Capítulo 42. Corrigiendo errores.

Antes de continuar con este dramático episodio de "Porteros: Casos de la Vida Real", he de confesar que me fui para atrás cuando me di cuenta de que ya llevo escritos cuarenta y dos episodios de este drama de telenovela barata. Qué aguante tienen los que han llegado hasta aquí, yo me habría harto de mí mismo desde el capítulo dos.

En fin, que después de las palabras que me dijo mi madre, me dieron ganas de ir a buscar al gran Genzo Wakabayashi y aclarar las cosas de una vez por todas. Como dicen, "tomar al toro por los cuernos" y aventarse al ruedo. Bueno, no es que mi papá sea un cornudo, no que yo sepa, es una manera de decir que es una bestia. El caso es que quería ir en ese mismo momento a hablar con él, pero todavía tenía que estudiar y eso no podía esperar, mientras que mi padre podía continuar de gorila por un día más. Ahora que ya teníamos el vídeo en el que Kentin admitía haber sido él quien cambió las notas, lo último que me faltaría sería que yo reprobara por idiota, así que tenía que aplicarme en serio con el estudio para evitarlo.

Ya había abierto los libros y mis libretas de apuntes cuando recordé que antes de meter la nariz en ellos tenía que ocuparme de otra cosa muy importante: no recuerdo si lo comenté antes o no, pero le había mandado un correo electrónico al entrenador Margus para decirle que las cosas se habían puesto feas con mi padre y que probablemente no podría darle una respuesta positiva próximamente. Que si quería llamar a alguien más para que ocupara mi puesto, lo entendería, pero que esperaba sinceramente que pudiera aguantar un poco a que las cosas se calmaran, porque claro que ansiaba ser el portero de Alemania y no deseaba perder esa oportunidad por culpa de mi terco padre. La verdad, tuve muchas ganas de decirle al entrenador que no se pasara de baboso, qué cómo se le ocurría mandarle un mensaje al gran Genzo Wakabayashi sin que yo le dijera primero que ya había hablado con él, en serio que quería decirle que me había arruinado la vida con su chistecito (más drama, para no perder la costumbre), pero si no se lo dije fue por dos razones: 1) Como le envié el email al día siguiente de haberme peleado con mi padre, ya se me había bajado el coraje tras una noche de sueño así que ya no tenía ganas de mentarle la progenitora al entrenador, y 2) Jazmín me dejó bien en claro que la culpa de ese malentendido fue sólo mía, por no haber acordado con el señor Margus cuándo debía comunicarse con papá. Y pues sí, para qué nos hacemos tontos, Jazmín tenía razón, no sería justo reclamarle al entrenador por algo que fue mi culpa.

El caso es que le eché un vistazo a mi cuenta de correo y vi que sí, que el entrenador Margus me había respondido. Su mensaje era muy breve pero me hizo sentir avergonzado y esperanzado a partes iguales. Como todavía tengo ese correo, puedo poner lo que me dijo exactamente, que es lo siguiente:

"Lamento de verdad el haber causado un conflicto entre tu padre y tú, debí de haberte preguntando si ya habías hablado con él antes de enviarle ese correo de voz, pero creo me precipité. Espero sinceramente no haber empeorado las cosas en tu casa; si fue así, discúlpame, por favor. Y no te preocupes, puedo aguardar a que me des una respuesta, pero tampoco tardes demasiado en tomar una decisión.

Manfred Margus".

Si bien al principio me sentí emocionado porque el entrenador me dijo que me esperaría, después pensé que lo hacía porque de mi aceptación dependía también la de Mijael y era obvio que el señor Margus estaba más interesado en él que en mí. Así qué chiste. Obviamente, en ese momento yo no sabía que el señor Margus no me consideró en un inicio para ser el guardameta de Alemania no porque creyera que no soy lo suficientemente bueno, sino porque dio por hecho que yo jugaría para Japón y la verdad es que no puedo culparlo.

Sin embargo, en ese momento no me importaba si me habían convocado gracias a Mijael, por fin tenía mi oportunidad soñada y no la iba a desperdiciar por detalles sin importancia. Dice un dicho muy famoso que "la oportunidad la pintan calva", lo que significa que las oportunidades se deben aprovechar cuando se presentan, sin importar cómo llegaron ni quién las trajo y yo no podía estar más que de acuerdo (¿ya había hablado de esto antes o no?). Por tanto, me iba a aferrar a esta convocatoria como si mi vida dependiera de ello, aunque tuviera que jugar sin permiso de mi padre. Total, no es como si necesitara del dinero del gran Genzo Wakabayashi para vivir, ¿cierto? ¿Cierto?

Y esto me lleva a otra pregunta tonta: ¿Me sacarían de un partido si llegara el gran Genzo Wakabayashi acompañado por una escolta para llevarme de vuelta a casa o, peor todavía, para llevarme al campamento de Japón? Sí, ya sé, esta pregunta es de lo más idiota, tengo que dejar de divagar tanto.

En fin, esa noche no sucedió otra cosa relevante conmigo, pero no puedo decir lo mismo de mi padre. Cuando comencé a estudiar, el gran Genzo Wakabayashi fue a buscar a la señora Emperatriz de Germania para hablar con ella, lo cual le fue muy difícil de conseguir: mi tía estaba tan indignada que le aplicó la ley del hielo con mucho rigor. Mi padre tuvo que ir hasta la casa vecina para hablar con ella porque mi tía Eli cumplió su promesa de no quedarse en nuestro hogar más que lo estrictamente necesario para no tener que verlo. Así pues, él tuvo que aprovechar cuando el tío Karl le dijo que su mujer estaba relativamente tranquila para colarse a la casa vecina cual ladrón, con la finalidad de agarrarla con la guardia baja.

– Me vas a deber una muy grande, Wakabayashi –le dijo el Káiser de Alemania a mi papá–. Me estoy arriesgando a que Elieth me pida el divorcio esta misma noche.

– Si eso sucede, te dejaré dormir en el sofá de mi sala –replicó el gran Genzo Wakabayashi–. Puedes dejar de preocuparte.

– Si eso pasa, te patearé tan fuerte en el trasero que se fracturarán el coxis hasta tus nietos –gruñó el tío Karl–, así que más te vale que consigas que mi mujer te perdone si quieres asegurar tu descendencia.

