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Anthony los condujo alrededor del brazo de agua y se dirigió directamente al acantilado rocoso, donde el borde del perpendicular risco llegaba hasta el margen de los árboles. Candy, cautelosa, levantó la mirada hacia la amenazadora pared de roca, de treinta pies de alto, y los muros del castillo por encima de ella. No había manera de entrar. A menos que Anthony pensara escalar la pared con Albert cargado a la espalda, tenían el paso cortado por el agua a un lado y el inaccesible terreno al otro.
Anthony aflojó el paso y se dirigió derecho hacia una roca grande y recortada, cubierta por un espeso follaje.
Podía oír los gritos de guerra de los Mackenzie detrás de ella. Quedaban ocultos a la vista por los árboles a su derecha, pero sabía que en cualquier momento su grupo sería visible. Y vulnerable.
Su caballo siguió a Albert y a Anthony cuando se metieron en medio de un matorral, doblaron bruscamente a la izquierda, detrás de la roca y se desvanecieron en la nada.
Un frío húmedo y sombrío la envolvió. Podía oír el resoplar del caballo de Anthony delante de ella, pero no veía nada en la oscuridad. Lentamente, su caballo siguió al de Anthony como por instinto. O por el olfato. Parpadeó varias veces, acostumbrando los ojos a la pérdida de luz. Finalmente pudo distinguir los muros de piedra y el suelo húmedo. Al parecer, habían entrado en un amplio túnel en el acantilado. Anthony se detuvo delante de ella y se volvió, llevándose un dedo a los labios, pidiéndole silencio, y luego siguió internándose en las entrañas del rocoso acantilado.
Al cabo de unos minutos se detuvieron por completo, y Anthony bajó del caballo.
—Ahora estamos a salvo, Candy. Tenemos que dejar los caballos aquí y hacer a pie el resto del camino. Volveré a buscarlos más tarde. Pero ahora necesito que me ayudes con Albert.
Albert. Candy saltó de su montura antes de que Anthony pudiera ayudarla y corrió hasta Albert, que seguía desplomado sobre el caballo. Por su postura, pensó que se habría desmayado, pero cuando lo tocó, abrió los ojos y le sonrió débilmente.
—Albert, oh Dios, Albert. Aguanta, ya casi hemos llegado.-Queriendo estar segura de que vivía de verdad, lo cogió, aferrándose a su brazo desesperadamente. Consciente de su herida, se inclinó con cuidado, sin tocar la flecha que le salía del vientre, y puso los labios sobre su húmeda frente. Tenía la piel muy fría. Percibía el olor metálico de la sangre. Un miedo superior a todo lo que había experimentado en su vida le ahogaba el alma. Los caprichosos hados no podían ser tan crueles justo cuando acababan de encontrarse el uno al otro.
—Candy, tenemos que llevarlo al castillo.
Sin decir nada, ayudó a Anthony a bajarlo de la silla, procurando no causarle más dolor del necesario. Anthony se pasó un brazo de su hermano por encima del hombro y Candy lo sostuvo lo mejor que pudo desde el otro lado. Albert movía los pies, pero Candy veía por los espasmos de rigidez que le recorrían el cuerpo que cada paso le causaba una nueva agonía. Muy juntos, siguieron dificultosamente el camino de piedra y arena, traicioneramente húmedo.
—¿Dónde estamos?
—En un antiguo pasadizo construido, hace mucho, por nuestros antepasados noruegos. Casi nunca se usa y son pocos los que conocen su existencia. Solo Albert y yo sabemos cómo encontrarlo. Y ahora tú.
Tragó saliva, honrada de que le confiaran un secreto como aquel, pero al mismo tiempo deseando no saberlo. Seguía sintiendo lealtad hacia su familia y preferiría no verse obligada a mentirles.
El agotamiento amenazaba con doblarle las piernas; en un momento como aquel, el gran físico que tanto había admirado era una desventaja. Candy sabía por la manera en que él intentaba no cargar el peso en ella que trataba de no aplastarla. Con la cantidad de sangre que le empapaba el vestido, temía que pronto perdiera la consciencia... o algo peor.
