Yami se volteó sobre su cama, quedando de cara al techo. Ya no tenía sentido seguir dándole la espalda a Tea: ella estaba profundamente dormida. Y además, apostaba a que ni se había percatado del momento en que él se acostó.

Lo cierto es que no lograba conciliar el sueño. El motivo no era que el Torneo de Justas del condado comenzaría en dos días. Jamás había sufrido ni antes, ni durante ni después de una competición.

Los que sin dudas debían de estar sufriendo los días previos eran todos esos contrincantes que tarde o temprano, en la tela, caerían rendidos a sus pies. Ó, literalmente, a los pies de su caballo.

Lo que realmente lo preocupaba era su reciente discusión con Téa, porque ella se había negado una y mil veces a tener una simple consulta con Shaadi para salir de dudas.

Y en ese tire y tire y ninguno afloje, fue él mismo el único que salió perdiendo. El tiempo transcurrió rápidamente y cuando quise ver ya era la hora de la cena. La visita tendría que esperar hasta el día siguiente.

A regañadientes se había sentado a cenar. Durante toda la comida no le dirigió la palabra a su mujer. También evitaba cruzar miradas. Era evidente su malestar porque no podía comprender tanta resistencia. ¿Por qué se había encaprichado así?

Y al rato ocurrió de nuevo: Téa se levantó de su silla repentinamente y se despidió del resto, excusándose con que estaba cansada. A continuación subió las escaleras mecánicamente y se encerró en su cuarto.

La situación para Yami se asemejaba a un deja vecú. En ese momento, aparte de sentirse alarmado, había comenzado a tener miedo. Aunque estaba claro que era absurdo, porque aún no sabía de nada a lo que debiera temer.

Una parte de sí mismo quería convencerse de que no estaba ocurriendo algo extraño, como el resto de su familia, que no encontraba chocante aquella actitud de Téa. Como su abuelo, que al notar su confusión durante la cena le preguntó si se encontraba bien, pero nada insinuó sobre ella.

Había asentido, aunque la verdad era que se sentía mal: desorientado, confundido...

Abandonó sus reflexiones al notar como Téa se volteaba lentamente. Su mujer hizo a un lado las sábanas y se paró.

"¿Qué sucede?" quiso preguntar, pero se quedó con las ganas. No podía separar los labios, ni siquiera emitir un gemido. Y cuando trató de levantarse, tampoco lo logró. No era capaz de moverse, estaba paralizado.

Y desesperado. Pero nada pudo hacer cuando vio a Téa asomarse al balcón. Y mucho menos cuando ella volvió a entrar en la habitación, abrió la puerta y salió, encerrándolo y dejándolo completamente solo.

Seto estaba en su cuarto, repasando una y otra vez las cuestiones que debía resolver pronto. Para su desgracia, la mujer de su primo arribaría a Cheshire al día siguiente. Posiblemente podía mantenerla alejada de su hermana por unos días, impidiendo que Shaadi la examinara. Sin saber a ciencia cierta si Téa estaba sana, el único médico del condado no podría desmentirlo.

Tal vez, con ello, aquella mujer se mantuviera apartada por un tiempo de su castillo. Aunque todo resultaba incierto. Necesitaría de suerte para que esa idea funcionara, y al mayor de los Condes de Chester no le resultaba fácil confiar en su suerte.

Suponiendo, de todas formas, que su pseudo—plan se concretara: ¿Cómo impedir que Rouxx Anne se cruce con Yami o con Mokuba en la tela? No podía evitar que la viuda de Devlin presenciara el Torneo, y menos aún que su cuñado compitiera.

Por lógica, estaba convencido de que había infinitas alternativas para alcanzar su objetivo. Lamentablemente, aún no se le ocurría ninguna, y le quedaban muy pocas horas.

Se distrajo unos instantes al oír pasos afuera de su dormitorio, por el pasillo. Pensó que podía ser Mokuba yendo al baño, o tratarse de Salomón bajando a la cocina para comer a escondidas las cosas que Shaadi le había prohibido; e incluso esa chica tratando de escapar de nuevo.

Al pensar en esto último, salió de su alcoba para corroborar cuán equivocado estaba suponiendo esas cosas.

Ya en el hall, se dio cuenta de que no había nadie más. Caminó hacia la otra habitación y abrió un poco la puerta, tratando de hacer el menor ruido posible. Respiro aliviado al verificar que su última hipótesis era incorrecta. Ella se encontraba durmiendo tranquilamente.

Había sido totalmente absurdo suponer que trataría de huir de nuevo. Él la había convencido definitivamente de que lo mejor era permanecer en el castillo. Además, ¿por qué una persona que no tenía nada, como ella, preferiría largarse en vez de permaneces en un lugar como ese, lleno de comodidades?

Regresó a su cuarto más sereno. Sin dudas, ella se quedaría por mucho tiempo más.

Cuando ya estaba tapándose con las sábanas, oyó como las puertas principales del castillo estaban siendo abiertas. Y luego, cerradas.

—Imposible— murmuró irritado mientras se dirigía al balcón.

Yami oyó los ruidos temiendo lo peor. ¿Habría sido Tea saliendo del castillo?

Cerró los ojos y respiró profundo tratando de calmarse. Porque inmóvil, mudo y paranoico no iba a ser capaz de hacer nada.

Ojalá todo fuera una pesadilla de la que despertara pronto.

Asomado a la terraza, Seto vio a su hermana en medio del jardín, de cara al bosque. Desde donde él se encontraba no podía ver su rostro para corroborar si acaso ella había llegado hasta ahí sonámbula. Aunque nunca antes había actuado así.

"Quizás no está enferma, está loca" consideró.

— ¡Tea!— gritó, pero su hermana no le prestó atención—. ¿Qué haces?— insistió.

No había caso, no reaccionaba. Iba a tener que salir a buscarla y perder un tiempo que realmente necesitaba.

De repente, vio una extraña sombra negra salir del bosque y avanzar a donde Téa estaba. Parecía una nube de humo, que no era sólida, pero lucía una vaga silueta humana. Y hacía unos sonidos insoportables, como si provinieran de su lado.

Apenas miró a un costado, una bandada de murciélagos se abalanzó sobre el mayor de los Condes de Chester.

A manotazos, Seto se abrió camino de nuevo a su dormitorio y logró cerrar las ventanas. Definitivamente tendría que ir a buscar a su hermana afuera, y rápido. ¿Acaso Yami no se había dado cuenta de nada?

Salió al pasillo corriendo. Mientras tanto, se continuaba oyendo el ruido de los animales chocar contra las paredes.

Cuando estaba por alcanzar la escalera, se vio nuevamente rodeado de murciélagos, que ahora veía eran negros y de ojos verdes todos, y no lograba comprender de dónde habían salido en tanta cantidad.

Trató de avanzar como pudo, apenas podía ver. Lo que sí sintió perfectamente fue como un par de manos frías se posaban en su espalda y lo empujaban escalera abajo.

Peldaño tras peldaño, trató de agarrarse pero no logró aferrarse a nada. Rodó una y otra vez, golpeándose en todas partes.

Hasta que notó que ya había alcanzado el final.

Agitado, trató de levantarse y abrió los ojos, considerando un milagro que aún permaneciera consiente. Pero al observar alrededor, se dio cuenta de que estaba en su propia cama, bajo las sábanas, y que, aparentemente, todo había sido una pesadilla.