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Chester podía resultar un condado encantador por varios motivos: contaba con hermosos paisajes naturales como las colinas de Beeston, era un lugar colmado de edificaciones estéticamente atractivas— entre las que NO se consideraba al castillo de los condes de Cheshire—, y se desarrollaban en él un sinfín de actividades de recreación que captaban la atención de muchos extranjeros, como por ejemplo el Torneo de Justas Regional.

Sin embargo, había un aspecto desfavorable para el lugar: el deplorable estado de los caminos en los que era casi imposible transitar si te desplazabas en carreta. Había en ellos una gran cantidad de pozos que en las épocas de lluvia y humedad se convertían en charcos de barro y dificultaban el pasaje de los carruajes. Las ruedas de las carretas se atascaban en el lodo o se tambaleaban, e incluso en algunas ocasiones llegaban a volcarse.

Era un defecto que molestaba a gran parte de la población, y a los tres condes de Cheshire también. Al trío le fastidiaba tener que recorrer los caminos en los días lluviosos. Y había que tener una gran experiencia para que los jóvenes nobles no alcanzaran el límite máximo de su exasperación. Por eso Salomón era quien conducía con mayor frecuencia, y rara vez lo hacía Joey. Aunque con algunos de los hermanos todo el esfuerzo del señor Moto por hacer el viaje más ameno jamás era suficiente.

Pero esta vez Seto no había salido de su casa y el abuelo de Yami Moto conducía la carreta en la que Tea Kaiba se desplazaba hacia la casa de la modista. Con ella iba además la joven viuda del Conde de Southampton, quien llevaba en su cabeza un gran pañuelo celeste para cubrir su cabello.

Ambas se sorprendieron al ver que la carreta se había detenido y no había sido porque habían llegado a destino. Intercambiaron miradas preocupadas durante unos instantes, y Tea fue quien descendió del carruaje primero. Roux Anne también la siguió.

En la parte delantera de la misma el señor Moto se hallaba con los ojos cerrados y una clara expresión de dolor en su rostro, mientras su mano derecha estaba sobre su pecho.

— ¡Señor Salomón!, ¿se encuentra bien?

La pregunta era absurda en tales circunstancias, pues era obvio que la respuesta era negativa. Tea se dio cuenta inmediatamente de esto, entonces miró a Roux Anne y dijo:

—Debemos conducir de regreso al castillo— y al mencionar aquello recordó que ella no sabía hacerlo y mucho menos en un camino en tales condiciones—. Necesitamos a Joey, pero ya está demasiado adelantado— y apartó su mirada de la otra mujer para observar la otra carreta en la que su hermano menor se dirigía a la tela.

Roux Anne posó su atención en el mismo lugar. Era cierto, se encontraban a una distancia apreciable, y correr hasta donde estaban sería agotador para Tea al no estar acostumbrada. Además les llevaría varios minutos alcanzar a Joey y Mokuba.

Por otro lado, montar uno de los caballos y conducirlos hasta el castillo sería algo demasiado sospechoso para los habitantes de Chester siendo ella una supuesta condesa y no una joven acostumbrada a ese tipo de actividades.

Pero era urgente tomar una decisión. Y así lo hizo.

Tea se asombró al ver a Roux Anne correr con tal rapidez. La joven estaba mostrando los aspectos más extraños de su personalidad. La condesa de cabello castaño no pudo evitar asociar aquellas características tan particulares, como correr a gran velocidad o tolerar seres tan desagradables, con su lugar de residencia originaria. Su primo Devlin también había demostrado tener varias costumbres extrañas...

Roux Anne había corrido muchas veces antes, pero esta se trataba de la más difícil porque en tales circunstancias el calzado que vestía no resultaba de mucha ayuda. Los mismos se atascaban en el barro o le hacían trastabillar. Antes todo era más fácil, más natural. Antes podía correr con mayor libertad. Y antes no se hubiera caído aunque la piedra más grande se hubiera cruzado en su camino. Pero pronto la chica entendió por qué los caminos de Chester eran detestados por casi todos, sino todos los habitantes del condado.

—Oh, pobre jovencita— escuchó que una mujer se aproximaba. Levantó la vista y comprobó que se trataba de una mujer de cabello rubio y ojos celestes que le extendía la mano para ayudarla a levantarse. Junto a ella había alguien más, y a Roux Anne le bastó apenas un instante de contemplación para comprender que debía pararse y alejarse rápidamente a pesar de la mirada desconcertada de los otros dos.

No, no podía permitir que Crawford la reconociera.

Dos hombres de estatura inferior a la suya le permitieron el acceso al domicilio del doctor Shaadi. Seto recorrió la breve distancia que separaba el portón de la entrada con paso ligero aunque era consiente de que, por mucho apuro que tuviera, Shaadi se tomaba sus propios tiempos. Golpeó la gran puerta con cierta desesperación que no se molestó en esconder.

