Disclaimer: BNHA y sus personajes, no me pertenecen.
Summary: Bakugo Katsuki iba en contra de los intereses de su familia y nunca estuvo verdaderamente interesado en heredar la empresa de su abuela, él hacia su vida a su modo. Pero cuando su cuenta es congelada y su departamento alquilado, necesitará la ayuda de la nueva inquilina para jugar fuego contra fuego contra su familia... Claro, si sobrevivía al infierno que implicaba convivir con él.
Aclaratoria: Ésta es una obra propia y todos los derechos son reservados.
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CHAPTER LI: El trato.
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―Aquí iniciará todo, Chieko. ―La entusiasta voz de Kiyoshi la hizo levantar los ojos a la casa frente a ella en donde un viejo depósito se hallaba en la parte inferior del sitio y sobre ésta, residía una morada sencilla y pequeña. La mano de la mujer fue hacia su pequeño vientre de veintidós semanas y lo acarició inconscientemente antes de que su atención regresara a la de su esposo quien no dejaba de observar el lugar frente a ambos con una fascinación casi infantil―. Definitivamente, aquí echaremos raíces. ―Volteó a mirarla con esos castaños orbes brillantes―. Pondré mi negocio de comida y tú lo administrarás, iniciaremos de a poco pero lo haremos con seguridad y será el sitio en donde nuestra niña descubrirá el amor a la cocina. ―Kiyoshi avanzó hacia su esposa y, con ambas manos, tocó el vientre de su esposa.
Chieko sonrió ante su tacto y observó el cómo las mejillas de Kiyoshi se sonrojaban de la emoción al sentir su vientre. Una pequeña patadita los hizo mirarse con sorpresa y una risa contagiosa los envolvió. Él la abrazó y apegó su propio abdomen al de su esposa con cuidado.
―Aún no sabemos el sexo del bebé, Kiyoshi ―habló la mujer.
Kiyoshi besó su mejilla.
―Siento que será una niña ―respondió alejándose de ella para mirarla a los ojos con ese amor que la hacía sonrojarse cual adolescente―. Y será tan hermosa como tú.
Chieko bajó la vista a sus manos sobre su vientre sin borrar la sonrisa de sus labios. Escucharon unos pasos acercándose a ellos, volteándose a ver a la mujer de traje cargando una carpeta con algunos papeles relacionados a la casa en cuestión.
―Entonces… ¿Tenemos un trato? ―Preguntó la mujer sonriéndoles cordialmente.
Kiyoshi asintió inmediatamente. Se alejó de Chieko para tomar los papeles que le tendió la mujer y revisar todo lo que ésta le indicaba para firmar. Chieko regresó su vista a la casa frente a ella con el depósito en donde su esposo soñaba abrir su propio restaurante y convertirlo en todo lo que alguna vez soñaron juntos.
Una brisa suave acariciando su rostro la hizo regresar a la realidad. La realidad que el letrero "Vendido" puesto en la puerta que correspondía al local frente a ella, la golpeó duramente. La casa que hace veintiséis años había comprado junto a su esposo fue vendida y con ella, se irían todos los recuerdos que esos años junto a Kiyoshi y Ochako le habían dado. Sus ojos se humedecieron pero nada salió de ella, aún tenía el recuerdo vivo de Kiyoshi frente a ella, mirando con fascinación la casa que habían comprado años atrás.
―Entonces… De ésta forma, cerramos el trato ―La voz de una mujer la hizo voltear a mirarla. Llevaba un traje en conjunto de saco y una falda de tonos oscuros, cabello recogido y una carpeta con los documentos de la casa―. Felicidades, Uraraka-san. Su casa ha sido vendida en tiempo récord gracias a su buena ubicación, los reducidos ambientes y la tienda en planta baja. La llevaré a la oficina en donde le proveeré del dinero que le corresponde de la venta.
Chieko observó a la mujer y un asentimiento vago salió de ella. Finalmente, fue hecho. La casa fue vendida. El recuerdo de Ochako llamándola egoísta golpeó su pecho y las ganas de llorar regresaron.
―¿Uraraka-san? ―La voz de la vendedora volvió a regresarla a la realidad. Chieko sonrió apenada para asentir.
―¿Podría pedirle una taza de café al llegar?
―Por supuesto ―respondió acompañándola al vehículo con el que se movilizaron.
Toga Himiko tenía once años cuando supo qué era sentir que su cuerpo dejó de pertenecerle. Tenía once años cuando las primeras cicatrices, imperceptibles en su cuerpo pero sensibles en su alma, fueron trazadas por su propio hermano. Sí, tenía once años cuando supo lo que significa sentirse tan pequeña, tan indefensa y tan fácil de tocar por otras personas.
Y creyó que había enterrado esas cicatrices en lo profundo de su mente con terapias y medicamentos que le ayudaban a dormir cuando las pesadillas se externalizaban en su día a día.
