Desde que tenía memoria, las palabras habían sido sus más fieles y leales compañeras.
Tuvo libros en sus manos aún cuando no era capaz de leer lo que había escrito en sus páginas y aprendió a hacerlo antes de lo normal en las niñas de su edad, algo que los mayores a su alrededor no tardaron en asociar a su facilidad para comunicarse cuando no era más que una chiquilla. Ya en su vida adulta, las palabras habían adquirido una importancia vital en su vida: como periodista, ella era un canal por el que se daban a conocer noticias a todo el mundo. Cuando se hallaba frente a una cámara, Claire Dilthey comenzaba a hablar y el mundo escuchaba con atención. En aquellos momentos, sin embargo, de poco hubiera servido tener una cámara delante, quizás con Gunther y Chinita haciéndole señas frenéticamente al ver que permanecía en silencio, y es que la atmósfera de aquel lugar parecía incluso capaz de helar la sangre en las venas. Su carrera periodística, aunque aún breve, la había llevado a ver situaciones y lugares muy diferentes y aquella era la primera vez que sentía que le habían robado las palabras antes incluso de poder pronunciarlas.
El que una vez había sido el pueblo de Craco se erigía frente a ellos, apenas una silueta oscura contra el cielo nocturno que era tenuemente iluminado por la luz de luna, que caía sobre las ruinas con tal suavidad que incluso parecía temer que su leve toque provocara que el lugar acabara de desmoronarse. Había detenido el coche en mitad del camino, por lo que aún se encontraban lo suficientemente lejos para poder contemplarlo en su conjunto, Claire estimó que el pueblo debía ser lo bastante pequeño como para atravesarlo de punta a punta en apenas veinte minutos o media hora. Sintió un peso en el pecho que le causaba una extraña sensación de vacío, como si la tragedia se hubiera producido hacía pocos días y no hacía más de veinte años.
Aquel alguna vez fue un lugar lleno de vida, un pueblo como otro cualquiera en el que la gente se despertaba cada día y llevaba a cabo sus tareas rutinarias como salir a comprar al mercado, sacudir las alfombras en los balcones y charlar con el vecino de la casa de al lado apoyado en el quicio de la puerta. Los niños del pueblo debieron haber correteado por las empedradas callejuelas que desde allí se atisbaban y los habitantes más piadosos acudieron como era costumbre al llamado de la campana de la iglesia para oír misa. Craco existió en un tiempo que se le antojaba tan lejano que parecía no haber existido nunca y, sin embargo, en aquel lugar envuelto en niebla y asediado por la hiedra silvestre que apenas se mantenía en pie, su gente un día fue feliz.
Craco fue un pequeño y hermoso instante en los largos años de vida del mundo y después desapareció, destruido casi en su totalidad por la tierra a la que sus primeros habitantes confiaron los cimientos de sus hogares.
Y el mundo parecía haber seguido adelante hasta olvidarlo, apenas siendo consciente de su ausencia.
Los únicos habitantes de aquel pueblo olvidado entre las montañas italianas eran ahora el silencio y la oscuridad.
Nada más.
Claire suspiró en silencio, casi temiendo quebrar la fúnebre quietud que envolvía el lugar, donde ni siquiera se escuchaba el murmullo del viento al mecer las hojas de los árboles cercanos o el susurro de la hierba al ser atravesada por el paso de algún roedor nocturno, y volvió el rostro hacia Patrick, quien al igual que ella parecía haberse quedado paralizado en su asiento ante semejante visión. Pero entre ellos dos existía una enorme diferencia y es que el joven pontífice sí había conocido, y muy bien, aquel lugar: había sido el hogar de su infancia, había pasado en él los primeros diez años de su vida y había estado presente allí el día en que Craco exhaló su último aliento, llevándose consigo a gran parte de sus aterrorizados habitantes.
- ¿Cómo te encuentras? - se interesó la joven, pues de nada servía preguntarle si estaba bien.
El joven se tomó unos momentos para contestar, la mirada perdida en algún punto de la devastación que se extendía ante sus ojos.
- No es así como lo recordaba - terminó afirmando Patrick, su voz apenas un murmullo en mitad de la madrugada. - Nunca volví después del terremoto, ni siquiera me dejaron ver las imágenes que publicaron en los periódicos… Para cuando fui lo bastante mayor como para buscarlas por mí mismo no quise verlas, creí que lo que debía hacer para poder seguir adelante con mi vida era dejar el pasado atrás…
El pontífice tragó saliva y negó para sí con la cabeza, afectado.
- Es casi como si no fuera más que una visión, como si no fuera real…
Claire alargó la mano hasta alcanzar la de Patrick y la estrechó con cariño, acariciando el dorso de la misma con el pulgar. No podía hacerse una idea de lo que debía estar pasando por su cabeza, trataba de ponerse en su lugar pero se veía incapaz de imaginar Hogganfield, el distrito en el que ella creció, en ese estado de desolación y abandono, reclamado de nuevo por la naturaleza. A pesar de que era la razón por la que se habían desplazado más de 400 kilómetros desde el corazón de Italia, ninguno de los dos mencionó a Jano, ni tampoco la teoría que afirmaba que el nuevo altar de la ciencia se encontraba en "un lugar donde se originaban milagros". Pese a que un principio Claire había temido que ambos estuvieran dirigiéndose hacia una trampa, no dejaba de asombrarle cómo la visión de aquel Craco derruido había apartado a todo lo demás a un segundo plano.
- ¿Qué crees que encontraremos ahí dentro? - dijo Claire, volviendo la mirada hacia las ruinas. - El pueblo no parece demasiado grande y he traído un par de linternas, pero nos llevará un buen rato si debemos revisar todas las casas…
Patrick se removió en su asiento, incómodo. La idea de entrar en lo que quedara de los hogares de aquellos que un día fueron sus vecinos casi le provocaba náuseas, por suerte su mente lógica se puso a trabajar de inmediato y se topó con que, muy probablemente, no sería necesario llegar a tales extremos.
- Todos los altares de la ciencia fueron designados en lugares de culto - mencionó el pontífice, recordando los sucesos del pasado mes de Junio. - Por fortuna o por desgracia, sólo hay una iglesia en todo Craco e imagino que es ahí donde deberíamos encontrar alguna pista
Los ojos de ambos se dirigieron hacia la torre de la iglesia que se erigía frágilmente por encima del resto de viviendas. Construida en la misma piedra que los demás edificios del pueblo, la torre de la iglesia permanecía velando las ruinas de Craco como un olvidado centinela cuya guardia hubiera concluido sin que nadie se lo mencionara. Las ventanas más altas, situadas donde en su día estuvieron situadas las campanas, parecían ojos ciegos que permanecían clavados en la noche, buscando quizás algún rostro conocido aproximándose entre las colinas.
Claire no pudo evitar preguntarse si acaso habían reparado ya en Patrick y si acaso aquellas viejas piedras recordaban a aquel niño de diez años al que un día los periódicos llamaron "el milagro de San Francisco".
- Voy a llevar el coche lo más cerca de la entrada que pueda - dijo la joven volviendo a poner en marcha el vehículo y erguiendo el rostro por encima del volante para ver qué sentido tomaba el camino que tenía a sus pies. Aquella fue la única vez que lamentó no haber elegido otro coche que no fuera el de Chartrand: con un terreno tan pedregoso y poco transitado como aquel, quizás lo más sabio hubiera sido decantarse por un todo-terreno. - Espero de corazón que no nos encontremos con nada peligroso ahí dentro y que no tengamos que salir corriendo, el cielo sabrá lo que pasa por la cabeza de la persona que está llevando a cabo todo esto…
Hubiera querido responder algo más elaborado que pudiera servir de consuelo a la periodista, pero Patrick no pudo hacer otra cosa que asentir con la cabeza mientras el coche se ponía de nuevo en movimiento. Aunque al principio había mostrado sus dudas y no le había hecho ninguna gracia saber que no le quedaba otro remedio que llevar a Claire con él si quería desentrañar el misterio que había en Craco, ahora que se encontraban allí, que estaban a apenas unos metros de los límites del pueblo, Patrick tuvo la extraña sensación de que Jano no tenía planeado ningún ataque contra sus vidas en medio de aquellas olvidadas ruinas. Era más una intuición que una certeza pero sintió que Jano, fuera quien fuese, tenía todo demasiado organizado como para que aquel viaje fuera el último que realizaran en sus vidas. No, a esa persona le gustaba jugar, hacer y deshacer a su antojo, y el corazón le decía que Craco era una pieza más en ese entramado rompecabezas, pero no la casilla final.
Rezaba todo lo que sabía para no estar equivocado.
El coche se bamboleaba a medida que avanzaba hacia la entrada a Craco, sirviendo de poco que Claire se esforzara por seguir el camino, ya que éste hacía tanto que no era transitado por vehículo alguno que hubiera habido poca diferencia si se hubiera decantado por conducir campo a través. La joven maldijo entre dientes cuando una de las ruedas pasó por encima de una piedra lo bastante grande como para zarandear el automóvil y hacer saltar a sus pasajeros en el interior del mismo, llegando Patrick a asirse de la pequeña asa que había justo encima de su ventanilla. Así, tras lograr avanzar unos metros que casi les hubiera costado menos tiempo recorrer a pie, Claire detuvo el coche junto un muro que había nada más llegar a los límites del pueblo y cerró la llave.
- Bueno… - murmuró la joven, inclinándose hacia delante para poder mirar mejor a través del parabrisas. - Aquí estamos, será lo mejor que nos pongamos en marcha lo antes posible… Aunque cuando estés preparado, por supuesto
El joven pontífice dejó escapar una pequeña risa incrédula: no creía que ni en un millón de años pudiera estar plenamente preparado para realizar aquella visita, pero ya habían demostrado mucho valor y fortaleza al desplazarse hasta allí en mitad de la madrugada, burlando la seguridad del Vaticano y quién sabe hasta qué punto poniendo en riesgo sus propias vidas. Era un momento de ahora o nunca y Patrick McKenna decidió actuar quitándose el cinturón de seguridad y volviéndose hacia el asiento trasero para alcanzar la mochila que Claire había dejado allí.
- Cuanto antes terminemos, antes estaremos de vuelta - se limitó a decir, abriendo la cremallera de la bolsa y extrayendo las dos linternas, tendiendo una de ellas a Claire. - No te alejes mucho de mí y ten cuidado, ¿de acuerdo?
Al ver la firmeza con la que hablaba Patrick, la periodista sintió un renovado valor dentro de sí y se limitó a asentir a la vez que tomaba la linterna que el joven le ofrecía.
Era la hora de cruzar el umbral de aquella ciudad muerta.
Tan pronto como accionó el cierre de la puerta para salir del vehículo, una veloz ráfaga de aire helado penetró en el mismo, como si hubiera estado esperando pacientemente a que las puertas se abrieran para sorprender a los viajantes. Patrick cerró los ojos y apretó los labios, mientras que Claire dejó escapar un grito ahogado debido al repentino cambio de temperatura. El viento arrastraba consigo el perfume de la hierba y las flores silvestres que salpicaban la misma, un aroma que sacudió la memoria del joven pontífice como ninguna otra cosa podría haberlo hecho.
Todo aquello era real.
De verdad había vuelto a casa.
Agachó el rostro para que el aire no le diera de lleno en la cara y bajó del coche, cerrando la puerta tras de sí. El viento le removía el cabello castaño como si un centenar de manos invisibles hubieran despertado con su llegada y se hubieran lanzado sobre él para recibirle.
Patrick McKenna, ¿puedes ser realmente tú? ¿Dónde has estado todo este tiempo?
¿No sabes que todos cuantos vivieron aquí están muertos?
El joven apartó de sí tan fúnebres pensamientos y se abrochó el abrigo más tesón en torno a sí, un segundo portazo indicándole que Claire también había bajado del vehículo. Se volvió hacia ella, quien se apartaba como podía el cabello rubio del rostro a la vez que procuraba mantener una gruesa bufanda contra su garganta. No iba a mentir, en un principio le había preocupado que la joven se tomara a broma lo gélidas que podían ser las temperaturas en invierno en aquella zona de las montañas de Italia, pero le alegraba ver que Claire había seguido su consejo al pie de la letra y vestía con ropa gruesa de abrigo para emprender aquella peculiar misión a su lado. Conteniendo una maldición, la joven se colocó la linterna entre las rodillas y procedió a apartarse el cabello del rostro con ambas manos, recogiéndolo con rapidez en la parte posterior de su cabeza.
- ¿Estás lista? - le dijo Patrick, tratando de hacerse oír por encima del aullido del viento.
Claire sujetó con firmeza la linterna entre sus manos enguantadas y asintió con decisión, gesto que Patrick replicó y ambos rodearon el coche, comenzando a subir la escarpada ladera que llevaba hasta las primeras viviendas de Craco. Mientras caminaban con el rostro agachado fijo en el camino para no caerse, las piedrecillas del camino resbalando bajo sus pisadas y el lamento del viento haciendo eco en sus oídos, el renovado temor de que ambos pudieran estar efectivamente dirigiéndose hacia una trampa le sacudió las entrañas. Nadie sabía que estaban allí, si algo les sucedía pasaría mucho tiempo hasta que fueran capaces de encontrarles, si es que les encontraban, y la naturaleza a su alrededor parecía poner todo de su parte para que los dos jóvenes apenas pudieran ser conscientes de otra cosa que los sonidos propios de un entorno como aquel.
Abrumado por estos temores, Patrick alargó uno de sus brazos, buscando a tientas la mano de Claire, quien tardó pocos momentos en asirla, apretándola para infundirle valor. Durante la subida de aquella cuesta, ninguno de los dos pronunció palabras alguna y, si lo hubieran hecho, mucho se temían que no hubieran podido escucharla, sino que se limitaron a avanzar contra el viento, cogidos de la mano y manteniendo la mirada en el pedregoso terreno. Pese a todas las precauciones tomadas y la concentración que ambos ponían en su camino, una roca lisa oculta bajo una fina capa de hiedra hizo a Claire resbalar y la única razón por la que no cayó ladera abajo fue porque Patrick le asió la mano con fuerza al notar cómo la joven perdía pie.
- ¿Estás bien? - quiso saber él, a la vez que Claire pateaba la hiedra haciéndola a un lado y clavaba las botas en el camino.
- Sí, estoy bien, tranquilo - asintió la periodista, alzando la mirada hacia él. - No he visto esa roca al pisar, eso es todo
- Ten cuidado con la hiedra - le insistió Patrick mientras reanudaban la marcha, aún cogidos de la mano. - Crece en los edificios viejos resquebrajando la roca a su paso si cuenta con el tiempo suficiente para ello… Y en Craco desde luego que parece haber tenido tiempo…
Más de veinte años, el joven pontífice apenas podía creerlo: eso era más del doble de años de los que él había pasado viviendo allí, lo que entonces se le había antojado como una vida entera. Recordaba las noches de invierno como aquella, en las que los vientos gélidos arrancaban de las hojas de los árboles cercanos una extraña canción que le arrullaba cuando no podía dormir por las noches. Su habitación estaba dispuesta de manera que una de sus ventanas diera a una de las calles principales, por lo que su madre tenía que cerciorarse de que el entonces pequeño Patrick había cerrado los postigos como era debido antes de irse a dormir para que las ventanas no se abrieran durante la noche. Ahora que su memoria rescataba esos momentos de niñez, casi podía sentir el tacto de la colcha que le cubría en su cama en su dormitorio infantil, la misma que su madre había tejido para él cuando fue lo bastante mayor como para dormir en su propio cuarto.
