Disclaimer: BNHA y sus personajes, no me pertenecen.
Summary: Bakugo Katsuki iba en contra de los intereses de su familia y nunca estuvo verdaderamente interesado en heredar la empresa de su abuela, él hacia su vida a su modo. Pero cuando su cuenta es congelada y su departamento alquilado, necesitará la ayuda de la nueva inquilina para jugar fuego contra fuego contra su familia... Claro, si sobrevivía al infierno que implicaba convivir con él.
Aclaratoria: Ésta es una obra propia y todos los derechos son reservados.
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CHAPTER LII: 23 de diciembre.
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La detestaba.
Toga apretó con fuerza la mandíbula al observar cómo Eri se limitaba a jugar con los palillos que tenía entre sus dedos sin llevar un bocado de comida a la boca. Tenía la mirada cabizbaja y los hombros encogidos. En verdad, detestaba a esa niña.
Volvió a mirar a la mujer de lentes frente a ella recordándose a sí misma que estaba frente a la psicóloga infantil que había contratado para ver a Eri pero que no había tenido respuesta alguna. La mujer hablaba y hablaba pero Himiko la veía con desdén. Volvió a mirar a Eri y su pecho seguía doliendo, con una mierda, esa niña le recordaba a su yo de once años cuando lo único que hacía era sentarse frente a la psicóloga, cruzarse de brazos y mirar todo menos a la mujer que tenía enfrente.
Sí, la detestaba porque le recordaba cuán frágil fue, cuán dolida estaba y cuánto odio llevaba en su interior. Pero Eri era distinta, ella no parecía sentir odio, pero sí temor. Mucho temor.
―…, por ese motivo, creo conveniente que Eri debe tener tres citas a la semana para poder aspirar a algún avance ―dijo la profesional frente a ella. Toga volvió su atención a ella―. Toga-san, entiendo que usted no planeaba tener una niña bajo su cuidado a ésta altura, pero Eri es su responsabilidad ahora. Necesita alimentarse, ir a la escuela y desarrollarse como otros niños.
Toga no disimuló el fastidio que sus palabras causaron en ella, la psicóloga se encogió de hombros.
Luego de que la niña fuese entregada a ella en el hospital, Himiko y Eri regresaron a su casa. En todo el camino, la niña no había proferido palabra alguna por más de que Himiko intentara preguntarle por su madre o por quienes la cuidaban; Eri solo bajaba la mirada al sus manos y parecía temblar. Toga no podía seguir con eso.
A primera hora del día, mandó a su secretaria a comprar ropa para la niña y para las nueve y media de la mañana, tenía a Eri aseada y vestida con un bonito vestido lila, el cabello recogido en una coleta alta y sentada en la gran sala que contaba el departamento. Sus empleados se encargaron de que Eri tuviese ropa limpia, una habitación para sí y comida frente a ella pero sencillamente, la niña se negaba a todo.
La idea de contratar a una psicóloga no tardó en surgir, necesitaba que algún profesional le diera una mano con ella porque no tenía la más pálida idea de cómo lidiar con una niña como ella. Claro, ella también pasó por cosas similares pero los temperamentos en ambas eran completamente distintas; mientras que Eri no dejaba de mirar todo con terror, Himiko se había encerrado en una cáscara de fortaleza y orgullo.
―Si esa niña no come, ¿qué mierda hago? ―Preguntó molesta Toga mirando a la psicóloga.
―Eri ―dijo la mujer y Toga frunció el ceño―; lo primero que tiene que hacer para que Eri se sienta segura es abrirse a ella y enseñarle que usted no le hará daño. ―Ambas miraron a la niña sentada en el comedor, aún jugando con su comida sin intención alguna de comer―. Es claro que ha pasado por situaciones desgarradoras, su mutismo es un modo de autodefensa que posee pero el que no hay probado bocado alguno, muestra que hay algo más que se lo impide. Trate de mostrarle un ambiente más cálido y siéntese a hablar con ella para intentar que confíe en usted.
