Lo peor había pasado, al menos eso podía decir de momento.
Patrick y ella ya se encontraban volviendo del pueblo fantasma que era ahora Craco, de nuevo camino a Roma. Hacía ya unas horas que habían dejado atrás su ruinosa silueta, dibujada contra el cielo nocturno por la suave luz de luna, que se había perdido poco a poco entre las frondosas colinas italianas que lo rodeaban. Poco después de arrancar el coche, Claire Dilthey había echado un vistazo por el espejo retrovisor, siendo consciente de que quizás ésa fuera la última oportunidad de contemplar aquel lugar, y le había parecido incluso que Craco se difuminaba poco a poco de nuevo en las tinieblas hasta desaparecer por completo de su vista.
En un principio, la oscuridad tan profunda de la noche le había hecho sentir cierta alarma al subir de nuevo al coche: la travesía en la que se habían embarcado para ir desde Roma hasta Craco no era una ni mucho menos breve, no poca gente se llevaría las manos a la cabeza al escuchar que había alguien lo bastante loco como para hacer semejante viaje de ida y vuelta en una sola noche y no era para menos. En circunstancias normales, realizar ese viaje podía llevar alrededor de diez horas, cinco para ir y otras cinco para volver, sin embargo, la periodista se había esforzado en ir a la máxima velocidad posible dentro de lo prudente y racional. De modo que, gracias también a las carreteras y caminos despejados con los que se había encontrado, eran poco más de las nueve de la noche cuando llegaron a Craco y al consultar la hora en su reloj de pulsera al regresar al vehículo después de su infructuosa investigación se topó con que faltaban sólo unos minutos para las once de la noche.
Si mantenía el coche a la misma velocidad que en el camino de ida y tenía suerte respecto a lo poco transitado de las carreteras - y así creía que sería, puesto que esos senderos no eran demasiado frecuentados - Claire estimaba que podían encontrarse de nuevo en Ciudad del Vaticano a eso de las tres de la madrugada, antes de que nadie se diera cuenta de que Patrick no estaba ahí.
En teoría era un plan perfecto, pero, ahora que ya se encontraba conduciendo de regreso en medio de la madrugada, la periodista se dio cuenta de que había algo que fallaba en su plan y era que, a pesar de que había procurado dormir el máximo número de horas posible para hallarse descansada y activa frente al largo viaje, lo cierto era que eso sólo estaba funcionando hasta cierto punto. El termo de café la mantenía espabilada y alerta mientras dirigía el automóvil con habilidad hasta el corazón de Italia, pero no podía negar que se hallaba ya al límite de sus fuerzas. Había comenzado a sentir la cabeza muy pesada sobre sus hombros, signo equívoco de que el cansancio le estaba pasando factura, y de cuando en cuando aminoraba la velocidad hasta detenerse un momento junto a la carretera para masajearse las sienes con la punta de los dedos, tratando de disminuir el nivel de tensión que notaba acumulado.
Por no hablar de la irritación que cada vez iba a más en sus ojos, que parecían protestar por permanecer abiertos y alerta durante tanto tiempo.
La joven se encontraba ahogando un bostezo cuando pensó que uno de los factores que hacían que ese viaje de vuelta le estuviera resultando más largo que el de ida, pese a que entonces se hallaba desasosegada al no saber con qué iban a encontrarse en Craco, era la ausencia de la posibilidad de entablar conversación con su copiloto. En el asiento de al lado, Patrick dormía cubierto con una fina manta de cuadros y el rostro apoyado contra el cinturón de seguridad que le cruzaba el pecho, removiéndose levemente en sus sueños de cuando en cuando. No era para menos, aquella había sido una experiencia extenuante para ambos, pero en el caso del pontífice era mucho mayor, por lo que no había tardado en quedarse dormido al subirse al coche, a pesar de haber asegurado a Claire que tenía la intención de hacerle compañía durante el viaje de regreso.
- Buen intento, Patrick - murmuró ella, esbozando una cansada sonrisa: no había esperado que el joven cumpliera esa promesa, ni tampoco quería que lo hiciera.
Necesitaba descansar, tanto mental como físicamente.
Ambos lo necesitaban.
Por lo tanto, nada de conversaciones más o menos interesantes durante el viaje de vuelta y, por supuesto, nada de radio. Al echar un vistazo al navegador GPS, la periodista sintió alivio al ver que iba bien de tiempo o todo lo bien que se podía ir cuando se viajaba de madrugada. Recordaba que, el dejar atrás poblaciones como Nápoles y Pompeya durante el viaje de ida le había dejado una sensación extraña, pues eran ciudades por las que cualquiera consideraría un crimen pasar de largo sin dedicarles una visita, pero cuando había vuelto a pasar por delante de esas señales en las carreteras que indicaban la dirección en la que se encontraba y los kilómetros que faltaban para llegar, aquella sensación había sido mucho más liviana. Todo el atractivo y toda la curiosidad que esos lugares podían haber despertado en ella al saberlos tan cercanos palidecían en aquellos momentos frente al inmenso deseo que tenía de volver a su apartamento, arrojarse sobre su cama mullida y arrebujarse entre sus mantas para dormir hasta bien entrado el día siguiente.
Ese pensamiento en apariencia tan simple era el que la motivaba a concentrarse en la carretera y no dejarse dominar por el cansancio que sentía, pero también, ahora que Craco volvía a ser una presencia fantasmal en su vida, por la mente de Claire Dilthey también cruzaban algunas otras cuestiones para las que no tenía respuesta: ¿habían pasado algo por alto en su visita a Craco?, ¿acaso habían acudido allí demasiado pronto?, ¿había sido ese arriesgado viaje en vano al regresar a Roma sin nuevas pistas que seguir? Tenía que admitir que no acababa de comprender la mente de Jano o cuáles eran sus intenciones finales con toda aquella locura que estaba llevando a cabo. Había estado tan segura de que encontrarían respuestas en Craco que no se había parado a preguntarse qué harían si no las hallaban.
Pero, incluso si así hubiera sido, Claire no consideraba que el viaje hubiera sido completamente en vano, pues sabía que para Patrick había servido para comenzar a sanar ciertas heridas de su pasado. Aunque el panorama con el que se habían topado era desolador y los recuerdos que habían aflorado en la mente de Patrick lo fueran más aún, el joven pontífice había podido reencontrarse también con figuras de su pasado que le traían reminiscencias más dulces y cálidas que la de ese último día del mes de Mayo de 1986, personas y recuerdos que incluso en ciertos momentos le habían arrancado una sonrisa. Y, por doloroso que hubiera sido en un principio, Claire sabía que también le había hecho bien poder visitar la tumba de su madre y rezar por ella.
Era lo más parecido que había podido tener a una despedida, incluso cuando estaba segura de que hay personas a las que no tiene sentido decir adiós porque no nos abandonan jamás.
Sentía que con esa visita, Patrick había llegado a comprender ciertos aspectos de su pasado como no podría haberlo hecho con la mente de un niño, que la madurez y el conocimiento que sólo los años traían consigo le habían ayudado a entender todo - la situación de su madre siendo madre soltera, las habladurías de un pueblo pequeño, cómo había logrado sacarle adelante pese a todo y darle una infancia feliz - un poco mejor y eso había traído paz a su espíritu y bien sabía el cielo que si había algo que el joven pontífice de la Iglesia Católica necesitaba con cada fibra de su ser era paz.
Dedicándole una breve mirada a la vez que tomaba una pequeña curva, Claire deseó con todas sus fuerzas que esa calma tardara mucho en marcharse para dar paso a nuevas preocupaciones: Patrick había pasado por mucho en muy poco tiempo, aún se le hacía raro que sólo hubieran pasado seis meses desde los hechos de la amenaza Illuminati, y le alegraba ver que poco a poco iba volviendo a ser el hombre que era, recobrando las fuerzas perdidas y siendo capaz de salir adelante después de haber vivido un auténtico infierno sobre el que apenas nadie sabía nada.
- Si supieran sólo la mitad de lo que yo sé… - habló Claire en voz baja, negando con la cabeza para sí. - Si el mundo supiera apenas una pequeña parte de todo lo que llevas a tus espaldas y de lo que has superado… Se sentirían orgullosos de tí y me estoy quedando corta, te verían siempre como yo te veo ahora…
Sintió una cálida caricia en el interior de su pecho que la hizo sonreír, una sensación a la que estaba más que acostumbrada siempre que Patrick estaba cerca. Aún se le antojaba increíble cómo su mera presencia hacía todo mejor, incluso esa pesadilla que parecía sacada de una novela negra: le bastaba verle o hablar con él para creer que todo podía terminar de la mejor manera posible, que verdaderamente podría llegar un día en que ninguno de ellos estuviera con la mente tan atribulada como ambos la tenían en esos momentos. Porque estaban juntos, ambos en el mismo barco, y eso era algo que no podía olvidar nunca: debía poder confiar en él sin miedo a preocuparle cuando se hallara asustada porque él era la única persona en el mundo que era capaz de comprenderla.
Por suerte, la mente era lo único que aún se hallaba llena de problemas porque respecto al corazón ambos ya habían sido sinceros y, pese a todo lo que les rodeaba, cuando estaban juntos y eran sólo ellos dos eran felices.
Quisiera el cielo que esa serena felicidad perdurara.
Una pequeña brisa de esperanza en medio de la incipiente tempestad.
Al contrario de lo que había supuesto al subirse al coche para iniciar el viaje de regreso a Roma, el cansancio y todo lo vivido entre las ruinas de su antiguo hogar habían terminado por hacer mella en él y no había tardado en quedarse dormido en el asiento del copiloto. Su intención había sido la de permanecer despierto y así hacer compañía a Claire mientras ésta conducía, ya que se notaba lo bastante despejado como para poder hacerlo, pero acomodarse en el asiento, ya a salvo del frío de las montañas de Italia gracias al sistema de calefacción del coche, y el suave vaivén del vehículo al comenzar a moverse habían bastado para hacerle caer en un profundo sueño.
Cuando abrió los ojos, aún mecido por el coche en marcha, le sorprendió darse cuenta de lo fugaz que le había parecido aquella cabezada, como si acabara de cerrar los párpados, pese a que lo que veía a través del parabrisas le demostraba que estaba muy equivocado: ante sus ojos, bajo un cielo oscuro poblado de nubes azul marinas, se dibujaba el inconfundible horizonte de la Ciudad Eterna. El contraste que esa visión tenía con la primera panorámica que había contemplado de Craco era notable, ya que mientras el olvidado pueblo de las montañas estaba iluminado sólo por la luz de la luna, la cada vez menos lejana Roma se presentaba tímidamente ante sus ojos con el contorno de sus calles y puentes dibujados por la luz artificial de las farolas que alumbraban las calles, así como las torres, cúpulas y tejados de los edificios más emblemáticos se recortaban contra el cielo nocturno iluminados por los focos en arcos y ventanas.
- Vaya, estás despierto - oyó a Claire decir a su lado. El joven se pasó la mano por el rostro y se incorporó en su asiento lo mejor que pudo. - Menos mal, estabas tan cómodo que me iba a dar pena tener que despertarte dentro de nada…
- ¿Cómo es posible que estemos ya en Roma? - preguntó Patrick con perplejidad, aún con la mirada fija en el horizonte.
- Eso mismo me pregunto yo - rio la periodista. - Te lo juro, durante los últimos kilómetros empecé a temer quedarme dormida al volante…
- ¿Qué hora es? - quiso saber el pontífice, volviéndose hacia ella: lo cierto es que era una pregunta retórica, ya que había pasado las suficientes noches en vela como para poder adivinar la hora sólo con ver la tonalidad del cielo.
- Pues… - murmuró Claire dejando escapar un suspiro y fijándose en la pantalla de su teléfono móvil. - Faltan diez minutos para las tres de la madrugada: eran más o menos las once de la noche cuando salimos de Craco, así que has dormido casi cuatro horas…
- No me lo puedo creer…
- ¿Has podido descansar algo? - se interesó ella.
Eso era algo que tampoco había esperado, al igual que el quedarse dormido nada más subir al coche. Durante los últimos meses, Patrick McKenna había tenido muchos problemas a la hora de poder conciliar el sueño e incluso cuando éste llegaba lo hacía acompañado de unas pesadillas terribles que le hacían despertar sobresaltado a las pocas horas o dormir varias de ellas para despertarse sin sentir el menor descanso. Lo cierto es que esos problemas cada vez habían ido a menos conforme él mismo se encontraba con más estabilidad y menos reconcomido por la culpa de lo sucedido en Junio, pero al haberse enfrentado a recuerdos tan tristes en Craco, de forma inconsciente, se había hecho a la idea de que la próxima vez que cayera dormido no tardaría en verse asaltado por esos nuevos recuerdos llenos de dolor y terror en medio del terremoto.
