36

Los perturbadores sonidos de los gaiteros lanzando al aire su estremecedor lamento por su jefe moribundo resonaban por los oscuros pasillos. Las palabras de Patrick MacGrimmon expresaban la angustia de todo un clan.

Mi gaita dame y a casa me iré,

este triste suceso de pesar me llena

mi gaita dame, mi corazón llora,

mi Albert Mor, mi Albert Mor.

Parecía que todo el castillo viviera a la espera durante meses, aunque en realidad solo pasaron unos días.

Unos días interminables a la espera de que la fiebre y la infección siguieran su terrible curso.

Unos días interminables rogando a Dios que se lo llevara, para poner fin a su insoportable dolor.

Unos días interminables rogando a Dios que se la llevara, para no verlo sufrir.

Al final, no se llevó a ninguno de los dos.

Por algún milagro, Albert sobrevivió al encontrar la fuerza necesaria para derrotar a la fiebre.

Candy no olvidaría nunca aquellos angustiosos días cuando pensaba que quizá lo perdería. Tampoco olvidaría la infinita alegría que sintió cuando, por fin, él abrió los ojos y su lúcida mirada azul cielo, fuerte y firme, se encontró con la de ella.

Él la miró largamente y le ordenó con una voz asombrosamente fuerte y resonante:

—Vete a descansar. Ahora.

Candy nunca pensó que se alegraría tanto de oír aquella voz inflexible dándole órdenes. Sin hacer caso de sus instrucciones, apoyó la cabeza en la cama y lloró de alivio. Cediendo por un momento, Albert le acarició suavemente el enmarañado cabello. Pero cuando sus lágrimas se secaron, Candy se vio obligada a abandonar su cabecera, con la prohibición de volver antes de haber comido y dormido.

En las largas semanas que siguieron, Candy cuidó a Albert durante su recuperación, y su felicidad solo fue atemperada por el hecho de saber que todavía podía perderlo. Él la quería, pero aún no le había prometido que se casaría con ella. Cada día que pasaba era como el tañir de una campana que le recordaba que se acercaba el momento de rendir cuentas. ¿Seguiría adelante Albert con el repudio? Su silencio sobre el asunto de su futuro juntos solo confirmaba sus temores.

Sentía en su mente el tremendo peso de la amenaza de su tío de contarle a Albert su traición. Sleat actuaba con el único propósito de destruir a los MacAndrew, sin que le importara su felicidad ni su seguridad. No tenía ninguna duda de que mantendría su promesa si no le llevaba la bandera antes de que acabara el período de prueba de su matrimonio. Si es que esperaba tanto. Candy sabía que tenía que hacer algo respecto a su tío lo antes posible. Haría lo que fuera necesario para proteger su secreto hasta que estuviera segura de que Albert no la enviaba de vuelta a su clan; solo entonces se atrevería a enfrentarse a su enfado.

Albert le había dado su amor y su confianza, y ella no había sido completamente sincera con él. Debería habérselo dicho aquella noche, cuando estaba a punto de morir, pero estaba demasiado asustada. Su amor era demasiado frágil. Eran demasiadas las fuerzas que trataban de mantenerlos separados. Candy no tenía mucha experiencia en el amor ni tampoco tenía la seguridad de poder conservar el amor de un hombre como Albert. Las heridas de su pasado eran demasiado profundas para borrarlas con palabras pronunciadas ante la muerte... y no repetidas. ¿Cómo podía confiar en la fuerza de su amor cuando la amenaza del repudio colgaba como una guadaña encima de su cabeza?

Necesitaba conseguir tiempo. Tiempo para pedir a la reina que la ayudara en la disposición de Trotternish y tiempo para disuadir a su tío de romper el delicado vínculo de su amor. Pero ¿cómo podía satisfacer a Sleat sin traicionar a Albert?

La respuesta se le ocurrió de repente, mientras rezaba por la recuperación de Albert. Pony entró en la habitación con un viejo chal de seda alrededor de los hombros, y Candy tuvo la respuesta divina.

