A/N: ¡Hola a todos! os traigo un capítulo muuuuuy extenso. El último, en el que se revelaba toda la verdad sobre Horaru, gustó muchísimo, así que solo puedo daros las gracias por la buena acogida. Sin embargo, Bokuto y Narumi tienen todavía cosas de las que hablar. A lo largo de la semana responderé a vuestros comentarios con calma, pero es que voy últimamente a mil por hora.
Disclaimer: Haikyuu y sus personajes no me pertenecen
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El color de una sinfonía
Capítulo 35
Final de año
—¿Sigues escribiendo en ese cuaderno?
Narumi levantó la vista. Su abuela había entrado en el salón. Llevaba varios trapos de cocina en el brazo.
—Algo así —la chica se encogió de hombros.
—¿Forma parte de tu terapia?
—Aún no la he comenzado. Quedé con mi padre en que después de Navidad.
—Ah, sí. Es verdad. Si me lo dijisteis cuando llegasteis. Como puedes ver, la edad no perdona…
Narumi sonrió. No tenía muy claro que su abuela supiera en realidad lo que estaba haciendo. Seguramente creía que escribía en su diario, pero lo cierto era que, desde el accidente de Horaru, no había dejado de componer. Escribía letras, a veces frases sueltas, y también melodías que de repente venían a su cabeza, pero que muchas veces resultaban difíciles de trasladar al papel porque no tenía ningún instrumento cerca y, si lo tenía, se veía incapaz de tocarlo. Tras la muerte de Horaru, había estado unas semanas sin tocar aquel cuaderno, pero después de lo que había pasado con Bokuto hacía tan solo unos días lo había vuelto a retomar.
—Vamos a empezar a hacer la cena. No tardarán en llegar.
Narumi y su hermano pequeño habían ido a pasar las vacaciones de invierno a Yamagata con sus abuelos maternos. El invierno era muy duro en la zona y no había muchas cosas que hacer para divertirse. Cuando podían darse un respiro de la recogida de carbón y retirar las enormes cantidades de nieve que se acumulaban en los caminos y tejados de las casas, Narumi se dedicaba a aprender punto con su abuela y Kita había estado aprendiendo a jugar al shôgi con su abuelo. No es que el niño fuera especialmente hábil, pero le ponía interés y solía ir con su abuelo al centro comunitario del pueblo, donde la mayoría de ancianos y escasos jóvenes de la zona se reunían para socializar y jugar algunas partidas.
Narumi comenzó a cortar las verduras mientras su abuela le iba dando instrucciones y pululaba por la cocina, sacando todos los utensilios que necesitarían para empezar a hacer la cena. Echó un vistazo a la pantalla de su teléfono móvil, apoyado en una de las encimeras. En la zona en la que vivían sus abuelos, muy cerca de las montañas, no había cobertura. Se preguntaba si Bokuto, Anri o cualquiera de sus amigos le habría escrito o qué estarían haciendo. Seguro que irían esa misma noche al templo todos juntos a recibir el Año Nuevo…
—Los jóvenes de hoy en día estáis obsesionados con esos chismes —le espetó su abuela.
—No es lo que piensas, abuela.
—¿Es que esperas que alguien te escriba? ¿Quizás algún chico? —bromeó su abuela.
—¿Para qué me iba a escribir Takato? Ya nos felicitamos la Navidad y el Año Nuevo antes de venir aquí.
—Yo no he hablado de Taka-chan.
Narumi detuvo el cuchillo. ¿Por qué había respondido de aquella manera a esa pregunta?
—Quiero mucho a Taka-chan, como si fuera mi propio nieto —continuó la anciana—. Él se ha criado también aquí, venía siempre en verano. He visto cómo crecíais los dos juntos. Lo que vuestros padres hicieron, lo que todo el mundo hizo con vosotros, estaba mal. Taka-chan y tú nunca habríais funcionado porque sois como hermanos.
—¿Tú crees?
—¡Pues claro! Como te he dicho, os he visto a los dos crecer. Los dos jugabais aquí siempre en verano, erais inseparables, uña y carne. Si hubierais sido gemelos seguro que no habríais estado juntos tanto tiempo —Narumi rio—. Ahora, dime, ¿cómo se llama él?
—¿Quién? —parpadeó confundida.
—El chico que de verdad te gusta y por el que miras tu teléfono cada cinco minutos —insistió su abuela— Puedes decírmelo.
—Bokuto —Narumi carraspeó—. Bokuto Kōtarō.
—Bokuto Kōtarō —respondió su abuela—. Me gusta. Es un nombre con fuerza.
—Y así es él —Narumi emitió una risita—. Es muy buen chico, abuela. Él me está ayudando mucho. A pesar de todos mis problemas, de lo injusta que he sido a veces con él, él me sigue apoyando. Si tengo ganas de salir del pozo en el que siento que me encuentro es porque él me anima —se sonrojó. Le daba vergüenza haber dicho todas aquellas cosas en voz alta y más delante de su abuela.
