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Prueba exculpatoria (n.): Evidencia que indica que el acusado no cometió un crimen determinado.

EN LA ACTUALIDAD...

MADARA

El café caliente que se filtra a través de la tela de mis pantalones y el escozor que siento en la piel eran la razón exacta por la que no follaba dos veces con la misma mujer.

Hice una mueca y cogí una bocanada muy grande de aire.

—Sakura...

—Estás casado.

Ignoré su comentario y me recliné contra el respaldo del sillón.

—En interés al futuro de tu corta y mediocre carrera como abogada, voy a hacerte dos grandes favores: primero voy a disculparme por follarte dos veces y hacerte saber que no volverá a ocurrir. Y después voy a fingir que no has querido abrasarme con el puto café.

—No. —Lanzó la taza de café al suelo, haciendo que se rompiera en mil pedazos—. Esa ha sido mi intención, y estoy tentada a hacerlo de nuevo.

—Señorita Haruno...

—Que te jodan. —Me miró con los ojos entrecerrados—. Espero que se te caiga la polla a trozos —agregó antes de salir de mi despacho.

—¡Karin! —Me levanté y cogí un rollo de papel—.¿Karin?

No hubo respuesta.

Pulsé el botón para llamar a su escritorio, pero apareció de repente en el despacho.

—¿Sí, señor Uchiha?

—Llama al servicio de tintorería y encárgate de que me traigan un traje al bufete. También necesito una taza nueva. Además, consigue el dosier sobre la señorita Haruno en recursos humanos y dile al señor Sarutobi que llegaré tarde a la reunión que tenemos a las cuatro.

Esperaba escuchar su habitual «Enseguida, señor» o «Estoy en ello, señor Uchiha», pero no dijo nada. Estaba silenciosamente ruborizada y tenía los ojos clavados en la entrepierna de mis pantalones.

—¿No necesita un poco de ayuda para limpiar eso? —preguntó, curvando los labios en una sonrisa—. En el cajón de mi escritorio tengo una toalla muy gruesa. Y es suave... y muy delicada...

—Karin...

—La tiene enorme, ¿verdad? —Sus ojos buscaron los míos finalmente—. De verdad, no se lo diré a nadie. Será nuestro pequeño secreto.

—Avisa de una puta vez a la tintorería, consigue una taza de café y tráeme el dosier de la señorita Haruno. No te olvides de enviar un mensaje a Sarutobi de que llegaré tarde. Muévete ya.

—Me encanta la forma en que se resiste a mí... —Lanzó otra mirada a mis pantalones antes de salir de la habitación.

Suspiré y me puse a limpiar la mayor cantidad de café posible con las toallas de papel. Debería haber adivinado que Sakura era una mujer emocional, debería haberme figurado que era inestable e incapaz de comportarse con normalidad en el mismo segundo que supe que había creado una cuenta en LawyerChat con una identidad falsa.

Me arrepentí de haberle dicho que quería poseer su coño, y me maldije para mis adentros por haber aparecido ayer en su apartamento.

No lo haría nunca más...

Justo cuando estaba arrancando otra toalla de papel, una voz familiar flotó en el aire.

—Vaya, vaya... Hola... Me alegro de verte de nuevo —dijo.

Alcé la cabeza con la esperanza de que todo eso fuera una alucinación y que la mujer que estaba en el umbral no estuviera allí realmente, sonriendo como si tal cosa. Que no estuviera avanzando con la mano extendida como si no fuera culpa suya que mi vida se hubiera visto alterada sin piedad hacía seis años.

—Señor Uchiha, ¿no vas a estrecharme la mano? —Arqueó una ceja—. Es ese el nombre que usas ahora, ¿verdad?

La miré largo y tendido con dureza, fijándome en que el sedoso pelo castaño rojizo que una vez había llevado largo le llegaba ahora por la altura de la barbilla. Sus ojos verde claro seguían siendo tan dulces y tiernos como los recordaba, pero ya no provocaban en mí el mismo efecto.

Todos los recuerdos que había intentado reprimir estaban de repente frente a mí, y comenzó a hervirme la sangre en las venas.

—¿Señor Uchiha? —preguntó de nuevo.

Cogí el teléfono.

—¿Seguridad?

—¿Qué coño haces? —Puso el dedo en el aparato, cortando la llamada—. ¿No piensas preguntarme por qué estoy aquí? ¿Por qué he venido a verte?

—Lo haría si me importara...

—¿Sabías que la gente condenada a prisión tiene derecho a recibir paquetes, órdenes de pago e incluso una llamada telefónica el primer día? —Apretó los dientes—. Yo recibí los papeles del divorcio.

—Te dije que me gustaba escribir.

—Me dijiste que me esperarías. Me dijiste que me habías perdonado, que podríamos empezar de nuevo cuando saliera, que irías a buscarme...

—¡Joder, Mei! Me arruinaste la vida. —La miré lleno de furia—. Me la arruinaste por completo, y la única razón por la que dije todas esas gilipolleces fue porque mi abogado me recomendó que lo hiciera.

—Entonces, ¿ya no me amas?

—No respondo a preguntas retóricas —repliqué—. Y aunque no soy experto en geografía, sé de sobra que Carolina del Norte está muy lejos de Nueva York y que has violado la libertad condicional. ¿Qué crees que ocurrirá cuando se enteren de que estás aquí? ¿Crees que con esto conseguirás pasar en la cárcel toda esa sentencia que tanto te mereces?

Jadeó.

—¿Me vas a delatar?

—Incluso te atropellaría si pudiera.

Abrió la boca para decir algo más, pero se abrió la puerta y entró el equipo de seguridad.

Paul, el guardia, se aclaró la garganta.

—¿Señorita? Es necesario que me acompañe fuera del edificio.

Mei frunció el ceño.

—¿En serio? ¿Vas a permitir que me arrastren a la calle como si fuera una especie de salvaje?

—Una vez más, no respondo a preguntas retóricas. —Me acomodé en el sillón e hice una seña a Paul para que se deshiciera de ella.

Mei dijo algo más, pero no la escuché. Ella no significaba nada para mí. Esa noche tenía que buscarme un ligue online para poder olvidarme de su inesperada e indeseada aparición.