Este Fic es una adaptación de la novela "El beso del Arcángel" de Nalini Singh (y continuación de la novela "El Ángel caído")

el cual les comparto sin fines de lucro, sino para dar vida a mis personajes favoritos de Bleach pertenecientes al "Trol mayor" Tite Kubo.

Espero lo disfruten.

Dentro de esta adaptación se han realizado algunos cambios para que se ajusten a los personajes de Bleach.

Cursivas, comunicación / vinculo mental

Por cierto, ¡FELIZ CUMPLEAÑOS RUKIA!

Capítulo 36

—¡Agáchate! —gritó cuando las ballestas disparaban.

No había una, sino dos.

Uryu se acercó para protegerla, y ese fue su error. Recibió una flecha en

el ala, y el impacto lo dejó clavado a la pared mientras Rukia aterrizaba de

bruces sobre los adoquines del suelo, con los virotes silbando por encima de ella.

Levantó un poco la cabeza y vio que Uryu alzaba la mano para sacarse el

proy ectil del ala. Otra flecha clavó su hombro opuesto a la pared antes de que lo

consiguiera.

Rukia rodó hacia un lado (algo que le había resultado muy difícil aprender de

nuevo ahora que tenía alas) y logró llegar hasta la sombra de uno de los árboles

que estaban cerca de Uryu. Su primer impulso fue echar mano de la pistola,

pero recordó que las balas habían sido creadas para destrozar las alas de los

ángeles. No sabía qué efecto tenían sobre los vampiros, pero si funcionaban

como balas normales, había una pequeña posibilidad de que acertara en un punto

vulnerable y matara a los atacantes..., y los necesitaba con vida para poder

llegar al fondo de aquel asunto.

Así pues, cambió de opinión e hizo descender las dagas que llevaba en las

vainas de los brazos hasta sus palmas, ignorando el zumbido de las flechas que se

clavaban en el tronco que había a su espalda.

Se concentró.

Todo se quedó en silencio, como si el mundo se moviera a cámara lenta y el

resplandor del sol se hubiera convertido en una cegadora neblina. Una vez más,

oyó el gatillo de la ballesta y cómo colocaban el virote en su lugar. Pero el oído

nunca había sido el mejor de sus sentidos.

Bayas de saúco con azúcar.

Apuntó y arrojó la daga.

La vidriera se hizo añicos y llenó el suelo de mil fragmentos de color. La

segunda daga ya viajaba por los aires... y se clavó en el cuello del vampiro que

había tras la vidriera. Rukia vio el chorro de sangre que manaba de su garganta,

pero su atención ya estaba concentrada en el rastro del segundo tirador. No había

abandonado su posición: permanecía oculto tras una pared pequeña y sólida. A

salvo. Pero incapaz de disparar sin salió de su escondite y corrió

hacia Rukia. Le arrancó la flecha del ala mientras él se encargaba de la que tenía en

el hombro.

—¡Detrás de la par...! —Volvió la cabeza de pronto cuando la esencia de las

bayas de saúco empezó a moverse. Un instante después, esa esencia se sumó al

aroma de un intenso estallido de café amargo.

Elena soltó un juramento, dejó caer la flecha ensangrentada y corrió hacia

las escaleras que había en un lado de la plaza, frustrada por no haber aprendido

todavía a realizar un despegue vertical. Uryu remontó el vuelo tras ella, y la

corriente de aire que creó le golpeó la espalda cuando llegaba al pabellón de la

planta superior que los vampiros habían utilizado como escondrijo. La esencia del

café era intensa; la de las bay as estaba manchada de sangre.

Habían bajado por las escaleras del otro lado.

Rukia retrocedió, cogió carrerilla y echó a volar. La euforia estalló en su

interior, una sensación que la acompañaba en cada vuelo. Contuvo el impulso de

seguir las corrientes de aire y miró hacia abajo. Desde lo alto, la Ciudad

Prohibida parecía aún más grande que desde el suelo, una madriguera de patios

altos y bajos conectados por delicados puentes, y caminos que se bifurcaban en

diferentes direcciones para llegar a los diferentes edificios elegantes.