Aún podía recordar las palabras de la psicóloga que le repetía que no era su culpa, que estuvo mal lo que le hicieron y que debía dejar salir todo lo que sintió ese día. Para la desgracia de la profesional, las horas junto a Toga era tenerla frente a ella sin formular palabra alguna, la niña prefería solo mirar a la nada mientras jugaba con la punta del bolígrafo que se le fue entregado. Ella no parecía interesada en sacar nada de su interior pero a juzgar por el modo en el que apretaba el objeto entre sus manos, su punta acabó perforando su piel hasta que la sangre no tuvo de otra más que salir a borbotones.
Fue la última vez que visitó un psicólogo, ella decía estar bien, que no le importaba. Las noches fueron duras cuando entre la penumbra de su habitación avistaba un montículo de ropa y la idea de ver a Kai sentado en ella, la hacía temblar contra su voluntad. Los años pasaron y ella se encargó de erradicar ese miedo a su hermano en lo profundo de su ser.
Como ya lo había dicho, creyó haberlo logrado, pero entonces llegó a la estación de policía acompañada del sargento Iida Tenya y el oficial Sero Hanta, la hicieron recorrer el pasillo de la estación hasta una habitación en donde, ella supuso, era el sitio en donde se realizaban interrogatorios pero en lugar de hallar a algún delincuente o algún testigo en cuestión, halló a una niña de once años, cabello enmarañado y grisáceo, ojos grandes y vacíos, un vestido sucio y roto en partes de las mangas y la falda del mismo, llevaba un pie descalzo y el otro con una media sucia y con rastros de sangre seca en la parte de los deditos de la niña.
Cuando la puerta se abrió y Toga halló a una niña en pésimo estado frente a ella en compañía de una oficial y dos paramédicos, recordó un poco cómo era verse a sí misma a la edad de once años cuando su episodio traumático la había marcado.
―Toga-san, ella es la hija de su hermano, Chisaki Eri ―dijo Iida dejándola pasar a la sala―. Tiene once años y muestra signos de violencia física y desnutrición. Pudimos dar con su identificación por los registros del sistema pero no hay ningún aviso de una niña con sus características que se haya extraviado como para suponer que la están buscando.
Himiko vio en los ojos de Eri lo mismo que alguna vez encontró en su reflejo: miedo.
La niña tenía una expresión aterrorizada, sus ojeras y la hendidura de sus mejillas a consecuencia de su desnutrición y deshidratación dejaban en claro que había estado expuesta a una situación insufrible y de total desidia.
―Las plantas de sus pies están lastimadas, tiene heridas de cortes por la fricción, como si hubiese corrido por mucho tiempo ―explicó uno de los paramédicos.
―Necesitamos llevarla al hospital para examinarla completamente ―añadió la mujer que lo acompañaba―. ¿Es usted la responsable a cargo?
Toga no supo qué responder. Esa niña podrá ser la hija de Chisaki pero ella hace apenas unos diez minutos no sabía de su existencia. ¿Eso la convertía en alguien que tome responsabilidad sobre ella?
―Toga-san, necesitan su aprobación ―habló Sero mirándola con urgencia.
―Yo… ―Toga retrocedió un paso al sentir la mirada de la niña sobre ella. Eran tan fuerte las emociones que le trasmitían su desolación que dio otro paso en retroceso―. Sí… Llévenla, yo… Necesito hacer una llamada…
Iida trató de decirle algo más pero la empresaria ya se había marchado del lugar como si la permanencia en aquel lugar le arrebatara el aire. El sargento volvió su atención a la niña que seguía mirando todo con ojos atemorizados, todos eran rostros desconocidos para ella, se veía con claridad la presencia de violencia en su cuerpo y el estar ante personas que nunca antes los había visto, empeoraba la situación.
―Sargento ―habló la oficial que seguía junto a la niña en cuestión―, con el permiso de su actual responsable, escoltaré a la niña y a los paramédicos al hospital.
―Hazlo ―añadió el hombre para dejarlos marcharse. La imagen de Eri seguía siendo difícil de digerir para él y la ausencia de su tía sólo creaba más cuestionamientos en su interior.
―Al parecer Toga no está muy feliz de ver a su sobrina ―habló Sero una vez estuvieron solos. Iida se encogió de hombros, rendido ante sus palabras―. Actuó muy extraño, ¿no te parece?
―Demasiado para mi gusto ―respondió―, pero no podemos presionarla, está en shock por lo de su hermano y ahora la noticia de tener una sobrina cuya existencia desconocía. Es mucho por procesar.
―Supongo que sí ―comentó Sero―. Continuaré con el caso Chisaki.
―Gracias. Iré a ver cómo se encuentra Toga ―respondió Iida y ambos se separaron por caminos distintos.
Sero fue al despacho de evidencias continuando la recopilación de información obtenida del caso del incendio en el barrio Shibuya, mientras que Iida fue hacia el área de recepción preguntando por Toga Himiko, para su sorpresa, la mujer se encontraba fuera de la estación con el teléfono en la mano, parecía estar hablando con alguien, lucía muy alterada.
