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Epílogo
Estamos a punto de abordar el ferry Francisco Papa rumbo a Buenos Aires cuando me doy cuenta de que no he tomado mi Aeromar.
Mierda… Busco en el bolsillo interior de mi chaqueta y cuando lo encuentro respiro aliviado. Con disimulo me lo meto en la boca e intento tragarlo. Me cuesta… Tengo la lengua seca y pastosa por los nervios.
Finalmente lo logro, pero a Candy no se le pasa nada.
—¿Qué es lo que acabas de tomar?
Hago una mueca. Hubiese preferido que no lo supiera, pero no tengo escapatoria.
—Aeromar.
—¿Aeromar? ¿Te mareas si navegas?
Me encojo de hombros.
—Pues sí.
—¿Y por qué nunca me lo comentaste?
—Nunca había tenido ocasión de hacerlo, Princesa. Es la primera vez que abordamos una embarcación, así que…
La veo apretar los labios para no reír. Qué poco considerada es… Me ofende que le dé gracia mi desgracia.
—¿De qué te ríes, White?
Contiene la respiración e intenta disimularlo, pero no puede.
Finalmente larga la carcajada.
—¡Menudo par tú y yo, Ardley! Uno con fobia a volar y otro con problemas para navegar…
La verdad es que tiene gracia, pero me siento un idiota al admitirle que me mareo en el mar. Eso no es de hombres… La mayoría de las personas de mi entorno tiene su propia embarcación menos yo. Ni siquiera logro mantenerme estable en una moto náutica, con lo que me gustan las motos…
—No te rías de mis dificultades, porque en el momento menos pensado puedo vomitar encima de ese bello vestido —le digo, severo.
Ella me acaricia el rostro. Oh, allá vamos… Esto es un sinvivir. Me toca, y me excito como un adolescente.
—Ya me parecía que no podías ser tan perfecto —murmura y luego me besa levemente.
Un momento, un momento… ¿Qué demonios quiere decir con eso? ¿Está decepcionada?
Por un instante la idea de que su admiración por mí decaiga me pone muy nervioso.
Es que estoy colado, completamente enamorado de esta hermosa mujer. Para mí, ella es más que perfecta. Es mi princesa adorada y yo quiero ser su príncipe azul, aunque en instantes puedo ponerme verde como un sapo.
Entramos a la sala VIP de la nave, y ni bien se encienden los motores mi estómago comienza a danzar.
Candy me coge de la mano. La tengo empapada, y también la frente.
Joder, qué mareo. En unos minutos la píldora comenzará a hacer efecto y podré relajarme.
—¿Estás bien, hombre lindo? —pregunta con cara de preocupada.
No me siento tan mal, pero es hora de hacerle pagar por ser tan desconsiderada con mi problema.
—Más o menos —le respondo cubriéndome la boca.
—¿Vas a vomitar, Albert?
Se la ve alarmada. Voy a hacer que sufra un poco por su precioso vestido color lavanda, que para mí es violeta pero yo no entiendo de estas cosas…
—No lo sé —murmuro entre dientes. Y luego finjo una arcada.
Ella abre los ojos como platos y luego me tiende su bolso Prada y lo abre sin pensarlo dos veces.
—Hazlo aquí, mi amor… No temas, que yo te cuidaré.
La miro por unos segundos inmensamente conmovido. Es capaz de recoger mi vómito con su bolso preferido… Estoy tentado a hacerlo para no decepcionarla, pero lo cierto es que ya me siento bien del todo, y no quiero continuar preocupándola.
—Ya… Ya estoy bien, Princesa.
—¿Estás seguro? —pregunta, ansiosa. —¿Puedo hacer algo para que te sientas mejor?
Bueno, se me ocurren un par de cosas que incluyen ensuciarle un poco el vestido pero no con vómito. El asunto es que no sé cómo…
—Sólo abrázame. Vamos, que no vomitaré en tu bolso, te lo juro…
Ella me envuelve con sus brazos, con sus cabellos, con su amor…
—No me importaría que me vomitaras encima, con tal de que te sintieras mejor, Albert—susurra besándome el cuello. —El regreso será en avión para que no tengas que pasar por esto…
Sonrío contra su pelo. Es maravillosa… La adoro, de verdad la adoro.