Desconocía qué había sido de los vecinos que sobrevivieron al terremoto que hizo expirar al pueblo de Craco, a dónde habían ido tras perder sus hogares, si vivían aún a día de hoy… Le sorprendía que ninguno de ellos, que él supiera, hubiera sido entrevistado por los medios tras su elección como pontífice, así que se atrevió a aventurar que no quedaba nadie vivo que relacionara al pequeño Patrick McKenna que prefería pasar el tiempo con la nariz metida en un libro en lugar de rasparse las rodillas en las empedradas calles como el resto de los muchachos con el joven pontífice Pablo VII, uno de los papas más jóvenes de la Historia. Casi se detuvo en sus pasos al darse cuenta de que no podía recordar los nombres de aquellos que fueron sus amigos cuando era pequeño, como tampoco podía conocer lo que había sido de ellos si habían sobrevivido a la catástrofe.
Todo se le antojaba tan extraño…
Recordaba despertar en el Hospital de Santa Clara de Palermo, días después de la catástrofe, cómo la enfermera que se encontraba cambiándole las flores junto a su cama había roto a llorar al verle abrir los ojos y cómo había salido corriendo gritando que se trataba de un milagro. Entonces el dolor que sentía le había cegado de tal manera que lo único que había podido hacer era llorar a moco tendido mientras los médicos a su alrededor procuraban calmarle y asegurarle que todo saldría bien, que estaba a salvo y que ya no tenía nada que temer. Recordaba haber pedido que le llevaran con su madre y también recordaba el profundo silencio por parte de los doctores como respuesta a su petición, mirándose entre ellos con una mezcla de incomodidad y tristeza reflejada en sus rostros. Uno de ellos, el más mayor, le había posado una mano sobre el cabello, meciéndolo con cariño, y le había dicho que tenía que ser fuerte, que era lo que su madre hubiera querido para él. No sabía muy bien cuánto tiempo después le habían dicho que su padre estaba en camino, lo que no podía haberle desconcertado más porque su madre le había dicho que su padre había muerto cuando él era muy pequeño…
Era extraño cómo podía recordar aquellos hechos que tuvieron lugar en el Hospital de Santa Clara y, en cambio, apenas era capaz de recordar lo que había pasado aquel último día de Craco, ni ninguna otra cosa de su infancia que no fuera su madre y su encantadora presencia. Un médico se había sentado en el borde de su cama en el hospital y, con la paciencia de quien está acostumbrado a trabajar con niños, le había dicho que era normal que se sintiera triste por su madre y que también era normal que se sintiera confundido si no podía recordar mucho de lo que había pasado, que quizás fuera mejor así. Lo único que había alcanzado a saber, agudizando el oído y fingiendo estar dormido cuando las enfermeras entraban a cambiarle las vendas de sus heridas, es que le habían rescatado de debajo de no se sabía cuántos kilos de escombros dentro de la iglesia, que había pasado allí horas hasta que un bombero le había oído gemir de dolor bajo el peso de las rocas y que se había llevado tal golpe en la cabeza que no era de extrañar que apenas pudiera acordarse de lo que había pasado.
Aquel relato en una ocasión había conmovido tanto a una de las enfermeras que, creyéndole dormido, le había apartado el fino cabello castaño de la frente y había depositado un suave beso en la misma, con tal sentimiento maternal que a Patrick le costó creer que no era su propia madre, desafiando a la muerte para estar a su lado una vez más. En el presente, aún avanzando penosamente ladera arriba de la mano de Claire, Patrick apretó los ojos, disipando la irritación que había comenzado a formársele en los mismos. Sí, quizás aquel médico había tenido razón, quizás era mejor que apenas pudiera recordar lo que había ocurrido: los recuerdos que acudían a él dolían tanto…
Comenzaba a preguntarse cuánto más tendrían que caminar para alcanzar las primeras casas del pueblo cuando atisbó algo extraño bajo sus pies. Patrick se detuvo en sus pasos e inclinó la cabeza con curiosidad, estudiando con detenimiento lo que parecía ocultarse tras las piedrecillas y la hiedra.
- ¿Va todo bien, Patrick? - se interesó Claire, situándose más cerca de él.
Aunque notó el tono preocupado de su voz, apenas pudo oír lo que decía por encima del aullido del viento, además estaban esas marcas tan extrañas en el camino. Soltó la mano de la joven y se acuclilló sobre el terreno, comenzando a apartar con las manos las pequeñas piedras y la hiedra que había arraigada a las mismas, descubriendo una gruesa línea vertical que se extendía unos centímetros más allá antes de volver a ser ocultada por la tierra y los matojos del campo. Patrick giró el rostro hacia la izquierda y se desplazó unos centímetros en aquella dirección, pasando las manos por el terreno como tratando de encontrar algo bajo la superficie del mismo… Y no tardó en aparecer una línea similar a la anterior y completamente paralela a la misma.
Pasó la yema de los dedos por la recién descubierta línea, que era más bien una hendidura sobre una superficie empedrada. Le vino a la memoria que cuando era pequeño, solía recorrer aquella línea poniendo un pie tras otro sin salirse jamás de la misma, como si de un malabarista se tratase, y recordó también que su madre le había explicado en una ocasión que el señor Rizzo, el viejo panadero, llevaba tantos años trayendo sus productos a Craco en su carro, mucho después incluso de que todos sus competidores se hubieran cambiado al automóvil, que las ruedas del mismo habían dejado esas incisiones en la piedra, convirtiéndose en un elemento arquitectónico más de la plaza principal del pueblo. Pero aquello no tenía ningún sentido, aquellas marcas hechas sobre piedra debían encontrarse en medio de la plaza, que era donde el terreno estaba pavimentado, no en medio del camino.
Entonces Patrick alzó el rostro y lo que vio a su alrededor le encogió el corazón.
No estaban en medio del camino, pero tampoco se atrevía a decir que estuvieran en la plaza principal de Craco.
Sintiendo aún el corazón en un puño, el joven se incorporó lentamente y miró a su alrededor. Tanto Claire como él habían caminado con la mirada fija en el terreno que pisaban, por lo tanto no se habían percatado del lugar donde se encontraban en esos momentos. Confundido, Patrick paseó la mirada por el lugar, haciendo un esfuerzo en su mente por reconocer las casas cuyas segundas plantas habían desaparecido, los balcones caídos con restos de la cerámica de las macetas aún entre los cascotes, los escalones que ahora conducían a ninguna parte, los ladrillos que sobresalían entre la maleza como dientes torcidos… Escuchó cómo Claire contenía la respiración a su lado, reparando ella también en el desolador panorama que les rodeaba.
El brillante color blanco que una vez caracterizara a las fachadas de las viviendas había sido sustituido por un sucio tono parduzco que hacía pensar que algún tipo de enfermedad, más allá de las humedades provocadas por la lluvia y el creciente abandono, había hecho presa de las ruinas del lugar, como si todo el horror y la muerte del que esos edificios habían sido testigos hubiera terminado por infectarles también de alguna manera. Las malas hierbas se habían apoderado de aquella zona, brotando entre los huecos de las piedras en el suelo y creciendo hasta niveles que hubiera creído imposibles dentro de algunas casas.
- Es muy distinto a cómo recordaba… - terminó musitando Patrick con apenas un hilo de voz.
Porque recordaba, quizás lo más difícil de todo aquello era que comenzaba a recordar: imágenes de un pasado tan lejano que parecía pertenecer a otra vida volvían ahora a él acompañadas por el silencio de la noche. Caminó hacia el umbral de una de las casas, la puerta pintada de azul colgando penosamente de sus bisagras y echó un vistazo al interior de la vivienda, conteniendo un poco la respiración debido al ambiente viciado que se percibía desde el umbral. Se le antojaba increíble pensar que aquel había sido alguna vez el hogar de una familia, pero los muebles desvencijados que habían quedado abandonados en el interior de la misma eran prueba de ello y testigos mudos de la catástrofe. Los sillones yacían cubiertos por tal cantidad de polvo que no podía decir de qué color fueron originalmente, la mesa que reinaba en medio de la estancia mostraba las inconfundibles marcas de las termitas e incluso faltaban varias baldosas del suelo, mostrando la tierra y la roca sobre la que la casa había sido edificada.
El joven pontífice reparó entonces en el quicio de la puerta, contemplándolo con aprensión: el estado de Craco, que él estuviera allí después de tanto tiempo… La situación le parecía tan extraña que casi temía que aquel lugar se desvaneciera como polvo en la brisa nocturna si alargaba la mano y lo palpaba con los dedos. Abrumado, retrocedió torpemente pero sin ser capaz de apartar la mirada del interior de la vivienda.
- Empiezo a recordar cosas… - murmuró, parpadeando varias veces y pasándose la mano por las sienes. A pesar de que había hablado en un tono de voz bajo, Claire no tuvo ningún problema para escucharle pese a encontrarse en medio de la plaza: el viento había amainado bastante y, aunque seguía dedicando caricias heladas a los visitantes, ya no enmudecía sus palabras con su presencia, casi como si se hubieran percatado de que Patrick comenzaba a recordar y contuviera la respiración para escucharle. - Había un señor mayor que venía a vender pan y todo tipo de repostería todos los días con su carro de madera. Unos cuantos niños solíamos bajar corriendo aquí, a la plaza, a diario con casi devoción religiosa, pues queríamos darle zanahorias a su caballo…
Sí, ahora que dirigía la mirada a una de las calles que serpenteaba colina arriba recorriendo el centro de Craco y perdiéndose en la oscuridad de la noche, casi podía ver a sus amigos de entonces avanzando a zancadas sobre los adoquines haciendo caso omiso de las advertencias de sus madres que les decían que iban a tropezar por no mirar por donde iban. Él siempre había sido más cauto, la emoción por ver al magnífico animal - o al menos así lo veía entonces - del panadero le embriagaba, pero no hasta el punto de hacerle desobedecer a su madre. Sus ojos se detuvieron en un pequeño escalón y supo que ahí estuvo a punto de caerse una vez porque un gato se cruzó con él persiguiendo a un ratón, provocando que Patrick frenara en seco por miedo a pisar al animal y había terminado perdiendo el equilibrio.
¿Y sus amigos?
Sabía que les había querido, una melancólica sonrisa se dibujó en sus labios al sentir en el corazón esa tierna caricia que sólo los recuerdos felices de la infancia podía provocar. Recordaba a uno de ellos pavonearse por las canicas que le había comprado su abuelo, provocando la risa de los demás; había otro que siempre se quejaba de su hermana pequeña sin saber lo mucho que a Patrick le hubiera gustado tener hermanos, y había otro que siempre le preguntaba por cómo continuaba el cuento que había dejado a medio leer la noche anterior. Mirando a su alrededor, casi podía oír sus risas en mitad del tenue ulular del viento, incluso creyó por un momento atisbar sus sombras contra los muros de la plaza… Pero lo cierto era que ellos hacía mucho que no estaban allí, como el resto de habitantes de Craco. Le apenó reparar en que no sabía qué había sido de ellos, y quizás fuera para mejor, pero en verdad le hirió darse cuenta de que ni siquiera recordaba sus nombres.
Estaba tan ensimismado en sus recuerdos que no notó a Claire acercarse a él y se sobresaltó cuando ésta deslizó su mano en la suya, entrelazando sus dedos con los de él y apoyando la cabeza en silencio en su hombro. Abrumado por lo que veía a su alrededor, Patrick no pudo hacer otra cosa que tragar saliva e inspirar profundamente, tratando de darse fuerzas para seguir adelante. Aquella no era una visita como podía serlo cualquier otra, eso era algo que tenía muy claro, no era la nostalgia y el recuerdo los que le habían traído de vuelta allí pero ahora que allí se encontraba, en medio de las ruinas de la entrada de Craco, Patrick sintió una dolorosa punzada de culpabilidad por no haber acudido antes.
Mucho antes.
- Será mejor que subamos por esa calle de allí - señaló Patrick con voz queda, tratando de dejar sus recuerdos a un lado. - Se dirige a la parte alta del pueblo, que es donde está la iglesia: si hemos de encontrar alguna pista sobre lo que se avecina, será entre sus muros… O lo que quede de ellos…
La joven volvió a apretar su mano como toda respuesta y ambos comenzaron a caminar en dirección a la calle a la que Patrick se había referido, que marcaba con un arco de piedra la entrada a la misma. Ignoraba por qué, pero las zonas de Craco que parecían haberse visto más asediadas por la madre naturaleza eran precisamente sus calles, ya que las que podía observar con tan solo girar la cabeza a un lado y otro de la plaza estaban caracterizadas por un pequeño sendero blanco en medio del verde de los matorrales que habían ido creciendo a los lados de las aceras. Algunos de estos pequeños arbustos también habían crecido en medio de grietas en los muros y tanto los balcones como las barandas de piedra se habían visto envueltos en el abrazo de finas enredaderas, en algunas de las cuales habían llegado a crecer pequeñas flores blancas.
Habiendo amainado ya el viento, limitándose a un pequeño ulular que mecía la hiedra de cuando en cuando, el único sonido que rompía la quietud fantasmal de Craco era el crujir de las piedrecillas bajo las pisadas de Patrick y Claire. La joven observaba el lugar con la curiosidad propia de quien nunca antes había estado allí, su mente preguntándose cómo debió ser ese lugar antes de la catástrofe, mientras que Patrick a su lado lo recordaba a la perfección. Puede que los nombres de las gentes del pueblo aún escaparan a su memoria, pero sí reconocía sus muros, sus arcos, los balcones de ciertas viviendas… Al pasar por debajo de un nuevo arco, alzó la vista hacia una ventana situada justo encima del mismo y sintió que, si se esforzaba lo suficiente, sería capaz de atisbar una imagen de la familia que una vez vivió allí, aunque hiciera mucho tiempo que nadie se asomaba a aquella ventana de la que colgaban precariamente sus postigos.
Se sorprendió pensando que, pese a todo el dolor que aún se respiraba en el lugar, había una belleza en Craco que la tragedia no había sido capaz de eliminar: su arquitectura, aunque sencilla, era una que cualquier persona podría asociar a la imagen del hogar; a pesar de sus calles serperteantes poseía grandes espacios abiertos tales como plazas y miradores en los que uno podía asomarse y contemplar la hermosura de las praderas italianas allá hasta donde alcanzaba la vista. Patrick sintió una punzada de orgullo y de agradecimiento al pensar que había sido lo bastante afortunado como para vivir diez años maravillosos en Craco antes de su final: sabía que debía de ser de las pocas personas que recordaba lo que era vivir allí, de los pocos que aún no asociaba inmediatamente el nombre del pueblo con la tragedia que había sacudido sus cimientos.
Y pese a todo pronóstico o probabilidad, él estaba allí, uno de los pocos supervivientes de la tragedia y el único rescatado con vida de la vieja iglesia.
No podía evitar preguntarse por qué él seguía ahí, cuando tantas otras buenas personas que conoció una vez no eran más que una cifra publicada en los principales periódicos italianos hacía más de veinte años.
El murmullo de la brisa nocturna fue la única respuesta que obtuvo.
Aunque caminaba a su lado, pocas veces había sentido a Patrick tan lejano.
No era para menos, Claire no creía poder siquiera llegar a imaginar una mínima parte de lo que el joven pontífice debía estar sintiendo en esos momentos, de nuevo en el lugar donde pasó gran parte de su infancia y donde habitaban todos los recuerdos de su añorada madre. Así, lo único que ella podía hacer era acompañarle, permanecer a su lado y mantenerse atenta por los dos si es que acaso ese Jano tenía algún as guardado en la manga. Era por ello que, mientras la mirada de Patrick McKenna divagaba entre un rincón y otro de las ruinas de Craco, sumido en sus recuerdos, Claire Dilthey no podía evitar hacer lo propio, pero en su caso tratando de atisbar alguna amenaza desconocida.
