Harry Potter pertenece a JK Rowling.
Tokyo Ghoul pertenece a Sui Ishida.
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Este es un Fic con una Fem-Harry (llamada Artemisa, en esta versión), podríamos decir que es como otra versión del Fic "La Chica del Rayo".
Aquí Artemisa será un Ghoul (Estilo Tokyo Ghoul).
Aquí los padres de Artemisa, están vivos, y tiene dos hermanos menores.
Harem: Hermione Granger, Padma Patil, Daphne Greengrass, Susan Bones, Tōka Kirishima, Lily Potter y Stephanie (su hermana menor OC).
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Artemisa: The History of The Queen Ghoul
Capítulo 37: Movimientos de Luz y Oscuridad.
Dos niñas se encontraban paradas sobre un tablero de ajedrez, de cuadrados cafés y rojos.
En un lado estaba una chica de cabello negro, con sus ojos verdes.
Y del otro una chica de cabello blanco con su ojo izquierdo rojo y el derecho verde.
―Tienes miedo ―dijo la peliblanca.
―Quizás un poco, al menos ―dijo la pelinegra. ―Pero ya deberías de saber, que no te temo a ti ―sonrió a la otra.
La peliblanca devolvió la sonrisa. ―Y eso es algo que te agradezco. Soy la Artemisa Ghoul.
―Y yo soy la humana, es un placer ―dijo la pelinegra, para luego quedarse mirando a la peliblanca. ―Pregúntale a mamá, pero estoy casi segura, de que esto es una enfermedad... de una reina, o algo así.
La Ghoul (ahora peliblanca), tomó algunos de sus cabellos. ―Bien. Se lo preguntaré. Y mientras tanto... ―se sonrojó, susurró algo, que su contraparte humana, no alcanzó a escuchar.
― ¿Disculpa? ―preguntó la pelinegra.
―Di... dije... dije que... ―tomó aire. ―Lamento... haber arruinado tu vida.
La pelinegra avanzó, hacía la peliblanca, abrazándola. ―Nada de esto es tu culpa. No lo es, ni podría serlo. Nunca podríamos habernos esperado el sufrir aquel accidente en una visita turística, y los doctores no sabían que esos dos criminales eran de hecho Ghouls. Además, considero yo, que estamos tomándolo muy bien.
―Sí, supongo que nuestras vidas son buenas ―dijo la peliblanca.
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Al mismo tiempo, en Hogwarts Dumbledore suspiró derrotado en su despacho. Se encontraba leyendo la respuesta del Ministro, quien no creía que sus palabras, fueran suficientes para decir que realmente Voldemort había vuelto a la vida, pero así mismo no negaba que más de un Mortífago, claramente podría haber sido el culpable de la situación actual de Artemisa Potter. ― "Al menos esto" ―susurró, antes de apretar los labios y dejar la carta guardada. La puerta se abrió y vio entrar a Minerva McGonagall, junto a James y Lily Potter.
―Profesor Dumbledore, ¿hay algo? ―preguntó James preocupado.
―El Ministro no cree que mi palabra de haber visto a Tom volver a la vida, sea suficiente para declarar un Estado de Emergencia. ―Dijo Albus, antes de entrelazar sus manos. ―Cornelius parece creer... parece creer, que deseo tomar el puesto de Ministro, bajo cualquier pretexto o bajo cualquier engaño. ―Miró a James y Lily. ―Artemisa tiene poder político es La-Niña-Que-Vivió, si ella despierta y otorga su testimonio...
―Albus ―interrumpió Lily. ―Si Artemisa despierta, y logra pasar su terapia... si acaso ella, logra volver el año que viene, para continuar tus estudios, y sufre cualquier tipo de ataque o acoso, lo consideraré tu culpa, pues no hiciste nada, para evitar que MI primogénita, tuviera que competir en este torneo de mierda. Lo dejaré en tus manos, y hay de ti, si me entero de cualquier queja por parte de Misa ―con esas palabras, la pelirroja abandonó el despacho, al parecer solo fue, para decirle eso a Albus, y ya con su meta completada, no encontró ningún otro motivo para seguir allí. James, Albus y Minerva conversaron solo un poco, antes de que el director de Hogwarts, se quedara solo en su despacho, tratando de planificar su próximo movimiento.
Tener a La-Niña-Que-Vivió, inconsciente, siendo ella quien podría con su peso político, dar a conocer la verdad, de la resurrección de Voldemort, y lograr que Fudge viera la realidad; era algo que no le agradaba al anciano. ―Quizás... quizás no fue una buena idea, el permitir que Crouch siguiera con sus planes. ―Pensó enfadado, quien si bien había querido que Voldemort resucitara e iniciara una campaña de terror, ni se le había pasado por la cabeza, aquel holocausto de cadáveres y sangre, que encontraron en la mansión Ryddle. ―Había demasiados cadáveres, y yo mismo vi a Artemisa asesinando a esos dos... ¿debo acaso, de centrarme en Neville, y dejar a esa asesina de lado? ―Dumbledore tenía la idea de que cualquiera podía ser redimido, cualquiera podía ser reeducado, para ver las cosas como él las veía. Él había deseado atraer a los Mortífagos a la luz, con algo de paciencia, buenas palabras e indulgencia. Pero eso era imposible, si es que estaban muertos. Les había costado lo suyo, pero vieron que no solo eran dos los muertos, sino que encontraron a muchos más Mortífagos fallecidos, desmembrados y devorados, algo que él creyó que fue un acto de Artemisa, antes de que Voldemort la capturara nuevamente, y prosiguiera su tortura. Una tortura tan grande y sádica, que el estrés producto de la misma le provocó tener el cabello blanco y uñas negras.