Uryu, cuyo hombro aún sangraba y tenía un ala herida aunque funcional,

se reunió con ella sobre el patio principal.

—Han desaparecido entre los cortesanos.

—Supongo que ha llegado el momento de ir de caza. Cúbreme. —Rukia

agudizó sus sentidos y decidió concentrarse en el que estaba herido. Sería más

lento, más fácil de atrapar.

Las esencias se entremezclaban como un millar de lazos de colores.

Violetas. Exuberantes. Dulces. Embriagadoras. Madera. Recién cortada.

Lluvia en un día de sol. Fresca. Reciente.

Sábanas enredadas y champán. Una esencia intensa. Femenina.

Bayas de saúco bañadas en sangre.

Con la emoción de la caza recorriéndole las venas, Rukia descendió hacia la

zona en la que había percibido el aroma de las bayas. Fue casi demasiado fácil.

Ataviado con un abrigo verde azulado y una bufanda de seda alrededor del

cuello, el vampiro estaba con un grupo de congéneres. La bufanda estaba

húmeda, empapada con su fluido vital.

Estaba a punto de señalárselo a Uryu cuando el vampiro se sacudió y cayó

al suelo. Su cuerpo empezó a retorcerse como si sufriera un ataque de epilepsia.

Los demás cortesanos empezaron a gritar y se dispersaron como las mariposas

que eran. Rukia aterrizó junto al cuerpo espasmódico del vampiro y lo colocó de

lado, consciente de la espuma sanguinolenta que le rodeaba la boca.

—¡Mantén su mandíbula abierta! —le gritó a Aodhan cuando este aterrizó—.Si se ahoga con su propia lengua...

El cuerpo se quedó inmóvil bajo sus manos.

Los vampiros podían sobrevivir a muchas cosas, pero Rukia sabía que aquel

estaba muerto. Era una herramienta que se había convertido en un estorbo.

—Qué puto desperdicio... —Era muy joven. Lo más seguro era que ni

siquiera llevara diez años como vampiro. A juzgar por su rostro, había sido

Convertido cerca de los treinta—. Vay a mierda de inmortalidad.

Los ojos de Uryu parecían de hielo cuando miró hacia lo alto.

—Rastrea al otro. Yo te seguiré.

—Necesitamos el cadáver.

Un breve gesto de asentimiento.

Rukia se puso en pie, pistola en mano, y alzó la cabeza hacia el viento. Las

esencias habían cambiado. Ahora estaban llenas de miedo y de un nauseabundo

matiz de excitación. La violencia como droga...; de algún modo, parecía un

inevitable efecto secundario de la inmortalidad. Tras descartar esa odiosa idea,

empezó a caminar por la plaza siguiendo el rastro del segundo tirador sobre el

suelo.

Se había alejado bastante. Había atravesado todo el patio y había bajado por

un pasadizo sinuoso lleno de grabados que conducía a una plaza soleada. Luego

había subido un tramo de escaleras, había cruzado tres puentes sinuosos y se

había adentrado en lo que a todas luces era una zona muy privada de la ciudad.

Allí no había farolillos en ningún árbol. No había mujeres hermosas que

coquetearan tras sus abanicos. No había música.

En lugar de eso, había un ángel sentado en un banco de mármol, bajo un

árbol de hoja perenne con el follaje verde. Y ese ángel tenía un vampiro a sus

pies. Rukia no lo vio venir. En un momento dado, el vampiro estaba arrodillado,

jadeante. Al siguiente, la cabeza del vampiro llegó rodando hasta sus pies,

después de ser decapitada con despiadada facilidad.

