2

Evasiva (n.): Mentira sutil, o verdad a medias, para eludir el castigo que marca la ley.

SAKURA

Madara era un claro ejemplo de lo que podía considerase un idiota absoluto; una buena muestra de lo que significaba esa palabra. Aunque daba igual lo enfadada que estuviera, no había sido capaz de dejar de pensar en él.

Llevábamos hablando seis meses y él nunca había mencionado que estuviera casado. Y la única que vez que le pregunté si alguna vez había hecho algo más que «Una cena. Una noche. Sin repeticiones», me respondió «Una vez», y cambió de tema con rapidez.

Había reproducido esa conversación mentalmente durante toda la noche, diciéndome a mí misma que debía aceptar que era un mentiroso y seguir adelante con mi vida.

—Damas y caballeros de La Monte Art Gallery... —dijo mi profesor de ballet por un micrófono, arrancándome de mis pensamientos—, ¿podrían prestarme atención un segundo, por favor?

Sacudí la cabeza y miré hacia el público que llenaba el auditorio. Se suponía que esta noche iba a ser uno de los mejores momentos de mi carrera como bailarina. Era una exhibición de los bailarines de la universidad de Duke. Los principales intérpretes de las producciones de primavera bailarían un par de minutos en honor a la academia universitaria, presentando el evento que tendría lugar dentro de unos meses.

—La próxima intérprete es la señorita Sakura Haruno. —Había una nota de orgullo en su voz—. Sobre ella recae el papel de Odette y Odile en la representación que ofrecerá Duke de El lago de los cisnes, y pueden creerme cuando les digo que es una de las bailarinas con más talento que haya visto nunca... —Hizo una pausa mientras los murmullos de la multitud se silenciaban—. Quiero que se acuerden de lo que les digo.

Uno de los fotógrafos de primera fila me hizo una foto, dejándome temporalmente ciega por el flash.

—Como saben la mayoría de ustedes —continuó—, he trabajado con los mejores bailarines del mundo, he pasado muchos años en Rusia, donde estudié con los más grandes, y después de una larga y productiva carrera en la Compañía de Ballet de Nueva York, me he retirado aquí para enseñar a aquellos que poseen un gran potencial.

Hubo un fuerte aplauso. Todo el mundo conocía a Paul Petrova, y aunque a muchos les extrañaba que quisiera dar clases en Durham, nadie se había atrevido a cuestionar su decisión.

—Espero que disfruten con esta muestra del programa que el Duke Ballet les ofrecerá en primavera —añadió mientras se acercaba lentamente al otro lado del escenario—. Ahora, la señorita Haruno ejecutará un dueto de la Serenata de Ballanchine con su pareja, Rock Lee.

La multitud aplaudió de nuevo y las luces se atenuaron por encima de ellos. Un suave foco cayó sobre Lee y sobre mí mientras los violinistas comenzaban a tocar.

Unas notas cortas y suaves llenaron la estancia y me puse en puntas, tratando de bailar con la delicadeza que exigía la música. Sin embargo, a cada paso que daba solo podía pensar en Madara besándome, follándome y, finalmente, mintiéndome.

«Nunca te he mentido, Sakura. Por alguna extraña razón, confío en ti...».

Empujé a Lee cuando me tendió las manos y giré por el escenario hasta que empezó a seguirme. Encerró mi cara entre sus manos como si estuviera pidiéndome que me quedara, pero luego se alejó de nuevo, lanzándome a una miríada de pirouettes sin pausas.

Me sentía enfadada, dolida, y no contuve ninguna de mis emociones mientras demostraba lo bien que podía bailar en pointe.

En el momento en que los violinistas tocaron la última nota, el público soltó un jadeo colectivo y aplaudió más fuerte que en el resto de la noche.

—¡Guau...! —susurró Lee mientras hacía una reverencia a mi lado—. No creo que ahora se le ocurra a nadie dar crédito a esos rumores maliciosos sobre cómo conseguiste el papel para El lago de los cisnes.

—¿Está habiendo rumores sobre mí? —Arqueé una ceja, pero ya conocía la respuesta. Que una estudiante novata hubiera conseguido el papel protagonista en vez de otra con más experiencia era algo inaudito.