Pero, para su sorpresa, no había soñado en absoluto.
Su mente estaba en paz y aún no podía creerlo. Era cierto que, en muchos aspectos, el poder volver a Craco había tenido en él un efecto balsámico a la par que doloroso, pero estaba tan habituado en estar siempre desasosegado por alguna razón que la ausencia de tal sensación aún se le antojaba extraña. No obstante, lo que sí sentía era cómo la esperanza afloraba de nuevo dentro de él: poco a poco, incluso habiéndole parecido imposible hace no demasiado tiempo, volvía a ser la persona que siempre había sido… No, mentía, no exactamente la que había sido, sino una versión mejorada: había tanto que desconocía entonces, dividía el mundo en blanco y negro sin darse cuenta, creyendo que su juicio siempre era acertado… La que renacía en él conservaba sus mejores virtudes pasadas y ahora le acompañaban otras nuevas… Por primera vez en mucho tiempo, se sintió emocionado al pensar en lo que el futuro podía depararle.
- Lo cierto es que sí - terminó asintiendo él. - He dormido como un bebé, sin malos sueños… Pero la verdad es que sigo cansado, tengo la sensación de haber cerrado los párpados hace apenas cinco segundos…
- Te entiendo y a la vez te tengo algo de envidia… Bueno, bastante envidia - añadió Claire con una sonrisa cansada: conforme se iban aproximando a la ciudad, la luz de las farolas le permitía ver el cansancio reflejado en su rostro. - Con gusto te hubiera robado la manta y me hubiera acurrucado a dormir yo también, pero al despertar nos hubiéramos topado conque tu cara estaba en la lista de más buscados de la Interpol… Posiblemente la mía también, por secuestrarte…
Patrick dejó escapar una carcajada a la vez que la periodista volvía a pasarse la mano por el rostro en un gesto agotado, sin poder disimular una sonrisa ella también. En su día, el cardenal Baggia había dicho que la presencia de Claire en el Vaticano era como una brisa de aire fresco en una habitación cerrada durante mucho tiempo y, de nuevo, el pontífice se daba cuenta de que su camarlengo tenía toda la razón del mundo.
- ¿Qué? ¡Es verdad! - protestó ella. - Sabes que es verdad, no puedes negármelo… Dirían: "Mmm, no está Pablo VII, pero tampoco está Claire Dilthey: algo huele a podrido en Dinamarca"
- Claire, las fiestas de Navidad han pasado hace nada de tiempo - le recordó Patrick. - Hay muchísimos trabajadores que están pasando estos días con sus familias, por lo que el Vaticano está más vacío que de costumbre. Incluso el cardenal Baggia está en Florencia pasando un tiempo con sus sobrinos…
- Como si está tomándose una caipirinha en alguna playa perdida de Río de Janeiro, Patrick - insistió ella, provocando una nueva risa en el pontífice al imaginarse la escena. - Nunca le acusarían a él, de nada. Yo soy la sospechosa habitual en Ciudad del Vaticano para todo. Pase lo que pase, Strauss o alguno de sus acólitos encontrarían la manera de unir puntos y acabar señalándome a mí, para cualquier cosa… Así que es mejor para todos que haya controlado mis ansias de quitarte esa manta, Patrick
- ¿Sabes? Creo que Strauss acabará cambiando de opinión… - dijo el joven.
- Vaya… - murmuró Claire sorprendida, tras echar un vistazo al rostro de Patrick para cerciorarse de que no le estaba siguiendo la broma en aquella ocasión. - Desde luego que una de tus cualidades es la inmensa fe que tienes, incluso en el cardenal Strauss: perdóname si no la comparto, pero de momento tengo un bonito recuerdo suyo en la mejilla que me mantiene con los pies en la tierra
- Le conozco desde hace muchos años: sé que es terco como una mula y poco amigo de los cambios, pero en el fondo no es mala persona…
- Madre mía, Patrick, vamos a dejar esta conversación porque no tengo energías extra ahora mismo para enfadarme - le interrumpió la periodista negando con la cabeza. - Después de todo lo que me ha hecho pasar durante estos meses, no tengas el valor de decirme que no es mala persona…
El joven pontífice guardó silencio: sabía que Claire tenía razón, ella había tenido experiencias muy negativas con Strauss desde que se conocieron, sólo había conocido la peor versión del prelado así que era normal que se sintiera así… No obstante, era cierto que él se encontraba en una posición, y la había estado durante muchos años, que le había permitido ver tanto sus luces como sus sombras. Sabía que si el cardenal Strauss tratara de ponerse en la piel de la periodista, de conocerla un poco más allá de sus prejuicios, muy seguramente terminaría cediendo. No sucedería enseguida por culpa de su orgullo y terquedad, pero con tiempo y paciencia… O quizás estaba pecando de iluso.
- Hay mucha otra gente en el Vaticano que te quiere, Claire - le recordó Patrick. - Todos estos meses conviviendo allí no sólo han servido para sacar de quicio a Strauss: tus compañeros de la sala de prensa no quieren que seas la nueva portavoz por nada…
- Lo sé, sé que tienes razón… Pero también creo que es casi imposible que yo pueda llegar a ocupar ese cargo…
- ¿Por qué dices eso? - se sorprendió el joven, inclinándose en su asiento. - Es una decisión que únicamente corresponde al personal de comunicación y ellos ya han hablado, tú sólo tendrías que aceptar…
- No creo que mucha gente lo viera del mismo modo si se llegara a saber lo que pasa entre tú y yo - admitió Claire, negando con la cabeza: se encontraba tan cansada que ni siquiera le quedaban fuerzas para contener para sí los temores que rondaban por su mente desde que le hicieran la proposición. - Nunca creerían que estoy ahí por méritos propios, sino que me has colocado ahí para tenerme cerca…
- Eso no es cierto: tu valía está de sobra demostrada y esa decisión no tiene nada que ver conmigo - repuso Patrick. - Y a ojos del mundo sería la decisión lógica. Leí un reportaje hace poco en que señalaban cómo el Vaticano parecía estar cambiando de piel, cómo Chartrand era comandante de la Guardia Suiza por sus méritos durante la amenaza Illuminati a pesar de tener sólo veintiún años, cómo te habíamos contratado para trabajar en la sala de prensa también por tu fuerza y determinación el pasado verano…
- No te olvides de tí, soberano de Ciudad del Vaticano - apuntó la joven con una media sonrisa.
- Sabes a lo que me refiero - la interrumpió él con paciencia. - Por eso te decía que en el Vaticano también hay gente que te quiere, porque es cierto y porque ese sentimiento no se limita únicamente a ese lugar. Eres una figura muy reconocida y muy querida, Claire, si aceptaras ese cargo la gran mayoría de la gente pensaría que es la decisión adecuada y créeme cuando te digo que no lo digo sólo por lo que siento por tí, sino porque es la verdad. No te voy a mentir, por supuesto que habría gente a la que no le parecería bien y puede que incluso hicieran ruido, pero serían una minoría en comparación a toda la gente que te recibiría con los brazos abiertos. Sé que adoras ser periodista y que lo echas de menos, es tu esencia… ¿Me prometes que reconsiderarás la propuesta?
La joven guardó silencio por unos momentos, sopesando todo lo que Patrick le había dicho y a la vez comenzando a sentir una profunda calma aflorando en el interior de su pecho. Sabía que en las palabras del pontífice había verdad, puesto que él era una persona que se encontraba al margen de los embrollos causados por ciertas personas en el Vaticano y poseía una visión mucho más amplia de la que tenía ella en esos momentos. Y, como no podía ser de otra manera siendo quien era, conocía perfectamente a sus fieles y también conocía muy bien a los medios de comunicación. Hablar con él le había hecho recordar los meses que siguieron a los atentados Illuminati en la redacción de la BBC en Londres: cómo su jefe se enorgullecía de la labor que había llevado junto a Gunther y Chinita, cómo rechazaba las ofertas de otras cadenas para contratar a cualquiera de ellos tres pero muy especialmente a ella, cómo la gente que la reconocía por la calle se acercaba a saludarla siempre llenos de cariño y admiración…
Y sí, volvió a sentir ilusión por aceptar la propuesta del cardenal Gabelli.
- Te lo prometo - terminó por decir ella, dedicándole una suave sonrisa a Patrick, quien no tardó en devolvérsela. - Y ahora, señor mío, será mejor que te lleve de vuelta a casa antes de que nos llegue la alerta de la Interpol…
En el tiempo que había durado su conversación, el coche había comenzado a desplazarse por las calles menos céntricas de Roma, pero poco a poco Patrick iba reconociendo lugares más próximos al centro de la ciudad y, por tanto, también a Ciudad del Vaticano.
- ¿Quieres que me ponga en el asiento de atrás, con los cristales tintados? - preguntó Patrick, recordando la prudente medida que habían tomado al abandonar los garajes del Vaticano.
- Ay, debí decírtelo antes, cuando aún no estábamos tan metidos en la ciudad - se lamentó Claire, llevándose la mano a la frente. - Dios mío, de verdad que se me ha pasado, me pesan tanto los párpados que no me puedo centrar en varias cosas a la vez… Casi que te diría que no creo que sea necesario, la verdad, echa un vistazo a la calle: no se ve ni un alma y no creo que tenga que ver con que nos encontramos ahora mismo en una zona poco concurrida, sino con que son ya más de las tres de la mañana y, aunque aún sea época de Navidad, hay mucha gente que trabaja al día siguiente… Creo que no tenemos que preocuparnos excesivamente esta vez… Aunque no recuerdo si hay cámaras en la entrada de la zona de los garajes…
- Las hay… - dijo el pontífice asintiendo con la cabeza.
- Mierda… - murmuró ella, con la mano apoyada en la frente.
- No te preocupes, echa mi asiento hacia atrás y podré pasarme a los traseros sin que tengas que parar el coche - afirmó Patrick a la vez que se quitaba el cinturón de seguridad que le cruzaba el pecho y comenzaba a doblar la manta que le había cubierto durante el viaje para colocarla a los pies del asiento.
- ¿Estás seguro? A ver si te vas a hacer daño…
- No te preocupes - repitió el pontífice.
Claire valoró las opciones que tenían y no tardó en darse cuenta que no eran muchas: Patrick conocía el Vaticano mucho mejor que ella y no tendrían manera de justificar que el guardia les viera en las pantallas de los monitores de seguridad volviendo en coche pasadas las tres de la mañana. No obstante, era un detalle sin importancia que podían resolver de forma rápida y sin ni siquiera tener que detener el vehículo. Así, Claire echó el asiento del copiloto hacia atrás y aminoró un poco la marcha aprovechando que el siguiente semáforo estaba parpadeando en ámbar. Tras hacerle una breve seña a Patrick para indicarle que era el momento oportuno, se echó a un lado mientras el joven se pasaba a los asientos traseros del vehículo sin más problema que un pequeño quejido por parte del pontífice.
- ¿Todo bien? - se interesó ella.
- Sí, tranquila - se apresuró a decir Patrick, quitándole importancia. - Es la rodilla, me da la vara de vez en cuando, incluso después de la operación… Pero es una molestia mínima, no te preocupes…
La periodista asintió y aguardó a que la señal se tornara de color verde antes de poner en marcha de nuevo el coche.
Mientras continuaban avanzando por las desiertas calles teñidas de madrugada, Claire pensó que quizás pasar tanto tiempo con Patrick estaba influyendo en su visión de ciertas cosas, ya que de vez en cuando se sorprendía pensando que tal o cual cosa no podía ser obra sino de un milagro. El hecho de que el increíble incidente de Patrick y el helicóptero el pasado verano sólo hubiera resultado en unos arañazos, unas pocas contusiones y una operación de rodilla que había salido bastante bien dentro de lo que cabía… No podía explicarlo de otra forma que no fuera un milagro, recordaba perfectamente lo desesperada que se había sentido al adivinar sus intenciones al ver el helicóptero desaparecer entre las nubes del cielo romano: pensaba que iba a perderle, pero no había sido así.
Había sobrevivido tantas cosas… Que Patrick siguiera vivo era un milagro.
Uno en el que estaba más que dispuesta a creer.
No tardaron en llegar al centro de la ciudad, tan característico y reconocido, y Claire no pudo creer la sensación de alivio que sintió en el interior de su pecho al ver surgir la cúpula de la basílica de San Pedro entre los tejados de los edificios romanos. Lo habían logrado: la escapada a Craco había sido un plan precipitado para dar con nuevas pistas y por ello, por el escaso tiempo que habían tenido para planificarlo, era posible que muchas cosas salieran mal o al menos no todo lo bien que podían salir. Pero allí estaban, contemplando la emblemática silueta de Ciudad del Vaticano y la periodista sintió por primera vez una reconfortante sensación de hogar al hallarse frente a ella, a la vez que un subidón de adrenalina al darse cuenta de que todo había salido bien.