Mi papá soltó algo que fue una mezcla entre un gruñido y una risa de burla; no quería admitirlo, pero le hubiese gustado que mi mamá lo hubiera acompañado en esa labor tan difícil. Sin embargo, la doctora Del Valle fue inflexible (¿Así se dice?) en una cosa: él se metió en ese lío, él debía salir solo de ese atolladero (ya hablaré de eso después). Y la verdad, tengo que estar muy de acuerdo con ella: si mi mamá deja que mis hermanos y yo resolvamos nuestros problemas por nuestra cuenta (al menos aquéllos en los que nos metemos por babosos), es obvio que va a aplicar la misma regla para nuestro padre. Pero ya no le demos vueltas al asunto, mi tío acompañó al gran Genzo Wakabayashi hasta la sala de su casa, en donde estaba la tía Elieth leyendo un libro (en francés, para variar). Ni bien había puesto mi papá un pie en la habitación cuando ella, sin levantar la vista de la página que leía, dijo bien alto y claro:

– Apesta a gorila macho relleno de testosterona. –Mi tía frunció las cejas–. Creí haberte dejado en claro que no debías traer a casa a tus amigotes indeseables, Emperador.

Ésa era una mala señal, definitivamente ella estaba en una mala disposición a hacer las paces y los otros dos se dieron cuenta. Sin embargo, mi padre no es conocido por darse por vencido así que decidió seguir adelante a pesar de todo. Total, que ya todos estamos tan acostumbrados a que el gran Genzo Wakabayashi se lesione que no importará mucho si la tía Elieth le abre la cabeza de un librazo.

– Elieth, me gustaría hablar contigo –dijo mi padre, tan tranquilamente como pudo.

– Pues yo no –respondió ella, dejando el libro a un lado. Bien, al menos ya no hay riesgo de que a papá lo descalabren con él–. Ni siquiera sé qué haces en mi casa, ¿quién te dejó entrar? De seguro fue ese traidor Emperador de Alemania que cree que por estar en Alemania puede hacer lo que se le venga en gana.

Mi tío Karl, que la escuchó, prefirió no abrir la boca. Si su mujer iba a descargar su furia, que lo hiciera con quien lo merecía, no con él.

– ¿De verdad quieres dejar las cosas así? –preguntó mi padre–. Hemos sido amigos desde hace años, Elieth, desde que éramos unos niños.

– Pues en eso debiste pensar cuando me dijiste que estaba metiéndome en donde no me llaman –contestó mi tía, con furia–. Me trataste como si fuera la vecina chismosa que mete las narices en donde no debe, pero se supone que tú y yo éramos como hermanos y que por lo mismo me preocupan mucho tus hijos porque los siento como si fueran míos, más considerando que tienen un padre descerebrado e imbécil.

– Lo sé bien, sé que dije cosas que no debía y que te lastimaron –trató de decir el gran Genzo Wakabayashi, pero la señora Schneider lo calló con un gesto.

– ¡Ya te dije que no me importa! –expresó ella–. Por mí puedes irte al carajo con todo y tus muchos años de amistad. Que te quede claro que me voy a seguir preocupando por esos niños porque son los hijos de mi Lapinette, pero no me va a importar si ellos algún día quieren emanciparse de su idiota padre.

Mi tía hizo el intento de salir de la sala y el gran Genzo Wakabayashi creyó que había perdido esa batalla, pero entonces el Káiser de Alemania hizo algo que lo sorprendió hasta a él mismo: agarró a su mujer, la cargó cual costal de papas y la llevó de regreso al sillón, en donde la dejó caer con mucho cuidado, todo mientras ella protestaba a pleno pulmón.

– De verdad que no quiero hacer esto porque no deseo que se arruine nuestro matrimonio –soltó el papá de Mijael–, pero si de verdad te importan los hijos de este imbécil, al menos escucha lo que tiene que decir. También sé que en el fondo sí te interesa el no romper una amistad de tantos años, sé que estás herida y por tanto te mereces que él te dé una buena disculpa; además, una vez que se calle tendrás la oportunidad de patearlo en las espinillas, si quieres.

– No me ayudes tanto, Schneider –protestó mi padre.

– Patearlo en las espinillas es poco –replicó la Emperatriz, ignorando al otro.

– Pues entonces puedes hacer un omelette con sus partes nobles –replicó el Káiser–. De todos modos ya no va a tener más hijos.

– ¡Schneider, no te pases! –gritó el gran Genzo Wakabayashi, pero los otros dos no le hicieron caso pues entablaron un duelo de miradas.

– Si no lo puedo hacer omelette con él, lo haré contigo –aclaró mi tía, sin dejar de mirar a su marido a los ojos.

– Lo amarraré si es necesario –insistió mi tío–. Pero primero escucha lo que tiene que decir.

– ¡A mí nadie me va a amarrar! –protestó mi padre una vez más.

– Por favor, no te quejaste tanto cuando lo hizo Lily –se burló el señor Schneider, con un chiste tan subido de tono que no entendí sino hasta muchos años después.

La Emperatriz suspiró exageradamente, como suelen hacer las mujeres cuando se resignan a su suerte, lo que indicaba que había decidido hacerle caso al tonto que tengo por padre y que ella tenía enfrente suyo.

– Habla –le ordenó al gran Genzo Wakabayashi–. Tienes cinco minutos y contando; después de ese tiempo te patearé en el primer lugar que vea, hayas acabado o no.

– No estuve de acuerdo con ese trato, pero no tardaré mucho en todo caso –aseguró mi papá–. Lamento en verdad lo que te dije, Elieth, no tengo excusa ni perdón para mi comportamiento, actué como el idiota egoísta que soy y sé que con eso te herí mucho.

– Al menos lo admites –farfulló mi tía.

– No me sirve de algo negar la verdad –suspiró mi padre–. En ese momento estaba muy enojado y dejé que mi ira me controlara por completo y que hablara por mí. Me ha sorprendido a mí mismo porque ha pasado mucho tiempo desde la última vez que dejé que esto ocurriera, pero no tengo justificación alguna que darte para haber actuado así contigo.

– Bueno, has estado bajo mucho estrés –señaló la Emperatriz–. Es normal que te comportes más idiota de lo que eres.

– De verdad que nunca he pensado que algo de lo que hayas hecho para ayudar a mis hijos haya sido con la intención de que ellos me desobedezcan –continuó el gran Genzo Wakabayashi, más animado–. También estoy consciente de que sin ti habría perdido el control como padre desde hace mucho tiempo. Por supuesto, hablo exclusivamente de mí, no de Yuri, pues ella siempre ha sido una madre excepcional, pero yo sin ti habría sido devorado sin piedad por esa enorme responsabilidad que implica ser padre.