—¿Es de tu clase?
—No. Es de tercer año. Es el capitán del equipo de volleyball.
—Pero qué demonios —su abuela la miró sorprendida—. Ahora resulta que mi nieta se junta con el chico popular del instituto.
—No es el chico popular del instituto —Narumi emitió una risa avergonzada—. Bueno, es muy popular, sí, pero porque le encanta hablar con todo el mundo y es muy ruidoso. La verdad es que es una estrella, le encanta que los demás le miren. No sé cómo ha podido fijarse en alguien como yo.
—Pero qué dices —su abuela se acercó para acariciarle el rostro con delicadeza—. Eres una muchacha estupenda, por eso se ha fijado en ti. Anda —la mujer le dio un toquecito con el brazo—, enséñale una foto a tu abuela del chico. Seguro que en ese cacharro tienes alguna.
—¡Abuela!
—¿Qué? Juega en el equipo de volleyball, ¿no? Seguro que es un buen mozo. Venga, venga.
Narumi suspiró, pero cedió ante la petición de su abuela. Buscó en su galería de fotos y no tardó en encontrar alguna, porque la foto que Suzumeda les había hecho en el karaoke era de solo hacía unos días.
—¿Es ese chico? —su abuela la miró sorprendida y, a continuación, emitió una sonora carcajada— ¡Mi nieta tiene buen gusto! Fíjate qué brazos.
—¡Abuela! —Narumi sintió que las mejillas le ardían. Su abuela no solía ser así— ¡Te estás burlando de mí!
—Pues claro. Y verás cuando se lo cuente a tu abuelo.
—¡Ni se te ocurra!
—¿Lo sabe tu padre? —de repente el tono de su abuela se puso serio. Narumi sabía perfectamente a qué se refería su abuela. Bokuto no pertenecía a su mundo.
—Más o menos. Creo. Conoció a Bokuto-san hace tan solo unos días. Papá no es idiota. Además… —Narumi dudó unos instantes— Bokuto-san ha leído la carta. Y, honestamente, me gustaría decirle muchas cosas al respecto, pero no sé ni cómo lo enfrentaré cuando lo vea en el instituto después de las vacaciones.
Narumi sabía muy bien cómo actuaba su padre en esos casos. Seguramente ya sabía todo sobre Bokuto y su familia. Quizás por el momento estuviera tranquilo porque creería que Narumi era joven, Bokuto empezaría la universidad y tomarían caminos distintos. No había mucho de lo que preocuparse, pero eso no significaba que no quisiera saber con quién se juntaba su única hija y aquella a la que él había elegido como su heredera. Narumi tenía una responsabilidad y, cuantas menos distracciones tuviera, mejor.
—Han quedado todos para ir al templo a medianoche —añadió Narumi, intentando redirigir un poco la conversación. No quería profundizar mucho más en lo que había pasado aquella noche porque sentía vergüenza y dolor.
—¿Todos?
—Mis amigos. Anri, los chicos del club de volleyball…
—¿Son buena gente?
—Sí. Son todos muy buenos chicos. Lo paso muy bien con ellos.
Cuando ya tuvieron prácticamente toda la cena preparada, la abuela de Narumi le indicó que podía ir a bañarse y que se arreglara un poco, aunque fuera para estar en casa. Al fin y al cabo, era Nochevieja. La chica optó por ponerse unos vaqueros simples y una blusa granate con pequeños lunares blancos, dejando caer su larga y espesa cabellera castaña suelta, algo que no hacía muy a menudo.
Al salir de la habitación que solía compartir con su hermano y que hacía años había pertenecido a su madre, se percató de que su abuela había puesto ya la mesa o, al menos, prácticamente. Contó un bol y unos palillos de menos.
—¡Ya estamos en casa! —exclamó Kita abriendo la puerta— ¡Qué frío hace!
—Esta noche va a caer una buena nevada —añadió su abuelo, quitándose los zapatos tras cerrar la puerta de la casa.
—¿Qué tal lo habéis pasado?
—Muy bien. ¡Hemos conocido a Mayama 8º-dan! —Kita parecía emocionado.
—Ah, no sabía que Sakutaro-kun había vuelto.
—¿Quién es? —preguntó Narumi con curiosidad.
—Es un jugador profesional de shôgi de la prefectura. Este año todos esperan que consiga hacerse con el título de Meijin.
—Calla —su abuelo le hizo un gesto a Kita—. No lo gafes.
Narumi sonrió. Al principio Kita parecía aburrido ante la perspectiva de que su abuelo quisiera enseñarle a jugar al shôgi, pero, desde que le había llevado al centro cultural de la zona, el niño parecía entusiasmado. Seguramente ese tal Mayama 8º-dan había tenido mucho que ver.
—Huele de maravilla. Me muero de hambre —Kita y su abuelo tomaron asiento.