—¡Bravo, señorita Haruno! —El señor Petrova se acercó a mí—. Va a bordar el papel en primavera, ¡estoy seguro!

Otra ronda de aplausos inundó el edificio y apartó el micrófono de su boca.

—¿Dónde están sus padres? —me preguntó—. Me gustaría que aparecieran en alguna foto.

—Se encuentran fuera de la ciudad —mentí. No había perdido el tiempo invitándolos a asistir.

—Bueno, qué mal —se quejó—. Pero estoy seguro de que se sentirán orgullosos de usted. Puede bajar del escenario.

—Gracias. —Me dirigí al camerino y me puse un vestido corto de seda blanca y una diadema de plumas de color gris. Sonreí mientras me miraba en el espejo. No quería que nadie se diera cuenta de que por dentro era un desastre emocional.

Saqué el móvil y vi que tenía un mensaje de USU en el buzón de voz. Sabía que era por haber faltado a las prácticas por cuarto día consecutivo, por lo que lo borré sin escucharlo. De repente, se me ocurrió buscar en Google «Madara Uchiha» por enésima vez esa semana, con la renovada esperanza de que esta vez apareciera algo diferente.

Una vez más, no encontré nada.

Con excepción de la foto perfecta de la página web de USU, y de las frases rimbombantes de su biografía, no había ninguna información más sobre él.

Incluso había hecho una búsqueda con «Madara Uchiha Nueva York abogado» con los mismos paupérrimos resultados. Era como si no hubiera existido antes de formar parte de USU.

—Una gran actuación, Sakura... —Tayuya, una de las bailarinas profesionales de Duke, entró de repente en el camerino—. Es realmente un honor ver cómo alguien tan joven y poco entrenado obtiene un crédito tan inmerecido.

Puse los ojos en blanco mientras cerraba la cremallera de la bolsa.

—Dime una cosa —continuó—: ¿de verdad piensas que vas a mantener el mismo rendimiento hasta primavera?

—¿De verdad piensas que me voy a quedar aquí para continuar esta conversación tan idiota?

—Deberías. —Sonrió—. Porque aquí, entre tú y yo, hace cuatro años hubo una bailarina que fue elegida para el papel principal de La Bella Durmiente, y también tenía dos licenciaturas. Poseía bastante talento, si soy sincera, pero no pudo soportar la presión ni dedicar las horas necesarias para adquirir la destreza que tienen los bailarines profesionales.

—¿Y esa historia es interesante porque...?

—Porque fui yo la que ocupé su lugar cuando todavía era estudiante. —Sonrió de nuevo—. Ahora soy una profesional y alguien me ha robado un papel que me pertenece. Por lo tanto, igual que entonces, haré todo lo posible para asegurarme que consigo lo que me corresponde legítimamente.

Negué con la cabeza y pasé junto a ella, ignorándola cuando susurró «Zorra estúpida» por lo bajo. Se suponía que debería regresar al auditorio y presenciar la actuación de los demás intérpretes, pero necesitaba un descanso.

Me escapé por las puertas automáticas que había al otro lado del vestíbulo y entré en el restaurante del edificio. Esta zona era mucho más tranquila, y las personas que ocupaban las mesas parecían estar concentradas en sus conversaciones, no pendientes de la representación de ballet.

—¿Señorita? —Un camarero de esmoquin se detuvo delante de mí con una bandeja—. ¿Una copa de champán?

—Que sean dos, por favor.

Él arqueó una ceja, pero me dio las dos copas que le pedía. Ignorando cualquier gesto de elegancia, vacié la primera echando la cabeza hacia atrás, sin dejar que se desperdiciara ni una sola gota.

—¿Dónde está el bar? —pregunté.

—¿El bar? Creo que los patrocinadores de la galería de arte no permiten...

—Por favor, no quiero tener que volver a preguntarlo.

Señaló el otro lado de la estancia, donde había sentados algunos fumadores, y me dirigí hacia allí.