Lo habían conseguido.
Ambos estaban a salvo.
Patrick iba a volver a los apartamentos papales sin que nadie se diera cuenta de que se había ido.
¿Qué más podía pedir?
Ya más tranquila, mientras rodeaba el pequeño estado de Ciudad del Vaticano para dirigirse a la zona de entrada de los garajes, Claire sonrió para sí al darse cuenta de que, a pesar de que aún estaban lejos de poder respirar tranquilos en cuanto al tema de Jano, empezaba a ver Roma como la veía todo el mundo. No por nada era una ciudad que había cautivado el corazón de millones de personas a lo largo de sus siglos de historia y ella misma veía que los nuevos recuerdos que había ido formando a lo largo de los meses que llevaba viviendo allí habían ido ganando poco a poco terreno respecto a los no tan buenos del pasado verano. El miedo y la incertidumbre que había vivido entonces se replegaban en su memoria, perdiendo intensidad y quedándose únicamente con todo lo bueno que aquella ciudad le había regalado.
Siendo conocer a Patrick aún lo mejor que le había dado Roma.
Aquel último trayecto no era uno complicado, ni mucho menos, sólo tenía que rodear los altos y vetustos muros que rodeaban los jardines vaticanos, que normalmente estaban rodeados a su vez por una interminable cola de turistas esperando para poder acceder a la basílica, y dirigirse hacia uno de los extremos de la columnata que rodeaba la plaza de San Pedro, donde había un pequeño puesto de vigilancia en el que permanecía un miembro de la guardia suiza para controlar los accesos y, una vez se pasaba de largo, un pequeño camino llevaba a la zona subterránea de los garajes.
En teoría, era coser y cantar.
En teoría.
Al principio achacó la falta de iluminación en el puesto de vigilancia a lo cansada que se encontraba, que quizás le había hecho percibir algo en la distancia que poco tendría que ver con la realidad conforme se acercara con el vehículo, pero no resultó ser así. Las persianas de la pequeña cabina de vigilancia estaban firmemente cerradas, así como la barrera a rayas rojas y blancas que la precedía se encontraba bajada… Y le bastó inclinar un poco el rostro por encima del volante para darse cuenta de que, más allá, los portones de los garajes estaban también cerrados, como si llevaran varias horas así y fueran a estarlo bastantes más.
- Patrick… - le llamó Claire con voz queda. - Echa un vistazo a esto, ¿por qué está todo cerrado? Tampoco veo a nadie de la Guardia Suiza por aquí
El joven pontífice se asomó por el hueco entre los dos asientos delanteros y, tan pronto como comprobó las palabras de Claire, se dio cuenta de que, después de todo, había un pequeño gran fallo en el plan que ambos habían elaborado hacía casi exactamente veinticuatro horas.
- Aún son días de tiempo de Navidad, aunque lo único que reste de ellas sea el fin de año y la epifanía del Señor en Enero… Lo que significa que los trabajadores tienen un horario más flexible al que tienen el resto del año y, si mal no recuerdo… - explicó Patrick tratando de hacer memoria entre los diferentes horarios que la amplia plantilla de trabajadores de Ciudad del Vaticano tenía. - Estoy bastante seguro de que los encargados de la zona de los garajes terminaron su jornada laboral a las siete de la tarde… Claire, mucho me temo que quienes controlan el acceso a los mismos hace mucho que están en la cama…
Derrotada, la joven enterró el rostro en las palmas de sus manos, sintiendo que podría haberse puesto a llorar de pura frustración: había conducido casi nueve horas aquella tarde-noche, había paseado por un pueblo en ruinas temerosa de que en cualquier momento alguien fuera a aparecer de entre las tinieblas y hacerles daño… Todo eso no le importaría si se hallara descansada, pero no lo estaba, sino que hacía mucho tiempo que sentía la cabeza sumamente pesada sobre los hombros y que temía quedarse dormida con cada parpadeo, y ahora todos los esfuerzos que había llevado a cabo se esfumaban al hallarse…
- En un callejón sin salida… - murmuró Claire, verbalizando sus temores. - No hay otro modo de describirlo: estamos en un callejón sin salida. ¿Qué vamos a hacer ahora? De buena gana diría que vinieras a mi apartamento, pero estaríamos en las mismas porque tienes que estar de vuelta en el Vaticano antes de que te lleven el desayuno por la mañana… Ay, Dios mío…
Era increíble, casi parecía una broma pesada del destino. Ya habían llevado a cabo todo lo que era más complicado del plan, incluido el poder regresar de Craco sanos y salvos, lo que era mucho teniendo en cuenta que podían haber caído en una trampa donde nadie hubiera sabido dónde socorrerles… Y, sin embargo, lo que estaba a punto de desbaratar todo el plan en su conjunto era un detalle tan nimio, tan irrisorio, como el simple hecho de que la zona de los garajes vaticanos cerraba de madrugada durante las vacaciones de Navidad para dar un descanso a sus trabajadores.
- Claire, creo que tenemos otra opción - habló entonces Patrick.
- ¿Cómo dices?
- Hay un modo de que vuelva al Vaticano sin que nadie se entere - explicó el joven con voz pausada. - Pero tendrías que dar un pequeño rodeo…
- He conducido hasta Craco y de vuelta a Roma en una sola noche, un pequeño rodeo no me matará - dijo ella, aliviada. - Bien, ¿a dónde tenemos que ir?
Patrick McKenna guardó silencio por unos instantes, como si aún estuviera dudando de su decisión, algo que no ayudó nada a que la periodista se relajara pero, tras unos segundos que se le antojaron siglos, el joven contestó:
- Mucho me temo que el Castel Sant'Angelo no te es desconocido en absoluto, Claire
Una vez más, Patrick McKenna había tenido razón.
El Castel Sant' Angelo no era en absoluto un desconocido para la periodista escocesa.
Situado en la orilla derecha del río Tíber y a apenas tres minutos en coche de Ciudad del Vaticano, el magnífico monumento romano contemplaba la ciudad durmiente desde sus altos muros, tal y como lo había hecho desde su construcción hacía cerca de dos mil años. Se trataba de un edificio circular cuya estructura principal recordaba mucho a la del emblemático Coliseo, con la diferencia de que en el castillo no estaban presentes las grandes arcadas que caracterizaban al circo romano, sino que destacaba por su presencia hermética y férrea, con pequeños ventanales apenas visibles desde la distancia. Quizás uno de sus elementos más destacados fuera la escultura del arcángel san Miguel que coronaba el punto más alto de la fortaleza, blandiendo la espada con la que, según las escrituras, había derrotado al ángel caído.
Teniendo en cuenta ese dato y el hecho de que el largo puente de piedra erigido sobre las aguas del Tíber que conducía a la entrada principal de la amurallada fortaleza estaba flanqueado por sendas esculturas de ángeles, que velaban el camino de los visitantes desde sus altos pedestales con sus ojos de mármol, hacía que la realidad de que ése hubiera sido uno de los escondites principales del brazo ejecutor de los llamados Illuminati durante los hechos del verano pasado fuera cuanto menos irónica.
Estaba visto que a esa gente no se le pasaba un detalle por alto.
- "El sendero de la luz ha sido trazado, la prueba sagrada, deja que los ángeles guíen tu noble búsqueda" - murmuró la periodista observando las esculturas de los seres celestiales conforme avanzaban por el puente Sant' Angelo. - No he tenido oportunidad de visitar este lugar hasta ahora, los únicos recuerdos que tengo del mismo son los ligados a lo que pasó el pasado verano y me pone la piel de gallina…
- Tienes buena memoria - asintió Patrick, aún asomado entre los dos asientos delanteros para indicar el camino a Claire. - Por la frase, quiero decir, no por lo que sucedió…
- Es imposible olvidarla - contestó ella negando con la cabeza. - Fueron frases como ésa las que hicieron que el mundo se viera atrapado por lo que estaba pasando en Roma, como si se tratase de una novela de misterio de Agatha Christie: un enemigo en la sombra, acertijos en la oscuridad… Tuve oportunidad de hablar con el profesor Robert Langdon hace unos meses, en la audiencia dedicada a las víctimas de los atentados, ¿lo recuerdas? Fue justo después cuando volvimos a vernos. El caso es que Langdon me dijo que, con todo el renovado interés en la historia del arte que había suscitado lo ocurrido, estaba muy tentado de escribir un nuevo libro sobre la simbología religiosa en el arte de los principales edificios de Roma…
- No creo que sea buena idea… - murmuró el joven pontífice.
- No, yo tampoco, ni al propio Robert le acababa de convencer el asunto… Él tampoco lo pasó bien y, después de lo que ya le sucedió en París hace unos años, lo último que quiere es que la gente piense que quiere explotar lo sucedido o algo así para dar salida a sus libros… - dijo Claire a su vez, girando con cuidado el volante para detener el vehículo junto a uno de los muros, una vez ya transitado el puente. - Creo que dejar pasar unos años al menos sería lo más prudente, pero al parecer tiene las clases llenas de alumnos este curso, lo cual no hace nada fácil el poder pasar página…
- Si tal cosa es posible… - volvió a decir Patrick, en voz tan baja que casi parecía hablar para sí mismo.
- Desde luego - asintió la periodista, con los ojos azules clavados en algún punto de las alturas del castillo. - Fue aquí donde se ocultaba aquel cobarde, el que secuestró a esos pobres ancianos y les ejecutó a sangre fría en distintas iglesias de Roma… El pobre cardenal Baggia, es un milagro que siga con vida: morir ahogado debe de ser horrible, con sólo imaginar lo que debió sentir al verse atado en esa camilla con pesas de gimnasio en el fondo de la fuente de Piazza Navona… Por suerte, Robert Langdon supo entender las pistas y dio con su escondite en este lugar…
- También la doctora Vetra… - apuntó el religioso, haciendo que Claire volviera el rostro hacia él. - Realmente tuvimos mucha suerte de que semejantes dos mentes, cada una de lo mejor de su campo, unieran fuerzas para hacer frente a todo lo que se vino encima…
Claire asintió, recordando con cierta vergüenza lo celosa que se había llegado a sentir de la presencia de la doctora Vetra el pasado Junio. A pesar de que ella llevaba toda la tarde con Patrick, hablando de todo y de nada a la vez, había sentido algo extraño en su interior cuando escuchó, sin querer, como el joven religioso se abría respecto a lo que sentía respecto a la muerte de su padre con la científica y no con ella. Había sido quizás en ese momento cuando había empezado a darse cuenta de que esa noche estaba pasando algo respecto a sus sentimientos por Patrick McKenna, una persona a la que casi acababa de conocer pero a la que las circunstancias la estaban uniendo con más fuerza de lo que podrían haberlo hecho varios años de amistad.
No se sentía orgullosa de esa punzada de celos que había sentido hacia Vittoria Vetra, que era una mujer brillante y encantadora… A la que además no se le había escapado lo que Claire sentía por Patrick o al menos eso le había dejado caer cuando coincidieron en el hotel en que ambas se alojaban al día siguiente de que todo terminara. Recordaba también que, al volver a encontrarse en la audiencia general de Patrick hacía unos meses, Vittoria le había dicho que Robert y ella estaban intentando ser algo parecido a una pareja, teniendo citas cada cierto tiempo en distintas ciudades de Europa, lo que funcionaba para ambos porque Robert Langdon era un soltero empedernido y Vittoria Vetra era una apasionada de su trabajo. Ojalá que ambos tuvieran mucha suerte, no dejaba de ser bonito que de unos hechos tan espantosos hubiera nacido una relación tan especial.
Pero no sabía ya si estaba hablando de Robert y Vittoria o de Patrick y ella misma.
- El hombre que hizo todo eso, el que amenazó con matarme y lo hubiera conseguido de no ser por la rápida intervención de la Guardia Suiza… - recordó Claire, sintiendo cómo el pánico le recorría el cuerpo al verse de nuevo tratando de abrirse camino entre la gente, la bala que le había pasado rozando el cuello dejándole una herida superficial que sangraba mucho y un balazo de lleno en el hombro que sangraba mucho más. - Murió aquí, ¿no es cierto? Eso creo recordar…
- Así es - asintió Patrick, recordando el alivio que había sentido al conocer la noticia: aunque él se había dado cuenta de su error demasiado tarde, sabía que no había nada en el mundo que pudiera hacer que el asesino a sueldo cambiara de idea respecto a lo que tenía que hacer.
Únicamente la muerte de los principales conspiradores había puesto punto y final a esa locura de día…
Salvo la suya.