Llegó a ella una vez la vio apartando el móvil de su oreja. La mujer pegó un respingo al reconocerlo.
―Toga-san, son momentos difíciles y confusos, no lo niego pero debería ir al hospital en donde se encuentra su sobrina.
―¿La sobrina que hace quince minutos no conocía? ―Preguntó alterada. Iida se encogió de hombros y la mujer sólo dejó escapar un suspiro cansino―. Mi hermano… ―Los labios de la mujer fueron mordidos por sus dientes en un intento por tranquilizarse a sí misma―, mi hermano no es una persona honesta… Esa niña… ―Aspiró profundamente―. No me extraña que esa niña tenga tantos rastros de violencia si su padre es Chisaki Kai.
―¿Por qué está tan segura? ―Preguntó el oficial―. Creí que no eran muy allegados con Chisaki-san.
―No lo somos ―confirmó―. Me he encargado de mantener a raya mi relación con él porque… ―No podía exponer toda su vida al hombre que podía meterla presa si sabía que había sido ella quien mandó ocasionar el incendio en el departamento de Shibuya―. Porque había escuchado que es alguien violento. Su padre biológico, antes de morir, solía frecuentar a mi madre y hablaban de él, todo lo que podía esperar de Chisaki era algo negativo.
―¿Cree que lo sucedido con su hermano haya sido consecuencia a malos negocios que pudo haber tenido?
―No me extrañaría ―admitió―. Es mi hermano finalmente pero sé que mucho de lo que le ha pasado es porque él se lo buscó.
Una camioneta oscura detuvo su marcha frente a ambos y Toga se alejó del oficial, pero antes de subirse en la cabina trasera, volteó a mirar a Iida.
―Iré a ver a la niña pero no sé si yo sea la figura que esperan para ella. ―Subió al vehículo y éste no tardó en acelerar para marcharse, dejando al sargento de su unidad de pie en medio de la noche repasando esas palabras en su interior.
Ochako culminó su turno en la pastelería y juntando sus pertenencias, se despidió de sus compañeros para dejar el sitio, encaminando sus pies enfundados en cómodas botas altas hacia su departamento. El ambiente fresco la abrazaba y los rastros de nieve a su alrededor la hacían abrazarse a sí misma; desde pequeña adoraba la época de invierno por la nieve, aunque no era muy fan de los climas helados, la nieve siempre alegraban su vista.
Se recordaba a sí misma jugar en la plaza cercana a su casa con sus padres haciendo bolas de nieve y arrojarlos hacia ellos, tirarse al suelo a hacer figuras y regresar con la nariz enrojecida para tomar una sopa caliente antes de acostarse a dormir. La nieve, además, le recordaba sus dos fechas favoritas: Navidad y su propio cumpleaños.
Iba sonriendo para sí al observar todo a su alrededor, disfrutando el ambiente que la envolvía con las luces centellantes en las calles y los adornos navideños en las vitrinas de las tiendas cuando el recuerdo de que, aquel sería su primer cumpleaños sin su padre, la hizo detener sus pasos.
Apretó la correa de su cartera entre sus dedos y se mordió los labios en un intento por contener la tristeza que volvía a subir por ella. Estaba a mitad de la acera caminando hacia su hogar, entorpeciendo el paso de otras personas, no podía ponerse a llorar allí mismo aunque sentía que su cuerpo ya no aguantaba su propio peso.
Sintió un golpe contra su cuerpo, bajó la mirada a su vientre y vio a una pequeña niña sobándose la nariz ante el golpe recibido por el cuerpo de la mujer. Ochako se agachó hasta ella verificando que estuviese bien.
―¡Lo siento, ¿te has lastimado?! ―Preguntó Ochako. Los grandes ojos castaños de la niña se dirigieron a los suyos―. Me detuve de pronto, lo lamento.
―Estoy bien, tampoco me fijaba por donde iba ―Respondió la niña con una sonrisa aunque ésta desapareció al fijarse mejor en la mujer delante suyo―. ¿Por qué luces tan triste? ―Preguntó con inocencia la niña y las mejillas de Ochako se encendieron.
―¡Mahoro, no molestes a la señorita! ―Habló un hombre acercándose hacia ellas, tenía el mismo cabello rubio que la niña y una mirada apenada dirigida a Ochako―. Lo siento, mi hija salió corriendo al creer que vio a Santa.
―¡Pero te lo juro, papá! ―Dijo la niña―. Se iba con su bolsa de regalos.
Ochako observaba la escena padre e hija y una sonrisa triste se formó en sus labios. Se puso de pie y acarició la cabeza de la niña llamando su atención.
―Santa irá a tu casa, estoy segura ―dijo Ochako con una sonrisa―, pero para eso, no debes soltarte de tu papá. Recuerda que Santa sólo visita a los niños obedientes.