—¿Qué puedo hacer por usted, señorita? —El camarero sonrió mientras me acercaba—. ¿Le gustaría probar las especialidades de la casa?

—¿Alguna de ellas puede conseguir que me olvide de que me he acostado con un hombre casado?

La sonrisa que había en su rostro se desvaneció. Puso tres vasitos de chupito delante de mí y los llenó con algo que esperaba que fuera el licor más fuerte del mundo.

Puse la tarjeta de crédito encima del mostrador y me bebí el primero en solo unos segundos, cerrando los ojos cuando la sensación de ardor bajó por mi garganta. Sostuve el siguiente contra mis labios, pero, de repente, oí una risa familiar.

Era grave y ronca, y la había oído un millón de veces antes. Me di la vuelta y vi a Madara sentado en una mesa con una mujer que, sin duda, no era su esposa. Aunque no quisiera admitirlo, era muy guapa. Cabello castaño con reflejos rubios, profundos ojos grises y pechos turgentes que parecían demasiado perfectos para ser naturales.

Ella le pasaba la mano por el hombro y se reía cada diez segundos.

Madara parecía insensible a sus afectos, pero como parecía dar luz verde a las caricias, tuve una clara imagen de cómo iban a terminar la noche.

Intenté darle la espalda para no verlo interactuar con otra persona. No podía afectarme, aunque parecía no poder evitarlo.

Cuando volví a mirarlos, la joven se había inclinado sobre la mesa, exponiendo su profundo escote mientras le susurraba algo que no pude descifrar. Cuando la vi humedecerse los labios y acariciarle la barbilla con los dedos, supe que no lo soportaba más.

Asunto: ¿¡En serio!?
¿Cómo es posible que tengas una cita con alguien que no es tu esposa? Ya es malo que seas un mujeriego mentiroso e infiel, pero ¿también eres adicto al sexo?
Sakura.

Su respuesta llegó en cuestión de segundos.

Asunto: re: ¿¡En serio!?
Sí, estoy teniendo una cita con alguien que no me va a dejar quemaduras de tercer grado en la polla. Y no soy adicto al sexo, sino a los coños. Es muy diferente.
Madara.

Asunto: re: re: ¿¡En serio!?
Eres un capullo repugnante y asqueroso. Sinceramente, me arrepiento de haberme acostado contigo.
Sakura.

No hubo respuesta.

Lo observé mientras miraba el teléfono con una ceja arqueada. Luego se dio la vuelta en la silla y escudriñó lentamente la estancia hasta que me encontró.

Abrió más los ojos en el momento en que su mirada se encontró con la mía, y separó los labios muy despacio. Cuando me recorrió de arriba abajo con la vista, sentí como si estuviera desnudándome.

De pronto, no hubo nadie más en el local, solo nosotros dos, y me di cuenta de que quería que fuera con él aquí mismo, en ese mismo instante. Noté que mi cuerpo respondía a sus miradas, que mis pezones se endurecían cuando se pasó la lengua por los labios.

Tragué saliva mientras lo miraba, dándome cuenta de que era su pelo el que me había imaginado en sueños durante toda la semana. La noche anterior me había masturbado durante horas recordando sus rasgos, con su voz como inspiración, y verlo en persona solo hacía que tuviera más ganas de sentirlo en mi interior otra vez.

Me incliné hacia delante, impulsada por las ganas de acercarme a él, pero al hacerlo se rompió el ensueño que nos envolvía y me di cuenta de que no estábamos solos.

Al contrario.

La mano con una manicura perfecta de su ligue le sujetó por la barbilla y le volvió la cabeza.

Yo hice lo mismo y pedí dos chupitos más. Me había tomado los dos cuando volví a mirar por encima del hombro. Madara estaba mirándome con un imparable deseo brillando en sus ojos.

Forcé una sonrisa y separé los labios muy despacio para pronunciar claramente «Jó-de-te» antes de salir. Cuando pasaba junto al camarero, cogí un puñado de caramelitos de menta de su bandeja y me dirigí de nuevo hacia el auditorio.

Estaba a medio camino cuando mi teléfono empezó a vibrar. Era un correo electrónico.