—Estúpido —murmuró Anoushka, que dejó la daga curva sobre el banco a su

lado y se colocó las vaporosas faldas blancas del vestido, como si no viera las

manchas de sangre que salpicaban el tejido y los diminutos espejos incrustados

entre los bordados—. Te ha guiado directamente hasta mí.

Rukia no podía ignorar la cabeza que le rozaba los pies, ya que los mechones

de cabello cubrían el cuero negro de sus botas. Los labios de Anoushka se

curvaron en una sonrisa al verla apartarse hacia un lado.

—No tendrás muchos hombres si los matas indiscriminadamente —dijo

Rukia. Se preguntó si podría disparar y acertar en el ala de Anoushka, dado que la

otra mujer estaba sentada.

Conclusión: incierta.

Huir tampoco era una opción. No a menos que quisiera acabar con una daga

enterrada en la espalda.—Si esperas al ángel herido —dijo Anoushka—, te informo de

que ha sido detenido. Por desgracia, lo detuvieron antes de que pudiera pedir refuerzos.

—El ángel femenino se puso en pie—. ¿Oyes algo?

Resultaba escalofriante lo mucho que podía pesar el silencio.

—¿Por qué yo?

—Ya lo sabes, pero intentas distraerme. ¿Debería complacerte? —Anoushka

mantuvo las alas pegadas a la espalda mientras recogía el arma, así que no se

convirtió en un objetivo fácil para Rukia. Meterle a un ángel una bala en el

cuerpo, aun cuando se tratara de una de las balas especiales de Kira, era como

atacarlo con un matamoscas. El único punto vulnerable eran las alas.

Elena se fijó en la daga. La reconoció como una de las que se utilizaban en

las clases de la Academia del Gremio. Se conocía como kukri, una hoja curva de

un solo filo. Perfecta si lo que se buscaba era una forma eficiente de separar la

cabeza del cuerpo.

Las siguientes palabras de Anoushka lo confirmaron.

—En realidad es muy práctica. Si me presento en la reunión que mantiene la

Cátedra en estos momentos con tu cabeza como trofeo causaré, como dicen los

humanos, un revuelo imposible de ignorar. Tenía pensado hacerlo en el baile,

pero tendré que adaptarme a las circunstancias. —Un suspiro—. Es una lástima

que tengamos tan poco tiempo. Lo cierto es que me habrías caído bien si las

cosas hubieran sido diferentes. —El kukri se convirtió en un borrón en su mano.

Y Rukia comprendió que la princesa sabía a la perfección cómo manejar esa hoja.

Sin titubear, apuntó la pistola hacia el ala de Anoushka y disparó en cuanto el

ángel se movió, en cuanto sus alas se extendieron un poco. Sin embargo, la hija

de Sei Fung, que se movía con la velocidad propia de los reptiles, replegó las alas

contra la espalda antes de que la bala la alcanzara. El proyectil acabó incrustado

en la pared opuesta en medio de una lluvia de y eso.

¡Joder!

Rukia disparó de nuevo, y tuvo la satisfacción de ver cómo sangraba la pierna

de Anoushka, pero la princesa hizo caso omiso de la herida y acercó la mano a lo

que Rukia había tomado por un cinturón.

No lo era.

El látigo se enredó alrededor de su muñeca con la rapidez de la lengua de una

serpiente y estuvo a punto de romperle los huesos. Rukia disparó mientras se

arrojaba al suelo, y consiguió distraer a Anoushka el tiempo suficiente para

liberar su mano. Sin embargo, la pistola se había quedado sin balas y, tal y como

le había advertido Noba en su día, no podía permitirse el lujo de pararse a

recargarla, no con una oponente que solo necesitaba un simple instante para

matarla.

Arrojó al suelo ese metal inservible, rodó para ponerse en pie y deslizó un

cuchillo hasta su palma.

—Bueno —dijo Anoushka, cuya ala izquierda mostraba una zona quemada

que la hacía sisear de dolor—. Parece que la insistencia de ese rufián de Ichigo

ha conseguido que sus Siete te enseñaran algo, después de todo.