Toga dejó escapar un suspiro cansino para alejarse de la psicóloga, indicándole que su tiempo en el departamento ya había terminado. Himiko caminó hacia el comedor para sentarse frente a Eri pero al momento de hacerlo, la niña soltó sus palillos para mirarla con miedo. Ese maldito miedo la hizo fruncir aún más su ceño, ¿por qué la miraba de ese modo?
―Escucha, ninguna quiere estar en ésta situación; yo no sabía que tenía una sobrina y tú, bueno… No creo que tu padre te haya hablado de mí ―dijo Toga mirándola―. Come de una vez y tratemos de hacerte hablar, tengo muchas cosas por hacer.
Eri apartó la mirada de Himiko, bajó sus ojos a sus manos bajo la mesa y estuvo así por un buen rato. Toga perdía la paciencia cada vez más porque a medida que pasaba más tiempo frente a ella, le recordaba su maldita infancia. Incluso el hablarle de ese modo a una niña atemorizada le recordó cómo era su padre con ella.
Maldijo en su interior.
―¡Deja de llorar y compórtate como la hija que quiero! ―Sí. Aún recordaba las palabras de su padre gritándole cuando hacía algo mal y él terminaba gritándola, ella terminaba llorando y el ciclo no parecía romperse.
Toga se llevó ambas manos al rostro tratando de tranquilizarse pero todo en Eri la alteraba. Odiaba estar cerca suyo.
Entonces, su teléfono dio la alerta de la llegada de un mensaje. No esperó mucho para ponerse de pie y tomar su móvil para alejarse de allí, revisó su mensajería para hallar un número desconocido cuyo mensaje rezaba "22:30hs. La liga te visitará".
La mujer estuvo a punto de soltar el móvil al suelo pero se recompuso antes de hacerlo. Volteó deprisa hacia Eri y ésta seguía mirándole con esos grandes ojos rojizos llenos de miedo e incertidumbre. Volvió a verse a sí misma en ella y las ganas de gritar crecieron en su interior. Cerró los ojos, respiró profundo varias veces antes de acercarse a la mesa comedor.
―Cambio de planes, niña ―habló la mujer tomando su mano para levantarla de allí―. Empacaremos tus cosas.
Si la liga la terminaría visitando esa noche, no podía dejar que Eri estuviese presente por el bien de ambas. Esas personas no podían saber que ella estaba allí, no quería que ella supiese de ellos además, porque si en algún momento hablaba, no le convenía que relatara cómo unos matones llegaron de visita a la casa de su tía.
23 de diciembre. Pastelería Sadaharu. 15:27hs.
La nieve colapsaba el panorama de Tokio al igual que los abrigos cubriendo a todo aquel que caminase entre copos y escarcha. La vegetación bañada en nieve al igual que muchos adornos navideños a lo largo de las tiendas revestidas en rojo, verde y dorado y el aroma a pastelillos dulces se esparcía por la cuadra cada vez que la puerta principal de la famosa pastelería francesa se abría dejando pasar o despedir a algún cliente.
Ochako sonrió al sentir el aroma a su pastel de frutas salir del horno y con cuidado, lo colocó en la mesada vacía que tenía junto a ella. Sólo necesitaba que se enfríe lo suficiente para envolverlo.
―Eso huele excelente, Ochako-chan. ―La voz de su colega Chatora Yawara la hizo voltear a mirarlo con una sonrisa―. Tengo más pedidos para ti.
―Genial. Acabo de terminar mi pastel de frutas ―respondió Ochako con una pequeña sonrisa.
―¿Es para tu novio? ―Preguntó y la castaña negó.
―En realidad, es para mi madre. ―Chatora leyó un atisbo de tristeza en los ojos de la muchacha al pronunciar sus palabras y aquello dejó algo en claro en el hombre.