Asunto: Reúnete conmigo en el cuarto de baño.
¡AHORA MISMO!
Madara.

Apagué el teléfono y seguí mi camino hacia la puerta del auditorio casi corriendo. Estaba a punto de llegar a mi destino cuando alguien me agarró del brazo y me arrastró al otro lado del vestíbulo.

Madara.

Traté de zafarme de él, pero se limitó a sujetarme con más fuerza al tiempo que me miraba intensamente como diciéndome «No me jodas» mientras la gente murmuraba a nuestro alrededor.

Me llevó hasta un cuarto de baño y cerró la puerta con cerrojo antes de mirarme con los ojos entrecerrados.

—¿Así que piensas que soy un capullo repugnante y asqueroso?

—Exactamente. —Di un paso atrás—. He perdido el poco respeto que te tenía. Como me intentes poner las manos encima, empezaré a gritar.

—No me cabe duda de ello. —Una sonrisa cruzó por sus labios de forma efímera—. Llevas cuatro días sin presentarte a trabajar, ¿acaso piensas que como hemos follado no pienso despedirte?

—¡Me importa una mierda si me despides o no! ¿Es que ni siquiera te has preguntado por qué no me he presentado a trabajar?

—¿Porque eres una incompetente?

—¡Estás casado! ¡Casado! ¿Cómo has podido...? —Negué con la cabeza mientras él hacía desaparecer la distancia entre nosotros—. ¿Cómo puedes haberte olvidado de contarme esa parte?

—No me he olvidado, Sakura —afirmó—. Y, para que conste, técnicamente no estoy casado.

—No soy estúpida, Madara.

—Estás consiguiendo que sea muy difícil hablar contigo en este momento... —Sus labios rozaron los míos.

—Eso es porque lo que dices no tiene sentido. —Me liberé de sus manos, pero cuando me acerqué a la puerta, él me agarró desde atrás y me empujó contra la pared.

—Se trata de un divorcio contencioso —siseó entre dientes—. Y si fueras una abogada de verdad, estoy seguro de que no tendría que explicarte qué significa ese término. Sin embargo, dado que no lo eres...

—Eso significa que sigues legalmente casado. Significa que si mueres antes de que se firmen los papeles, tu esposa, que es lo que ella es, todavía tendría derecho sobre todo lo que posees. Significa que eres un mentiroso. ¡Un mentiroso de mierda! Que, al parecer, está al margen de sus estúpidas e ineficaces reglas.

—Yo ya firmé. —Apretó los dientes—. Es ella la que se niega a firmar. Es un asunto muy complicado que no pienso discutir contigo, pero llevamos separados y sin tener ningún tipo de contacto más de seis años. ¡Seis putos años!

Me encogí de hombros mientras trataba de poner cara de póquer, ignorando el hecho de que mi corazón se había acelerado de una forma errática cuando él se puso a secarme las lágrimas con el pulgar.

—Jamás te he mentido, Sakura —aseguró en tono severo—. Me has preguntado si te había mentido alguna vez, y la respuesta sigue siendo la misma. No hablo sobre de nada relativo a mi vida antes de establecerme en Durham, pero sí, estuve casado y mi exesposa se ha presentado en el bufete por su cuenta. No la he llamado y nunca lo haré, no he tenido contacto con ella desde que me fui de Nueva York. Nuestro divorcio es un asunto muy complicado y prefiero no pensar en él.

—No me importa —dije—. Sigues estando equivocado. No me la has mencionado en seis meses. ¡Seis putos meses!

—¿En qué momento se supone que debía hablarte de ella? —Se había puesto muy rojo—. ¿Cuando teníamos sexo telefónico? ¿Cuando te suplicaba que nos conociéramos en persona? ¿O quizá cuando, sin saberlo, estaba ayudándote a hacer la tarea?

—¿Qué tal antes de follar conmigo? —Odiaba que estar tan cerca de él hiciera aflorar todas mis emociones. No hubiera podido fingir indiferencia ni aunque quisiera—. ¿Qué tal entonces?

Él apretó los dientes, pero no dijo nada.

