Disclaimer: BNHA y sus personajes, no me pertenecen.
Summary: Bakugo Katsuki iba en contra de los intereses de su familia y nunca estuvo verdaderamente interesado en heredar la empresa de su abuela, él hacia su vida a su modo. Pero cuando su cuenta es congelada y su departamento alquilado, necesitará la ayuda de la nueva inquilina para jugar fuego contra fuego contra su familia... Claro, si sobrevivía al infierno que implicaba convivir con él.
Aclaratoria: Ésta es una obra propia y todos los derechos son reservados.
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CHAPTER LIII: La estrella.
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La fresca noche del 23 de diciembre la hizo juntar sus manos desnudas entre ellas y acercándolas a sus labios, fue dándoles calor con su propio aliento. Tomó su abrigo lo más pronto que pudo para seguir a Katsuki fuera del departamento pero no puso real atención en sus propias manos, solía usar guantes de tela para aplacar el frío que subía por sus dedos hasta tornar azules sus uñas.
Entonces vio las grandes y desnudas manos de Katsuki tomando las suyas entre ellas, el sencillo tacto del hombre la hizo entrar en calor porque todo en él era fuego. Lo vio abrazando sus pequeñas manos entre las suyas y de a poco, el frío fue historia olvidada. Ella no pudo evitar sonreír al verlo concentrado en darle calor y es que ella ya casi no necesitaba decir mucho para que él notara lo que ella necesitaba. Katsuki era un hombre atento cuando quería serlo.
―Podrías habérmelo consultado antes de tomar una decisión ―inició Katsuki y Ochako bajó la mirada a sus manos siendo calentadas por las de su novio―. Somos un equipo, Ochako. Vivimos juntos. No puedes traer a una niña por tu cuenta como si mi opinión no contara.
―No es así, Katsuki… Sé que somos un equipo pero no tuve opción. Además, sólo será hasta navidad…
―¿Y qué sucede con nosotros? ―Preguntó él, mirándola―. Nuestro tiempo juntos. Traes a una niña extraña a pasar tiempo con nosotros. No la conocemos; ni siquiera Toga sabía de ella.
―Escucha, no tuve opción, ¿de acuerdo? ―Repitió Ochako frunciendo su entrecejo sin dejar de mirarlo―. Toga-san tampoco sabía de ella, es cierto, pero no podemos darle la espalda, Katsuki… ―Ochako dejó escapar un suspiro―. Has visto sus ojos, ¿no es así? Puedes leer el terror en ellos. Tiene cicatrices de quemaduras y golpes. ¡Tiene apenas once años! Por favor, sólo piensa en el infierno que alguien tan joven como ella ha pasado… Katsuki, no podemos dejarla.
Bakugo aspiró profundo y dejó escapar un suspiro, se sentía como si estuviese entre la espada y la pared, sin saber muy bien qué hacer pero algo no podía escapar de su mente y era sobre lo que Ochako dijo: esa niña ha pasado un infierno. Tenía razón, no pudo evitar encontrar el miedo en los ojos de la niña que tuvo delante suyo por tan poco tiempo y sí, las cicatrices en los brazos y las piernas fueron visibles hasta para él.
―Bien ―finalizó Katsuki―. Será hasta Navidad, hasta que Toga regrese.
Ochako besó sus labios con dulzura y él se dejó ablandar un poco por ellos.
―¿Estás molesto conmigo? ―Preguntó Ochako entonces. No hacía falta preguntar porque ella ya sabía la respuesta, a pesar de eso, ella lo hacía, así como algunos preguntamos lo obvio muchas veces para fingir que la realidad es otra.
―Contigo no ―respondió sin mirarla. Lo vio acercando sus manos a sus labios y el tacto de éstos contra sus yemas la hizo sonrojarse como una adolescente―. Lo estoy con Toga porque te llamó a ti sabiendo que si me llamaba a mí, yo la rechazaría.
―Katsuki, es sólo una niña…
―Es la hija del hombre que casi me llevó a la ruina ―respondió él, tajante.
―Pero de igual manera, te deshiciste de ALC. ―La mirada entre ambos era intensa, principalmente porque Ochako le decía todo lo que él ya sabía pero prefería ignorar cuando se trataba de recordar todo lo que ocasionó Chisaki Kai―. Katsuki, no puedes culpar a una niña por los errores de su padre… Así como nadie te culpó por los que tu abuela cometió.
Katsuki cerró los ojos y Ochako tomó su rostro entre sus manos, llamándolo a ella. Bakugo dejó escapar un suspiro, se encogió de hombros, apegando su frente contra la de su novia. Ella sonrió mientras acariciaba su rostro y lo contenía como sabía hacerlo. De alguna manera, los dos encajaban como piezas de un engranaje, tan armónicamente diferentes.
