¿Acaso es todo lo que quieres decirme?
Las guardias nocturnas finalizaron transcurridos dos días. Si Albert hubiera seguido su rutina anterior, Candy habría ido a visitar a sus madres. Pero tal como le prometió, ya no volvió a partir de viaje. Durante el día permanecía muy ocupado y sus encuentros, en ocasiones demasiado breves, les ofrecían la oportunidad de redescubrirse de un modo desconocido entre ellos. Ya no como compañeros o amigos sino como pareja. Albert se había encargado de informar de su compromiso a tía Elroy en privado. Al contrario de lo que había esperado Candy, la matriarca no demostró demasiada oposición... O eso le dijo él. El trato con ella, sin llegar a ser apreciativo, pasó a ser lo suficiente cordial como para resultar tolerable para Candy. De hecho, ella y Albert habían empezado a pasar el tiempo libre juntos sin intromisiones.
Aquellos días Candy permanecía como flotando en una nube. Las sensaciones que Albert le provocaban eran tan parecidas y diferentes, a la vez, de las que había sentido con Terry, e incluso respecto a Anthony. Con Terry era una continua sensación de duda, de no saber en qué terreno estaba pisando, cuando volverían a verse y en qué condiciones, si es que llegaban a darse, si se alegraría o si se discutirían.
En contraposición, Albert le aportaba una seguridad y confianza respecto a ella misma y frente a la adversidad, sin igual. Él era como un árbol robusto y firme, que la ayudaba a alzarse y a expandir sus horizontes con sus múltiples ramas, mostrándole un paisaje que la dejaba extasiada de emoción. Un magnífico ejemplar del que podría alejarse y regresar, sabiendo que siempre podría cobijarse bajo sus ramas en caso de tormenta. Aun así, en los momentos más insospechados le mostraba un lado salvaje y travieso que nunca dejaba de sorprenderla o incluso exasperarla, cuando se mostraba testarudo y hermético, sin dejar de sonreírla. Albert era un hombre lleno de matices, mucho más complejo que cualquier otra persona a la que hubiera conocido. La mayor parte del tiempo no estaba segura de saber qué estaba pensando.
También su carácter era completamente distinto a ambos. Allí donde Anthony se había mostrado extremadamente receloso con sus primos y sobre protector. Albert, por el contrario, respetaba su independencia y espacio personal. No recordaba ocasión alguna en que él le hubiera reclamado por ninguna amistad masculina. También era muy distinto respecto a Terry, que exponía abiertamente su pasión e ímpetu. Albert reservaba aquella pasión tan solo para ella, detestaba ser el centro de atención, especialmente, de la no deseada. Así como Terry no tenía reparos a mostrarse galán y zalamero, incluso con la mismísima Eliza, aunque fuera para burlarse de esta, Albert nunca se comportaba de aquel modo...
Él procuraba mostrarse respetuoso y comedido con ella y correcto con sus amigas. Tampoco la había agredido nunca para mostrar su preocupación ni su enojo, como sí habían hecho tanto Anthony como Terry. Al madurar, ella misma bajo su influencia, había comprendido que ese tipo de reacciones eran resultado de un carácter inmaduro y totalmente innecesarias... Tenían más relación con la persona que las ejercía que con la situación o la persona que las recibía... De hecho, la Srta. Pony, tampoco la había pegado nunca, al contrario de la hermana Maria. La Srta. Pony, igual que Albert, sabía infundir, el mismo o mayor respeto, sin dejarse llevar por aquella agresividad incontenida.
Candy aún no había podido descubrir cuando empezó a sentir algo más por ella, pero sí sabía cuando empezó a sentirlo ella, poco después de su regreso a Chicago. Primero atropellaron a Albert y vinieron avisarla los vecinos, diciéndole que su hermano había sufrido un percance y que estaba ingresado en una clínica que ni conocía. Se olvidó completamente de su propio malestar por Terry y salió a las calles en camisón. Después él antepuso su vida para protegerla del león huido de un circo cercano. La desazón que sintió con tan solo imaginar que él hubiera podido morir, la hizo llorar de la rabia. Y por último, cuando regresó al apartamento, encontrándolo vacío. En cada una de aquellas ocasiones llegó a temer perderle por siempre, tal como había perdido a Anthony o a Terry en New York.