El padre sonrió a las palabras de la extraña y Mahoro comenzó a asentir con frenetismo, tomando la mano de su padre. Ochako rio y se despidió de ambos para continuar caminando hasta que la voz de la niña volvió a escucharse.
―¡Señorita! ―Habló Mohoro, Ochako volteó a verla con curiosidad―. ¡No esté triste o Santa no irá a su casa!
―¡Mahoro! ―Reprendió su padre pero Ochako sólo pudo asentir a las palabras de la niña para marcharse.
Volvió a mirar a sus espaldas antes de doblar en la esquina pudiendo observar a la niña tomar la mano de su padre para caminar en sentido contrario a donde ella se dirigía. Ver aquella escena sólo adoleció aún más su pecho.
Llegó hasta el departamento, saludó a la recepcionista del turno noche e ingresó al elevador para ir hasta su propio piso con el sabor amargo aún insistente en sus labios. Tomó la tarjeta de su departamento y haciendo contacto con la perilla de la puerta, ingresó a la casa. El aroma a comida la recibió y supo que Katsuki ya se encontraba en casa.
―Ya llegué ―dijo la mujer quitándose los zapatos en la entrada.
―Bienvenida ―escuchó la voz de Katsuki desde el comedor, ingresó a su morada y la imagen de su novio sentado junto a su madre, la hizo detenerse.
Uraraka Chieko le dedicó una pequeña sonrisa que Ochako no supo cómo corresponder; los recuerdos de su discusión con su madre regresaron a su mente y sólo pudo bajar la mirada para incursionar hacia ellos.
―Ochako, ¿cómo estás? ―Preguntó su madre con cariño.
Su hija dejó su bolsón sobre la mesa junto a su abrigo, percatándose de un sobre blanco entre las manos de su madre y las de Katsuki. La avellana mirada de Ochako fue a la de su madre con presura y Chieko pareció notarlo por el modo en el que se resguardó las manos bajo la mesa, como si fuese una niña avergonzada.
Ochako frunció su entrecejo.
―Lo hiciste ―dijo su hija.
―Ochako, déjame explicártelo…
―¡No quiero escucharte! ―Vociferó molesta―. ¿Cómo pudiste…? ―Un sollozo se hizo escuchar saliendo de ella y Katsuki negó para sí―. Papá no está y tú… Tú vendes nuestracasa…
―Ochako ―habló Katsuki molesto por el modo en el que estaba hablándole a su madre.
―¡No! ―Respondió dolida―. No te metas, esto no te concierne, Katsuki. ¿Por qué no me lo consultaste antes? ―Preguntó mirando a su madre―. También viví allí, también fue mi padre…
―Y fue mi esposo ―reiteró Chieko con firmeza. La mujer mayor se puso de pie, tomó su cartera y su abrigo―. Te lo dije ese día, Ochako; me será imposible mantener por mí sola la tienda, tú no vivirás allá así que tampoco puedo contar contigo, tienes un proyecto con Katsuki-kun y no pienso discutirlo más. Sólo vine a traerte la parte que te corresponde porque bien lo has dicho, también fue tu padre.
―No lo quiero ―respondió Ochako pero Chieko prefirió ignorarla.
La mujer dedicó una mirada a su yerno y éste sólo asintió a su mirada para verla marcharse. Ochako no volvió a mirar a su madre, dejó que se fuera sin despedirse y sólo cuando escuchó la puerta cerrarse, las manos de Ochako fueron a la superficie de la mesa para soportar su propio peso.
Katsuki negó para sí mismo, tomó el sobre que Chieko le había dado y se dirigió a su novia pero ésta volvió a negarse a recibir el sobre.
―Ambas han perdido a alguien importante, no puedes ser tan injusta con tu madre ―dijo el rubio pero Ochako se alejó de él para encerrarse en el baño.
Bakugo aspiró profundo, se puso de pie y fue hacia el baño tocando la puerta con un par de golpes de nudillos. No escuchó nada.
―Ochako, arregla las cosas con tu madre; no es momento para estar distanciadas ―Katsuki buscaba las palabras correctas para hablar con su novia, no se consideraba bueno para consolar a las personas pero sabía que necesitaba decir algo a Ochako y a juzgar por el silencio que obtuvo a cambio, supo que ya no tenía mucho por decir―. La cena está en el refrigerador.
Aguardó un momento esperando oír algo viniendo del interior del baño pero el sonido del grifo abriéndose fue la respuesta obtenida. Se encogió de hombros y se alejó de allí con intenciones de ingresar a la habitación que compartía con su novia.
Por su parte, Ochako escuchó las palabras de Katsuki pero aún no estaba lista para soltar el enojo que traía encima. Sabía que no era momento para alejar a su madre pero estaba dolida y molesta con ella por haber tomado una decisión como esa sin consultarle antes. Esa casa la vio crecer y era el recuerdo tangible del sueño que su padre tuvo. No, aún no estaba lista para dejar ir a su padre y mucho menos el dolor de su ausencia.
