A/N: ¡Hola a todos! Ha pasado mucho tiempo, pero ya estoy de vuelta con un nuevo capítulo.
Por refrescaros la memoria de lo sucedido en el anterior capítulo, Narumi le contaba toda la verdad sobre Horaru a Bokuto y, finalmente, había dado el paso para recibir ayuda psicológica. Los dos siguen progresando con su relación, pero habrá un pequeño parón con motivo del campeonato nacional. Dado que Fukurodani es un equipo segundario en Haikyuu, no tenemos mucha información detallada de sus partidos y, además, yo tampoco soy una experta en volleyball. Por lo tanto, no planeo que la narración de los mismos sea muy extensa, con lo que creo que el campeonato tendrá de duración pocos capítulos. Al fin y al cabo, esta historia va más de otra cosa xD

¡Disfrutad de la lectura!

Haikyuu y sus personajes no me pertenecen

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El color de una sinfonía

Capítulo 36
El chico de pelo naranja

Narumi jugueteaba con sus dedos. La mujer la observaba mirando por encima de sus gafas de montura fina y con las piernas cruzadas. El aparente silencio de aquella habitación sobria era interrumpido por el tictac de un reloj de pared, colgado en un lateral de la habitación. Los minutos pasaban y las dos permanecían en silencio. Así había sido durante los dos últimos días.

—El objetivo de estas sesiones, Matsuyama-san, es que comparta conmigo lo que siente.

—N-No sé muy bien cómo hacer eso…

Compartir lo que sentía no era nada fácil, al menos para ella, y llevaba siendo así desde el día en que habían recibido la llamada para decirles que Horaru había llevado a cabo un intento de suicidio. Durante la hora que duraban aquellas sesiones no dejaba de darle vueltas una y otra vez a aquello que deseaba expresar en voz alta. Intentaba poner sus ideas en orden, pero suponía que hablar con el corazón sobre cómo se sentía y frente a una desconocida era más complicado de lo que creía.

—No tienen por qué ser grandes pensamientos. Puede ser simplemente lo primero que se le pase por la mente. Tampoco tiene por qué ser sobre sus sentimientos. Puede ser, por ejemplo, qué pensó cuando supo del intento de suicidio de su hermano.

¿Qué había pensado en ese momento? Narumi rebuscó en sus recuerdos, intentando disipar el bloqueo mental que sufría cada vez que entraba en aquella habitación. Sí que había una cosa que le había inquietado desde entonces. Era algo que le reconcomía por dentro, que se cuestionaba una y otra vez, que apenas le dejaba conciliar el suelo.

—¿Por qué?

—¿Por qué qué? —insistió la psicóloga, intentando que Narumi elaborara más, pero la chica no hacía más que morderse el labio, como si la ansiedad creciera en ella—. ¿Por qué lo hizo, quieres decir?

—No —Narumi tragó saliva—. Bueno, también. Pero una cosa que nunca he dejado de preguntarme es cómo no me di cuenta —por primera vez en aquellas tres sesiones levantó la vista para clavar sus ojos sobre la psicóloga. Era una mujer de mediana edad. Cabello liso negro a la altura del mentón y de facciones suaves—. Era su hermana. Era la que mejor le conocía. Y, aun así, no supe ver lo que sufría. ¿Por qué no vi signos de que estuviera mal? Eso me convierte, no solo en una mala hermana, sino en una persona horrible. Seguramente estaba más pendiente de mí que de él.

La psicóloga cambió de postura en el butacón en el que estaba sentada. La mujer se quitó las gafas, dejando que colgaran de su cuello gracias a una cadena.

—He estudiado muy de cerca el caso de su hermano —le explicó—. He hablado con amigos y familiares y Matsuyama Horaru era un chico sano que llevaba una vida normal. No es algo muy habitual, pero existe un pequeño porcentaje de muertes por suicidio que son inexplicables. Un acto impulsivo, sin ningún trastorno mental grave que lo alertara.

—No lo entiendo. Si estaba bien, ¿entonces por qué se suicidó? ¿Por qué le hizo esto a nuestra familia?

