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Capítulo 95

¿Y esos nubarrones?

—Gracias, Candy, pero prefiero asumir que tengo problemas y pedir apoyo a mi familia.

La miro con pena… De veras no me hubiese importado trabajar con Karen. Es más, luego de saber que nada sucedió entre ella y Albert, hasta me hubiese gustado.

Su desempeño en mi despacho es maravilloso. Claro que yo lo diseñé sin saberlo, pero ella lo ejecutó de forma impecable. Me entristece no poder contar con su colaboración… Regresará a los Estados Unidos y enterará a su familia de sus problemas psicológicos y financieros.

—Si decides regresar, ya sabes que aquí tienes trabajo, Karen.

Sonríe levemente.

—Te lo agradezco mucho. Y también a Albert…

Como si la hubiese escuchado, mi marido entra con algo en la mano.

—Aquí tienes, Karen —le dice mientras le entrega un cheque.

Ella mira la cantidad y se lleva la mano al pecho, impresionada.

—No puedo aceptarlo. Es demasiado…

—Lo mereces —replica él con sencillez. —Has hecho un gran trabajo en este lugar.

Karen lo observa agradecida.

—Eres una gran persona. Ambos lo son, en verdad… Y les pido disculpas por todos los problemas que he causado.

Le sonrío con sinceridad, porque de pronto todos mis temores me parecen tontos e infundados.

Jamás debí dudar de mi marido… Su amor va más allá de lo razonable y me lo demuestra continuamente.

Este despacho es una prueba de su absoluta devoción por mí.

Y cuando Karen se retira, me recuerda que el baño es otra muestra, haciéndome un gesto con la mirada.

—¿Qué significa eso? —pregunto haciéndome la tonta.

—Ya lo sabes.

—Albert, tengo mucho trabajo aquí… ¿podemos dejarlo para otro momento?

Frunce el ceño y a mí me resulta muy difícil seguir fingiendo que no me muero de ganas de follármelo en el baño, porque así es. Claro que quiero hacerlo… Es imposible resistirse a esa sonrisa, a esa boca…

Daría todo por esa boca. Todo…

Pero justo cuando estoy a punto de lanzarme a sus brazos me suena el móvil.

Desde que fui madre, jamás ignoré una llamada, por supuesto. Y cuando miro quien es, no puedo evitar mostrarme asombrada.

—¿Quién es? —pregunta Albert al ver mi expresión.

No tengo más remedio que decirle… y exponerme a sus reacciones.

—Es Stear.

—¡Carajo! —exclama, mientras su rostro comienza a congestionarse, y sus ojos brillan peligrosamente.

—No tengo que contestar…

Me mira con el ceño fruncido. Está furioso y no tengo muy claro si es conmigo por tenerlo agendado, o con él por llamarme.

—Claro que no. Yo lo haré —declara. Y antes de darme tiempo a protestar, me lo quita y lo atiende él.

No es nada diplomático, nada sutil…

—¿Qué mierda quieres?

Me agarro la cabeza con las dos manos. ¡Es un verdadero troglodita! ¿Cómo va a contestar de esa forma?

—… ¡Y un carajo! Te he dicho que no te acercaras a mi mujer porque te iba a partir la cara, y no dudes que… —de pronto se detiene y se da la vuelta. Por unos segundos no dice nada, pero luego cambia por completo de talante. —Buenas tardes, Fernanda.

Mierda… Es la esposa de Stear la que está al habla… Le hago un gesto con la mano para que me dé el móvil, y él me hace otro para detenerme, que me provoca un resoplido.

—… Ajá. Bien… Por supuesto, no hay problema… Sí, claro que puedo ser razonable… Siento haberme exaltado… Sí, ya te la paso…—dice mucho más sereno, y luego me tiende el móvil. —Es para ti.

¡Obvio que es para mí! Si será descarado…

Lo cojo de un manotazo.

—Fernanda ¿cómo estás?

Por unos momentos solo escucho, bajo la atenta mirada de Albert. Mi rostro debe delatar lo sorprendida que me siento.

—Vaya… Es… No me lo esperaba. ¡Claro que me alegra! Gracias por… bueno, por todo… No, por supuesto que no. Te prometo que lo pensaré… Sí, estoy contenta, pero… Ya te llamaré ¿sí? Hasta pronto…

Corto y me preparo mentalmente para el tsunami de Albert.

—¿Qué demonios quería? —me pregunta a boca de jarro.

Levanto la cabeza y se lo digo sin rodeos.

—Han ganado la licitación del predio de la calle Vázquez Ledesma con mi proyecto.

—¿Qué?

—No consiguieron otra paisajista y presentaron mi boceto… Si yo firmo, se lo adjudicarán a ellos —le espeto sin anestesia.

—¡Me lleva el diablo! ¿Cómo es posible que les hayas diseñado ese espacio? ¿Cuánto tiempo llevabas en ello, Candy?

—¡Tres horas! —exclamo subiendo el tono. —Y le hubiese dado el toque final si no hubieses interrumpido como un demente. Aún así, lo han presentado y lo han ganado…

—¿Les has dado tu permiso para hacerlo?

—No exactamente y por eso necesitan mi firma… Pero lo he dejado allí y no les he dicho que no lo…

—No puedo creerlo —murmura incrédulo.

—¿Qué es lo que no puedes creer?

Me echa una mirada fulminante.

—Para empezar que me hayas hecho esto. ¿Cómo es posible que te metieras a trabajar en la competencia?

—Por favor, Albert. Stear y Fernanda no son competencia para ti… ¡Y lo hice por despecho! Creí que le habías dado mi puesto a Karen…

Lo veo mover la cabeza, disgustado.

