Este Fic es una adaptación de la novela "El beso del Arcángel" de Nalini Singh (y continuación de la novela "El Ángel caído")
el cual les comparto sin fines de lucro, sino para dar vida a mis personajes favoritos de Bleach pertenecientes al "Trol mayor" Tite Kubo.
Espero lo disfruten.
Dentro de esta adaptación se han realizado algunos cambios para que se ajusten a los personajes de Bleach.
Cursivas, comunicación / vinculo mental
Capítulo 37
El rostro de Ichigo carecía de expresión.
—No es Rukia quien ha orquestado el secuestro y el abuso de un niño.
Alguien aspiró entre dientes, y Elena comprendió que había sido Orihime. El
cuerpo de la arcángel se inclinó hacia Anoushka, a pesar de que se encontraba a
la izquierda de Ichigo.
—Patrañas —dijo Anoushka, que respiraba con más facilidad ahora que su
cuerpo había comenzado a curarse—. La cazadora pretendía labrarse un nombre
matando a un ángel.
Las palabras escaparon de la boca de Rukia sin más.
—Ayudé a matar a un arcángel. No tengo nada que demostrar.
Sei Fung se puso en pie con movimientos tan sinuosos y suaves como los de las
pitones que tenía por mascotas.
—Dame tu mente.
De pronto, Rukia se vio inundada por las esencias de la lluvia y del mar.
Ichigo alzó una mano cargada de fuego de ángel.
—Nadie tocará a Ichigo. Es en la mente de Anoushka donde debes buscar.
Hubo un estallido de movimientos en lo alto, y poco después Uryu aterrizó
junto a Rukia, aunque dado su ángulo de descenso, habría sido mucho más fácil
para él aterrizar entre Orihime e Ichigo. El ángel estaba cubierto de tanta
sangre que sus alas brillantes como diamantes habían adquirido el color del óxido.
Sin embargo, no fue eso lo que hizo que todo el mundo en aquel patio guardara
silencio. Uryu tenía a un vampiro en sus brazos. Y a ese vampiro le faltaban
todas las extremidades, aunque seguía vivo.
Rukia se esforzó por no mostrar el horror que sentía. La última vez que había
visto a un vampiro en esas condiciones, el tipo había sido torturado durante días
por un grupo racista.
—Señor. —Uryu depositó su carga sobre los adoquines del suelo—. Fui
detenido por el capitán de la guardia de Anoushka. En su mente se encuentra la
verdad.
A juzgar por la expresión de Anoushka, no había dudas sobre la identidad del
vampiro. Rukia lo vio solo porque no había apartado los ojos de la princesa: un
destello de dolor, de pérdida. La mujer sentía algo de verdad por aquel vampiro.
Pero no lo suficiente. Tras ponerse en pie, la hija de Sei Fung cogió el kukri con
uno de sus rápidos movimientos reptilianos y lo arrojó hacia el cuello del vampiro.
Ichigo lo atrapó por la hoja, y su sangre empezó a gotear sobre el pecho
destrozado del capitán de la guardia.
—Yashiro, Chad... Indagad en su mente.
La silenciosa arcángel persa cerró los ojos. El enorme arcángel negro hizo lo
mismo. Tardaron menos de un segundo.
—Culpable —susurró Yashiro, que se dirigía a Sei Fung—. Aunque Kempachi
perdonara el asesinato de su concubina, aunque Chad perdonara el asesinato de
una mujer en sus tierras, aun cuando Ichigo perdonara la tortura de uno de sus
hombres y el intento de asesinato de su compañera, no podrías salvarla.
—Rompió nuestra ley suprema. —La voz de Chad resultaba incongruentemente suave
en una criatura tan grande. Los turgentes músculos de su pecho empezaron a
resplandecer alrededor del peto de acero que llevaba puesto.
—El abuso de un niño —murmuró Kempachi con un tono casi académico
mientras se acariciaba la pequeña barba negra con un par de dedos—. Puede que
esa sea la única prohibición que aún respetamos. Atravesar esa línea sería como
rendirnos a la oscuridad que nos acecha a todos.
—El chico no está muerto —replicó Sei Fung.
—El asesinato o un ataque brutal, el castigo es el mismo; y el chico estuvo tan
cerca de la muerte que hay poca diferencia. —Un arcángel con acero en la voz
y unos ojos de color castaño dorado. Urahara—. Lo peor es que no lo hizo sola.