—No he conocido a Matsuyama Horaru en persona. Mi objetivo en estos momentos, Matsuyama-san, es darle consuelo por la muerte de su hermano, pero tampoco ocultarle la verdad de la realidad.

—¿Y esa realidad me va a ayudar o me va a hacer sentir más miserable todavía?

—Eso dependerá de usted. En cualquier caso, yo estoy aquí para ayudarla y para escucharla.

Narumi reflexionó unos instantes.

—Por favor, sea sincera conmigo —quería saber qué era lo que la psicóloga, como experta, tenía que decirle, por mucho que su respuesta pudiera no gustarle o convencerla.

—Como bien le he dicho, el caso de suicidio de su hermano pertenece a ese pequeño porcentaje que no tiene explicación. Se trata de personas que quisieran vivir la vida de otra manera, sin el sufrimiento extremo que les lleva a morir, porque en el fondo no quieren morir, sino dejar de sufrir la desesperanza vital que sienten. Las personas que mueren por suicidio no tienen libertad, porque no pueden elegir. Si pudiesen, escogerían vivir la vida, pero sin sufrir. Y esa es la gran diferencia.

La sinceridad con la que la psicóloga pronunció aquellas palabras caló muy hondo en Narumi y lloró sin parar hasta que terminó la hora de sesión. Quizás en parte le costaba entender que hubiera personas que no quisieran morir, pero que, aun así, la muerte fuera la única salida que sentían que tenían. Aquella tercera sesión, la primera en la que Narumi tenía lo más parecido a una conversación con la psicóloga, le sirvió para entender la situación de una persona que muere por suicidio y que Narumi nunca había previsto para su hermano. La psicóloga le hizo comprender que, a pesar de que ahora supiera que no podía haber hecho nada por impedirlo, Narumi seguiría echando de menos a Horaru y habría ocasiones en las que sentiría mucho dolor, pero era ella la que debía decidir qué hacer con ese dolor.

—¿Qué tal te está yendo? —le preguntó Anri.

—Bien. Creo que a partir de ahora voy a empezar a hacer progresos.

Las dos chicas se bajaron del tren en cuanto se detuvo y las puertas se abrieron. Caminaron entre la multitud de la estación hasta el metro para ir hasta el barrio de Shibuya.

Los días posteriores a Año Nuevo, Narumi no había visto a Bokuto, pero sí que había hablado con él por teléfono y se habían escrito todos los días. Los chicos se habían volcado con la preparación del campeonato nacional y ella había estado ocupada con sus primeras sesiones en el psicólogo. Pero ninguno de los pretendía que el hecho de que no pudieran verse quisiera decir que no sintieran interés por saber cómo se encontraba el otro.

Tras hablar con Bokuto, Narumi se había sincerado también con Anri. Le había contado con calma todo lo que había pasado en realidad con Horaru y cómo tras su entierro su madre había sido finalmente ingresada en un centro, donde sería tratada de los graves problemas psicológicos que había desarrollado por lo acontecido en los últimos dos años. Anri había escuchado a Narumi en silencio y, al acabar, las dos lloraron juntas y abrazadas hasta que lograron recomponerse. Anri admiraba a Narumi por haber tenido la valentía de haberle contado la verdad tal cual era y por haber comprendido que tenía que dejar de guardarse las cosas para sí misma. Narumi no estaba sola y no tenía por qué cargar con todo ella, sería mucho más fácil si compartía esa carga, si dejaba que sus amigos la ayudaran.

Muchos estudiantes como ellas se bajaron en su misma estación. Tōkyō Taiikukan-mae estaba repleta de gente que portaba banderas y pancartas de apoyo a los equipos de sus escuelas, haciendo que esa zona del barrio de Sendagaya rebosara vida. Tuvieron que caminar varios minutos hasta llegar al Gimnasio Metropolitano de Tokyo. La multitud se extendía por la explanada frontal del edificio principal, pero ellas se desviaron hasta el segundo gimnasio, bastante más pequeño y donde se jugarían dos partidos. Tras la ceremonia de apertura, Fukurodani se enfrentaba al equipo Eiwa, de la prefectura de Oita, y debían ganar para seguir avanzando en la competición y poder seguir jugando partidos al día siguiente.