Claire debió de malinterpretar la expresión apesadumbrada de su rostro, puesto que notó cómo su mano se deslizaba sobre la suya, acariciándola con cariño en señal de apoyo. Esforzándose por apartar esos pensamientos incriminatorios para consigo mismo - se había dado cuenta de su error, aunque fuera demasiado tarde para salvar a todas las personas que le hubiera gustado, pero ahora estaba en una posición en la que podía hacer mucho bien y tratar de enmendar sus malas acciones -, Patrick besó el dorso de la mano de Claire y, al igual que ella, alzó la mirada hacia un punto en las alturas del castillo, concretamente la escultura de San Miguel, quien parecía poder verle incluso a pesar de la oscuridad de la noche y los metros de distancia.
- No me hace gracia que estemos aquí, Patrick - acabó confesando ella. - Esto sí que parece que es meternos en la boca del lobo…
- Pierde cuidado, Claire: un instante de locura pasajera no es nada comparado con toda la historia de protección y seguridad que posee este lugar - comenzó a explicar el joven religioso. - Alrededor del año 590, una devastadora epidemia de peste asoló la ciudad de Roma. Cuenta la leyenda que el pontífice de la época, Gregorio I, vio cómo el arcángel san Miguel se posaba en lo alto del castillo y envainaba la espada en su cinto y que, a partir de ese instante, la enfermedad comenzó a desaparecer a una velocidad pasmosa hasta esfumarse por completo. Es por ello, en recuerdo de esa visión que mandó construir la escultura que podemos ver ahora, como un centinela que vela por la seguridad de la ciudad de Roma y también por los pontífices que habitan en Ciudad del Vaticano
- ¿Por qué de los pontífices? - se interesó Claire: siempre le resultaba fascinante cuando Patrick McKenna comenzaba a hablar de historia y arte, temas de los que parecía saber más que ninguna otra persona que hubiera conocido. - ¿Es por la visión que tuvo Gregorio I?
- La historia del papado es fascinante, desde san Pedro hasta nuestros días, y ha habido periodos realmente convulsos en ella: la autoridad del pontífice no siempre ha estado tan establecida como somos capaces de recordarla, sino que en el pasado era un soberano más que movía fichas en el terreno de la política exterior, pactando con tales o cuales monarcas europeos según les conviniera más o menos según la situación en la que se encontraran… - continuó diciendo Patrick McKenna, bajo la atenta mirada de la periodista. - El caso es que en 1527, el emperador Carlos I de España y V de Alemania ordenó saquear la ciudad de Roma como castigo al papa Clemente VII por haber apoyado a Francia en un intento de minar el poder que Carlos estaba logrando abarcar en Europa. Los soldados imperiales masacraron a la Guardia Suiza casi en su totalidad en las escalinatas de la Basílica de San Pedro, pero gracias a su sacrificio Clemente VII logró escapar a este castillo, donde estuvo refugiado los siguientes siete meses… Aunque quizás encarcelado sería el término más adecuado para utilizar en este caso…
- Espera, Patrick, no lo entiendo - le interrumpió la joven. - ¿Logró escapar? ¿Cómo? Por lo que me cuentan, la ciudad estaba siendo sitiada y la Guardia Suiza cayó defendiendo las puertas de la Basílica… ¿Cómo demonios logró el papa escapar hasta llegar aquí sin que nadie se percatara de ello?
- Gracias al "passetto" - dijo el pontífice, señalando ahora un muro poblado de almenas que abandonaba el recinto del Castel San't Angelo y se extendía a través de las calles romanas más allá de lo que alcanzaban ver desde allí. - Tiene casi un kilómetro de largo y conecta el Castel Sant' Angelo con Ciudad del Vaticano, en varias ocasiones a lo largo de la Historia ha servido a los papas para poder huir del Vaticano en situación de necesidad…
Ahora que Patrick lo mencionaba, un nuevo recuerdo afloró en la mente de Claire: estaba bastante segura que había sido desde algún punto de ese muro por el que el hassassin se había precipitado a su muerte. Que una persona tan peligrosa hubiera podido hacer uso de él para entrar y salir a su antojo del Vaticano, poniendo en peligro a tanta gente, conseguía ponerla enferma…
- Dios santo, después de lo que pasó, hubierais hecho bien en clausurarlo - murmuró la periodista, negando con la cabeza. - Entiendo que sea parte de la historia de Roma y de Ciudad del Vaticano, pero ya no hay invasiones de monarcas extranjeros en Europa, hace mucho que todo eso no existe más que en los libros de historia. Además, imagino que, para que sirviera de vía de escape a los papas del pasado, la puerta de entrada al mismo tenía que estar en un punto muy cercano a donde se alojaban, ¿no?
- En el Palacio Apostólico - asintió Patrick. - Tras un muro de lo que es ahora mi actual biblioteca
- ¡Patrick! - se indignó Claire. - He estado en esa sala cientos de veces, ¿me estás diciendo que tras uno de los muros de tu biblioteca hay una salida completamente descubierta que recorre casi un kilómetro de Roma y a la que se puede acceder desde este castillo? ¿Estás diciéndome que todo el que quiera hacerte una visita no tiene más que recorrer este paso elevado y ya está, de golpe en tu biblioteca? ¡Es un riesgo enormísimo! ¿Cómo no lo mandaste clausurar de inmediato, después de lo que pasó?
- Este pasaje me salvó la vida, Claire - le recordó él, tratando de tranquilizarla. - Lo recorrieron Robert Langdon y Vittoria Vetra saliendo desde aquí y llegaron al Vaticano justo a tiempo de impedir que el padre Simeón acabara conmigo frente a la chimenea, si no lo hubieran usado es muy probable que ahora mismo no estuviera aquí hablando contigo
La periodista fue a replicar, pero se mordió el labio inferior y apartó la mirada: en pocas ocasiones a lo largo de su vida había sentido más miedo que cuando Chartrand logró abrir la puerta cerrada con llave de la biblioteca de Patrick y le habían visto tirado frente a la chimenea con una espantosa quemadura en el pecho descubierto, provocada por un hierro al rojo vivo que aún empuñaba el padre Simeón. No, lo que había sentido al descubrir aquella escena no había sido miedo: había sido terror. Paralizada por la oscura sorpresa en el umbral de la puerta, sólo había vuelto en sí cuando vio al padre Simeón alzar el hierro al rojo vivo sobre su cabeza, dispuesto a rematar a Patrick con un golpe de gracia, y aún así lo único que había podido hacer era gritar. Chartrand, por su parte, había abierto fuego contra el atacante, quien había caído abatido a los pies de Patrick tras recibir dos heridas de bala mortales.
Después había llegado el entonces comandante de la Guardia Suiza y, para sorpresa de todos, había agarrado el hierro y había intentado asesinar a Patrick ahí mismo, delante de todos, haciendo que Chartrand se viera obligado a abrir fuego contra él también mientras el joven camarlengo trataba de protegerse débilmente con los brazos.
Abrumada por los recuerdos, Claire Dilthey negó con la cabeza para sí y se mordió el interior de la mejilla. No tardó en sentir la mano de Patrick sobre su hombro, apretándolo con cuidado y haciendo que la invadiera una sensación de calidez impensable en pleno mes de Diciembre.
- Todo eso no importa ahora, Claire… Vamos, escúchame… - pidió Patrick.
- Ése pudo ser el final de todo - titubeó la joven. - Estaba segura de que iba a perderte y que no había nada que yo pudiera hacer, fue de lo más aterrador que he vivido nunca…
Conmovido de que, incluso entonces, él significara tanto para la periodista, Patrick McKenna entrelazó una de sus manos con la de Claire, posando un beso sobre su hombro. Escuchó cómo la joven se sorbía ligeramente la nariz, a la vez que volvía aún más el rostro hacia la ventanilla para que no pudiera leer la expresión que se le había dibujado en el mismo, así que decidió concederle espacio y permanecer en silencio así, con el rostro ligeramente apoyado en su hombro y entrelazando su mano con la de ella, hasta que lograra serenarse. Era verdaderamente increíble todo lo que habían vivido juntos, todo lo que habían sobrevivido, cómo el amor que se profesaban el uno al otro había logrado perdurar por encima de unas adversidades que ninguna otra pareja podía siquiera imaginar. Pese a lo que pudiera pensar el resto de la Iglesia Católica, el resto del mundo incluso, Patrick sabía que lo que él y Claire tenían era algo bueno e incluso ese adjetivo le parecía un eufemismo. Se asemejaba más bien a un milagro, algo bueno y puro que había logrado sobrevivir por encima de muchas circunstancias adversas, algo que marcaba un antes y un después en su vida.
Algo por lo que estaba dispuesto a luchar.
- Está bien, estoy bien… - dijo finalmente Claire, negando una vez con la cabeza y dejando escapar un suspiro antes de volver de nuevo el rostro hacia Patrick. - Entonces, me imagino que lo que querías proponer viniendo hasta aquí es que hagamos uso de ese "passetto" para poder ir directamente a la biblioteca de los apartamentos papales, ¿estoy en el cierto?
- Sólo en parte - contestó él. - No estabas equivocada cuando decías que era una temeridad tener un acceso tan cercano al pontífice al alcance de todo el mundo, por lo que hace bastante tiempo que el "passetto" se encuentra cerrado al público. Años de hecho, supones bien al considerar que su principal uso se hacían en tiempos en los que la situación en Europa era bastante más convulsa. Pero, por una cuestión de tradición y para honrar a los que cayeron defendiendo a Clemente VII, la Guardia Suiza sigue manteniéndolo operativo…
- Pero entonces, ¿cómo lograron Langdon y Vittoria acceder a él?
- Verás, te he dicho que hay un "passetto", pero lo cierto es que hay dos de ellos - dicho esto, Patrick señaló al elevado muro que se alejaba en dirección a Ciudad del Vaticano. - El primero es el que puede recorrerse al descubierto, pero sólo durante ciertos metros puesto que hay cierto debate político sobre si pertenece a Roma o a Ciudad del Vaticano, por lo que nadie podría acceder al Vaticano desde ahí… Salvo el profesor Langdon y la doctora Vetra, porque esa noche la ciudad se había vuelto completamente loca y aún así no pudieron acceder a la biblioteca hasta que Chartrand les oyó y les abrió la puerta… Pero el segundo pasadizo, cuyo recorrido se encuentra en las propias entrañas del muro, es mucho más desconocido al gran público y siempre ha estado protegido bajo llave por la Guardia Suiza. Sólo hay dos copias de dicha llave…
- Una la tiene Chartrand… - supuso Claire, al ser el joven el comandante de la Guardia Suiza. - ¿Y la otra es tuya?
Patrick asintió a las palabras de la periodista.
- Para un túnel que se encuentra tan en desuso y cuya historia está tan ligada al pontífice y a su ejército, otra cosa no tendría sentido
- Por favor, dime que aunque no lleves tu sotana, tu solideo y todo el uniforme al completo, tienes esa llave encima - pidió la joven, aunque sin saber muy bien si se lo pedía realmente a Patrick o cualquier ser superior que pudiera echarles un cable en esa situación tan atípica.
Sin decir una palabra, el joven pontífice se metió la mano en el cuello de la camisa y, pasados unos breves instantes, extrajo del mismo una fina cadena de plata de la cual colgaba la que era probablemente la llave más antigua que la periodista había visto nunca. Se notaba la falta de uso de la misma, pues estaba oxidada en varios puntos pero aún así era lo bastante pequeña para que llevarla encima no supusiera un engorro.
- No había pensado que podríamos llegar a necesitarla, la verdad: he estado tan pendiente de otros asuntos que se me había olvidado por completo el nuevo horario de los trabajadores… - explicó Patrick McKenna, a la vez que le mostraba a una estupefacta Claire Dilthey la pequeña y vetusta llave que pendía de la cadena que llevaba al cuello. - Pero después de todo lo que pasó durante el verano, me daba cierta seguridad el tenerla siempre cerca… Durante un tiempo pensaba que era una tontería, pero ahora…
- El cielo bendiga tus tonterías, entonces - dijo Claire, dejando escapar una breve risa cansada. - Vamos, si nos despistamos un poco más, es posible que nos pille el año nuevo metidos en este coche y no queremos eso
Pocos lugares hay en el mundo cuya quietud sea más intensa, casi reverencial, que en una biblioteca.
Más si se habla de la biblioteca privada del pontífice de la Iglesia Católica, parte del anexo de estancias conocido como apartamentos papales.
Incluso más aún si nos encontramos en las primeras horas de la madrugada romana.
Las paredes de la estancia en cuestión, con sus dos grandes ventanales que daban a la emblemática plaza de San Pedro, por completo desierta a esas horas de la noche, estaban pobladas por altas estanterías de roble y cristal que cobijaban volúmenes de diversa temática en su interior. La tenue luz que entraba a través de las ventanas dibujaba sobre los muebles de la habitación formas alargadas e irregulares y, habiendo pasado ya largas horas desde que el sol se hubiera ocultado tras el horizonte de la Ciudad Eterna, la biblioteca permanecía en un silencio sepulcral, únicamente quebrado por el lejano canto de los grillos.
