ojos.

—No te equivocas. Es culpa.

Vaya. ¿Culpa? Eso no me lo esperaba.

—¿Culpa? ¿Por qué?

Se sienta en uno de los amplios sofás y me hace una señal para que lo haga junto a él.

—Candy, Marcos y yo cursamos juntos la universidad en los Estados Unidos. Éramos muy amigos… Se enamoró de Karen y tenían muchos proyectos… Tan bien le iba que fuimos a celebrar…

La voz le tiembla un poco. Tiene los ojos húmedos… Está sufriendo. ¡Oh! Albert está sufriendo…

—… Debí hacer que dejara su coche y llevarlo en el mío. De hecho lo intenté, pero no hubo caso… Murió dos días después, por las heridas que sufrió en la cabeza cuando el coche volcó. Se había casado con Karen la semana anterior en Las Vegas…

Ay, qué tristeza… Es horrible. ¡Un hombre tan joven! Ahora entiendo… La culpa. La culpa agobia a Albert…

—Lo siento, corazón.

Inspira profundo.

—Nadie lo siente más que yo. Nadie, excepto Karen… Nunca pudo recuperarse, Princesa. Ya han pasado varios años, y hace poco me escribió. No tenía trabajo ni donde vivir… No quería que nadie supiera lo mal que estaba, ni su propia familia. Le ofrecí empleo, el departamento…

—¿Y por qué no me lo dijiste? Hiciste lo correcto, pero nos hubiéramos ahorrado muchos disgustos si me lo hubieses contado… —le reprocho.

—Ella no quería que nadie lo supiera. Tuve que jurárselo incluso. Tiene ataques de pánico, Candy, y ayer se pasó con la medicación… Por suerte pudo llamarme.

Sé que no debo preguntar, pero no puedo evitarlo.

—¿Le pasó lo mismo la otra noche, cuando fuiste al departamento en la madrugada?

El asombro hace que sus ojos azules se abran como platos.

—Pensé que no lo habías notado… ¡Pero claro que lo hiciste! ¿Me seguiste esa noche? No puedo creerlo, Candy.

—Lo siento…

—¿Anduviste sola en la madrugada? ¿Es que has enloquecido? ¡Me hubieses llamado!

—¿Me hubieses dicho lo que sucedía?

—No lo sé, pero sin duda no te hubiese permitido que salieras. ¿Sabes de los peligros que existen a esas horas en esta ciudad, Candy? —pregunta con furia.

—No lo pensé…—murmuro, mientras intento contener mi propia ira. ¡Ahora resulta que soy yo la villana de la película!

—O sea que no solo te has puesto en riesgo, sino que has desconfiado lo suficiente como para seguirme no una, sino dos veces… Porque ayer también me has seguido ¿cierto?

—Era la única forma de saber qué coño hacías, Ardley —replico, tensa. —¿Pensaste que te iba a poner un detective? ¡Pues no! Me basto solita para vigilar tus pasos, que lo sepas.

—Gracias por la confianza, White. Pero te diré que esta vez te has pasado… Y no me refiero solo a tu paranoia, sino a lo de Srear—me reclama, serio.

Trago saliva. Creo que estoy en problemas…

—Mira, Albert… Eso fue una casualidad. No era mi intención contrariarte pero…

—Pero hiciste más que eso. Me sacaste de mi eje, Candy. ¡No me ayudabas a mí en el trabajo, pero sí a él!

—¡Era a su mujer, no a él! Y lo hice porque pensé que no me querías aquí…

—Vaya… ¡Desconfías de mí todo el tiempo!

—¿Tú no?

—No. Sé que te gusta provocarme, pero yo confío en ti. Desconfío de los demás, de los tíos que te observan con ojos de lobo hambriento como Stear, que no tuvo reparos en intentar conquistarte aun sabiendo que eras mía… Porque lo eres ¿verdad? —me pregunta de pronto suavizando su actitud.

Claro que lo soy y lo seré siempre, pero por alguna razón no le grito cuan suya soy, sino que bajo la vista y murmuro un tímido "sí… claro" que hace que en dos zancadas lo tenga frente a mí aferrándome por los brazos.

—Dilo fuerte y claro, White. Di que eres mía, que trabajarás conmigo, y que harás lo que te diga.

Vamos… ¿es broma? Qué haré lo que me diga… Sí, claro.

—No lo diré —le espeto alzando el rostro.

Estamos a unos centímetros de distancia nada más. Su agitada respiración mueve el cabello de mi frente. Los ojos le brillan… Pero no le tengo miedo a él, sino a mí misma y a mis deseos traicioneros.

—¿No eres mía?

—No haré lo que me digas.

—Oh, sí qué lo harás… Porque nada de lo que te ordene te disgustará. Es más, pedirás directivas con frecuencia y las ejecutarás con dedicación, querida.

Bueno, si es así… Dios, qué floja soy. Lo que sus palabras sugieren hace que mis piernas se debiliten.

—… y vamos a comenzar con un viaje.

Mi rostro se ilumina.

—¡A Orlando! ¿Iremos a Orlando?

—Si quieres… Pero te advierto que será sin los niños, porque te quiero solo para mí.

Lo miro con el ceño fruncido.

—A Buenos Aires, entonces. Dos días, no más...

Albert ríe, divertido.

—Tú sí que no me sales nada cara, Princesa. Bien… empezaremos cruzando el río el próximo fin de semana, pero te advierto que querré más…

Aprieto los labios para no sonreír, pero lo cierto es que tengo ganas de hacerlo cuando me doy cuenta de que él comprende mis necesidades y mis temores, y que me acompañará en el proceso de desapego que necesariamente tendré que ir transitando con nuestros hijos.

Estoy llena de certezas en este momento y me siento tonta por haber dudado de mi marido. Porque eso es, mi esposo, mío, mío, mío…

—¿Cuánto más querrás Albert? —le pregunto inclinándome, casi en el oído.

—De ti lo quiero todo —murmura sobre mi cuello haciéndome estremecer. —Todo…

Y yo se lo doy. Le entrego mi vida si es necesario, porque Albert Ardley lo vale, y porque no hay nada que desee más en este y cualquier momento.

CONTINUARA