Craco estaba situado en una colina tan alta y tan despejada de arboleda que la luz de luna hacía posible ver lo suficiente como para merodear por el pueblo sin necesidad de encender las linternas, pero el interior de las viviendas era una cuestión muy distinta. La joven no podía evitar que su corazón se sobresaltara cada vez que pasaban por una vivienda con la puerta abierta o caída sobre los escombros, temerosa de hallar algo en esas serenas tinieblas que les observara sin darse ellos cuenta. Le hacía pensar en cuando era muy pequeña y tenía miedo de dormir con la luz apagada, mucho menos si la puerta de su armario se encontraba levemente entreabierta.
Aunque sabía que era algo natural, puesto que nunca antes había estado allí, le costaba admitir que Craco le inspiraba temor y lástima a partes iguales, sentimientos que de seguro poco tenían que ver con los de Patrick en aquellos momentos. Y, sin embargo, percibía algo especial en Craco, un pueblo construido sobre una colina de tal manera que parecía acompañarla con sus viviendas y calles hasta alcanzar la cumbre. Si bien aún no se encontraban allí, sí podía divisar los restos de la torre de la iglesia que coronaba Craco: el tejado hacía mucho que había desaparecido, junto a las campanas, las viejas vigas de madera habían quedado al descubierto y permanecían acompañadas por los muros de piedra que se alzaban hacia el cielo de forma desigual, debido a los pedazos de roca que habían ido cayendo con el paso del tiempo.
No podía ni imaginarse el terror que se debió vivir en aquel lugar, más de veinte años atrás.
Y, sin embargo, podía ver que aquel debió ser un día un pueblo maravilloso en el que vivir. No era necesario asomarse a ningún mirador ni subirse a ningún punto especialmente alto para contemplar las impresionantes vistas de las que gozaba Craco, verdes colinas sucediéndose en la lejanía hasta donde la vista lograba alcanzar, algunas de ellas pobladas con pequeños bosques silvestres y otras por praderas vírgenes que a plena luz del día debían invitar a recostarse en su lecho de hierba para contemplar ese magnífico cielo azul que coronaba el paisaje.
Sí, aquel debió ser una vez un hermoso hogar y, sin embargo, ahora sus únicos habitantes eran los recuerdos que danzaban entre los cascotes que, junto a la maleza, se habían apoderado de las calles de Craco.
- ¿Sabes?
Patrick se detuvo sobre sus pasos y Claire hizo lo propio, mientras él señalaba el umbral de la puerta de entrada a una casa que permanecía a apenas dos puertas de distancia, puerta que, para alivio de la periodista, permanecía cerrada.
- Allí vivía una mujer que ayudaba a mi madre con los pedidos de repostería…
- ¿De veras? No sabía que tu madre se dedicaba a la repostería
- Era muy joven cuando ingresó en el convento de Santa Clara - explicó Patrick. - La única experiencia con la que podía ganarse la vida tras colgar los hábitos, cuando se quedó embarazada de mí, era la que había adquirido haciendo dulces y confitería con las monjas: era el modo en que se mantenían, vendiendo lo que ellas mismas preparaban en los pueblos cercanos
La joven asintió a la vez que pasaba la mano por el brazo de Patrick: le gustaba escuchar aquellas historias sobre su pasado, sobre su madre… Había tanto que quería saber de él, cada pequeño detalle de su vida que compartía con ella lo apreciaba como si de un tesoro se tratase. Era por ello que, a pesar de que la causa que los había embarcado en ese viaje tan impulsivo a través de la campiña italiana era una que ninguno de los dos tomaba a la ligera, se alegraba de poder estar allí con él, de sentirse poco a poco más cerca de todo lo que él era.
- ¿Te acuerdas de muchas cosas de cuando vivías aquí? - se interesó Claire.
- Creía que no - murmuró Patrick, negando con la cabeza, su mirada aún clavada en aquella puerta cerrada. - Cuando echaba la vista atrás, lo único que podía recordar con absoluta claridad era a mi madre: su forma de hablar, los gestos que solía hacer, la expresión de su cara al sonreír, incluso su aroma si me esforzaba lo suficiente… Quizás sentía que era todo lo que necesitaba y por eso mi mente no iba más allá de ella… Y de lo que pasó aquel último día…
- ¿Quieres hablar de ello? - preguntó ella.
El pontífice torció el gesto y negó con la cabeza, alzando los hombros para ponerse mejor la bufanda alrededor del cuello.
- No puedo decir que recuerde demasiado sobre aquel día y quizás sea para mejor, incluso pensar en los momentos buenos de esa mañana es algo agridulce porque sé lo que vino después… - el joven suspiró y señaló de nuevo el portal abandonado. -Pero en esa casa de ahí vivían los Martelli: la señora Martelli ayudó mucho a mi madre, recuerdo que en la familia eran dos niños… Guido era un par de años mayor que yo, un poco trasto pero un buen amigo, y… Dios, no me viene a la cabeza el nombre de su hermana, que era de mi misma edad… No lo entiendo, sí me acuerdo de que mi madre me dijo que la hija de los Martelli y yo compartimos ropa cuando éramos apenas bebés… ¿Por qué no recuerdo su nombre?
- ¿Quizás tenías menos trato con ella? - aventuró Claire.
La expresión del rostro de Patrick, tan concentrado en recordar sin lograr éxito alguno, le hizo pensar a la periodista que era más que probable que fueran muchas otras cosas las que no recordara, no sólo de aquel último aciago día, sino de su vida en Craco en general. No podía decir que fuera una experta en el tema, pero Claire creía que la mente tenía ciertos mecanismos para protegerse a sí misma de los recuerdos traumáticos y era probable que ésa fuera la razón por la que a Patrick le costaba tanto acordarse de ciertas cosas, por no mencionar que había pasado mucho tiempo desde entonces, largos años en los que no había regresado al pueblo que le vio crecer.
Pese a que se había mantenido sereno hasta ese momento, una ráfaga de viento gélido recorrió la calle principal de Craco, ululando agudamente y provocando que las enredaderas colgantes se revolvieran a su paso veloz. Tanto Patrick como Claire se encogieron, conteniendo la respiración por el aire frío que azotó sus mejillas, pero no tardaron en sobresaltarse y se dieron la vuelta cuando escucharon el ruido de piedra y cerámica al caer e impactar contra el suelo.
- Tranquila, es sólo el viento - le dijo Patrick, quizás adivinando el temor de Claire al notar cómo se había aferrado a su brazo con más fuerza de lo normal. - Aún debe haber tejas y piedras sueltas en la parte alta de los edificios, pero eso es todo. Si hubiera alguien por aquí, estoy seguro de que no sería tan poco cuidadoso…
- ¿De veras crees que ese tal Jano nos ha conducido hasta aquí sin estar él presente? - contestó ella al momento. Siempre había tratado de ser un apoyo para el joven pontífice, pero tenía que reconocer que estaba asustada: la idea de que hubiera alguien más en ese pueblo abandonado, acechando entre las sombras, le hacía sentir lo suficientemente nerviosa como para querer hacer que volvieran al coche y salieran disparados de aquel lugar.
El pontífice se tomó su tiempo antes de contestar.
- No tenía forma de saber que íbamos a venir hoy, en plena madrugada: hasta hace poco menos de un día ni siquiera lo sabíamos nosotros mismos…
Tenía razón, sabía que Patrick tenía razón, como también sabía que el ruido que había escuchado era producto de la cerámica que había caído de los edificios al soplar el viento con más fuerza… Pero aún así no podía evitar sentir temor, por mucho que tratara de mantenerse serena y fuerte por los dos.
- Lo que sí tenemos que hacer es… Acortar la visita todo lo que podamos - admitió Patrick, echando una mirada a su alrededor con cierta nostalgia: apenas acababa de volver, pero sabía que sería poco sensato quedarse mucho más tiempo. - Y seguir avanzando, no es buena idea permanecer aquí si hay riesgo de que nos caiga algún cascote suelto desde lo alto de alguna de las casas. La iglesia está en la parte alta del pueblo, justo sobre la cima de la colina: no tendremos que caminar durante mucho tiempo más, te lo prometo
Claire le miró y asintió lentamente con la cabeza, esbozando una pequeña sonrisa antes de reanudar la marcha, los dos sorteando los pequeños matojos de hiedra y los trozos de piedra sueltos sobre la calzada. A veces, Patrick tenía ese don, el de calmar e inspirar coraje incluso en las situaciones más difíciles. Era en parte por ello que el mundo se había enamorado de él seis meses atrás, cuando había supuesto una luz de esperanza en aquella oscura noche de San Juan… Y ella también había sabido verlo, había despertado admiración en ella en un primer momento y después había venido todo lo demás. Patrick McKenna era una persona especial, una a la que se consideraba afortunada de poder conocer tan cerca y a la que amar de forma recíproca aún se le antojaba poco menos que un milagro.
El joven pontífice lo había pasado muy mal en los últimos meses, ella había sido testigo de ello, pero sabía que esa persona valiente y admirable que el mundo conoció el pasado mes de Junio seguía ahí, podía verle en pequeños gestos como el que acababa de tener con ella hacía un momento, tratando de inspirarle valor incluso en medio de las ruinas del que había sido su hogar de la infancia. Patrick estaba volviendo poco a poco a ser el que era, lo veía a día a día y no podía sentirse más orgullosa de él. Ojalá todo acabara lo más pronto posible, ojalá no tardaran en dar con quien fuera que se escondiese tras el alias de Jano y ambos pudieran continuar su particular camino juntos.
Conforme avanzaban por las intrincadas y empinadas calles de Craco, la periodista aprovechaba para echar un vistazo a su alrededor, continuar observando los alrededores mientras caminaba del brazo de Patrick. Trataba de imaginar cómo debía ser la vida allí antes de su final y todo cuanto veía le hacía pensar en una pequeña comunidad aislada del resto de pueblos de su alrededor pero unida en cuanto se trataba de sus habitantes. No habían sido pocas las sillas de mimbres destartaladas que habían visto aún situadas junto al umbral de las puertas de las casas, casi deshechas por el azote de los elementos. En esas sillas una vez la gente tomó el sol de verano, charló con sus vecinos u observó a los niños del lugar corretear de un lado a otro. Y, un día como pudo resultar otro cualquiera, la tierra tembló y todos los vecinos supervivientes abandonaron el lugar sin echar la vista atrás, ni siquiera para recoger sus enseres.
Ya debía quedar poco para llegar a la iglesia, cada vez que alzaba la mirada, entrecerrando los ojos debido al helado aire de montaña, distinguía su silueta dibujada por la luz de luna con tal claridad que parecía que ésta estuviera velando con especial atención las ruinas del lugar aquella noche. Podía ver incluso viejos nidos de cigüeña situados entre las tejas de piedra que aún se mantenían precariamente en su lugar, manchas de humedad y profundas grietas en sus muros a duras penas ocultas por las finas enredaderas que escalaban hacia la cúspide…
Se encontraba perdida en esos pensamientos cuando notó que Patrick se detenía de golpe en el camino, haciendo que ella hiciera lo propio.
- Patrick… - le llamó ella, observando su rostro con curiosidad antes de seguir su mirada.
Ésta se había detenido en una puerta como podía ser otra cualquiera de las que habían visto desde que llegaron allí, en un principio pintada de un bonito azul celeste y ahora salpicada de humedad y podredumbre especialmente en la parte baja de la misma, su pomo negro un pequeño reino que las arañas habían reclamado tras la marcha de los habitantes de la vivienda. Pero Patrick permanecía en silencio, casi paralizado con su mirada azul verdosa clavada en el viejo portón, apenas audible el murmullo de su respiración. Habían pasado por delante de muchas antiguas viviendas desde que habían llegado a Craco, decenas de puertas que habían traído a Patrick recuerdos que hasta escasos momentos consideraba perdidos en lo profundo de su memoria, pero ninguna de ellas había tenido el impacto que tenía aquella en particular.
Claire comprendió que eso sólo podía deberse a una cosa.
- Mi madre y yo vivíamos aquí… - murmuró Patrick finalmente casi para sí mismo, confirmando las conjeturas de la joven.
La periodista guardó silencio mientras contemplaba también esa vieja puerta olvidada: no sabía qué decir, ni se le ocurrían palabras que pudieran confortar al joven pontífice. Se limitó a apretarle el hombro en señal de cariño y apoyo, pero Patrick ni siquiera pareció darse cuenta de ello. Después de largos segundos en los que la pareja permaneció en silencio, en medio del ulular del viento y la oscuridad plateada de una noche con luna, Patrick McKenna avanzó dubitativo los pasos que lo separaban del umbral de la vieja vivienda y asió con cuidado el pomo de la puerta.
No iba a negarlo, cuando la punta de sus dedos rozó el viejo pomo situado en el centro de la puerta, Patrick sintió tal vértigo que incluso se mareó. A la parte más irracional de su mente, aquella que se ponía en marcha cuando el estrés y ansiedad le dominaban o cuando llevaba largas horas privado de sueño, no le hubiera extrañado lo más mínimo que aquel picaporte, la puerta o incluso el mismo Craco por completo se hubieran desvanecido como cenizas en la brisa nocturna en el preciso instante en que lo asió con su mano derecha. Notar su innegable materialidad en aquel Craco que no hubiera podido imaginar ni en sus peores pesadillas le hizo sentir una punzada en el corazón al darse cuenta una vez más de todo lo que había perdido.
Tragó saliva y echó un vistazo a la puerta en general: era posible que la humedad y el paso de los años hubieran hecho que la madera se hinchara, y eso haría difícil poder abrirla a pesar de que nadie en Craco echaba la llave por la noche puesto que todos los vecinos se conocían. Pero, ¿eso quería hacer? ¿De verdad quería entrar en aquella casa? El mero hecho de pasear bajo la luz de la luna entre los ruinas del lugar que le había visto crecer durante los primeros diez años de su vida había bastado para hacer brotar recuerdos que creía enterrados en lo más profundo de su mente, ¿qué podría recordar si entraba en el que fue su auténtico hogar, donde se sintió a salvo con su madre, después de tantos años?
Pero dentro de él, Patrick sabía que realmente no había otra opción, no podía pasar por delante de esa puerta y contentarse con imaginar lo que podría encontrar tras ella. Ahora que se encontraba allí, pasado y presente se unían de una manera tan intensa que casi podría confundirlos si no se hallara con la mente más serena. Recuerdos que, como el mito de Ariadna en el laberinto del Minotauro, suponían un hilo conductor que tiraba de él con insistencia a través de las ruinas de Craco. Al contemplar la pintura azul celeste de la puerta, es como si fuera un niño otra vez, casi como si pudiera escuchar a su madre tarareando para sí una canción mientras preparaba la masa de los pedidos del día siguiente en la cocina.
El anhelo por volver a verla finalmente se impuso a la razón y el joven pontífice asió con fuerza el pomo, dando un suave tirón para comprobar la firmeza con la que la puerta estaba cerrada. Crujió un poco, escuchó perfectamente cómo la vieja madera parecía quejarse, pero no desistió. Demonios, de repente sentía que estaba dispuesto a echar la puerta abajo si era necesario.
- Patrick, ten cuidado - oyó la voz de Claire a sus espaldas. - La madera puede astillarse y puedes hacerte daño…
Pero él se limitó a negar con la cabeza. Retrocedió unos pocos pasos, tomó aire y, antes de saber lo que estaba haciendo, arremetió con el hombro contra la superficie de madera, provocando que la puerta se abriera hacia el interior de la vivienda con un chirrido que provocó que apretara los dientes por un instante y dejando que una nube de polvo escapara hacia las desiertas calles de Craco. El joven se cubrió la boca con la bufanda, sofocando una tos y agitó la mano, tratando de ver a través de las partículas de polvo. Claire se adelantó unos pasos, colocándose a su lado y contemplando el dintel de la puerta.