Cuando podían disfrutar de alguno de 'sus momentos', Candy empezaba a comprender que Albert no hubiera podido comportarse de otro modo hasta poder confirmar los sentimientos de ella. Ella recién había cumplido sus 21 y Albert pronto llegaría a sus 32. Con aquella nueva complicidad, aquella semana, se sentía tan feliz y esperanzada que, por fin, encontró las fuerzas para plasmar una carta que había deseado escribir desde hacía años.
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Querido Anthony Brown,
Pienso mucho en ti, pero no he sido capaz de escribirte hasta ahora.
La primera carta solo pude escribirla en mi corazón;
sé que es una confesión muy triste.
Estoy segura de que te has encontrado ya con tu madre y de que habrás visto también a Stair.
¿Sabes, Anthony?
He vuelto a ir a Lakewood,
¿Sabes con quién? Ay...
[...]
Casi olvidaba que Anthony no lo había llegado a conocer y que solo le habló de él de un modo alegórico, casi como si se tratara de uno de los fantasiosos personajes de la historia de Lewis Caroll... justo antes de recibir el bofetón.
En su mente, Anthony siempre sería aquel muchacho de quince años. Tanto sus primos como ella misma conocieron al Albert adulto como el Sr. Albert. Se le hacía extraño tratarlo de una forma más íntima con su sobrino... Incluso aunque fuera en una carta que jamás enviaría y aunque el propio Anthony, de haber vivido, hubiese tenido un año más que ella y probablemente ya empezaría a ser tratado de Sr... Tal como ya le pasaba a ella... Era curioso, pasados los veinte era como si se empezara a entrar en otro estatus donde ya nadie te trataba como la joven que una sentía ser.
Albert se rio mucho cuando pasó a recogerla un día, poco antes de saber quien era, y ella volvió enfurruñada porque el tendero la había tratado de señora y le había recomendado comprar unas naranjas, para hacer feliz a su marido. Él le comentó que los vendedores lo hacían con todas las muchachas que iban a comprar, como un reclamo para que se sintieran más maduras. Pero a ella era la primera vez que le pasaba y, de hecho, ya no dejó de pasarle, tanto con los niños de la clínica Feliz como con otras personas. Recordó también la vez que Albert le reclamó que él no era tan mayor, que aún estaba en sus veinte.
Cuando ella era pequeña, tenía la sensación que, cuando a alguien se lo trataban de señor o señora, era porque ya era alguien muy mayor, serio y sin ganas de divertirse o descubrir nada nuevo porque solo debía preocuparse por sus responsabilidades... ¡Qué equivocada había estado! Albert era todo lo contrario a eso. Recuperado mental y físicamente, estaba lleno de energía. Gozaba tanto como ella de las actividades al aire libre, ir de excursión, nadar, pescar, cabalgar, conducir y perderse por las carreteras, quedar con sus amigos, cocinar, cantar y bailar y, además, disfrutaba realizando trabajos manuales, como reparar muebles o antiguos inventos de Stear que, de vez en cuando, aparecían olvidados por algún rincón. En aquellos momentos es cuando ella lo había visto más feliz.
[...]
Mientras te hago esta pregunta,
me doy cuenta de que nunca llegaste a conocer al señor Albert,
Stair y Archie le conocieron tiempo después, en Londres.
Si hubieses llegado a conocerle,
quizá hubieras reconocido en él a tu madre, a Rosemary.
El señor Albert es el tío abuelo William,
es decir, el hermano menor de tu madre.
Te has quedado sin palabras, ¿Verdad?
[...]
Ella misma se sorprendía observando distraída a Albert, con su aspecto más cuidado debido a la exposición pública que debía asumir, recordaba vagamente al de Anthony y más al de su hermana en los retratos familiares. Su mirada transmitía la misma dulzura, seguridad y calidez. Su sonrisa era contagiosa y conseguía ayudarla a pasar las preocupaciones y disgustos que hubiera sufrido durante el día, atendiendo a algún paciente difícil o encontrándose con alguna persona desagradable. Albert siempre encontraba la forma de hacerla sentir bien con ella misma y restar importancia a aquellas cosas.
[...]
¿Recuerdas cuando te hablaba sobre el príncipe de la colina y siempre te decía que te parecías mucho a él?