– No eres tan mal padre –opinó mi tía, a quien se le estaba pasando poco a poco el enojo–. Digo, los he visto peores como tu amigo Tsubasa, quien prefirió jugar un partidillo cualquiera mientras su mujer estaba pariendo a sus gemelos al otro lado del mundo.

– Ése no fue un partido cualquiera, fue la final de los Olímpicos. –Mi padre no pudo evitar sonreír.

– Aunque hubiera sido el fin del mundo –replicó mi tía Elieth–. Si tu mujer está batallando para traer a tus hijos a esta vida, tu deber es estar ahí con ella y apoyarla, es lo mínimo que haría cualquier hombre con pelotas y no estoy hablando de las de fútbol.

– Bien, podemos dejar eso de lado por el momento –aceptó el gran Genzo Wakabayashi–. Sabes bien que tú has hecho más por mí en estos últimos años que lo que yo he hecho por ti a lo largo de toda mi vida. Más que mi amiga eres mi hermana, una de las pocas personas en quienes confío y yo te traté como si fueras una desconocida entrometida. Sé que te lastimé y no tengo perdón para ello, por eso quiero que me creas cuando te digo que estoy arrepentido y que deseo que me perdones, porque sin ti no sobreviviré a esto.

Dice mi tía que a mi padre se le quebró la voz al soltar estas últimas palabras. Yo lo dudo bastante, al gran Genzo Wakabayashi no se le quebraría la voz ni aunque le dijeras que Tsubasa Ozhora lo sustituyó por Ken Wakashimazu en la portería de su corazón, pero démosle el beneficio de la duda.

– Realmente no te mereces que te perdone, Genzo Wakabayashi –suspiró la Emperatriz de Alemania–. Lo que me dijiste fue muy cruel, pero también es cierto que eres un idiota y que el cerebro no te carbura bien la mayor parte del tiempo, tantas lesiones tuvieron sus consecuencias. Es una suerte que la madre de tus hijos sea Lapinette, ella les dará la inteligencia que tú evidentemente no tienes.

– Auch –sonrió mi padre, cual perrito compungido–. Me lo merezco.

– Eso y mucho más –aseguró ella–. Pero no luzcas tan satisfecho, que no te lo voy a dejar tan fácil, puedo perdonarte pero te va a costar trabajo que vuelva a sentir lástima por ti. Tan es así que, si Daisuke quiere dejar la familia y empezar desde cero en otro país, le daré todo mi apoyo.

– Deja de decir que vas a patrocinar que los hijos de Lily se escapen –terció el señor Schneider–. Ella no es culpable de tener el marido que tiene.

– En realidad sí lo es, para qué se casa con él –replicó mi tía Elieth–. Y tú no creas que te salvaste, también a ti te la voy a cobrar.

– Ni modo, me va a tocar dormir en el sillón –suspiró el Káiser.

– Vas a dormir en la casa del perro, el sillón es demasiado para ti –señaló la mamá de Mijael.

– ¿Me perdonarás entonces, Peque? –aventuró mi padre, oportunista como siempre.

– Tendría que ser de piedra para mantenerme indiferente a lo que me acabas de decir –admitió mi tía–. Además, estaría siendo injusta si simplemente paso por alto el hecho de que llevas meses haciendo equilibrio entre tu vida personal, tu hija enferma y tu carrera profesional, es evidente que tu salud mental iba a salir afectada y por eso mismo no debería de seguir enojada contigo durante tanto tiempo. Ya, está bien, todo queda olvidado, menos eso de que te lo voy a cobrar muy caro, porque créeme que lo voy a hacer.

– No esperaría menos de ti, Peque–. El gran Genzo Wakabayashi se echó a reír.

No es necesario que siga narrando el resto de la conversación, pues se ha dicho ya lo más importante. Rato después, mi papá dejó la casa de los Schneider para volver a su propio hogar y disculparse con los Kaltz. Ahí no la iba a tener tan fácil, no tanto por el entrenador sino por su mujer, era bien conocido que la señora Bárbara tenía un carácter fuerte (¿Quién de nuestras madres no lo tiene, realmente?). Al volver a nuestra casa, el gran Genzo Wakabayashi se fue a buscar directamente al tío Hermann para decirle que deseaba decirle unas cuantas cosas antes de que apareciera su mujer o alguno de sus hijos, ya que lo que tenía que hablar con él debía hacerlo a solas.

El entrenador Kaltz estaba en nuestra cocina, tomándose una cerveza a solas; faltaba más, no por algo dicen que los alemanes beben más cerveza que agua simple. Mi padre supo que mejor momento no podía encontrar así que se dirigió hacia nuestro refrigerador y sacó una cerveza para él, tras lo cual se fue a sentar junto a su amigo de toda la vida, como si fueran un par de hombres que reúnen a beber y a charlar después de un arduo día de trabajo.

– ¿Qué hay, Kaltz? –preguntó mi padre, como quien no quiere la cosa.

– No mucho, viejo amigo –respondió el entrenador Kaltz, sin agresividad–. ¿Qué hay de ti?

– Ya debes de suponer que he venido a disculparme –señaló el gran Genzo Wakabayashi–. Vengo como el perro que ha escondido la cola entre las patas.

– Estás lejos de ser un perro, pero entiendo –aceptó el tío Hermann–. Deberías de hablar también con mi Babs, Gen.

– Sé que con ella también me tengo que disculpar, pero siento que será más fácil si los abordo a cada uno por separado –aclaró mi padre.

– Claro: si me convences a mí, me pedirás que te ayude con ella, ¿no es así? –se mofó el entrenador Kaltz, de mejor humor de lo que mi papá esperaba–. Bien, no puedo culparte, hasta a mí me da miedo cuando se enoja.

– ¿Quién de nosotros no le tiene miedo a su mujer cuando se enoja? –preguntó el gran Genzo Wakabayashi y los dos se echaron a reír.

Y es que los hombres nos tomamos las peleas con más tranquilidad que las mujeres, ellas guardan rencores por siglos y nosotros nos limitamos a darnos golpes como cavernícolas para ir a tomar cerveza después. Bueno, yo no tengo edad para beber alcohol, pero me entienden.

– Bien, Gen, soy todo oídos –dijo el entrenador Kaltz, tras acabarse su cerveza.

– No hay mucho por decir, Kaltz, no tengo excusas: fui un completo idiota –admitió mi padre–. En los años que llevamos siendo amigos, que son muchos, tú nunca diste muestras de hacer algo que pudiera afectar mis intereses y no hay razón para que creyera que has comenzado a hacerlo. Siempre fuiste un amigo leal y yo te he pagado estos años de amistad sincera con una acusación grave y mal fundamentada.