Al menos hasta que algo comenzó a accionarse en una de las paredes, de las pocas que había despejadas, produciendo un débil chirrido en mitad de la noche.
Poco a poco, y no sin cierto esfuerzo por parte de los que se hallaban detrás, unas suaves líneas rectas comenzaron a dibujarse en uno de los muros de la estancia, revelando la silueta inequívoca de una puerta que estaba muy lejos de poder ser considerada de uso común. Fabricada hacía siglos a base de una fuerte plancha de piedra y chapada en una subestructura metálica que actuaba como armazón interior, estaba sostenida a su vez por férreas bisagras de hierro forjado. Cuando se hallaba cerrada, uno podía pasar frente a ella sin que nada delatara su existencia, ni siquiera la más mínima corriente de aire, siendo así a partes iguales una curiosidad histórica y uno de los secretos mejores guardados de Ciudad del Vaticano, debido a que su infrecuente uso había hecho que fuera cayendo en el olvido y convirtiéndose en poco menos que una leyenda.
Su principal función había sido la de proteger la vida del sumo pontífice y precisamente esa función había cumplido el pasado mes de Junio, cuando el profesor Robert Langdon y la doctora Vittoria Vetra hicieron uso de ella para poder acceder al palacio apostólico, salvando así la vida del entonces camarlengo. Por fortuna, y como no podía ser de otra manera, el profesor Langdon era una de esas personas que conocía la existencia de dicha puerta debido a sus numerosos estudios sobre el Vaticano, y aún así había tenido problemas para atravesarla, ya que al no contar con la llave se había visto obligado a golpear la plancha de roca a la vez que gritaba a pleno pulmón hasta que habían llamado la atención del entonces teniente Chartrand.
Además, la falta de uso había hecho que los bordes de la puerta se hallaran encajados con tal firmeza al muro que habían necesitado de la ayuda de todos los guardias suizos que había por la zona para poder abrirla.
Por suerte, y aunque hubieran pasado ya seis meses, la roca aún no había vuelto a asentarse del todo y Patrick McKenna y Claire Dilthey no tuvieron más que empujar con todas sus fuerzas, apoyando el hombro contra la puerta, hasta que ésta comenzó a ceder. Cuando finalmente el resquicio dejado por el portón fue lo bastante espacioso como para dejar pasar a una persona, la joven periodista fue la primera en salir del pasadizo, con la respiración entrecortada debido al esfuerzo y contemplando la estancia en la que ahora se encontraba como si fuera la primera vez que la veía.
- No puedo creerlo… - murmuró Claire casi sin aliento, paseando la mirada por cada rincón de la habitación mientras, tras ella, el pontífice seguía sus pasos saliendo él también del pasaje oculto. - Aún después de todo lo que me has explicado, no puedo creerlo… Parece sacado de una película de Indiana Jones…
- Todo esta noche parece un poco de película de Indiana Jones… - corroboró Patrick, entrecerrando los ojos debido a la luz que entraba por los ventanales: tras casi un kilómetro avanzando por un túnel en tinieblas sin más iluminación que la que brindaba la pantalla del teléfono móvil de Claire, le costaba habituarse a ella.
La joven no contestó enseguida, de hecho, parecía no haberle escuchado.
- Lo hemos conseguido… - habló en un susurro, las palmas de las manos unidas frente a la boca, en la que no tardó en dibujarse una sonrisa incrédula. - Ya está…
De sus labios escapó una breve risa emocionada que no tardó en sofocar. Incluso un sonido tan ligero como aquel le pareció inmenso en la quietud de la noche.
- Tranquila - dijo Patrick, quitándole importancia y paseando hasta situarse junto a una de las ventanas. - Si nadie ha oído la apertura de la puerta, poco tienes que preocuparte por algo tan suave como tu risa… De hecho, teniendo en cuenta que hay un par de estancias entre la puerta de entrada a los apartamentos papales y esta biblioteca, no creo que te oyeran ni aunque estuvieras asesinándome…
- Ja, ja, muy gracioso, me dejas mucho más tranquila - contestó Claire poniéndose las manos en la cintura. - Por eso he insistido en acompañarte hasta aquí, por mucho que insistieras en que podías llegar sin problemas aquí desde la entrada del "passetto". Mucho me temo que pasará un tiempo hasta que me fíe completamente de Roma…
La periodista se detuvo también frente al ventanal, junto a Patrick, observando la parcial oscuridad que inundaba la plaza de san Pedro, así como el completo silencio en que ésta se encontraba. No dejaba de ser una imagen curiosa, distaba mucho de ser lo habitual en ella, siempre llena de fieles y turistas a partes iguales. Claire se pasó las manos por los brazos, tratando de entrar en calor mientras estudiaba la tenue luz anaranjada de las farolas que se proyectaba sobre los adoquines de la plaza.
- Y ahora la que tienes que volver a casa eres tú - habló el joven religioso, haciendo que la periodista volviera el rostro hacia él. No iba a mentir, pensaba que era mucho más seguro para él el poder volver a casa a través de un pasadizo secreto de lo que iba a ser para ella atravesar las calles de Roma a altas horas de la madrugada. - Se ha hecho tan tarde que casi es temprano ya…
- Pero es Diciembre, son los últimos días del año y hace tanto frío que a nadie se le ocurriría estar vagando por las calles a estas horas - contestó ella encogiéndose de hombros, para después señalar con el mentón a la plaza de san Pedro. - Tú mismo puedes verlo: no hay un alma en la calle. Menos mal que mi apartamento no está muy lejos de aquí y te prometo que recorreré ese tramo veloz como una gacela…
- ¿Y cómo sabré que has llegado bien? - repuso Patrick.
Claire pensó en ello por unos instantes: ambos tenían el número teléfono del otro, el privado en el caso de Patrick, pero lo cierto es que nunca lo usaban a no ser que fuera absolutamente necesario. Finalmente, la joven dejó escapar un suspiro de cansancio.
- Me temo que las energías restantes que me quedan esta noche no las puedo desperdiciar en ser cauta, te enviaré un mensaje tan pronto como llegue a casa… Si te quedas más tranquilo, puedes borrarlo después - dijo a la vez que volvía a encogerse de hombros. - Aunque no prometo nada, me caigo de sueño… Es broma, te escribiré para que te quedes tranquilo, sobre todo porque es más que probable que mañana duerma hasta bien entrado el día siguiente…
Patrick asintió y contempló él también la vista que se extendía ante él al otro lado del ventanal. Ahora que estaba de nuevo en el lugar que consideraba su hogar, le costaba asimilar que todo el periplo del viaje a Craco hubiera acontecido aquella misma noche. Cierto era que él también se encontraba cansado y las emociones que le habían provocado lo que había visto allí aún estaban a flor de piel, pero había sido tan precipitado y tan ágil al mismo tiempo que entraba en conflicto con la paz que ahora veía ante sí y también con la que sentía en su interior ahora que, al menos esa parte de la historia, había terminado. Era cierto que no habían regresado con más respuestas de las que tenían antes, pero a la vez tenía la sensación de que se hallaban a las puertas de un cambio.
- Tengo que darte las gracias… - comenzó a decir Patrick.
- No, no empieces - murmuró Claire, dejando escapar un suspiro de fastidio. - No es preciso que me des las gracias, hubiera ido a Craco tanto contigo como sin tí con tal de tratar de esclarecer algo todo esto. Quizás soy yo la que te tiene que agradecer que vinieras conmigo, arriesgándote a que nos pusieran en la lista de los más buscados de la Interpol…
- Estoy hablando en serio
- Y yo - asintió ella, guardando silencio unos momentos antes de continuar hablando. - ¿Sabes? Creo que quizás este viaje y todo lo que ha conllevado ha sido justo lo que necesitábamos: una pequeña victoria en medio de toda esta situación tan complicada…
- Yo también lo he pensado - corroboró el joven. - Que, por unas circunstancias u otras, hemos llevado mucho tiempo aguantando todo lo que esa persona decidía cometer respecto a nosotros y la gente a la que queremos. Ahora, por una vez hemos sido nosotros los que hemos tomado acciones contra él y, pese a que podría haber salido muy mal, aquí estamos… Puede que a partir de ahora todo vaya a ser mejor, puede que vengan días más amables después de todo esto…
Claire sonrió al ver que, una vez más, Patrick y ella parecían estar en la misma página. No era por nada que se solía decir que la unión hacía la fuerza y que costaba mucho más quebrar un junco por separado que en un ramillete. También ella sentía esa esperanza que emanaba de las palabras del pontífice: podían venir días mejores después de todo, toda aquella locura de situación podía acabar bien… Podía ser que todas las dificultades que estaban viviendo en esos momentos no fueran más que escenario de anécdotas agridulces en el futuro, notas al pie de página en la historia de sus vidas y nada más.
- Me alegra oírte decir eso - asintió ella.
Tenía que marcharse ya, era tan tarde que ni siquiera se atrevía a mirar la hora que era. Sin embargo, algo en el semblante de Patrick le llamaba la atención y al mismo tiempo la llenaba de curiosidad. Le conocía lo bastante bien como para saber cuándo el joven le estaba dando vueltas a la cabeza a algo, poniendo en ello toda su atención, atención que desde luego no estaba en la desierta plaza de san Pedro, sino en alguna otra cosa que revoloteaba por su mente. La periodista esbozó una suave sonrisa al comprobar de nuevo cómo le gustaba esa pequeña arruga que se le formaba en el entrecejo cuando se concentraba en algo.
- Bueno, renuevo mi oferta: un penique por tus pensamientos, Patrick - habló Claire, haciendo referencia a lo que ya le había dicho en el viaje de ida a Craco.
El joven salió de su ensimismamiento y la miró. A pesar de que el agotamiento del viaje también estaba reflejado en su rostro, éste se suavizó cuando su mirada se encontró con la de ella. El pontífice dejó escapar una breve risa, compartida por la periodista, y se pasó la mano por el rostro en un gesto de cansancio.
- Creo que esta vez voy a aceptar su oferta, señorita Dilthey…
- Una decisión sabia, sin duda - respondió ella de buen humor apoyándose en el marco de la ventana. - Dime, ¿qué quieres decirme?
Una pregunta sencilla cuya respuesta, sin embargo, era del todo inabarcable. Necesitaría cien vidas para poder encontrar las palabras adecuadas, para poder expresarle todo lo que rondaba por su cabeza y también por su corazón: había mucho que quería, que necesitaba que Claire supiera. Hasta aquella noche, esas palabras le habían evitado, huyendo de él como si del susurro del viento se tratase. Las sentía cercanas pero se esfumaban cuando pensaba en pronunciarlas, resultaba muy frustrante ver cómo parecía incapaz de darles vida. Pero en aquella noche oscura del alma había habido momentos de luz, momentos que habían traído consigo verdad y claridad, en que las palabras que buscaba habían aparecido nítidas y firmes en su garganta.
Momentos como el que había vivido en el hogar de su infancia, cuando Claire había logrado hacerle rescatar momentos felices de su infancia incluso hallándose en medio de las ruinas del mismo, o, sobre todo, cuando la había visto acercarse a depositar con cuidado un ramo de flores silvestres sobre la abandonada tumba de su madre.
Aquellas palabras habían disipado el nudo que la pena y el recuerdo habían formado en su garganta.
Finalmente había encontrado las que debía pronunciar.
- Te amo
Claire le miró, enmudecida por la sorpresa. No sabía qué era lo había esperado oír, pero desde luego no eso. De repente, la joven sintió como si el tiempo hubiera comenzado a pasar con más lentitud, dándole tiempo para comprender esas palabras y todo lo que implicaban. Hasta ese momento, Patrick nunca le había dicho que la quería y estaba bien con eso, sabía que para él había sido especialmente difícil admitir lo que sentía por ella - no podía ser de otro modo siendo quien era y el camino que había elegido en su vida - y también sabía que la quería, aunque no lo verbalizara. Aún así, no pudo evitar sentir el corazón en un puño al ver la seguridad inquebrantable que había reflejada en los ojos de Patrick.
- Te amo - repitió el pontífice. - Sé que puede no parecer mucho…
- Patrick… - le llamó ella en un suspiro.
