Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, pero la historia es completamente mía. Está PROHIBIDA su copia, ya sea parcial o total. Di NO al plagio. CONTIENE ESCENAS SEXUALES +18.
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Capítulo 44:
Aventura de bestias
"Limita cada segundo que queda
Hasta que pierda el equilibrio
Oh, amor
(…) Yo moriría por ti…"
Lancé un grito ante la velocidad.
Dios mío, ¡sentía mis pulmones en la boca!
El paisaje transcurría de forma rápida ante mis ojos, era un camino celestial de locura, con él aferrándome a la bestialidad que significaba su ser. En un momento posé mis labios en su espalda, sintiendo su olor y calor protector. Me encantaba.
Cuando recorrimos nuevamente el sendero hacia un sitio que conocí en una ocasión, mi sonrisa se dibujó de forma automática una vez más. Él sabía lo especial que era para mí aquel lugar, aunque hubieran sido pocas las veces que pude estar ahí, a su lado.
El bosque era inmenso, no cabía duda, pero el sol brillaba de una manera tan hermosa que no parecía que se acercaba el invierno. Iba a resultar incluso más precioso si la nieve cubría el sitio, con la cabaña y el calor de la familia. Podía ver la laguna congelada con mis pequeños patinando a medio tropezar y los perros siguiendo su rastro mientras Edward y yo mirábamos abrazados, sabiendo que juntos éramos indestructibles.
En el instante en el que detuvo la motocicleta, miró hacia atrás, buscándome. Se quitó el casco, sacudió sus cabellos como modelo de revista y sonrió, acariciándome las piernas a la vez.
—Está más frío de lo que creí. Debí pedirte que trajeras pantalones —comentó.
—Descuida. Contigo nunca tengo frío —respondí.
Su sonrisa se amplió.
—Vamos adentro.
Se bajó de la motocicleta y él lo hizo conmigo, tomándome de las caderas y levantándome como a una pluma.
—Hacía tanto que no regresábamos a este lugar —susurró, tomando mi mano y llevándosela a los labios.
—Todavía recuerdo cuando me contabas que se la compraste a tu abuela y la restauraste con el fin de tener una vida más normal para tu hija.
—Y fuiste la primera en venir y hacerme comprender que quería una familia contigo.
Mis ojos se llenaron de lágrimas.
—Cuando la vi por primera vez, te vi conmigo y ellos, nuestros hijos y perros. —Reí, un poco avergonzada—. Estaba tan ilusionada con formar mi vida contigo.
—Si tan solo supieras cuántas veces te quise decir que te quería conmigo toda mi vida.
Me abracé a él, sintiendo la emoción de sus palabras.
—¿Has notado que está diferente? —inquirió, llamando mi atención.
Contemplé la hermosa decoración y comencé a darme cuenta de que había cosas nuevas que se asemejaban a mí, a mis gustos y a mi manera de ver mi propio hogar. Había puesto fotografías de nosotros con los pequeños, así como de ellos cuando eran bebés.
—Ahora es nuestro hogar —susurró.
Sonreí.
—Nuestro.
Me besó, robándome el aliento como cada vez que se devoraba mis labios de esa manera imposible de resistir.
—Tengo algo de ropa para ti. No creías que iba a permitir que mi chica se quedara con ese vestido en medio del frío.
Me reí.
—Siempre tienes todo tan bien planeado.
—Solo es para que estés cómoda y feliz.
—Contigo es suficiente.
Me besó el cuello y continuó abrazándome.
—Quiero cocinarte algo especial.
—¿Contigo sin camisa?
—Eres tan sucia.
—Siempre gracias a ti.
—Haré que la casa entre en calor, encenderé la chimenea.
Asentí y me acomodé en el amplio sofá de la sala principal, disfrutando del olor a canela y barniz que expelía del lugar. No supe si era una locura, pero era una sensación que desde el instante pude percibir: se sentía como el aroma de mi hogar.
Mientras, Edward se quitaba la chaqueta y la camisa, quedando solo en camiseta, una apretada y deliciosa. Aproveché de quitarle una prenda y ponérmela, resguardándome del frío con su calor propio y su olor. Cuando se puso a hacer fuego en la chimenea, que era inmensa, me quedé mirando las nuevas fotografías que había puesto hacía poco, en especial aquellas que estaban en el estante principal, donde se veía a Agatha de bebé en sus grandes brazos… y yo, sosteniendo a mi pequeñito recién nacido, que apenas cabía en una cajita de veinte centímetros. Me emocioné al recordar, pero también al imaginar lo lindo que habría sido sostener a Agatha cuando era tan chiquita.
—Quiero que pasemos navidad aquí —susurró en mi oído, sorprendiéndome en mi ensoñación—, por eso pensé que sería buena idea traer nuestros mejores recuerdos aquí.
—Me parece hermoso.
Cuando vi que había puesto los primeros recuerdos de nuestro hijo que no había alcanzado a nacer, se me llenaron los ojos de lágrimas. Me di la vuelta y lo abracé una vez más, suspirando en medio de ello.
—Espero que no te moleste o duela que lo haya hecho —susurró, seguramente refiriéndose a eso.
Negué.
—Me hace bien. Fingir que no existió o que solo fue un embarazo corto me hace trizas. El que exista y saber que está en un lugar mejor es sanador para mí. ¿Lo es para ti?
—No tienes idea de cuánto.
De pronto, recordé algo que no había compartido con él.
—¿Qué ocurre? —inquirió.
—Había olvidado decirte que, antes de que nos separásemos un momento, creí que estaba embarazada.
Dibujó una sonrisa suave, pero sus ojos se habían llenado de lágrimas.