Mitsuki volvió a servir con agua el vaso de vidrio frente a Chieko y otra frente a sí misma, fijándose en el modo en el que la mirada de la madre de su nuera parecía entristecerse a medida que el líquido llenaba el vaso.
Chieko había vuelto de la casa de su hija y por lo poco que le había dicho su amiga, Ochako no quiso escucharla, volvió a discutir con ella pero al menos, le dejó el dinero que le correspondía por la venta de su casa.
Actualmente, Chieko tenía muchas cosas en qué pensar, además de perder a su esposo, había vendido su casa y quizá no lo hizo porque no pudiese mantenerla a flote como lo hacía cuando su esposo aún vivía, quizá simplemente ya no quería vivir allí… Sin él.
Los intensos ojos de Mitsuki observaron a la mujer frente a ella sentada en su mesa comedor del departamento. Ambas poseían sus departamentos en el mismo piso aunque en extremos opuestos, a pesar de eso, luego de su plática en el pasillo aquella ocasión que Chieko probó por primera vez un cigarrillo, Mitsuki solía invitarla a su departamento, principalmente después de que Ochako y ella tuvieron esa discusión que causó aún mayor malestar en su madre.
―Entonces… ―Dijo Mitsuki de pronto, Chieko levantó su mirada a la rubia―, básicamente estás como yo. Ya sabes, desempleada ―comentó y a juzgar por la mueca triste que Chieko formuló en sus labios, Mitsuki consideró que quizá era demasiado pronto para hacer comentarios similares y que el que tenía mayor delicadeza al hablar entre todos los Bakugo, era Masaru―. Lo siento, yo…
―Aún no estoy segura de lo que haré a partir de ahora ―dijo Chieko interrumpiendo a Mitsuki quien se sorprendió en oírla hablar―. Desde que la situación de… De Kiyoshi empeoró, la idea de vender la casa pasó por mi mente en más de una ocasión. ―Una sonrisa triste la hizo encogerse de hombros―. A veces creo que fui muy cruel en tener esos pensamientos en mi cabeza cuando mi esposo estaba luchando por su vida… Quizá Ochako tenía razón y soy una egoísta…
―Te pediré que te calles, Chieko ―soltó Mitsuki sin moderación alguna sorprendiendo a la castaña delante suyo―. Si algo he aprendido en éstos cinco años de viudez es que las decisiones tomadas por el bien de mi familia fueron algo que lo hice pensando en mi hijo y soporté su maltrato por cinco putos años; me costó tiempo digerir sus ofensas y aceptar que a pesar de que tenga casi treinta años, sigue siendo un chiquillo ruidoso. Tu hija está dolida pero no justifica el que te haya acusado de ese modo así que tente amor propio, querida. Nuestros hijos seguirán lloriqueando como niños, pero lo mejor que podemos hacer es seguir adelante por ellos y por nosotras mismas.
Los ojos de Chieko se humedecieron y no tardaron en derramar lágrimas de ellos. Mitsuki se mordió la lengua al percatarse que había hecho llorar a la mujer delante suyo, aunque cuando intentó corregirse o decir algo para consolarla, Uraraka se limpió deprisa sus ojos.
―Lo siento… No quise llorar es sólo que… He intentado ser fuerte desde que Kiyoshi murió; las palabras de Ochako me dolieron tanto pero no quise admitirlo, no hasta ahora que te he escuchado hablar… ―Otro sollozo salió de sus labios―. Pasamos tanto tiempo cuidando a nuestras familias, a nuestros hijos, que cuando estamos solas… No tenemos quien nos cuide a nosotras…
Mitsuki se puso de pie y recorrió la distancia que la mesa del comedor las separaba, rodeó con sus fijos brazos a Chieko y la abrazó con cariño. Cuando Masaru aún vivía solía hacer lo mismo cuando ella se quebraba, cuando ya no podía tolerar el maltrato de Shoen hacia sí o las peleas que tenía con su hijo; su esposo iba hacia ella y la abrazaba, acariciaba su espalda y le decía "no tienes que cargarlo todo tú sola. Somos un equipo, ¿recuerdas?". Cuántas veces deseó volver a tener a su equipo, a su Masaru que la abrazara como él sabía, para sobrellevar todo lo que vino después de su muerte.
―Mitsuki-san…
―No tienes que cargarlo todo tú sola ―respondió la rubia separándose un poco. Chieko sonrió a su gesto y tomó sus manos con cariño―. Nadie entenderá tu dolor, sólo alguien que pasó algo similar podría llegar a entenderlo pero finalmente, cada quien experimenta dolores particulares. Si quieres un consejo de alguien que ha vivido una guerra sin cuartel por cinco años con su único hijo… Ochako también está sufriendo, a ella también le duele la pérdida de su padre pero no dejes que el orgullo y el dolor las separe.
Chieko asintió a sus palabras y Mitsuki se alejó de ella para regresar a su asiento.
