Capítulo 36

«A veces es buena una pequeña rebelión».

THOMAS JEFFERSON, Cartas a James Madison

Parado junto a sir Homura, al pie de las escaleras, Itachi observó cómo su abuela y su esposa bajaban los escalones. Sakura llevaba un magnífico vestido plateado aderezado con las perlas de su madre y los pendientes de perlas y diamantes que él le había regalado. Parecía un hada. Su abuela también presentaba una estampa increíble, con un traje de seda de color verde oscuro. Por primera vez en su vida esperaba una fiesta con impaciencia.

—¡Qué hermosas son nuestras esposas, hijo! Esta noche ofrecen un cuadro asombroso —declaró sir Homura, admirándolas.

—Te quedas corto, abuelo. Yo diría que son dos apariciones divinas —murmuró él, sin apartar la mirada de las dos mujeres más importantes del mundo para él.

Saludó primero a su abuela.

—Abuela, estás espléndida de verde. Gracias por organizar esta velada. —La besó en la mejilla.

—Ha sido un gran placer, querido. Nos sentimos orgullosos de ti, Itachi, por incorporar a Sakura en nuestra familia. Creo que esta celebración es lo más adecuado, ¿y tú?

—Yo también. —Se inclinó para hacer una reverencia antes de reclamar a su esposa. Tomó su mano y se la llevó a la boca para rozarle los nudillos con toda la delicadeza del mundo—. Con ese vestido y las perlas brillas más que la luna y las estrellas. Auguro que mañana estarás en boca de todo el mundo, señora Uchiha.

—Gracias, señor Uchiha. Somos afortunadas al ir escoltadas por caballeros tan bien parecidos, en especial con esas chaquetas nuevas. No se ha dejado nada al azar. —Sakura brindó una sonrisa a sus abuelos—. Vuestros chalecos hacen juego con nuestros vestidos. No creo que sea una coincidencia.

—Es así como tiene que ser, mi amor. Así queda muy claro quién es cada cual, y podré gruñir a todos los que se te acerquen o soliciten tu atención.

—Nada de gruñidos, Itachi —se burló ella—. No habrá tal multitud de admiradores.

—Oh, sin duda no coincidimos en ese punto, estoy seguro de que habrá una gran multitud. Y te prometo contenerme y no gruñir, siempre y cuando no te alejes de mí. —La besó en los labios con rapidez—. ¡Dios mío! ¡Qué bien hueles! Eres lo más precioso y... —Volvió a inhalar su aroma con deleite—. Eres como un jardín nocturno. Mi rosa bajo la luz de las estrellas —susurró al tiempo que le hacía un guiño.

—Mikoto usaba el mismo perfume, Itachi.

Se quedó paralizado. Su abuela había estado escuchando su conversación.

—¿De... De veras? —Le sorprendía que su abuela le contara eso. Nunca se había referido a detalles de esa clase.

—Sí, querido. Era el perfume favorito de tu madre. Noté que Sakura lo usaba y pensé que llenaría tu mente de felices recuerdos. Sin embargo, eras tan pequeño... —Su abuela se perdió en los recuerdos.

—Mi madre también lo usaba —recordó Sakura.

Miró a su hermosa esposa y agradeció a Dios en silencio que se la hubiera entregado para amarla.

—Otra razón más por la que significas tanto para mí. Estábamos predestinados —aseguró, recordando aquel extraño sueño que había tenido en el hospital. ¿Su madre se había comunicado con él a través de sus sueños? Lo invadió una agradable calidez y se vio dulcemente dominado por una emoción que jamás había conocido. Se sentía lleno, repleto de... buenos sentimientos y bendiciones.

—Ejem... —Sir Homura carraspeó, arrancándolo de su ensueño—. ¿Qué te parece si comenzamos a saludar a nuestros invitados?

—Sí, señor. —Se enderezó y colocó la mano de Sakura en el hueco de su brazo, sintiéndose muy posesivo y muy orgulloso—. Tú delante, abuelo. Guíanos.

—¿Qué tal se encuentra mi querida hermanita? —Deidara envolvió a Sakura en un cariñoso abrazo—. ¡Dios, cómo me alegro de verte! —Su hermano dio un paso atrás y la estudió de pies a cabeza—. ¡Estás impresionante, mi querida Saku! ¡Brillas como un diamante!