—No era, ¿no?
Negué, causándole un suspiro muy triste.
—Creí que nada tenía sentido cuando supe que la respuesta era negativa y que todo comenzó como un mal augurio desde que nos sucedió eso —murmuré—. Pero eso no es justo para nosotros. Nuestra relación es más que un embarazo, ¿no crees? Y Tommy existió y seguirá aquí. Lo que somos no podía mejorar o arreglarse con un bebé, no es justo, no es adecuado. Quizá nunca viviremos esa experiencia, pero tenemos a dos pequeños que nos brindan más de lo que podemos imaginar.
—Debemos descansar de eso, darle tiempo al tiempo y… disfrutar de los hijos que tenemos —añadió.
Me apegué a su pecho y cerré mis ojos.
—Sí, es momento de descansar de esa idea o acabará haciéndonos mucho daño. Puede que en unos años… o nunca.
—Lo importante es que estaremos juntos.
Me besó la frente y continuó abrazándome por varios minutos, manteniéndonos en un cómodo silencio reflexivo.
La casa rápidamente entró en calor y él se acercó a regalarme una copa de chardonnay mientras preparaba todo para cocinarme una especialidad tailandesa que había disfrutado en esos maravillosos viajes. No me contuve y fui a espiarlo, tentada por esa espalda tatuada, musculosa y muy amplia, moviéndose por la inmensa cocina. Casi se me cayeron las bragas. Lo abracé y pegué mi barbilla a su camiseta, ocasionándole una pequeña risotada coqueta.
—¿Qué haces? —inquirí.
—Una especialidad de Tailandia. Espero que te guste el Pad Thai.
Me mordí el labio inferior.
—Todo lo que hagas me encanta.
Me subió a la encimera, sosteniéndome con fuerza.
—Ya estoy terminando.
—Cuéntame de tu viaje. Algo divertido.
Sonrió.
—Debiste verte tan guapo por esos lugares. Imagino la magia de ese mar, del calor y del sol… La arena. —Suspiré, visualizándolo en medio del agua con esos tatuajes en la piel.
—Es un buen lugar para que tú y yo disfrutemos de una luna de miel —susurró, besándome el hombro.
Me reí, tomándolo como una broma. Sin embargo, él me miraba con seriedad.
—De verdad, quiero llevarte hasta ahí y olvidarnos del mundo por un momento, cuando tú y yo seamos marido y mujer.
Tragué, sintiendo la emoción en mis entrañas.
—Solo queda que, a pesar de lo que nos ha sucedido, quieras seguir siendo mi esposa —susurró.
Iba a responder, pero me besó, robándome el aliento. Cuando nos separamos para respirar, juntó su frente con la mía y sonrió.
—Está lista la comida.
El aroma que expelía de la cocina era sinigual. Podía reconocer el olor de la leche de coco y las diferentes especias junto a la salsa de soya.
—Ve a ponerte cómoda, quiero que mi chica disfrute más que nunca de esta noche.
Me dio una nalgada cuando iba hacia la sala, lo que me sonrojó. Después de un rato, Edward me llamó a comer desde un sitio que no reconocí… hasta que lo escuché en la tercera planta de la casa. Cuando llegué hasta el último escalón, me sorprendí al ver desde la puerta de cristal una terraza de balcón, en donde estaba él con una chimenea exterior encendida, vegetación en diferentes puntos, luces colgantes preciosas y butacas orientales junto a un sofá de telar con variados colores. En el centro había una mesa con velas, flores y la comida que él había hecho para mí. Di un par de pasos, maravillada con la vista que había: la imagen de las montañas era… Dios, maravillosa. Entonces noté que la tercera planta consistía en una amplia habitación con una cama preciosa y una decoración… maravillosa.
—¿Te gusta nuestra habitación?
Me quedé perpleja.
—¿Asumías que no sería "nuestra"? —inquirió—. Todo esto es tuyo, eres mi chica y la mujer que quiero como mi esposa.
Nuevamente sentí esas mariposas idénticas a las del primer día que lo conocí.
—Edward, todo esto es tan lindo —murmuré.
—Ven aquí. La comida está caliente y la terraza está tibia para que disfrutemos juntos.
Tomó mi mano y entonces salí, sintiendo la brisa que proporcionaba la chimenea exterior.
—No puedo creer que existe un lugar como este y que sea nuestra… casa —susurré.
Su mirada brillaba de felicidad.
—Es todo lo que mereces, nena, y todavía no es suficiente.
Lo abracé y luego me acomodé en la butaca. Edward abrió un licor tailandés y me entregó el vaso. Sabía a frutas.
—Recuerdo que quería beber algo como esto cuando estaba allá —dijo.
—¿Por qué no lo hiciste?
—Porque Agatha apenas tenía tres años. —Rio—. Prefería cuidarla que irme emborrachando por ahí.
Sonreí, imaginando a esos dos aventureros.
—Me derrito de solo imaginarla pequeñita.
—Es hermosa, pero antes era adorable. No me arrepiento de haberme dedicado a ella, creo que, a pesar de todo, hice un buen trabajo.
—Eres el mejor papá del mundo —repetí.
Besó mi sien.
—Edward —llamé.
—¿Sí?
—Prométeme que volverás a ejercer lo que amas, o no podré casarme contigo.
Se quedó en silencio.
—No quiero saber que no cumpliste parte de tus sueños.
Nos miramos a los ojos por unos segundos, hasta que él me cobijó en sus brazos.
—Lo haré. Te lo prometo por todo el amor que te tengo.
Suspiré.
—Y te juro que es más de lo que te imaginas. Te amo enormemente, Bella.