Ahí es donde lo había visto. La bandera que había vislumbrado a través de la puerta era idéntica al chal de Pony. Un plan se formó rápidamente en su cabeza. Escribiría a su tío y le diría que había encontrado la bandera. Pero, en lugar de la bandera, le daría el chal de Pony o, si su tío insistía en que su espía recuperara la bandera él mismo, las cambiaría temporalmente. Una vez que el espía de su tío se llevara la «bandera del Hada», Candy devolvería la auténtica a su sitio y le diría la verdad a Albert en cuanto fuera posible.

Había muchos riesgos, pero no se le ocurría otro medio de satisfacer a su tío que le permitiera quedarse en Dunvegan. Sin duda, la treta se acabaría descubriendo, pero para entonces habría ganado un tiempo precioso. Y esperaba que también para entonces el asunto del repudio estuviera resuelto con los votos matrimoniales. Unos votos que, a diferencia del compromiso a prueba, no se podían dejar de lado fácilmente. Ahogó el sentimiento de culpa por su engaño, diciéndose que, al final, todo se solucionaría.

Así que, casi un mes después del ataque, cuando Albert se había recuperado lo suficiente para asistir a las reuniones con sus hombres, Candy se sentó al escritorio para componer una carta cuidadosamente redactada a su tío y otra a la reina. Al apartar unos papeles a un lado, vio una carta que Albert había dejado sin terminar aquella misma mañana. El nombre saltó de la hoja: conde de Argyll. Leyó las palabras que confirmaban sus peores temores: «Estoy recuperado... debo veros para hablar de la alianza».

Todavía tenía la intención de seguir adelante y casarse con Annie Campbell. La información la hirió profundamente. Pero también hizo que estuviera segura de que hacía lo acertado. Reprimiendo el impulso de estrujar la ofensiva misiva y hacer una bola con ella, Candy la puso cuidadosamente a un lado y empezó las cartas que le proporcionarían un tiempo precioso.

Aunque se sentía irritantemente débil después de semanas confinado en la cama, Albert estaba ansioso por volver a asumir por lo menos algunos de sus deberes. No era solo los continuos mimos de las mujeres lo que le ponía nervioso, aunque también contaba, pero es que, además, mientras se curaba su herida, Albert había empezado a poner en práctica su plan. Podría ser una solución a todos sus problemas, una solución que le permitiría casarse con Candy y cumplir con su deber para con el clan. Pero incluso si fracasaba, Albert sabía que nunca podría dejar que se marchara. Era hora de informar a sus hombres de su decisión.

Con cuidado de que su herida no se abriera de nuevo, Albert bajó lentamente a la biblioteca, porque Candy lo había amenazado con hacerle daño de verdad si trataba de dar un paso fuera de la torre del Hada. Sin embargo, se negaba a celebrar un consejo con sus hombres en su habitación. Anthony, Archie y Tom ya lo estaban esperando. Albert se alegró al ver que Tom se había recuperado de las heridas sufridas a manos de los Mackenzie. Otros dos de sus hombres no habían tenido tanta suerte, aunque sabía que podía haber sido peor. Fue Tom quien se había dado cuenta de que un grupo de los Mackenzie seguía a Albert a través del bosque. Los había perseguido, frenando a los atacantes y permitiéndole escapar. Una vez que Albert, Anthony y Candy habían desaparecido dentro de las rocas, los Mackenzie habían huido, evitando más heridos.

Pero no eran los Mackenzie los que preocupaban a Albert en esos momentos. Era la reacción de sus hombres justo cuando acababa de hablarles de su plan.

—Es un buen plan-dijo Anthony—. Pero ¿crees que el rey lo aceptará?

—Jacobo se ha mostrado reacio a intervenir en las disputas de tierras entre los clanes-dijo Albert—. Pero mi propuesta de ceder Trotternish a los MacAndrew como parte de la dote de Candy le da a Jacobo la oportunidad de solucionar el asunto sin tener que decidir, realmente, sobre los méritos de la disputa.

Anthony asintió.

—Algo que el rey preferiría no hacer, ya que se resiste a elegir entre Sleat y tú. Jacobo se lanzará sobre el camino fácil. Una dote es perfecta.