—¿Quieres pasar un mal momento tú, para evitármelo a mí, Candy?
—Ya no la paso tan mal volando… Pero haría cualquier cosa por ti, corazón, y lo sabes.
—¿Incluso regresar el lunes en lugar del domingo? Porque no creo que encontremos lugar en el puente aéreo de las siete.
Se aparta un poco y la expresión de su rostro cambia. La conozco… Ahora no está preocupada por mí; ahora sólo piensa en los niños.
No me equivoco, pues coge el teléfono y marca.
—¿Qué haces?
—Voy a preguntar cómo están los…
Le quito el móvil con rapidez, y corto.
—Nada de eso, Princesa. Habíamos acordado que nada de llamadas para ver si nuestros hijos están bien. Lo están, te lo aseguro…
Frunce el ceño. No está para nada contenta, pero no insiste.
—Bueno, pero no se te ocurra apagarlo.
—No lo haré, lo prometo. Y regresaremos en el ferry el domingo, tal cual lo planeamos.
—De acuerdo, Albert. ¿De verdad estás bien?
Asiento con una sonrisa.
—De verdad. ¿Qué te parece si vamos al Duty Free y compras algo? Otro bolso, por si las moscas —le sugiero provocando que se preocupe de nuevo. Me encanta tenerla así… Cuando sube y baja en la montaña rusa de las emociones, se ve más guapa si cabe.
Tengo a la mujer más hermosa del mundo. Con solo veintiséis años que no representan más de veinte, ha sido madre de cuatro niños, mis maravillosos hijos… Y además es una brillante profesional en el diseño de espacios. La admiro, la amo, la deseo… Me provoca un sinfín de sentimientos y todos ellos me hacen sentir vulnerable.
Cuando Candy me mira así, siento una debilidad dentro de mí, pero a la vez me siento capaz de todo. Es extraño… Es adictivo. Es muy excitante.
La observo mientras se pone de pie. Qué cuerpo, por Dios. A simple vista se ve delgada como una modelo de pasarela, pero yo sé de las suaves curvas bajo su vestido.
Esas curvas son mías.
Cada centímetro de su cuerpo lo es… Carajo, cómo la deseo.
Mi animal, el que llevo entre las piernas y no entiende de lugares prohibidos acaba de despertar y con mucha hambre. Me pongo de pie de un salto y con las manos en los bolsillos lo guío a un espacio que me haga sentir más cómodo.
Después le pongo una mano en la cintura a mi mujer, y nos dirigimos al free shop.
Instantes después, estoy a punto de oler la última fragancia de Carolina Herrera directo de su cuello cuando me susurra.
—Aguarda… No te des vuelta de golpe pero… ¿esa que está a tu izquierda no es la mujer del banco?
Vuelvo la cabeza con disimulo y miro en la dirección que Candy me indica.
—Así parece.
—¿Mariel? ¿Ese era su nombre?
—Creo que sí. En su novela lo pone… Sí, era ese —confirmo luego de hacer memoria. —Hace mucho que no la veo… Creo que ya no trabaja más en el banco.
—Tienes razón, yo tampoco la veo desde hace… Oh, Dios mío—dice de pronto abriendo los ojos como platos.
—¿Qué sucede, Princesa?
La veo morderse el labio, visiblemente alucinada.
—Albert… ¿ves el hombre que la acompaña?
Vuelvo el rostro nuevamente y veo que un tipo treintañero y barbado le habla y Mariel ríe. Es evidente que están juntos, y también que es bastante más joven que ella.
—Sí… Evidentemente es una mujer moderna que no le importa el qué dirán y me parece que…
—¡No es eso! ¿Sabes quién es él? ¡Es Dante Avilés! —exclama.
Me la quedo mirando. ¿Quién mierda es Dante Avilés y por qué mi mujer lo mira con esa expresión arrobada con la que solo debería observarme a mí?
—No sé quién carajo… —comienzo a decir, pero luego me detengo porque me doy cuenta de que Mariel y su acompañante nos acaban de ver, y se dirigen hacia nosotros.
—¡Hola! —exclama ella alegremente. —Pero si es el Arquitecto Ardley y su preciosa esposa Candy… ¿Cómo están?