—Soy una cazadora nata —replicó Rukia, que cambió de posición para

mantener a Anoushka desequilibrada mientras el ángel jugaba con la daga que

tenía en la mano.

La princesa empezó a moverse con su sinuosa elegancia.

Al recordar el pequeño truco de Ichimaru, Rukia fijó la vista en un punto

situado ligeramente a su izquierda. Anoushka se echó a reír.

—Vaya, qué lista eres... Es una lástima que fueras demasiado joven para

salvar a tu familia.

Rukia retrocedió como si le hubieran dado una patada y bajó la guardia

durante una fracción de segundo. Anoushka atacó y le clavó la daga en el brazo

antes de que pudiera esquivarla. Pasando por alto el dolor de la herida y el

causado por las palabras de la princesa, Rukia deslizó otro cuchillo hasta la mano

que tenía libre.

—¿A muerte, entonces?

—¿De verdad crees que podría ser de otro modo? —Anoushka realizó un

barrido con el kukri, un movimiento increíblemente rápido.

Rukia le arrojó ambos cuchillos y oyó cómo Anoushka detenía uno de ellos

con su daga mientras se movía para esquivar el otro. Y aun así, el ángel consiguió

hacerle un corte en el brazo que todavía estaba sano.

Esa zorra estaba jugando con ella.

Esa era, comprendió Rukia, la única debilidad de Anoushka. Esa y el ego que

la hacía creerse merecedora de Convertirse en arcángel.

—Dicen que tu sangre es veneno.

—Thomas bebió mi sangre antes de ir a por ti. —Una serie de movimientos

rápidos con la hoja hizo que Rukia se arrojara de bruces al suelo. Se alejó

rodando un segundo antes de que Anoushka le cortara un trozo de ala—.

Impresionante. —Una reverencia burlona, como si aquel fuera un

enfrentamiento de lo más civilizado.

Rukia sentía que la pérdida de sangre debida a los profundos cortes de sus

brazos empezaba a tener su efecto. No la inutilizaba. Todavía no. Pero pronto

retardaría sus movimientos.

—¿La muerte de Thomas fue debida a una reacción tardía al veneno?

—Creyó que lo honraba al permitirle beber la sangre de mis venas.

—Así que habría muerto sin importar lo que ocurriera, aunque no me hubiese

encontrado.

—Se estaba volviendo un poco posesivo, el pobre. —Un suspiro—. Los seres

masculinos son unos estúpidos. Incluso Ichigo: debería haberte matado la primera

vez que te vio. Ahora eres su debilidad.

Rukia atisbo un ligero cambio en la expresión de Anoushka en ese momento,

y supo que la muerte la estaba mirando a la cara. Lanzó una daga. El cuchillo fue

a parar al suelo cuando Anoushka lo esquivó, pero ese movimiento la situó justo

frente a la luz del sol, que la cegó por un pequeño instante. Los siguientes dos

cuchillos de Rukia dieron de lleno en las cuencas de sus ojos y lograron que

trastabillara.

Anoushka gritó y dejó caer el kukri. Rukia pasó por alto ese hecho, cogió la

espada corta que colgaba de su cinturón y, sin darse tiempo para pensar, clavó la

espada en el corazón del ángel, anclándola al suelo. La sangre empezó a manar a

través del corpiño blanco de Anoushka cuando Rukia despejó su mente y gritó:

¡Ichigo! Le importaba una puta mierda que alguien más pudiese oírla siempre

que él lo hiciera.

