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Capítulo 96

Después de las tempestades, vuelve a brillar el sol.

—Quédense tranquilos, queriditos. Entre Dorothy, Greta, Tom y yo, los pequeños estarán muy bien cuidados —nos dice mi abuela con una sonrisa de oreja a oreja.

—Lo estamos, Candida —afirma Albert mientras coge la maleta grande. —¿No es cierto, Princesa?

Suspiro… Lo cierto es que no estoy del todo segura y no es por Greta o Dorothy que están más que acostumbradas a lidiar con los niños. Ni siquiera es por Candida, que tiene una innata tendencia a la sobreprotección.

Es por mi hermano. Es decir, no me iré tranquila porque me preocupa Tom y su salud mental.

Mientras Candida se marcha a darle el biberón a Thomás, lo miro y me muerdo los labios para no reír. El pobre ha tenido la mala suerte de venir a visitar a la abuela justo cuando ella se había comprometido a cuidar de nuestros hijos.

Y ahora los observa con el espanto plasmado en el rostro.

—¿Todo bien, Tom? —le pregunto sonriendo.

Me mira sin saber qué decir. Se nota que se debate entre la verdad, y el dejarme marchar en paz.

—Todo… bien. Por supuesto.

Siento pena por él… Toda la vida ha huido de compromisos como el que tiene entre manos ahora. No se ha casado, no ha sido papá… Sus días transcurren entre vuelos transoceánicos, y tonteos con aeromozas, modelos… bailarinas.

Mi veta malvada no tiene remedio el día de hoy, así que le pongo una mano en el brazo y me elevo de puntillas para besarle la mejilla mientras le digo:

—Si necesitas ayuda puedes llamar a Betzabé. Sin dudas podrá venir a darte una mano… o dos.

Su rostro es un poema. No sabe si matarme ahora o esperar a mi regreso.

La relación de Tom con mi amiga, la bailarina, ha sufrido de muchos altibajos estos años, pero lo cierto es que cada vez que mi hermano pisa suelo uruguayo, lo primero que hace es probar si las sábanas de Bet siguen siendo igual de maravillosas.

Bueno, esta vez eso tendrá que esperar pues está a cargo de mis hijos.

—Candy, no creo que Tom necesite ayuda. Si puede pilotear un Airbus 380, podrá con unos niños tan encantadores como los nuestros —acota Albert, con ironía. También se la está pasando pipa con Tom y sus miedos.

—No lo dudo, corazón. Bien, hermanito, eres el hombre de la casa y quedas a cargo de todo, entonces.

Y ahí no se puede aguantar. Hemos llegado al límite de su paciencia.

—¿Cómo que el hombre de la casa? ¿No eras feminista, Candy? El hecho de que sea varón no me convierte automáticamente en…

—Sigo siendo feminista, pero nuestra abuela es muy machista, así que estará más cómoda si tú te haces responsable de todo.

Y para echar más sal a la herida, interviene Albert.

—Hace mucho que no ves a tus sobrinos, Tom. Disfrútalos…

Mi hermano tiene la frente bañada en sudor. No dice nada, pero no deja de mirar a los niños.

—¿No puede venir William a disfrutarlos? Él puede ser el hombre de la casa en mi lugar…

Sonrío y le doy el golpe de gracia.

—William está disfrutando de su nueva novia, así que no quisimos molestarlo.

—¿Novia? ¿Tiene novia? —pregunta asombrado.

—Así es, y no sé por qué te sorprendes tanto. Está saliendo con una mujer maravillosa. Es bastante más joven que él, pero se llevan muy bien. Es Flammy, la enfermera que lo cuidó durante su convalecencia en el hospital luego del infarto… —le comento, pues él la llegó a conocer.

—La recuerdo…

—Así que ya sabes, nada de importunar a mi padre que está cumpliendo la fantasía de la enfermera en estos momentos… —le ordena Albert. —Y mucho menos a al ofidio ponzoñoso de mi madre…

—No, no… ¡válgame Dios, claro que no! Tranquilo, cuñado. No llamaré a tu madre, pero…

—¿Pero qué?

—Es que tengo miedo.

—¿De qué? —preguntamos al unísono Albert y yo, aunque sabemos de sobra a qué le teme.

—¿No es obvio? Les temo a vuestros hijos. Sobre todo a esas dos…—confiesa, visiblemente preocupado.

—¡Pero si son unos ángeles! —exclamo cruzando los dedos a mis espaldas.

—Candy… Tú sabes que Clara es una pequeña pesadilla. Y la otra… con ese tal Pirulo… No está muy bien de la cabeza. ¿Has consultado un psicólogo? Me pone los pelos de punta que le hable al aire… ¡Además nunca sé cual es cual! Me mienten de continuo…

Albert ya no puede más y larga la carcajada.

—Ya sabes el refrán, Tom. ¿No has querido que Dios te enviara hijos? Pues el diablo se ha encargado de adornar tu vida con estos sobrinos…—le dice palmeándole la espalda. —Y ahora, hombre de la casa, comienza a ejercer como tal porque nosotros ya nos vamos…

Tom frunce el ceño.

—Una vez te dije que te rompería la cara si embarazabas a mi hermana y lo has hecho cuatro veces…

—Tres —aclaro yo, tentada de la risa. —Y no puedo creer que hayas amenazado a Albert con algo así…

—Debí cumplir mi promesa luego del nacimiento de Anthony—murmura entre ofuscado y temeroso. Y luego se vuelve, y se enfrenta al desafío más grande de los últimos tiempos.

Estoy segura de que volar en medio de una tormenta, le parecerá un juego de niños luego de esto, pero no siento remordimientos por ello.

Ha llegado la hora de partir a Buenos Aires, a disfrutar de una mini luna de miel con el hombre de mi vida.

Y eso es lo que haré: disfrutarlo.

Me deleitaré con su compañía, con su agradable conversación, con sus muestras de afecto, con su caballerosidad, y con su firme, perfecto y maravilloso cuerpo.

Pero lo que más disfrutaré de él es su boca. ¡Cómo la amo! Esa boca es mi perdición, y lo daría todo por ella. Inclusive el abandonar mi rol de madre por completo durante tres largos días.

Puedo hacerlo, estoy segura.

Puedo hacerlo todo por esa boca…

F I N