Epílogo
«¡Oh!, qué felicidad cuando las almas se reconocen mutuamente, cuando el amor significa libertad, naturalidad y legalidad; es entonces cuando uno se siente repleto, poseído y poseedor, cuando no se sienten dolorosas lagunas en el pecho».
ALEXANDER POPE, De Eloísa a Abelardo
Diciembre, 1840
Londres
Sin duda, el amor de una buena mujer satisfacía de una manera incomparable. Y Itachi lo había necesitado durante mucho tiempo sin saberlo. Ella era justo lo que precisaba, y la encontró a tiempo. Le resultaba duro imaginar cómo habría sido su vida si no hubiera espiado a Sakura aquel lluvioso día de otoño.
Dio un paso atrás y se empapó de la escena que lo rodeaba. Permitió que afloraran todos los sentimientos de amor y absoluta satisfacción que vibraban en su interior al contemplar a su familia. Llevaba tres años disfrutando de ellos y sabía que con el paso del tiempo sus sentimientos solo se harían más fuertes.
Eso era lo que ocurría cuando uno estaba con la mujer que amaba, a la que conocía mejor que a sí mismo y a la que tenía intención de seguir amando durante el resto de su vida.
Miró a su alrededor e intentó verlo como lo que era, una estancia decorada con buen gusto, empapelada de seda de color verde oscuro. Le gustó lo que contempló; las personas que más le importaban, reunidas en buena armonía y mutuo respeto, preocupándose los unos de los otros.
Su hijo de dos años, Itachi, estaba sentado en el regazo del abuelo Kizashi, concentrados los dos en un libro infantil con ilustraciones de animales. Parecía como si ambos, el niño y el anciano, estuvieran a punto de sucumbir al sueño en cualquier momento.
Su hermano menor, Revé, se había convertido en un robusto muchacho de quince años y se había reunido con la familia en las vacaciones. Ahora jugaba al póquer con su cuñado, Deidara, y su abuelo, sir Homura, que seguía dando mucha guerra para haber cumplido ya los setenta y seis años.
En la familia había nuevas incorporaciones, pero también, por desgracia, desapariciones. Su abuela, lady Mitokado, había fallecido serenamente mientras dormía después de una fiesta campestre en Hallborough el verano anterior. La fiesta en cuestión era el tipo de acontecimiento que a ella le gustaba, y todos se consolaron con la certeza de que su muerte había ocurrido después de una gratificante jornada en la que la anciana había disfrutado mucho.
Mei Terumi murió poco después de su encuentro, dejando a su amado hijo bajo la tutela de Itachi. Para su sorpresa, compartía una especie de comunión con su hermano —no sabía si por la sangre común o por su carácter— que los vinculaba como piezas de un mismo engranaje.
Deidara Haruno se había casado con Temari Sabaku una agradable muchacha de la zona de Somerset que conocía de toda la vida. La nueva señora Haruno daría a luz al heredero de Deidara a finales de primavera, y ahora se ocupaba de tejer diminutas prendas de ropa para el que sería el próximo recién llegado a la familia.
Itachi había aceptado la sugerencia de lord Katō y se presentó al Parlamento por West Somerset, ganando por un amplio margen a sus rivales. La política le agradaba de una manera que no hubiera creído posible cuando era más joven y se dedicaba a vivir la vida sin prestar un solo servicio a la comunidad.
Pero, claro, había una hermosa persona que había cambiado todo aquello, y que cada día seguía cambiándolo para mejor. Una persona a la que consideraba la mejor esposa, la mejor madre; su amiga, su amante, su confidente...
Su Sakura.
Sus ojos se encontraron desde puntos distantes en la salita y se acariciaron durante un instante.
—Te amo —le dijo él sin palabras.
—Lo sé —repuso ella de la misma manera, con una de esas sonrisas suyas tan misteriosas, antes de bajar la vista al bebé que sostenía entre sus brazos.
Su hija había nacido hacía tres semanas, y él ya percibía los rasgos de Sakura en las diminutas facciones y la incipiente personalidad. Habían llamado a la niña Mebuki Mikoto Konan en honor de sus abuelas y de otra persona con la que él tendría una deuda de por vida.
Itachi aceptaba que si bien la vida era una dura lucha y había que correr riesgos para que el mundo cambiara, a él no le había ido mal. Miró otra vez a su alrededor antes de volver a contemplar a su Sakura y sonreír.
«Sí, no te ha ido nada mal, Uchiha».
FIN.