—Hemos cocinado la abuela y yo. Por cierto, abuela, ¿dónde guardas más boles? —la chica abrió uno de los armarios— Has puesto solo tres.
—Toma.
Narumi se giró. Parpadeó confundida. Su abuela le sostenía una caja de bento.
—¿Q-Qué es esto?
—Isao, os ha traído Manabu-kun, ¿verdad? —el anciano asintió ante la pregunta de su mujer— Llámale, rápido, quizás no ande lejos.
—¿Para qué?
—Tú hazme caso.
—Vale, vale, mujer… —el hombre se puso en pie para ir hacia el teléfono.
—Es para ti, Narumi —su abuela se dirigió de nuevo a ella—. Ten, para que lo comas en el viaje.
—¿Q-Qué viaje? —Narumi no entendía nada.
—¿Adónde se va mi hermana?
—Tu hermana regresa a Tokyo —Narumi y Kita intercambiaron miradas de incredulidad al escuchar a su abuela—, pero solo para esta noche. A primera hora coges el shinkansen de vuelta a Yamagata. Lo haremos así para que no se entere tu padre. Le pediré a Manabu-kun que vaya a recogerte.
—Pero es Fin de Año.
—Ya lo sé —su abuela sonrió—. Esto será algo así como el regalo que te hacemos tu abuelo y yo por Navidad. Tienes todavía muchas cosas por hablar y cuanto antes lo hagas mejor —su abuela le lanzó una mirada significativa. Aunque Narumi no hubiera querido profundizar en lo de la carta, ella era un libro abierto para su abuela.
—Manabu ya está aquí —les informó su abuelo—. Ha dado la vuelta rápidamente.
—Pásalo bien —su abuela le dio unas palmaditas en la espalda—. He notado en seguida que ese chico es muy especial para ti —le susurró—. Habla con él, ábrele tu corazón, porque él parece estar dispuesto a escucharte y a entenderte. No tengas miedo.
Narumi asintió. Su abuela tenía razón. Bokuto no había huido al verla en aquel estado, sino que se había quedado a su lado. La había abrazado y la había llevado a casa. No pensaba que estuviera loca o que la oscuridad que Narumi sentía que a veces la rodeaba le fuera engullir. Bokuto lo que en realidad quería era ayudarla.
—Gracias, abuela —Narumi dio un abrazo a la mujer antes de coger su abrigo y un bolso y salir rápidamente de la casa.
Manabu-kun la esperaba ya en su camioneta. El vehículo iba a paso lento a través de la vieja carretera que iba hasta la ciudad pequeña más cercana y en la que había estación de tren. La nieve de días se acumulaba a los lados del recorrido, convertida ya prácticamente en hielo por el frío. El hombre le dio algo de conversación en el trayecto, pero Narumi no se prodigó mucho en palabras. No tenía cobertura en su móvil todavía, por lo que no podía mirar los horarios de los trenes.
Al llegar a la estación, prácticamente vacía, Narumi dio varias veces las gracias a Manabu-kun para, después, salir corriendo en dirección al edificio. Compró un billete para el primer shinkansen que pasaría. Haciendo sus cálculos, llegaría a Tokyo a las doce y media, pues el viaje duraba dos horas y media. Desde luego que jamás se le habría pasado por la cabeza pasar sus últimas horas del año en un tren, pero la locura que su abuela le había impulsado a hacer hacía que no le importara demasiado. Pronto vería a todos sus amigos.
Durante el trayecto en tren pudo leer los mensajes que le habían llegado a su teléfono durante los días que había estado en Yamagata. El grupo que habían creado estaba a rebosar de mensajes. Parecía que habían quedado en Meguro Fudō, por lo que tras llegar a Tokio debería coger el metro hasta la estación de Fudomae, en la línea Tokyo Meguro.
Cuando por fin llegó a la zona, Narumi no se sorprendió de ver a mucha gente en los alrededores. Sin embargo, estaba convencida de que, a pesar de todo, el lugar estaba mucho más tranquilo que el santuario Meiji, lo que significaba que podría encontrar a sus amigos más fácilmente. Mientras caminaba por la zona, mirando hacia todos los lados a ver si los veía, cogió su teléfono móvil y llamó a Anri. Tras dos toques, escuchó la voz de su mejor amiga al otro lado de la línea.
—¡Feliz año, Naru-chan! Pensaba que no tenías cobertura en esa aldea de Yamagata.
—Y no tengo —Narumi sonrió—. Estoy en Tokyo.
—¿¡En serio!? ¿¡Dónde!?
—Cerca del templo, donde las escaleras, pero no os veo.
—Espera —Narumi escuchó algo de movimiento—. ¡Narumi! ¡Narumi!
Narumi levantó la vista. En la parte alta de las escaleras del templo, Anri estaba haciendo aspavientos con los brazos. La muchacha corrió hacia su amiga y las dos se abrazaron cuando se tuvieron cerca.
—Feliz año para ti también, Anri.
—¿Cómo es que estás aquí?