Siseando de furia, Anoushka se arrancó los cuchillos de los ojos y los arrojó al

suelo. Cuando empezó a levantarse (a pesar de la espada que la anclaba al suelo)

con las uñas convertidas en garras, Rukia recordó que Anoushka era hija de su

madre. Tras esquivarla por un pelo, retorció la hoja que seguía clavada en el

cuerpo de la princesa. El grito de Anoushka fue un leve gorgoteo de sangre, y

luego su cuerpo cay ó sobre los adoquines, donde sus dedos goteantes de veneno

se retorcieron sobre las piedras. Conteniendo las náuseas que la embargaban,

Rukia retorció la espada una vez más y convirtió el corazón de Anoushka en

carne picada.

Se regeneraría, pero por el momento la princesa se quedaría retorciéndose en

el suelo mientras sus ojos mutilados dibujaban regueros rojos en sus mejillas.

Los ojos de su madre, tan hermosos, tan parecidos a los suyos propios. Unos

ojos ciegos e hinchados en los que las venas dibujaban líneas rojas que resaltaban

sobre el blanco.

Rukia desechó ese recuerdo y luchó contra el abismo que amenazaba con

succionarla y dejarla indefensa.

« No soy lo bastante fuerte. Perdonadme, pequeñas mías.»

Rukia intentó no escuchar esas palabras susurradas. Esa noche estaba medio

dormida con Momo, que todavía era muy pequeña, acurrucada a su lado. A su

hermanita siempre le había dado miedo su nueva habitación en el Caserón. Pero

esa noche dormía tan tranquila, como si estuviera segura de que Elena la

mantendría a salvo. Solo Elena había oído a su madre entrar en la habitación.

Solo Rukia había intentado no entender sus palabras.

Rukia.

Se estremeció al percibir la esencia del viento, el aroma de la lluvia.

El alivio la volvió descuidada, así que su cuerpo estaba totalmente

desprotegido cuando Anoushka se incorporó con un grito, la desequilibró con una

patada y se abalanzó sobre ella con las uñas cazadora sintió un dolor

espantoso en el muslo. Cayó al suelo y, casi al mismo tiempo, oyó cómo el cuerpo de Anoushka

chocaba contra la pared de piedra con un estruendoso crujido. Ichigo tocó su muslo un instante

después, y fue entonces cuando Rukia se dio cuenta de que no sentía nada en esa pierna.

—Ichigo —murmuró, consumida por el pánico. El entumecimiento se extendía, trepaba

por su cuerpo. Empezó a sentir palpitaciones.

Las alas del arcángel ocultaron todo lo demás cuando él se inclinó hacia delante.

—No es más que un arañazo.

Rukia sabía que era mucho más que eso. Había notado cómo le arrancaban la

carne, pero comprendió el mensaje. Hizo un gesto afirmativo con la cabeza e

intentó calmarse. Cuando bajó la vista, vio que Ichigo había colocado las manos

a ambos lados de la herida. Desprendían un resplandor azul.

Se asustó mucho, pero comprendió de repente que no era fuego de ángel. No

le estaba haciendo daño. De hecho, ya notaba una leve calidez en esa zona.

Mientras lo observaba con los ojos abiertos de par en par, un líquido marrón

oscuro empezó a salir del corte y a caer sobre el suelo.

—Dios mío... —Fue un susurro casi inaudible. Esa cosa estaba deshaciendo la

piedra.

—Estás bien, Rukia. Solo ha sido la impresión.

No muestres ninguna debilidad.

Rukia permitió que la ayudara a ponerse en pie y colocó la suela de la bota

sobre la mancha decolorada del suelo. Cuando Ichigo plegó las alas, comprendió

dos cosas: la primera, que tanto las marcas de los arañazos como los cortes de los

brazos habían dejado de sangrar; y la segunda, que toda la Cátedra había

acompañado a su arcángel. Sei Fung se arrodilló junto al cuerpo de su hija y arrojó

la espada a un lado, salpicando de rojo las piedras del suelo. La piel oscura de la

arcángel contrastaba con la sangre roja de su hija, y sus ojos parecían de hielo

cuando se giró.

—Ella morirá.

Rukia sabía que Sei Fung no se refería a Anoushka.