Al subir a las gradas fue fácil identificar dónde estaban situados los estudiantes de Fukurodani. El instituto había llevado a la banda del colegio y a las animadoras, quienes estaban puestas en fila a lo largo de las escaleras, flanqueando al resto de estudiantes del centro. Las dos chicas rebuscaron entre la multitud hasta dar con tres asientos juntos, uno que reservaron para Akari.

—Vamos a tener que venir antes mañana —comentó Anri—. Estamos un poco lejos de la pista hoy, pero, si ganan, mañana jugarán en el gimnasio principal, que es mucho más grande. Estar muy lejos nos hará ver peor todavía.

—Tienes mucha fe en que ganarán hoy, ¿no?

—¿Por qué eres así, Naru-chan?

—¿Qué? —la chica se encogió de hombros—No es que quiera que pierdan, pero soy realista. Primero va este partido y, si ganan, jugarán otro. Seguro que ellos piensan igual que yo. No hay que subestimar a sus rivales, Anri.

Las dos chicas intentaron hacerse notar durante el calentamiento para dar su apoyo a sus amigos, pero estaban demasiado lejos y por el ruido no las escucharon. Akari llegó justo cuando comenzaba el encuentro. Se disculpó varias veces por llegar tarde y, para compensar, había comprado pan de melón en uno de los puestos del gimnasio que las tres comenzaron a comer gustosamente.

Los primeros compases del encuentro contra Eiwa parecían bastante igualados, pero Narumi notó que algo en Bokuto no estaba bien. El chico remató un cruzado, pero el rival recibió bien la pelota, provocando que en el ataque Eiwa anotara el 6-4. Podría pensarse que el chico estaba todavía entrando en la dinámica del partido, pero cuando el entrenador Yamiji pidió tiempo muerto unos minutos después, con un 10-7 en contra, todo el mundo sabía que algo no estaba bien en el equipo.

—¿Qué le pasa a Bokuto-san? —cuestionó Narumi.

—Ahhh —Anri gruñó y reflexionó por unos instantes—. Conociendo a ese imbécil estará deprimido por cualquier tontería.

—Narumi-san, esto seguramente no lo sepas porque no le has visto jugar en partido oficial, pero Bokuto-san tiene un lado "Emo", es decir, cuando algo no sale como él tiene previsto, tiende a desconectar del partido —le explicó Akari.

Lo cierto era que aquel no era el primer partido oficial que Narumi veía. Takato la había llevado a la fase clasificatoria de Tokyo, pero eso era algo que no había compartido con nadie, ni siquiera con el propio Bokuto. En cualquier caso, aquel día Bokuto estaba muy diferente al jugador que había visto entonces.

—Me apuesto lo que queráis a que es por estar jugando en la pista B, no en la principal —dedujo Anri.

—¿Tú crees? —Akari enarcó una ceja— Me parece hasta estúpido para ser Bokuto.

—Yo le veo en plena forma y no ha sido bloqueado ni una sola vez todavía. Tiene que ser porque aquí hay menos gente y no es el centro de atención. Le conozco como si le hubiera parido —Anri se cruzó de brazos, satisfecha con su respuesta.

—Si estás en lo cierto, qué tío... —una gota de sudor cayó por la frente de Akari.

—¿Y no será eso una molestia para el resto del equipo? —preguntó Narumi. Sus dos amigas se giraron para mirarla y sonrieron de medio lado.

—Narumi-san, creo que hoy vas a descubrir que Fukurodani es mucho más que Bokuto.

Tras la charla con el entrenador, Fukurodani pareció cambiar de estrategia y Akaashi dejó de colocarle balones a Bokuto. El chico lucía desamparado por la pista, pero la cierto era que el resto del equipo logró acortar la distancia y mostraba un juego mucho más firme. Washio bloqueó con contundencia un remate, Saru anotó varios puntos y Konoha repartió algunos espectaculares pases para que remataran sus compañeros.