Candy está encantada y le planta efusivos besos en las mejillas a la mujer del banco. Por fortuna no hace lo mismo con el misterioso acompañante que a juzgar por cómo lo mira todo el mundo, debe ser famoso.
Yo le tiendo la mano, y ella me la estrecha, y luego me presenta al "famoso".
—El señor es Dante Avilés, escritor. Dante, los Ardley son clientes del banco donde trabajaba antes de dedicarme de lleno a escribir novelas —explica mientras nos presenta. —Y él, Arquitecto, es el autor uruguayo récord de ventas el último año.
Nos damos la mano con cortesía, y cuando lo miro a los ojos recuerdo que lo vi en la tele hace poco. Ahora entiendo por qué todos miran hacia aquí.
—Mucho gusto. Permítame felicitarlo por su éxito —le digo, y luego miro a Candy para ver si está orgullosa de lo educado que he sido esta vez, aún cuando no me guste nada que ella lo observe de esa forma.
Pero mi mujer no me aprueba ni me reprueba con la mirada, directamente ni me mira. Toda su atención está concentrada en el "best seller" del último año.
—Gracias —dice éste con marcado acento español. Y luego se inclina ante Candy y le besa la mano. —Encantado de conoceros a ambos…
Vaya… Eso no me ha gustado nada pero me aguanto, pues no la ha retenido más de lo necesario y apenas la ha rozado. Puedo comportarme como una persona normal, sé que puedo hacerlo…
—Un placer, Dante —dice Candy con las mejillas arreboladas.—Me ha gustado mucho tu novela "Corazones en la arena". ¿La han escrito juntos con Mariel, verdad?
—Así es… —comienza a decir Mariel, pero un grito a nuestras espaldas la interrumpe.
Es un alarido agudo y desagradable. Un chillido que ya he escuchado antes…
—Ohhh-myyy-Gooood…
Eso digo yo. Dios mío… Aún sin volverme reconozco el graznido.
Esa no puede ser otra que Eliza.
Cierro los ojos… Ahora sí que quiero vomitar en el bolso de Candy.
No tarda nada en plantarse en el medio, rabiosamente dorada de la cabeza a los pies. La copa de champaña con patas, el Oscar siliconado está aquí.
—¡Bendita mi suerte! ¡No puedo creer que tenga frente a mis ojos al mismísimo Dante Avilés! —exclama a viva voz mientras le coge las manos al escritor y se las besa.
Por fortuna, no tiene ojos más que para él… Confieso que en un punto me ofende un poco, ya que se supone que esta mujer que me jodió bastante la vida, estaba algo loquita por mí. Se ve que eso ha cambiado, pues ahora ni siquiera ha reparado en mi presencia o en la de Candy. Ni siquiera ha saludado a Mariel.
De todos modos, los tres sabemos que a eso se le puede llamar buena suerte. El pobre Avilés será el que lleve la peor parte…
Y así es. No puede ocultar su disgusto y retira las manos con rapidez, pero Eliza no parece notarlo.
—¡He leído todas tus novelas, todas, todas, todas! —grita emocionada.
—Han sido solo dos—dice él intentando apaciguar su entusiasmo, sin éxito.
—¡Amo tu forma de escribir y estoy profundamente enamorada de ti, mi adorado Dante Avilés! —vuelve a gritar. Parece estar al borde del orgasmo literario…
Miro a Candy que no sabe cómo hacer para disimular la risa. Al parecer Mariel también tiene grandes dificultades para mantenerse impasible.
Qué bizarro es esto por Dios… Siento pena por el señor Best Seller. De veras no querría estar en sus zapatos ni siquiera para atraer la atención de chicas como Candy. Es lo malo de ser carnada… Se puede pescar tanto una sirena como un bagre envuelto en papel metalizado.
—Señora, por favor, cálmese… —le ruega el escritor avergonzado.
—No puedo… ¡estoy tan emocionada! Tienes que firmarme algo… ¿Por qué no he traído el libro conmigo como lo hago siempre? Ven, vamos a la tienda de aquí junto que compro uno y tú me lo…
—Imposible —se apresura a decir Avilés. —Tenemos cosas urgentes que atender… ¿no es cierto Mariel?