—Eso me parecía a mí —añadí, sabiendo que había ganado esa ronda—. Ahora estoy segura de que has reservado una habitación al otro lado de la calle para revolcarte con esa tetona con la que has quedado.

—No hay nada entre mi futura exesposa y yo —repitió con dureza—. Nada. Y sí, tengo reservada una habitación al otro lado de la calle. La misma que he reservado durante las últimas cuatro noches, a donde pensaba ir con cuatro mujeres diferentes, aunque he sido incapaz de tirarme a ninguna de ellas porque parece que no puedo dejar de pensar en mi incompetente pasante y en follar con ella.

Silencio.

—Er... —Moví la cabeza—. ¿De verdad piensas que es excitante decir esas cosas?

—Sí... —Metió los dedos por debajo de mi vestido y me rozó la entrepierna empapada de las bragas con el pulgar—. Y al parecer, tú también lo piensas.

—Que esté mojada solo significa que no soy capaz de controlar la reacción que tiene mi cuerpo ante ti, no que quiera mantener relaciones sexuales contigo. Te odio.

—Estoy seguro de que no es cierto. —Me deslizó la mano alrededor de la cintura y me atrajo contra su cuerpo, haciendo que mi respiración se hiciera más lenta.

—Quítame las manos de encima...

—Dilo de una forma más convincente, y lo haré. —Esperó arqueando una ceja, pero no me atreví a decir las palabras. Estuvimos varios minutos mirándonos el uno al otro, dejando que una visceral y palpable tensión creciera entre nosotros.

—Creo que deberías volver con tu ligue —dije con un susurro, rompiendo el silencio—. Ya has dicho todo lo que tenías que decir, así que... ¿qué más puedes querer de mí?

—¿En este momento? —Pasó el dedo por mi clavícula.

—En general. —Volví la cabeza antes de que pudiera besarme en la mejilla—. No pienso volver a acostarme contigo, y a finales de semana presentaré mi dimisión. Creo que debemos poner fin a nuestra mal llamada amistad.

—¿Lo dices de verdad? —susurró.

—Sí, lo digo de verdad. —Ignoré las sensaciones que me provocaba al apretarme el culo con la mano—. Prefiero tener amistad con alguien que esté interesado en algo más que en mi coño.

—También me interesa tu boca.

No tenía respuesta para eso, y debió de intuirlo, porque me ciñó la cintura con más fuerza.

—Sé que es difícil que digas la verdad —me provocó con suavidad—, así que necesito que respondas con total sinceridad a las próximas preguntas. ¿Serás capaz de hacerlo?

Asentí con la cabeza, jadeante, y él se inclinó sobre mis labios.

—¿No te gusta follar conmigo?

—Ese no es el problema.

—Esa no es la respuesta. Responde.

Ignoré los acelerados latidos de mi corazón.

—Me gusta...

—¿De verdad quieres renunciar a eso? —Me besó.

—No... Es solo que... —Aspiré una bocanada de aire al sentir que ahuecaba la mano sobre mi seno derecho y lo apretaba... Con fuerza.

—¿Es solo que...?

—Quiero que me asignen a otro abogado. No quiero verte más de lo imprescindible.

Me miró a los ojos durante un buen rato, y me soltó sin añadir una palabra.

—¿Es eso lo que sientes de verdad?

—En vista de que soy la única de los dos que siente algo, sí. Eso es lo que siento por ti.

Parpadeó. Entonces, de repente, me cogió de nuevo entre sus brazos y aplastó los labios contra los míos.

—¿Por qué eres tan mentirosa, Sakura? —masculló. Me empujó contra el lavabo mientras me mordía el labio inferior y me quitaba la diadema de plumas del pelo.

Sin apartar los labios de los míos, me subió el vestido por encima de la cintura y me rompió las bragas de un tirón.

—Madara... —Traté de recuperar el aliento cuando me alzó y me sentó en el lavabo—. Madara, espera...

—¿Por qué? —Me agarró la mano para ponerla sobre su cinturón, indicándome que se lo desabrochara.

No le respondí. Deslicé los dedos entre los broches metálicos y le abrí el pantalón mientras apretaba la boca contra mi cuello.