Imagina cuál fue mi sorpresa al descubrir que también era el señor Albert.
Aquel muchacho al que apenas recordaba era tu tío.
No es de extrañar que os parecierais tanto.
¿Ahora entiendes por qué me confundiste tanto cuando nos vimos en el portal de las rosas?
[...]
Era algo inevitable, siempre se le aceleraba el corazón al pensar que, aquel muchacho en el que encontró consuelo la primera vez que se sintió completamente abandonada por Annie, era el mismo hombre con el que acababa de iniciar una nueva relación que, a la vez, era antigua, aunque su naturaleza inicial no era comparable a la actual.
Ni en el más salvaje de sus sueños hubiera esperado que aquello pudiera pasar algún día. Que aquel muchacho, tan agradable y misterioso, acabara enamorándose de ella cuando fuera mayor y que resultara mucho mejor de lo que había imaginado.
Albert era fuerte y diestro en la lucha, pero a la vez era una persona pacífica. Era totalmente independiente, pero a la vez detallista con ella. Se preocupaba por ella, pero nunca coartaba su propia libertad. Le gustaba bromear con ella, pero no ridiculizarla. Era mucho mayor que ella, pero conservaba su mismo espíritu jovial y lleno de energía. Era razonable, pero también sabía mantenerse firme y reafirmar sus convicciones y plantar cara, frente a quien fuera. Le había visto tocar fondo, cuando perdió la memoria y las ganas de vivir, pero no por ello se sumergió en la bebida... De hecho, incluso había ayudado al Dr. Martin a dejarla. Y lo más importante, tenía un gran corazón que le ganaba el respeto de la mayoría de los que de verdad le conocían.
[...]
Los dos teníais el pelo rubio, del color de la arena.
Si el señor Albert hubiera mantenido ese color a lo largo de los años,
quizá le hubiera reconocido,
pero su cabello se fue tornando castaño con el paso del tiempo.
Sin mencionar que, cuando le conocí, años después,
se había dejado crecer la barba y llevaba unas extrañas gafas de sol.
[...]
Rio al recordar la forma en que la había asustado al despertar después de la caída. En su desbocada imaginación infantil, llegó a pensar que se trataba de un temible corsario de los cuentos que les explicaba la hermana María. Se desmayó y al recobrar la conciencia de nuevo, Albert parecía molesto. Su aspecto distaba tanto del de su príncipe... pero apartándose las lentes la calmó... y ahora sabía la razón. Aquella era la mirada que había buscado en cada una de las personas que había amado. En realidad, él siempre había sido el origen y destino de aquella búsqueda.
[...]
No se parecía en nada a ti, pero ahora sé que el color de vuestros ojos es el mismo:
azul claro, como el cielo por la mañana.
Por lo que me ha contado,
él también es consciente de que tenía el pelo muy rubio cuando era pequeño
y de que su color se ha vuelto más oscuro con el paso de los años.
Durante sus viajes al desierto, se le oscureció aún más, pero,
después del accidente y de todas las aventuras a las que tuvo que enfrentarse,
su cabello volvió a su color original.
[...]
Candy necesitó cambiar de tema. Albert le había hablado de aquello en uno de sus pequeños ratos de reciente intimidad. Albert la tenía recostada contra su pecho, compartiendo tímidos besos, en una de las salitas de recreo y preguntándose detalles que antes hubieran encontrado fuera de lugar como amigos.
La carta que estaba escribiendo era para hablar sobre lo que habían compartido ella y Anthony y, sin poder evitarlo, Albert se colaba en ella a cada momento, del mismo modo que conseguía infiltrarse en sus pensamientos durante el resto del día. También había querido transmitirle la felicidad que le había aportado su reciente visita a Lakewood.
Aun así, quiso recuperar el momento en que ella misma descubrió que Albert era el hombre que había cedido a los deseos de sus sobrinos, a la petición del propio Anthony, para adoptarla, pero también recordó el momento en que descubrió el retrato de Rosemary.
[...]
Cuando estuve en Lakewood la última vez,
entré por vez primera en el salón conmemorativo de la casa y pude echar un vistazo a los retratos de los antepasados de la familia.
El retrato de Rosemary es el más bonito.