―No puedo contra ti ―susurró Katsuki y Ochako sonrió―. No es un halago.
―¡Oh, claro que no! ―Dijo riendo, Bakugo la tomó por la cintura, apegándolo a él, disfrutando cómo la risa de la mujer en sus brazos, podía mejorar su humor―. Por cierto… ¿Quién tuvo la idea de la decoración?
Katsuki evocó una sonrisa en los labios y ella lo miró curiosa.
―Cuando tu madre vino para traer el sobre con tu parte, me dijo que Navidad era tu época favorita del año. ―Las mejillas de Ochako se sonrojaron al escucharlo, ella apegó su frente contra el pecho del hombre y lo abrazó un largo rato―. Si la casa parece como si un puto reno vino a vomitar sobre ella, es culpa de Eijiro y el idiota de Deku.
Ochako rio contra su pecho y él la abrazó aún más.
―Es perfecto ―susurró Uraraka y Bakugo, tomó su mentón entre sus dedos para elevarlo hacia él, acercó sus labios a los de la mujer y los besó dulcemente, deteniéndose en ellos, sintiéndolos suyos―. Te amo, Katsuki.
―Te lo dije, Cara de ángel… Somos un equipo. ―Ella asintió para volver a besarlo.
No pasaron mucho tiempo fuera en la intemperie para regresar al departamento nuevamente. Iban abrazados, riendo entre ellos como dos borrachos de amor.
―¿Qué come una niña de once años? ―Preguntó Katsuki, una vez estuvieron dentro de la cabina del elevador.
―Toga me ha dicho que no ha comido casi nada desde que llegó ―habló con pena la mujer abrazada por su novio―. Podríamos intentar ver qué le gusta.
―Está muy delgada, supuse que tenía un problema alimenticio ―respondió. Ochako no lo dijo pero le gustó ver cierto brillo en los ojos de su novio al buscar cómo alimentar a la niña que tenían con ellos en ese momento. Quizá lo encontrara como un reto pero finalmente, Katsuki estaba colaborando con ella.
Las puertas del elevador se abrieron y el pasillo que los llevaba a su nuevo departamento los recibió. Algunos vecinos los reconocieron, después de todo, habían conseguido dar diversión al complejo con tantas pujas en su tiempo de clandestinidad hace varios meses atrás.
Ochako pensaba en su tiempo viviendo con Katsuki cuando inició el acuerdo de convivencia y no pudo evitar mirar al hombre junto a ella, abrazándola por los hombros, portando un semblante calmo y una pequeña sonrisa en los labios, completamente distinto al sujeto que conoció tiempo atrás cuyo eterno semblante era el de la ira, el rencor y la amargura.
Apegó su cabeza contra el pecho de Katsuki y éste la miró curioso.
―¿Qué pasa?
―No es nada ―respondió ella con una sonrisa―. Me alegra haber vuelto.
El humo de cigarrillos inundó su sala y podía nublar con facilidad su vista. Exhaló un suspiro profundo, levantándose de su sofá hacia la mesa de botellas de whisky que tenía para sí; en su mayoría, casi todas las botellas estaban intactas porque no bebía con frecuencia, al menos estando sola, pero en esos momentos, teniendo a invitados indeseables, no tenía remedio. Toga Himiko cargó dos rayas de whisky en su vaso de vidrio y dio un sorbo rápido, sintiendo el sabor arañando su garganta hasta abrazar todo su interior. Una mueca de desagrado fue suficiente para llamar la atención de uno de los presentes en su casa esa noche de víspera de Noche Buena.
Toga volvió a tomar en su mano la botella de whisky cargando otras dos rayas más en su vaso vacío cuando el hombre de las quemaduras en la piel llegó a ella. Lo vio de soslayo, amagó una sonrisa amarga al reconocerlo pero prefirió recordar que no tuvo muchas opciones en dejar pasar al club de delincuentes que se acomodaron en su sala como si fuese suyo.
―Trago amargo, ¿eh? ―formuló el hombre de ojos cían.
―Gracias a ustedes ―respondió sin miramientos―. Accedí a verlos con la condición de que tuviesen una solución al problema que ustedes ocasionaron.
―¿Dónde está tu sobrina, Toga? ―La voz del líder en cuestión del grupo, dueño de cicatrices en los labios y tez endemoniadamente pálida se escuchó, llamando la atención no sólo de la dueña de casa, sino de todos los presentes―. Dabi me ha dicho que vive contigo ahora que su padre está hospitalizado.
Himiko dirigió una mirada molesta al hombre de las quemaduras para dar un sorbo profundo a su vaso.