- Por un momento casi he temido que fuera el peso de las piedras lo que mantenía la puerta tan firmemente cerrada - habló la periodista, con un deje de sorpresa en su voz. - Pero tiene sentido que la madera se haya hinchado después de tanto tiempo…
Patrick asintió, pero mentiría si dijera que estaba totalmente seguro de lo que había dicho Claire, pues la puerta de su antigua casa aún mantenía cautiva su atención. No la recordaba así, cuando echaba la vista atrás le daba la sensación de que era mucho más grande, no una que parecía hecha perfectamente conforme a su altura… Pero a los ojos de un niño de diez años claro que era enorme. Como guiado por un canto de sirena que sólo él podía oír, un ensimismado Patrick McKenna recorrió los pocos pasos que le separaban del portal y penetró en el interior de la vivienda.
Y lo que vio allí hizo que se le cayera el alma a los pies.
Era tal y como permanecía en sus recuerdos, y al mismo tiempo era una casa totalmente diferente. No había entrada, sino que la puerta principal daba directamente a una estancia que hacía las veces de salón y cocina al mismo tiempo, encontrándose dividida por unas encimeras. Lo que en la actualidad estaba seguro de que se relacionaba con un estilo decorativo moderno y sofisticado, en un pueblo como Craco tenía que ver más bien con cierto nivel de pobreza.
- ¿Estás bien?
El joven se volvió para ver a Claire apoyada en el umbral de la puerta, casi como si no se atreviera a interrumpir ese momento tan íntimo para él. Dios, menos mal que ella estaba allí y es que sólo con su mera presencia marcaba una diferencia enorme: estaban en pleno invierno, perdidos en mitad de la madrugada en las ruinas del que fue el hogar de su infancia, y aún el saber que Claire estaba allí, a su lado, apoyándole, hacía que pudiera sentir la caricia del sol de primavera en lo más profundo de su corazón. Le hacía sentir valiente y sereno, a pesar de que la nostalgia y el recuerdo le encogieran la garganta y le irritaran los ojos. Incapaz de pronunciar palabra, Patrick le tendió la mano, invitándola a entrar, mano que Claire aceptó y entró a su vez en la casa, observando con curiosidad y tristeza cuanto había a su alrededor.
- Es mucho más pequeña de lo que recordaba… - musitó Patrick con la voz queda, rompiendo el silencio de la noche.
Sintió como si las palabras hubieran escapado de sus labios, pues no se veía capaz de pronunciar palabra alguna. Claire le dedicó una suave sonrisa y enlazó su brazo con el de él, acariciándole el antebrazo y haciéndole darse cuenta una vez más que no estaba solo. El joven pontífice tragó saliva y dirigió la mirada a la parte derecha de la estancia, donde una vez estuvo la zona de la cocina, y notó cómo se le encogía el corazón al ver cómo los pequeños armarios de madera que había suspendidos en la pared se habían venido abajo, los trozos de platos y cristales rotos aún diseminados sobre las baldosas de la estancia, sepultados, como todo que había en la vivienda, bajo el polvo de más de veinte años. A pesar de la nimiedad que era en medio de todo aquel abandono, Patrick no pudo evitar sentir un escalofrío al toparse con los restos de lo que debió ser un par de ratas muertas sobre el suelo de la cocina. Contemplar esos huesos tan pequeños, esos cráneos descarnados y puntiagudos le hacían ver la evidencia que se negaba a reconocer.
Ya no era su hogar, su hogar ya no existía.
Aquella era una casa vacía.
Aquella era una casa muerta.
El nudo que se había formado en la garganta se estrechó tanto ante tal pensamiento que apretó los labios con fuerza para no venirse abajo. Esperaba encontrar recuerdos felices de los días que había vivido allí en compañía de su madre, pero lo que acudía a él eran meros ecos de un pasado feliz, demasiado débiles como componer imágenes nítidos… Se topaba con que, aunque casi había sentido que podría escucharla cantar al otro lado de la puerta, ya no podía recordar la voz de su madre, tampoco estaba seguro de cómo solía oler su ropa al abrazarla… De repente, sentía que la perdía otra vez y esa sensación le estaba rasgando el alma en dos.
- Hay un libro encima de la mesa
Estaba tan absorto en sus propios sentimientos que incluso la voz de Claire llegó a él como si se encontrara en una dimensión distinta. Parpadeó varias veces para sofocar las lágrimas que habían comenzando a nacer en sus ojos azul verdoso y volvió la mirada hacia el punto que la joven señalaba: tenía razón, sobre la mesa de madera en la que su madre y él solían desayunar, comer y cenar se encontraba un pequeño libro abierto de par en par. En un principio, temió que se tratara de alguna clase de pista dejada atrás por Jano en su retorcida búsqueda del tesoro, pero sintió alivio y tristeza a partes iguales al darse cuenta de que el libro presentaba los mismos signos de abandono que el resto de enseres de la vivienda.
- Mi madre no me dejaba leer encima de la mesa - recordó Patrick, mientras la joven se acercaba a la misma, observando el libro con curiosidad. - Debía de tratarse de un caso muy especial para que me dejara seguir leyendo durante el desayuno…
- Es un libro especial - asintió Claire con una suave sonrisa esbozada en los labios, después de deslizar con cuidado la punta de sus dedos sobre una de las páginas, apartando la capa de polvo. Alzó la mirada hacia el joven. - ¿Alguna suposición sobre cuál se trata?
Recordaba las noches sin dormir, escondiendo una linterna bajo la almohada de su cama para continuar inmerso en sus páginas incluso cuando su madre le había apagado la luz y dado las buenas noches. Su madre conseguía libros para él aunque no tuviera demasiado dinero para comprarlos nuevos, ya fuera acudiendo a la librería de segunda mano del señor Pirelli o a casas de vecinos del pueblo que le insistían en que en sus viviendas no cabía un libro más y que a ver si encontraba algo que pudiera gustarle a su muchacho. Así, María Ventresca se las había ingeniado para llenar la imaginación de su hijo con decenas de historias de papel y tinta, increíbles narraciones a las que el niño acudía una y otra vez porque sentía que nunca podría cansarse de ellas.
- Tengo buen recuerdo de La isla del tesoro, solía releerlo todos los veranos… - aventuró Patrick finalmente.
- Mm, mm - corrigió la joven negando con la cabeza, sin perder la sonrisa por alguna razón. - "Todos los niños crecen, excepto uno"
Y de repente, recordó.
El perro que hacía las veces de niñera de tres hermanos cuando sus padres no estaban en casa, lámparas encendidas de noche que eran los ojos de una madre velando por sus niños, un hada diminuta y con muy mal carácter, el rumor del agua en la laguna de las sirenas…
- ¿Peter Pan? - quiso confirmar el joven, aunque ahora se sentía seguro de que ésa era efectivamente la respuesta.
- Peter Pan y Wendy - asintió la periodista, dedicando una mirada llena de cariño al viejo volumen ella también. - Es maravilloso. Supongo que te estaba gustando mucho para que tu madre te dejara leerlo en la mesa…
- Dios, no podía dejarlo - afirmó Patrick, sintiendo una renovada alegría dentro de sí. - Estoy seguro de que mi madre sabía que me quedaba por las noches leyéndolo, pero aún así me preguntaba cada mañana como si no lo hubiera tocado en toda la noche… Dios mío, las imágenes llegan ahora tan claras, es casi como si lo estuviera leyendo ahora mismo
- ¿Sabes? Para mí también es un libro muy especial - comenzó a decir Claire, apoyada levemente en la encimera y sin poder apartar los ojos de sus viejas páginas. - Cuando tenía seis años en mi colegio hicieron la obra de Peter Pan y…
- Déjame adivinar - la interrumpió él. - ¿Wendy Moira Ángela Darling?
Claire rió y negó con la cabeza.
- James Matthew Barrie, más bien, aunque tengo que reconocer que en su día me llevé un disgusto enorme y le tuve mucha envidia a la niña que eligieron para hacer de Wendy - explicó la joven, perdiéndose ella también en sus recuerdos de infancia. - Al menos hasta que me dí cuenta de que tendría que besar al tonto de mi hermano Eddie, pero, oye, ella al menos podría volar. No, me dieron el mismo papel que hacía James Barrie en su novela: narrador. Yo decía lo que pasaba entre escena y escena sentada en una caja de madera tras el escenario con el libro en el regazo y un micrófono a la altura del mentón… Qué miedo me daba y a lo que me acabé dedicando, lo que es la vida…
- ¿Qué edad tenías? - se interesó Patrick.
- Pues… Recuerdo que ese curso acababa de empezar el cole de los mayores - dijo la joven haciendo el signo de comillas con los dedos. - Eddie no paraba de chincharme y de meterme miedo con eso, así que yo debía tener… ¿Seis años? Sí, mi hermano tenía ocho, así que yo tenía seis
A pesar de que sólo había visto a Claire de pequeña en una foto anexa al dossier que los cardenales Strauss y Krämer reunieron para tratar de desprestigiarla, al joven pontífice le sorprendió notar la ternura que le inspiraba pensar en una Claire tan pequeña y aún así lo suficientemente despierta como para que la eligieran para narrar la obra del colegio, aunque fuera entre bambalinas. Además, Patrick McKenna no tardó en caer en la cuenta de que si Claire tenía seis años en el momento de poner voz al narrador de Peter Pan en la obra de su colegio, él debía de tener diez, puesto que era cuatro años mayor que ella. Es decir, ambos habían leído el mismo libro durante el mismo año, aunque a kilómetros de distancia y sin poder sospechar ni por un segundo que el otro existía.
Además, ése había sido también el último año de existencia de Craco.
El joven pontífice echó la vista a su alrededor: ahora que recordaba desayunar sin poder separar los ojos de las palabras escritas por James Barrie, otros muchos recuerdos que habían tenido lugar en aquella estancia acudían a su memoria, fluyendo como si hubieran estado contenidos tras una presa que se estuviera viniendo abajo poco a poco.
- Mi madre y yo dormíamos en la planta de arriba - afirmó Patrick señalando las escaleras de piedra que se perdían poco a poco en la oscuridad. - Sólo están esas dos alcobas, así que es una casa bastante pequeña teniendo en cuenta que las familias aquí solían ser grandes… - el joven dirigió la mirada al techo de la estancia y se dio cuenta del preocupante relieve que había formado en el mismo revelando bloques de piedra que se habían movido y viejas vigas de madera, algunas de las cuales incluso habían comenzado a asomar por encima del yeso. - No creo que sea buena idea subir a curiosear: el techo tiene pinta de venirse abajo en cualquier momento y no quiero arriesgar poniendo más peso del que pueda soportar una estructura tan dañada…
- Mmmm, quizás si sólo subieras tú y pisaras con cuidado… - planteó Claire, fijándose ella también en el techo que les cubría. - No sabes cuándo será la próxima ocasión en la que puedas volver aquí, ni tampoco cómo estará todo y no quiero que te quedes con la espina clavada de volver a ver tu habitación o la de tu madre… Puede que haya algo en ellas que quieras recuperar y llevar contigo de vuelta a Roma…
Patrick estudió la idea por unos momentos: ¿podía haber algo en alguna de las dos alcobas que le gustaría tener como recuerdo? Probablemente, pero también sabía que todo cuanto pudiera haber en cualquiera de las dos habitaciones debía encontrarse en unas condiciones tan malas que no creía que mereciera la pena. Incluso desde donde se encontraba, podía ver que el libro de Peter Pan y Wendy que aún reposaba sobre la superficie de la mesa del salón-cocina había sufrido la suficiente humedad como para que el ejemplar pareciera completamente petrificado, con todas las páginas pegadas entre sí y las ilustraciones del mismo convertidas en una mancha mohosa. Así, mucho se temía que cualquier objeto que se hallara en la planta superior debía hallarse en un estado mucho peor…
- No - acabó negando Patrick con la cabeza. - Hay cosas que prefiero recordar tal y como fueron, no verlas ahora carcomidas por el abandono y el olvido…
La periodista asintió, comprensiva aunque apenada de que el pontífice no pudiera llevarse ningún recuerdo de la casa en la que pasó los que fueron probablemente los mejores años de su vida. Por su parte, el joven había posado la mirada sobre el viejo - ya lo era cuando era sólo un niño y sin duda alguna lo era ahora más todavía - piano de pared que había al fondo de la sala. Incluso desde donde se encontraba no era difícil ver que la humedad había provocado que las teclas se desnivelaran unas respecto a otras dando la sensación de que las teclas eran como dientes torcidos que brotaban sin ton ni son de la propia madera. Aunque él sabía tocar el piano, su querida madre nunca había acertado a tocar más que un par de canciones de memoria, pero recordaba bien que, al saber María Ventresca de la curiosidad que aquel instrumento parecía despertar en su hijo, ésta le había dicho que hablaría con el párroco del lugar para ver si era posible que le enseñara aunque fuera un par de movimientos básicos.
Recordaba que le había hecho ilusión que su madre se diera cuenta de lo mucho que le llamaba la atención el piano, sin tener él que decírselo, como si hubiera leído en su mente como si de un libro abierto para ella se tratase.
Pero también sabía que aquella petición no llegó nunca a realizarse, ya que la próxima vez que María Ventresca vio a dicho sacerdote fue poco antes del final de la vida de ambos.
Aquel nuevo recuerdo ensombreció su rostro, pero fue una sensación pasajera, como un jirón de nube ocultando brevemente a su paso la belleza de la luna. Aunque al principio de entrar en la casa, la tristeza se había apoderado de su corazón, poco a poco había encontrado en su memoria recuerdos felices que habían hecho que su visita no resultara tan dolorosa como podría haber sido. Había recordado lo inmensamente dichoso que había sido entre los muros de esa casita, había revivido la sensación que le provocaba el cariño y la protección de su madre… Tenía gracia y todo se lo debía a su antigua copia de Peter Pan y Wendy.
No.
No realmente.
La que había señalado la presencia del viejo ejemplar en un primer momento había sido Claire, para él no había sido más que un bulto extraño cubierto de yeso y polvo sobre una mesa carcomida y abandonada. A raíz de empezar a hablar con ella, de responder las preguntas que le había hecho a partir de la obra de Barrie, había sido cuando su mente había empezado a rescatar los recuerdos buenos y luminosos que había vivido en esa casa, eclipsando al pesar que le producía verla ahora así de abandonada. Dirigió la mirada hacia la joven, que observaba la luna llena a través de una ventana con los cristales rotos, preguntándose si lo había hecho de forma consciente, para apartar su mente de los recuerdos dañinos, o si simplemente estaba en su naturaleza el saber aliviar los pesares de una mente atormentada.
La conocía lo bastante como para poder afirmar que ambas suposiciones eran ciertas y la calidez tan abrumadora que experimentó en el interior de su pecho al darse cuenta de ello le hizo saber que en ningún otro momento la había amado tanto como en ése, estando los dos solos en las ruinas del hogar de su infancia. La periodista volvió el rostro hacia él, distraída, y le dedicó una suave sonrisa al percatarse de que la estaba mirando, pero él no pudo hacer otra cosa que agachar la cabeza, como si sus miradas se hubieran cruzado por casualidad. Se avergonzaba de su yo del pasado que se había resistido tanto a ver que la amaba, y era un sentimiento que no cesaba de inundar su corazón, que cada vez le asustaba menos, si es que alguna vez un sentimiento tan puro fue digno de temor.