Cerré los ojos un momento. Esas palabras siempre me resultaban tan… mágicas.
—Y yo te amo como no imaginas, Edward. Solo quiero que seas feliz.
Sonrió y volvió a darme un beso, uno que sellaba una promesa perfecta.
.
El Pad Thai de Edward era maravilloso. Nunca imaginé que podían sentirse tan bien un sinfín de sabores en mi boca. El licor me había pegado muy fuerte y comenzaba a sentir que todo brillaba a mi alrededor. Edward me invitó al sofá y me acomodó en sus brazos, por lo que observamos juntos cómo, poco a poco, comenzaba a nevar.
—¿Tienes frío? —inquirió, rozándome con sus labios en el lóbulo de mi oreja.
—Contigo nunca tengo frío —volví a decir.
Él acariciaba mis cabellos, provocándome diferentes escalofríos, los que llegaban a ciertas zonas de mi cuerpo.
—¿Te molesta si leo un poco de mi regalo?
Fruncí el ceño, sin entender a qué se refería… hasta que vi cómo tomaba mi libro y buscaba la página en la que había quedado la última vez.
—¿Ya vas ahí? —pregunté, elevando mi voz en el proceso.
Pasaba de la mitad y se lo había entregado hacía muy poco.
—Debo decir que está increíble —aseguró con sinceridad—. No he podido parar.
Me sonrojé, como si él no hubiera probado ya mi cuerpo de la cabeza a los pies.
—Aunque esta última parte me ha fascinado. No pensé que el bombero fuera tan sucio.
Mi sonrojo aumentó en diferentes proporciones. Edward lo notó y me acarició las mejillas mientras sonreía. Cómo le gustaba ponerme nerviosa.
—Y tú sabes cuánto me gusta lo sucio. ¿Te molesta si leo un poco contigo?
Negué con el labio inferior entre mis dientes, así que carraspeó y se lamió la comisura de la boca, disfrutando de lo que estaba a punto de hacer.
—"Ella contemplaba su cuerpo mientras él golpeaba fuertemente la correa. Estaba sudoroso, producto del trabajo y la grasa del camión que arreglaba se había pegado a su piel. Todavía usaba parte de los pantalones de su quehacer y el fuego de Edmund incendió cada parte de la sala; Corine sentía que ardía en su interior" —comenzaba a narrar, provocándome diversas sensaciones quemantes, pero también nerviosas.
Odiaba revivir mis escritos y me ponía tensa cuando él lo hacía a viva voz.
—Oh, basta, me estás poniendo nerviosa —afirmé, sonrojándome sin remedio.
—Permíteme continuar —insistió, pasando su nariz por mi mejilla.
Suspiré, buscando relajarme.
—"Para ambos, no había palabras que pudieran expresarse, todo era comunicación no verbal, donde las miradas explicaban más de lo que podían controlar. Edmund sostuvo la correa hasta que llegó a ella, que lo esperaba usando esa pequeña capa de tela, tal como la primera vez que se encontraron mientras él buscaba protegerla del incendio. Él seguía viendo su silueta tras las sombras de la bata, añorando su cuerpo, sus gemidos y sus expresiones de placer. Cuando sostuvo su mandíbula para besarla, Corine cerró los ojos, para luego disfrutarse ambos en un sinfín de locura".
Edward me miraba, porque sabía lo que continuaba. Esa escena era algo que siempre quería revivir con él y la idea levantaba cada vello de mi cuerpo de una forma muy difícil de sostener.
—Iré a mi parte favorita —susurró.
—Edward —supliqué.
—"Corine continuaba amarrada desde las correas del techo, con sus brazos extendidos hacia arriba. Tenía las nalgas levantadas mientras Edmund, que respiraba de forma desacompasada, recorría sus labios con los jugos de la mujer que tanto deseaba. La veía respirar con dificultad, acomodándose a las sensaciones que siempre le provocaba al besar su humanidad. El bombero sacó rápidamente el juguete de su bolsillo, le abrió la boca a Corine y pidió que lamiera, a lo que ella aceptó mientras su saliva recorría sus comisuras. Finalmente, él besó su cuerpo en recorridos suaves, hasta que llegó a sus senos. En cuanto se contemplaron a los ojos, sus dedos curiosos fueron a la intimidad de la mujer que tanto deseaba, recorriéndola con placer. Se besaron una vez más, y en medio del caos de completa merced y pertenencia, Edmund la penetró con el juguete apetitoso. Los gritos de Corine no se hicieron esperar, no mientras él le daba la vuelta, buscaba sus nalgas y se acomodaba entre ellas con su miembro, hundiéndose lentamente en aquel canal prohibido… aquel canal que disfrutaban los dos sin miramientos" —siguió leyendo, mientras se apretaba suavemente la entrepierna, excitado con lo que estaba leyendo… de mí.
Tragué con las mejillas rojas y calientes.
Edward me contempló y sin más dejó el libro a un lado para sostenerme la barbilla y besarme hasta sacarme un gemido. Busqué su lengua y nos disfrutamos el uno al otro, saboreándonos de manera íntima y alocada.
—Es una de mis escenas favoritas —murmuró, escondiéndome debajo de su cuerpo.
—Ya la habías leído.
—Lo terminé, de hecho. Quería ver tu expresión con esa escena… No tienes idea de lo mucho que te imaginé en ella.
Cerré los ojos, intensamente nerviosa y avergonzada.
—Te vuelves tan adorable cuando leo lo que escribes. No tienes que sentirte nerviosa, ya he besado tu cuerpo de diferentes maneras, lo conozco… —Me besó el cuello, bajando por mi pecho mientras abría mi ropa—. Lo disfruto y lo anhelo siempre. Hemos hecho tantas cosas, cariño.