—Es una historia un poco extraña —Narumi sonrió incómoda—, pero tenía algo importante que hacer.
Anri la escrutó con la mirada.
—Vale —se encogió de hombros, claramente no queriendo indagar más, al menos por el momento—. Todos se quedarán alucinados cuando te vean —Anri la tomó del brazo y juntas caminaron hasta el templo.
No fue muy difícil identificar al grupo porque era el más ruidoso de todos los que estaba allí. Cuando las vieron llegar, todos recibieron a Narumi entusiasmados. Bokuto, en cambio, se quedó un poco más apartado. Cuando las miradas de ambos se encontraron, los dos sonrieron.
—Feliz año, Bokuto-san.
—Feliz año.
—Siento interrumpir este bonito momento —intervino Saru—, pero tenemos que ir a tocar la campana.
—Eres un corta rollos —le espetó Anri.
—Es que no tenemos toda la noche.
Como dicta la tradición del hatsumode, todos tocaron y rezaron. Posteriormente, fueron a obtener su fortuna, con las consiguientes bromas que hubo para aquellos que obtuvieron "mala suerte" o "suerte moderada" para el año. Después, escribieron sus deseos en la placa de madera y, finalmente, las chicas compraron a los chicos un amuleto de buena suerte para el campeonato nacional, que comenzaba en tan solo unos días.
Cuando hicieron todas las actividades tradicionales, compraron en un puesto bebidas calientes para hacer entrar su cuerpo en calor. Estaban empezando a caer los primeros copos tras un día en el que el cielo había amenazado con una intensa nevada. Bokuto y Narumi se apartaron del resto y caminaron hasta unos bancos cercanos donde podrían tener algo más de intimidad. No se habían visto desde el día en el que Kita le había mostrado al chico la carta y Narumi sentía que le debía muchas explicaciones a Bokuto.
—¿Cómo te encuentras? —se interesó el chico.
—Bien. Mejor —Narumi apretó con sus dedos en el vaso de plástico, sintiendo inmediatamente el calor que el té caliente desprendía—. Tengo muchas cosas que decirte sobre lo que leíste aquel día, pero antes quiero darte las gracias, Bokuto-san.
—No tienes por qué dármelas —Bokuto se rascó la nuca, incómodo. Lo había hecho porque sentía que era lo que tenía que hacer.
—No quiero que pienses que estoy loca, porque no lo estoy. Sabía muy bien que Horaru nunca se recuperaría —Bokuto la miró sorprendido—, pero supongo que era más fácil para mí pensar que seguía aquí. Aquella carta… —Narumi sintió que se le quebraba la voz.
—Eh, no tienes por qué contármelo ahora —Bokuto le acarició la espalda, intentando reconfortarla, pero Narumi negó con la cabeza.
—Horaru era la persona que más quería. Se murió la persona a la que mejor conocía, pero, al hacer algo así, sentí que era un perfecto desconocido. Me preguntaba, y todavía lo hago, cómo pudo dar ese paso, cómo pudo hacerme esto a mí, a nuestra familia, y romper el vínculo que nos unía a todos. Me siento abandonada porque Horaru tomó una decisión sin contar conmigo. Pero, sobre todo, lo que más duele es la culpa. Tras leer aquella carta recordé muchas actitudes y frases de mi hermano, recuerdos que creía enterrados en mi memoria y que cobraron un nuevo significado. Su mirada siempre perdida al infinito, esos ojos sin brillo, aquellas frases profundas sobre nuestra existencia y lo pequeños que éramos. Me odié, porque sentí que aquellas habían sido las señales de Horaru pidiendo ayuda. ¿Cómo no pude haberme dado cuenta? ¿Qué clase de hermana era? Entré en pánico, sentí que el mundo se me venía encima. Así que supliqué desesperada para que no desconectaran a Horaru. Sabía que en el fondo ya no volvería, pero una parte de mí esperaba que despertara, que hablara con nosotros y explicara por qué para él vivir era una carga muy pesada. Mi padre accedió creyendo que así me sentiría mejor, pero lo que pasó en realidad es que mi mentira me la empecé a creer y mi madre enfermó aún más.
—¿Tu madre?
—Vosotros conocéis a mi madre ahora, pero antes, a pesar de ser muy exigente con nosotros, era una madre cariñosa y buena. Está internada ahora.
—¿Qué? ¿Desde cuándo?
—Desde el funeral de mi hermano.
—¿¡Por qué no habías dicho nada!?
—No era fácil para mí hablar de ello. Anri tampoco lo sabe todavía, no se lo he contado —Narumi suspiró—. El día del funeral mi madre tuvo una crisis. Antes de que llegaran los invitados, me atacó. Cargó su ira contra mí. Me tiró del pelo y me arañó en la mejilla. Mi padre intervino y Takato y su madre sacaron a mi hermano Kita de la habitación para que no presenciara aquella rocambolesca escena.