- Debemos continuar nuestro camino hasta la iglesia - terminó diciendo Patrick, echando un último vistazo a su alrededor. - La noche cada vez está más oscura y fría, el tiempo no se detiene para nosotros, por desgracia, y aún tenemos que averiguar qué es exactamente lo que nos ha traído a este lugar
- Me alegra que no hayas dicho su nombre o al menos el seudónimo tras el que se esconde - se corrigió Claire al momento. - No se merece que ese nombre sea pronunciado una sola vez aquí, donde están tus mejores recuerdos
Patrick se limitó a asentir e hizo un gesto hacia la puerta principal. Una vez que la joven hubo cruzado el umbral y se hallaba de nuevo en las calles de Craco, el pontífice echó un último vistazo a esa casa que se caía a pedazos y en la que él un día fue tan feliz: sabía que no volvería jamás a aquel lugar, sabía que en el futuro no habría nada que justificara un viaje como aquel, a un rincón tan perdido y olvidado de las montañas italianas, como también sabía que, en el fondo, deseaba que aquello fuera una despedida, pues todo lo que él hubo amado de aquel lugar existía ahora únicamente en sus recuerdos.
- Addio - murmuró para sí, a la vez que tomaba el pomo de la puerta y tiraba de él con fuerza para volver a encajar la puerta en el marco de la misma.
Sabía que era improbable que nadie se aventurara por aquellos lares, tan alejados de la civilización, pero no quería dejar su antiguo hogar expuesto e indefenso al dejar la puerta abierta de par en par. Por suerte, ésta se cerró al momento y, a juzgar por el ruido que hizo la madera, sería muy complicado que alguien pudiera volver abrirla con facilidad en un improbable futuro.
Su casa no estaba lejos de la iglesia, a apenas unos metros, por lo que el camino hacia la misma resultó sencillo y también tranquilo. Claire había vuelto a enlazar su brazo con su suyo, dedicándole caricias en el antebrazo de cuando en cuando, ambos sumidos en un silencio en el que se sentían cómodos, únicamente quebrado por el ulular del viento al pasar entre las ruinas de los hogares y el cricrí de algunos grillos escondidos en la hiedra. El pontífice dejó que su mente se vaciara de todo: de recuerdos, de temores, de dudas… Y se limitó a dejar que la brisa de la noche le acariciara el rostro, como si aún un maternal Craco le estuviera reconociendo y dando la bienvenida después de tanto tiempo, a pesar de la tristeza que todavía reinaba en el ambiente.
A cada paso que daba, más convencido se hallaba de que no encontrarían a quien se hacía llamar Jano en aquel lugar. Fuera lo que fuese lo que se proponía al dejar pistas que les condujeran hasta allí, él no tenía forma humana de saber que tanto Claire como él iban a tomar la descabellada decisión de abandonar el Vaticano de un día para otro y viajar hasta allí bajo el amparo de la oscuridad de la noche. Tenía la sensación de que si tuviera que ocurrir algo, hubiera ocurrido ya.
Al menos hasta que llegaron a la iglesia.
La antigua iglesia de Craco se erigía en lo más alto de la colina de arcilla y arena, vigilante aún en estado de completa ruina de los horizontes remotos que la rodeaban. Aquella noche de finales del mes de diciembre, los ligeros jirones de nube que ocultaban y descubrían la luna a su paso por la bóveda celeste parecían haberse compadecido de la soledad de las ruinas de aquel lugar de culto y haberse deslizado cielo abajo para hacerles compañía. Así, una tenue y helada niebla parecía envolver los cimientos del lugar, un viejo castillo de la época bizantina cuyo propósito en el pequeño pueblo había cambiado con el paso de los siglos, adaptándose a las necesidades que sus pobladores requerían de él.
Como si de un anciano orgulloso se tratase, tanto la fachada como la torre - cuyas distintas tonalidades parduzcas mostraban el avance del deterioro provocado por la humedad y el moho, profundas grietas serpenteando a lo largo y ancho de toda la estructura y la hiedra salvaje habiendo reclamado el lugar como suyo en ausencia del ser humano - permanecían en pie a duras penas y a pesar de todo, más de dos décadas después del terremoto que había hecho del lugar un pueblo fantasma, una anécdota con la que los habitantes de los pueblos más cercanos entretenían a sus niños después de la cena. Contra viento y marea, contra toda esperanza posible, la iglesia de Craco continuaba en pie, resistiendo el abandono y el paso del tiempo, ciego centinela de una ciudad muerta luchando en una batalla que estaba destinado a perder.
Aquel vetusto edificio, que había visto pasar en silencio varios siglos desde su construcción, había sido siempre lo que el pueblo de Craco había necesitado que fuera. En sus orígenes había sido un refugio para los colonos griegos que huían de la malaria, un centro de estrategia militar en tiempos del soberano Federico II a principios del siglo XIII, un fuerte de resistencia frente a los saqueos de la ocupación napoleónica en los años 1800…
Y, finalmente, para sus últimos habitantes, era una tumba.
Sintiendo cómo un escalofrío nacía en la nuca y recorría su espalda como una caricia fantasmal, Claire Dilthey se ajustó más el abrigo en torno a su cuerpo, experimentando un helor que poco o nada tenía que ver con el clima de montaña de aquella zona de la provincia de Matera. Aquella visión era una que había imaginado en relatos de Edgar Allan Poe, pero no en la vida real ni aquel momento de la historia. Había tenido esa sensación desde que habían bajado del vehículo, pero ahora con más fuerza que nunca sentía que Craco era como una ciudad atrapada en ámbar: congelada para siempre en aquel estado ruinoso, olvidada para el resto del mundo.
Patrick McKenna, por su parte y bajo la atenta mirada de la periodista, avanzaba entre los escombros con cautela, acercándose al umbral de entrada a la iglesia cuidando sus pasos como si de hacer demasiado ruido pudiera despertar de su letargo a alguna bestia profundamente dormida. En medio de la pequeña plaza en la que estaba situada la iglesia, yacían dos gigantescos tablones de madera carcomida y enmohecida, tanto que parecía que sólo un soplo de brisa las separaba de su total existinción, que el joven pontífice no tardó en reconocer como los portones que en un día habían estado perfectamente colocados en los goznes ahora destrozados e inservibles situados a ambos lados del umbral del lugar.
- Recuerdo que el hombre que me sacó de aquí lo hizo con tanta prisa que casi tropezó con ellas al salir… - dijo Patrick en un murmullo que sin embargo fue audible en medio de aquel silencio sepulcral. - Me llevaba en brazos y me dolía todo el cuerpo, él no dejaba de gritar a sus compañeros preguntando por la presencia del personal sanitario…
No había mucho más en su memoria de aquel día, pero notaba cómo el mero hecho de estar ahí estaba provocando que viejas sensaciones comenzaran a despertar de su letargo dentro de él, como si hubieran permanecido en un estado vegetativo hasta llegado el momento oportuno. Lejos de ser una sensación confortante, los tenues colores, sonidos e incluso escenas que acudían a su mente con una fuerza similar a un débil eco en lo más profundo de una cueva, le provocaban una angustia y una confusión que debía ser similar a la que había experimentado aquel día en ese mismo lugar, tantos años atrás. La misma vieja iglesia parecía cobrar una nueva vida ante sus ojos en medio de la oscuridad de la noche, como si se alimentara de esos pequeños recuerdos y eso le hiciera adquirir una renovada vida, débil pero vida al fin y al cabo.
Una vez más desde que había llegado allí, sentía que Craco despertaba de entre los muertos, como Lázaro, para darle la bienvenida.
- Hay algo contra esta pared…
Patrick se volvió y vio a Claire apuntando con la luz de la linterna, pese a que la luz de luna y una ausencia total de nubes hacía posible ver con cierta facilidad, a lo que parecía ser un pequeño rectángulo de piedra apoyado junto a la entrada de la iglesia. Aunque semi cubierto por la suciedad y la hiedra, resaltaba sobre el resto de la superficie de piedra porque el material con que estaba elaborado era considerablemente más moderno, a pesar de mostrar similar estado de abandono. Al acercarse, el joven pudo comprobar que se trataba de una placa conmemorativa y le sorprendió que los habitantes restantes de Craco hubieran tenido tiempo de acordar su encargo antes de abandonar sus hogares para siempre… Sin embargo, saltaba a la vista que no habían permanecido allí el tiempo suficiente para colocarla.
La fugacidad de las esperanzas de la gente de Craco yacía allí, abandonada a las puertas de la iglesia.
La periodista movió el haz de luz de la linterna de modo que las letras fueron apareciendo una tras otra como si florecieran en medio de la penumbra.
Dedicato alla memoria di coloro che hanno perso la vita
il 31 maggio 1986
che aneliamo e custodiamo nei nostri cuori.
Una vez más, el recuerdo de la tragedia se tornaba pesado en el aire y el pueblo, abandonado por todos salvo por la madre naturaleza, parecía contener la respiración. Ni el ulular del viento, ni el cantar de los grillos… Únicamente silencio y recuerdo bajo la luz de la luna.
- Dedicado a la memoria de aquellos que perdieron la vida el día 31 de Mayo de 1986 - tradujo Patrick, apartando con cuidado los restos de hiedra y suciedad que había sobre las letras. - A los que añoramos y guardamos en nuestros corazones…
Eran palabras sencillas, había escuchado palabras similares en funerales y otros actos de despedida, incluso él mismo había pronunciado términos parecidos en la misa en recuerdo a las víctimas de los mal llamados atentados Illuminati, y sin embargo en aquella propia sencillez había algo que hacía que sintiera un nuevo peso sobre el corazón y cómo sus ojos azul verdoso se vidriaban de nuevo. Aquellas palabras de despedida eran las únicas que habían podido haber entre padres e hijos, abuelos y nietos, amigos y vecinos de toda la vida en aquella horrible mañana que les enseñó a todos que un día lleno de luz de primavera podía matar.
Sintió una mano sobre su hombro, apretándolo con cariño, y giró el rostro para descubrir a Claire a su lado. No la había oído acercarse a él y también ella mantenía la mirada fija en la losa conmemorativa con el ceño levemente fruncido debido al pesar que esa última despedida le provocaba, a pesar de desconocer la existencia de aquel pequeño pueblo italiano hasta hacía sólo unas horas. No le extrañaba, pues la joven siempre había sido una persona que sabía ponerse en el lugar de los demás, comprendía el dolor ajeno y, por ello, aquella visión no le resultaba insignificante.
- Entremos a la iglesia… - dijo finalmente Patrick, aclarándose la garganta.
- ¿Estás seguro? - quiso saber la periodista. - No tenemos por qué entrar inmediatamente, no si necesitas un momento…
- Cada vez se hace más tarde… - contestó el pontífice casi al momento, manteniéndose sereno a pesar de toda la tristeza que embargaba el ambiente. - No sabemos si la persona que nos ha señalado Craco como siguiente punto de partida se oculta entre las ruinas o no… Creo de corazón que, si hay algo que desea que encontremos para continuar con su demente juego del gato y el ratón, estará dentro de la iglesia… Tal y como sucedió con los pasados altares de la ciencia…
A su lado, Claire asintió pasados unos momentos.
El joven pontífice dirigió entonces su atención al oscuro umbral de la iglesia, silencioso y amenazante. Era extraño contemplarla así, desprovista de los portones de madera que salvaguardaban el interior de la iglesia en sus recuerdos: debieron hacer falta varios hombres fuertes para poder desencajar las gigantescas puertas de sus goznes y desconocía el motivo. Sabiendo que de nada servía esperar, sino que únicamente jugaba en su contra, Patrick respiró hondo y subió los peldaños de piedra que llevaban hasta la entrada a la iglesia, seguido de cerca por Claire.
Antes de salir de Roma, se había mentalizado de lo que podía ver en Craco y se había preparado para ello, convencido de que, teniendo en cuenta el serio peligro en que ponían sus vidas al realizar aquel viaje, nada de lo que pudiera ver allí podría llegar a paralizarle.
En el momento que cruzó el umbral de la iglesia y contempló su interior, se dio cuenta de que había sido un iluso al pensar algo semejante.
- Dios mío… - suspiró Claire.
La iglesia, o lo que quedaba de ella, estaba sumida en la penumbra pero aún así la luz de luna hacía posible que se pudieran distinguir las siluetas de lo que una vez fue el altar mayor, de los restos de bóvedas que aún permanecían en las alturas y también de los escombros que había repartidos sobre las losas que componían el suelo… Así como de los bancos de madera destrozados, algunos de ellos convertidos en meras astillas, comidos por la carcoma y atrapados en el abrazo de las enredaderas. Las esculturas caídas sobre el suelo de piedra, a las que les faltaban diversas extremidades, componían una visión escalofriante sobre las manchas oscuras en el mismo que aún se podían adivinar sin lugar a error alguno. Formas irregulares y oscuras entre los restos de los bancos, junto a los escombros, cerca del altar mayor…
Por todas partes.
Especialmente bajo sus pies, en la entrada del templo.
Claire ahogó un grito y se cubrió la boca con las manos, en un gemido cargado de horror y dolor a partes iguales al darse cuenta de que aquellas manchas oscuras sobre las losas de la iglesia abandonada eran la sangre reseca de aquellos que habían encontrado su final entre sus muros, veinte años atrás. Entonces Patrick, sintiéndose paralizado al contemplar la enorme cantidad de sangre que había bajo sus pies, comprendió por qué habían tenido que sacar los portones de sus goznes, dejándolos tirados de cualquier manera en la plaza de la iglesia de Craco: al darse cuenta de lo que ocurría, algunas de las personas que había en la iglesia habían tratado de huir, precipitándose hacia las puertas del templo, pero éstas permanecían firmemente cerradas y los feligreses habían encontrado allí su final.
Algunos de ellos habían sido aplastados por sus propios vecinos y otros habían perecido cuando los techos de piedra sobre ellos se habían venido abajo, sofocando sus gritos de pánico para siempre.
La mirada de Patrick abandonó las manchas de sangre reseca a sus pies y paseó por los restos de la iglesia, contemplando de nuevo los bancos abandonados por sus fieles, los confesionarios vacíos que no escucharían más confesiones, los santos que ya no recibían oraciones… Y algo hizo que la sangre se le helara en las venas.
- Lo recuerdo… - las palabras escaparon de sus labios en apenas un hilo de voz, antes de darse cuenta siquiera de que estaba hablando.
Notó cómo la mirada de Claire se posaba en él, pero no fue siquiera capaz de girar el rostro hacia ella. De repente, en aquella iglesia muerta, Patrick sintió que se hacía pequeño, que los oscuros muros de piedra se hacían más altos, que el silencio fúnebre del templo era interrumpido por ecos de gritos, de llantos, de llamadas de auxilio no contestadas…
Volvía a sentir el crujir de la dura roca sobre su cabeza.
Avanzó hacia el interior del templo como perdido en un sueño, hipnotizado por esos ecos del pasado que le daban la bienvenida como a un viejo amigo. Durante todos esos años, cuando pensaba en ese último día en Craco, lo único que podía recordar era avanzar de la mano de su madre por el pasillo central de la iglesia hacia las primeras filas de bancos, que una vez allí le había llamado la atención la estatua de San Francisco de Asís y se había levantado para poder verla más de cerca y… Lo siguiente que recordaba era la irritante luz blanca de neón de su habitación en el hospital de Santa Clara en Palermo.
Pero ahora sentía cómo las piezas que le faltaban en el rompecabezas volvían a él como si siempre hubieran estado ahí.
Y así era.