―Es irónico que te lo diga yo, después de todo, fue tu hija quien tuvo cierta influencia tanto en Katsuki como en la familia Bakugo para que las cosas mejoraran ―comentó―. Ochako es noble y siempre busca el bien para todos, tiene una fortaleza que logró conquistar el corazón de Katsuki ―una sonrisa afloró en su rostro―; Masaru solía decir que los Bakugo tienen una debilidad por las mujeres fuertes. Debo decir que Shoen cayó también en el encanto de Ochako, así que muchas cosas se lo debemos a ella. Pero ahora, es importante que no cometas los errores que cometí con mi hijo.
―Gracias, Mitsuki-san… Gracias por escucharme y… Gracias por tus palabras ―habló la castaña y la rubia asintió sencillamente―. Debo ser fuerte. Ochako y yo necesitamos hablar en forma.
―Háganlo. No pierdas años fingiendo que no te duele lo que tu hija te hace, háblalo y soluciónenlo ―respondió Mitsuki―. ¿Por qué mierda no estamos bebiendo alcohol?
Chieko miró con curiosidad a su amiga así que Mitsuki se puso de pie para ir a su refrigerador sacando una botella de vino a medio tomar.
―Creo que necesitaremos más ―dijo Mitsuki mirando la botella―. No podremos embriagarnos con sólo esto.
―¿Embriagarnos? ―Preguntó sorprendida―. Mitsuki-san, no creo que sea un buen momento…
―Es el mejor momento. Créeme, sentir que la vida te hace añicos es la mejor invitación a beber. ―Mitsuki caminó hacia la castaña y con una sonrisa dijo―. Vamos, compraremos más vino e iremos a desempacar tus pertenencias. Si estas ebria, no dolerá tanto.
―Pero…
―Has pasado un momento horrible con tu hija, te plantaste ante ella y has hecho todo lo que una madre haría. Ahora es tiempo de que dejes de preocuparte por los demás y arregles tu vida. ―El tono de voz en Mitsuki no daba pie a represalias y Chieko estaba cansada de sentir que todo debía caer sobre sus hombros. Sonrió y poniéndose de pie, siguió a Mitsuki fuera de su departamento para afrontar la realidad de una vez.
El alcohol fue bienvenido esa noche y con la ebriedad albergando su sistema, Chieko se sentía mucho más libre y con menos carga en sus hombros. Abrieron las cajas que contenían todo lo que albergó su anterior casa; Mitsuki tenía razón, hacerlo ebria ayudaba a no sentir tanto el dolor. Ambas se tambaleaban y reían como dos adolescentes mientras acomodaban sus cosas en el departamento.
Chieko se sentía un poco mejor después de hacer catarsis con su amiga y vecina, quizá porque Mitsuki tenía razón: sólo alguien pasó por algo similar puede comprender tu dolor, aunque cada quien, lo vive de distinta manera.
Estuvo un buen rato bajo la ducha, el agua golpeaba su espalda y aplacaba el llanto en su interior, se abrazaba a sí misma mientras repetía las palabras que su madre le había dicho, preguntándose en qué momento su familia se había roto tan rápidamente. Eran apenas tres personas y ahora sin su padre, sentía que su madre era otra persona.
Cerró el grifo del agua y se secó con la toalla cerca suyo. Observó su reflejo una vez estuvo delante del vidrio del baño, lo limpió con el dorso de su mano a consecuencia del vapor que empañó su cristal y halló el rostro triste del que le había hablado la niña de esa tarde. No estés triste o Santa no irá a tu casa.
Una sonrisa triste se formó en sus labios. Si pudiese pedirle algo a Santa sería traerle de regreso a su padre.
Pero ni Santa existía ni su deseo podría cumplirse y debía lidiar con ello.
Salió del baño, las luces estaban apagadas en toda la casa le avisaron que Katsuki ya debía de estar acostado. Iba a hacer lo mismo, iba a encaminar sus descalzos pies a su habitación pero entonces, reconoció el sobre que su madre había traído consigo depositado sobre la mesa comedor. Nuevamente la impotencia y la rabia la envolvió, se acercó al sobre con claras intenciones de ponerlo en su cartera para devolvérselo al día siguiente pero al leer al dorso del sobre una pequeña dedicatoria de su madre, sus movimientos se detuvieron.
"Chako bebé, lamento si mi decisión te haya causado dolor pero vivir sin tu padre me está costando más de lo que creía. No tienes que aceptar el dinero de la casa, hablé con Katsuki-kun para aportarlo en tu proyecto laboral, sólo no quiero que pienses que no amé a tu padre… Con amor, Mamá".
Las palabras que Katsuki le dirigió momentos atrás la volvieron a golpear.
Ambas han perdido a alguien importante, no puedes ser tan injusta con tu madre. La culpa la asaltaron, dejó el sobre de vuelta en la mesa y retrocedió unos pasos. Su pequeña familia se había reducido aún más y en parte era su culpa.