—Pero Sleat nunca lo aceptará-señaló Tom.

Albert se encogió de hombros.

—No importa. Para entonces la idea ya estará en la cabeza de Jacobo. Además, para empezar, fue Sleat quien propuso que Candy fuera mi esposa. No se habló de su dote cuando acordamos un compromiso a prueba, pero en el caso de matrimonio la dote se da por sentado.

—Argyll se pondrá furioso si rompes la alianza. ¿Te puedes permitir que se enfade? Quizá no se muestre tan dispuesto a interceder por ti en nuestro beneficio en el futuro-dijo Tom.

—Encontraré la manera de aplacarlo. Y cualquier pérdida de apoyo por parte de Argyll en la corte se verá compensada con el apoyo que ganaremos-respondió Albert—. Sin duda, la amistad de Candy con el rey y la reina es tan beneficiosa como la influencia de Argyll.-Verla actuar como anfitriona en la asamblea de las Highlands le había hecho comprender que tener a Candy como esposa sería un activo en la corte. Albert solo lamentaba no haberse dado cuenta antes.

Archie asintió, mostrándose de acuerdo.

—Olvidas, Tom, que la he visto en la corte. Te puedo asegurar que Candy está muy bien relacionada con la casa real. Era la favorita de la reina entre las damas y también una de las favoritas del rey.

—Está hecho-dijo Albert—. Ya he escrito al rey.-Hizo una pausa—. Y a Argyll.

Anthony se limitó a hacer un movimiento negativo con la cabeza, pero Albert sabía lo que pensaba. Una alianza con Argyll les habría garantizado, prácticamente, la devolución de sus tierras. Si el plan de Albert no daba resultado, los MacAndrew perderían Trotternish. Al decidirse a romper al acuerdo con Argyll, antes de estar seguro de qué decidiría el rey, Albert había puesto su amor por Candy por encima del bien del clan.

Tendría que asegurarse de que su plan no fracasara. Pero justo en aquel momento, si no quería desplomarse delante de sus hombres, tenía que volver a la cama. Su corta salida había minado sus fuerzas. Candy tenía razón, aunque él nunca lo reconocería. Ella no dejaba de dar vueltas a su alrededor, como si fuera a desaparecer en cualquier momento. Pero Albert comprendía sus temores. Y eso era lo que lo había llevado a celebrar el consejo.

Sabía que Candy estaba profundamente preocupada porque no le había dado seguridades sobre el futuro de los dos, pero en cuanto resolviera la situación con Argyll y recibiera noticias del rey, podría eliminar las arrugas de preocupación que estropeaban la lisa piel de su frente. Pronto.

Era una hermosa mañana de junio, uno de esos días claros y sin nubes con el que se sueña durante los oscuros y deprimentes días del invierno. Albert estaba de pie junto a la ventana de su habitación, acabando los preparativos de la mañana. Aunque ya hacía semanas que había abandonado la cama, aquel día volvía a la práctica con la espada por primera vez desde su herida, y Candy estaba nerviosa. Un rugido procedente del patio atrajo su atención. Sonrió, dando la bienvenida a los clamorosos ruidos de vida que habían estado notoriamente ausentes mientras Albert se recuperaba.

—¿Estás seguro de que ya puedes reanudar tu entrenamiento, Albert? No han pasado ni dos meses desde que te hirieron-dijo Candy, incapaz de ocultar la preocupación que sentía.

Albert se echó a reír y respondió burlón:

—¿Sabes?, ahora tengo un sano respeto por Anthony, por soportar como lo hizo las atenciones constantes de tres de vosotras. Me considero extremadamente afortunado de que Pony haya estado muy ocupada con los hijos de Robert, de lo contrario estoy seguro de que se habría unido a Pauna y a ti en vuestros incesantes mimos. Si sigo encadenado a esta torre mucho más, quizá acabe siendo incapaz de sujetar mi propio plaid con el cinturón.

