SEGUNDA PARTE
PRÓLOGO
NUEVA YORK
SEIS AÑOS ANTES...
MADARA
Por tercera semana consecutiva, me despierto mientras una incesante lluvia cae sobre esta repulsiva ciudad. Las nubes están pintadas con un intenso tono de gris y los relámpagos que parpadean en el cielo cada pocos segundos no son una sorpresa, sino algo previsible.
Sosteniendo el paraguas contra el hombro, entro en un quiosco de prensa y cojo The New York Times, preparándome para lo que puedo encontrar entre sus páginas.
—¿Cuántas mujeres cree usted que puede tirarse un hombre en su vida? —pregunta el vendedor mientras me da el cambio.
—No lo sé —respondo—. Yo he dejado de contar.
—¿Ha dejado de contar? ¿Qué ha hecho? ¿Tirarse a diez y luego sentar cabeza? —pregunta, señalando la alianza de oro que llevo en la mano izquierda.
—No. La verdad es que primero senté cabeza y luego empecé a follar.
Él arquea una ceja con expresión de sorpresa y luego se da la vuelta para ordenar el expositor de habanos.
Un par de meses antes, me hubiera entretenido dándole conversación, respondiendo a sus preguntas con una sonrisa alegre y un «Más de las que me gustaría admitir», pero he perdido la capacidad de reírme.
Mi vida es ahora una deprimente rueda de escenas repetidas: noches de hotel, sudores fríos, recuerdos horribles y lluvia.
Maldita lluvia.
Me pongo el periódico debajo del brazo y me doy la vuelta mientras miro la alianza que llevo en el dedo.
Hace mucho tiempo que no la uso, y no sé qué me ha llevado a ponérmela ese día. La hago girar en el dedo, mirándola una última vez al tiempo que muevo la cabeza pensando lo inútil que resulta.
Por una fracción de segundo, pienso en conservarla. Quizá como un recuerdo del hombre que solía ser. Pero esa versión de mí mismo es demasiado patética e ingenua, y quiero olvidarla tan rápido como sea posible.
Cruzo la calle cuando el semáforo se pone en verde y, al pisar la acera, lanzo el anillo a donde debería haberlo tirado hace meses.
A la alcantarilla.