– Es común en ti que pierdas la cabeza cuando estás furioso. –El entrenador de Kaltz se encogió de hombros–. Y también es común que Daisuke te haga enfurecer, aunque en esta ocasión tuvo una buena razón para hacerlo.

– Elieth me ha dicho que estoy bajo mucho estrés y, aunque es cierto, no quiero usarlo como excusa –replicó el gran Genzo Wakabayashi–. Yo rebasé el límite permitido sin justificación alguna.

– Todos hemos hecho eso alguna vez –dijo el tío Hermann–. Cuando recién llegaste al equipo juvenil de Hamburgo, no moví un dedo para evitar que nuestros compañeros te acosaran y te golpearan sólo por ser japonés. Es cierto que yo no participé en ello pero no hice nada para evitarlo y eso también rebasa el límite de lo permitido por la decencia, Gen. Así que no te lo tomes tan a pecho, no me siento ofendido por tus comentarios y puedes estar seguro de que esto no va a afectar nuestra amistad, se necesita mucho más para hacerlo.

– Gracias, Kaltz. –Mi padre sonrió, aliviado.

El entrenador Kaltz habría de decirme después que en ese momento dudó en seguir adelante o aceptar las disculpas de mi padre y dejar el asunto por la paz, pero que algo lo impulsó a no quedarse callado y tal vez, sólo tal vez, esa pequeña decisión fue lo que ayudó a decidir mi destino. ¿Quién dice que el efecto mariposa no existe?

– Sin embargo, sí hay un problema grave con este asunto, pues estás haciéndole mucho mal a alguien y ese alguien no soy yo, ni Babs –continuó el entrenador–. Ni siquiera es tu esposa ni tu pequeña Aremy, y lo peor del caso es que no quieres darte cuenta de cuál es el origen de esto, mientras no lo hagas las cosas no van a cambiar.

– No me digas –masculló mi padre, presintiendo lo que su amigo iba a decirle.

– Sí te digo, Gen, porque necesitas que alguien lo haga: Daisuke no va a borrar el hecho de que Japón perdió su segunda Copa del Mundo consecutiva gracias a que no pudiste detener los disparos de Cruyfford –soltó el entrenador, con dureza–. Que entrenes a tu hijo para ser tan bueno como tú, no hará que desaparezcan tus errores del pasado ni tampoco le dará automáticamente a Japón otra copa mundial.

En el silencio que se hizo tras las palabras del tío Hermann habría podido escucharse el ruido de un alfiler al caer. La verdad era que, si bien ya muchas personas le habían dicho al gran Genzo Wakabayashi que tenía que dejarme elegir mi propio camino, nadie se había atrevido a hablarle de este asunto de frente y con dureza, tal y como acababa de hacer el entrenador Kaltz. Creo que éste es una de las pocas personas que puede tocar el tema de "Japón-perdió-su-segunda-copa-por-tu-culpa" sin ser asesinado en el proceso y el único que realmente no se contendría de tocarlo por temor a herir a mi padre, pues por mucho que mi madre dijera que no era así, lo cierto era que ella tampoco quería echarle ese asunto en cara al gran Genzo Wakabayashi para no lastimarlo ya que sabía lo sensible que se ponía él por esto.

– Esa semifinal contra Holanda ocurrió hace mucho tiempo, antes incluso de que Daisuke naciera. –El gran Genzo Wakabayashi fingió una sonrisa–. Como bien has dicho, lo que él haga no borrará lo que yo hice en el pasado así que no sé qué tiene que ver una cosa con la otra.

– Tiene que ver en el hecho de que el trauma que te causó haber sido el culpable, según tú, de que tu equipo no pudiera llegar a su segunda final consecutiva de la Copa del Mundo hizo que quisieras usar a tu hijo para seguir tus pasos y corregir los errores que hiciste –replicó el entrenador–. Quieres que Daisuke sea quien le dé a Japón esa segunda Copa que tú no le pudiste dar.

– Eso no es verdad. Mi papá negó varias veces con la cabeza, como si pensara que el tío Hermann estaba loco–. Tú me conoces bien, sabes que no me aferro al pasado.

– Al pasado no, pero a una idea sí –insistió el otro–. Cuando algo se te mete en la cabeza, no lo dejas en paz hasta que lo ves realizado, sin importar cuánto tiempo te tome. Y quizás ya no estés obsesionado con esa semifinal, Gen, pero sí que lo estás con la idea de que Japón tenga otra copa del mundo.

– ¿Y quién no lo estaría, Kaltz? –acotó el gran Genzo Wakabayashi, al instante–. ¿No es precisamente lo que Schneider, Margus y tú quieren también para Alemania?

– Sí, pero nosotros no tenemos a nuestros hijos entrenando como locos para eso –replicó el entrenador Kaltz, aunque se quedó callado un momento y después corrigió–: Es decir, sí están entrenando para eso, pero no porque nosotros los estemos presionando.

Le salió la frase como el meme de Will Smith en Men in Black 3, ¿a poco no? Pero bueno, que él tenía razón, Mijael y Adler podían retirarse del fútbol en el momento en el que lo quisieran mientras que yo… bien, pues ya lo saben, yo no podría dejarlo sin que mi papá iniciara la Cuarta Guerra Mundial.

– El caso es, Gen, que tienes que aceptar esa verdad –continuó el entrenador–. Las cosas no van a cambiar mientras no lo reconozcas porque ése es el origen de los problemas que tienes con tu hijo mayor. Estoy seguro de que lo sabes, no es algo nuevo para ti.

– Mi mujer me lo ha mencionado en algunas ocasiones. –El gran Genzo Wakabayashi todavía intentó fingir demencia–, pero siempre he considerado que sólo lo hace para fastidiarme cuando me paso de estricto con Daisuke y no porque realmente lo piense.

Ay, por dios, ¿estás tomándome el pelo, Genzo Wakabayashi? –los interrumpió en ese momento una voz en español, la voz de mi querida madre, tras lo cual habló en alemán–: Oh, por supuesto que lo digo en serio, pero no te insisto al respecto porque sé que ese tema todavía te duele, mi amor.