—¿No has echado de menos follar conmigo? —preguntó bajito antes de arrastrar la lengua por mi piel.

—Solo lo hemos hecho dos veces. —Respiré hondo cuando sentí sus manos en los muslos—. No es suficiente para echar nada de menos...

Me mordió con dureza antes de echarse atrás y mirarme.

Contuve la respiración al sentir que deslizaba dos dedos dentro de mi sexo y empezaba a jugar, metiéndolos y sacándolos.

—Pues a mí sí me parece que lo has echado de menos... —Los introdujo tan profundamente como pudo, haciéndome gemir.

Arqueé la espalda cuando me acarició el clítoris con el pulgar. De repente, retiró los dedos de mi interior y se los llevó a los labios para lamerlos lentamente.

—Y tu sabor me dice también que has echado mucho de menos follar conmigo. —Apretó otro dedo contra mi clítoris palpitante y húmedo y luego lo llevó hasta mis labios—. Abre la boca.

Separé los labios despacio y él entrecerró los ojos mientras deslizaba el dedo contra mi lengua. Sentí el roce de su polla en el muslo cuando utilizó la otra mano para subirme la pierna alrededor de su cintura.

—Dime que no quieres follar conmigo —dijo—. Dime que no quieres que te meta la polla tan adentro como pueda en este momento.

Me sujetó la cara y apretó la boca contra la mía, sosteniendo mi labio inferior con los dientes y mordiéndolo con suavidad.

Estaba deslizándome por el borde de la encimera, a punto de caerme, pero él me empujó contra el espejo.

Mantuve los ojos clavados en él mientras abría un condón y se lo ponía, mirándome con la misma expresión irritada que había mostrado durante toda la noche.

Luego me agarró los tobillos y tiró de mí hacia delante al tiempo que hundía su polla en mí. Le rodeé la cintura con las piernas.

Le arañé el cuello mientras se clavaba en mi interior una y otra vez.

—Yo sí he echado de menos follar contigo —confesó con la voz áspera, enredando los dedos en mi pelo y tirando de mi cabeza hacia atrás—. ¿De verdad no has pensado nada en mí?

—¡Ahhh! —grité cuando aceleró las embestidas. Lo apreté entre mis piernas con más fuerza, haciendo todo lo posible para no rendirme por completo.

Cerré los ojos y lo oí gemir mi nombre.

—Joder, Sakura... Joder... Pon las manos en la encimera —me ordenó. Aunque no le hice caso y las apreté alrededor de su cuello—. Sakura... —me mordió el cuello de nuevo, follándome con más intensidad que nunca—. Pon las manos en la encimera. Ahora mismo.

Fue él quien me las soltó lentamente y las bajó para que me sujetara al borde frío del lavabo. Lo siguiente que sentí fue su lengua alrededor de los pezones, chupándome los pechos con frenesí.

Me aferré a la porcelana con más fuerza cuando sus labios se volvieron más voraces, más posesivos, y mientras me seguía penetrando más rápido cada vez, me sentí a punto de perder el control.

—Madara... —gemí—. Madara...

Me soltó el pezón y deslizó las manos por debajo de mis muslos, alzándome contra su torso antes de apoyar mi espalda en la pared.

—Sé que te gusta cómo te follo, Sakura... —Me miró a los ojos al tiempo que hundía la polla más profundamente en mi sexo—. Y también sé que te has masturbado todas las noches de esta semana deseando que fuera yo quien estuviera en tu interior en vez de tus dedos.

El clítoris me palpitaba con cada palabra, y nunca había estado tan mojada en mi vida.

—Dime que es verdad... —Apretó los labios contra los míos y deslizó la lengua en mi boca, ahogando mis gemidos con un beso tan implacable como voraz—. Dime por fin algo que sea cierto...

Notaba escalofríos subiendo y bajando por mi columna vertebral; faltaban apenas unos segundos para que me corriera, pero no me soltaba la boca.

Él seguía mirándome mientras me besaba, rogándome que le dijera la verdad.

Asentí con la cabeza, esperando que pudiera leer en mis ojos lo que quería saber, que viera que tenía que soltarme, que necesitaba respirar.