«No te desmorones, Candy. Él te necesita».
Justo cuando pensaba que no podría dar ni un paso más, Anthony se detuvo.
—Ya estamos.
Estuvo a punto de romper a llorar de alivio. A pesar de la humedad del túnel, el sudor le bañaba la frente. Se lo secó con la manga y miró alrededor, a la sólida roca, sin comprender nada.
—No lo entiendo.
—Mira hacia arriba.
En el techo, quizá un pie por encima de la cabeza de Anthony, había una puerta.
Anthony respondió a su pregunta silenciosa.
—Yo subiré primero. Tendrás que sostenerlo firme, mientras yo lo subo a través de la trampilla. Saldremos al pie de una escalera oculta que lleva a las cocinas en el viejo fuerte.
¿Cómo podía ser? Había recorrido cada pulgada de aquella torre. Candy permaneció en silencio, no quería que Anthony se preguntara por qué había sentido la necesidad de inspeccionar el castillo tan minuciosamente.
—¿Qué es ese olor?-preguntó olisqueando—. Parece carne asada.
—Es carne asada. Un antepasado mío, especialmente cruel, decidió que el respiradero de las cocinas diera a las mazmorras para atormentar a los prisioneros.
—¿Estamos cerca de las mazmorras?-preguntó ella. La única entrada a las mazmorras de Dunvegan estaba situada en el gran vestíbulo, por encima de las cocinas. Reprimió un estremecimiento. Los calabozos no eran más que un espantoso agujero de trece pies de profundidad, excavado en la roca, donde se metía a los prisioneros para dejarlos morir allí. Cuando llegó a Dunvegan, tuvo muchas pesadillas con aquel pozo.
—Estamos muy cerca de las mazmorras, en un túnel adyacente. Las cocinas forman parte de la bóveda de cañón que recorre la vieja fortaleza.
—¿Y si no podemos levantarlo y pasarlo por la puerta nosotros solos?
—Albert no querría que trajera a nadie más aquí abajo, pero si no hay más remedio, iré a buscar ayuda.
Pero, no sabían cómo, lograron su empeño. Albert recuperó la consciencia solo una vez, cuando Anthony tiró de él, a través de la puerta escondida, pero les proporcionó una ayuda muy necesaria y oportuna para subir por la pequeña escalera. Ya en la parte de arriba, Anthony miró por un pequeño agujero de la puerta para asegurarse de que no había nadie por allí. Con cuidado, abrió la puerta y estuvieron a salvo.
Lo que sucedió a continuación se perdió en la espesa niebla de confusión que los rodeó cuando los MacAndrew supieron que su jefe estaba herido de gravedad. Una vez que Anthony se aseguró de que no quedaba ni rastro de su entrada, gritó pidiendo ayuda y se desató el caos.
Todo el tiempo, Candy se negó a apartarse del lado de Albert. Vagamente recordaba que le cogía la mano mientras alguien-quizá Deidre— le arrancaba la flecha del estómago y le cosía la enorme herida. Debió de bloquear el resto de su memoria, porque después de eso no se acordaba de nada.
Unos rayos de luna grisáceos, que se filtraban a través de la niebla, bañaban la estancia con una semioscuridad fantasmal. Disfrutando del silencio, Candy permanecía sentada, pacientemente, al lado de la cama. Necesitaba estar a solas con él y había hecho salir a todo el mundo. En esos momentos no se podía hacer nada más por él; ahora tendrían que esperar a ver si sobrevivía a la fiebre que, sin duda, seguiría a una herida tan terrible. Que hubiera sobrevivido a una flecha en el vientre tanto tiempo era ya un milagro, pero le había dado en el punto perfecto. Una pulgada o dos en cualquier dirección y estaría muerto.
Candy rebullía inquieta, intentando encontrar algo en que ocupar las manos. En un momento como aquel, parecía imposible ser paciente. Mientras le humedecía la cabeza con agua fría, pensó que parecía muy indefenso.
Unas pestañas largas y oscuras parpadearon y luego se abrieron hasta rozar las cejas.
—¿Dónde estoy?-gimió débilmente, con los azules ojos ardiendo con un brillo nada natural.