- La capilla de San Francisco de Asís… - musitó Patrick, girándose hacia una de las capillas situadas a los lados de los laterales de la iglesia. En un primer momento, tras tantos largos años de abandono, todas se le habían antojado iguales… Pero entonces su mirada se encontró con una escultura caída sobre el pequeño altar de su capilla, una que tenía un pájaro de piedra posado sobre el hombro de la imagen. - Mi madre me había hablado de él y quería su escultura más cerca, verle con sus pájaros y…
Sus ojos entonces viajaron hacia Claire o, más bien, a un punto muy próximo a donde se encontraba ella, escuchando su relato con atención y sobrecogimiento. Pero no la veía a ella, sino que frente a sus ojos veía a la señora Martelli, charlando animadamente con una de sus vecinas, mientras que a su lado una niña de cabellos color miel y vestido color marfil cambiaba el peso de un lado a otro, aburrida por la conversación de sus mayores. Recordaba que le había mirado, con sus enormes ojos verde claro, poco después de que cesara la leve vibración en la iglesia y le había dedicado una breve y dulce sonrisa con la que probablemente quería burlarse del sobresalto de los adultos.
- Vitalia Martelli… - murmuró entonces Patrick, evocando un nombre que yacía perdido en su memoria desde hacía más de veinte años. - Llevaba flores y cintas de colores en el pelo…
Una sonrisa emocionada asomó al rostro del joven pontífice, quien volvía a ser un niño de diez años cuyas mejillas se coloreaban al encontrarse con la mirada de la pequeña de los Martelli sin saber muy bien por qué. Notaba cómo sus ojos se llenaban de lágrimas, como si realmente se hubiera vuelto a ver a una vieja amiga de la infancia, mientras el recuerdo de Vitalia Martelli aún le dedicaba esa sonrisa afable en su rostro de niña. Alzó la cabeza al reconocer el eco del crujir de piedra sobre él y supo lo que vería a continuación. Bajó de nuevo la mirada a tiempo suficiente para ver cómo la niña observaba con curiosidad la grieta que se estaba dibujando sobre la bóveda que la cubría, cómo su madre le aferraba la mano comenzando a pronunciar una advertencia que no llegaría a acabar…
Recordaba cómo la señora Martelli hacía quedado enmudecida por el horror y cómo luego un alarido que expresaba un dolor más allá de lo que ninguna persona pudiera abarcar jamás escapaba de su garganta.
- Vitalia Martelli… - pronunció el joven una vez más, ya con la voz quebrada. - Que llevaba flores, cintas de colores… Y sangre en sus cabellos…
Lo recordaba ahora, con perfecta claridad, como nunca lo hubiera querido haber recordado.
Vitalia Martelli, que contaba con su misma edad y cuyo nombre significaba "llena de vida", yacía ahora ante sí derribada sobre las losas de la iglesia y acunada en los brazos de su desesperada madre, rodeada de polvo y escombros… Había sido la primera en morir aquella mañana.
Pero no la última.
Entonces, paralizado por aquella horrible visión, Patrick había buscado a su hermano, Guido Martelli, entre la multitud, queriendo asegurarse de que él estaba viendo lo mismo que él, que todo eso no se trataba de un sueño. Tras unos frenéticos instantes, Patrick había visto a Guido, boquiabierto y apoyado en uno de los bancos de madera. Después había escuchado los gritos de su madre llamándole por su nombre desde el otro lado de la iglesia, tratando de hacerse oír por encima de los chillidos de pánico que comenzaban a inundar el templo, apenas audibles éstos también por el crujir de la roca. Había alcanzado a ver a su madre una última vez antes de que una monstruosa sacudida hiciera que María Ventresca y el resto de los feligreses cayeran al suelo bajo una lluvia de escombros y polvo.
- Los niños… Sus voces…
Patrick retrocedió aterrorizado, como lo hizo veinte años atrás en aquel mismo lugar, y sus torpes pasos sólo se detuvieron cuando su espalda chocó contra un muro de piedra. Sobresaltado, el joven pontífice se giró sobre sí mismo para ver que, como si de una reconstrucción forense se tratara, sus pasos le habían llevado de nuevo a la vieja capilla del santo que hablaba con los pájaros: la imagen del santo continuaba derruida sobre el altar que le correspondía, dejando un pequeño hueco debajo de sí que no había sido alcanzado por los escombros de la misma manera.
Así era cómo había salvado su vida.
Así se había convertido en "el milagro de San Francisco".
De la misma manera que esas imágenes del pasado habían comenzado a acudir a él al llegar a la iglesia, las voces de los que una vez estuvieron allí fueron perdiéndose poco a poco en el aire, tornándose débiles ecos que cada vez poseían menos fuerza, como si de las ondas de agua al llegar a la orilla de un lago se tratasen. Al recordar, había podido sentir el pánico que había vivido de niño pero, ahora que podía ver de nuevo la vieja iglesia tal y como era en la actualidad, el sentimiento que predominaba sobre todos los demás era el de una pena y un dolor sin nombre. Para muchos de sus vecinos sus vidas habían terminado aquel lejano día del mes de Mayo y mucho se temía que de igual manera había sucedido con los vecinos supervivientes a la tragedia.
Todo lo que ellos habían considerado vida había llegado a su fin con la pérdida de sus seres queridos.
Ahora todo cuando restaba de ellos era recuerdo y silencio.
Por su parte, Claire Dilthey había estado pendiente de Patrick desde el mismo momento en que entraron en el templo semi-derruido, siendo consciente de lo duro que sería para él visitar aquel lugar por primera vez desde hacía tantos años. Aunque él había afirmado recordar muy poco de cuanto había sucedido aquel día, ella había decidido guardar silencio sobre su creencia en que quizás eso cambiara una vez regresara a ese entorno que solía serle tan familiar… Y no había errado en su suposición, aún no sabía si para bien o para mal. Recordaba una vez que había entrevistado a los supervivientes de un atentado terrorista y le sorprendió comprobar que podía dividirlos fácilmente en dos grupos: los que podían elaborar un relato pormenorizado de todo cuanto les había ocurrido y otros que guardaban un silencio que parecían decididos a no romper nunca.
Durante todos esos años, Patrick había sido de los segundos. Lo que había visto ese último día de Mayo de 1986 había sido tan espantoso que su mente le había obligado a olvidar por pura cuestión de supervivencia… Y ahora que el joven se había vuelto a su antiguo hogar, siendo un adulto y mentalmente más preparado para afrontar la realidad, las imágenes de aquel día habían regresado a él.
Pero nada de eso hacía que fuera menos doloroso.
Finalmente, la periodista caminó los pasos que la separaban de Patrick y le acarició el brazo con suavidad, tratando de transmitirle toda la seguridad y el ánimo que éste pudiera necesitar. Había mil preguntas que se agolpaban en la mente de Claire sobre lo que había sucedido exactamente aquel día, sobre quién era Vitalia Martelli, pero optó por dejar todas esas dudas a un lado, ya que había otras palabras que Patrick McKenna necesitaba oír con más urgencia que ninguna de aquellas cuestiones.
- Estás siendo muy valiente - afirmó Claire, haciendo que Patrick volviera la vista hacia ella: incluso con la escasa luz de luna que iluminaba la estancia, era evidente que tenía los ojos enrojecidos por las lágrimas no derramadas. - No me puedo imaginar lo que tuvo que ser vivir algo así siendo tan niño… Y volver aquí por primera vez después de tanto tiempo, no creo que yo hubiera sido capaz de hacerlo…
Patrick sólo acertó a asentir con la cabeza y tomó la mano de Claire, entrelazándola con la suya al momento con firmeza.
- … ¿Has podido ver algo extraño? Aquí, en la igle… En las ruinas - se corrigió Patrick al comenzar a hablar de nuevo, no sin cierta dificultad debido al nudo que aún sentía en la garganta. - Hubiera querido estar más pendiente de alguna posible pista, pero son tantos los recuerdos…
- No te disculpes por ello, ni se te ocurra - le interrumpió Claire al momento. - Es perfectamente normal y te repito que estás siendo muy valiente enfrentando un trauma como éste para tratar de para los pies a ese… A ese desgraciado que está causando todo esto. Hiciste lo mismo en verano, ¿lo recuerdas? Demostraste una entereza y un valor que parecía no tener límites a la vez que hacías frente, prácticamente sin ningún apoyo, a una amenaza invisible… Todo cuanto te movía era el querer proteger a la gente, supusiste una gran diferencia en tiempos muy difíciles… Y ahora vuelves a demostrar ese mismo valor para impedir que semejante situación vuelva a repetirse…
Mentiría si dijera que la joven había dejado de sorprenderle. No sólo era un apoyo incondicional para él, le había visto en sus peores momentos lidiando no siempre de la mejor manera con el trastorno de estrés postraumático derivado de los atentados del mes de Junio y seguía amándole sin reserva alguna, en cierto modo arriesgando todo lo que había sido su vida hasta ahora porque creía en él, porque le amaba y seguía viendo en él a la mejor versión de sí mismo, al que siempre había sido, incluso cuando a él le costaba verla.
Esperaba que supiera lo afortunado que se sentía de tenerla en su vida.
Apretó la mano de la joven con cuidado, quien le acarició el dorso de la misma con el pulgar inspirándole fuerza, antes de aclararse la garganta y pasarse la mano por los ojos para disipar su irritación.
- A simple vista no hay nada que me resulte extraño aquí, aparte de lo evidente… - murmuró Patrick, sus ojos azul verdoso aún evitando mirar las manchas de sangre reseca sobre las losas de la iglesia. - El cuadro que apareció pintarrajeado en los Museos Vaticanos era una señal muy inequívoca, pero no sé qué esperar de lo que podemos encontrar aquí… No sé qué puede ser peor que ver todo esto…
- Podemos recorrer la iglesia, si te encuentras algo mejor - contestó Claire, tratando de no presionarle. - Tenemos toda la noche por delante y quizás si vamos caminando por ella poco a poco, observando los distintos rincones, podemos encontrar… Algo… Sea lo que sea que ese malnacido quiera que encontremos…
A decir verdad, Patrick estaba empezando a tener serias dudas de que Jano hubiera estado realmente en Craco alguna vez. Le costaba integrar la atmósfera de abandono y soledad de las ruinas del lugar con el hecho de que alguien hubiera acudido a él hacía poco, sabía que era un pensamiento que no tenía realmente ningún sentido puesto que todas las pistas de las que disponían señalaban a aquel lugar pero aún así… La madrugada anterior le había preocupado mucho que una vez en Craco pudieran verse sorprendidos en medio de alguna emboscada, de alguna trampa… Estaba aterrorizado por Claire, pero sabía que no podía llegar allí sin ella ni tampoco quería dejarla a un lado porque no lo consentiría, que también ella demostraba un valor inusitado en medio de grandes dificultades…
Pero sí, a la vez que comenzaban a caminar por las naves laterales del templo, estudiando el interior de cada capilla, buscando entre los escombros alguna señal de algún mensaje escondido, Patrick McKenna comenzó a sentir dentro de sí que había algo allí que se les estaba escapando. ¿Y si no era más que una jugarreta de Jano para hacer que se enfrentara con uno de los episodios más traumáticos de su vida? No era una idea descabellada, estaba hablando de la misma persona que había deslizado algún tipo de componente químico en su comida durante meses para provocarle alucinaciones aterradoras, la misma persona que le había jurado mediante llamadas de teléfono anónimas que estaba decidido a hacer todo cuanto estuviera en su mano para hacerle pagar por todo lo que había hecho y que no tenía ninguna intención de hacer nada de ello público porque consideraba que aquello había sido un error por parte de sus antecesores.
¿Y si aquella visita no era más que una forma más de buscar destruir su espíritu?
Desde luego, lo estaba consiguiendo.
- Han pasado tantos años, ese día me parecía tan lejano como si hubiera ocurrido en otra vida… - dijo Patrick cuando llegaron a la parte del crucero, justo delante de donde se encontraban los restos del altar mayor. - Como si hubiera vivido todo aquello en un sueño… En una pesadilla… Y, sin embargo, es todo tan real ahora… No me resulta extraño que los vecinos que sobrevivieron decidieran marcharse
- Muchas de las casas frente a las que hemos pasado están todavía amuebladas - habló Claire a su vez, alzando la cabeza para observar los restos de la bóveda que había sobre ellos: un cielo poblado de relucientes estrellas enmarcado por restos de roca y hiedra. - No tuvo que ser una decisión fácil: dejar tu hogar atrás de esa manera…
- Aquí hay demasiados recuerdos - contestó el joven pontífice, fijando su atención en uno de los bancos de madera destrozados por el peso de la piedra. - Un dolor sin nombre es ahora el único habitante de este lugar… Recuerdo que mi madre solía sentarse siempre en esta zona, en primera fila… - añadió señalando los restos astillados del banco más cercano, para después alzar la mirada hacia la bóveda celeste. - Recuerdo las grietas, formándose con tanta rapidez como si alguien estuviera golpeando la iglesia desde el exterior, y toda la luz del día que entró cuando la roca cedió… Así la perdí, en un rayo de sol…
Una vez más, Claire sintió que las palabras la abandonaban, aquellas que siempre habían sido sus fieles confidentes y más leales compañeras. ¿Qué podía decir que confortara el dolor que debía sentir Patrick en esos momentos? Sabía por experiencia que en momentos como aquellos, las palabras de poco servían. Apoyó la mano en su hombro una vez más, deslizándola después por su espalda para tratar de animarle. Dentro de ella, la rabia que sentía hacia Jano crecía a una velocidad que llegó a asustarla e hizo lo que pudo por mantenerse serena, ya que no quería darle a esa persona la satisfacción de provocar tales sentimientos en ella. Era un cobarde de la peor calaña, uno que ni siquiera daba la cara, alguien que se daba a la fuga al atropellar a un chico de veintiún años… No merecía que le dedicara más tiempo del que se veía obligada a darle ya.
Frente a ellos se toparon con que uno de los muros laterales de la iglesia había desaparecido al venirse abajo durante el terremoto, por lo que podían ver ante ellos cómo las colinas y las praderas que rodeaban Craco se superponían una contra otra hasta donde la vista lograba alcanzar, que no era demasiado debido a la oscuridad de la noche. Pero hubo algo que Claire Dilthey sí alcanzó a ver, algo que llamó su atención… Siguiendo su instinto, decidió adelantarse y dirigir sus pasos hacia los restos del muro.
- Claire, ten cuidado… - dijo Patrick saliendo de su ensimismamiento y tomándola por el brazo. - Un paso en falso y caerías al vacío… A una altura de unos diez metros, quizás quince antes de chocar contra un terraplén rocoso, recuerda que la iglesia está edificada en el punto más alto y escarpado de la colina…
- Tranquilo, tendré cuidado - contestó Claire, pero el joven siguió sin soltarle el brazo por lo que ambos avanzaron juntos, estando pendientes del suelo que pisaban, hasta llegar al saliente.
Una ráfaga de aire helado recibió a la periodista al asomar el rostro al otro lado del muro, revolviendo sus cabellos rubios y haciendo que se le cortara la respiración por unos momentos: no iba a mentir, acostumbrada a los inviernos de Escocia creía que el clima invernal de aquel pueblo italiano perdido en las montañas no le resultaría especialmente difícil de aguantar, pero veía que había estado muy equivocada. El frío se le clavaba en la piel expuesta como si de pequeños alfileres se tratase, si hubiera acudido allí con la ropa de invierno que solía vestir en Roma, lo más probable es que hubiera acabado cogiendo una pulmonía. Apoyada en la roca que había resistido la ira de la naturaleza y el paso del tiempo, Claire Dilthey echó un vistazo hacia abajo y al instante se arrepintió de haberlo hecho: bajo ella sólo se extendía la oscuridad, aunque creía atisbar la danza de algunos matorrales muy al fondo si forzaba la vista.
Patrick tenía razón: un paso en falso y no creía que pudiera sobrevivir a esa caída.