—Te he echado de menos, Dei. No nos hemos visto a pesar de que llevo un tiempo en Londres —le regañó.

—Lo siento, Saku. Tenía un asunto pendiente en Haymarket, pero ya está resuelto. —Deidara saludó a Itachi, que estrechó su mano con fuerza—. Tú también tienes buen aspecto, cuñado. Apenas has cambiado a pesar de llevar puestos los grilletes —bromeó su hermano.

—Lo cierto, Deidara, es que deberías considerar la idea del matrimonio... —Sakura se perdió el resto de sus palabras cuando vio que su atractivo padre se acercaba a ella. Vestido de gala, parecía un poco más alto y mostraba en sus rasgos una determinación que hacía pensar que había alcanzado cierto equilibrio. Tenía buena cara, incluso parecía feliz.

—Eso es lo que le digo a tu hermano todos los días, querida. «A ver si haces como tu hermana». —Hablaba clavando en ella unos ojos azules como los de su hermano.

—Papá..., has venido...

—No me lo habría perdido ni por todo el oro del mundo, hija. —Su padre la besó en la frente—. Me gusta verte tan hermosa y feliz. —Le acarició la mejilla —. Te pareces mucho a tu madre, Sakura. Ella te adoraba, quería que el mundo se postrara a tus pies... Que todos tus sueños y esperanzas se hicieran realidad. Sé que te mira desde el cielo y se regocija, igual que yo me regocijo aquí en la tierra.

—¡Oh, papá! —Lo abrazó y notó que la envolvía con sus firmes brazos, devolviéndole su amor—. Me alegro de que estés aquí. —Se dio cuenta de que realmente sentía lo que decía.

—Y yo. —Él sonrió—. Pareces una reina con ese vestido, querida. Con las perlas de tu madre y esos pendientes, lo único que te falta es una corona. —Se inclinó con reverencia—. ¿Me acompañas, hija?

Tomó el brazo que le ofreció su padre y caminó junto a él, que en compañía de su hija pareció ponerse algo melancólico.

—¿Recuerdas los picnics que acostumbrábamos a celebrar bajo las ramas del viejo roble cuando eras una niña?

A ella le dio un vuelco el corazón.

—Claro que los recuerdo, papá —susurró.

—Tu madre te hizo en una ocasión una corona de flores silvestres. Ese día te coronamos como la reina de las hadas de Oakfield.

Ella contuvo el aliento.

—¡Te acuerdas de ese día! Pensé que lo habías olvidado, papá. —Se sentía aturdida por aquellas revelaciones.

—Por supuesto que me acuerdo. Jamás se me olvidará. Fueron los mejores años de mi vida, con mi amada esposa y mis hijos cerca de mí. —El viejo caballero permaneció en silencio un buen rato antes de apretarle el brazo a su hija y continuar—. Perdí el rumbo cuando murió tu madre, Sakura. Sé que no fui el mejor padre. No te apoyé cuando más lo necesitabas. Te decepcioné... Lo lamento muchísimo.

Se detuvo y la miró.

—Has salido adelante de una manera magnífica, a pesar de mi falta de atenciones. Te quiero y estoy orgulloso de ti. No puedo más que esperar que perdones a tu anciano padre por haber sido tan tonto.

Ella sintió que el muro de miedo que la había envuelto hasta ese momento se convertía en polvo. Al ver que su padre reconocía sus errores con tal sencillez, se sintió bendecida. Su padre no la culpaba de lo ocurrido. La quería.

«Está orgulloso de mí».

Abrazó a su padre otra vez.

—Claro que te perdono. Has alegrado mi corazón con estas palabras. —Le dio un beso en la mejilla—. Jamás sabrás cuánto bien me has hecho. Me siento muy feliz, papá.

—Me alegra oírte. He estado muy preocupado por ti, Sakura.

—No te preocupes más, papá. Soy feliz, mi vida es plena y satisfactoria. Itachi es el mejor marido del mundo y se ocupa de mí a la perfección. Gracias por regalarme esta noche tus recuerdos, que también son preciosos para mí.

—Como tú lo eres para mí, hija. Y, si estás dispuesta, quiero tener más recuerdos felices de ti y de tu buen esposo y vuestros hijos.