Se lo ve realmente molesto, y Mariel tiene compasión y lo rescata.
—Es cierto. Verá, Dante y yo vamos a una convención en Buenos Aires, y vamos a aprovechar la travesía para escribir el discurso…
—¡Qué alegría! ¡Voy a cancelar todos mis compromisos para poder asistir! —grita Eliza exaltada y yo observo divertido como a Dante Avilés se le va el alma a los pies.
De pronto me siento dichoso porque esta vez no soy yo el objeto de deseo de la tonta Eliza.
—Señora… Le pido que se tranquilice un poco —ruega el pobre al borde del colapso.
Pero Eliza está fuera de control.
—Nos veremos allá, guapísimo. Pero antes tienes que firmarme algo —declara hurgando en su bolso dorado. Toma un marcador rojo y se lo tiende al escritor, que lo toma y se queda esperando que esta trastornada le dé un papel donde estampar su firma para poder largarse de una vez.
Estoy seguro que no estaba preparado para algo así… Nadie puede estar preparado para una cosa tan burda, ridícula y desagradable.
Eliza toma uno de sus pechos siliconados y lo eleva, acercándolo lo más que puede a Dante Avilés que la observa con estupor.
—Aquí, amor de mi vida. Hazme corazones en las bubis y estampa tu firma debajo —le pide muy suelta de cuerpo.
Lo que sucede después es lo de esperar. Dante Avilés le coloca el marcador en el escote a Eliza con una indescriptible expresión en el rostro. Asco, es como de asombro mezclado con asco… Y luego hace una inclinación de cabeza hacia Candy y hacia mí, y pone pies en polvorosa.
Huye, literalmente huye, seguido de una Mariel que se descostilla de risa, igual que lo hace mi mujer.
Y cuando Eliza se vuelve a mirarnos, Candy y yo nos damos cuenta que debimos hacer lo mismo que ellos: correr despavoridos.
—¿Albert Ardley? —murmura estupefacta. Apenas repara en Candy; ahora no tiene ojos más que para mí.
Trato de guardar la compostura… No quiero más escándalos por culpa de esta impredecible cacatúa dorada.
—Ya nos íbamos —musito secamente cogiendo a Candy del brazo.
Y cuando creo que logramos salvarnos, siento que me manosean el culo de una manera por demás desagradable.
Aparto el cuerpo y me vuelvo a mirarla… No tengo dudas de quien se trata.
—Aléjate de nosotros —le digo mordiendo las palabras y fulminándola con la mirada.
Ella sonríe.
—Tienes el culo más tentador del mundo. Y sigo profundamente enamorada de ti, que lo sepas…
Ah caramba. Esto no va a terminar bien… Me doy cuenta de ello porque Candy me suelta la mano y se le planta a Eliza con una actitud claramente belicosa.
—Ese culo y todo lo demás sigue siendo mío, puta del infierno. No vuelvas a ponerle la mano encima a mi hombre porque esta vez nadie podrá impedir que te estrangule … Ahora ve a sentarte que hace mucho que estás de pie y debes cuidar de tu cadera —le espeta en la cara con voz calmada.
Eliza se pone súbitamente seria, traga saliva y retrocede dos pasos. Es evidente que no ha olvidado el momento en que mi mujer la puso contra la pared con una fuerza casi sobrehumana.
Con sólo unas palabras, Candy ha logrado lo que nadie en este lugar: poner en su lugar a la insoportable Eliza.
Ya no le quedan ganas de seguir alborotando. Baja la cabeza, se acomoda el horrible vestido dorado… Y luego se marcha sin atreverse siquiera a mirar a Candy a los ojos.
—Vamos, Princesa. Huyamos de aquí antes de que enloquezca de nuevo y regrese…
Candy me mira… Aún quedan restos de fuego en sus bellos ojos verdes. Ahora parece una leona…
—Le cortaré la mano si vuelve a tocarte —asegura con una seguridad que asusta. —¿Cómo te sientes, corazón?
La verdad es que no estoy mareado, pero sí estuve a punto de vomitar cuando esa tonta me tocó. Sin embargo no le digo nada a mi mujer, pues temo que vaya tras ella y le haga daño.