- Sé que puede no parecerlo porque… - continuó hablando el joven, con la emoción reflejada en su voz y en su mirada. - Bueno, para mí sólo has existido tú. Tú eres la primera y también la última. La única… Llevo mucho tiempo sintiendo, más del que seguramente soy consciente, que tú para mí lo eres todo. Y no puedo agradecer lo suficiente a Dios que hiciera que nuestros caminos se cruzaran en Junio, trajiste algo contigo esa noche tan aciaga que no esperaba encontrar… Y cuando creía que te había perdido, vuelves a mí, una y otra vez, a pesar de todo… Haces que todo mejore, haces que quiera ser la mejor versión de mí mismo. Pese a todo lo que ha pasado, has seguido a mi lado, teniendo más fe en mí de la que yo sentía a veces y… Me he acabado enamorando de tí como un chiquillo, Claire. No sabía cómo decírtelo porque las palabras me parecían tan escasas, tan manidas… Pero son ciertas: te amo, con toda mi alma. Querer es otra cosa, debe de serlo…
Emocionada, la joven asintió poco a poco a las palabras de Patrick y finalmente agachó la mirada, fijándola en las manos que mantenía unidas frente a sí. Necesitaba darse tiempo, recuperar la compostura porque sentía el corazón latiéndole con tal fuerza en el interior del pecho que le extrañaba que el joven no pudiera oírlo. Todo su cuerpo parecía haber dado un golpe de estado: el cansancio que la había embargado hasta hacía bien poco se había difuminado por completo, su respiración parecía atorada en su garganta, sentía ganas de reír y también de llorar…
Patrick la tomó del mentón con cariño, haciendo que sus miradas se encontraran de nuevo, para después sostener las manos de la periodista entre las suyas. Hubo unos momentos en que no dijeron nada, todas las palabras parecían haberse desvanecido en el silencio de la noche pero tampoco las echaron de menos, porque ninguna de ellas se habría expresado con la misma elocuencia con la que lo hicieron las suaves caricias de Patrick sobre las manos de Claire, ni tampoco la manera en que la periodista entrelazó sus dedos con los de él, lentamente como reconociéndose y al mismo tiempo protegiéndose mutuamente del frío romano.
Por unos momentos no hicieron nada más que eso, observar sus manos entrelazadas en perfecta sincronía, como si siempre hubieran estado destinadas a permanecer de ese modo, en ese momento. La periodista parpadeó, disipando la emoción que había comenzado a empañarle los ojos: no iba a mentir, le daba miedo lo que estaba sintiendo en su interior en aquellos momentos, un amor tan profundo y tan inmenso como el mar. Que Dios se apiadara de ella si alguna vez tenía que separarse de Patrick porque no creía que pudiera soportarlo.
Cuando finalmente las miradas de ambos volvieron a encontrarse, a la joven le sorprendió comprobar que estaban mucho más cerca el uno del otro de lo que había pensado, ¿en qué momento habían eliminado los pocos pasos que los separaban, haciendo que ahora se encontraran a apenas un suspiro de distancia? No podía evitar sentirse pequeña frente a la sensación tan abrumadora que nacía dentro de sí y, al mismo tiempo, no creía que nunca antes se hubiera sentido tan viva, tan plena… Y le bastaba mantener su mirada azul en los ojos azul-verdoso de Patrick para darse cuenta de que aquella era una emoción compartida.
- Hay… Ha habido algo que me has dicho esta noche, cuando estábamos en mi antigua casa - explicó Patrick bajo la atenta mirada de Claire, quien asintió al momento. - Dijiste que esa persona no merecía que pronunciara su nombre en el lugar donde estaban mis mejores recuerdos y tenías razón, al menos en parte…
- No pronuncies su nombre ahora… - le rogó ella.
No, aquella persona no podía tener cabida entre ellos.
No ahora.
No en aquel momento.
Patrick negó con la cabeza, apoyando la frente con suavidad contra de Claire. La joven cerró los ojos por unos instantes, sintiendo cómo unas lágrimas rebeldes comenzaban a rodearle las mejillas. Oyó cómo el pontífice pronunciaba su nombre con cierta preocupación, pero ella se apresuró a negar levemente con la cabeza, acariciando su nariz con la suya, invitándole a continuara hablando sin hacer caso de esas lágrimas que dejaban en evidencia la emoción que la embargaba. Deshizo con suavidad el abrazo que habían formado sus dedos y tomó levemente las solapas del abrigo de él, manteniéndole cerca aunque él no mostraba ninguna señal de querer separarse.
- Lo cierto es que mis mejores recuerdos son en los que estás tú - continuó diciendo el pontífice, con una vulnerabilidad que era imposible no percibir en su voz. - Son contigo, sólo contigo…
Aunque apretó los labios, Claire no pudo evitar que un suave sollozo escapara de ellos, quizás por ello Patrick se apresuró a cubrirlos con los suyos, como decididos a borrar cualquier dolor que la joven pudiera estar sintiendo… Y no podía encontrarse más equivocado pues en aquellos momentos, en los que ambos se aferraban al uno al otro como si una fuerza invisible pudiera separarles en cualquier momento, sentía cómo una plenitud y una felicidad sin nombre inundaban su pecho. Profundizando el beso, Patrick le rodeó la cintura, atrayéndola más hacia sí a la vez que los dedos de Claire se perdían entre sus cabellos castaños. En aquellos momentos, a pesar de que desde el principio su relación se había topado con no pocos obstáculos, ambos sentían que estaban en el lugar y, sobre todo, con la persona con la que debían estar.
Se separaron únicamente cuando les faltó la respiración y, aún así, permanecieron frente contra frente, perdiéndose el uno en la compañía del otro, meciéndose con cariño en aquel refugio que habían creado en medio de la noche romana. Patrick recorrió la mejilla de Claire con los dedos, borrando con suavidad el rastro de sus lágrimas, y maravillándose del hermoso contraste que formaban sus cabellos dorados, sus mejillas sonrosadas y sus ojos claros bajo la luz de luna de la madrugada. ¿Acaso había existido nunca criatura tan preciosa como ella? El joven sonrió conmovido cuando las palabras del bardo resonaron en su mente, como respuesta inmediata a tal pregunta.
"Ojos, desmentidlo: pues no habíais conocido la verdadera belleza hasta esta noche".
- Patrick… - murmuró Claire, hablando por encima del nudo que se había formado en su garganta.
- No hace falta que digas nada - contestó él, posando sus dedos sobre los labios de la periodista. - Sólo quería… Necesitaba que lo supieras…
- Patrick… - insistió la joven, clavando su mirada en la de él. Separó los labios para hablar, pero se topó con que la emoción podía con ella: había mucho que quería decirle, muchísimo que anhelaba contestarle… Pero las únicas palabras que pudieron escapar de sus labios fueron… - Tú eres el amor de mi vida…
Un flechazo en medio del pecho obra del mismo Cupido no hubiera tenido el mismo impacto en el pontífice que las palabras pronunciadas por la periodista. Pese a que las emociones que estaba viviendo en ese momento junto a ella sobrepasaban en mucho a lo que estaba acostumbrado, aquellas palabras le dejaron mudo y absorto por unos instantes, incapaz de hacer otra cosa que no fuera mantener su mirada en la de Claire, sintiéndose vulnerable como nunca antes en toda su vida. La amaba tanto que dolía, la amaba con una pasión que no creía posible que ningún ser humano hubiera experimentado antes. Lo supo entonces como quizás lo había sabido desde el principio, que había estado destinado a amarla desde el primer momento en que la vio.
Aquella era su victoria, la más plena que ninguno de los dos podía imaginar, que en una noche como aquella el amor que se profesaban continuara haciendo frente a esa oscuridad que les acosaba hasta hacerla palidecer.
- No creo que pueda pedirte que te marches ahora - acabó confesando Patrick.
El rubor asaltó ferozmente sus mejillas al momento de pronunciar esas palabras y no pudo evitar maldecirse por su torpeza: se estaba dejando llevar demasiado, quizás la había hecho sentir incómoda y lo había arruinado todo…
- No lo hagas
Las palabras de la joven, claras y sinceras como la mañana, despejaron su atribulada mente al instante. Alzó de nuevo la mirada, que no era consciente de haber agachado, hasta encontrarse con los ojos de ella y en ellos pudo ver una pregunta no pronunciada presente en las mentes de ambos que, sin embargo, tenía una clara respuesta. Y es que, mientras se hallaban los dos compartiendo una única respiración en medio de la madrugada, perdidos el uno en la mirada del otro, se dieron cuenta de que no habían estado tan seguros de ninguna otra cosa en toda su vida.
Sintiendo sus pasos algo torpes ahora que se veía obligado a separarse de ella, Patrick McKenna atravesó la estancia hasta alcanzar la puerta del "passetto", que aún permanecía entreabierta, esperando el momento en que Claire la atravesara para regresar a casa.
Bien, no iba a ser esa noche.
A pesar de que apenas sabía lo que estaba haciendo, el joven se topó con que no le supuso mayor problema volver a encajar la puerta de hierro y roca en el marco de la pared, girando después la tosca llave hasta que oyó cómo la vetusta cerradura se accionaba y clausuraba la entrada a aquel túnel secreto. Al separarse un poco de la puerta, Patrick no pudo evitar sorprenderse una vez más al ver cómo su silueta desaparecía perdida en la totalidad del muro, tornando a ser el secreto que siempre había sido. Así, una vez solucionado el molesto asunto de la puerta, el joven tragó saliva y se volvió de nuevo hacia Claire, quien continuaba junto a la ventana. Le sorprendió darse cuenta de que no debía estar muy distinta a cómo se había encontrado momentos antes de que se besaran por primera vez seis meses atrás, en aquella misma habitación, junto a aquella misma ventana.
Sin embargo, desde entonces habían pasado tantas cosas que casi se le antojaba una vida entera.
Claire, al darse cuenta de que el joven parecía haberse perdido en sus pensamientos al mirarla una vez más, dejó escapar una suave risa, cálida como los rayos de la aurora, y le tendió los brazos desde el otro lado de la estancia. Si al dirigirse hacia la entrada del "passetto" había sentido sus movimientos inusualmente torpes, estaba claro que no había sido una sensación pasajera, pues mientras atravesaba la estancia de nuevo, casi a zancadas esta vez para regresar a su lado, sino que acompañaba a cada momento, por breve que fuera, que pasaba separado de ella. Sólo cuando se fundió en un precipitado abrazo con la joven, con tanta celeridad que le extrañó que no acabaran los dos sobre la alfombra, notó que todo era como debía a ser: ya no había dudas, ni temor, ninguno de esos amargas sensaciones tenían lugar ahora entre ellos dos.
Le había rodeado la cintura con los brazos, elevándola del suelo unos centímetros, por lo que algunos mechones dorados de la joven le acariciaban el rostro. No sólo sus cabellos, sino que no pasó mucho tiempo hasta que las manos de Claire les acompañaron también, con una ternura sólo comparable a la que podía ver reflejada en sus ojos azules. La periodista estuvo así unos instantes, apartándole mechones castaños de la frente, dibujando círculos con los nudillos en sus mejillas, hasta besarle suavemente en la mejilla. Una vez y luego otra, besos leves y pausados cada vez más cerca de la comisura de sus labios en una espera tortuosa y dulce a partes iguales. Cuando finalmente sus labios volvieron a unirse, Patrick alzó una de sus manos hasta alcanzar el rostro de Claire, haciendo que ambos trastabillaran ligeramente.
Puede que ahora volviera a sentirse ágil, pero aún así su dichosa rodilla se quejaba, lanzando una punzada de dolor que le recorrió de arriba a abajo. Rodeando con firmeza la cintura de Claire con el brazo que aún le quedaba libre para asegurarse de que no se cayera, Patrick avanzó hasta apoyarla contra la pared que había entre los dos ventanales de la estancia y, una vez lo hizo, se dio cuenta de que la presión de su cuerpo contra el suyo bastaba para mantenerla, así que deslizó el brazo que había mantenido enlazado en su cintura y lo alzó, apartando con cuidado los cabellos dorados de la joven y besándola con fervor en los labios. No podía creer que hubiera temido ese momento. Ahora que se hallaba perdido en él, se daba cuenta de que nunca había podido expresar todo el amor que sentía por ella hasta entonces. Sus labios nunca estaban separados demasiado tiempo, se buscaban incluso cuando éstos vagabundeaban unos segundos por el rostro del otro, y sus manos no se cansaban de explorar el cuerpo que tenían ante sí, aunque Patrick se mantuviera aún cauto y tímido hasta cierto punto en algunas zonas.
Aprovechó un momento en que se detuvieron para recuperar el aliento para besar a Claire en la mejilla, recorriendo justo el arañazo que aún tenía en la misma, como si así pudiera borrar todo el dolor y el desprecio que la joven había llegado a vivir entre los muros del Vaticano. Ojalá pudiera compensarle todo, ojalá pudiera tener la suerte de dedicar cada segundo de su vida a hacerla feliz. No podía imaginar vida más plena que aquella. La joven suspiró y giró el rostro, besándole de nuevo en los labios a la vez que sus manos se perdían en los botones de su abrigo, recorriéndolos con los dedos temblorosos de arriba a abajo mientras los iba desabrochando uno a uno. Por fortuna para él, el abrigo de Claire tenía bastantes menos botones y le bastó pasar unos pocos de ellos a través de sus respectivos ojales antes de poder deslizarlo sobre los hombros de la joven, quien se deshizo de él sacando los brazos con un par de sacudidas hasta que éste quedó olvidado a los pies de ambos.