Enseñó a otros a disfrutar del dolor de un inocente.
—Planeaba apoderarse de otros niños ángeles una vez que entrara a formar parte de
la Cátedra —dijo Yashiro, con un tono pesaroso aunque inflexible—, a
fin de poder controlar a sus ángeles manteniendo como rehenes a sus hijos.
—Soy testigo de eso —señaló Chad con voz suave.
—Ni siquiera yo —murmuró Unohana, cuya voz denotaba una pizca de sorpresa
— he llegado tan lejos. —Sus ojos casi desaparecían bajo la luz del día
—. ¿Qué clase de criatura has parido, Sei Fung?
En ese instante se produjo una serie de movimientos vertiginosos. Orihime
sacudió la mano en un gesto duro y brutal. Un segundo después, la cabeza de
Anoushka cayó al suelo, lejos de su cuerpo, y su sangre salió disparada como una
fuente debido al pulso arterial. La humedad salpicó el rostro de Rukia y sus ropas,
pero la cazadora se obligó a quedarse donde estaba. Sei Fung se puso en pie con un
grito y convirtió sus uñas en largas garras negras mientras Orihime seguía
realizando esos gestos letales que eran como estocadas.
Madre de Dios.
Estaba descuartizando a Anoushka pedazo a pedazo.
Moviéndose a una velocidad que ningún mortal alcanzaría jamás, Sei Fung clavó
las garras en el rostro de Orihime, donde dejó unos cuantos regueros negros.
Orihime golpeó con la mano el pecho de Neha y la empujó hacia atrás. Las
marcas negras de su cara tomaron un ponzoñoso color verde... y luego
desaparecieron, como si el veneno hubiera sido rechazado. Para el momento en
que Sei Fung consiguió volver a ponerse en pie, el rostro de Orihime estaba
sano, y el veneno que rezumaba por sus cicatrices había empezado a corroer los
adoquines cuadrados del patio.
Sei Fung se volvió hacia su hija con una mirada angustiada.
—Es lo bastante antigua como para...
El fuego de ángel, gélido y azul, engulló lo poco que quedaba de Anoushka.
Rukia contempló las líneas duras del rostro de Ichigo: un rostro sin piedad, un
arcángel que ejecutaba una sentencia. Se estremeció hasta el alma con la rapidez
de la ejecución, pero no la desaprobaba: la imagen de Kon con el cuerpo
destrozado y cubierto de sangre la acompañaría durante el resto de sus días.
El alarido de Sei Fung hendió el aire, tan penetrante que parecía otra cosa, algo
más allá de toda explicación. La Reina de las Serpientes, de los Venenos, se puso
de rodillas en el patio y empezó a arrancarse el cabello con las garras de sus
manos. Ichigo dio un paso atrás y miró a Rukia a los ojos. Había llegado el
momento de irse. Todos se marcharon a pie, incluso Unohana, en una silenciosa
muestra de respeto.
Nadie habló de lo ocurrido cuando llegaron al luminoso patio principal. Estaba
vacío por primera vez desde que Rukia estaba allí. Las sombras oscurecieron la
luz del sol un instante después, y a que un denso banco de nubes se había
apoderado del cielo desde el este. Al alzar la vista, la cazadora sintió un escalofrío
a lo largo de la espalda.
Aquello no había terminado.
Rukia entró en su dormitorio detrás de Ichigo, con Uryu pisándole los
talones. Hisagi había hecho una rara aparición a plena luz del día para llevar al
capitán de la guardia de Anoushka con los sanadores y permitir así que Uryu
pudiera regresar con ellos.
—Señor —dijo el ángel una vez que estuvieron tras las puertas cerradas—.
Estoy herido. —Una afirmación tranquila.
Rukia observó cómo se quitaba la camisa para revelar un corte tan profundo
que debería haberlo dividido a la mitad.
—Por Dios... ¿Cómo demonios conseguiste volar hasta donde estábamos?
Uryu no contestó. Se situó frente a Ichigo y se dirigió a él.
—Puede que esta noche esté un poco lento.
—Quédate quieto —dijo Ichigo, que alzó una mano cargada de un cálido
fuego rostro de Uryu mostró emociones por primera vez. El pánico,
la furia y el miedo eran una tormenta salvaje en sus ojos. Sin embargo, no
se movió. Dejó que Ichigo lo tocara, y nadie que no lo hubiera observado con
atención habría visto su pequeño gesto de encogimiento. Ichigo apartó la mano
de él segundos después. El corte ya no parecía tan fresco, tan rojo.