Me deshizo del vestido, por lo que quedé cubierta únicamente por mis bragas. Miró mi cuerpo, entrecerrando sus ojos de dicha, haciéndome sentir la mujer más hermosa de este maldito mundo. Dios, me penetraba el alma, me hacía el amor con gestos… Amaba a este hombre y no tenía ninguna manera de expresarlo con las palabras correctas y adecuadas, me quedaba sin ellas.
Entonces mordió los aretes en mis pezones, tirando de ellos con suavidad primero y luego aumentando la rapidez. Me arqueé, buscando más, pero desesperándome en el proceso. Edward ejercía su poder en mí, sujetándome el vientre para que me quedara quieta mientras tiraba con suavidad de mi ropa interior.
—Nunca me es suficiente de ti —murmuró, subiendo con besos a mi rostro.
—Haz todo lo que quieras conmigo.
—Siempre, mientras sea juntos.
Sonreí.
—No lo dudes.
Le di la vuelta y me acomodé a horcajadas sobre él. Abrí su camisa y me dediqué a darle placer, besando y lamiendo la piel que iba quedando al descubierto. A medida que sentía su fuerte respiración, mi camino se iba haciendo más perverso, llegando hasta su pantalón, el que abrí y deshice, maravillada al saber que, nuevamente, estaba sin ropa interior.
—Eres un pervertido.
—Tuyo.
Tomé la base y me lo llevé a la boca, cerrando los ojos de dicha. Sentir sus gruñidos y quejidos guturales me instaban a continuar, por lo que inundé mi interior de él hasta hacerle chocar en mi garganta. Su rostro de dicha era una oda al arte.
—Isabella —se quejó, hundiendo sus dedos en mis cabellos.
Me lo quité de la boca y volví a sostenerlo desde la cabeza, chupando la zona lateral desde el inicio hasta el final, siempre mirando a sus ojos, conectados a los míos.
—Ven —me pidió, tomando mi mano.
No tuve tiempo de reaccionar. Edward me acostó sobre sus piernas, poniendo mi cabeza entre ellas mientras acomodaba mis muslos delante de su cara.
—Este se llama sesenta y ocho —me comentó, echando el aire en mi intimidad—. Te la chupo y ya me debes una.
—Edward Cullen —medio me quejé.
Cómo me encantaba cuando hablaba sucio.
—Es nueva para mí… ¡Ah, Edward! —grité, sintiendo su boca en mi clítoris.
Estaba acoplado a mí, hundido con su cara en mis piernas. Veía todo lo que hacía mientras sentía su piel debajo de mí, pegados el uno con el otro, haciéndolo tan íntimo y especial que, nuevamente, me quedaba sin calificativos. Puse mis ojos en blanco cuando me penetró con su lengua y movió su rostro en mí, hundiéndose hasta la nariz, manteniéndome sujeta de sus manos y de todo él. Estaba desesperada. Para cuando mi autocontrol se hizo añicos, Edward me hizo acabar, provocando un temblor en todo mi cuerpo. Sentía que inundaba a Edward de mi humedad.
—Eres una delicia —susurró, besando mis muslos.
Iba a responder, pero él apenas y me dio tiempo de recomponerme. Me dio la vuelta, sosteniéndome como si yo fuera una pluma entre sus manos, y me hizo darle la espalda, poniendo mis manos en la rejilla de seguridad de la terraza.
—Quiero hacerte mía con la bestialidad que me caracteriza —me confesó al oído—. Sé que te gusta.
—Me encanta —musité.
—Voy a amarrarte.
—¿A…?
Me ató a los fierros con su propio cinturón. Vi su sonrisa de dominación salir de sus labios, siempre con lentitud, tanteando el terreno.
—Reviviría esa escena todos los días posibles —afirmó, poniéndose detrás de mí—. De alguna forma, ¿no he sido yo tu inspiración para ello?
—Mi máxima inspiración —confirmé.
—No tienes idea de cuánto te deseo cada vez que te miro, cariño —gruñó en mi oído, tomándome de las caderas para tenerme a su merced—. Soy un afortunado de estar con una mujer como tú.
Me hizo abrir las piernas y de pronto, algo comenzó a vibrar.
—Abre la boca —ordenó.
Lo hice y él metió un vibrador muy grande dentro de mis labios. Obediente chupé, sintiendo el sabor a fresa y la sensación siliconada de este. Lubricante.
—Lo tenías todo calculado —susurré cuando lo quitó de mi boca, permitiéndome respirar.
—Desde que lo leí y te imaginé. Por más que me toqué pensando en ti y en esa escena, nunca es suficiente, no sin ti.
Estaba ansiosa por más. Lo esperaba. Lo quería.
—Va a doler, lo sabes, ¿no?
Asentí con el corazón en la boca.
—Y no sabes cuánto me gusta que duela.
Lo sentí sonreír mientras mordía mi nuca desde atrás, como un feroz león sosteniendo a su presa.
—Relaja este hermoso culo —murmuró—. Lo haré mío.
Mi corazón estaba desbocado.
Entonces me penetró con el juguete, hundiéndolo en mí hasta las entrañas. Grité como una endemoniada, apenas pudiendo moverme por las amarras en mis muñecas. Este vibraba en mi interior, haciéndome temblar en el proceso.
—Hay tantas cosas que quiero disfrutar, todas contigo —volvió a decirme al oído.
—Es en ti en quien más confío, Edward. Quiero todo contigo —afirmé, agitada por el placer.