Ella se sonrojó.

—Me encantaría, papá.

Itachi apareció entonces ante ellos y se acercó para saludar a su suegro.

—Bienvenido, señor. Su presencia llena de satisfacción a Sakura. Gracias por venir esta noche.

—Gracias a ti, hijo. Te aseguro que esta es solo la primera de muchas visitas —repuso Kizashi Haruno con sinceridad—. Estaba preguntándole a mi hija cuándo tenéis pensado hacerme abuelo —confesó con una sonrisa burlona.

—¡Papá! —Ella sintió que se sonrojaba hasta la raíz del pelo, e imaginó que debía de parecer un tomate.

Incluso Itachi pareció algo desconcertado, aunque se recuperó con rapidez.

—Estamos en ello, señor. Sin duda me esfuerzo mucho —confesó con descaro.

Intentando alejar la conversación de lo que ocurría en el dormitorio, ella acarició la mejilla de su padre.

—Te has cortado, ¿te duele?

—En absoluto. Apenas lo noto. ¿Tiene mal aspecto? No me duele nada —repuso su padre con un encogimiento de hombros.

—¿Cómo te lo hiciste, papá?

—Una tontería, tuvimos un incidente con el carruaje. El conductor se puso enfermo y tuvimos que desviarnos en el trayecto hacia aquí. Me temo que calculé mal las distancias, tropecé con la puerta y me hice daño. —Su padre se tocó el pómulo con cuidado—. Quizá debería visitar a un óptico mientras esté en Londres. Es posible que un anciano como yo necesite usar gafas, cariño.

—¿Resolvió el asunto del cochero? —intervino Itachi—. Espero que no tuviera dificultades en su camino.

—Sin problemas, solo fue una tontería. Una insignificante molestia, en realidad. Todo salió bien, cada uno está ahora donde debe estar. —El viejo sonrió a Itachi, que alzó las cejas antes de devolverle la sonrisa.

Ella se sentía feliz esa noche. Poder disfrutar de Itachi y de su familia, verlos relacionarse con tal placidez, hacía que tuviera el corazón a punto de explotar de alegría.

—Lord y lady Katō. Mi mujer, Sakura. —Itachi la presentó educadamente, antes de mirarla—. Sakura, lord Katō y su esposa pasan los veranos en Kilve. Su propiedad, Marlings, limita con Hallborough al sur.

—Encantado de conocerla, señora Uchiha. Por favor, acepte nuestra más sincera felicitación por su matrimonio —dijo lord Katō con suavidad.

—Gracias, milord, milady... —repuso ella—. Espero verlos el verano que viene. Mi marido solo me ha contado cosas buenas de su familia.

—Gracias. Hablando de familias, quizá le interese saber que conocí a su madre, señora Uchiha. Mebuki Wellesley, ¿verdad? —Lord Katō le guiñó el ojo.

—Sí, así es, milord —repuso, intrigada.

—Nuestras madres fueron buenas amigas, así que su madre y yo pasamos muchas horas juntos. De hecho, fuimos compañeros de juegos en la infancia y la adolescencia.

—Sin duda el mundo es un pañuelo, lord Katō.

—Cierto, querida. Se parece usted mucho a su madre. La señorita Mebuki Wellesley era todo un carácter, una mujer inolvidable. Mi hermano mayor, Jasper, se pasaba la vida retándola en los más diversos juegos, y ella siempre lo superaba. Nunca dejó de sorprenderme cómo se dejaba enredar siempre por la última travesura de Jasper.

—Me encantará conocer más anécdotas sobre mi madre, lord Katō. Debe visitar Hallborough con su esposa cuando estén en Kilve.

—Cuente con ello. Rebuscaré entre mis papeles, creo que conservo un par de bocetos que hice de Mebuki cuando éramos niños. Se los llevaré.

—Mil gracias, milord. Se lo agradeceré mucho. Me gustaría presentarle a mi padre. Está aquí esta noche y sé que le emocionarán los recuerdos de infancia de mi madre.

—Será un placer, señora Uchiha. Aunque debo añadir que esta noche estoy aquí con otro propósito. —Sonrió con bondad—. Quiero hablar con su marido sobre la posibilidad de que ocupe un asiento en la Cámara de los Comunes.