En la pintura, tú no eres más que un recién nacido y tu madre sonríe feliz,
sosteniéndote en sus brazos.
[...]
En aquella ocasión había permanecido sobrecogida y maravillada por el descubrimiento. En un intento de ordenar sus pensamientos y emociones frente a Albert, había paseado su mirada por todos los retratos familiares de la sala, quedando cautivada por el retrato de la madre de Anthony.
[...]
Recuerdo que me hablaste sobre tu madre en una ocasión,
que me confiaste sus palabras:
"Las personas mueren y renacen de una forma hermosa en el corazón de aquellos que los recuerdan".
Cuando le repetí esta misma frase al señor Albert,
se quedó muy callado.
Después de un largo silenció,
me explicó algunos detalles sobre el matrimonio entre su hermana Rosemary y tu padre,
el señor Vicent Brown.
[...]
Cuando esto pasó, encontró el giro de la conversación un tanto extraño pero ahora, que estaban juntos, entendía perfectamente los sutiles intentos de Albert por hacerla comprender su determinación, si era correspondido.
[...]
Me explicó que tu madre no se dio por vencida ante la opinión de su propia familia,
que se opusieron a aquella unión desde el principio debido a la diferencia de estatus entre las familias.
Rosemary les dijo que la felicidad no depende del dinero o del prestigio social,
si no de la posibilidad de pasar la vida con la persona a la que se ama.
Si querían impedírselo, estaba dispuesta a abandonar su apellido en cualquier momento.
[...]
De hecho, aquella misma tarde, mientras estaba sentada entre sus brazos, Albert le había preguntado qué le parecería vivir en una casa más discreta. Encontraba excesivo todo aquel lugar, aunque fuera un legado familiar. Por otra parte, aunque tía Elroy no se entrometiera en su relación y les cediera el espacio que sentían necesitar, siempre estaban rodeados del personal de servicio y de las constantes visitas de los asociados.
Albert, igual que ella, recordaba con mucho cariño el tiempo en los apartamentos Magnolia. Le propuso buscar alguna casa con jardín con un par de personas de servicio que les ayudaran a mantenerla. Era una de las cosas que le gustaría que hicieran pasada la boda de Archie y Annie. Quizás incluso pudiera estar más cerca de la clínica y de las oficinas Andrew en la ciudad. Últimamente había trasladado la mayoría de trabajo al despacho de la mansión para poder pasar más tiempo con Candy. Pero acercando su residencia al trabajo de ambos, no sería necesaria aquella invasión de personas ajenas y empresarios a su hogar. Así, podrían separar su vida personal de la profesional, convirtiendo su casa en su pequeño refugio.
Candy no había dudado ni un momento al responderle. Ella se sentía igual. La sonrisa que Albert le dedicó había sido tan deslumbrante que aún sentía el cosquilleo recorriéndola entera... Intuía que, de estar vivo, la sonrisa de Anthony hubiera sido muy parecida a la de su tío...
[...]
Tu última sonrisa vive aún en mi corazón.
Cuando te fuiste, tan de golpe, el dolor me invadió por completo.
El mero hecho de seguir respirando me parecía una injusticia.
Me era insoportable pensar que el sol continuaría saliendo y poniéndose todos los días,
aunque tú ya no estuvieras para verlo.
Odiaba sentir sed y hambre.
Estaba convencida de que nunca podría amar a nadie más,
pero después... Ya sabes lo que ocurrió, ¿no es cierto?
En Londres, sentí una fuerte atracción hacia una persona que se te parecía mucho.
Sin embargo, solo encontré esa semejanza durante unos minutos.
En realidad, sois muy diferentes.
[...]
Pasó más de dos años enojada con el mundo. Terry solía sacarla de sus casillas por ese mismo motivo. Tenía la sensación que todos intentaban borrar el recuerdo de Anthony. Y para ella, borrar todos aquellos recuerdos sería como fingir que Anthony nunca hubiera existido. Anthony había sido una persona excepcionalmente maravillosa y merecía ser recordado.