El gran Genzo Wakabayashi miró a mi mamá con la misma expresión que habría puesto de haber visto a un fantasma, mientras que el entrenador Kaltz la miró con el ceño fruncido, evidentemente no esperaba que alguien los estuviera escuchando. Ay, que admiro el valor de mi madre para meterse en las discusiones de mi padre, yo nunca me atrevería a tanto… Vamos, ¿a quién engaño? Por supuesto que interrumpiría alguna conversación que tuviera el gran Genzo Wakabayashi por el simple gusto de hacerlo enojar.

– No sabía que nos estabas escuchando, Yuri –comentó mi padre, furibundo–. Me dijiste que dejarías que resolviera este lío solo, dado que me metí a él yo solo.

– Vine por algo de beber, pero los escuché hablar y como no quise interrumpirlos, decidí esperar a que acabaran –explicó mi mamá, avergonzada–. No era mi intención espiarlos pero se tardaron demasiado, lo siento. Ya te enojarás después conmigo, Gen, la cuestión es que Hermann tiene razón en lo que ha dicho. Yo me hice la tonta durante mucho tiempo porque pensé ingenuamente que corregirías ese problema tú solo, pero es evidente que, lejos de superarlo, llevaste el asunto demasiado lejos pues descargas en Daisuke la responsabilidad de corregir tus propios errores. Cada vez que te lo digo te lo tomas a la ligera, pero mira a qué extremos has llegado.

– ¿Y es ahora cuando ambos han decidido que es momento de hacer una terapia grupal? –bufó mi padre.

– Bien, eso ha sido accidental pero este momento es tan bueno como cualquier otro. –El tío Hermann se encogió de hombros.

– No es una sesión de concientización o también estarían Karl y Eli –replicó la doctora Del Valle–. Yo realmente no habría abierto la boca y ustedes habrían creído que nadie los estaba escuchando sino fuera porque mencionaste que crees que te digo que estás traumado por esa semifinal perdida contra Holanda sólo para fastidiar. Constantemente te hago comentarios al respecto pero siempre me ignoras, no es sino hasta que te lo dice Hermann que empiezas a darte cuenta de que algo anda mal con eso.

– No es que no te escuche, Yuri, es que… –Mi padre pareció quedarse sin excusas–. Bien, no lo sé. Realmente creí que no lo decías en serio, no sentía que estuviese tan obsesionado como ustedes comentan pero si insisten en eso, por algo es.

– Te lo decimos por el bien tuyo y el de Daisuke –asintió el entrenador Hermann–. Tienes que dejar de aferrarte a una idea que no puede ser, no sólo porque no depende de ti sino porque es más dañina que las otras a las que te has aferrado.

– Y te lo he dicho ya varias veces: no tienes por qué cargar con el peso de algo que no fue exclusivamente tu culpa –añadió mi madre–. Hay once jugadores en el campo, no sólo uno, así que, si bien es cierto que tú no pudiste detener a Bryan, también es verdad que ninguno de tus compañeros fue capaz de darle la vuelta a ese marcador. ¿Y ves acaso que ellos pongan a sus hijos a entrenar como locos para corregir esa falla? No, ¿verdad? Y sabes que Tsubasa no cuenta, él de cualquier manera habría hecho que sus gemelos jugaran fútbol, como él, independientemente de si se sintiera culpable por culpa de esa semifinal.

El gran Genzo Wakabayashi, también conocido como mi padre, se quedó callado durante un tiempo, seguramente para pensar en lo que acababan de decirle su mujer y uno de sus mejores amigos. Supongo que no es fácil para nadie, ni siquiera para él, darse cuenta de que se ha cometido un error muy grande durante mucho tiempo.

– Tal vez tendré que ponerme a pensar en eso con más calma, cuando tenga oportunidad de hacerlo –comentó mi papá, después de un rato–. Analizar qué tanto me ha afectado esto en verdad.

– ¿Y cuándo piensas hacerlo? –quiso saber el tío Hermann.

– Después de que me disculpe con tu mujer –señaló el gran Genzo Wakabayashi, con acidez–. No es algo que pueda dejar pasar por más tiempo o se ofenderá por ser la única con la que no hablé hoy.

– Ya está ofendida de cualquier modo, pero es un punto a tu favor –aceptó el entrenador–. Después de eso tienes que pensar en lo que te estamos diciendo, Gen.

– Está de más que te diga que lo hacemos por tu bien –repitió la doctora Del Valle–. ¿De verdad siempre creíste que te lo comentaba sólo para fastidiar?

– No –admitió mi papá, con una sonrisa torcida.

En ese momento se escuchó que mi tía Bárbara y sus retoños, es decir, Adler y Mina, se acercaban a la cocina así que los otros tres decidieron dejar el tema. Mi madre se apresuró a servirse un vaso con agua y escabullirse mientras que el entrenador Kaltz se puso a la defensiva, aunque no tanto como ya lo estaba el gran Genzo Wakabayashi.

No voy a extenderme demasiado con las disculpas que el baboso de mi padre le dio a cada una de las personas a las que insultó, porque entonces esta historia tendría mil capítulos y no hay cuerpo que aguante tanto drama. Me limitaré a decir que, al final de la noche, el gran Genzo Wakabayashi ya había hecho las paces con todas las personas a las que había disgustado, aunque mi tía Bárbara fue la menos convencida de todas (no la culpo, sinceramente). En cualquier caso, esa noche mi padre la dedicó a reflexionar en su pasado, en sus culpas no reconocidas y en los errores que cometió a causa de ellas.

Yo, por supuesto, ni enterado estaba de todo este drama digno de una quinceañera que se ha quedado sin novio. Esa noche yo estaba más ansioso y excitado por el asunto del vídeo, así como angustiado por Aremy, de manera que me había costado mucho trabajo el poder terminar de estudiar sin distraerme cada cinco segundos. Tan perdido estaba en mis pensamientos que no recuerdo qué sucedió en la cena; lo único que se me quedó grabado fue la mirada determinante que me lanzó Ichimei, el vengador, cuando acabamos de comer.

– Mañana acabaremos con este asunto –me dijo sin más, tras lo cual cambió de tema para que nadie preguntara de qué carajos estábamos hablando.

En ese preciso momento, Benjamín dio una clara muestra de que por sus venas corre la sangre de Genzo Wakabayashi, pues había mostrado su misma férrea determinación. De entre Benji y yo, él es el que menos se parece a nuestro padre, no sólo físicamente hablando sino también en personalidad, en ambas cosas es más parecido a nuestra madre, así que la gente suele asociarlo menos al gran Genzo Wakabayashi que como lo hacen conmigo (cosa que el mismo Ichimei, el fastidiado, suele comentar constantemente), pero son en momentos como éste en donde puede uno notar que Benji también heredó muchas cosas de papá. No estoy exactamente seguro de cómo me hace sentir esto, porque muchas veces he dicho que he envidiado a mi hermano por no tener tanto parecido con nuestro padre, pero al mismo tiempo el saber que no soy el único que tiene sus mañas me hace sentir reconfortado.