―No está aquí ―respondió―. Ser tía es otro de los problemas que me han generado pero no soy una maldita insensible que dejaría a la niña mezclarse con… El club cirquero que tengo conmigo ahora.
Todos echaron a reír por su comentario aunque Toga sólo deseaba echarlos de allí cuanto antes. Había hecho lo correcto en pedirle a Ochako que se llevara a Eri sabiendo que esa noche, La Liga visitaría su casa. No quería que la niña aumentara su trauma viendo a cada miembro del grupo que, a juzgar por su apariencia, debían de tener alguna que otra cicatriz en el cuerpo para conformar su grupo.
―Qué pena, soy excelente con los niños ―añadió Shigaraki con sarcasmo―. Como sea, vinimos a hablar de negocios.
―Espero tengan una solución a lo que ustedes causaron. No quiero tener más visitas de la policía en lo que lleva mi vida. ―Toga volvió a servirse un par de rayas de whisky en su vaso para regresarse a su asiento.
―Tenemos a alguien que puede ayudarnos con eso ―dijo Shigaraki―, pero no lo hará gratis.
Toga echó a reír, negando para sí misma aunque con ello, la mirada de todos fue a ella dándole a entender que nadie estaba bromeando.
―Tiene que ser una broma ―dijo Toga molesta―. ¡No pagaré por algo que fue su descuido!
―¿Y prefieres que nos descubran y pronto vayan a por ti? ―Inquirió Dabi―. Al menos ya tienes asegurada a tu sobrina con tu amigo, el chef. ¿No es así?
Toga palideció al escuchar sus palabras, vislumbró la sonrisa de Shiragaki y entonces comprendió que La Liga siempre estaba un paso delante de todo. Dio un sorbo a su whisky para cerrar los ojos. Había escapado de su hermano sólo para acabar con personas peores que él.
―Nadie tiene por qué saber nuestro convenio, ni siquiera tus amigos y tu dulce sobrina tampoco necesitará saber que su propia tía quiso deshacerse de su padre ―comentó Tomura―. Paga lo que corresponde y tus problemas, incluyéndonos, desaparecerán.
Himiko aspiró profundo dejando escapar un suspiro después. Los miró con desagrado para ponerse de pie y caminar alejándose de ellos. No tardó mucho en volver y ésta vez, lo hizo con su chequera dispuesta a pagar lo que haga falta para deshacerse de las sanguijuelas que consumían su vida. Lo hizo con su hermano y ahora debía hacerlo con personas aún peores.
―¿Cómo sé que tengo su palabra? ―preguntó al tomar su bolígrafo.
Dabi y Shiragaki compartieron una mirada antes de responder.
―Mira las noticias mañana por la noche ―respondió Shiragaki―. Cumpliremos nuestra parte.
―Será un regalo de navidad. ―La sonrisa de Dabi sólo la molestaba aún más.
―No es un regalo si debo pagar por ello.
―Touché.
El monto fue cantado y escrito en el papel que iba para ellos. No permanecieron mucho tiempo allí, para alivio de Toga aunque aún podía sentir que había cometido un error.
Eri observaba todo lo que tenía delante con ojos sorprendidos, curiosos pero a la vez, temerosos. Todas las personas a su alrededor se encontraban hablando animosamente entre ellas, acomodando las cosas que había en cajas junto a ellos. El aroma a la casa era envuelta por la de deliciosa comida y todo se sentía tan cálido que por un momento, ella creyó estar viendo una publicidad de la televisión en donde todos fingían ser felices ante la cámara.
De pronto, la puerta del departamento se abrió dejando pasar al gran hombre rubio de mirada ceñuda y a la mujer con la que su tía le dejó a cargo por un par de días, la mujer era pequeña de grandes ojos castaños y cabello corto del mismo tono, era muy bonita. La mirada castaña de la mujer llegó a ella y sus mejillas se sonrojaron, apartando sus ojos de los de Ochako.
―Eri-chan ―habló Ochako caminando hacia ella, dedicándole una pequeña sonrisa en los labios. La niña estaba ubicada en el sofá de la casa con sus pequeñas finas y colgando del mueble y siendo cubiertas por su vestido nuevo hasta las rodillas. Ochako se detuvo un momento al reconocer algunas heridas en la piel visible de sus piernas pero continuó hacia ella hasta sentarse a su lado―. ¿Por qué estás sentada aquí? ¿No quieres sentarte en el comedor con nosotros?
La niña no quería mirarla, tenía la mirada puesta en sus pequeñas manos entrelazadas sobre sus muslos, Ochako borró su sonrisa del rostro al ver cómo la niña parecía temerla. Dejó escapar un suspiro, no debía de ser fácil, pasó por tanto en poco tiempo que comprendía que se sintiese tan alterada de ese modo.