Se dio cuenta de que lo que le había atraído inicialmente en Terry era aquella efímera muestra de sensibilidad, que se esfumó al instante de percatarse que no estaba solo. A partir de entonces solo encontraba diferencias entre ambos muchachos. Solo cuando Terry dejó de comportarse como un auténtico idiota empezó a sentir una irresistible atracción. Empezó a ver que él era mucho más que aquel estúpido arrogante que se empeñaba en mostrar al mundo. Aunque ese proceso no fue paulatino, como había pasado con Albert. Con Terry, las emociones se contraponían constantemente, pasando del odio al amor de forma intermitente, confundiéndola y dificultándole a Candy la comprensión y aceptación de sus propios sentimientos hacia el consentido rebelde. Terry acabó abandonando aquella cansina fachada de niño malo malcriado y, al hacerlo, acabó irremediablemente enamorada de él hasta el tuétano.
Con Albert, el enamoramiento también había sido muy confuso pero en un aspecto completamente distinto. Candy siempre había admirado a Albert y la base de ese apego ya existía. La confusión de sus sentimientos surgía de su falsa convicción infantil, derivada de los cuentos de hadas que le leía la hermana María y de la convención social, de que el amor de pareja solo podía sentirse por una única persona a la vez y una única vez en la vida. Sin embargo, de igual modo que nunca había dejado de amar a Anthony y, ello, no le había impedido enamorarse de Terry, lo mismo le había sucedido con Albert. La única diferencia era que ambos estaban vivos, pero ello no lo hacía menos real.
[...]
En cualquier caso,
gracias a ese joven descubrí que el amor tiene muchas formas y que hay cosas que,
una vez perdidas,
ya no podemos recuperar.
No podemos reunirnos con aquellos que han dejado este mundo.
Es una realidad tan obvia que era incapaz de aceptarla.
En cambio, ahora sé que incluso para los que estamos vivos,
hay circunstancias en las que el destino no permite que dos personas estén juntas.
[...]
Efectivamente, tal como pasaba entre Terry y Ella. Habían pasado tantos años. Años durísimos, de inmensa tristeza por todas las frustraciones que había tenido que soportar en sus constantes desencuentros y separaciones. Mientras tanto, y sin percatarse, también había ido floreciendo en ella una nueva sensación respecto a Albert que ahora ocupaba todo su pensamiento. Quizás, si Terry no se hubiera tardado tanto, si él también se hubiera escapado para verla en persona, aún hubiera vencido el remanente de sentimientos de apego que se mezclaban con los florecientes por Albert. Quizás, dos años atrás, de haber recibido aquella nota, hubiera salido corriendo, ingenua, olvidándose completamente del mundo y de las responsabilidades que la rodeaban... Como tantas otras veces había hecho por él.
Pero se había cansado de correr detrás de fantasmas. De ilusiones y promesas que jamás se cumplían y que ni siquiera podía certificar que fueran reales. A sus 21 años, había vivido demasiado como para no darse cuenta de muchas cosas que había pasado por alto todo aquel tiempo y que ahora valoraba más. Cosas que ni Anthony ni Terry le ofrecieron y, por contra, Albert le había ofrecido desde el primer día de convivencia y que se iban solidificando con cada día que pasaban juntos.
Terry no tuvo el valor de hablarle de su situación con Susanna cuando le visitó en New York. Tuvo que descubrir la dura realidad por ella misma. Enfrentarse a una mujer destrozada a la que no podía privar de lo único que podría darle esperanzas para vivir, mientras ella era dueña de sí misma, en todos los aspectos. E inicialmente, él tampoco cumplió su promesa de intentar ser feliz, lanzándose a la autocompasión y sumergiendo sus penas en el alcohol, convirtiéndose en una burda caricatura de quien podía llegar a ser. Ella valoraba mucho las promesas y tal y como le prometió, había buscado la felicidad y la había encontrado... sin él.
