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Capítulo 94

Bajo agua… pero esta vez no me quejo.

Las palabras sobran. Albert me busca la boca con desesperación, y me devora. Sus enormes manos en mi rostro me tienen inmovilizada a merced de esta exploración que es casi una invasión. Su lengua me recorre el paladar y se enreda a la mía con ansias. Me besa con tal voracidad que me duele… Parece que quisiera introducirse entero dentro de mi boca. Me mete un pulgar por la comisura para mantenerla abierta y me recorre los labios con la lengua.

Los mordisquea a su antojo, y luego vuelve a besarme loco de pasión.

—Mi princesa exquisita…

—Tu Barbie Puta…—replico con voz ronca.

Se retira un momento y me mira.

—Las amo a las dos…

Y luego me coge en brazos, y sin dejar de besarme avanza conmigo a cuestas. En un santiamén nos encontramos en el baño más bello y suntuoso del mundo.

Dejo por un momento la boca de Albert para mirar a mi alrededor… Es enorme. Hago un cálculo mental… Las instalaciones de las que dispondré ocupan por lo menos cinco de las oficinas normales de este piso.

Presiento que algunos no estarán muy felices por ello, pero no me importa. Nada me importa en este momento porque el hombre que amo me está haciendo cosas deliciosas sobre el mármol negro de la encimera…

Jadeo sin poder controlarme, cuando Albert deja de lamerme el cuello y me sube el vestido para poder separar mis piernas. Cierro los ojos, extasiada, mientras espero ansiosa todo lo que quiera poner entre ellas.

—Mírame —me exige.

Obedezco, y sus azules pupilas me queman sin remedio. Me acaricia el rostro despacio…

—Siempre serás lo más importante para mí. ¿Lo sabes, verdad?—me pregunta, y yo asiento no muy convencida de que eso sea lo correcto. Tenemos unos hijos a los que adoramos… ¿no deberían ser ellos la prioridad de ambos? Pero él no parece creerlo así, y continúa. —Eres lo que más quiero en esta vida, Candy. Y también en la que viene, y en la siguiente… Nunca nos separaremos, mi cielo.

Y de pronto dejo de sentirme incómoda.

Albert es un gran padre… a su manera. Ama a nuestros pequeños, pero sé que tiene claro que podrá dejarlos ir en algún momento, cosa que jamás ocurrirá conmigo. Seré siempre una cautiva de su encanto, y hará lo que sea para conservarme a su lado.

¿Cómo pude pensar en que ya no me amaba? Dios… ¡Qué bien se siente volver a mi eje! Toda la frustración acumulada durante estos días, se esfuma bajo la cálida mirada de mi marido, y esa mano que avanza por mis muslos hasta llegar adonde se enciende la hoguera que convierte mi sangre en lava ardiente.

—Oh, Albert…

Él traza círculos con los pulgares sobre mis bragas húmedas, y yo le muerdo un hombro por encima de la ropa.

—¿Qué es lo que quieres, Candy?

—A ti. Dentro. Ahora. —le digo, desesperada. Mi cerebro ya no funciona cuando me toca, y no puedo siquiera hilvanar una frase coherente.

Mi urgencia es evidente y él no parece que quiera resistirse, a juzgar por cómo me rompe las bragas.

—Una más para mi colección de bragas rotas—murmura. —Aún conservo la que olvidaste en el coche aquella noche…

Me separo, sorprendida, y lo miro a los ojos.

—¿La tienes?

—Ajá.

—¿Dónde?

Frunce el ceño.

—No te lo diré. Es un asunto privado —declara, muy fresco, mientras se guarda la que acaba de destrozarme en el bolsillo del pantalón.

—¿Un asunto privado? ¿Por qué las conservas? —pregunto intrigada.

—Porque soy un pervertido.

—Vamos… —lo apremio.

—Pues no lo sé —confiesa. —Puedo tener todas las bragas que usas con contenido y todo, pero aquella es muy especial para mí, Princesa… La conservaré siempre, y jamás olvidaré que si te hago daño, el que saldrá más perjudicado siempre seré yo —me dice, y su voz está cargada de melancolía.

¿Aún lo afecta aquel momento de descontrol en el que estuvo a punto de perderme?

Me conmueven tanto sus palabras que por un momento me olvido de las ganas que tengo de que me haga el amor, y lo abrazo con fuerza. Quiero hacerle olvidar ese ingrato recuerdo, así que deslizo mi mano entre nuestros cuerpos y acaricio su miembro rígido como una barra de hierro. Y caliente, aun a través de la ropa.

—Tenemos recuerdos más gratos que atesorar —murmuro sin dejar de tocarlo. —Por ejemplo, yo sentada igual que ahora sobre una encimera muy cerca de aquí, confesándote mi virginidad y pidiéndote que acabaras con ella cuanto antes…

Lo siento sonreír sobre mi cuello. Lo recuerda…

—Te hubiese hecho mía en ese momento si no nos hubiesen interrumpido. Me moría por tomarte, Candy. Me muero por hacerlo ahora…

—No veo que te detenga nada, hombre lindo.

Todo transcurre muy rápido. Aparta mi mano y se baja la cremallera. Y en segundos lo tengo dentro… hasta el fondo.

Gemimos al unísono cuando nuestros cuerpos se unen al máximo. Nuestras lenguas y nuestros sexos se mueven en perfecta armonía, sumidos en cálidas humedades deliciosas.