Las lágrimas brotaron de sus ojos y su peso acabó siendo soportado por sus manos apoyadas sobre la mesa cuando sus piernas parecieron haberle fallado. Katsuki tenía razón, estaba dejando que la rabia y el dolor la cegaran como lo hicieron con él hace cinco años atrás. Había sido tan dura con su madre sin ponerse a pensar que ella también sufría. Ella no podía dejarse llevar por la impotencia, necesitaba hablar con su madre y debía hacerlo cuanto antes.
Tomó su teléfono móvil y buscó el contacto de su madre para llamarla, buscando de esa manera, saber si había llegado a su departamento para ir junto a ella. Los pitidos se extendieron y su paciencia iba acortándose, la ansiedad crecía y Ochako sólo podía morderse el labio inferior en respuesta a aquel silencio por parte de su madre. Había sido una pésima hija, lo sabía.
Volvió a marcar el número de su madre y luego de tres pitidos, la línea fue contestada pero la voz que escuchó no pertenecía a la de Chieko.
―¿Mitsuki-san? ―Preguntó Ochako al reconocer la voz de su suegra―. ¿Mi madre está contigo?
―Ochako, ¿cómo estás? ―Preguntó la madre de su novio, podía escuchar el tono de voz un poco más cantarina, como si estuviese ebria―. Sí, vine a ayudarla a desempacar algunas cosas mientras ella descansa.
―Oh… ―Respondió Ochako mordiéndose los labios nuevamente―. ¿Se ha dormido ya?
―Eso creo ―respondió Mitsuki―. ¿Está todo bien? ¿Quieres que le deje un recado antes de marcharme a mi departamento?
―Yo… ―Un nudo en la garganta se formó en Ochako, sus dedos estrujaron la toalla que rodeaba su cuerpo desnudo y húmedo, bajó la mirada al suelo―. No es necesario, yo… La iré a visitar mañana.
―De acuerdo, buenas noches ―respondió Mitsuki.
La llamada terminó después de eso. Ochako se recostó contra la mesa del comedor observando la pantalla de su teléfono pensando en que en un arrebato de tristeza, alejó a su madre, la única familia que le quedaba. Volvió a dirigir su atención al sobre con el dinero que su madre le había dejado releyendo las palabras escritas en su dorso, su madre había pensado en ella y le había dejado un poco para su proyecto laboral junto a Katsuki; a pesar de todo, su madre seguía cuidado de ella aunque Ochako pareciera alejarse más y más.
Un sollozo se hizo escuchar saliendo de sus labios mientras se preguntaba cuándo dejaría de sentir que ya no era ella misma.
El vidrio que la separaba de la sala de Eri le enseñó su reflejo y comenzaba a tener miedo de su propia imagen. Toga Himiko era una mujer que enseñaba fortaleza (e incluso poca cordura en los ojos de muchos conservadores) pero también era temerosa de cómo la sombra que proyectaba era cada vez más oscura y más grande a medida que el tiempo pasaba. Veía su reflejo y la ausencia de brillo en sus ojos le enseñaba que poco quedaba de sí misma.
Mucho tiempo a lo largo de su vida, observaba su imagen reflejada en el espejo y decía que parte de ese brillo, tanto Kai como su propio padre se lo habían arrebatado; observándose en silencio frente al vidrio casi translúcido que la separaba de su sobrina sólo le dejó en claro que no sólo su hermano y su padre eran causantes de aquella ausencia de brillo en sus ojos.
Había recurrido cometer tal agresión contra su hermano porque llegó a un punto de quiebre del que ya no podía retornar; él la había hostigado por años, amenazado y acosado de tantas maneras que el asunto de la revelación de los negocios fraudulentos de Bakugo Shoen sólo fue la gota que derramó el vaso y ella tomó la decisión.
El sacar a Chisaki del tablero de juego era ya una idea que se metió en su cabeza desde hace tiempo y no fue sino llegada la cena del Otoño Gourmet que Kai la humilló frente a tantos clientes y colegas que las fuerzas por herirlo la asaltaron.
Y fue esa misma noche que el padre de Ochako tuvo un ataque a consecuencia de su enfermedad y tanto ella como el novio de ésta dejaron las instalaciones de la fiesta para seguir a la ambulancia que transportaba a Uraraka Kiyoshi. Los vio marchar con genuina preocupación en sus facciones pero aún tenía clavada la espina de la vergüenza que Kai había sembrado en su interior al abofetearla delante de todos los invitados a la fiesta.
Sintió una mano tocando su hombro cuando ésta se encontraba hablando con el jefe de cocina de su organización, volteó con curiosidad hacia el hombre de traje, mirada distante y cabello oscuro.
―Toga-san, ¿tendría un minuto? ―Habló el sujeto. Ella dudó un momento pero había algo en la presencia del hombre que le dejó en claro que no se arrepentiría en darle un minuto para escuchar lo que tenía por decir. Se alejaron de la congregación de personas para hablar con mayor tranquilidad, ella con un Martini en la mano y él sencillamente una tarjeta en su diestra―. He sido espectador del modo en el que su hermano la ha tratado.