—¿Qué clase de madre pega así a su hija? —Bokuto se puso en pie.
—Bokuto-san —Narumi tiró de él para que volviera a sentarse—, mi madre está enferma. Tiene una depresión muy fuerte. Ninguno queríamos verlo, ni siquiera ella. Después de aquello, mi padre habló con ella porque ella le pidió ayuda. Le hicieron un examen e ingresó en un centro donde la están tratando. Quiere ponerse bien, quiere volver a ser ella, y eso es bueno —Narumi cogió a Bokuto de las manos—. Después de lo que me dijiste y de que mi madre esté luchando por volver a ser la versión más parecida de ella misma me di cuenta de que yo también debía tomar el valor para sanar de una vez mis heridas. Hablé con mi padre y en un par de días empezaré a ver a una psicóloga.
—Eso es genial —pronunció Bokuto tras tragar saliva. Tenía mucha información que procesar.
—Vaya, creo que todos se han ido —comentó la muchacha, momentáneamente cambiando de tema, pero le sorprendía haber podido hablar con él de forma tan tranquila. Bokuto miró a su alrededor. Efectivamente, estaban solos.
—¿Quieres que te acompañe a casa?
—No puedo volver. Mi padre cree que estoy con mis abuelos en Yamagata. Tengo que volver por la mañana temprano.
—Puedes quedarte en mi casa —Bokuto se sonrojó inmediatamente tras decir aquello.
—¿Les parecerá bien a tus padres? Es muy tarde. Puedo esperar en la estación a que salga el primer tren.
—¡N-No! Insisto —Bokuto se puso en pie y tiró de ella—. No voy a dejar que te quedes sola.
Narumi sintió calor en sus mejillas, ligeramente sonrojadas por la bondad de Bokuto. Dejó que el chico le tomara la mano y caminaron juntos por las calles de Tokyo hacia su casa.
—¿Puedo hacerte una pregunta? —Narumi le miró de reojo— No hace falta que me contestes si no quieres. Tampoco quiero que te enfades. Es solo que… ¿Cómo murió exactamente Horaru?
Narumi apretó los labios formando una delgada línea. Bokuto se mordió el labio. Lo sabía, no tenía que haber preguntado, pero Kita mencionó algo del conductor de un camión y no había dejado de darle vueltas a aquello.
—Horaru estaba en Estados Unidos. Estaba estudiando en una universidad privada de prestigio allí. O, al menos, así lo creíamos. Resultaba que en su segundo año no pisó la universidad ni un solo día. Nos engañó, estaba aquí.
—¿Dónde se quedó?
—Tengo una ligera sospecha, pero eso es lo de menos —Narumi buscó la fuerza para decirlo en voz alta—. Horaru se tiró desde un puente cuando pasaba un camión.
Bokuto se detuvo inmediatamente. No era una muerte bonita, no era una muerte agradable, podía ser dolorosa y agónica. Pero, además, implicaba a otras personas.
—Tengo un vago recuerdo del día que nos llamaron del hospital. Fue el propio conductor el que llamó a una ambulancia. Todavía estaba allí. Se arrodilló ante mi padre y le imploró perdón no sé cuántas veces, y ni siquiera era su culpa —Narumi continuó caminando—. Y me cabrea mucho. Me cabrea que Horaru no fuera capaz de quitarse la vida por sí solo, que tuviera que destrozar la vida de otra persona. Ahora pienso en ese hombre, ¿cómo se sentirá todavía? Deseaba que Horaru despertara para preguntarle por qué, sí, pero también quería abofetearle. Mi padre pagó a aquel hombre por su silencio y seguramente a mucha más gente. A enfermeros, médicos, seguridad… No podía llegar a los medios lo que había hecho el heredero de la Corporación Matsuyama.
—N-No sé qué decir —Bokuto se sintió un estúpido por no encontrar las palabras adecuadas con las que consolar a Narumi.
—Tampoco hay nada que decir. Me has preguntado y te lo he contado. No quiero guardar más secretos, Bokuto-san. Quiero que me conozcas de verdad, aunque eso pueda apartarte de mí.
—¡Pero qué dices! ¡No te voy a dejar nunca!
Narumi emitió una risita.
—Eres adorable.
—¿Y todo eso llevó a que dejaras el violín?
—Sí. Me siento muy mal conmigo misma. ¿Cómo puedo estar viviendo mi vida cuando Horaru sufrió tanto? ¿Cómo puedo ser tan egoísta como para no darme cuenta? Siento que me ahogo cada vez que toco un violín, que toco la tecla de un piano. No puedo hacerlo.
—Quizás poco a poco…
—Pero me da mucho miedo.
—No conocí a tu hermano, así que no sé qué pensaría de escucharte decir estas cosas, pero te hablo como a alguien a quien le importas. Te mereces ser feliz y, si quieres volver a tocar el violín, hazlo. Tu vida no está sujeta a la de tu hermano.
