Tan pronto como abrió los ojos, notó todo a su alrededor más claro, como si ya hubiera amanecido. Pero eso resultaba inverosímil; era de madrugada, Téa no estaba y él no se podía mover. O al menos de eso estaba convencido, hasta que levantó su brazo hacia sus ojos para cubrirse de la luz que lo estaba molestando.
Al notar que ya se podía mover, la idea de que nada había sido real, aunque estaba convencido de que sí, y de que Tea seguía durmiendo se le cruzó por la mente.
Pero lo cierto era que estaba solo, las sábanas del lado de su mujer estaban frías y las ventanas habían quedado abiertas.
No estaba muy seguro de qué pensar. Lo de anoche — o hace unos instantes — se había sentido tan real.
"Era real" se dijo mientras se levantaba, aliviado de que pudiera caminar. Nunca se había sentido tan impotente como esa noche. Si se había tratado de una pesadilla, cosa que prefería no creer aún, había sido la peor de su vida.
Salió al corredor con la intención de buscar a Téa, quien suponía que estaba en el jardín debido a los ruidos de la puerta esa noche.
En el camino se cruzó con Kaiba, que salía de su dormitorio también. Tenía una expresión que revelaba confusión. Ya eran dos, entonces.
— ¿Te encuentras bien?— le preguntó a su cuñado, por si las dudas.
—No sé... Tuve una pe... — se interrumpió al recordar que en su "sueño" Yami no había estado cuidando a su hermana. "Inútil" pensó.
Comenzó a sentirse incómodo al advertir la mirada de Yami, con el ceño fruncido, fija en su cabeza.
— ¿Qué me ves?— le increpó irritado.
— ¿Te golpeaste? — le preguntó Yami, curioso, señalando su frente.
—Claro que no...— terminó su frase dubitativo. ¿Qué veía Yami en su rostro? ¿Un moretón? ¿Una contusión, como si realmente se hubiera caído de la escalera?
El mayor de los Condes de Chester volvió a entrar en su cuarto y se quedó mirando en el espejo. Yami lo siguió, intrigado por su apariencia y su reacción cuando le preguntó.
Seto tenía un hematoma que recorría diagonalmente la mitad derecha de su frente. Se presionó la piel morada para corroborar que su vista no lo engañaba. Si ese golpe había sido real, entonces el resto también.
Se sacó la camisa de dormir de un tirón. Y descubrió entonces que todo su torso estaba magullado.
— ¿Qué te sucedió, Kaiba?
—Entonces no fue un sueño...— murmuró sin registrar la interrogante de su cuñado.
— ¿Sueño?— Yami comenzó a sospechar que ese "no sueño" de Kaiba estaba relacionado con su propio "no sueño"— ¿Qué tipo de sueño?— insistió, sin obtener respuesta de Seto— ¡Contéstame! — demandó finalmente.
Seto se encaminó al balcón, seguido del otro, y comenzó a relatar cómo había descubierto a su hermana en medio del jardín en plena noche, y sobre aquella figura extraña que vio acercándose a su hermana. Omitió los detalles que ni él mismo podía creer aún, como el absurdo ataque que recibió de una bandada de murciélagos o el par de manos que lo empujaron. Simplemente le dijo que cayó de la escalera por salir apurado, y que no recordaba nada más. No iba a quedar como un supersticioso frente a su cuñado.
Yami decidió no contar su propia experiencia, consciente de que la misma resultaría increíble, en especial para alguien como Seto. ¿Cómo explicar qué lo habían paralizado para atacar a su mujer? ¿Qué o quién era capaz de lograr algo así?
El relato de Seto, principalmente lo de la sombra incorpórea, le resultaba demasiado fantástico.
Sin estar seguro de que lo que había escuchado fuera totalmente cierto, inspeccionó el jardín desde la terraza, sin hallar rastro de Téa.
— ¿No notaste cuando salió?— Seto, sabiendo ahora que todo había sido real, estaba muy molesto con esa parte de la historia.
—Claro que sí...— Yami se molestó con la insinuación.