Me giré para mirar y vi sus ojos llameantes, mientras echaba lubricante en su erección, masajeándose con suavidad.
—Mi hermosa chica —musitó, agarrándome de la nuca con una mano, mientras con la otra apretaba mis senos a su merced. Tenía la espalda y el culo pegados a su cuerpo—. Mi hermosa mujer.
El vibrador se aferraba a mí y no sabía de qué manera arquearme ante las inmensas sensaciones que me producía. No sabía cómo respirar, estaba al borde del desmayo… Hasta que sentí su miembro entre mis nalgas, buscando entrar en mí. Iba a enloquecer. Pulgada tras pulgada, así entraba en mi canal prohibido, provocándome una sensación quemante de dolor, invadiéndome hasta la locura.
—Si te hago daño, dímelo.
—Continúa —dije entre quejidos, apretando los fierros mientras seguía aferrada a ellos, atada por completo.
Finalmente entró hasta el fondo, invadiéndome de todos los lados posibles. Estaba extasiada. El dolor entre mis nalgas junto al vibrar en mi intimidad eran una mezcla perfecta para mí.
—Dios, está tan caliente —musitó.
Buscó mis labios y me besó, ladeando mi cara con su mano en mi mandíbula. Y así, sus movimientos comenzaron a surtir efecto, lentamente, haciéndome suya de una forma francamente incontrolable. Sí, me ardía y dolía, pero lenta y pausadamente, comencé a sentir un intenso placer que solo él podía provocarme. Estábamos unidos, sintiéndonos el uno con el otro, disfrutando de cosas diferentes, cosas que solo juntos queríamos vivir.
De mi boca escapaban quejidos intensos, cada vez más en aumento, al igual que el placer conjugado de ser invadida por él en tantos sentidos. Edward me abrazó y continuó con sus besos, mientras mi cuerpo temblaba de diferentes maneras. Sus gruñidos me enloquecían y los míos se complementaban con los suyos, hasta que finalmente comencé a sentir que el placer nublaba por completo mi razón de existir. No creí que aquel lugar tuviese tantas terminaciones nerviosas que pudieran provocarme esto, no hasta que comenzó a deslizarse con mayor facilidad y la penetración de Edward se hizo intensa hasta que su piel y la mía chocaban en una oda digna de una orquesta maravillosa. Ya rozaba las paredes de la locura y tuve un orgasmo más gracias al vibrador, y no solo ese, sino otro más, uno tras otro hasta que el sudor me envolvió. No comprendía cómo mi cuerpo continuaba reaccionando, menos cuando un orgasmo muy diferente volvió a inundarme, aquel que Edward me provocó estando dentro de mí en un canal con músculos sublimes, tabúes y estrechos. Tuve un clímax conjugado, uno en cada lugar, sentía que liberaba cada peso de mí entre los brazos de mi hombre, hasta que él se liberó de la misma manera, derramando su simiente fluidez entre mis nalgas, cayendo con lentitud por entre mis piernas, jugoso y húmedo, mezclándose con el mío. No fue hasta que comenzaron a caerse los maceteros de la terraza, que me di cuenta del tornado que siempre creábamos en cualquier lugar en el que hiciéramos el amor.
Me respiraba en la nuca, intentando recomponerse de lo que acabábamos de hacer. Nunca soltó mi cuerpo, que estaba lánguido y etéreo como el viento. Más plantas se cayeron hasta el suelo, temblorosos por nuestros movimientos.
Oh, no, otra vez habíamos roto algo.
—¡Hey! ¿Quién botó eso? —exclamó la voz de un hombre desde el primer piso.
—Dios mío, ha sido mi culpa —dije, mirando los maceteros rotos en el primer piso y luego a Edward, preguntándole quién era él.
Su piel estaba perlada de sudor e intentaba concentrarse, aunque le costara.
—Es el cuidador del sitio. Olvidé que está aquí a esta hora.
Me tapé los labios, porque de seguro nos había escuchado. Entonces me eché a reír y Edward lo hizo también, abrazándome mientras me desamarraba. Estiré mis brazos y miré las marcas, que encontré muy atractivas. Él me las besó y finalmente me cobijó entre sus brazos, besándome los cabellos en el proceso.
—Me ha encantado todo lo que me has hecho —susurré, mirando sus ojos.
Tiró de mi nariz con suavidad y luego me besó la frente y los labios.
—Te amaré de mil maneras, eres mi mujer.
—¿Ya no soy tu chica? —jugueteé, sintiendo otra oleada de estremecimientos por sus palabras.
—Digamos que ya hemos dado demasiados pasos para no llamarte mi mujer. Soy tu hombre, ¿no es así?
Besé sus mejillas con la barba comenzándole a crecer.
—Te haré el amor mil veces más, de todas las maneras que quieras —aseguró, volviendo a abrazarme.
Me cobijé en sus brazos y cerré mis ojos, disfrutando de la felicidad que me generaba su sola existencia.
—Eres mi todo —susurró.
—Y tú el mío, mi Bestia.
Sonrió.
De pronto, sonó el timbre de la casa, por lo que Edward alzó la mirada.
—Debe ser el cuidador. Te llevaré a la cama.
—¿Me llevar…?
No alcancé a terminar la frase, Edward ya me tenía entre sus brazos y caminaba conmigo hacia la habitación. No dejaba de reír, no hasta que me depositó en su cama y sacó de la almohada trasera un pijama de encaje transparente, de mis favoritos.
—Creo que he estado soñando despierto con tenerte como mi esposa aquí. Espero que no te sientas presionada…
—Edward —lo interrumpí y le acaricié las mejillas—. Nuestra historia es más grande de lo que cualquiera puede imaginar. ¿Presionada? —Reí—. Me ha encantado el pijama. Te esperaré aquí. Ve, mi amor.