- Construyeron alrededor de la torre una especie de foso, para dar salida al agua de lluvia recogida por los imbornales de las calles y que éstos no se vieran saturados… - explicó el pontífice, situándose junto a ella, pero aún echando una mirada por encima del hombro de cuando en cuando. - Pero eso está al otro lado, aquí no encontrarás más que un precipicio rocoso
- ¿Y qué es eso que se ve allí? - quiso saber Claire señalando hacia el frente.
El pontífice siguió con la mirada al punto que indicaba la periodista. A pesar de que la luz de luna hacía bastante fácil moverse por el pueblo y distinguir con claridad cuanto les rodeaba, la cosa cambiaba cuando se trataba de atisbar algo que se hallaba a cierta distancia, ya que la vista se acababa perdiendo en un mar de tinieblas sólo quebrado por el distante brillo de las estrellas. Escudriñando en la oscuridad el horizonte que se extendía ante él en ese punto de Craco, sólo alcanzaba a distinguir las zonas del pueblo que escalaban la empinada colina, pero más allá de los límites del mismo era difícil decir. Distinguía la silueta de los árboles alzándose hacia el cielo y mecidos por la brisa nocturna, formando pequeños bosques que salpicaban las praderas que rodeaban Craco.
Y entre ellos, a no demasiada distancia, comenzó a distinguir algo que destacaba entre aquellas formas boscosas y desordenadas propias de la naturaleza. En medio de tanta oscuridad, casi oculto por los árboles que lo rodeaban, parecía haber una especie de edificación en piedra blanca, aunque no podía asegurar que se tratara de un edificio puesto que no tenía excesiva altura y más bien parecía un recinto amurallado…
El corazón le dio un vuelco en el interior de su pecho cuando se dio cuenta de qué era ese lugar y sintió cómo su mente enmudecía, todas las ideas y pensamientos que había tratado de desentrañar se desvanecieron como si nunca hubieran existido, inundándole así una siniestra sensación de paz. Trastabilló al retroceder hacia atrás, haciendo que Claire se apresurara a sujetarle.
- ¿Estás bien? ¿Te has mareado? - se interesó ella, para después esbozar una pequeña sonrisa incrédula. - Me temo que no has elegido el mejor lugar para ello…
Eran preguntas sencillas, pero no podía responder ninguna de ellas. Sentía que en el momento en que abriera la boca empezaría a tener arcadas y a vomitar sobre las losas ensangrentadas del suelo de las ruinas de la iglesia de Craco. Pero nada de eso le importaba ahora: la iglesia, las casas de sus vecinos, la propia misión que les había llevado hasta allí… Todo había perdido poder sobre él y lo único que ahora tenía importancia era aquel lugar amurallado envuelto en tinieblas. Le llamaba con una fuerza que le oprimía el corazón, como si cada metro que le separara del mismo hiciera que la vida comenzara a abandonarle con rapidez.
Era por ello que no podía seguir allí por más tiempo, no cuanto todo lo que una vez hubo querido estaba en aquel otro lugar.
- Claire, sígueme… - acertó a decir Patrick antes de darse la vuelta y echar a correr en dirección a la salida de la iglesia.
Aunque aún sin entender lo que sucedía, la periodista no tardó en seguirle, saliendo corriendo ella también tras los pasos del joven. Mentiría si dijera que no sentía alivio al abandonar las ruinas de la iglesia de Craco, donde la muerte y el dolor estaban grabados a fuego de tal manera que incluso ella sentía el corazón encogido, pero tampoco entendía qué había hecho reaccionar a Patrick de esa forma, lo único que sabía era que algo parecía haber encajado en su mente. Quizás había adivinado la razón por la que Jano quería que fueran allí y habían estado buscando en el lugar equivocado. Patrick no redujo la velocidad de sus zancadas mientras bajaba por las calles que antes habían recorrido casi temerosos, pendientes de cada sombra, de cada leve movimiento, y Claire se topó con que una única visita por Craco le había bastado como para poder seguirle sin desorientarse, únicamente trataba de esquivar los cascotes que salpicaban las calles del pueblo para no tropezar.
Craco era un pueblo pequeño y no tardaron en encontrarse de nuevo a la entrada del mismo, aunque Patrick no se detuvo allí, sino que continuó corriendo, su respiración ya convertida en pequeños resuellos debido al esfuerzo y al frío, hacia el lugar que Claire había distinguido desde la parte más alta de la iglesia de Craco. La joven, sintiendo un pinchazo en el costado, se apoyó en uno de los muros de piedra que rodeaban el pueblo y trató de recuperar el aliento, pero sin perder de vista a Patrick en ningún momento. Había algo en todo eso que no le gustaba nada y sentía la alarma crecer dentro de ella al estar en campo abierto y separados. Quería gritarle a Patrick que la esperara, pero no quería elevar la voz por temor a que alguien les estuviera acechando en la oscuridad, un pensamiento que provocó que echara a correr de nuevo tras el pontífice.
Por fortuna, el lugar que había llamado la atención de Patrick no estaba a demasiada distancia, más o menos lo que sería una calle larga en una gran ciudad, pero el terreno sobre el que avanzaban sí era más irregular y los arbustos, cardos y zarzas entorpecían sus pasos. Comenzaba a preguntarse otra vez qué mosca le habría picado cuando, al alzar la vista y contemplar el ya muy cercano recinto amurallado, casi oculto por los árboles, la respuesta a la cuestión no pronunciada acudió a ella.
Un recinto amurallado a las afueras de un pueblo pequeño.
- Dios mío… - murmuró la periodista, sacando fuerzas de flaqueza y reanudando la carrera, a pesar de que empezaba a faltarle el aliento.
Apenas tuvo que recorrer unos metros más, puesto que Patrick se había detenido frente a las puertas de hierro del lugar, compuestas de finos barrotes que acababan en pica y que mostraban cierto óxido debido a partes iguales a la falta de cuidado y al paso de los años. Deteniéndose finalmente tras el pontífice, Claire apoyó las manos en las rodillas, tratando de recuperar el aliento, cuando una placa de mármol situada a la derecha de las puertas del lugar confirmó sus sospechas.
Cimitero comunale di Craco.
Grabada más abajo, había una cita.
- "E Dio asciugherà ogni lagrima dagli occhi loro e la morte non sarà più; né ci saran più cordoglio, né grido, né dolore, poiché le cose di prima sono passate" - pronunció Claire, prestando atención a cada palabra: llevaba ya muchos meses viviendo en Roma y, aunque estaba lejos de ser una experta, se defendía mejor con el italiano que al principio, pero aún así había muchas palabras cuyo significado se le escapaba. - Apocalipsis 21:4…
- "Y Dios limpiará toda lágrima de sus ojos, y ya no habrá muerte, ni habrá más pena, ni lamento, ni dolor, porque las cosas primeras ya han pasado" - tradujo entonces Patrick, haciendo que la periodista se volviera hacia él. - Es curioso: he pronunciado esas palabras en incontables ocasiones durante los oficios religiosos… Y nunca me han golpeado como lo hacen ahora… El mundo que conocemos se desvanece a nuestro alrededor y nos hallamos en un lugar donde no existen las lágrimas, ni el dolor, donde se olvida toda pena… Es un pensamiento reconfortante…
Pero el joven no parecía especialmente aliviado, sino que toda la pena que se había esforzado por contener durante la fugaz visita al pueblo que había sido el hogar de su infancia estaba ahora aflorando haciendo que sus ojos azul-verdoso se vieran de nuevo vidriosos y la respiración pareciera fallarle.
- Al principio no sabía qué era este lugar, ya que no formaba parte de mis recuerdos… - siguió diciendo el pontífice, casi como si se hallara en una especie de trance. - El cementerio estaba cerca de la iglesia, unos niveles más abajo… Pero era un camposanto pequeño, como los que aparecen en las viejas leyendas populares, no estaba preparado para lo que se vivió aquel día… Debieron levantar éste a toda prisa para dar sepultura a todas las víctimas del terremoto…
Lo que Patrick decía, aunque la horrorizaba, tenía sentido. Recordaba algunas tragedias en pueblos pequeños donde se había tenido que recurrir a lo mismo: construir a toda prisa un nuevo cementerio para poder despedir a las víctimas lo antes posible. Quizás el caso más claro que le venía a la mente era el del pueblo de Aberfan, en Gales del Sur, donde en los años sesenta la escombrera de una mina de carbón había colapsado y había enterrado buena parte del pueblo bajo el barro. Más de cien muertos, la mayoría de ellos niños puesto que el edificio de la escuela quedó totalmente sepultado. Si mal no recordaba, se habían cavado varias zanjas donde los féretros habían sido dispuestos en hileras, para después construir las lápidas encima unidas una con otra, casi como si de una única pieza de mármol se tratase.
Y, por lo que alcanzaba a ver al otro lado de las rejas, en Craco habían decidido actuar de forma similar.
- Esto es horrible… Dios santo, éste es un lugar terrible… - murmuró Claire, compungida. - Patrick, no tenemos por qué entrar ahí ni en cualquier otro lugar… Vámonos al coche, volvamos a Roma… Ya basta, has soportado en unas horas lo que nadie debería soportar en toda una vida, y no creo que encontremos aquí nada que nos ayude…
En un primer momento creyó que su súplica haría despertar a Patrick, darse cuenta de que les habían engañado y que quizás todo aquello no era más que otra tetra retorcida del dichoso Jano para hacer daño al joven pontífice, que volverían al vehículo y que en pocos minutos estarían dejando a Craco atrás en la lejanía, perdido de nuevo en la oscuridad, tratando de dejar atrás aquel lo vivido entre sus ruinas conquistadas por la hiedra. Pero cuando Patrick volvió la mirada hacia ella, vio una serena determinación que le hizo darse de cuenta de que no habría nada ni nadie que en esos momentos lograra impedirle que entrara en el camposanto.
- Mi madre está ahí dentro, Claire…
La joven guardó silencio y, pasados unos momentos, asintió. Patrick se volvió entonces hacia las rejas de la puerta y las asió con fuerza: éstas tenían una cerradura y, aunque en un principio parecían estar cerradas a cal y canto, unas pocas fuertes sacudidas bastaron para que un crujido quebrara el silencio de la noche. Ayudando al joven, Claire se situó junto a él y apoyó el hombro contra los barrotes, empujando hacia dentro hasta que la puerta comenzó a ceder, deslizándose torpemente debido a los montículos de tierra y a los matojos de malas hierbas. Una vez que las puertas estuvieron abiertas, la periodista se sacudió los restos de óxido de las manos y contempló el camposanto que se extendía ante sí: era pequeño si lo comparaba con los cementerios de las grandes ciudades, pero desde luego enorme si se tenía en cuenta las circunstancias que habían llevado a su apresurada construcción.
En el pueblo de Craco, la periodista ya había sentido que el aura que envolvía a las ruinas del lugar era pesada, distinta de cualquier otro lugar, evocando una tristeza en el visitante que aún le costaba definir con palabras y, sin embargo,aquellas sensación no estaba presente en el nuevo cementerio de Craco. Ni tristeza, ni dolor, ni nostalgia… Sólo el más vacío de los silencios, el olvido danzando entre las lápidas de mármol que hacía mucho tiempo que nadie visitaba. Era bastante probable que Patrick y ella fueran las primeras personas que visitaban aquel lugar desde que se celebró el funeral en el que los vecinos supervivientes se despidieron de sus seres queridos, antes de marcharse de Craco para nunca volver. Al menos, así lo testimoniaban los restos de algo que en su día debieron ser flores en los pequeños cilindros de cristal sujetos junto a cada una de las lápidas.
- Todos tienen la misma fecha de defunción… - apuntó entonces Patrick, rompiendo el silencio del lugar. Paseó frente a la primera fila de tumbas, sin apartar los ojos de las inscripciones de las mismas. Ni de las fotos que las acompañaban. - No puedo creer cómo todo el mundo parece haber olvidado lo que un día pasó aquí…
Por desgracia, Claire sí creía conocer la razón. Vivían en un mundo en que las noticias se sucedían unas a otras con una celeridad tan pasmosa que habían hecho que algunos acontecimientos fueran noticia por la mañana y dejaran de serlo por la tarde, más aún si se trataba de algo acaecido en un pueblo tan pequeño y tan insignificante para el resto del mundo como lo era Craco. Lo que sí le extrañaba más era que, tras ser Patrick nombrado sucesor de San Pedro, ninguno de sus compañeros de profesión hubiera investigado lo suficiente sobre su pasado como para relacionarle con el único superviviente del derrumbe del pueblo provocado por el terremoto. Suponía que algo tenía que ver con el hecho de que la verdadera identidad del padre de Patrick continuara siendo un secreto: desde luego en el Vaticano había gente que hacía muy bien su trabajo, aunque no estaba segura de que el secreto respecto a Patrick y su padre lo conociera mucha gente.
- ¿Quieres estar a solas un momento? - quiso saber la periodista, acercándose a una lápida frente a la que se había detenido el pontífice. - Lo entenderé perfectamente
- No podría enfrentarme a esto solo - contestó él, negando con la cabeza. - Me alegra que estés aquí conmigo
La periodista esbozó una triste sonrisa y asintió, volviendo la mirada hacia la lápida que había llamado la atención de Patrick. Al principio se perdió entre las expresiones italianas que aún desconocía, pero no tardó en sentir una punzada de tristeza al darse cuenta de que aquella debía ser una fosa familiar, ya que había varios nombres inscritos en la misma, y también al contemplar las fotografías situadas sobre cada uno de los nombres. De esa manera, las víctimas del terremoto dejaban de ser únicamente una cifra en su mente para convertirse en personas distinguibles, cada una con sus aspiraciones, su recorrido vital, sus sueños y esperanzas para el futuro. En aquel caso concreto, bajo aquella losa descansaban los restos de una madre y sus dos hijos, un niño y una niña: le sorprendió lo joven que era la madre de los niños, cómo podría haber sido cualquier mujer con la que se hubiera cruzado en las calles de Roma, con sus ojos claros y sus cabellos color miel, unos rasgos que sus hijos habían heredado.
Claire negó para sí con la cabeza, pensando que nadie debería marcharse tan pronto, cuando volvió a reparar en los nombres grabados en el mármol y sintió un escalofrío al darse cuenta de que al menos uno de ellos ya le era conocido.
Vitalia Martelli quien, como Patrick había dicho, llevaba cintas de colores, flores silvestres y sangre en sus cabellos.
- Sabía que Vitalia estaba muerta… - murmuró entonces el pontífice a su lado. - Dios, sabía que todos estaban muertos puesto que yo fui el único presente en la iglesia durante el terremoto que sobrevivió… Pero no ha sido hasta volver aquí que he empezado a recordar a la gente que estaba allí, conmigo… Los que no tuvieron tanta suerte.
- Te has acordado de ella antes en la iglesia - dijo Claire. - Has dicho su nombre…
- Quizás soy la primera persona que pronuncia su nombre en mucho tiempo - asintió Patrick, mordiéndose el interior de la mejilla a la vez que nuevos recuerdos comenzaban a volver a él: quizás se lo estuviera imaginando, pero creía haber estado presente el día en que tomaron las fotografías que habían utilizado en la lápida de los Martelli, puesto que había sido en el colegio para elaborar una orla que presumía que nunca se había llegado a encargar. - Vitalia Martelli y su hermano Guido, ambos eran amigos míos pero ella iba a mi misma clase. Y su madre, Luciana, ayudó mucho a la mía cuando regresó al pueblo conmigo en brazos… Me imagino que debió significar un mundo para ella, pues no debe ser fácil volver al pueblo natal como madre soltera cuando te has marchado de él para ingresar en un convento…
A la vez que su mente iba recibiendo respuestas a preguntas que habían permanecido latentes durante largos años, también se topó con que nuevas cuestiones surgían dentro de él, interrogantes para los que no lograba encontrar respuesta: ¿dónde había estado su padre en todo aquello? ¿De verdad le había resultado tan fácil desprenderse de la mujer a la que amaba y al hijo recién nacido de ambos? ¿Había hecho falta que la tierra se abriera bajo aquel tranquilo pueblecito para que finalmente decidiera formar parte de su vida? ¿Hubiera sabido de su existencia si el terremoto nunca hubiera tenido lugar? Detestaba no tener respuestas y detestaba aún más la rabia que eso le hacía sentir.