Albert era aquella esperanza e ilusión por el futuro que siempre se le había aparecido tras la siguiente esquina; en la cabaña, en Londres, en Chicago... Albert estaba allí y la amaba como ella lo amaba a él, cumpliendo sus promesas, buscando la belleza de la vida y deseando construir un futuro común. Incluso cuando había desaparecido había permanecido pendiente de ella. Asegurándose de que estuviera bien. Él la amaba tanto que anteponía la felicidad de ella a la suya propia. Llegó a brindarle una última oportunidad para reunirse con Terry en Rockstown, si es que este tanto la necesitaba y ella aún le hubiera seguido amando con igual intensidad. Pocas cosas en la vida le habían dolido tanto como ver a Terry en tales condiciones, pero no dudó en marchar ni un segundo y, aquella misma decisión, fue con la que empezó a replantearse sus propios sentimientos respecto a Albert... ¿Por qué necesitaba encontrarle si ya estaba recuperado y ella había cumplido su promesa? Él ya no la necesitaba... ¿Por qué se quedaba deslumbrada cada vez que lo veía? Sabía perfectamente como era. Hacía años que le conocía. Algo había empezado a cambiar... ¿Por qué le costaba tanto separarse de él, incluso para volver con sus madres? Él podría visitarla cuando quisiera y ella igual a él. Pero ella lo añoraba incluso antes de marchar... ¿Por qué su corazón se desbordaba a su lado? Solo con Anthony y Terry se había sentido así antes... ¿Por qué la vida era tan bella con su sola presencia?
[...]
Después de todo, vivir significa acumular experiencias. Aun así, mientras sigamos con vida, siempre habrá sitio para la esperanza.
Fue tu última sonrisa la que me dio fuerzas para continuar. Además, sé que me has perdonado por todo.
[...]
Seguiré viviendo sin dejar de ser yo misma, alimentándome de mis propios recuerdos.
¿Quién sabe qué me traerá el amanecer, cuando su luz blanquecina vuelva?
No sé por qué, pero estoy dispuesta a afrontar lo que me depare el destino.
[...]
Ahora soñaba con la promesa de ese nuevo amanecer, abrazada a Albert, en su nueva casa, en su nueva vida, le deparara lo que le deparara esta, porque sabía que él, sí estaría allí para erigirla.
Continuará...
Respecto a la edad de Anthony, he encontrado en muchas páginas que le dan la misma que a Candy, algo que no concuerda ni con el anime ni con el manga ni con la novela, pues en todos los formatos, Anthony, igual que sus primos, es mayor que Candy. Anthony tenía una edad similar a la de Tom y Tom ya andaba y se subía por los sitios, cuando abandonan a Candy, siendo una recién nacida... eso, para los que no hayáis tenido hijos, es mínimo diez meses de diferencia, mínimo, que por la desenvoltura de Tom yo diría que de un año y medio largo... especialmente por lo de subirse a las cosas sin pegarse el gran porrazo.
Referencias a "Candy Candy La historia definitiva", de Keiko Nagita:
Pg. 149-150 - Candy conoce a Terry.
[...]
Más allá de la niebla le pareció distinguir la figura de alguien conocido.
[...]
El corazón le latía tan fuerte que le dolía.
— Anthony... —Los labios le temblaban.
Aquel muchacho se le parecía tanto.
[...]
Se le parecía demasiado.
[...]
"Me recuerda a cuando Anthony observaba la distancia con esa mirada triste tan suya".
[...]
Sentía que le estaba tomando el pelo.
Aquel muchacho ya no se parecía en nada a Anthony.
[...]
Estaba enfadada consigo misma por haber dejado que un completo desconocido se burlase de ella, por haberse dejado llevar por lo mucho que se parecía físicamente a Anthony.
[...]
Pg. 166 Segunda coincidencia con Terry
[...]
— ¡Anthony! —pronunció su nombre aturdida[...]
— Me llamo Terence —la corrigió el muchacho con ironía—. Anthony es un nombre demasiado común para alguien como yo [...]
Candy se levantó de golpe. El insulto al nombre de Anthony le había aclarado las ideas en un instante[...]
"De nuevo he pensado que se trataba de Anthony... Incluso después de abrir los ojos, yo...[...]
Pg. 181 - Tras ser defendida por primera vez por Terry frente a Neal. Empieza a percatarse de la bondad en Terry y a enamorarse de él.
[...]
"No seas tonta", pensó entonces, "Terry no quería defenderme. Me llama doña Pecas, dice que tengo la nariz chata... ¡Lo único que busca es hacerme daño!".
Pero, al recordar todo lo que había sucedido, Candy comenzó a ponerse nerviosa. Aun así, no fue capaz de apartar los ojos del muchacho.[...]
Pg. 389-390 - Carta a Anthony, última carta de la novela, casi totalmente reproducida en este capítulo.