—Bien… Pero con ganas de huir. Vámonos, Candy.
—¿Adónde quieres huir? ¿Quieres nadar hasta Buenos Aires por culpa de esa mujer?
Tiene razón. Estamos en un sitio del cual es imposible escapar… Debemos aguantar e intentar pasarla lo mejor posible…
Bueno, hay una forma. No puedo creer que me atreva siquiera a pensarlo, pero lo cierto es que no se me ocurre una mejor manera de sobrellevar lo que resta de esta travesía de locura.
—Ven —le ordeno cogiéndola de la mano.
La bodega.
Caminamos entre los vehículos hasta que encontramos el nuestro. Las puertas abiertas, las llaves puestas… tal como lo indica el reglamento.
Claro que el reglamento también dice que está prohibido bajar a la bodega hasta que el buque atraque pero ya nos hemos saltado reglas otras veces.
La cara de Candy es un poema. Se muerde el labio y está completamente ruborizada pero en ningún momento ha intentado detenerme.
—Entra.
—¿Y si nos pillan?
—Los sobornaré para que no nos delaten —afirmo con una seguridad que realmente no siento.
Ella ríe y se introduce en el vehículo por la puerta trasera que estoy sosteniendo.
Y cuando me meto yo, comienza a gestarse esa locura que nos invade cuando estamos juntos. Es mirarnos y desearnos… Le acaricio el rostro y le como la boca con desesperación.
Esa boca… Esa boca me mata, me vuelve un ser inestable, me deja a merced de mis instintos.
Lo daría todo por esa boca, incluso mi vida si fuese necesario, mas ahora lo que quiero es sentirla en torno a mi verga que está a punto de estallar.
Sé que es un gesto poco caballeroso, pero en este momento me siento cualquier cosa menos un caballero, así que rodeo la nuca de Candy con una mano y la hago descender…
El animal que tengo entre las piernas está despierto, y tan duro que me duele. Abro el cierre y lo libero… Necesito el alivio urgente que solo esa boca puede darme.
Siento que sonríe contra mi miembro empalmado… Es una bruja hermosa y caliente… ¡Cómo quiero follarme esa boca ahora mismo!
—¿Debo entender que deseas que te la chupe, Ardley? —pregunta, y su cálido aliento en mi polla hace que sienta deseos insanos.
Jadeo y presiono su cabeza, mientras sin pudor alguno le pido lo que deseo.
—Sí, es lo que quiero… Abre esa boca y devórame, White.
No tengo que decírselo dos veces. Me lo hace de forma rítmica e incansable… Gimo y elevo mi pelvis, loco de ganas de más.
Y mi Barbie Puta me da más. Sólo se interrumpe para desprenderme el botón del vaquero y jalármelo. De un tirón deja expuestos mis huevos también. Los lame y succiona alternadamente…
Lo hace tan bien que tengo verdaderos problemas para controlar mi eyaculación, así que la detengo enroscando su cabello en mi puño y obligándola a incorporarse.
La beso con ganas, mientras la coloco a horcajadas sobre mí.
Ella colabora de buena gana, y desliza su braga a un lado para frotarse contra mi pene mojado. Ah, qué delicia sentirla igual de empapada que yo…
—Cómo me gusta… montarte… —me confiesa entre beso y beso.
Carajo… ¿No le alcanza excitarme con sus besos? ¿También tiene que hacerlo con sus palabras? Esa boca tiene mil recursos y todos me ponen al borde del orgasmo.
Ya no puedo más… Dirijo mi miembro hacia su cálido coño y me introduzco en ella con un rápido movimiento de mi pelvis.
—Y a mí me gustas tú, Candy. Tú y todo lo que me haces… Me vuelves loco, Barbie Puta…
Se mueve voluptuosamente sobre mí. Me cabalga como sólo ella sabe hacerlo, de forma voluptuosa y sensual.
—Fóllame duro, hombre lindo… Sí, así… ¡Más, más, más! —gime sin dejar de moverse.
Es imposible controlarse con esta belleza oprimiéndome y frotándose contra mi cuerpo. Me dejo ir… Y mientras acabo rugiendo como una bestia, siento que ella hace lo mismo.