Sí, ya sabemos que soy bien contradictorio, ¿qué le vamos a hacer?

En fin, estaba preparándome para dormir cuando alguien tocó a la puerta de mi cuarto y me sorprendí mucho cuando vi que se trataba de mi madre. Y como era de esperar, me temí lo peor.

– ¿Qué sucede, mamá? –pregunté, ansioso–. ¿Aremy está bien?

– Sí, Dai, no te preocupes –respondió ella, con una sonrisa amistosa–. Deja de angustiarte cada vez que vengo a buscarte, no siempre traigo malas noticias. ¿Puedo pasar?

– Perdón, es la costumbre –suspiré, aunque no me sentí aliviado, tras lo cual me hice a un lado para que ella pudiera entrar–. ¿Vienes a hablarme entonces sobre papá?

– Tampoco –negó la doctora Del Valle–. Lo que te tenía que decir sobre él ya lo hice, tu padre debe buscar solito la manera de salir del embrollo en el que se metió.

– ¿Crees que venga hoy? –pregunté–. Para saber si lo espero.

– No lo creo –contestó mi mamá–. Vengo huyendo de la cocina pues tu tía Bárbara acaba de aparecer y tu papá va a aprovechar para disculparse con ella, así que no le quedarán ni tiempo ni ganas para venir a hablar contigo.

– ¿Dejaste a mi papá solo con la tía Bárbara enojada? –abrí mucho los ojos por la sorpresa–. ¿De verdad? Pobre, se lo va a hacer puré.

– Se lo tiene bien merecido –replicó la doctora Del Valle, muy seria–. Lo dejo solo por unos días y hace un desastre peor que el de la Selección Mexicana en un Mundial de Fútbol. No sé en qué estaba pensando, pero si tu papá se metió en un lío por bocón, que su bocota lo ayude a salir de él.

Tuve que hacer un esfuerzo para no reírme. Mi madre es una persona agradable, inteligente, culta y con sentido del humor, pero si te metes con ella o la haces enojar, seguro que te lanzará una patada. El gran Genzo Wakabayashi no era la excepción por mucho que la doctora Del Valle lo amara, había que decirlo, así que ahora él pagaba las consecuencias de sus actos, como todos lo hacemos alguna vez en esta vida.

– Pero no es de tu padre de quien te vengo a hablar, Dai, sino de otra cosa más, eh, romántica –continuó mi madre. Hasta parecía que había hablado en cursiva, en serio.

– ¿Romántica? –me esperaba todo, menos eso–. ¿Qué cosa?

– Por ahí me contó un pajarito, y no estoy hablando de Twitter, que tienes problemas de amor con cierta pelirroja italiana –explicó la doctora, con una miradita suspicaz que me hizo enrojecer–. ¿Es cierto?

– ¿Qué? ¿Quién te fue con el chisme? –cuestioné, escandalizado–. ¡De eso sólo te debías enterar hasta que ya tuviéramos que ir con sus padres para pedir su mano!

– Ya sabes que no le puedes ocultar algo a tu madre durante mucho tiempo –se burló mi mamá y se sentó en mi cama–. ¿Quieres contarme qué sucede o prefieres que pasemos directamente a mis consejos maternales?

– ¡Mamá! –protesté, avergonzado–. ¿Realmente tenemos que pasar por esto?

– Mira, mi amor, en algún momento tendrás que pedirle ayuda a un adulto y creo que preferirías que fuese yo en vez de tu padre –señaló la doctora Del Valle, con mucho tino–. Bien que sabemos que no es precisamente una lumbrera en cuestiones de amor.

– Sí, eso ya me quedó muy claro hace unos días –bufé, tras lo cual me senté junto a ella–. No te voy a dar detalles personales ni aunque me tortures, así que sólo diré que he intentado varias veces acercarme a ella en plan amoroso y me ha mandado al carajo.

– Cuida tu vocabulario, Daisuke –me amonestó mi madre.

– Perdón –me disculpé–. El caso es que hasta me le declaré una vez y ella me dejó colgado, pero lo peor no es eso sino que Maia me dijo que le gusto y me besó y alguien nos grabó y Giovanna vio el vídeo y…

– A ver, a ver, espera un momento –me interrumpió la doctora–. ¿Le gustas a Maia Shanks? ¿Besaste a una chica?

– Ay, mamá, actualízate o deja eso de lado –sentí que estaba más rojo que un mugroso tomate. ¿Para qué abrí mi bocota? –. También besé a Giovanna, no es la gran cosa.

La doctora Del Valle agarró una de mis almohadas y me pegó con fuerza con ella.

– ¡No hables como si fueras un conquistador! –me reprendió–. ¡Respeta los sentimientos de las chicas!

– ¡Ay, no, mamá, no es lo que crees! –grité, mientras me protegía la cabeza con los brazos–. ¡Deja que te cuente bien, no saques tus conclusiones!

Así que con mucha vergüenza le conté a la doctora Del Valle todo acerca de mi fallida declaración a Giovanna, la fallida declaración de Maia y lo del vídeo en donde ésta me besó y que anduvo circulando por la escuela, así como el hecho de que Giovanna me había mandado a volar a causa de eso. Pensé que mi mamá se echaría a reír, pero para mi sorpresa ella frunció mucho el ceño como cuando algo no le agrada. Siempre creí que la doctora Del Valle no era del tipo "madre posesiva" pero definitivamente no le cayó en gracia lo que le conté. ¿Será que me equivoqué con ella?

– Parece que no te gustó lo que te acabo de contar, mamá –dije, al finalizar la novela de mis desventuras amorosas.

– No es eso, no me molesta que tengas novias (aunque más te vale que sólo tengas una por vez, ¿eh?), pues estás creciendo y sé cómo actúan las hormonas así que ya me esperaba algo como esto –explicó ella–. Lo que no me agradó es que me parece que fue demasiado el que alguien los haya seguido a Maia y a ti para grabarlos y después difundir ese vídeo. Sé que a los adolescentes les gusta el chisme, o el cotilleo, como prefieras llamarlo, pero esto es exagerado. Esperaría ese nivel de mala educación en una escuela mexicana, pero no en la Wittelsbach.