—Te equivocaste en ambas cosas, Candy.

Lo miro sin comprender del todo. Ya sé que Karen estaba con el asunto de mi despacho, pero es innegable que Ardley Construcciones es un coloso al que Klein y Asociados no puede hacerle sombra.

—¿Qué quieres decir?

Albert resopla.

—¿Qué quiero decir? Que nosotros también nos hemos presentado a esa licitación, y evidentemente hemos perdido —me suelta sin rodeos. —Ya ves que sí son competencia, y tú trabajas para ellos…

Abro los ojos como platos.

—¡No es así! Sólo participé de ese proyecto… Albert, tienes que creerme. Me encontré con Stear por casualidad cuando estaba desesperada…

Pero él no me responde.

Está como obsesionado revisando su móvil. Me lo quedo mirando unos momentos y luego, la expresión de su rostro hace que me estremezca.

—Bueno… Tu desesperación ¿o debo decir desconfianza? ha sido fructífera. Ellos han ganado, y nosotros hemos perdido —dice, inexpresivo.

Dios… Nunca imaginé que un logro como este me trajera tanta tristeza. Y de pronto me asalta una duda:

—¿Lo ha diseñado Karen?

—Lo he diseñado yo —replica.

Carajo, carajo, carajo.

Ahora sí que me quedo muda. Y cuando Albert vuelve a hablar, siento que me mareo de la impresión.

—…Y hemos quedado segundos.

Eso sí que no me lo esperaba. He traicionado a mi marido…Si no lo hubiese hecho, Albert sería el ganador. ¡Me encuentro fatal!

—Albert, lo siento…

Frunce la nariz y hace un gesto que me impide seguir hablando.

—No lo sientas.

Sí, claro. Mientras él ayudaba a la viuda de su amigo y creaba mi despacho ideal, yo me fui con la competencia. Soy de lo peor…

Pero todavía estoy a tiempo de remediarlo, y eso es lo que haré.

—Albert, escúchame. No firmaré eso, así que automáticamente te será adjudicado a ti…

Me mira como si estuviese loca.

—Candy… Deja de decir tonterías por favor. Has creado un proyecto de la nada, completamente presionada por las circunstancias, en solo tres horas. Yo he trabajado varios días en ello, y no lo he logrado…

—No importa, mi amor. Yo trabajo aquí, así que no voy a firmar. No lo hago por ti y por tu ego, sino por la empresa en la cual trabajo…

—Es tu empresa —acota él.

—Mi empresa —repito como una tonta. —Ahí tienes; no firmaré para proteger mis intereses…

—Claro que lo harás.

—Claro que no.

—Oh, sí que firmarás.

—Te digo que no.

Albert echa fuego por los ojos. Me mira, y en dos zancadas lo tengo a centímetros de mí.

—Si no firmas, te despido —me dice con calma.

¿Está demente? Debe estarlo, sin duda.

—No puedes despedirme. Tengo acciones aquí y las haré valer, te guste o no. Soy la diseñadora de interiores de Ardley Construcciones, y eso es lo que haré. Y nada ni nadie podrá impedírmelo —afirmo igualmente calmada.

Estamos tan cerca… Un duelo de miradas se desarrolla entre nosotros. Azul contra verde… ¿Quién ganará la partida?

—De acuerdo —me dice él de pronto. —No te despediré, pero tú firmarás de todos modos. Y lo harás por el bien de nuestra empresa.

¿Qué demonios está diciendo, por Dios?

—No te entiendo.

Él se yergue y me mira con suficiencia.

—A Ardley Construcciones no le sirve obtener una licitación porque el ganador se retira. Lo que sí le sirve es tener en la plantilla a una diseñadora como tú.

—Albert, no digas…

—Nos dará prestigio tenerte, Candy. ¡La ganadora de la licitación del espacio verde en Vázquez Ledesma ahora es nuestra!—exclama abriendo los brazos. —Es bueno para ti, es bueno para nuestro negocio, así que ve sacándole punta al lápiz porque firmarás.

Suspiro… No estoy convencida del todo, la verdad. Sospecho que detrás de sus argumentos subyace esa generosidad, ese amor altruista que este hombre también siente por mí.

—No quiero hacerlo…

—¿Por qué, Princesa?

—Porque lo siento como una traición hacia ti.

Él me sonríe, con esa maravillosa y cautivante sonrisa de lado.

—No es así. Yo no lo siento de esa forma, así que firmarás. Pero debo advertirte algo…

—¿Qué cosa?

—Que es lo último que harás para Klein y Asociados. No quiero a Stear cerca de ti…

—Albert, está casado y es padre…

—… Y aún así se muere de ganas de meterse en tus bragas.

—¡Albert!

—Es la pura verdad. No puede disimularlo… Además ¿por qué no querría? Tengo la suerte de que seas mía, pero soy consciente que no existe un hombre en este mundo que te conozca y no fantasee con ello —me dice, y no parece estar bromeando.

—Creo que exageras, y que estás acariciando mi ego.

—En realidad tengo la esperanza de poder acariciar otra cosa —murmura rozándome los labios con los suyos.

Tiemblo de pies a cabeza… Juro que es así.

—¿Qué otra cosa, Ardley? —pregunto, seductora.

Él desliza su mano entre mis piernas, y oprime mi sexo con fuerza. Eso no es una caricia… Eso es pura posesividad.

—Esto, White. Esto…

Listo, me tiene. Haré lo que me diga, cuando me lo diga…

—Es tuyo, mi amor.

—¿Para siempre, Princesa? —pregunta con una sonrisa que me hace derretir.

Y la respuesta no se hace esperar.

—Para siempre, mi vida, para siempre…

CONTINUARA