―Son fechas difíciles cuando falta alguien importante en nuestras vidas ―dijo sin pensarlo el gran hombre de tez morena―. Es un hermoso gesto preparar postres para las personas que amamos.
―Sí ―respondió vagamente―. Supongo que cocinar me ayuda bastante en no pensar mucho… ―Susurró aunque Yawara pudo escucharla de todas formas. Ochako fue consciente de sus palabras, se sonrojó de la pena por estar desahogándose frente a su colega por lo que se apresuró a tomar la nota en donde los pedidos realizados iban especificados―. Los terminaré en un momento.
Yawara sólo asintió a Ochako, comprendiendo que no era momento de prolongar la conversación cuando la tristeza opacaba el brillo en las sonrisas de la mujer que, anteriormente, era conocida por sus rozagantes mejillas y su brillante sonrisa. Ochako tenía razón, la cocina ayudaba a no pensar en los problemas que los acorralaba cada tanto, era un tipo de terapia en la que muchos podrían estar de acuerdo.
Chatora volvió al área de venta dejando a Ochako y a los demás chef continuar con sus labores. La castaña volvió a prestarle atención a la nota de papel para iniciar con el primer pedido cuando el bolsillo de su uniforme comenzó a vibrar alertándole una llamada entrante.
Observó a su alrededor y se alejó de sus pupilos para contestar la llamada, no quería ser motivo de mala influencia para sus empleados. Una vez estuvo fuera del alcance de la vista de los demás, resguardada en el pasillo que lindaba con el área de descanso, sacó su teléfono celular. No disimuló su sorpresa al leer el nombre de Toga Himiko en la pantalla y tampoco hizo demorar mucho más el contestar la llamada.
―¿Toga-san? ―Habló Ochako en voz baja, cubriendo su boca con su palma coloreada de blanco por la harina.
―¡Conejita! ―Saludó como era costumbre―. Dime, ¿a qué hora sales de tu trabajo? Necesito hablar contigo de algo ciertamente urgente.
―Oh, ¿está todo bien? ―Toga no solía llamarla, de hecho, la última vez que habló con ella fue en el funeral de su padre―. Salgo a las ocho de la noche. Cumplo horas extras por ser fechas festivas.
―Genial, el chofer pasará por ti.
―¿Por mí?
―Sí, necesito que vengas a casa un momento.
―Pero hoy yo…
―¡Nos vemos luego!
―Me mudo. ―Pero sus palabras sólo el pasillo logró escucharlas, Toga había finalizado la llamada antes de poder replicar algo.
Ochako observó su teléfono con duda, preguntándose nuevamente por qué Toga llamaba tan de improviso y qué significaba lo de "urgente". Volvió a guardar su teléfono en su bolsillo y regresó a la cocina. Ese día tenía una cena con su madre para intentar disculparse con ella, contaba con que el asunto urgente de Toga fuese algo rápido para que sus actividades tomaran el curso esperado.
Las fechas festivas que incluían "familia" siempre representaron algo incómodo para él; con la muerte de su padre, festividades como la navidad dejó de ser algo "incómodo" a convertirse en "inexistente". Bakugo Katsuki odiaba la navidad como toda persona que no sentía vínculo alguno con su familia, solía tomar turnos nocturnos en el restaurante para no sentir que, al salir del restaurante, había algo distinto en su día a día; llegaba a su casa con una botella de sake o whisky y se lo bebía toda la noche hasta acabar rendido en algún rincón de su departamento.
Si alguien le dijera que en un futuro, él se encontraría en la sección de cotillón buscando guirnaldas y adornos navideños para su departamento, no sólo se hubiese reído en su cara, también habría estampado su rostro contra su mesa de cocina.
Pero allí estaba, sección 7-área b, sosteniendo guirnaldas rojas y doradas entre sus manos, escuchando a la vendedora el por qué debía llevarlos con la promoción navideña que incluía un juego de servilleteros y un pequeño pino de plástico aromatizante. Rodó los ojos por quinta vez en lo que iba su tortuosa visita al centro comercial gracias a los chillidos de emoción que Eijiro soltaba al ver los distintos tonos de luces que la nueva versión de luces producía en el árbol navideño de muestra.