La fiebre había llegado.
—En nuestra cámara.-Lo hizo callar—. No trates de hablar. Estás a salvo, pero necesitas toda tu energía.
Albert movió la cabeza hacia atrás y hacia delante contra la almohada, como si luchara contra la pérdida de consciencia.
—Candy, ve a buscar a Anthony. Tengo que hablar con él, debe saber...
—Chis. Duerme, Albert. Necesitas descansar; puedes decírselo a Anthony por la mañana.
—No, no lo entiendes. Debo hablar con él ahora; será el próximo jefe.-Su voz mostraba un apremio febril.
La verdad la golpeó con fuerza. Cree que va a morir.
—Por favor, Albert, cálmate. Si eso es lo que quieres, iré a buscarlo.
—Date prisa, Candy. Después de hablar con Anthony, quiero hablar contigo. Necesito que sepas algo.
Encontró a Anthony dormido junto al fuego en la sala de abajo. Tenía un aspecto terrible. Lamentó despertarlo. Por las oscuras ojeras de cansancio que le rodeaban los ojos, parecía como si acabara de quedarse dormido.
Le puso la mano en el hombro y lo sacudió ligeramente.
—Anthony, despierta. Albert desea hablar contigo. Date prisa; está muy nervioso.-Con la mirada borrosa, un Anthony asustado la siguió escalera arriba hasta la habitación de Albert.
Candy lo hizo entrar.
—Esperaré fuera, quiere hablar contigo en privado.
Anthony asintió y cerró la puerta tras él.
Inquieta, permaneció en el pasillo, con la mirada fija en la puerta. Vigilando, esperando cualquier sonido que le dijera que él la necesitaba. Avanzó unos pasos y frunció el ceño. ¿Sabía Albert que había una grieta entre la puerta y el marco, que dejaba pasar un pequeño rayo de luz desde la habitación hasta el pasillo?
En el interior se oían voces alzadas que la irritaron. ¿Es que Anthony no se daba cuenta de lo débil que estaba su hermano? ¿De qué podían discutir en un momento como aquel? Albert emitió un grito fuerte y entrecortado, seguido de una tos borbotante. Candy dio un salto hacia la puerta y miró por la grieta para asegurarse de que estuviera bien. Sus ojos volaron a su cara y suspiró aliviada. Su respiración era irregular, pero había un brillo fiero y determinado en sus ojos.
Tardó unos momentos en darse cuenta de lo que estaba pasando. Comprendió su error demasiado tarde. No debería estar viendo aquello.
—Mete la mano detrás del cabezal de la cama y haz girar el pomo de madera que encontrarás allí. Parece parte de una talla... Sí, eso es. Ahora busca debajo de la cama y verás que se ha abierto un cajón oculto. La caja está ahí dentro. Sácala y ponla encima de la cama. Con cuidado.-La voz de Albert sonaba tensa pero firme.
A Candy el corazón le latía desbocado. Sabía que debía dejar de mirar, pero ya había visto suficiente. Había descubierto su secreto; el lugar donde guardaba la bandera. La solemnidad del momento no le pasó desapercibida. Albert parecía un rey legando su reino. No puede morir.
—Ahora empuja la talla de la insignia de los MacAndrew y la caja se abrirá. Saca la bandera.
—Albert, no es necesario que haga esto; tu vas a estar...
—Tendría que haberte dicho antes dónde estaba. Es preciso mantener la bandera a salvo. ¡Ahora sácala!
Anthony la levantó y la sostuvo delante de los ojos. Lo que la había llevado a Dunvegan estaba a menos de diez pies, delante de ella.
De alguna manera, había creído que un talismán mágico tendría un aspecto más impresionante. La famosa bandera del Hada, de los MacAndrew, era un trozo de tela de seda, fino y gastado, de color rojo y amarillo. Arrugó la nariz. Tenía un aspecto extrañamente familiar. Habría jurado que lo había visto antes.
Observó cómo Anthony, reverente, colocaba de nuevo la bandera en la caja y la devolvía a su escondrijo. Candy se dijo que Albert la guardaba muy cerca, como ella sospechaba. No comprendía que, literalmente, hubiera estado durmiendo encima durante los últimos meses.