Luego se recostó contra la entrada, apoyado en su hombro derecho, y con la misma mano sacó su reloj de bolsillo del mismo. Ni modo de que moviera su brazo izquierdo...

Miró la hora en la pieza dorada y sonrió al darse cuenta de que aún faltaba un largo rato para que su hermana regresara. Lo que no sabía era cuánto le llevaría a Mokuba enterarse de que Yami no estaría en la tela y cuánto tiempo tardaría en tomar la decisión de cargar su furia de regreso al castillo. Por esos motivos tenía prisa, pero aparentemente Shaadi no.

Y hablando de Mokuba, lo tenía bastante molesto que se negara a ir con el a la tela pero accediera encantado a la compañía de Joey.

Seto prestó un poco más de atención a aquel reloj que tenía en la mano. A diferencia de las misteriosas hazañas que escondían relojes similares que había visto en otros nobles, quienes las narraban en alguna celebración, el suyo no cargaba con ninguna clase de pasado fascinante.

No, Tea estaba equivocada cada vez que mencionaba que lo había heredado de su padre. El reloj era de origen francés y su padre lo había obtenido durante una batalla militar. Al matar al líder de las tropas adversarias se hizo de aquel artefacto que ahora su hijo mayor utilizaba. Seto había heredado el reloj de un completo extraño...

Se apartó de la puerta al notar que la estaban abriendo, y vio a Shaadi contemplándolo con el ceño levemente fruncido.

—Buenos días— dijo y abrió más la puerta para que el mayor de los condes de Chester ingresara—. ¿A qué debo la visita?

—A qué en la vida hay que tomarse un tiempo para todo— Seto entró en la mansión pensando vagamente que era la primera vez que lo hacía—, como por ejemplo para los amigos.

Aunque Shaadi era un hombre culto y no necesitaba mucho tiempo para sacar conclusiones, se tomó varios instantes antes de hacer algún comentario.

—No me imagino lo que vienes a pedirme, así que ¿por qué no procedes a contármelo tú mismo?

—No vengo a pedirte nada— aclaró Seto. Aunque la expresión en el rostro de Shaadi era paradójicamente inexpresiva y Seto no distinguió en ella desconfianza, sí sintió la necesidad de extender su explicación, que a decir verdad ni él mismo creía—. Pero... no hay nada interesante en el castillo para hacer, considerando que debía quedarme allí, y opté por venir a visitarte... desinteresadamente. Te traje un regalo— añadió llevando su mano al bolsillo y luego la extendió hacia Shaadi. Con ella sostenía un valioso reloj dorado.

El joven doctor se acercó lentamente hacia él, deteniéndose a un paso y dijo:

— ¿Eso es para que acceda más rápidamente a lo que me vas a pedir?

Está claro que Seto hubiera insistido en que no venía a pedirle nada de no ser porque lo sorprendió la inmediatez con la que el médico del condado continuó hablando.

—La próxima vez que quieras verme puedes mandarme a buscar; no tienes que venir hasta aquí cuando yo mismo te recomendé no salir de tu hogar.

Kaiba bajó su vista meditando qué decir. Alegar algo como "No quería molestarte" o "No quiero que pierdas tu tiempo, porque sé que trabajas mucho" y demás sería absurdo pues el día anterior ya lo había requerido en dos ocasiones.

¿Existiría alguna forma de que Shaadi se involucrara en sus planes sin darse cuenta? Porque era evidente que, siendo consiente de lo que Seto planeaba, jamás accedería a ayudarlo.

Y no había otra persona en Chester con la autoridad para aseverar algo como lo que él tramaba que Shaadi dijera. Parecía que su única opción estaba clara...

—Ok, vine a pedirte algo— confesó molesto.

El otro joven asintió con la cabeza.

— ¿Vez como decir la verdad facilita las cosas?— Shaadi extendió su mano y ante la expresión confundida de Seto agregó— ¿No ibas a darme algo?

Claro, el reloj. Kaiba dudó, pues originalmente no estaba en sus planes deshacerse de éste. Las cosas que heredaba de extraños eran muy importantes para él...

—Gracias— dijo Shaadi luego de que el muchacho de cabello más claro le diera el reloj. Lo dejó a un lado y continuó—. Ahora que tengo la libertad de negarme a lo que vayas a pedirme soy todo oído. Adelante.

Seto cerró los ojos tratando de apaciguar su furia. Nunca había tolerado que se burlaran de él, sin embargo no era la primera vez que Shaadi lo hacía y tenía que soportarlo porque era la única persona que podía ayudarlo. Pésima situación. Pero aún así dijo.

—Necesito que digas que Tea tiene una enfermedad muy contagiosa.