―¡Con una mierda, ¿por qué sigues allí?! ¡Se supone que has venido a ayudarme, cabello de mierda! ―Gruñó Bakugo a su amigo, asustando a la vendedora que seguía enseñándole el pequeño pino de plástico aromatizante.
―¡Pero mira, se mueve al ritmo de los villancicos! ―Lloriqueó Kirishima como un niño―. Mina adorará éste juego de luces. ―Volvió a mirar a Katsuki con una sonrisa―. Además, tienes la ayuda extra por parte de Midoriya y Todoroki.
Bakugo dejó escapar otro suspiro de frustración al recordar que no solo había ido de compras con su pelirrojo amigo, también se habían colado al viaje la pareja de Deku y Shoto. Los rubíes ojos de Katsuki se dirigieron a su abogado y a su amigo de infancia no muy lejos de él, eligiendo los tonos de cortinas y manteles para la cena navideña.
―¡Hey, par de lentos! ―Vociferó el hombre alarmando aún más a la vendedora―. ¡Dejen de perder el tiempo, maldita sea!
―Kacchan, deja de gritar que nos terminarán echando ―habló Deku con pena―. Soy muy malo para tomar decisiones.
―¿Entonces para qué mierda viniste?
―Shoto no quería venir solo ―respondió encogiéndose de hombros―. Y tampoco iba a dejar que comprase sólo gamas oscuras para decorar el departamento.
Todoroki sólo pudo asentir reforzando las palabras de su novio. Bakugo volvió a farfullar maldiciones, continuando escuchando a la vendedora que intentaba hacer su trabajo y que los griteríos de los cuatro hombres en su sección, parecían entorpecerlo.
Navidad seguía siendo una fecha horrenda para él pero con la relación mucho más armónica con su madre, la idea de pasarla con ella no parecía ser tan tortuosa; además, él quería ver sonreír a Ochako ese día, aunque sea un poco. Apretó las guirnaldas entre sus dedos pensando en su novia y en el dolor que experimentó ese tiempo a consecuencia de la ausencia de su padre. Él no podía dejar pasar la fecha de Navidad y principalmente, su cumpleaños por alto.
―¡Hey, Bakugo! ―La voz de Kirishima lo sacó de sus cavilaciones, levantando la mirada a sus acompañantes alejándose junto a la vendedora―. ¿Vienes? Iremos a ver el juego de renos para la entrada.
―¡¿Por qué mierda quieren renos?!
Y fue así que su día, inicialmente dedicado a comprar cosas para el departamento nuevo, terminó convirtiéndose en una expedición para decorar sus respectivos hogares con todo el espíritu navideño que podían pagar. Compraron todo lo que creían necesitar y partiendo por la idea de que los cuatro no eran exactamente la definición de "maestros de la decoración", terminaron siendo asesorados por la vendedora de turno para encaminarse finalmente al vehículo de Bakugo.
Todoroki y Deku subieron las últimas bolsas de compras en el maletero del vehículo cuando Bakugo tomó asiento tras el volante y Kirishima como copiloto. El pelirrojo miró a su amigo con una sonrisa después de abrocharse el cinturón de seguridad.
―¿Qué hay con tu cara? ―Preguntó Katsuki al verlo tan sonriente.
―Me pone feliz que me hayas invitado a venir ―respondió como un niño emocionado―. Odias la navidad así que no puedo evitar emocionarme.
Las mejillas de Katsuki se enrojecieron por su comentario, apartó su mirada hacia el volante.
―¡Tú no tenías nada que hacer! ―Eijiro echó a reír.
―Sólo estamos en periodo de adaptación para la nueva firma ―comentó el pelirrojo sin borrar su sonrisa del rostro―. Sé que lo haces por Ochako y eso me pone aún más feliz ―continuó Eijiro. Katsuki lo miró de soslayo―. Cuenta conmigo para la apertura de tu restaurante.