—Parece que Akaashi está hablando con Bokuto —comentó Anri de repente.

—Sea lo que sea, parece que ha hecho efecto —los ojos de Akari brillaron.

Cuando Fukurodani llevó a cabo la siguiente jugada, Eiwa situó frente a él una barrera de tres bloqueadores. Pero Bokuto demostró por qué le consideraban el as. El chico golpeó la pelota con fuerza en un tiro directo que aterrizó con un sonido seco sobre la línea, haciendo que los espectadores se levantaran de los asientos por la jugada.

—¡HEY, HEY, HEY! —le escucharon gritar desde sus asientos.

—Menudo bestia es —rio Anri. Sin ninguna duda, la fuerza de Bokuto era descomunal, pero tampoco sorprendía dada su corpulencia.

A partir de ese momento, Fukurodani llevó la delantera en todo momento y el equipo terminó ganando su primer partido en el campeonato 2-0. Narumi estaba impresionada. Bokuto era una fuerza de la naturaleza, pero el resto de los chicos de Fukurodani no se quedaban atrás. Estaban muy compenetrados y, aunque no entendía absolutamente nada de volleyball, era capaz de ver por sí misma que eran un equipo muy equilibrado. Todos aportaban algo y eran jugadores muy válidos, lo que sucedía era que Bokuto atraía la atención por su personalidad alegre y ruidosa. Y, a pesar de todo, al resto de miembros parecía no importarles en absoluto, sino todo lo contrario.

—Este partido ha sido bastante fácil —dijo Anri poniéndose en pie. El resto del público ya había comenzado a salir del recinto. 40 equipos habían sido eliminados en tan solo un día.

—A ver qué tal mañana… —Akari fue la primera en dirigirse hacia las escaleras— Tendremos que venir antes para verlos en el calentamiento y estar más cerca de la pista. Hoy hemos estado muy lejos y, ya que no podemos verlos porque se alojan en un hotel, por lo menos que sepan que estamos aquí apoyándolos.

—Sí, no sé de quién habrá sido la culpa lo de hoy… —Anri rodó los ojos.

—¡Eh! Eso no es justo. Vosotras no habéis conseguido tampoco mejores sitios porque habéis llegado con poco tiempo de margen.

—Chicas, voy a ir al baño antes —comentó Narumi.

—¡Vale! Te esperamos en la entrada —Anri le hizo un gesto con la mano. A medida que se alejaba, Narumi la escuchó a ella y Akari seguir discutiendo el tema de los malos asientos durante el partido, lo que hizo a Narumi negar con la cabeza por el comportamiento infantil de las dos chicas, pero, aun así, sonreír.

Mucha gente debía haber pensado lo mismo que ella y el baño estaba repleto de chicas esperando para entrar. Tuvo que estar varios de pie esperando minutos hasta que le llegó su turno. Cuando terminó, se lavó las manos y regresó a los pasillos, ya prácticamente vacíos de espectadores. Al llegar a la entrada del segundo gimnasio, se percató de que había un puesto con camisetas y merchandising del evento. Movida por la curiosidad, se acercó para observar al detalle qué era lo que vendían, aunque inicialmente no tenía intención de comprar nada, si bien los llaveros con la mascota del campeonato le parecieron de lo más adorables.

Se percató después de una camiseta que colgaba de una de las esquinas del puesto y en la que venían escritas las tres reglas del camino del as. Sonrió. Bokuto se ponía mucho aquella camiseta. La del chico era de color azul, pero aquella que vendían en el stand era blanca. Quizás podría comprársela. Era una camiseta que usaba mucho para los entrenamientos y ese uso excesivo seguramente desgastaría mucho la tela. Dio una zancada a la vez que extendía su brazo para tocar la tela de la prenda cuando notó que pisaba a alguien sin querer.

—¡Perdona! —se disculpó inmediatamente.