Toga rodó los ojos sin disimular el desagrado de la conversación que planeaba entablar en sujeto que, para su sorpresa, no lo reconocía entre sus colegas ni clientes.
―Antes de que se haga una idea equivocada de mis intenciones, permítame comentarle que su hermano se encuentra en números rojos con mucha gente ―explicó el hombre de profunda voz―; eso me incluye. Pero sé que usted mejor que nadie tiene motivos para devolverle el favor a Chisaki Kai. ―Extendió hacia ella una tarjeta blanca sin nada escrito en él pero por el modo en el que el hombre movió el pedazo de papel, Toga fue consciente que lo escrito se encontraba grabado de tal forma que en la presencia de luz pueda ser leída―. Si quiere hacer un negocio con mi jefe, no dude en contactarme.
Una sonrisa cordial y el hombre se alejó de allí. Toga era consciente que sólo asistió a la fiesta del Otoño Gourmet para hablar sobre negocios con ella y fue aquel mismo negocio lo que terminó involucrándola con La liga, la organización que terminó poniendo en coma a su hermano.
Y la razón por la que ella observaba su reflejo cada vez más oscuro y no, no se debía porque creía que había hecho algo malo. Su reflejo estaba cada vez más manchado porque no sentía arrepentimiento alguno.
―Premio doble, ¿no? ―Toga dio un respingo violento al escuchar la voz de un hombre detrás suyo que, al voltearse, sólo pudo enseñar genuino horror al reconocer el rostro de uno de los causantes de que su hermano estuviese en coma: el sujeto de las quemaduras―. Tu hermano en coma y ahora puedes jugar a la mamá con su hija.
―¡Qué mierda haces aquí! ―Su horror no conocía límites, ella no podía ser vista con alguien como él―. No puedes estar aquí. Mierda, ¿qué pasa si te ven conmigo?
―Descuida, sólo vine a entregarte un recado.
―¿Qué mierda quieres? ―El hombre sonrió para acercarse a ella y dirigiéndose hacia su oído, susurró.
―El trato se acaba si abres la boca.
Una corriente de aire helado recorrió su interior subiendo desde la planta de sus pies hasta su nuca, muriendo en donde el aliento cálido del hombre reposó sobre su oreja derecha. No habría que ser demasiado inteligente para indagar sobre qué yacía implícito en su frase; Toga se limitó a tragar saliva.
Y para su suerte o desgracia, una enfermera encaminó sus pasos hacia donde ellos se encontraban pero no estaba sola. El sargento Iida Tenya venía con ella, ambos hablando sobre algo que para Toga quedaba en la completa ignorancia porque tenía la respiración agitada y las palpitaciones haciendo mella en su pecho. Escuchó cómo el hombre de las cicatrices esbozó una sonrisa y eso pareció conmocionarla aún más.
―Toga-san, la buscan ―informó la enfermera con una sonrisa cordial.
―Disculpe que la moleste de vuelta, Toga-san, yo… ―Iida detuvo sus palabras al percatarse que la mujer no se encontraba sola, sino que a sus espaldas descansaba la figura de un hombre cuyo aspecto lo hizo aguzar la mirada ya que en la piel del mismo se encontraba marcas de quemaduras muy notorias y sus hebras oscuras hacían contraste con el cían de sus ojos; por un momento, Iida detuvo su atención en el hombre estudiándolo porque había algo en él que lo inquietaba, saliendo de la superficialidad, sentía que la presencia del sujeto era… asfixiante―. Yo sólo vine a saber cómo se encontraba su sobrina. Veo que tiene compañía.
Toga estuvo un momento en un mutismo total sin saber muy bien cómo presentar al hombre que yacía junto a ella.
―De hecho, ya me iba ―habló el dueño de las quemaduras―. Buenas noches, Toga. Oficial. ―Y con una sonrisa fingida se despidió de ambos.
Toga contuvo el aliento el tiempo que le tomó al hombre dejar el pasillo y al parecer, no pasó desapercibido por Iida quien volteó a verla una vez escuchó el cómo ella se deshizo en un suspiro de alivio. Toga se mordió la lengua al tener la atención del oficial.
―¿Ha tenido noticias de su sobrina? ―Preguntó Tenya y Himiko sólo se encogió de hombros.
―Están terminando de hacerle algunos estudios. Ya curaron sus heridas, sólo espero porque me la entreguen para llevarla a casa ―respondió y Tenya asintió―. Gracias por su preocupación, oficial; si me disculpa, debo ir a ver cómo está Eri.
―Toga-san ―habló el uniformado antes de que ella lograra alejarse demasiado―, el sujeto que estaba con usted aquí… ¿Lo conoce? ¿Puede hablarme de él? ―El mismo escalofrío volvió a recorrerla mientras la voz del hombre se escuchaba nuevamente en su interior.
El trato se acaba si abres la boca.
