Luego de que Shaadi terminara de atender a Kaiba, Salomón y Mokuba lo acompañaron hasta la salida y les ordenaron a Joey y a Tristán que llevaran al médico hasta su casa en la carreta para mayor seguridad.

Serenity se dirigió a la cocina para acomodar los restos de la cena porque estaba claro que ninguno de sus patrones regresaría a concluirla luego de lo que había ocurrido. Lo peor era que tendría que desechar más de la mitad de la comida que había preparado unas horas antes, y no podía evitar sentirse explotada en tales circunstancias. Si al menos su hermano estuviera allí...

Seto se quedó en la habitación un poco irritado por los comentarios de Shaadi sobre su desobediencia, su supuesta actitud infantil y su cercana muerte asegurada. Kaiba pensaba que el doctor tenía que ocuparse de sus heridas con la boca cerrada y no sermonearlo durante toda la visita como si de su padre se tratara.

No, mi madre se dijo divertido. Shaadi era la viva imagen de una madre prohibitiva y preocupada. Si tan solo fuera mudo le haría un gran favor a la humanidad. Y eso le convendría: tener dos consultas a diario con un Conde podía hacerlo rico. Los médicos tendrían que darse cuenta de que ser tan moralistas resulta enfermizo pensó.

Ese día había resultado muy extraño y extenuante. Había sido, sin duda alguna, el tercer peor día de su vida. Aunque si se remitía únicamente a su malestar físico, era el primero. Atacado por un caballo, atacado por un lobo, atacado por esa mujer... Esa mujer que continuaba en su habitación de pie ante un cuadro que le traía muy malos recuerdos. Pero eso nunca significó que quisiera deshacerse de él.

— ¿Qué hacías en el establo?— le preguntó de golpe haciendo que se sobresaltara.

Ella se volteó lentamente con los ojos muy abiertos debido a la sorpresa, los nervios y la falta de ideas para elaborar una respuesta convincente.

Se maldijo a sí misma por no haberse ido cuando los demás se habían retirado de la habitación. Había sido muy tonta y ahora tendría que dar explicaciones gracias a su estupidez. Kaiba estaba esperando una respuesta pero a ella no se le ocurría ninguna. Además, no sabía por qué él había salido del castillo. ¿Habría ido a buscarla porque notó que se había escapado? En ese caso podía anotar su segunda imprudencia: hubiera sido mucho mejor esperar a que todos durmieran para escaparse y no hacerlo cuando estaban por cenar y obviamente iban a ir a buscarla.

—Lamento lo de tu brazo— fue lo primero que se le ocurrió decir. Aún no podía responder a su pregunta, no mientras no supiera si Kaiba tenía claro que ella pretendía largarse.

—No, no te preocupes— le dijo Kaiba encogiéndose de hombros—. Gracias a ti perdí la sensibilidad en él y por eso no siento dolor— aclaró mientras no le quitaba los ojos de encima, con una mirada tan neutral que la joven no supo si el Conde estaba ironizando o si simplemente le decía la verdad porque era directo y sus palabras no escondían segundas intenciones.

Pero no sabía qué pensar. Con ella él se había comportado de una forma considerablemente amable si se comparaba con el trato que tenía con el señor Salomón o ese joven llamado Yami. Sin embargo, a sus espaldas la llamaba pordiosera. ¿Era Kaiba un hipócrita?

Todos los habitantes de Chester lo son...

— ¿Gracias a mí? ¿Insinúas que solamente fue mi culpa?

—Sí, lo fue— le dijo Kaiba asintiendo.

Ella frunció el ceño, ese tipo no podía ser más malagradecido. Sí, ella lo había lastimado con aquella herramienta pero fue accidentalmente, solo trataba de ayudarlo y además nada le hubiera ocurrido si no hubiera tenido la mala idea de poner su brazo en el lugar donde la cabeza del lobo estaba. Por lo tanto, parte de la culpa le pertenecía a Kaiba; ambos eran responsables de esas heridas.

Claro que era un hipócrita, sino hubiera dicho algo así como: No, tú solo tratabas de ayudarme o No te preocupes, fue un accidente e incluso Te equivocas, fue mi culpa. Pero no...

—Si no hubieras tratado de escaparte nada de esto habría pasado— terminó Kaiba con sus acusadores ojos fijos en ella.

La chica pestañó una... dos... tres veces. Y luego otra más. Entonces él sí sabía que se estaba escapando...

Desde esa perspectiva Kaiba estaba en lo cierto y ella tenía toda la culpa. Pero ella manejaba otro punto de vista: todo había comenzado en el momento en que Kaiba decidió involucrarla en sus planes; mejor dicho, usarla en sus planes.

—Estaba yéndome porque sé que ya deben estar buscándome y cuanto antes me aleje de aquí será mejor para mí— explicó.

—Te equivocas— le dijo Seto—. Es obvio que tu primera opción es huir lejos. Eso es algo que las autoridades saben y lo primero que van a hacer es buscarte en los condados vecinos y alertar a la seguridad de estos. En cambio, nunca te buscarán aquí. Es mejor que te quedes.

La joven de cabello blanco asintió reconociendo que Kaiba tenía un poco de razón. Sin embargo, ella tenía que encontrar a su tribu, no podía esconderse allí para siempre; debía avisarle a los suyos que ya no estaba encerrada.

Los labios de Kaiba dibujaron una mueca de conformidad en su rostro. Había logrado convencerla y ella ya no volvería a escaparse. Tan solo le restaba idear un plan para deshacerse de Rouxx Anne.

— ¿Por qué quieres ayudarme?— la voz de la chica lo sacó de sus razonamientos.

—Ya te lo dije— le respondió pero ella negó con la cabeza y eso lo desconcertó.

—Me has dicho por qué debería aceptar tu ayuda pero no por qué me la ofreces. ¿Es porque quieres que me quede para seguir fingiendo que soy... Rouxx Anne?

Seto se levantó de la cama y se acercó a donde ella estaba asintiendo.

—Es porque te necesito— le confesó con su mirada fija en sus oscuros ojos azules, mientras su mano derecha rozaba una de sus mejillas.

—Kaiba, Shaadi ya se fue acompañado por Joey y Tristán en la carreta— le informó Salomón desde la puerta. El anciano lo miraba con el ceño fruncido y la joven aprovechó la ocasión para retirarse de la habitación.

Luego de que la muchacha saliera el señor Moto miró a Kaiba con los ojos muy abiertos y especulativos. El Conde se acercó a la puerta y la cerró fastidiado por las entupidas insinuaciones del viejo Salomón que en el fondo ya no le resultaban tan entupidas.