Pero, por otro lado, una parte de él agradeció que siempre pareciera haber un botón que pasara desapercibido a las manos de Claire, pues le permitía pasar más tiempo en ese abrazo tan intenso con ella. Sólo dejó de besarle la mejilla para recorrer de la misma manera su mandíbula, perdiéndose un momento en la curva de su barbilla para después bajar por su cuello, sintiendo la calidez de su piel contra sus labios, incluso en una noche tan fría como aquella. Notó cómo Claire contenía la respiración, sofocada, y eso sólo hizo que la pasión que sentía aumentara sobremanera. Separándose de ella un momento, la ayudó a encontrar el botón rebelde de su abrigo y éste no tardó en hacer compañía al de Claire sobre la alfombra de la estancia.
Cuando pensara en esa noche, se daría cuenta de que no estaba seguro de cómo habían llegado a su habitación, pero suponía que había sido del mismo modo en que habían permanecido en la biblioteca hasta entonces: trastabillando en sus pasos quizás porque eran incapaces de estar separados el uno del otro por demasiado tiempo, con besos y caricias que nunca parecían saciar la necesidad del otro que ambos sentían. De cualquier manera, pasaron de la biblioteca al dormitorio de Patrick, que era la sala contigua y en la que Claire ya había estado una vez, durante una de las crisis de ansiedad del joven pontífice, pero sobraba decir que los ánimos en aquella ocasión eran totalmente diferentes. Donde una vez había vivido desesperación y la certeza absoluta de que algo horrible estaba a punto de abalanzarse sobre ellos, ahora sentían una clase distinta de desesperación, la que les provocaba esa danza apasionada en la que ningún beso ni ningún abrazo parecía ser el último, y toda la oscuridad que habían vivido a lo largo de los últimos meses se había desvanecido como si nunca hubieran existido.
Había amor y nada más.
Tan simple y a la vez tan complejo como eso.
A duras penas Patrick acertó a cerrar la puerta de su dormitorio con cerrojo tras de sí, sentía que Claire merecía toda su atención y ahora se daba cuenta de lo mucho que había anhelado poder amarla con la libertad con la que lo hacía ahora, libre de miedo y de dudas. Ella, por su parte, se entregaba a él con pasión y ternura a partes iguales, tan delicada en sus caricias y en sus besos a veces que el joven no podía evitar estremecerse de arriba a abajo. Todo iba bien hasta que llegó el momento de recostarla sobre la cama. Suponía que el andar trastabillando por la estancia, casi a tientas no únicamente por la penumbra sino también por esa incapacidad que sentían de estar separados el uno del otro, tenía que acabar terminando con algún accidente tarde o temprano y ése ocurrió cuando Claire sintió la parte posterior de sus piernas chocar de repente contra el pie de cama del lecho de Patrick, provocando que perdiera el equilibrio y que tanto ella como él cayeran sobre la colcha torpemente.
- ¡Ay! - se quejó la joven pasándose la mano por la frente, donde la cabeza de Patrick había chocado con la suya al caer.
- Perdóname - se apresuró a disculparse él, apartando unos mechones de la frente de ella para ver la zona del golpe. - Apenas me he dado cuenta de por donde iba…
- Me he dado cuenta - murmuró ella, esbozando una sonrisa divertida y dedicando una nueva caricia al rostro de Patrick, pero aquella vez lenta, pausada, como si tuvieran todo el tiempo del mundo. - Apenas puedo creer nada de esto…
- Ni yo… - confesó él, recostándose a su lado, la cabeza apoyada en la mano mientras la contemplaba tumbada sobre la colcha.
Pasaron unos momentos así, aún con la pasión haciendo latir sus corazones pero al mismo tiempo felices de tomarse ese tiempo para disfrutar de la compañía del otro de forma más serena. Claire acariciaba el brazo de Patrick de arriba a abajo mientras él continuaba prestando atención a su frente, apartando mechones rubios de cuando en cuando y depositando suaves besos sobre la misma.
- ¿Patrick? - le llamó Claire con suavidad.
- Dime…
- ¿Puedo preguntarte una cosa?
Todos los nervios que no había sentido a lo largo de esa parte de la noche se precipitaron sobre él ahora, aunque se esforzó por disimularlo y se limitó a asentir con la cabeza mientras seguía jugueteando con los cabellos de la periodista. El rubor que ahora sentía renacer en sus mejillas no tenía nada que ver con el provocado por el anhelo por la joven que sentía, sino que venía más bien de la vergüenza que sentía al imaginar la pregunta que Claire quería hacerle. Trató de recordarse que no debía tener miedo, que la joven le conocía bien y sabía que no iba a juzgarle, pero aún así comenzó a ensayar la respuesta en su mente. No, no había estado nunca con una mujer hasta aquella noche, de hecho, hasta conocer a Claire tampoco había besado nunca a nadie, y no lo había echado de menos. Había vivido una vida plena de otra manera, siguiendo otro camino… Se sorprendió deseando que Claire hablara cuanto antes, pues la angustia que sentía no hacía más que crecer en su interior, sin poder evitar preguntarse si acaso la periodista se reiría de él o le juzgaría…
- ¿Para qué demonios os ponen una cama tan grande? - terminó preguntando la joven.
La vergüenza le abandonó al instante y la sustituyó una perplejidad tan evidente que Claire no pudo evitar reírse. Bajo la mirada divertida de la joven, Patrick McKenna echó una leve mirada a la cama donde, hasta aquella noche, había dormido a solas: era algo más grande que una cama de matrimonio, pero la verdad era que nunca se había cuestionado el porqué pero suponía que tenía que ver con la comodidad máxima a la hora del descanso…
- No tengo ni la menor idea… - acabó por decir Patrick de forma rotunda, poniendo fin a la cuestión y chocando suavemente su frente con la de Claire, provocando nuevas risas en la joven.
- Idiota… - murmuró Claire, deslizando la mano por su nuca y atrayéndole hacia sí en un nuevo beso.
Al principio pretendía ser suave y delicado, tierno y pausado, pero no tardó en tener poco que envidiarle a los otros que habían compartido en la biblioteca. Aún recostado de lado junto a ella, Patrick fue moviéndose con cuidado de no hacerle daño, a la vez que ella también le guiaba hasta situarse sobre la joven, pudiendo así dedicarse a ella con más libertad. No pasó mucho tiempo hasta que volvieron a notar cómo la respiración parecía atorárseles en algún lugar del interior del pecho, la que lograba abrirse camino hasta llegar a sus labios apenas lograba brotar de los mismos en forma de suspiros y resuellos que apenas quebraban el silencio de la noche. Claire mantenía las manos posadas sobre el pecho de Patrick, recorriéndolo a través de su jersey, y aprovechó un momento en que el joven dejó de besarla en los labios para ocultar el rostro de nuevo en el hueco entre su cuello y su clavícula para tratar de quitarse ella el suyo.
No obstante, tan pronto como notó lo que se proponía hacer, él se apresuró a detenerla.
- No, espera - la interrumpió Patrick, sujetando las muñecas de Claire.
- ¿Qué ocurre? - quiso saber la joven, sintiéndose confundida.
Sus miradas se encontraron en medio de la habitación en penumbra, pero ninguno de los dos dijo nada. Por un momento, Claire tuvo miedo de que Patrick quisiera echarse atrás, quizás el hecho de intentar quitarse el jersey había devuelto al joven de regreso a la realidad, quizás se había dado cuenta de que no quería esto… Claire suspiró y agachó la mirada: no quería hacer nada con lo que él no se sintiera plenamente cómodo, pero a la vez parecía que iba todo tan bien… Como adivinando los pensamientos de la joven, Patrick se inclinó hacia ella besándola en los labios, tratando de contrarrestar la amarga sensación que había invadido su pecho en apenas un instante. Soltó las muñecas de Claire con cuidado y, no sin cierta vacilación, dirigió sus manos hacia el borde del jersey de la joven, quien no tardó en entenderlo todo. Durante el viaje a Craco, Patrick le había dicho que en los jardines vaticanos se había separado tan bruscamente de ella porque mientras estaban besándose había deslizado una de sus manos por debajo de su camisa, rozándole la cintura, y se había sentido muy avergonzado a pesar de haber sido sólo un leve roce.
Pero en aquella ocasión era distinto… Cielos, todo era realmente muy distinto. La joven contempló cómo los dedos de él se deslizaban por la parte baja de su jersey, yendo de un lado a otro con cuidado, hasta que finalmente volvió la mirada de nuevo hacia ella, preguntándole sin necesidad de pronunciar palabra alguna. Conmovida por su ternura, Claire asintió y se recostó sobre la colcha, dejando que fuera él el que le quitara esa prenda de ropa que había llegado a sentir que sobraba tanto. Tras unos segundos que se le antojaron siglos, notó cómo Patrick posaba la mano sobre su vientre por debajo del jersey, manteniéndola ahí un momento, acompañando al ritmo de su respiración. Por su parte, el joven no tardó en acostumbrarse al tacto de la piel de Claire, suave y cálida, bajo su mano, dedicando tímidas caricias a la vez que poco a poco iba subiéndole la prenda hacia arriba. Eran gestos sencillos pero llenos de ternura que hacían que la respiración de la periodista volviera a verse alterada, una sensación que no hizo más que aumentar cuando a esas caricias se le unieron también suaves besos a lo largo del abdomen.
Conteniendo a duras penas un suspiro, Claire se aferró a la colcha, arqueando levemente la espalda para así también facilitar que Patrick pudiera terminar de quitarle el jersey con más facilidad. Finalmente, la joven flexionó los brazos para sacarlos junto a la cabeza de la prenda, quedando únicamente con el sujetador como parte de arriba y atrayendo a Patrick hacia sí en un nuevo abrazo a la vez que volvía a besarle en los labios, con una devoción que no recordaba haber sentido por ninguna otra persona. El cariño y la delicadeza con que la trataba, ambos no carentes de pasión, bastaban para hacerla temblar, deseando que esa noche no acabara nunca. No obstante, pasados unos momentos notó cómo él se apartaba hasta quedarse arrodillado sobre la colcha del lecho, observándola con curiosidad. Al principio, Claire pensó que se debía al hecho de que, al estar con el sujetador como única prenda de la parte de arriba, sus pechos estaban más expuestos de lo que habían estado nunca y, a juzgar por el rubor que teñía las mejillas de Patrick, algo tenía que ver, pero la mirada de éste estaba posada sobre todo en su hombro izquierdo.
Confusa, la periodista se echó una mirada al hombro y lo comprendió todo.
Desde que recibiera esa herida de bala, nunca se había desnudado ante nadie, pero quizás había hecho mal en obviarla, suponiendo que no iba a repugnar a cualquiera que posara la mirada sobre ella. Dios, si apenas ella misma podía echarle un vistazo sin desear con todas sus fuerzas que no estuviera allí. Sabía que había tenido muchísima suerte, que una cicatriz en forma de círculo rugoso y blancuzco era lo menos que le podía pasar después de recibir un balazo con la intención de quitarle la vida, pero aún así, en ese momento tan íntimo, no pudo evitar sentirse levemente avergonzada, por lo que decidió echarse el cabello rubio por encima de los hombros, ocultando así tan desagradable visión.
- Es el balazo del pasado mes de Junio, ¿verdad? - adivinó Patrick. - Cuando nos encontramos en el Palacio Apostólico, semanas después de la rueda de prensa, tenías la camisa totalmente empapada de sangre…
- Sí… - murmuró Claire, aún queriendo que se la tragara la tierra.
Patrick le dedicó una mirada cargada de compasión y culpa a partes iguales, lo que no hizo nada por hacer la situación más liviana para Claire. No era así como quería que la mirara en esos momentos, quería que continuaran como si esa dichosa cicatriz no estuviera allí, que volviera a colmarla de besos como si fuera lo más preciado del planeta y que la abrazara como si nunca fuera a separarse de ella. La joven agachó la mirada y se incorporó hasta quedar sentada sobre la colcha, rodeándose las piernas con los brazos. Estaba visto que la sombra de los atentados siempre encontraría una manera de interponerse entre ellos. De rodillas a los pies de la cama, Patrick caviló unos segundos y después hizo algo que Claire no esperaba: alzando los hombros en un sencillo gesto, tiró de su jersey sacándoselo por la cabeza y comenzó a desabotonarse la camisa blanca que llevaba por debajo. La periodista le miró extrañada, había algo metódico en sus movimientos, nada del deseo que le había llevado a quitarse el abrigo en la biblioteca como si le abrasara.
- Patrick, ¿qué…? - comenzó a decir.