Bueno, sí, yo también ya había pensado que hubo bastante mala fe en la persona que grabó el beso que me dio Maia para después pasárselo a media escuela, pero aparte de mis presentimientos no tenía ninguna prueba de que ese (o esa) infeliz lo hizo con el afán de joderme, así que lo dejé pasar dado que no podía hacer otra cosa. Sin embargo, si mi mamá lo creía también, tal vez yo no estaba tan paranoico como creía.

– No es tan grave –me rasqué la nuca, incómodo–. Digo, es de lo más común que grabes una escena que te resulta graciosa.

– Aun así me parece demasiado trabajo el que los hayan seguido sólo para grabarlos –insistió la doctora–. Eso ya es una invasión a la privacidad y como tal es responsabilidad de los prefectos evitar este tipo de situaciones.

– Sí, mamá, seguramente quiero tener a un prefecto cerca cuando se me declara alguna chica –gruñí, con sarcasmo–. ¡No inventes!

– Bueno, no me refería exactamente a eso. –Mi madre me miró con cara de disculpa–. Pero si ese vídeo se corrió por toda la escuela como reguero de pólvora, seguramente algún profesor o prefecto debió de verlo y no hizo nada para impedir que se siguiera divulgando, lo cual sí está mal. Tal vez debería de darme una vuelta por la Wittelsbach, sólo para variar.

– Tú tienes que cuidar a Are, mamá –negué, moviendo la cabeza con fuerza–. Nosotros nos las arreglaremos bien en la escuela.

La doctora Del Valle me miró como si quisiera decirme algo más, pero debió cambiar de parecer porque se quedó callada un buen rato, tanto que estuve a punto de preguntarle qué le pasaba.

– Y a todo esto, ¿qué le dijiste a Maia cuando te confesó que le gustas? –quiso saber mi mamá–. Espero que no le hayas dicho alguna babosada como "ay, déjame pensarlo".

– ¡Claro que no! ¿Cómo crees? –la empujé un poco–. A Maia le dije que no me gusta de esa manera, que sí la quiero pero como amiga y que a mí ya me gusta alguien más. No quería darle falsas esperanzas ni romperle el corazón así que se lo dejé muy claro, según yo. Ella lo entendió muy bien, así que espero no haber metido la pata más de lo necesario.

– No metiste la pata, todo lo contrario, te comportaste de manera muy adecuada. –Mi madre me miró con orgullo–. Creo que hice algo bien si mi hijo es capaz de tratar con decencia a una chica que le ha abierto su corazón.

– Me avergüenzas –protesté, porque era cierto–. No es la gran cosa.

– Claro que lo es, este mundo está repleto de hombres idiotas que creen que es divertido jugar con una chica –bufó la doctora Del Valle–. Me alivia saber que mis hijos no son de ésos. Pero no nos desviemos: ¿Qué vas a hacer con Giovanna?

– Ay, ¡ya no sé! –exclamé, desesperado–. ¡Las mujeres son muy complicadas! Perdón, mamá, no lo digo por ti pero sabes que es cierto. El caso es que yo creo que voy a dejar ese asunto por la paz, es obvio que Giovanna no siente lo mismo por ti.

– Sí somos complicadas, bastante diría yo, no hay por qué negarlo –reconoció ella–, pero ése no es motivo para que te des por vencido. Pienso que estás equivocado en algo: si Giovanna está tan enojada por culpa de ese beso, es porque también le gustas, Dai.

– Eso me ha dicho Mijael pero no me lo creo mucho porque no tiene sentido –negué, ofuscado–. ¡Cómo me gustaría que eso fuera verdad!

– Ay, Daisuke, si no le gustaras ni siquiera le habría importado –sentenció la doctora Del Valle, con esa mirada de madre sabelotodo–. Evidentemente está dolida porque cree que estás jugando con ella pues supo que besaste a otra chica. Créeme cuando te digo que cuando a las mujeres no nos importa cuando un hombre hace algo, no perdemos el tiempo en tratar de hacerlo sentir mal con el látigo de nuestro desprecio.

Bueno, sí, eso tiene lógica… hasta cierto punto. ¿Por qué simplemente no nos dicen directamente lo que quieren? Así nos ahorraríamos muchos problemas.

– Suponiendo que lo que dices es cierto –dije, con cautela–. ¿Qué es lo que crees que debería hacer, mamá?

– Insistir en que te permita explicarte cómo ocurrieron las cosas en realidad –contestó la doctora Del Valle–. Dile que ella es quien te gusta y que lo de Maia no sucedió como ella cree que pasó. Después de todo tienes la verdad de tu lado, no estás mintiéndole a lo descarado.

– Intenté hacer eso ya varias veces, pero sólo he logrado que Giovanna me considere terco –suspiré, acostándome en la cama.

– Mira, cuando insistes en algo y fracasas, la gente siempre dirá que eres un terco –aseguró mi madre, acostándose a un lado mío–. Pero si insistes en algo y tienes éxito, entonces dirán que eres persistente. De ti depende que seas terco o persistente, Dai.

Vaya, ¡qué frase tan buena! Las palabras de mi madre eran tan ciertas que me golpearon cual bola de demolición. Me quedé tan sorprendido que no supe qué responder, así que opté por echarme a reír. Como dijeron en la película de Rapunzel: "Sabia es mamá" y por algo es.

(¿Debería de preocuparme por haber visto demasiadas películas de princesas Disney a pesar de ser hombre, por cierto?)

– Buena por ésa, mamá –admití–. Me dejaste sin saber qué decir.

– Vaya, ¡eso es algo digno de mención, he anotado un tanto! –dijo la doctora y se rio también–. Por supuesto, eso que te dije no aplica para tu padre, él siempre va a ser muy terco sin importar cuántas veces consiga sus metas.

– Eso lo sabemos bien –me senté en la cama, más animado; sin duda que ya me sentía mucho mejor–. Bien, mamá, tú ganas: voy a esforzarme para ser catalogado como perseverante y no como terco.

– Que sea en todos los aspectos de tu vida, no sólo en el amoroso –aconsejó mi madre–. Aunque vayas de uno a la vez, ¿de acuerdo?

– Sí –asentí, en vez de soltar un "lo intentaré"–. Gracias. No sé quién te contó todo ni por qué lo hizo, pero de verdad agradezco que te hayas tomado el tiempo de darme tus sabios consejos de madre.

– No seas tan sarcástico. –La doctora me lanzó un golpecito al brazo–. Quizás te sorprenda saberlo, pero Jaz y Benji fueron los pajaritos que me lo contaron.