Se hundió en mi interior una vez más, impactando contra el punto más sensible, y me las arreglé para apartar mi boca de la suya.

—¡Síiiii! —Dejé caer la cabeza en su hombro mientras intentaba coger aire.

—Sakura... —Me sostuvo por la cintura hasta que dejó de estremecerse.

Los dos apoyamos los pies en el suelo, y poco después oímos unos golpes en la puerta.

—¿Hay alguien ahí dentro? —Ambos permanecimos callados, sin aliento.

Unos minutos después, cuando recuperó el resuello, se retiró de mi interior mirándome a los ojos. Lanzó el condón al cubo de la basura que había detrás de él y se subió los pantalones.

Vi cómo se arreglaba frente al espejo, alisándose la ropa tan bien que nadie podría adivinar nunca que acababa de follarme de aquella forma tan salvaje.

Me bajé del lavabo y miré mi propio rostro; tenía el pelo desordenado, el rimel corrido y las mejillas rojas. Me subí los tirantes del sujetador, pero antes de que pudiera colocarme los del vestido, Madara me apartó la mano y lo hizo él mismo.

Nuestros ojos se encontraron en el espejo mientras me peinaba con los dedos y, al instante, se dio la vuelta para recoger mi diadema. Me la puso con suavidad sobre la cabeza y luego se alejó.

—¿Sabes? Es de mala educación no decir nada después de follar —murmuré.

—¿Qué? —Detuvo la mano en el pomo de la puerta.

—Nada.

—¿Qué has dicho? —Ladeó la cabeza mientras me miraba—. No sé leer la mente.

—He dicho que es de mala educación no hablar después de follar. Al menos, podrías decir algo, lo que sea.

—No mantengo conversaciones de alcoba.

—No es una conversación de alcoba —me burlé—. Es lo que haría un caballero.

—Jamás he dicho que fuera un caballero.

Suspiré, dándome la vuelta. Esperé que cerrara la puerta, pero, de repente, sentí sus manos en la cintura, obligándome a darme la vuelta hacia él.

—¿Qué quieres que te diga después de follar, Sakura?

—Podrías preguntarme si me ha gustado o no...

—No me gusta hacer preguntas sin sentido. —Miró el reloj—. ¿Cuánto tiempo tienes que quedarte?

—Una hora más o menos.

—Mmm... —Guardó silencio—.Y mientras me espiabas cuando estaba con mi ligue, ¿cuánto has bebido?

—No te estaba espiando. Llevo toda la semana intentando evitarte, ¿es que no te has dado cuenta?

—¿Cuánto?

—Cinco chupitos.

—Vale. —Me colocó un mechón de pelo detrás de la oreja—. Cuando estés lista, te llevaré a casa. Ya me ocupo yo de que te lleven el coche mañana al apartamento. —Me besó en la frente antes de acercarse a la puerta—. Llámame cuando estés lista.

—Espera... —le pedí mientras la abría—. ¿Y tu ligue?

—¿Y mi ligue qué? .

.

.

.

Una hora después, me metía en el interior del coche de Madara, un elegante Jaguar negro. Mantuvo la puerta abierta hasta que terminé de acomodarme, y esperó hasta que me puse el cinturón de seguridad para cerrarla.

En el centro del salpicadero, había una carpeta roja con el sello del estado de Nueva York. La cogí, pero me la quitó de las manos y la guardó bajo llave en la guantera.

Pareció irritado de que la hubiera tocado, pero se apartó de mí con rapidez y puso el coche en marcha.

—Madara, ¿puedo hacerte una pregunta?

—Depende de qué pregunta sea.

—Esta semana busqué tu nombre en Google y no apareció nada.

—Eso no es una pregunta.

—¿Por qué no ha aparecido nada? —Lo miré.

—Porque tengo treinta y dos años y no pierdo el tiempo ni en Facebook ni en Twitter.

Suspiré.

—¿De verdad llevas seis años sin hablar con ella?

—¿Perdón? —Me miró cuando se detuvo en un semáforo en rojo—. Pensaba que lo habíamos solucionado ya en el cuarto de baño.