Narumi analizó con atención el rostro de Bokuto. Estaba serio, su mirada demostraba determinación. Estar con él le daba un poquito de fuerza, le hacía sentirse mejor consigo misma. Por eso, asintió con lentitud. Ella esperaba poder creer de verdad algún día aquellas palabras.
Cuando llegaron a casa de los Bokuto, el chico abrió la puerta intentando hacer el menor ruido posible. Se quitaron los zapatos y Narumi subió con ellos hasta la habitación de Bokuto. Por una parte, le parecía muy emocionante entrar a escondidas a casa del chico, pero, por otro lado, le hacía sentirse algo nerviosa, porque sentía que estaba haciendo algo malo.
Los dos se quedaron parados en medio de la habitación. De repente a los dos les caló la realidad. Estaban prácticamente a oscuras en la habitación de Bokuto, solos, de noche.
—P-Puedes echarte en mi cama un rato, hasta que puedas irte.
Narumi dudó por unos instantes, pero, finalmente, se acercó a la cama de Bokuto y se tumbó. Era mullida y olía a él. Le miró sorprendida cuando él se tumbó a su lado, obligándola a moverse hacia la pared. Pensaba que dormiría en el suelo, que le estaba cediendo su cama. Balbuceó varias veces, intentando decirle de la forma más calmada posible qué estaba haciendo, pero él habló primero.
—Gracias por contarme todo esto. Creo que te entiendo mejor.
Narumi sintió que le dolía el pecho. Había tenido mucho miedo de que Bokuto la rechazara, que creyera que estaba loca. Oírle decir aquello calmaba parte de la ansiedad que sentía. Por eso le abrazó. Sintió que el cuerpo de Bokuto se tensaba al sentirla tan cerca. Escuchaba los latidos del corazón del chico acelerarse. Narumi levantó la vista y su mirada se encontró con la de Bokuto. No sabe qué clase de fuerza la impulsó, pero le besó con ternura en la barbilla, después en el cuello y, por último, en la mejilla. Bokuto tomó su rostro con delicadeza y la besó en los labios. Narumi sentía mariposas en el estómago porque había empezado como un beso dulce, pero desde que sus lenguas se habían encontrado Narumi sentía que su mente se nublaba y que su cuerpo respondía solo al ardor que sentía.
Pasó sus manos bajo el jersey de Bokuto. El chico se estremeció y se separó ligeramente de ella para tomar aire y volver a besarla. Aferró con fuerza uno de los muslos de Narumi y la obligó a girar sobre sí misma para quedar él sobre ella. Narumi le acarició las mejillas con los pulgares. En aquella penumbra, su habitación solo iluminada por la luz de la luna, Bokuto la veía guapísima.
Con manos temblorosas se quitó el jersey. Sintió la mirada de Narumi incesante sobre él, analizando su torso desnudo. Se inclinó nuevamente sobre ella para besarla de nuevo. Narumi le abrazó con fuerza y le acarició la espalda. Bokuto no quería separarse de ella. Sentía su calor, notaba su delgado cuerpo temblar por la excitación. Bokuto coló su mano por de la blusa de la chica y Narumi le ayudó a quitársela. Bokuto tragó saliva. Narumi llevaba un bonito sujetador de color granate. No pareció sentirse avergonzada, sino todo lo contrario. Se incorporó ligeramente para besarle en el rostro y morderle de forma juguetona el lóbulo de la oreja. Bokuto sintió un escalofrío y Narumi emitió una leve risita. Tanteó con sus manos su cuerpo y Narumi le invito a que le tocara el pecho por encima del sujetador. Tenía los pechos pequeños y redondos. Bokuto sentía que las manos le sudaban. Bajó con sus dedos por el abdomen plano de Narumi y con torpeza le desabrochó el pantalón. La chica hizo lo mismo, introduciendo su mano en el pantalón. Bokuto suspiró y terminó por desprenderse de ellos. Aferró con ambas manos la prenda que todavía llevaba Narumi y tiró de ella hacia abajo.
Narumi era una chica muy delgada, pero, aun así, tenía unas bonitas curvas en su cintura. Sus braguitas iban a juego con su sujetador. Bokuto negó con la cabeza, creyendo que aquel era el pensamiento más ridículo que podía tener en un momento como aquel. Le acarició los muslos, pasó sus manos por sus caderas y aspiró el aroma de Narumi. Olía bien, a vainilla. Deseó besarla de nuevo, así que la abrazó con fuerza y posó sus labios sobre los de ella. Sus besos eran cada vez más ansiosos. Por instinto, Narumi entreabrió sus piernas y Bokuto movió su cadera con fuerza contra ella. Ambos gimieron, pero, entonces, algo despertó dentro de Narumi. Recuperó la cordura por unos instantes y logró hacerse con sus hormonas, en especial tras sentir en ese momento lo verdaderamente excitado que Bokuto estaba.
—Bokuto-san —Narumi se apartó ligeramente del chico para que dejara de besarla—. Bokuto-san, para. Dios mío, que estamos en tu casa. Tus padres están aquí.