Nos acoplamos tan bien… Siempre lo hicimos.

Este hombre me seduce, me lleva al borde de la locura. Es tan atractivo, y folla tan bien… Sabe exactamente cómo debe moverse para hacerme delirar. Mis inhibiciones desaparecen cuando él está cerca, y si me muerde la boca y murmura mi nombre como si tuviese sed de mí, me convierto en la Barbie Puta que tanto desea, y estallo sin control.

—Así… Oh, Albert… Creo que me voy a morir… ¡Dios mío! Me muero…

—No te mueras, Princesa. Disfrútalo como yo…

Claro que lo disfruto, pero lo haría mucho más si me diera su placer así que oprimo mis músculos internos y pronto obtengo lo que quiero: una caliente catarata que me desborda, mientras me bebo sus gemidos orgásmicos completamente subyugada.

Me gusta verlo descontrolado, con los ojos vidriosos y el rostro congestionado, olvidándose de mi placer para centrarse en el suyo. Su miembro vibra dentro de mí, convulsiona una y otra vez… Albert hunde su rostro en mi cuello gruñendo salvajemente.

—¿Te gusta, Ardley? —pregunto moviendo mis caderas en círculos, y apretando más y más.

Estoy bañada en transpiración, y completamente exhausta, pero me encanta provocarlo.

—No… sabes… cuánto… —murmura intentando recobrar el aliento.

—¿Me follarás así muy seguido aquí?

—No.

Vaya, eso sí que no me lo esperaba.

—¿No?

Él levanta la cabeza risueño.

—No en la encimera, que me he destrozado los huevos contra el mármol —confiesa sonriendo. —¿Pero ves ese diván con tapizado a prueba de manchas?

Giro la cabeza, y cuando lo veo, asiento mordiéndome los labios.

—¿Y ves ese plato de ducha con hidromasaje?

Vuelvo a asentir.

—Los he hecho poner especialmente para follarte a gusto cuando se me antoje —declara el muy descarado.

—Deberíamos probarlos —sugiero sobre sus labios.

—Empecemos por la ducha —murmura, y luego coloca mis piernas en torno a su cintura y camina conmigo prendida a su enorme cuerpo como un oso koala.

Y mientras el agua cae sobre nosotros y nuestra ropa, me pregunto qué demonios me pondré para ir a casa… No tengo idea pero eso deja de importarme cuando Albert Ardley vuelve a apoderarse de mi cuerpo, de mi mente y de mi voluntad…

—¿Te enjabono? —me pregunta luego de desnudarnos, interrumpiendo un beso delicioso.

Asiento, encantada de la vida y me dejo hacer…

No hay un solo centímetro de mi cuerpo que las manos de Albert no hayan tomado posesión. Esto ya no es un baño, es un magreo descarado.

—Me encanta bañarte.

Uf, a mí también me encanta… No se hace una idea de cuánto, pero me revuelvo un poco fingiendo estar fastidiada de tanto manoseo.

—Quieta, White. Déjame hacer bien mi trabajo…

—Creo que ya estoy perfectamente limpia.

—Por fuera. Falta que te enjabone por dentro.

Si esos dedos que hace instantes estuvieron visitando mi interior no fueron suficientes, no sé qué podrá serlo…

—Ya me has… —comienzo a decir mientras me vuelvo, pero cuando lo veo enjabonarse el pene de esa forma, me doy cuenta de lo que significa "por dentro".

—Voy a asegurarme de que estés irreprochablemente limpia—replica. —Será un servicio especial de lavado completo…

Su sonrisa es tan adorablemente descarada… Sus ojos brillan como hermosas joyas.

Me maneja como una muñeca. Como una Barbie Puta. Muy pero muy puta…

Me hace volverme e inclinarme. Me penetra desde atrás… Su polla enjabonada se desliza con facilidad en mi interior.

Me arde bastante. Pero puedo soportarlo, en aras de la… limpieza total.

Albert jadea, gruñe, gime… Me embiste sin piedad una y otra vez.

Si no tuviese mis manos contra la mampara de cristal, ya la hubiese roto con la cabeza. Está fuera de control, y yo también. Por eso proyecto mis caderas hacia atrás, y salgo a su encuentro con desesperación.

Nuestros movimientos parecen coreografiados, pero de forma salvaje. Es simplemente perfecto…

Dos cuerpos empapados frotándose furiosamente, como si el mundo estuviese a punto de acabar…

El mundo no acaba; lo hacemos nosotros, y lo hacemos juntos con sorprendente rapidez, murmurando nuestros nombres con desesperación.

Me duele todo el cuerpo, pero no me importa.

—Albert…

—Dime, Princesa.

—¿Crees que he quedado lo suficientemente limpia por dentro?—pregunto entre irónica y divertida, instantes después.

Él me coge del cabello y me obliga a incorporarme. No me hace ningún daño, más bien todo lo contrario… Ese gesto posesivo me calienta mucho.

—Estás muy sucia, Candy. —susurra en mi oído con voz ronca.

—Lo siento pero tendremos que volver a empezar con el lavado completo…

Al diablo con la Princesa.

La Barbie Puta está de nuevo aquí.

CONTINUARA

Será que van atrabajar cuando los dos esten en la oficina? Yo lo dudo.!