—¿En el Parlamento, milord?

—Así es, sí. Ha llegado el momento de sacar partido de sus conocimientos y de su indudable valía en muchos terrenos. Tiene innumerables talentos.

—¿Qué talentos ve en mi marido, milord? —Le devolvió la bondadosa sonrisa.

—Es un honrado propietario de tierras, un exitoso hombre de negocios y, ahora que se ha casado y posee una encantadora esposa, un feliz cabeza de familia. Justo el tipo de persona que necesitamos en el Parlamento. —Lord Katō sonrió ampliamente, mirando a Itachi antes de clavar los ojos en ella —. ¿Qué le parece a usted la idea de que su marido se convierta en el representante de West Somerset?

—Creo que es una idea magnífica, lord Katō. No se me ocurre nadie más adecuado que mi marido. —Sonrió mirando a Itachi.

—¿Qué le parece, Uchiha? ¿Está de acuerdo? Inglaterra necesita hombres como usted. —Los ojos de lord Katō brillaban con entusiasmo.

—Lo pensaré, milord —dijo Itachi con los ojos muy abiertos, como si no pudiera creer lo que acababan de proponerle.

Ella apretó la mano de Itachi y lo miró con orgullo antes de concentrarse en el siguiente invitado.

—¡Doctor Sarutobi! Gracias por acudir. —Le tendió la mano.

—¡Oh! Es un placer, sin duda, señora Uchiha. —Le besó la mano caballerosamente—. Me gusta comprobar que mis pacientes gozan de suficiente salud como para asistir a una fiesta. Y usted también presenta un buen aspecto, por lo que veo. —Al aludir así al embarazo de Sakura, el doctor Sarutobi le guiñó un ojo antes de mirar a Itachi—. Uchiha, tu estado parece inmejorable. Has recuperado el color y las fuerzas. Me alegro; los necesitarás cuando luches por los derechos de los ingleses en el Parlamento. —Itachi estrechó la mano de su amigo.

—Ah, ¿lo has escuchado?

—Sí. Y creo que deberías animarte.

—Bueno, ya le he dicho a lord Katō que lo pensaría. Ya veremos. —Ella notó que el doctor Sarutobi no parecía escuchar a Itachi. Su atención estaba concentrada en otro lugar. Miró en aquella dirección y fue fácil deducir qué había cautivado al buen doctor; estudiaba a la recientemente viuda señora Kurenai Yūhi, una hermosa dama que había acudido a la fiesta acompañada de su tía. Itachi tuvo que darle un codazo para recuperar su atención—. ¿Quieres que le diga a Sakura que te presente a la señora Yūhi?

—No —repuso él un poco confundido—. No es necesario. La señora Yūhi y yo ya nos conocemos.

—Ah. Espero que lo pases bien. —Pero el buen hombre, centrado en la viuda, ignoró por completo la burla de su amigo.

Itachi miró a Sakura con expresión divertida, y ambos estallaron en una risa que decía que esperaban saber más sobre la misteriosa relación entre el doctor Sarutobi y la señora Yūhi en el transcurso de la velada.

Itachi y Sakura permanecieron cerca el uno del otro durante la fiesta, charlando con viejos amigos y conociendo gente nueva. Estuvieron juntos durante toda la recepción y cuando se cantaron los villancicos, e incluso cuando comenzaron los juegos de mesa. Sin embargo, no tuvieron tiempo para cruzar más de un par de palabras.

Fue mientras jugaban al escondite cuando él la arrastró bajo el hueco de la escalera de servicio para disponer de un momento a solas.

—Por fin —susurró, apretándola contra la pared al tiempo que buscaba sus labios.

La besó despacio, abriéndole la boca con su cálida lengua, presionando sus caderas contra las de ella en un lento movimiento encaminado a que su esposa sintiera la dura y familiar elevación que tensaba sus pantalones.

—Si hubiera tenido que esperar un minuto más para besarte, me habría muerto de ansiedad, mi dulce esposa.

—Lo sé, adorado marido —suspiró, pegándose más a él.