Bokuto se detuvo inmediatamente, calando la realidad en él. El chico dio un sobresalto y se quitó de encima de Narumi, cayendo al suelo con un golpe seco.
—Bokuto-san —Narumi se incorporó—, ¿estás bien? —preguntó susurrando.
—Sí —Bokuto tanteó en la oscuridad hasta que logró encender la lamparita que había sobre su escritorio. El chico cerró los ojos y suspiró, intentando volver en sí. Se giró para mirar a Narumi. La chica no le quitaba ojo de encima—. ¿Qué? —Bokuto siguió su mirada que, definitivamente, no estaba puesta sobre su cara. El chico bajó la vista y se percató inmediatamente de qué era lo que ella no podía dejar de mirar— ¡No mires! —exclamó mientras cogía un libro para taparse.
—Perdón —Narumi no pudo evitar reír—. No pasa nada, Bokuto-san.
—Calla.
—Pero si es algo natural.
—No sigas.
—Y más con lo que estábamos haciendo.
—¡Lalalalalalala! —el chico se tapó los oídos y se giró, dando la espalda a Narumi.
La chica sonrió. Aquel le parecía un comportamiento de lo más infantil por parte de Bokuto, pero también le parecía adorable. Sin embargo, volvió a su mente el bulto que se notaba en la ropa interior del muchacho y se cubrió ligeramente con las sábanas el rostro. Sentía que le ardían las mejillas. Mientras, Bokuto sacó de uno de los cajones de su habitación algo de ropa que se puso, intentando que se notara lo menos posible. Al girarse, Narumi llevaba puesta su camiseta del equipo.
—¿Qué haces?
—Tenías la camiseta ahí y me la he puesto. No pretenderás que duerma en ropa interior.
Bokuto miró a la chica de arriba abajo. Su camiseta le llegaba más o menos a la mitad de sus muslos. Se mordió el labio y gimió. Si Narumi pretendía que el ponerse algo de ropa le fuera a ayudar a bajar el calentón que sentía, estaba muy equivocada. Que se hubiera puesto su camiseta del equipo de volleyball no ayudaba en absoluto.
Bokuto apagó la luz de nuevo y se dejó caer boca abajo en la cama, todavía intentando serenarse y esperando que toda la sangre acumulada en su entrepierna se dispersara para que todo volviera a la normalidad lo antes posible. No entendía cómo Narumi podía tomarse aquello con tanta naturalidad. Él se sentía nervioso y avergonzado. Un pensamiento le cruzó entonces la mente. Había salido con Nakahara durante dos años. ¿Hasta dónde había llegado con él?
—Oye, Narumi —la chica emitió un 'mmm' como respuesta—, ¿Nakahara y tú…?
—¿Nakahara y yo…?
—Bueno, ya sabes… —no era fácil preguntar por algo así y no estaba seguro de querer saber la respuesta.
—¿Quieres saber si tuvimos sexo? —Bokuto guardó silencio ante su pregunta— Porque la respuesta es no.
—¿Estás segura?
—Bokuto-san, creo que me habría dado cuenta.
—Es que… —Bokuto se aclaró la garganta— Parecía que sabías lo que hacías y, bueno, cuando has visto… Ya tú sabes… Y has dicho que era natural…
—Takato y yo empezamos a salir muy jóvenes, pero nuestra relación duró dos años. El primer año fue bastante inocente, pero llegó un punto, cuando teníamos quince y estábamos cerca de cumplir los dieciséis, que algo cambió. Los besos eran cada vez menos inocentes y podría decirse que sentíamos curiosidad por el cuerpo del sexo opuesto. Creo que ayudó el hecho de que conociera tan bien a Takato. Pero no llegamos a estar preparados nunca para llegar hasta el final —Narumi le miró—. ¿Te molesta?
—Un poco —confesó el chico.
—Pues no tienes nada de qué preocuparte o de lo que molestarte. Después de lo de esta noche y de lo que ha pasado los últimos días tengo más claro que nunca que quiero que mi primera vez sea contigo.
Bokuto sintió que prácticamente se ahogaba al escuchar aquello.
—Sin embargo —prosiguió Narumi—, prometimos que íbamos a tomarnos las cosas con calma y no lo estamos haciendo. Creo que esta noche podíamos haber cometido un error. No es solo por el hecho de que estemos en tu casa y nos separe de tus padres una habitación. No estamos preparados y es demasiado pronto.
Bokuto, que seguía tumbado boca abajo, giró su rostro para mirar a Narumi. Entendía perfectamente a qué se refería.
—A mí también me gustaría que fueras la primera —confesó.
Narumi sonrió. Se acercó a él y le besó con delicadeza en los labios, pero entonces Bokuto sintió una punzada de dolor en la parte baja de su abdomen y arrugó la expresión.
—Puedo echarte una mano, si quieres.