La expresión de Uryu se llenó de alivio, pero Rukia no tenía claro si ese
alivio se debía al hecho de que su herida estaba casi curada. La cazadora no dijo
una palabra hasta que el ángel regresó a su propia habitación.
—No le gusta que lo toquen.
—No —confirmó Ichigo, que se quitó la camisa y se limpió la sangre de las
manos con ella.
Mientras se preguntaba quién o qué habría herido tanto a un inmortal como
para que este diera un respingo ante el más ligero roce, Rukia empezó a
deshacerse de las armas que aún le quedaban.
—Menos mal que traje repuestos. —Examinó su muslo y vio que si bien la
herida aún tenía un tono rosado, no precisaba vendas—. ¿Una ducha?
—Sí.
No fue hasta que ambos se ducharon y estuvieron sumergidos en el calor
húmedo del baño que con tanta desesperación necesitaban cuando Rukia dijo:
—Tú eres la razón de que Kon se esté recuperando mucho más rápido de lo
que nadie esperaba. —Su corazón estaba rebosante de un feroz orgullo.
—He evolucionado —dijo él, cuy os ojos tenían una expresión casi perdida.
Un fuego azul rodeaba la mano que sacó del agua—. Este don es nuevo, débil...
No pude curar del todo a Kon, aunque fui a verlo varias veces.
—Pero aceleraste el proceso de sanación. —Rukia cogió su rostro entre las
palmas de las manos y apoyó la frente sobre la de él—. La balanza está
equilibrada, Ichigo.
—No —replicó él—. Nunca estará equilibrada. No debo olvidar en qué me
convertí durante el período Silente.
Rukia pensó en la rapidez de la sentencia que había presenciado esa noche,
pensó en la delgada línea que separaba el poder de la crueldad, y supo que él
tenía razón.
—Bueno, una cosa es segura: si no hubieras aparecido allí esta noche, yo
estaría muerta.
Los ojos masculinos adquirieron ese ámbar insondable que siempre la transportaba
a otro universo.
—Nunca debes permitir que Sei Fung te toque —dijo el arcángel, que la cogió
por la nuca para acercarla más—. Pude detener el veneno de Anoushka solo
porque apenas había rozado la superficie. Pero el de Sei fung es mil veces más
poderoso.
Rukia no se resistió al contacto, y a que había percibido un miedo que el
arcángel jamás admitiría en voz alta. Y eso le hizo saber que su vida era muy
importante para la criatura que tenía delante. Una parte de ella, la parte que aún
se identificaba con la joven adolescente situada a las puertas del Caserón, estaba
aterrada ante la posibilidad de que el arcángel se hartara de ella, temía que el
amor que le profesaba no fuera suficiente.
—Tantas pesadillas... —murmuró Ichigo, que le acarició la espalda mientras
ella se sentaba a horcajadas sobre él.
—Ella me abandonó —susurró Rukia—. Me amaba, pero me abandonó.
—Yo nunca te dejaré, Rukia. —Un atisbo del arcángel que era, acostumbrado
al poder y al control—. Y jamás permitiré que me abandones.
Quizá otras mujeres se hubieran rebelado contra semejante afirmación, pero
Rukia jamás le había pertenecido a nadie. Ahora sí, y esa idea empezaba a
recomponer algunos fragmentos rotos de su ser.
—Esa es una vía de dos direcciones, arcángel —le recordó.
—Creo que me gusta haber sido reclamado por una cazadora. —Colocó las
manos sobre sus caderas. Unas manos fuertes, exigentes—. Venga, méteme
dentro de ti. Conviértenos en uno.
Las palabras fueron suaves, pero la embestida fue cualquier cosa menos eso.
Tras situar las manos sobre sus hombros, Rukia introdujo esa enorme erección en
su interior y se estremeció al sentir cómo su cuerpo se extendía para
acomodarla.
—Ichigo... —Una palabra susurrada contra sus labios mientras su cuerpo se
contraía en torno a él.
El arcángel jadeó y agachó la cabeza por un instante. Rozó con los labios el
pulso del cuello de Rukia, y luego empezó a juguetear con los dientes. Un
mordisco. Fuerte. Rukia soltó un siseo cuando él empezó a lamer la pequeña
herida. Ichigo deslizó la boca hacia arriba por su cuello, a lo largo de la
mandíbula.
No me llamaste cuando Anoushka te atacó.