―¿Contar contigo? ―Preguntó curioso.
―Ikigai estará presente para tu apertura. Ya sabes, te haremos promoción para ese día. ―La sonrisa genuina de su amigo lo hizo observarlo en silencio un momento sin saber muy bien cómo responder―. No te preocupes por la paga. Sabes que Denki y yo nos vendemos por comida.
Katsuki rio por lo bajo, era bien sabido que el pelirrojo y el rubio, miembros de Ikigai eran fáciles de convencer y también estaba seguro que Jiro y Tokoyami no se opondrían a la idea de tocar para ayudarlo a traer más clientes el día de su apertura.
El sonido de las puertas del vehículo cerrándose les hizo recordar que Todoroki y Deku regresaron a la cabina.
―Supongo que es buen momento para regresar al departamento para ordenarlo todo ―acotó Todoroki.
―Shoto tiene razón ―dijo Deku―. Ya tendrían que haber transportado todas tus pertenencias al nuevo departamento, ¿no es así, Kacchan?
―Supongo ―respondió sencillamente observando la hora en su teléfono móvil. No esperó mucho más para encender el motor del vehículo y tras calentarlo un momento, se abrió paso entre el panorama blanquecino que todo a su alrededor le ofrecía.
Una pequeña sonrisa se formó en sus labios. Después de más de seis meses, regresaría al departamento de su padre junto a su novia, volverían al lugar en donde ambos convivieron en sus primeros tiempos para quedarse de una vez por todas, sin mentiras, sin dramas familiares innecesarios, finalmente libres.
La idea de adornar la casa ya no sonaban tan desagradables.
Ochako se acomodó su abrigo al sentir cómo un escalofrío subía por ella sintiéndose tan pequeña ante el gigantesco edificio frente al cual se encontraba. Después de terminar su turno y enviarle un mensaje a Katsuki que se retrasaría un poco más por otro asunto, el chofer de Toga pasó a buscarla de su puesto de trabajo, el hombre trajeado bajó del vehículo lujoso y le abrió la puerta trasera del mismo saludándola sólo con un asentiemiento de cabeza que ella respondió por igual.
El viaje no duró demasiado y el apreciar la ciudad desde la óptica del vidrio oscuro que la separaba de todo no estaba mal tampoco. Llegó hasta el departamento de Toga Himiko y no pudo ocultar el asombro de ver el semejante edificio que la saludaba, erigiendo unos veinticinco pisos delante suyo.
―Adelante ―habló el chofer a sus espaldas, sorprendiéndola―. Ya saben que vendría, el recepcionista ya la identifica.
Ochako dudó en preguntar al respecto pero tenía a su familia aguardándola y no podía retrasar aún más su estadía en la lujosa casa de Toga, ni siquiera sabía el motivo de su presencia allí pero no resolvería nada siguiendo fuera del edificio.
Ingresó y tal y como lo dijo el chofer, el hombre de la recepción la saludó por su nombre y la guio hacia el elevador para acompañarla hasta el último piso de la gigantesca torre de departamentos, siendo el que correspondía a Toga. No habló mucho, de hecho, tanto el chofer como el recepcionista no eran buenos conversando y Ochako sólo sentía que el nerviosismo aumentaría si abría la boca.
Llegó hasta el piso veinticinco y las puertas del elevador se abrieron enseñándole que el lujo de la recepción se quedaba corto con el del propio departamento de la dueña.
―¡Conejita! ―La voz de Toga la recibió y ver un rostro conocido hizo que Uraraka sintiera alivio―. Pasa, pasa. ¿Tienes hambre? ¿Te sirvo algo para beber?
Ochako le dirigió un asentimiento de agradecimiento al hombre que la llevó hasta allí para ingresar por completo al departamento de Himiko, sintiéndose cada vez más pequeña en él.