Ambos salieron de la habitación y descendieron las escaleras hasta la sala principal, donde Salomón bebía su infusión y Mokuba estaba listo para visitar la Tela de una vez por todas. Sin prestarles mucha atención, salieron del castillo para explorar la parte del jardín que no se veía desde el dormitorio de Seto. No lograron encontrarla en ningún rincón dentro de las murallas, por lo que se separaron. Seto se adentró en el bosque y Yami se dirigió a la ladera menos empinada del monte de Beeston, luego de este argumentara que Seto no estaba en condiciones de atravesar todos los peñascos que encontraría por ese camino. Incluso para él mismo sería muy riesgoso.
Mientras cruzaba el puente levadizo que se extendía sobre la fosa, rogaba encontrar a su mujer sana y salva. El corazón le dio un vuelco cuando, unos metros antes de alcanzar la barbacana, vio a Téa desmayada sobre el césped, en una de las orillas del foso. Recorrió la distancia que los separaba en un instante. Al llegar junto a la joven, constató que respiraba con normalidad y simplemente estaba inconsciente. Un poco más relajado, la cargó en brazos para regresarla al castillo, no sin antes registrar con un vistazo alrededor que no había indicios de lo que había ocurrido.
Un par de horas más tarde Seto se dirigía al juzgado del Condado, molesto con todo lo sucedido, porque al fin y al cabo no había tenido tiempo suficiente para ajustar su plan. Claro que estaba aliviado de que su hermana se encontrara a salvo, aunque no lo admitiría en voz alta ni bajo tormento. Una vez más habían acudido a Shaadi para que la revisara, y el médico les indicó que se encontraba bien, aunque muy débil. Sugirió que podían tratarse de síntomas de una anemia. Cuando Yami le comentó como ella había salido del castillo sin estar consciente, Shaadi se limitó a aseverar que debía ser sonámbula. Nada más. Y ninguno de ellos se atrevió a profundizar en el resto de la increíble situación que habían experimentado.
Posteriormente, Kaiba abandonó el castillo junto al doctor, aprovechando el momento para tratar de convencer a Shaadi de una vez por todas. Fue en vano.
Y allí estaba, recorriendo el sendero que llevaba a la entrada del magistrado. Afuera, dos oficiales custodiaban la entrada. Ambos lo saludaron con un leve movimiento de cabeza, al que Seto no respondió.
En el resto del lugar estaba vacío, a excepción obviamente de la oficina de Crawford. Sorprendido por la falta de personal, Seto se adentró en la pieza. Pegasus estaba de espaldas, observando a través de la ventana nada en particular, aunque el mayor de los Condes de Chester no podía percatarse de ese detalle.
—Veo que aún no ha llegado— comentó, logrando que el hombre de larga cabellera blanca se sobresaltara. Pegasus se volteó asintiendo.
— Joven Kaiba, buenas tardes— saludó mientras tomaba asiento dejando atrás sus preocupaciones personales para atender los asuntos más a mano—. La condesa arribará en cualquier momento.
Observando más detenidamente al muchacho, Pegasus notó la contusión que tenía en la frente. Pero antes de que pudiera decir algo al respecto, Seto habló.
— ¿Dónde diablos están todos tus hombres?— preguntó el más importante de los nobles del condado, mientras tomaba asiento frente a Crawford. En otro momento hubiera permanecido de pie junto a la puerta, deseando largarse, pero se encontraba demasiado cansado y le dolía todo el cuerpo. De todas formas deseaba largarse también.
—Están en la frontera— explicó Pegasus sin darle mucha importancia—, atendiendo una misión urgente.
—Solo tienes dos oficiales para todo el condado— le recordó Kaiba, incrédulo ante la despreocupación con la que Crawford se tomaba el asunto.
—Exacto. Pero están tras una criminal muy peligrosa, y es prioritario atender esa cuestión. Cualquiera que se cruce en su camino podría estar en peligro. Se escapó de aquí, por lo que debemos responsabilizarnos y actuar de todas las formas que estén a nuestro alcance para capturarla de nuevo— se justificó, quizás revelando más de lo que le convenía.
— ¿Tan peligrosa es?
Seto no pudo calmar las especulaciones que se generaban en su mente al escuchar aquellos datos. Tantas coincidencias resultaban increíbles.
—Ni te imaginas— afirmó secamente Pegasus.
Y lo cierto es que Seto no imaginaba en qué forma aquella mujer, si efectivamente Crawford se refería a ella, podría resultar una amenaza.