Se apartó de la puerta, perturbada por lo que acababa de ver. Pero sabía que se llevaría el secreto de la bandera del Hada con ella, a la tumba. Su tío nunca sabría dónde estaba por ella.
Unos momentos después, Anthony abrió la puerta.
—Albert quiere hablar contigo, Candy.
Sus miradas se encontraron, con miedo y dolor. Sabía que Anthony estaba pensando lo mismo que ella. Por favor, no dejéis que muera.
Albert tenía los ojos cerrados cuando ella se acercó a la cama. La piel tenía un brillo pálido con un tinte grisáceo a la luz de las velas, muy diferente de su tono normal de oro bruñido. Al notar su presencia, parpadeó y luego abrió los ojos. Era asombroso, pero tenía una mirada lúcida.
Debió de percibir su miedo, porque se las arregló para sonreír, tranquilizándola.
—Lo siento-dijo.
—¿Qué es lo que puedes sentir?-Se apresuró a acudir junto a él y, cogiéndole la mano, se arrodilló a su lado—. No tienes que pedir disculpas por nada.-La confusión se convirtió en enfado cuando se dio cuenta de lo que él decía—. No te atrevas a disculparte por morir. No vas a librarte de mí tan fácilmente.
—Mi pequeña y terca Candy -dijo tratando de sonreír, pero ella vio que su conversación con Anthony lo había debilitado.
—Albert, no tienes que explicarme nada.
—Sí que tengo que hacerlo. No es buena -dijo, refiriéndose a su herida. Respiró hondo—. Siento que no pudiera ser de otra manera. Enviarte de vuelta me habría roto el corazón.-Se encogió de dolor—. Pero necesito que sepas...
Las palabras se le ahogaron en la garganta cuando un dolor atroz le recorrió el cuerpo.
Candy sintió que se le helaba la sangre.
—Calla. No digas nada más. Necesitas toda tu fuerza.
—No-dijo con voz áspera, entre los dientes apretados; cada sonido era un esfuerzo imposible—. Es importante. Es preciso que sepas que no estabas sola en lo que sentías. Necesito que sepas que te amo.
Aquello le hizo levantar la cabeza bruscamente. Todo su cuerpo fue presa de la incredulidad cuando lo miró a los ojos.
—¿Me a-amas?-tartamudeó.
—Más de lo que nunca imaginé que fuera posible amar a alguien.
Una oleada de felicidad la inundó. Por un momento, olvidó todos sus temores y permitió que la balsámica calidez de sus palabras la envolviera. Unas palabras que ansiaba oír. Pero no entonces; no en un momento como aquel. Las lágrimas empañaban su visión.
—¿Por qué no me lo habías dicho antes?
—Pensaba que haría más difícil nuestra separación. Pero no quiero que nada nos separe.
La culpa corría como ácido por sus venas. Era el momento de decir algo. Si iba a confesarle por qué la habían enviado a Dunvegan, ese era el momento.
—Albert, yo...
Las palabras se le ahogaron en la garganta. El miedo le envolvió el pecho. ¿Lo comprendería? Una pesada pausa cayó sobre ellos, mientras su conciencia luchaba contra la utilidad. Albert se moría. La cólera solo lo debilitaría. ¿De qué serviría decírselo entonces, cuando acababa de declararle su amor? No se atrevía a arriesgarse a que su último recuerdo de ella fuera de traición, en lugar de amor.
El le acarició la mejilla, secando las lágrimas que la bañaban.
—Yo también te amo-dijo Candy—. Siempre te amaré.-Apoyó la cara en su mano y rezó en silencio pidiendo perdón.
Fue el momento más feliz y más terrible de toda su vida. Él la amaba, pero se estaba muriendo. Era tan ilógico como una flor que se abre en medio de las cenizas del infierno.
Oyó que su respiración dolorosa y superficial se hacía más estable. Hasta que, por fin, se quedó dormido.
...
Hasta pronto mis chicas bellas. Esto esta por terminar. :*