Apartando esos sentimientos a un lado, Patrick releyó lo grabado en la lápida de los Martelli:
Famiglia Martelli
Luciana Martelli (25 maggio 1950 - 31 maggio 1986)
Guido Martelli (7 dicembre 1974 - 31 maggio 1986)
Vitalia Martelli (12 marzo 1976 - 31 maggio 1986)
La sua memoria cara rivivrà eternamente nell'animo
di quanti la conobbero e li vollero bene.
I suoi marito e padre a perenne ricordo.
- Su adorado recuerdo… - comenzó a pronunciar Claire a su lado, tratando de traducir el epitafio de la lápida de los Martelli. - Vivirá eternamente… ¿En el alma?
- En el alma de quienes les conocieron y amaron - asintió el pontífice, estremeciéndose debido a una ráfaga de aire helado que sacudió a ambos. - Su marido y padre como eterno recuerdo… Así que él sobrevivió, el padre de Guido y Vitalia… No logro recordar su nombre, puede que fuera Andrea o quizás Angelo… El pobre hombre…
- Perder a toda tu familia en un solo día… - murmuró la joven, negando con la cabeza. - Tu esposa y tus niños… No quiero ni imaginar lo que debe ser eso…
Claire volvió la vista hacia Patrick, quien también había perdido a toda su familia - a la que conocía entonces, al menos durante una mañana soleada de primavera en la que nadie hubiera podido aventurar que pudiera ocurrir nada malo. Entrelazó su brazo con el suyo, acariciándolo con cariño e infundiéndole ánimos. Patrick respondió entrelazando a su vez su mano con la de ella, guardando silencio para dedicar una oración a los Martelli, probablemente la primera que recibían en mucho tiempo frente a su sepultura, puesto que nadie parecía haber visitado el cementerio desde que ocurriera la catástrofe. Suponía que para los vecinos supervivientes los recuerdos debían ser demasiado dolorosos como para regresar a Craco jamás, bajo ninguna circunstancia, y no podía culparles.
Él mismo, que apenas tenía diez años cuando ocurrieron los hechos, se hallaba invadido por una tristeza sin nombre.
Todo el temor, toda la ansiedad que hubiera podido experimentar pensando en un posible enfrentamiento con Jano se habían desvanecido frente a la abrumadora nostalgia que aquel lugar le inspiraba.
Sin olvidar el verdadero motivo que les había llevado a Craco, Patrick pensó que era injusto para Claire estar pasando tanto tiempo en el lugar, puesto que ya estaba convencido de que allí no iban a encontrar respuesta alguna a las preguntas que les habían conducido hasta allí. ¿Quién sabía? Quizás por primera vez en toda su investigación, se hubieran adelantado a los hechos, ya que Claire y él habían tomado la decisión de acudir allí literalmente de la noche a la mañana, sin posibilidad alguna de que nadie descubriera sus planes. Lo cual le suponía cierto alivio, más cuando Jano parecía ser una sombra omnipresente en el Vaticano al que resultaba imposible pillar por sorpresa.
- Debe ser muy tarde ya - dijo Patrick, echando un vistazo al cielo estrellado. - Ni siquiera me atrevo a mirar la hora y quizás deberíamos volver, pero…
- Quieres visitar a tu madre, lo sé - le interrumpió Claire, adivinando sus pensamientos. - Lo entiendo, yo también quiero hacerlo. Vamos, te ayudaré a encontrarla…
No dejaba de maravillarle cómo la presencia de la periodista tenía sobre él un efecto reconfortante, incluso en una situación tan complicada como aquella. Mientras continuaban visitando las filas de lápidas de los vecinos de Craco, Patrick no sentía que la pena por el cruel destino que habían sufrido disminuyera, pero sí era soportable gracias a ella. Se encontraba deseando con todas sus fuerzas tener la oportunidad de poder devolverle una mínima parte de lo que hacía por él, cuando Claire se detuvo sobre sus pasos, escudriñando una sepultura cercana en relativa oscuridad ahora que una nube pasaba cruzando por delante de la luna. Patrick dirigió la vista también allí y deseó no haberlo hecho porque, tan pronto como los jirones de nube continuaron su recorrido por el cielo nocturno, notó cómo el corazón le daba un vuelco en el interior de su pecho.
El joven se separó de Claire y se apresuró a dirigirse hacia la sepultura sin prestar atención a nada más, ni a cómo la periodista había comenzado a pronunciar su nombre, ni al dolor que sintió en su rodilla operada al postrarse súbitamente ante la tumba: el mundo a su alrededor se había desvanecido y todo cuanto existía en el mismo eran él y el rostro que le devolvía la mirada desde su marco de mármol. Nunca había regresado a Craco tras el terremoto, ni siquiera para recoger sus pertenencias - que no eran demasiadas -, había despertado en el hospital de Santa Clara en Palermo y, cuando había estado lo bastante recuperado para poder viajar, un sacerdote le había acompañado en su viaje a Escocia para reunirse con ese padre que acababa de descubrir que tenía…
Era por ello que llevaba más de veinte años sin que su madre no fuera más que una parte de sus recuerdos y nunca hubiera querido reencontrarse con ese rostro que había adorado tanto viéndolo sobre una superficie de mármol con su nombre y dos fechas grabadas como única compañía.
El dolor por haberla perdido renacía dentro de él ahora y lo hacía con una fuerza tan devastadora, reabriendo heridas que creía cerradas hacía tiempo, que sus ojos azul verdoso, que había heredado precisamente de ella, se llenaron de unas lágrimas sobre las que no tenía control alguno. La quería de vuelta, se moría por poder volver a abrazarla y obtener el rumor del gélido viento como única respuesta le rompía el corazón.
María Ventresca
31 luglio 1954 - 31 maggio 1986
Salmo 91:11
Pasaron unos minutos en los que le resultó imposible hacer otra cosa que no fuera escudriñar el rostro ovalado de su madre - su nariz recta, su cabello corto y oscuro, su sonrisa discreta y encantadora a partes iguales - y releer una y otra vez las palabras inscritas en piedra, pero finalmente posó la mano sobre la losa de piedra que había situada frente a la lápida. Nunca la había olvidado, ni mucho menos dejado de quererla o de echarla de menos, ¿cómo podría? Sí se había acostumbrado a vivir sin ella, esa penosa obligación impuesta a todos los que aman algo que la muerte puede alcanzar, pero ahora tomaba conciencia de que era la primera vez en más de veinte años que se hallaba físicamente tan cerca de ella.
Pensar que sólo unos metros le separaban de ella le aliviaba y le entristecía más de lo que podía definir con palabras.
- Mi pobre madre… - murmuró el joven pontífice, acariciando la losa y apartando las hojas secas que se habían posado sobre la misma a lo largo del tiempo. - Veinte años durmiendo bajo tierra…
Incluso en el estado desolado en el que ahora se encontraba, no se le escapaba el detalle de que en la sencilla lápida de su madre había espacio libre para inscribir al menos un nombre más. Sintió un escalofrío al darse cuenta de que de niño, tras el terremoto, había pasado tanto tiempo debatiéndose entre la vida y la muerte en aquel lejano hospital de Palermo que alguien había tomado la difícil decisión de dejar aquel espacio en el mármol por si el llamado por la prensa de entonces "el milagro de San Francisco" sucumbía finalmente a sus heridas, de manera que madre e hijo pudieran estar juntos.
Y pese a todo aún no podía evitar preguntarse si acaso eso no habría sido lo mejor para todos.
El sonido de pisadas a su lado hizo que su mente abandonara tan lúgubres pensamientos, Patrick echó una mirada por encima del hombro para ver a Claire acercarse con lo que parecía ser un pequeño ramillete de flores silvestres en las manos. Ni siquiera se había dado cuenta de que se había marchado, pero ahora que la veía imaginaba que debía haber deambulado por el lugar desenmarañando las pequeñas flores de la mala hierba que crecía en los muros y en los terrenos sin empedrar. La joven se arrodilló a su lado, inclinándose hacia adelante para colocar el improvisado ramo justo bajo las inscripciones de modo que el espacio que había vacío bajo las mismas dejaba de ser tal.
- Creo que son brezos en su mayoría - habló entonces la periodista. - Ésas que son como espigas con pequeños pétalos morados a los lados y esas otras, las que son blancas, crecían en las enredaderas que hay por los muros… No es perfecto, pero quiero hacer algo por ella: por lo que me has contado, merecía estas flores y mucho más… Tuvo que ser una mujer muy especial para criar a alguien como tú
No hubiera podido hablar siquiera en el caso de haberlo intentado. El nudo que se le había formado en la garganta poco o nada tenía que ver con los otros que había sentido a lo largo de la noche al visitar las ruinas de un lugar tan querido para él, sino que nacía de una profunda emoción que le resultaba imposible de describir con palabras. Y así, en apenas un instante, no podía hacer otra cosa que no fuera mirar a Claire, quien aún mantenía los ojos sobre la fotografía de la lápida, guardando unos momentos de silencio en señal de respeto. Pasados unos momentos, la joven apoyó la cabeza en su hombro y Patrick trató de hacer lo imposible porque no notara el leve temblor que sentía recorrerle todo el cuerpo.
- Estoy muy orgullosa de tí - dijo Claire, quebrando el silencio que se había formado. - Nunca me he sentido tan orgullosa de nadie como de tí, mereces todo lo bueno que la vida pueda depararte. El público te adora por cómo te mantuviste valiente y firme durante el verano pasado, fuiste un faro de esperanza para muchísima gente consumida por el miedo a una amenaza desconocida. Y no se pueden imaginar lo mucho que sigues luchando día a día, ni todo lo que has sobrevivido… - la joven hizo una pausa, mordiéndose el labio inferior. - Incluyendo este lugar… Esta noche he palpado aquí tanto dolor y tanta pena… Tú sobreviviste a eso también siendo sólo un niño, sólo tenías diez años… Y mira en el hombre que te has convertido, pese a todo: tienes mucha más fortaleza de la que imaginas, mucho más valor. Las cosas malas que has vivido podían haberte destruido, pero eres un hombre sabio, tienes mucha empatía con el dolor ajeno, no dudas en involucrarte cuando conoces una injusticia y también sabes hacer reír a la gente, no eres como esos religiosos que se ponen a sí mismos en un pedestal y nunca bajan la vista hacia sus iguales ni aunque sus vidas dependieran de ello…
Patrick escuchaba las palabras de Claire aún en silencio, conmovido más allá de lo que nunca se había sentido, notando cómo al ligero temblor y al nudo en la garganta provocado por la emoción se le sumaba ahora una ligera irritación en los ojos que una vez más, no tenía nada que ver con la pena.
- Marcas una diferencia en la vida de las personas que te conocen, Patrick, una diferencia muy positiva… - continuó diciendo la periodista. - Sé que inspiras a la gente a ser mejores personas, a ver la vida de otra manera. Dios, el mero hecho de que estés aquí es un milagro, es imposible no creer que el mundo es mejor de lo que nos deja ver a veces. Estoy rabiosamente orgullosa de tí y sé que ella también lo estaría…
De haberse venido abajo en algún momento, hubiera sido en aquel. Claire le besó en la mejilla mientras el joven pontífice dedicaba una última mirada a la sepultura de su madre, tratando de grabar esa mirada amable para siempre en sus recuerdos, pues no creía que volviera a tener oportunidad de dedicarle otra visita, y sintiéndose enormemente agradecido de poder estar allí en compañía de Claire, de poder compartir ese momento con ella. Era a lo que debía aferrarse, a que en una noche en la que los recuerdos eran tan dolorosos finalmente se había impuesto el amor, en todas sus formas posibles: amor al hogar de su infancia, cuyas calles empedradas le habían visto crecer en medio de juegos infantiles; a su madre, quien le había brindado un cariño incondicional que aún le acompañaba, más allá del tiempo y de la muerte; a sus amigos de cuando era niño y al resto de vecinos de Craco, cuya memoria trataría de honrar todos los días que le restaran de vida…
Y a Claire Dilthey, cuya luz lograba abrirse paso incluso en medio de aquella medianoche que parecía eterna.
- Volvamos a casa, Claire - pidió finalmente Patrick.
Ella le miró, seguramente con pensamientos similares a los suyos danzando por su mente, pero finalmente asintió y le ayudó a incorporarse. Todas las pistas que habían reunido durante los días pasados parecían apuntar a aquel pequeño pueblo italiano que había visto crecer a Patrick McKenna, pero no habían logrado encontrar nada en sus ruinas que pudiera darles la más mínima pista de cuáles podían ser los planes de Jano… Y se descubrieron pensando que tampoco les importaba, esa persona no tenía cabida ni lugar entre ellos aquella noche, su amenaza ahora se les antojaba como débil y confundida, aún peligrosa pero no tanto como habían llegado a pensar. Darían con él costara lo que costara pero, al no encontrar ningún indicio de actividad reciente en Craco, Patrick y Claire se llegaron a preguntar si acaso lo tenía todo tan bien planeado como sostenía.
Quizás la decisión más sabia hubiera sido investigar el cementerio en primer lugar, así se habrían dado cuenta de lo equivocados que estaban al descubrir las sepulturas recientes excavadas y la tierra movida en el otro extremo del camposanto. Pero era así cómo las arañas tejían sus redes, colocándolas en un lugar determinado de tal manera que sus pobres víctimas no se percataban de su existencia hasta que era demasiado tarde. Nunca había sido la intención de Jano la de tenderles una trampa en Craco, sino la de hacerles sentirse aún más perdidos al no hallar pista ninguna, pues sabía que Patrick McKenna sería incapaz de centrarse en otra cosa que no fuera la sepultura de su querida madre.
El tablero seguía dispuesto pero aquella noche las piezas no se movían, sino que disfrutaban de una falsa sensación de paz que una de las partes no podía esperar a ver saltar por los aires.
NdA: Lo primero de todo. Espero de corazón que tod s estéis bien y que la pandemia del covid-19 os haya afectado lo menos posible, a vosotras mismas y a las personas que queréis. Sabéis que sois libres de mandarme un mensaje si lo necesitáis. Aquí en España las cosas son una locura, pero mi familia y yo estamos bien. Como ya habéis podido ver, este capítulo tiene un tono bastante triste pero lo tenía planificado desde antes del inicio de la pandemia y es necesario para los acontecimientos que se sucederán a continuación, pero como no os quería dejar con una sensación tan amarga después de tanto tiempo sin una nueva actualización, tomé la decisión de no actualizar la historia hasta que tuviera terminado también el capítulo siguiente. Así que a lo largo del día de hoy o mañana como muy tarde tendréis otro nuevo capítulo, aparte de éste mismo. Cambié de email para tener uno en exclusiva dedicado a mi escritura, así que acabo de ver que tengo muchos mensajes y reviews pendientes de los que no era consciente. Os prometo que responderé lo antes que pueda. Recibir todo mi amor y mi apoyo desde el otro lado de la pantalla, con mis mejores deseos de que estéis bien y nos leemos enseguida en el siguiente capítulo.