Me dio un beso profundo y se marchó mientras se ponía un pantalón de pijama bastante apretado para mi salud mental. Yo me acomodé entre las sábanas, tocándolas con suavidad y disfrutando de ellas. Edward se había esmerado por hacerla… mía. Él quería una familia conmigo, una con todas las letras posibles que pudiera agregar a la que ya teníamos. Era mi hombre, mi bestia… el hombre con el que me iba a casar.
¿Cuándo sería la fecha correcta? ¿Cuánto tiempo creí que nunca conocería un hombre que me hiciera vivir el amor de verdad? Dios, ¿por qué pasé tanto tiempo endurecida por los hombres que conocía? Parecía… un sueño.
Me acosté y cerré mis ojos, sintiendo el dolor en todo mi cuerpo. Mi sonrisa era automática. Miré hacia la mesa de noche en uno de los lados de la cama y me encontré con una fotografía mía, una que me habían tomado cuando fue el cumpleaños de Fred y estaba disfrazada de la princesa Bella. Él la había puesto ahí.
Sus pasos se hicieron notar y cuando llegó, a pecho descubierto y con sus tatuajes haciéndolo una pieza de arte inigualable, le abrí los brazos para que viniera a la cama. Él no tardó en hacerlo, acomodándose a mi lado, rodeándome con sus brazos fuertes y luego acostándome en su pecho duro.
—Me preguntaba si sucedía algo extraño aquí arriba, ya sabes, por el ruido —comentó de forma risueña.
—¿Le han caído los maceteros en la cabeza? —inquirí.
No supe cómo o de qué forma lo dije, pero él acabó carcajeando de una manera tan adorable que simplemente sonreí.
—Estaba más preocupado por los gritos de una mujer.
Me sonrojé.
—Ay, Dios mío.
—Eres tan hermosa.
Pestañeé.
—¿Lo crees?
—No. Lo sé.
Miré a mi alrededor y vi mi nueva vida. Solo faltaban nuestros hijos y los perros. La habitación era de madera rústica, pero conservaba una naturalidad hermosísima. Las plantas y las flores enriquecían el color caqui y café del lugar, así como los cuadros, algunos recuerdos y la decoración preciosa con luces pequeñas haciéndonos parte de un ambiente romántico e inigualable. La cama era amplia, con un cabecero tallado que tenía dibujos prolijos, posiblemente hechos a mano. Todo era hermoso, pero nada sería lo mismo sin el hombre que me envolvía en sus fuertes brazos tatuados.
—Dime que esto lo viviremos siempre —susurré.
Me cobijó las mejillas entre sus manos y continuó sonriendo.
—Siempre.
Mis ojos se llenaron de lágrimas, pero de felicidad. Él hundió sus labios en mi cabello y así nos quedamos, aprovechando de mirar hacia la ventana cómo comenzaba a nevar, dando la bienvenida al invierno.
.
Edward me había traído el desayuno a la cama. Frutas, café y tostadas. ¿No era maravilloso? Continuaba sin camisa, usando ese maldito pantalón apretado sin ropa interior. Me sentía en un sueño romántico y erótico de nunca acabar.
A buena hora volvimos a casa sobre su nueva motocicleta. Me mantuve abrazándolo todo el recorrido, como si yo fuera a protegerlo del miedo recóndito de… bueno, de que fuera a sufrir otro accidente como el del otro día.
Él parecía pensativo, pero alegre a la vez. Se tenía algo guardado y no quería decírmelo, al parecer. ¿Qué tramaba?
Al llegar a casa, vimos que Carlisle estaba ahí, haciendo algo para los pequeños. Parecía muy alegre de vernos juntos otra vez, como antaño, cuando nuestro amor traspasaba muchas fronteras.
—Esme ha salido con Fred y Agatha. Tu madre también ha ido con ellos —me contó él. Estaba con la camisa arremangada, mostrando sus tatuajes.
—Ah, perfecto. —Edward suspiró y sonrió—. Bella, ¿vienes conmigo?
—¿A dónde?
—Quiero mostrarte algo.
Carlisle parecía intrigado, pero no quiso preguntar.
Tomó mi mano y entrelazó sus dedos con los míos, llevándome hasta nuestra habitación. Continué observando, inquieta hacia dónde se dirigía con tanto misterio. Cuando creí que iba a decirme algo, escuchamos los pasos rápidos de Agatha y Fred, que venían derecho hacia nosotros. Entonces, vi que Edward miraba a nuestra pequeña con cierta complicidad que me llamó la atención. Antes de que pudiera decir más, él me entregó algunos papeles, los cuales me quedé observando por un largo rato.
Me quedé de piedra.
Cuando vi la petición que estaba preparando Edward, mis ojos se llenaron de lágrimas. Eran papeles de adopción para Agatha y la petición de reconocimiento paternal de Fred. Al ver la firma de James, sonreí, porque él lo sabía todo y quería representarnos en el lugar que fuera para hacernos parte, todavía más, de la familia que éramos.
—Agatha me dio la idea, a pesar de que no dejaba de pensarla desde que nuestra familia se hizo lo que es ahora —susurró Edward, acariciándome las mejillas—. Agatha quiere llevar tu apellido porque sabe que eres su madre.
Mi barbilla inferior tembló sin remedio y finalmente cedí a mis sentimientos. La abracé, cobijándola en mí, como si quisiera hundirla en mi cuerpo solo con el fin de tenerla dentro de mí y borrar esos recuerdos que tenía de una temprana infancia sin mamá. Agatha también comenzó a llorar, abrazándome desde el cuello y hundiendo luego el rostro en él.