Saboreó el ponche navideño en la lengua de Itachi y eso hizo que quisiera desnudarlo. Al imaginarlo desnudo, sin ropa, esbozó una sonrisa. Fantaseó con tener una copa de ponche en la que sumergir los dedos para salpicar las gotas sobre su pecho y más abajo. Solo imaginar el sabor de la bebida mezclada con la sal de su piel mientras ella lamía hasta llegar a su...

—¿En qué estás pensando, Sakura?

—¿En lo maravillosa que está resultando la fiesta? —repuso ella con tono pícaro.

Itachi negó con la cabeza y le acarició un pecho.

—Creo que no.

—Entonces, ¿me creerías si te dijera que pensaba en la propuesta de lord Katō para que ocupes un asiento en el Parlamento?

Él introdujo un dedo en su corpiño.

—Me parece muy improbable que fuera eso, dada la intensidad de tu mirada. Inténtalo de nuevo, mi pícara esposa.

—Hum... —Sakura le cubrió los labios con los dedos—. ¿En lo feliz que me has hecho al amarme tanto y en cuánto te amo yo? —La risa de felicidad que intentaba contener con todas sus fuerzas estaba a punto de escaparse.

Él movió la mano entre las capas de ropa hasta dar con un pezón, y lo frotó hasta que se convirtió en un duro botón.

La risa explotó al fin y se transformó enseguida en un gemido de deseo. Empezaba a derretirse con aquellas juguetonas caricias.

—Estás cerca de decir la verdad, pero todavía no lo has hecho. Creo que voy a darte otra oportunidad...

Llevó la otra mano a su cintura y le hizo cosquillas.

Ella soltó un chillido, que él ahogó con otro beso apasionado.

—Dímelo —jadeó sobre sus labios—. Soy tu amo y señor, te ordeno que me lo digas.

Ella se rio al tiempo que pasaba la mano de arriba abajo sobre la bragueta del marido, antes de introducirla dentro para sentir la cálida piel de su tenso y preparado miembro.

—Está bien, retiro lo que acabo de decir —gimió entre dientes sobre su oreja —. Mi dueña y señora, te ruego que me lo digas.

—Dado que lo pides con tanta humildad, te lo diré, pero recuerda que tienes la casa llena de invitados y que pasarán horas y horas antes de que podamos actuar.

Itachi asintió con la cabeza, anticipando con un brillo en los ojos lo que ella diría.

—Bueno, te imaginaba desnudo. Dejaba caer algunas gotas de ponche de manera estratégica sobre tu pecho y con la boca... —y le susurró el resto al oído, muy bajito.

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The London Evening Standard 23 de diciembre de 1837

Lady Hyūga, una mujer que sabe todo lo que ocurre en Londres, asistió a la fiesta navideña que sir Homura y lady Mitokado ofrecieron en su casa de Grosvenor Square la noche pasada, y que contó con la presencia de célebres personajes como lord y lady Katō, lord y lady Sabaku, lady Namikaze y sir Asuma Sarutobi. El objetivo de este evento era cerrar la temporada y compartir la felicidad que suponen las recientes nupcias del nieto y heredero de sir Homura, el señor Itachi Uchiha, con la señorita Sakura Haruno, de Oakfield, Wiltshire.

Lady Hyūga nos ha comentado que la fiesta prosiguió brillantemente después de que el señor y la señora Uchiha fueran vistos saliendo del hueco de la escalera de servicio, más bien con rapidez, lo que podría haber tenido algo que ver con el hecho de que el muérdago comenzara a arder después de que alguien acercara una vela.

El señor Uchiha solventó la urgencia de la situación cuando apagó las llamas con una copa de ponche navideño, salvando la casa e impidiendo muchas desgracias. Nadie resultó herido.

Sin embargo, el empapelado de seda de las paredes, la alfombra y el muérdago podrían no estar de acuerdo con esa valoración. El desorden fue bastante evidente. El hermoso vestido plateado de la señora Uchiha se vio salpicado, lo cual obligó a la anfitriona a retirarse a sus aposentos.

El señor Uchiha fue visto por última vez subiendo las escaleras con idea de interesarse por el estado de su preciosa esposa, con una copa de ponche en la mano. La feliz pareja no volvió a aparecer durante la noche. Todos los asistentes al magno acontecimiento coincidieron en considerar la fiesta navideña de los Uchiha como un éxito clamoroso.