―No, me están esperando ―comentó Ochako con una sonrisa―. Hoy regreso a mi anterior departamento con Katsuki.
―Oh, ¿al viejo departamento Meraki? ―Preguntó con cierta diversión―. Si algún día quieren alquilar alguno de éstos departamentos, puedo bajarles el monto ―respondió con un guiño.
Ochako sólo sonrió.
―Entonces, ¿qué era el asunto urgente de que querías hablar? ―Preguntó Ochako. Toga la llegó hacia la gigantesca sala del departamento y sentándose en el sofá del mismo, la rubia tomó asiento frente a ella. Ochako pudo notar cierto nerviosismo en el rostro de la dueña―. ¿Qué pasó?
―No sabía a quién hablarle de esto ―inició Himiko―. Pensé en hablarlo con Katsuki primero pero sé que no accedería; a diferencia de él, contigo es más fácil hablar sin sentir que me están juzgando.
―Toga-san, me estás preocupando… ¿Qué…?
―Chisaki tuvo una hija ―soltó Himiko y Ochako se mostró sorprendida ante sus palabras―. Fue mi misma reacción. No tenía idea, él tampoco me lo había dicho aunque no somos ese tipo de hermanos que se hablan cuando quieren ponerse al día sobre la vida del otro. ―Toga miró a sus espaldas―. La niña tiene siete años pero no me habla, es como si tuviese hablándole a una pared, no aparta los ojos del suelo; no sé en qué malditas condiciones criaron a esa niña.
―¿No has buscado ayuda profesional? ―Preguntó Ochako con pena.
―Lo hice, aún no hay avances, sólo se sienta frente a la psicóloga sin pronunciar palabra alguna ―respondió. Podía leerse la frustración en su voz―. Y yo te he llamado porque tengo un importante viaje que no puedo postergar y tampoco puedo llevarla conmigo.
―¿Qué? Toga-san, no estarás pensando en que yo…
―Por favor, sólo será hasta navidad ―dijo Himiko y Ochako no podía creérselo―. No puedo llevármela conmigo y tampoco estará cómoda.
―Pero…
―¡Oh, ahí estás! ―Toga se puso de pie sorprendiendo a Ochako, la castaña vio alejarse a la mujer rubia hasta una niña pequeña y menuda de largo cabello plateado, traía puesto un vestido muy bonito aunque su mirada podía leerse la tristeza―. Ven, quiero presentarte a una amiga.
Ochako detuvo un momento sus pensamientos al apreciar la belleza de la niña y se conmovió con aquel semblante triste que cargaba; recordó las palabras de Himiko sobre su falta de apetito y era apreciable en sus finos brazos. La niña parecía aterrada al tener a alguien desconocido frente a ella y eso sólo hizo que el corazón de Ochako se estrujara en su pecho.
―Vamos, Eri, no seas tímida. Saluda a la tía Ochako.
La niña levantó sus rojizos ojos hacia ella y Ochako se acercó un poco más para dedicarle una pequeña sonrisa.
―Hola, Eri-chan ―saludó y la niña volvió a bajar la mirada al suelo. La castaña se encogió de hombros para mirar a la mujer de pie frente a ella―. ¿De verdad crees que es una buena decisión?
―Eres lo más cercano que tengo a una amiga ―dijo Himiko y Ochako supo que no podía hacer ya nada. La niña estaba allí, aterrada pero estaba allí y sabía que Himiko no podía dejarla sola en su departamento.
Sólo le quedaba llamar a Katsuki para que preparara la habitación libre para la niña.
―¿Qué significa eso? ―La voz de Bakugo detuvo las acciones de los presentes en su departamento, por más de que estuviese hablando en su habitación, todos pudieron escuchar cómo la voz del ex-presidente de ALC se alteraba―. ¡¿Ahora?! ¡Ochako, no…!