—Así que quieres ser Agatha Cullen Swan —musité, limpiándole las lágrimas con una sonrisa.
Asintió.
—Quiero tener tu apellido, mamá.
Sonreí.
—Te daré todo lo que quieras. Eres mi hija —afirmé—. Te amo.
—Te amo, mamá.
Finalmente, cuando vi a Fred mirándonos con los ojos brillantes, vi que Edward se agachó ligeramente para sostenerlo.
—Fred —lo llamó.
Se contemplaron detenidamente, lo que me hizo estremecer. Cada día se parecían más y yo no me daba cuenta de eso hasta ahora, que las cosas nos habían llevado a esto. Tenían el mismo perfil y esa misma mirada tan… dulce. Eran indudablemente padre e hijo.
—Para ti también hay una sorpresa —afirmó.
—¿Para mí?
—Yo… Bueno, tú sabes que soy papá, ¿no?
Asintió de manera rápida.
—Y que te amo profundamente.
—Y yo a ti, papi.
Edward sonrió y le acarició las mejillas.
—Saber que tenía un pequeño como tú, además de Agatha, mejoró mi vida, más de lo que ya lo estaba. Llegaste a mi mundo junto a tu mamá de una manera maravillosa, pero saber que eres sangre de mi sangre es… —Suspiró y le besó la frente—. Quiero que todo el mundo sepa que eres mi pequeño y que el tiempo que pasamos separados no va a destruir todo lo que te amo, así como amo a tu mamá y quiero hacerla feliz siempre. Por eso, quiero que lleves mi apellido y el de mamá, ¿qué dices?
Me llevé una mano al pecho, pero apreté mi collar cuando vi a Fred hacer un puchero para comenzar a llorar de esa manera llena y feliz que pocas veces veía. Lo abrazó de una manera tan linda que no me contuve, fue imposible. Fred siempre se sintió desplazado por el cariño del hombre que prometió quererlo cuando él sabía que no tenía un padre presente; Jasper lo había intentado, pero tenía una familia que odiaba a mi hijo y lo discriminó desde un inicio, y cuando pudo hacer algo, simplemente se quedó mirando la vulnerabilidad que ocasionaban en mi pequeño, permitiéndolo, y sin quererlo, siendo cómplice del dolor de mi hijo, que me veía infeliz e intentando darle lo mejor, cuando lo que más quería era verme dichosa.
Todavía recordaba sus cartas de navidad, una a una desde que era un pequeñito de tres y había comenzado a escribir. Su único deseo para regalarle era "que mamá sea feliz". Dios, la culpa que sentía era tan difícil de digerir. Él me veía llorar, lo sabía, veía mi inestabilidad, mi deseo por darle lo mejor y fallando en el peor de los intentos, siendo feliz yo. Cuando le preguntaba por qué, Fred solo decía que me quería siendo dichosa, porque mis ojos siempre se veían apagados como las luces que se gastaban con el tiempo. Fue doloroso, pero aprendí a lidiar con ello, hasta que todo cambió desde que conocí el amor de Edward y de Agatha.
—Sí, papi, ¡quiero! —exclamó abrazándolo desde el cuello—. Tú eres mi papá y yo tu hijo.
Los ojos de Edward también se llenaron de lágrimas, pero se contuvo mientras hundía sus labios en los cabellos de nuestro pequeño.
—Frederick Cullen —afirmó mi Bestia, cerrando sus ojos de dicha.
Entonces me contempló y yo sonreí, agradeciéndole por llegar a mi vida junto a nuestra nena. Su presencia había hecho que nuestras existencias cambiaran de manera inédita, éramos felices juntos y no había nada que pudiera cambiarlo. Éramos una familia, una de verdad, una que… quería conservar para siempre.
—¡Cullen! —exclamó mi hijo, riéndose de felicidad.
Nos quedamos juntos por un largo rato, simplemente abrazándonos, siendo parte de nosotros mismos y de nuestra burbuja. Quería que todo siguiera ese curso, que ya no ocurrieran desgracias ni malentendidos, amaba a mi familia e iba a luchar por la felicidad de todos nosotros, no importaba cómo.
—Tengo otra sorpresa —susurró Edward, sorprendiéndonos a todos.
—¿Qué ocurre? —inquirí, buscando la manera de saber más.
—¿Vienes conmigo?
Asentí rápidamente.
¿Cómo negarme?
Al bajar, solo vi a los Cullen esperando a los pequeños para llevarlos al lugar que Edward también quería que fuéramos. ¿Qué estaba pasando? Quise preguntar, pero solo recibí risas y sonrisas cómplices. ¿Dónde estaba mi madre? Negué y continué con Edward, que me subió a su motocicleta.
—¿Qué estás tramando? —le pregunté al oído.
—Ya lo verás.
—¿No vas a decirme?
—No —respondió entre risas.
Le di un beso rápido antes de ponerme el casco y luego puso la máquina en marcha. El camino fue a buena velocidad, adentrándose en el bosque y llevándome por esos lugares a los cuales fuimos en nuestra cita, arriba de la montaña. Estaba asombrada al ver hacia dónde estábamos dirigiéndonos. Finalmente hizo parar la motocicleta frente a los coches de nuestra familia y amigos, que esperaban afuera, a un lado del acantilado.
¿Qué estaba sucediendo?
—Edward —lo llamé, girándome para preguntarle qué estaba sucediendo.