—¿Qué? —Bokuto no daba crédito.
—Tiene que ser muy doloroso tener que contenerse, ¿verdad? Takato me lo dijo una vez.
—¿¡Pero qué clase de cosas hacías exactamente con Takato!?
—Bueno, me da un poco de vergüenza decirlo, pero-
—No quiero saberlo —Bokuto se giró para darle la espalda. Escuchó la risita de Narumi y ésta le abrazó por detrás—. En serio, así sí que no me ayudas —refunfuñó.
—Vale, vale. Perdón —la chica se separó de él.
Bokuto no concilió el sueño ni un solo minuto aquella noche. Con los primeros rayos del sol de la mañana, se giró para mirar a Narumi. La chica parecía dormida, así que posó su mano con delicadeza en su brazo y la movió para despertarla. La muchacha abrió un ojo, ligeramente confundida, pero después sonrió y se estiró en la cama.
—Buenos días.
—Buenos días, Bokuto-san. Tenemos que darnos prisa.
—Sí, mis padres están durmiendo aún.
Los dos se vistieron deprisa. Salieron de la habitación a hurtadillas y cerraron la puerta con cuidado de no hacer ningún ruido. Durante el camino a la estación, no se encontraron a prácticamente nadie por las calles, salvo a algún que otro repartidor de periódico. Se montaron en el metro hasta Shibuya y Bokuto esperó pacientemente a que Narumi fuera atendida en la taquilla y comprara un billete de vuelta a Yamagata. El shinkansen salía en solo unos minutos, así que los dos se apresuraron al andén.
—No has desayunada nada.
—No te preocupes, Bokuto-san, compraré algo en el shinkansen.
Bokuto frunció ligeramente el ceño. Narumi estaba distraída con su teléfono, posiblemente avisando a sus abuelos de que ya regresaba y de que se encontraba bien.
—Oye, Narumi —la chica le miró de reojo—. No necesitas ser tan formal conmigo. No hace falta que sigas llamándome Bokuto-san.
—Oh —la chica parecía sorprendida, como si se acabara de dar cuenta de ello.
—Yo te llamo por tu nombre.
—Y no me importa que lo hagas.
—Ya. Recuerdo que me dijiste que te habían educado para ser muy formal, así que tómate el tiempo que necesites.
—Vale —respondió tras una larga pausa—. Lo intentaré.
La megafonía de la estación indicó que el tren en el que debía subirse estaba a punto de hacer su salida.
—Adiós, Bokuto-san. Digo, Bokuto —Narumi se sonrojó—. Gracias por lo de hoy.
—Nos vemos en un par de días.
—Sí —Narumi dio unos pasos hacia atrás y le dijo adiós con la mano.
Bokuto regresó a casa sintiéndose raro por todo lo que había experimentado en solo unas horas. ¿Entonces eso era lo que significaba que te gustara alguien? Sentir un hormigueo, sentir que su cuerpo a veces no era suyo y que cada frase o gesto que intercambiaran se sintiera como un sueño. Sentía como si poco a poco estuviera dejando de ser un chico de instituto. Y, en parte, quizás tenía razón, porque ya estaban en enero y le quedaban solo unos pocos meses antes de graduarse y empezar la universidad. Pero, antes, debían jugar en el campeonato nacional. Una amplia sonrisa se dibujó en su rostro. Sintió unas ganas tremendas de jugar al volleyball y de volver a ver a muchos conocidos, en especial, a su discípulo.
Al entrar en casa notó el aroma de la comida recién hecha, lo que significaba que sus padres ya debían de estar despiertos y estarían desayunando en la cocina. Se quitó las zapatillas y caminó por el pasillo con naturalidad, intentando aparentar la máxima normalidad posible. Al pasar por delante de la cocina vio que su padre estaba sentado leyendo el periódico mientras desayunaba y su madre estaba de pie, apoyada en la encimera, bebiendo una taza de té.
—¿Vuelves ahora? —preguntó su madre.
—Sí —no había sido del todo una mentira—. Voy a dormir un poco. Estoy cansado.
No había dado ni dos pasos cuando su madre volvió a hablar, dejándole congelado por unos instantes.
—La próxima vez dile a Narumi-chan que salude.
¿¡Lo sabían!? ¿¡Sabían que Narumi había pasado unas horas aquella noche en su casa!?
—Por cierto —su padre bajó ligeramente el periódico para mirar por encima—, me da igual lo que pasara anoche, pero espero que seáis responsables y uséis protección.
—¡Ca-Callaos los dos! —gritó antes de subir las escaleras rápidamente y encerrarse en la habitación con un portazo. Sentía que su cara estaba a punto de combustionar por la vergüenza. Sus padres eran el mismísimo demonio.
"Las cartas no son más que un trozo de papel. Aunque se quemen, en el corazón siempre queda lo que tiene que quedar; por más que las guardes, lo que no tiene que quedar desaparece"
— Haruki Murakami
¡Nos leemos!