El chico contra el que había chocado dio un respingo y un pequeño salto hacia atrás. Levantó la vista para posar sus grandes ojos marrones sobre ella y, de repente, sus ojos brillaron con intensidad.

—¡Un hada!

Un silencio se estableció entre ambos durante unos segundos.

—¿Qué? —pronunció Narumi confundida, pues aquella no era ni mucho menos la respuesta que esperaba.

—¡Lo-Lo-Lo-Lo Lo Siento! —gritó el chico, haciendo inmediatamente una reverencia.

Narumi parpadeó varias veces, incrédula, pero, finalmente, rompió a reír. Aquel muchacho de pelo naranja le parecía adorable y lo más curioso de todo es que, al verla, le había llamado hada, algo que Bokuto también le había dicho una vez. Sin ninguna duda, aquellos dos chicos se parecían mucho en espíritu.

—No te disculpes —Narumi sonrió—. He sido yo la que te ha arrollado. ¿Estás bien? Te he pisado y tendrás que jugar.

—¡No, no! Nosotros ya hemos acabado —el chico hizo una pausa—. Y hemos ganado —añadió apretando el puño con determinación.

—Enhorabuena entonces —Narumi emitió una risita y se acercó a mirar la camiseta con detenimiento. Ni la tela ni la impresión parecían de mala calidad.

—¿Vas a comprar una? —se interesó el peli naranja. Narumi le miró sorprendida. Aquel chico no la conocía de nada y le hablaba con mucha familiaridad— ¡Es una pasada!

—No lo sé —admitió—, pero me ha recordado mucho a alguien a quien conozco.

—¿Es el as de su equipo? —Narumi asintió— ¡Qué pasada! —aquel chico lucía genuinamente emocionado y, por extraña y surrealista que le pareciera aquella situación a Narumi, no se sentía incómoda.

—Me pensaré si la compro. Ya tiene una, pero es su camiseta favorita y nunca está de más tener otra.

Narumi notó cómo las mejillas del peli naranja se sonrojaban, seguramente pensando que la persona a la que ella se refería sería su novio o algo parecido. Y lo cierto es que no iba muy desencaminado.

—Oh, tengo que irme —recordó de repente. Anri y Akari debían de estar preguntándose dónde estaba—. ¡Mucha suerte mañana! —pronunció Narumi mientras se alejaba rápidamente hacia la puerta.

—¡Sí! ¡Ganaremos!

—¡Seguro que sí! ¡Te estaré animando! —añadió, haciéndole un gesto mientras abría la puerta principal y salía al exterior.

Fuera, sentadas en un banco, Narumi captó a Anri y Akari. Las dos chicas la recibieron un poco indignadas por ser tan lenta, pero Narumi le quitó importancia con un gesto con la mano y una sonrisa inocente. Además, no había nada que no pudiera arreglar un buen bol de ramen recién hecho en el pequeño restaurante de la familia Konoha.

Sin embargo, un pensamiento cruzó de repente por la mente de Narumi.

—¡Ah! —exclamó en el metro, haciendo que Akari y Anri dieran un respingo por el susto— ¡Pero si no le he preguntado su nombre!

Akari y Anri intercambiaron miradas al comprobar cómo una especie de aura negra rodeaba a la chica, apenada por algo que desconocían. ¿Cómo iba a animar a aquel chico de pelo naranja si no sabía ni cómo se llamaba ni en qué equipo jugaba? En fin, se encogió de hombros, Con la cantidad de gente que va al campeonato y la de equipos que juegan, no es como si vaya a volver a verle, ¿verdad? Y sonrió con nostalgia. Porque en realidad sí que le apetecía volver a ver a aquel muchacho que destilaba tanta inocencia.


"Algún día la muerte nos tomará de la mano. Pero hasta el día en que nos atrape nos veremos libres de ella". Yo pensaba así. Me parecía un razonamiento lógico. La vida está en la orilla; la muerte, en la otra. Nosotros estamos aquí, y no allí"
— Haruki Murakami


¡Nos leemos!