Él estaba con una rodilla en el suelo, sosteniendo un cartel entre sus manos que decía "mira hacia abajo". Pestañeé, demasiado sorprendida para actuar, preguntándome cómo respirar ante todo lo que estaba pasando. Edward me sonreía, esperando a que lo hiciera, realmente feliz y sí, muy nervioso. Entonces lo hice, miré hacia abajo, donde había un riachuelo y una llanura preciosa.
Casi se me sale el corazón de la boca.
Eran todos los motociclistas de la banda, sosteniendo cada uno una letra gigante sobre sus motos. Cada uno se formó para componer una frase que, desde nuestra lejanía, se leía perfectamente bien mientras hacían sonar el claxon. Por poco me pongo a llorar al leer lo que decía finalmente el mensaje.
"Bella, cásate conmigo".
Me llevé una mano al pecho y lo miré, a ese hombre que esperaba a una respuesta que la verdad creí ya haberle dado.
—Edward, yo… ¿Por qué me preguntas…? —Tenía un nudo en la garganta y sentía que, si hablaba un poco más, iba a comenzar a llorar.
—Sé que te pregunté antes si querías casarte conmigo, que tu respuesta había sido sí y que finalmente todo comenzó un camino muy turbulento desde entonces. —Tragó—. Pero hoy quiero pedírtelo de nuevo, esta vez, porque he pedido al juez que venga a casarnos en un mes exacto.
Mi barbilla tembló.
—Isabella Swan, con todos aquí, a quienes amamos, quiero pedirte que te cases conmigo el día 10 de enero, tú y yo, para continuar con esta aventura salvaje, hermosa y sinigual que significa amarte. ¿Aceptas ser mi esposa?
Buenas tardes, les traigo un nuevo capítulo de esta historia. Sé que demoré, pero para quienes no saben, he tenido una dificultad abrumadora por escribir, especialmente cuando las historias son intensas y con más detalle. Pero aquí estoy, al fin, pudiendo entregarles una parte más de esta nueva era que se aproxima en Indomable. Ya he vuelto al ruedo como me gusta, pudiendo desarrollar mis capítulos tal cual me gusta, con rapidez y mucha intensidad. ¿Qué me dicen de lo que sucede con estos dos? Están creciendo, han madurado, están asumiendo que su amor es inmenso y que pueden con todo. La sorpresa de Edward tiene fecha, ¿qué dirá Bella? ¡Cuéntenme qué les ha parecido! Ya saben cómo me gusta leerlas
Gracias, Karla Ragnard
Agradezco los comentarios de 8, SeguidoradeChile, kpherrerasandoval, JMMA, sollpz1305, Pam Malfoy Black, Pancardo, BreezeCullenSwan, PanchiiM, Anita4261, ale173, caritofornasier, Mari-bella-Cullen-Swan, krisr0405, Adriu, CazaDragones, Ivette marmolejo, morenita88, Yoliki, ariyasy, Brenda Cullenn, Majo, anlucullen, Gis Cullen, rosycanul10, NaNYs SANZ, Vanina iliana, Mime Herondale, Freedom2604, Alittlehappypig, calia19, Liliana Macias, Ana Cullen Lutz, miop, CCar, barbya95, stella mino, valentinadelafuente, Aidee Bells, Markeniris, Toy Princes, Wendy14, catableu, Fernanda javiera, NoeLiia, AnabellaCS, Coni, Fallen Dark Angel 07, Jessenia Torres, twilightter, CelyJoe, almacullenmasen, nikyta, maribel hernandez cullen, Twilight all my love 4 ever, ELIZABETH, patymdn, Lu40, Sther Evans, Mariana, JMMA, lauritacullenswan, Noriitha, Gladys Nilda, magic love ice 123, Santa, dana masen cullen, Valevalverde57, Ana Karina, Lore562, esme575, Pameva, Tata XOXO, ManitoIzquierdaxd, bbluelilas, Jocelyn, Elizabeth Marie Cullen, Alejandraltm, kathlenayala, alyssag19, cavendano13, DanitLuna, Ady denice, Esal, Rero96, MarieCullen28, PielKnela, Mapi, Johanna22, alejandra1987, aliciagonzakezsalazar, Bobby Nat, Chiqui Covet, MariaL8, Liz Vidal, ari kimi, Valentina Paez, viridianaconticruz, Melany, Diana, saraipineda44, Tereyasha Mooz, Cecy Dilo, joabruno, debynoe12, NarMaVeg, Leah De Call, MakarenaL, dayana ramirez, llucena928, Ana, Gibel, ale173, liduvina, natuchis2011b, camilitha cullen, beakis, ConiLizzy, Kamile Pattz-Cullen, Angelus285, carlita16, Mentafrescaa, Dominic Muoz Leiva, Jacky, Ceci Machin, Vero Morales, rjnavajas, valem00, jhanulita, Jade HSos, nydiac10, Adrianacarrera, EloRicardes, sool21, lunadragneel15, Bitah, ELLIana11, LucyGomez, KRISS95, Angel twilighter, jupy, Natimendoza98, Claribel Cabrera, ROMINA19, Smedima, LizMaratzza, jackierys, MissDeadlyNightShade, Nancygov, Twilightsecretlove, Karensiux, Veronica, roberouge, Jimena, Mar91, Belli swan dwyer, Sandoval Violeta, Flor Santana, GabySS501, Fer Yanez, luisita, DarkMak31, Eren, katyta94, AndreaSL, Eli mMsen, Salve-el-atun, Naara Selene, monik, y Guest, espero volver a leerlas nuevamente, cada gracias que ustedes me dejan es invaluable para mí, no tienen idea del impacto que tienen sus palabras, su entusiasmo y el cariño que entregan, de verdad muchas gracias
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