Rukia enterró los dedos en su cabello y le mordió el labio inferior cuando él
alzó la cabeza.
Te llamé cuando te necesitaba.
Un momento congelado en el tiempo, un momento en el que sus miradas se
entrelazaron.
Daba la impresión de que Ichigo estaba leyendo su corazón, su alma, el
núcleo que encerraba todo su ser. Pero ella también lo veía a él, a aquel ser
magnífico lleno de poder, de secretos tan profundos y arcanos que dudaba que
alguna vez los conociera todos.
El beso la dejó sin aliento, sin pensamientos, sin nada. Con un gemido, deslizó
los dedos sobre el arco de sus alas y sintió cómo se endurecía hasta lo imposible
en su interior. Casi demasiado. Se alzó un poco para que su cuerpo se retirara
conagónica lentitud, e Ichigo aprovechó el momento para apoderarse de su boca
hasta que inundó todos sus sentidos de placer.
El arcángel la sujetó con más fuerza por la cintura y la obligó a descender de
nuevo. Rukia no se resistió: necesitaba esa fricción íntima, ese placer terrenal.
Ichigo.
El arcángel rompió el beso para cubrirle un pecho con la mano y empezó a
acariciar el pezón que sobresalía por encima del agua con el pulgar.
Resultaba increíblemente erótico ver cómo la observaba. Sus ojos eran como
brasas; sus dedos, largos y certeros. Tras sujetar con una mano el arco del ala
masculina, Rukia empezó a moverse con impaciencia sobre él. Ichigo alzó la
cabeza, y sus ojos brillaban como piedras preciosas. La mano que el arcángel
tenía sobre su espalda se apartó, y unos dedos fuertes empezaron a acariciar la
zona hipersensible de la curva interna de sus alas.
—Basta —dijo Rukia contra sus labios, incapaz de detener los lentos
movimientos que introducían al arcángel en su interior, el roce que desbocaba su
corazón.
Eres tan sensible, hbeebti.
Rukia no conocía esa palabra, pero la entendía. Ichigo le había dicho algo
hermoso en un idioma que ella solo había oído en sueños borrosos, un idioma que
(aunque estaba asociado a recuerdos de dolor y pérdida), siempre había sido
sinónimo de amor para ella.
Rukia tomó su mano y se la llevó a los labios. Depositó un beso suave sobre la
palma, y la respuesta fue un estallido cobalto. Después no hubo más palabras.
Solo placer. Un placer desbordante y arrebatador. Rukia se desvaneció en brazos
de un arcángel que jamás la dejaría caer.
« —¿Mamá? —¿Por qué estaba uno de los zapatos de tacón de su madre sobre
el suelo del recibidor? ¿Dónde estaba el otro? Su madre no se había puesto zapatos
de tacón desde hacía... muchísimo tiempo. Lo más probable era que se hubiera
hartado de él y se lo hubiera quitado de una patada. Sí, eso debía de haber
ocurrido. Pero si empezaba a ponerse esos zapatos de nuevo..., quizá las cosas
mejoraran, quizá sonriera con sonrisas de verdad.
Su pecho se llenó de una dolorosa esperanza.
Tras adentrarse en la gélida riqueza del Caserón, la casa que había convertido
a su padre en un hombre al que no conocía, Rukia se inclinó para recoger el
zapato abandonado. Fue entonces cuando vio la sombra. Una sombra alargada
que se balanceaba muy despacio.
Lo sabía.
Lo sabía.
Pero no quería ó un agónico vuelco en el corazón y alzó la mirada.
—Mamá... —No gritó. Porque lo sabía.
El sonido de los neumáticos sobre la grava. Traían a Momo del colegio. Rukia
arrojó el bolso al suelo y echó a correr. Ella lo sabía, pero Momo no debía saberlo.
Momo no podía ver aquello jamás. Cogió el pequeño cuerpo de su hermana en
brazos y pasó a toda velocidad junto al hombre que una vez había sido su padre,
para salir a la brillante luz del sol.
Y deseó no saber nada.»
Rukia se vistió con silenciosa determinación la noche del baile. El pasado la
cubría como una gruesa manta negra, pesada, sofocante. Quería arrancársela del
cuello, y a que necesitaba desesperadamente coger aire, pero eso revelaría cierta
debilidad. Y allí, cualquier debilidad sería como sangre para los tiburones que
danzaban al compás de la música reinante en la ciudad.