Entonces me obligo a no cerrar los ojos para observarla… Es la viva imagen del éxtasis total, del placer absoluto.
Es caliente, es divina… Es una fantasía hecha realidad, es el pecado, es la locura. La lujuria con cuerpo de mujer… Y el hecho de follármela en un sitio que lleva el nombre del Papa me hace sentir un poco culpable. Un poco… sólo un poco.
Después de todo es mi esposa… Es mía, mía, mía. ¡Y cómo la estoy disfrutando!
Recorro su cuello perfecto con mi lengua, y luego continúo hasta llegar a su oído.
—Ahora sí que estoy mareado, mi cielo… Pero de placer. Haces que la tierra se mueva bajo mis pies, y que el tiempo se detenga. Te quiero tanto, Candy, tanto, tanto… —susurro y le lleno el rostro de besos.
Su risa es música para mis oídos… Adoro escucharla reír. Amo todo lo que esa sale de esa boca maravillosa y absolutamente mía.
—Así que estás mareado… ¿quieres vomitar en mi bolso, Ardley?—inquiere, pícara, y yo me pregunto cómo podría vivir sin ella, sin su agudo sentido del humor, sin su ternura, sin su belleza…
—Quiero acabar en tu boca, White —le respondo. Y también le responde mi verga que se expande y cabecea dentro de ella.
No puedo dejar de mirarla. ¡Es tan hermosa!
Candy embellece mi vida, y me ha hecho conocer la verdadera felicidad. Ser el padre de esos niños preciosos, es algo que me llena de dicha y me hace sentir que todo lo vivido, lo gozado y lo sufrido, ha valido la pena.
Poder disfrutar de eso es todo lo que pido.
Y continuar siendo el dueño de esa boca, merecer cada uno de sus besos será mi único objetivo en esta vida. Porque su amor me hace feliz, y me redime. Me hace desear ser una mejor persona…
Su amor ha hecho de mí un hombre.
Y este hombre se muere por Candy White…
Y por esa boca.
EL FINAL
Hola, lo prometido lo cumplo, la escritora de esta hermosa obra romantica cargada de erotismo, es Mariel Ruggieri, entre sus obras aparte de estas tres novelas : Por esa boca, Morir por esa boca y Todo por esa boca, estan las siguientes obras, El pétalo del "sí" , Tú me quemas , Muñequita mia, Macho Alfa , Nada prohibido (En colaboraciin con Dante Avilés) ,Corazones en la arena (Cuidarte el alma nº 4) (En colaboraciin con Dante Avilés) , El Granizo , La Tentación , Cuidarte el alma, Descalzos en la Nada , Tatuada en mi alma (Cuidarte el alma nº 2) , Todo suyo, señorita López , Paulina, cuerpo y alma (Cuidarte el alma nº 3) , Atrévete , Entrégate , Tres Online y Confina2 en New York, entre otras, y como se dieron cuenta ella se incluye en sus novelas, aqui era la chica escritora que trabajaba en el banco, la verdad me ha gustado mucho la forma de escribir de ella y he decidido leer varias de sus novelas pero no las adaptaré ya que con una es suficiente y esta adaptacion incluyen tres sus obras por ser una trilogia, asi que las animo a que leean sus novelas que tienen muy buena critica.
Bueno chicas mil gracias por acompañarme en la lectura de esta hermosa obra y sigo en la busqueda de otra linda novela pero esta sera de epoca, de esas que los protagonistas masculinos sean unos autenticos Higlanders y ellas una hermosas "damicelas".
A: Isasi, Aime, elbroche, Chickiss SanCruz, Carol Aragon,Venezolanalopez Mia8111, marysolcha, chidamami, Del, saryfan, Erika Segura, kimberlynchelita, alebeth, Rub Jimenez, Bunny, lilimiller, Dinoris, Camila, Beatriz171973, Blanca Ramgut, Aime, Maru mend, AnaliliGp, rebeldeyorgulloso,Conchitam27, Annamartines9, AnnaNov70, CarolinaMndez257, patodelatorre, claumacati,OscarolineRodriguezs y guest,.Mil gracias de corazón.
Un abrazo a todas y hasta la próxima.
Aby.