—Y lo hemos hecho, pero... —Me aclaré la garganta—. Presentaste una demanda de divorcio, pero ¿no se pudo resolver?

—Son necesarias dos personas para concluir un divorcio, Sakura. Estoy seguro de que lo sabes.

—Sí, aunque... —Ignoré que estuviera apretando los dientes—. ¿No sería más fácil que forzaras que se concluyera? Seis años es mucho tiempo para seguir casado con alguien a quien afirmas no amar, demasiado para...

—Te sorprenderías de lo bien que pueden retorcer una mentira algunas personas para conseguir lo que quieren —explicó con voz fría—. Mi pasado no es tema abierto a discusión.

—¿Nunca?

—Nunca. No es algo que te incumba.

Me recosté en el asiento con los brazos cruzados.

—¿Alguna vez me vas a contar la razón por la que abandonaste Nueva York y te mudaste a Durham?

—No.

—¿Por qué?

—Porque no es necesario. —Condujo el coche hacia el complejo en el que estaba mi apartamento—. Como te he dicho hace un rato, esa parte de mi vida no existe.

—No se lo voy a contar a nadie. Es solo que...

—¡Basta! —Me miró cuando detuvo el coche, y pude ver un mundo de dolor en sus ojos. Nunca lo había visto tan vulnerable.

—Hace seis años, en Nueva York, perdí algo muy especial. —Había sufrimiento en su voz—. Algo que nunca recuperaré, algo que llevo seis años tratando de olvidar, y si no te importa, me gustaría que con este año fueran siete.

Abrí la boca para decirle lo mucho que lo sentía, pero siguió hablando.

—No estoy seguro de haberlo dejado claro durante los últimos seis meses —explicó—, pero no soy de ese tipo de hombres que se sienta a hablar de sus sentimientos. No estoy interesado en conversaciones profundas, y que hayamos follado más de una vez, y que parezca que no puedo olvidarme de ti ni de tu boca no te da derecho a saber algo que no le he contado a nadie.

Al instante, me desabroché el cinturón de seguridad y abrí la puerta. Él me agarró la muñeca antes de que pudiera salir.

—Lo que dije hace unos meses era cierto, Sakura... —Me sujetó la barbilla y me obligó a inclinar la cabeza hacia él—. Eres mi única amiga en esta ciudad, sin embargo, deberías entender que no estoy acostumbrado a tener amigos. No estoy acostumbrado a hablar de cosas personales, y no pienso empezar ahora.

Silencio.

—Si no vas a abrirte conmigo, ¿qué incentivo tengo para seguir siendo tu amiga?

Durante unos segundos no dijo nada. Luego sonrió.

—Ponte en mi regazo y te lo enseño.

—¿Estás de broma?

—¿Estoy riéndome?

—¿De verdad piensas que puedes exigirme que mantenga relaciones sexuales contigo cada vez que tengas ganas? —Arqueé una ceja—. En especial cuando acabas de decirme que jamás compartirás conmigo nada personal.

—Sí. —Se desabrochó el cinturón de seguridad—. Ponte en mi regazo.

—¿Sabes...? —Bajé la mirada y me di cuenta de que su miembro se marcaba claramente contra el pantalón—. He pasado por alto algunas cosas importantes las veces que hemos mantenido relaciones sexuales, pero tengo que decirte que... —Me mordí el labio mientras salía del coche—. De verdad, ese rollo de neandertal posesivo no me va.

Entrecerró los ojos mientras cogía el bolso y daba un paso atrás.

—Creo que tenemos que darle a tu polla un poquito de descanso, ¿no te parece? —Me crucé de brazos—. La semana que viene tienes una vista importante. Es mejor que reserves todas tus energías para ir bien preparado.

—Vuelve a subir al puto coche, Sakura. —Su voz era tensa e irritada.

—¿Estás rogándomelo?

—Te lo estoy ordenando.

—¿Es que no has escuchado lo que acabo de decirte?

Él no respondió. Me tendió la mano, pero yo cerré la puerta.

—Nos vemos mañana, señor Uchiha. —Sonreí mientras me alejaba.