Eijiro dirigió una mirada a Mina y ésta a Tsuyu quien sólo pudo encogerse de hombros. Chieko observó con sorpresa a Mitsuki pero ella prefirió continuar con los arreglos navideños que le competían. Finalmente, Katsuki salió de su habitación y cerró la puerta con fuerza, lo siguiente fue ver las miradas de todos los presentes en su casa, observándolo con atención.
―¿Qué mierda miran?
―¿Ochako está bien? ―Preguntó Mina y Katsuki parecía tener ganas de estrellar su teléfono contra el suelo.
―¿Qué pasó, Bakugo? ―Inquirió Eijiro.
―Ven, ayúdame a alistar la otra habitación ―dijo el dueño del departamento llamando aún más la atención de todos.
―Oh, no me digas que pelearon y dormirás aparte ―preguntó su madre.
―¡Con una mierda, no! Ochako traerá a una niña. ―Todos en la sala guardaron silencio tras escuchar sus palabras, claramente, todos creían más la posibilidad de que hayan peleado y por esa razón, él dormiría en otra habitación―. Sí, es una niña. La sobrina de una conocida. ¿Contestos? Kirishima, las sábanas.
―¡Enseguida! ―El pelirrojo acudió hacia su amigo para acondicionar en forma la segunda habitación del departamento, mientras todos continuaban sus quehaceres para aguardar a Ochako, aunque ahora, aguardaban a alguien más.
La puerta del departamento se abrió entonces y todos los presentes, observaron expectantes el ingreso de Ochako y de la dichosa niña que consiguió que Bakugo Katsuki echara humo por la boca. Y allí estaba, pequeña y delgada, cabello plateado y ondulado, ojos grandes, ojerosos y de un pigmento rojizo que los hizo parpadear un par de veces. Ochako tomaba su pequeña mano para ingresar, se sacaron los zapatos y finalmente, Eri estaba en casa.
―Eri, te presento a mi familia y a mis amigos ―habló Ochako sin soltar su mano. La de hebras plateadas observó la sala con detenimiento, todos le dedicaron sonrisas cálidas y hablaban al mismo tiempo, salvo uno. El hombre alto de cabello rubio y ojos tan rojos como los propios―. Lamento la tardanza, chicos. Ayudé a Eri a hacer su pequeña maleta. ¿Por qué no lo dejamos en tu habitación? ―Preguntó Ochako a la niña y ésta sólo asintió en silencio.
La pequeña niña acompañó a Ochako quien cargaba su maleta hasta el interior de la habitación que le correspondería por el tiempo que estaría allí.
―Es tan hermosa ―convino Mina.
―¿Soy yo o tiene ojos similares a los de Bakugo? ―Preguntó Tsuyu.
Todos asintieron.
―¡Dejen de hablar como si no estuviera aquí, maldita sea! ―Respondió Katsuki―. Además, no se parecen a mis ojos.
―Llora cuanto quieras, Katsuki, pero sí se parecen ―respondió su madre con una sonrisa.
Ochako dejó la habitación que le correspondía a Eri a partir de ahora y se encaminó hacia donde sus amigos y familiares se encontraban. Ochako miró a Katsuki pero éste dejó escapar un suspiro cansino. Sabía que estaba molesto.
―Así que ahora adoptaron a una niña ―comentó divertida Mitsuki y eso sólo empeoró el ánimo de su hijo.
―Sólo por un par de días ―explicó Ochako con pena. Miró a su madre―. Gracias por venir, mamá. Yo…
―No podría perderme éste momento, recibirte de vuelta en tu antiguo departamento ―dijo Chieko acariciando su mejilla―. Pero si quieres un consejo, con quien deberías de hablar en estos momentos, es con Katsuki-kun.
Y sabía que su madre tenía razón. Asintió a su madre y fue hacia su novio.
―Katsuki, yo… ¿Podemos hablar?
―Como sea ―respondió sencillamente para salir del departamento. Ochako se apresuró a tomar su abrigo y seguirlo fuera de su casa. Les esperaba una larga noche.