– ¿Qué? –me asombré tanto que salté en la cama–. ¿Por qué hicieron eso?

– Bueno, mientras hablabas con Aremy hace rato, yo les pregunté a cada uno por separado si tenían algún problema con el que los pudiera ayudar y los dos me hablaron de ti –explicó mamá–. Ambos me dijeron que ellos estaban bien pero que tú la estabas pasando mal, no sólo con tu padre sino también con Giovanna aunque no me dijeron el por qué así que decidí venir a verte.

Ay, ¿de verdad mis hermanos habían hecho eso por mí? ¿Jaz y Benji se callaron sus propios problemas para ponerlos por detrás de los míos? ¿Por qué habrán hecho eso? Sé que ambos extrañaron mucho a mamá y seguramente que tienen muchas cosas de qué hablarle, pero los dos prefirieron mandarla primero conmigo. Sé que no lo digo con mucha frecuencia, pero tengo a los mejores hermanos del mundo. Voy a procurar recordar eso cuando papá muera y nos tengamos que pelear la herencia.

(Estoy siendo sarcástico, no vayan a creer que hablo en serio).

– Tendré que darles las gracias después –giré la cabeza para que la doctora Del Valle no viera que tenía ganas de llorar–. Aunque no tenían por qué hacerlo, no estoy tan mal como lo hicieron ver.

– Tal vez no, pero son tus hermanos y se preocupan por ti. –Mi mamá me dio un cariñoso tirón de orejas–. Bien, te dejo descansar que mañana tienes escuela. Y recuerda ser paciente con tu padre, está intentando corregir sus errores.

– Lo sé –suspiré–. Lo intentaré.

La doctora Del Valle me abrazó y me besó, tras lo cual se retiró. Hablar con ella había cambiado un poco mi perspectiva con respecto a Giovanna, pero aun así no me iba a ser fácil seguir intentando hablar con ella.

En fin, que al día siguiente me desperté con la sensación de que ése iba a ser un día enorme, un día importante en muchos aspectos pues estaba por jugarme mi reputación y mi verano libre contra el infeliz de Kentin Hyuga. ¿Tendríamos éxito o él ganaría la partida?

Apenas pusimos un pie en la escuela, Mijael, Chris, Claude, Benji y yo discutimos sobre cuándo debíamos entregar la dichosa grabación al director Zimmerman. Yo quería ir inmediatamente con él para dársela, pero Chris dijo que eso se interpondría con los exámenes pues nos tomaría mucho tiempo arreglar ese problema.

– No es algo que pueda resolverse en cinco minutos, el director obviamente va a llamar a Kentin para confrontarlo con nosotros y no lo va a hacer si sabe que tenemos que presentar exámenes –argumentó Chris.

– Tienes razón, condenado camarada franchute –resoplé–. ¿Y qué, eso significa que tendremos que esperar hasta el final del día?

– Parece la cosa más lógica –respondió Mijael, a quien tampoco le hizo gracia el asunto–. Sólo tenemos una oportunidad y debemos aprovecharla bien.

Después de eso vino una discusión por decidir quién presentaría las pruebas ante el juez, o sea, el vídeo ante el director. Tras hablarlo un poco más, decidimos que sería Benjamín el que lo hiciera ya que no estaba involucrado en el asunto y después de todo fue él quien consiguió la grabación.

– Quizás haya conflicto de intereses por el hecho de que soy hermano de uno de los acusados y amigo del otro –comentó Ichimei, el abogado–. Pero ya veremos eso en su momento.

– No seas tan mamerto, Benji. –Claude, bastante nervioso, le dio una patada en la pantorrilla–. Es obvio que va a haber conflicto de intereses porque te preocupamos nosotros. Esto es una escuela, no un patíbulo francés.

– Menos mal porque, de lo contrario, qué jodidos estaríamos –comentó Mijael–. Chucky no podría defenderse en francés ni aunque su vida dependiera de ello.

– Cállate –gruñí y lo golpeé, mientras los otros se echaban a reír.

Sin embargo, en el descanso de la segunda hora tuvimos que hacer un cambio de planes urgente, ya que nos enteramos de que el director iba a salir de la escuela otra vez al final del día (al parecer no iban a dejarlo en paz con ese asunto de la explosión del laboratorio de Química). Así pues, decidimos que entregaríamos el vídeo a la hora del receso, esperábamos que treinta minutos fueran más que suficientes para ponerle fin a este drama de una vez por todas (y si no lo eran, contábamos con que al menos avanzaríamos lo suficiente).

Parecía ser un buen plan, de no ser porque cuando entramos en la antesala de la oficina de Zimmerman, vimos a través de la puerta abierta que Kentin estaba hablando con aquél sobre quién sabe qué cosa. ¿Qué carajos? ¿Acaso nos habría descubierto y se nos había adelantado? Los Schneider, Benji y yo intercambiamos miradas temerosas, pero entonces la secretaria del director nos dijo que Hyuga sólo estaba haciendo los trámites correspondientes para renovar su beca para el siguiente ciclo escolar y que podríamos hablar con Zimmerman en cuanto acabaran ese asunto.

– Creo que será mejor que vengamos otro día –sugerí, pues me parecía mala idea el mostrar el vídeo justo en ese momento, lo mejor era que Kentin no estuviera presente.

– Opino lo mismo –asintió Chris–. Volveremos mañana.

– Ya qué –resopló Claude, por lo bajo. A él tampoco le hacía gracia el asunto.

– Ni hablar –aceptó Mijael, tan frustrado como nosotros.

Pero fue mi hermano el que, una vez más, demostró el por qué es un Wakabayashi. A Ichimei, el vengador, no le tembló la voz cuando le dijo a la secretaria, con aire de persona mayor, que tenía una prueba de por qué a Kentin no se le podía renovar la beca para seguir estudiando en la Wittelsbach.

– La traigo aquí mismo –aseguró, al tiempo en que sacaba su teléfono–. Después de que el director vea esto, ni siquiera permitirá que Hyuga haga sus exámenes finales.

– ¿Ah, sí? –En ese momento, Zimmerman salió de su oficina, con Kentin detrás de él–. ¿Qué traes ahí, jovencito?

– Algo de lo más interesante –respondió Benjamín–. Un vídeo que seguramente no le agradará mucho ver.

Está de más decir que Kentin le lanzó una mirada de rabia, muy a lo Hyuga, pero Ichimei, el temerario, se la sostuvo sin pestañear. Hay que reconocerlo: mi hermano tiene más pelotas (y no de fútbol) de las que llegaré a tener yo.