—¡Desgraciado y desagradecido!-Las manos de Candy habían ido a apoyarse en su cintura—. Pauna y yo te hemos permitido muchas más cosas de las que pensábamos que te convenían porque sabíamos que, a cada paso, te resistirías a todo lo que era bueno para ti. Decididamente, eres un paciente horrible, Albert MacAndrew. ¿Es necesario que te recuerde las segundas fiebres que padeciste por levantarte de la cama demasiado pronto el mes pasado? Somos Pauna y yo las que tendríamos que quejarnos por tener que ver esa cara de mal humor todo el día.

Albert sonrió ampliamente ante la fingida actitud ofendida de su postura.

A Candy, el corazón le dejó de latir por un momento, como siempre le sucedía al ver aquellos hoyuelos que ahora aparecían tan fácilmente. Era difícil creer que no hacía tanto era tan hosco como el vikingo de Pauna. Candy frunció el ceño. Había algo que preocupaba a Pauna desde hacía un tiempo. Había supuesto que era lo cerca de la muerte que estaba su hermano, pero ya no estaba tan segura.

Albert casi había recuperado su aspecto de siempre, pero ¿estaba realmente preparado para hacerse cargo de sus deberes de nuevo? Reconocía que parecía estar mejor que en muchas semanas, pero las señales de su larga enfermedad seguían siendo visibles. Había perdido mucho peso. Solo su estatura haría que siempre fuera un hombre imponente, pero la pérdida de peso le daba una delgadez hambrienta y salvaje que no podía decir que fuera desagradable ni poco impresionante. Sus músculos, todavía poderosos, parecían más tirantes y tensos que antes. Había dejado que le cortaran el pelo y lo afeitaran, y aunque había perdido buena parte de su anterior y perpetuo bronceado, lo recuperaría en cuanto reanudara sus actividades normales.

La herida de su vientre había cicatrizado bien gracias a los bálsamos aplicados por Deidre, pero conservaría una gran cicatriz en el lugar donde la flecha había abierto aquella enorme brecha en su piel. Lo que preocupaba a Candy era que la herida pudiera abrirse de nuevo cuando volviera a pelear.

Sabedor de su preocupación, Albert se puso serio.

—Estaré bien. No te preocupes; sé lo cerca que he estado de la muerte. No me arriesgaré a otras fiebres. Pero por si no te acuerdas, anoche no pusiste en duda que me había recuperado por completo.

Ella se sonrojó al recordar lo apasionadamente que habían hecho el amor la noche anterior; la primera vez que compartían cama desde la noche antes del accidente.

—Desvergonzado. Qué típico de un hombre medir el estado de su salud por sus proezas entre las sábanas. Muy bien, pues, vuelve a tus prácticas con la espada, pero si no regresas dentro de unas horas, enviaré a Pony a buscarte.

—Con una amenaza así, ¿cómo podría negarme?-Todavía sonriendo, la abrazó y la besó con exigencia.

Embriagada al instante al notar su sabor, Candy notó que el deseo le inundaba todo el cuerpo. Cómo le gustaba sentir sus labios sobre los de ella. Una única noche haciendo el amor no podía sofocar el poderoso fuego que ardía entre los dos, alimentado por semanas de abstinencia. Notó que la sangre se le subía a la cabeza; el calor se le extendió por todo el cuerpo mientras su lengua le recorría la boca.

No había nada seductor en su beso, nada juguetón. Los labios de Albert se movían, apremiantes, sobre los suyos, abrasándola con su ardor. Él sabía lo que quería y ella también. Su propósito común era evidente mientras sus cuerpos se movían con una maravillosa familiaridad. El cuerpo de Candy se apretaba tenso contra su dureza, y sus suaves curvas se amoldaban a él de forma instantánea. Notó la presión de su cadera sobre la suya. La lengua se introdujo más profundamente y su mano se movió decidida hacia su corpiño.

—Albert, ¿te vienes o no?-gritó Anthony desde abajo.

La boca de Albert se apartó de la suya y la cordura volvió lentamente, desde el interior de la niebla de la pasión. La respiración de los dos recuperó su ritmo. Al cabo de un momento, cuando pudieron considerar las palabras elegidas por Anthony, estallaron en carcajadas al mismo tiempo. Albert enarcó una ceja, planteando la posibilidad.