Se dio la vuelta y examinó la creación azul que el sastre había diseñado para
el baile. Era un vestido, pero ese vestido había sido creado para una guerrera. Ya
se había puesto las mallas y las botas de tacón de aguja que le llegaban hasta
medio muslo, así que cogió el vestido. El tejido parecía agua contra las y emas de
sus dedos.
—Tentarías a un hombre a cometer un pecado mortal.
Rukia respiró hondo al ver a su arcángel. Tenía el torso desnudo y las piernas
cubiertas por un pantalón negro formal.
—Mira quién fue a hablar... —Esa belleza había sido esculpida por el tiempo,
una espada letal afilada a lo largo de los siglos.
Rukia levantó un poco el vestido y empezó a ponérselo. Sintió el roce del
material en las piernas mientras lo subía, y dejó la mitad superior del vestido
arrugada alrededor de sus caderas. Ichigo se acercó a ella con los andares
propios de una pantera, sin dejar de observar sus pechos desnudos. Sus ojos
tenían un brillo posesivo, y esa fue la única advertencia que tuvo Rukia antes de
sentir la tormenta de su beso, las caricias de sus dedos... y el polvo de ángel que
empezó a filtrarse por sus poros.
Siguió besándolo cuando él hizo ademán de apartarse.
—Todavía no. —Se apoderó de su arcángel y disfrutó de su sabor hasta que lo
sintió en las venas, en el interior de sus células.
—Tú —dijo Ichigo contra sus labios cuando por fin lo liberó— me besarás así
esta noche.
Esa era una orden que estaba más que dispuesta a cumplir.
—Trato hecho.
Tras deslizar las manos por sus pechos, Ichigo alzó las dos bandas de tejido
que formaban el corpiño hasta sus hombros (después de cruzarlas por delante del
cuello) y empezó a hacerle una lazada en la nuca.
—Supongo —dijo Rukia, que se lamió los labios al sentir las contracciones de
sus muslos— que ahora y a no necesitaré maquillaje. —El polvo de ángel parecía
polvo de diamantes sobre su piel.
Después de asegurarse de que el nudo era seguro, Ichigo colocó una mano
sobre el plano firme de su abdomen y la besó en la nuca, que estaba despejada,
y a que Elena se había recogido el pelo en un moño. Había pensado en insertar
unos palillos en el peinado, pero su cabello era demasiado liso y escurridizo para
sustentar ese adorno. En lugar de eso, se había puesto una pequeña horquilla con
la forma de una flor silvestre.
Sencilla. Perfectamente equipada. Difícil de matar.
Había sido un regalo de Miyako, empaquetada junto al anillo que Elena le había
pedido a su mejor amiga. El ámbar procedía de un comerciante que le debía un
favor, y se trataba de una pieza específica que ella había visto en su colección
privada. Balli le había devuelto el favor por una cuestión de honor, pero Rukia
sabía que le había dolido. Por supuesto, en cuanto se enterara de dónde había ido
a parar su ámbar... Imaginar su rostro redondo arrugado en una sonrisa hizo que
Rukia se sintiera mucho mejor.
Los dedos de Ichigo juguetearon sobre su vientre, y el anillo emitió un
destello bajo la luz.
—¿Y tus heridas?
—Ya no hay nada de lo que preocuparse. —El muslo le dolía lo bastante
como para recordar el ataque de Anoushka, pero los cortes del brazo ya estaban
curados.
—¿Puedes moverte?
Rukia realizó un giro y extendió las manos hacia los cuchillos ocultos en las
vainas de cuero suave situadas en sus brazos... Esa noche había mandado el
protocolo al infierno y las llevaba al descubierto. La falda del vestido se separó
como si fuese líquida, como si estuviera sintonizada con cada uno de sus
movimientos. La cazadora le arrojó una daga al arcángel que la observaba.
Tras capturarla con una precisión letal, Ichigo se la lanzó de nuevo. Rukia la
guardó en la vaina del brazo antes de comprobar si sería muy difícil sacar la
pistola de la cartuchera que llevaba en el muslo izquierdo. No sería difícil.
—Sin problemas.
Cuando se incorporó, el vestido se acomodó perfectamente a su cuerpo, con
todas las aberturas ocultas en su elegancia.
—¿Qué probabilidades hay de que no tenga que utilizar mis armas esta noche?
La respuesta de Rafael fue de una claridad abrumadora.
—Los renacidos de Unohana recorren los pasillos.