Pero no llegó a terminar la frase, sino que se quedó enmudecida en cuanto el joven terminó de quitarse la camisa, tirándola a un lado y quedando desnudo de cintura para arriba frente a ella. Distintos sentimientos la atravesaron en cuestión de segundos: asombro, temor, vergüenza… Dios, ¿cómo podía haberse olvidado? Abandonando su postura, Claire gateó sobre la colcha acercándose a Patrick para examinar sus cicatrices más de cerca. No le había gustado nada la mirada de conmiseración que había asomado a los ojos del joven al ver la señal de su herida de bala, pero estaba segura de que él no podía ver otra cosa en los ojos de ella en esos momentos y lo lamentaba muchísimo.
- Dios santo… - susurró ella.
Dicen que a veces la mente borra las vivencias más difíciles en un acto de defensa propia. En su caso, Claire Dilthey no había olvidado el ataque al entonces camarlengo Patrick McKenna, uno que casi le cuesta la vida, pero sí era cierto que se había esforzado por enterrarlo en lo más profundo de sus recuerdos relacionados con los atentados Illuminati. Recordaba el terror que había sentido, que no podía compararse de ninguna manera con el que debía haber sentido él, al ver tirado frente a la chimenea, con la sotana desgarrada y aquella terrible quemadura aún llameante justo en el centro de su pecho. Cuando el olor a carne quemada había llegado a ella… Aún no se explicaba cómo había logrado no desmayarse para, en su lugar, precipitarse al interior de la habitación, tratando de socorrer al religioso en lo que pudiera mientras que el hierro al rojo vivo con las dos llaves cruzadas continuaba aún sobre el suelo de la estancia.
Y era precisamente esa forma la que aún lograba distinguirse sobre el pecho desnudo de Patrick McKenna, seis meses después, convertido en una cicatriz blanca pero igualmente reconocible. La joven pasó la mano por ella, teniendo cuidado, deseando poder hacer que sanara, que nunca hubiera estado ahí en un primer lugar…
- Hace mucho que ya no me duele, Claire - habló Patrick en un murmullo, haciendo que la joven negara con la cabeza, compungida. - Es verdad, te lo prometo… Solía estar mucho peor, no sufras por ello. Y después de la caída del helicóptero…
- Patrick… - se lamentó ella, deseando por un lado que dejara de hablar, de remover los fantasmas del pasado.
- No te puedes imaginar las contusiones y los cardenales que tenía por todo el cuerpo - le dijo el joven con voz calmada, tratando de inspirarle serenidad. - Y ya te habrás dado cuenta, pero una de mis rodillas no está muy bien que digamos, aunque ya no tenga que usar bastón para caminar…
- Es un milagro que estés aquí - murmuró Claire, negando con la cabeza.
- Que los dos estemos aquí - repuso él, sosteniendo el mentón de la joven con cariño. - Ambos seguimos aquí, después de todo… Y tú… - añadió apartándole el cabello del hombro herido. - Tú eres la mujer más hermosa del mundo…
Claire, quien a duras penas había repasado en su mente los hechos de los atentados Illuminati, todas las veces que Patrick había estado en peligro, las veces que había estado a punto de perderle, sin echarse a llorar ahora no pudo evitar que una sonrisa conmovida se dibujara en sus labios. ¿Qué había hecho para merecer el amor de alguien como Patrick McKenna? Seis meses atrás, le había dicho que el saber que él existía era lo mejor que se llevaba de Roma y ahora, después de todo lo que habían vivido juntos, no estaba dispuesta a conformarse con eso, con el recuerdo de Patrick en su mente y nada más. Aquella noche no importaba lo que ninguno de los dos fuera tras los límites de esa habitación, aquella noche sólo se pertenecían el uno al otro y era más que suficiente.
Sin necesidad de añadir una palabra más, los dos se fundieron en un abrazo en el que hallaron refugio en medio de la noche y en medio de los recuerdos, ocultándose el uno en el otro. Quizás lo que necesitaban en esos momentos, más que en ninguna otra ocasión, era precisamente amarse, fortalecer lo único que merecía la pena de aquellos días, el amor que había surgido entre dos perfectos desconocidos que habían sobrevivido juntos a circunstancias extraordinarias. Puede que lo único que necesitaran fueran abrazos más intensos, que les trajeran de vuelta a ese momento en que sólo existían ellos dos; caricias que borraran las heridas del ayer, y besos que les hicieran olvidar los momentos que les hicieron temblar de miedo. A pesar de que creía que no podría separarse de él nunca, finalmente Claire se deshizo del abrazo y se separó de él lo suficiente para sostener su rostro entre las manos y besarle en los labios lentamente, dejando que aquellas nuevas sensaciones relegaran los malos recuerdos a un segundo o tercer lugar.
Todo ese horror no tenían cabida en esa habitación, ni mucho menos en aquella cama.
Contuvo el aliento contra sus labios cuando notó cómo le rodeaba la cintura con el brazo, atrayéndola más hacia sí y profundizando un beso que ya la hacía estremecerse. Y, una vez más, los terribles recuerdos de días pasados comenzaron a esfumarse en el aire, como si lo único que necesitaran para que todo fuera bien fuera permanecer juntos, aferrados el uno al otro como si cada milímetro de piel que no estuviera en contacto supusiera una agonía inaguantable. Las manos de Claire sólo abandonaron el rostro de Patrick para deslizarse sobre el pecho desnudo de éste, recorriendo con suavidad las cicatrices en caricias que dejaban estelas de fuego en su piel. Dejando escapar un suspiro entrecortado, el joven se separó de ella lo suficiente como para volver a besarla en el cuello, deslizando los labios por el mismo hasta posarse sobre su antigua herida de bala y depositando leves besos sobre la misma.
A la vez que se llevaba las manos a la espalda para deshacer el cierre del molesto sujetador, de modo que nada se interpusiera entre los torsos de ambos, Claire se preguntó si acaso para Patrick aquella situación estaba siendo tan increíble como aún lo era para ella, de una forma maravillosa y especial. Quizás lo intenso de esos abrazos y la devoción de esos besos se debían precisamente a ello, a que los dos no podían acabar de creer que estuvieran experimentando ese momento juntos y necesitaran toda la ayuda posible para convencerse de lo contrario. La periodista sonrió contra los labios del joven cuando finalmente la recostó de nuevo sobre la colcha, colocándose sobre ella con cuidado de no hacerle daño, aún besándola con una devoción que le quitaba el aliento. No dejaba de sorprenderle que sus movimientos resultaran tan naturales y fluidos, como si ambos estuvieran compartiendo también la misma mente en aquellos momentos, leyendo en los deseos del otro.
Ignoraban el frío de la noche romana, como si éste permaneciera recluido fuera de los muros de aquella habitación. No podía creer lo rápido que Patrick se había acostumbrado a recorrer su piel desnuda con besos y caricias, con fervor y ternura a partes iguales, como si estar lejos de ella no fuera una opción, en la misma medida en que tampoco lo era para ella. Mentiría si dijera que no le conmovía profundamente, el saberse y sentirse tan amada, dando rienda suelta por fin a sentimientos que no habían hecho sino aumentar durante meses. Tras compartir un nuevo beso, interrumpido a veces por la respiración cada vez más entrecortada, los dos jóvenes no hicieron otra cosa que mirarse a los ojos, reconociéndose, dándose tiempo para recuperar el aliento y poder contemplar el rostro del otro por unos momentos. Patrick acarició el rostro de Claire con los nudillos, como si de la porcelana más preciada se tratase, y por el modo de mirarla la periodista supo que aún no acababa de creer la suerte que tenía.
Una vez más, un sentimiento mutuo.
Una pregunta sin pronunciar en los ojos de ambos.
Y, de nuevo, no hicieron falta palabras.
La pasión entre ellos les había inundado de tal modo que no soportaban estar separados ni un segundo más, les resultaba una tortura innecesaria que ninguno estaba dispuesto a prolongar. A pesar de que a esas alturas ninguno de los dos podía pensar ya con claridad, las manos de ambos temblando de tal modo que tuvieron que acabar de desvestirse casi a tirones, seguía imperando la naturalidad con la que sucedía todo, como si no fuera la primera vez que estaban juntos, como si los temores y dudas nunca hubieran existido y no fueran a existir nunca más después de aquella noche.
Desesperados por fundirse el uno en el otro, Claire guió a Patrick hasta que éste se encontró finalmente dentro de ella, ahogando un gemido a duras penas. Ella le sostuvo en los brazos, besando sus cabellos castaños con dulzura, ambos acostumbrándose a la nueva sensación. Una vez Patrick recuperó el aliento, volvió a besarla en los labios, como si la única respiración que necesitaran en esos momentos fuera la que ambos compartían contra los labios del otro, ya cada vez más en forma de jadeos y resuellos. Claire buscó las manos del joven con las suyas y entrelazando los dedos sobre las sábanas cuando se encontraron, aferrados entre ellos una vez más notando cómo se estremecían con cada nuevo movimiento.
El sonido de sus respiraciones y el latir desesperado de sus corazones era todo cuanto podían oír en esos momentos, mientras continuaban haciendo el amor, el mundo a su alrededor habiéndose desvanecido ya por completo. La anticipación por aquel instante, aunque ninguno de los dos hubiera sido plenamente consciente de ello hasta entonces, parecía contribuir a que las sensaciones fueran más intensas, precipitándose a su final antes de lo que esperaba en el caso de Claire, quien liberó las manos, aferrándose más al cuerpo del joven al que no tardó en notar tensarse sobre ella, casi como si de una respuesta a su reacción se tratara, y derrumbándose sobre la periodista, aún temblando debido a la emoción y al esfuerzo.
Permanecieron unos segundos más así, disfrutando de la sensación de sus pieles unidas por cuanto tiempo les fuera posible, hasta que finalmente Patrick se apartó con delicadeza, tomando una esquina de la ya arrugada colcha que cubría el lecho y tirando de ella hasta dejarla a un lado de la cama, permitiendo a ambos deslizarse bajo el edredón y las sábanas. Claire se deslizó a su vez hacia Patrick, acurrucándose en sus brazos, mientras él le seguía dedicando suaves caricias y besos sobre el rostro, actuando en ella como un arrullo que hizo que poco a poco, a medida que el corazón volvía a latirle con normalidad y su respiración recuperaba su ritmo pausado habitual, la olvidada somnolencia regresara a ella, haciéndole cerrar los ojos aunque no hubiera nada que deseara más en aquellos momentos que seguir contemplando el rostro de Patrick.
Por su parte, el joven no tardó demasiado en acompañarla, abrazándola más contra sí teniendo cuidado de no molestarla y dejando que la noche pasara, deseando que aquella sensación de bendición tardara mucho en abandonarle, si es que tenía que hacerlo alguna vez. Pues esa noche le había dado perspectiva sobre muchas cosas, le había dado esperanza y valor, haciéndole ver el mundo bajo una luz que se le antojaba completamente nueva y estaba seguro de que la había tomado prestada de Claire Dilthey, dormida ahora en sus brazos, quien hacía su vida resplandecer todos los días y también en aquella noche, en la que el amor había vencido al temor.
No sabía lo que el futuro podía depararles a partir de ese momento, pero fuera lo que fuera lo recibiría de buen grado.
Siempre que fuera junto a ella.
NdA: Bueno... Espero que seáis tod s mayores de edad XD. Hacía mucho que quería escribir la noche de Craco porque también tenía muchas ganas de que llegara este momento y estoy segura de que no era la única. Es la primera vez que escribo y publico una escena tan subida de tono y me he esforzado mucho por hacer que quedara tal y como yo quería que lo hiciera, pasional pero romántica, IC respecto a los personajes, y la verdad es que estoy bastante contenta con el resultado. Poco tengo que añadir aquí, como supondréis esto marco un punto importante no ya tan sólo en la relación entre Patrick y Claire, sino también de cómo se sucederán los hechos hasta el final de la historia. Os quiero agradecer de corazón a tod s los que estáis leyendo estas líneas ahora mismo, por acompañarme a mí y a la parejita en este viaje, quiero que sepáis que nunca tendré palabras suficientes para agradeceros vuestra fidelidad y vuestro cariño por esta historia. Sois l s mejores lector s que nadie podría desear y quiero que sepáis que no lo doy por hecho.
Me iba a despedir sin mencionar la playlist de este capítulo y eso no puede ser. Para escribir este momento tan especial, he escuchado en bucle las canciones "As long as you're mine" del musical Wicked; "What you mean to me" del musical Finding Neverland; y "Andante, andante" de la banda sonora de Mamma Mia 2. También me han ayudado lyrics sueltos de ciertas canciones, pero esas tres son las más importantes y os las recomiendo un montón si os da curiosidad el escucharlas.
Una vez más, espero que estéis los vuestros y vosotr s a salvo, y que lo continuéis estando hasta que esta pesadilla acabe. Os quiero mucho, de corazón. Quedo, como siempre, a vuestra disposición en los reviews y en los mensajes privados. Un abrazo enorme.