Candy dijo que no con la cabeza.

Tenía algo muy importante que hacer, y cuanto antes lo hiciera, mejor.

—Luego. Esta noche acabaremos lo que hemos empezado, Albert. Ahí abajo, los leones están hambrientos. Vete antes de que vengan a cazarte-dijo burlona.

A regañadientes, la soltó.

—Me parece que voy a decirle un par de cosas a Anthony sobre las interrupciones.-Le dio un suave beso de despedida en la frente, ansioso ahora por reunirse con los demás guerreros.

Candy miró cómo se marchaba, admirando la fuerza y el orgullo de su porte. Era un guerrero de las Highlands en cada pulgada de su cuerpo, algo asombroso para un hombre que había estado tan cerca de la muerte hacía menos de dos meses. Una sensación de gozo inexplicable la inundó. Tener el amor de un hombre como Albert era sobrecogedor. Debía hacer todo lo necesario para conservarlo.

Se sentó al borde de la cama y se puso la mano en el estómago, luchando contra una súbita sensación de náusea. Desde hacía dos semanas experimentaba extrañas rachas de mareo, provocadas sin duda por la tensión.

Aquella era la oportunidad que había estado esperando para echar una mirada de cerca a la bandera. Sleat le había advertido que no tratara de engañarlo, y ella sabía que pronto le enviaría instrucciones. Tenía que estar preparada. Tenía que estar segura de que el chal de Pony podía superar la inspección de alguien que conociera la bandera.

Un rugido de entusiasmo resonó desde el patio, al unirse Albert a sus hombres. Respiró hondo. Era el momento. Candy temblaba de nerviosismo. «Acaba de una vez». Con cautela, fue hasta la puerta, se detuvo a escuchar para asegurarse de que no venía nadie. Al no oír ningún ruido, abrió la puerta y miró por el pasillo. Todo despejado.

Lentamente fue hasta la cama, metió la mano por detrás hasta encontrar el pomo de madera de la talla que Albert le había descrito a Anthony. Lo encontró fácilmente, lo hizo girar y metió la mano debajo de la cama para buscar el cajón abierto. La caja de metal grabado era más pesada de lo que había pensado. Utilizando las dos manos, la puso encima de la cama y apretó la insignia de los MacAndrew. La cerradura cedió con un pequeño chasquido y pudo levantar la tapa.

El polvo y el olor a humedad le cosquillearon en la nariz. Se la frotó, para no estornudar. La famosa bandera del Hada estaba dentro de la caja, cuidadosamente doblada. Con reverencia, la sacó, dejando que los suaves pliegues se desplegaran encima de la cama. Bueno, por lo menos no la había alcanzado un rayo. Ya era algo. Había tocado la bandera y seguía viva.

Ahora el chal. Por suerte, Pony le había regalado el viejo chal sin apenas enarcar las cejas. Lo sacó de su cofre y lo sostuvo delante de la ventana, cerca de la bandera, para compararlo. Una súbita brisa que entró por la ventana alcanzó la delgada tela de seda y la hinchó como si fuera una vela. Asombroso. Era tal como recordaba. Podrían haber cortado el chal de Pony de la misma pieza de tela que la bandera, excepto que parecía un poco menos gastado. Con un tono ligeramente más oscuro, el dibujo carmesí y amarillo del chal era, en todo lo demás, idéntico al de la bandera. Podría engañar incluso a alguien que hubiera visto la bandera de cerca. Solo si estaban el uno junto a la otra sería posible diferenciarlos.

¡Podría dar resultado!

Con cuidado, restituyó la bandera a la caja y la devolvió a su escondrijo. Levantó el chal de Pony, dio media vuelta y lo guardó en el cofre. Acababa de cerrar la tapa cuando oyó una voz detrás de ella.

—¿Qué estás haciendo?

El corazón se le encogió al oír aquella voz dolorosamente conocida. ¿Cuánto tiempo llevaba allí? Se volvió para mirarlo.

El suficiente.

...

Hola chicas bellas. No se ustedes, pero yo termine este capitulo con el corazón en un hilo. Veremos que pasa.