Así mismo, estaba enfadado por las palabras de Fudge, quien lo culpaba a él, de la mala impresión que se llevaron los alumnos de Durmstrang y Beauxbattons de Hogwarts, creyendo firmemente, que todas las cosas extrañas, ocurrieron para humillarlos, y ahora mismo, El Profeta se preguntaba, si acaso lo mejor sería, que Dumbledore saliera de sus puestos de poder.
¿Quiénes se creían que eran, para sugerir algo así? Él era Albus Dumbledore, el mago más grande y poderoso desde Merlín.
Pero solo necesitaba ser paciente.
Solo necesitaba esperar, hasta que Tom decidiera moverse, y reiniciar su campaña de terror, momento en el cual todos verían que él decía la verdad, y vendrían a él, en busca de orientación.
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En la mansión Potter, James, Remus y Sirius, estaban entrenando a Hermione Granger, las hermanas Patil, Daphne Greengrass, Susan Bones, y a Stephanie y Thomas, pues no podían evitar sentirse culpables, del estado actual de Artemisa, y deseaban hacer algo, por muy poco que pudiera resultar ser.
James aceptó, pues vio en aquellas chicas, y en sus hijos, como todos sabían que una guerra estaba por estallar. Y todos acabarían en medio del fuego cruzado. Lo mínimo que podía hacer, era ayudarlos, de la forma que ellos se lo pedían.
Así mismo, Lily trataba de estar al pendiente de todo y de todos.
Quería contentar a sus hijos menores y a su esposo, estando en casa para ellos, pero al mismo tiempo, quería estar todo el día y a toda hora, en San Mungo, al pendiente de Artemisa.
―Hey, cariño ―le dijo James Potter un día, sonriéndole. ―No tienes por qué estar en la casa, si no quieres. Aunque reconozco el peligro, de que Voldemort esté ahora allá afuera, entiendo que, para ti, es muy importante visitar a nuestra pequeña. ―Bajo su tono de voz, convirtiéndolo en un susurro. ― "Yo, estoy intentando que Thomas y Stephanie, no se sientan aislados, así que es por esto, que siempre me quedo en casa, ve a San Mungo, pero por favor: hazlo por medio de la Red Flu, no sabemos cuándo algo malo pueda ocurrir" ―Lily asintió y se fue, por medio de las llamas verdes.
Los días se convirtieron en semanas.
Las semanas, en los primeros dos meses del coma (o la inconsciencia) de Artemisa Madelyne Potter, y era de esto de lo que hablaba El Profeta, todo el día a todas horas.
Pensando que podrían ser atacados, Albus les pidió a los Potter, mudarse de la Casa Boleskine, a la casa del Valle de Godric.
Pero la familia Potter, comenzaba a desconfiar de Albus: tanto por haber obligado a su hija a participar en el torneo, incluso cuando se supo quién era el culpable, como por creer que estaba inmiscuido en todo esto de alguna forma.
Después de todo, ¿a quién sino al héroe, volverían todos, su mirada, cuando apareciera el monstruo?
Creían que la resurrección de Voldemort, fue una estratagema del propio Dumbledore, para subir nuevamente en las encuestas, para volver a su pedestal de poder e importancia.
Y el Ministro Fudge pensaba casi igual, así que ya estaba planificando, como comenzar a moverse, en contra de Albus Dumbledore.
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Al mismo tiempo, Voldemort estaba con los pocos Mortífagos que lograron escapar a la masacre causada por Artemisa Potter, en la casa de los Ryddle. Había desarrollado un tic nervioso: rascarse la sección que unía el hombro y el cuello, fue allí donde recibió un poderoso mordisco de su enemiga.
Una enemiga que no era humana, y a la cual comenzaba a creer, que había hecho mucho más brutal de lo que ya podría haberlo sido. ― ¿Qué era ese brazo rojo, y esa cola? ―se preguntaba Voldemort, casi cada día, los cuales comenzó a gastar en amplias y complejísimas investigaciones una y otra vez, en los libros sobre criaturas mágicas, que tenía a la mano. Pero no encontraba nada que se pareciera a esa criatura en la cual Artemisa Potter se vio transformada. ―Al menos... al menos pude lastimarla, aunque fuera un poco ―pensó, al recordar el cabello blanco y las uñas negras. Negó con la cabeza. ―Severus dijo, que no logró escuchar la profecía completamente, pues el hermano de Dumbledore, le ordenó irse. Quizás... quizás fue allí y en ese punto, donde fracasé al intentar matarla. Necesito la profecía, pero también necesito... aumentar mis filas. ―Pensó, mientras salía de la biblioteca Avery.