―Hey, niña ―habló Katsuki de pronto llamando la atención de todos los presentes al escucharlo tan determinante. Ochako frunció su ceño un momento hasta que él continuó hablando―. ¿Sabes lo que es la Estrella del árbol navideño?
Tanto Ochako como Eri parpadearon un par de veces al oír su pregunta, incluso Chieko lo miró con sorpresa al oírle preguntar algo así a la niña que estaba con ellos en esos momentos. Katsuki, por su parte, dirigió sus pies hacia la mesa comedor en donde se disponían algunos arreglos navideños sin colocar, tomó en mano una estrella y caminó hacia donde se encontraba tanto Eri como Ochako.
Le enseñó la estrella reluciente que la niña no dejaba de admirar con sus grandes ojos rojo sangre. Katsuki formuló una sonrisa ladina al ver su expresión.
―Ésta es la Estrella de la que te hablo y se coloca en la punta de los árboles navideños ―explicó Katsuki―. Dicen que los que colocan la estrella en la punta del árbol, reciben buenos regalos el 25 de diciembre.
Ochako sonrió al escucharlo hablar de ese modo y volviendo a dirigir su atención a Eri, se sorprendió en ver los grandes ojos de la niña llenos de ilusión.
―¿Quieres poner la estrella sobre el árbol? ―Eri asintió enseguida―. Entonces, come algo y te ayudaré a subir para que puedas ponerlo.
Katsuki entregó la estrella en las manos de Eri y la llevó hacia el comedor en donde Eijiro quitó los arreglos que aún faltaban colocar para darle espacio. Ochako sólo podía mirar a Eri con atención, mucho menos atemorizada que antes, sosteniendo la estrella que Katsuki le había dado con sus pequeñas manos.
Tanto Tsuyu como Mina se sentaron junto a la niña para hablar con ella y Katsuki fue a la cocina para traer los platillos que había preparado para la cena. Los comentarios graciosos por parte de Eijiro y Mina no faltaron, los griteríos de Katsuki tampoco; de a poco, Ochako veía a Eri un poco más animada y todo mejoró cuando Katsuki se sentó al lado de la niña para poner un plato de onigiris.
Los grandes ojos de Eri fueron a Katsuki y éste tomó un onigiri, miró a los demás que se encontraban sentados junto a Eri y no tardaron en imitarlo para tomar una bola de arroz en su mano siendo observados por la niña.
―¡Esto está delicioso! ―dijo Eijiro con la boca llena recibiendo un golpe por parte de Katsuki.
―No le enseñes esas cosas a la niña, con una mierda ―respondió y Mina echó a reír.
Eri miró el platillo de arroz frente a ella con cierta curiosidad, se relamió los labios resecos y sintió cómo su propio estómago hacía ruidos al ver comida delante de ella. La pelea infantil entre Katsuki y Eijiro, las risas de Mina y los suspiros de Tsuyu fueron pausados inmediatamente al ver que el primer bocado de Eri fue dado. Ella los miró con curiosidad pero para no hacerla sentir presión, cada quien continuó comiendo en silencio, incluso Katsuki
Ochako rio por lo bajo ante la escena comprendiendo que lo que Eri necesitaba era sentirse en confianza y no en peligro. Entonces, la atención de la mujer fue a la de su madre quien sólo se limitaba a sonreír al mirar a Eri y la escena reciente, fue hacia ella.
―Mamá, ¿tienes alguna idea de cómo Katsuki sabía de la Estrella? ―Preguntó divertida y Chieko rio por lo bajo.
―Puede que le haya contado una que otra historia tuya, cariño ―respondió. Ochako abrazó a su madre y Chieko dejó escapar un suspiro―. Me alegra que hayas vuelto.
―A mí igual… ―Se separó un poco para mirarla con pena―. Sobre el otro día, yo… No debí hablarte así. Lo lamento tanto, yo no…
―Ochako ―detuvo su madre, acarició su rostro con cariño―, sé que no quisiste decir todo lo que has dicho. Ambas estamos dolidas por su ausencia pero ahora más que nunca debemos estar juntas. Somos familia. ―Miró a Katsuki y a los demás sentados alrededor de Eri―. Todos lo somos ahora.
Ochako asintió a sus palabras, abrazándola nuevamente. Tanto su madre como Katsuki tenían razón, no era momento para hacer rabietas, tenía a su madre viva y sana junto a ella, tenía a un hombre que la amaba incondicionalmente, amigos que la apoyaban en todo y ahora, una niña llena de cicatrices que sentía la necesidad de enseñarle que la vida no era solo sufrimiento. No, ella no podía encerrarse en su dolor por siempre, no podía seguir ignorando a quienes la amaban por el sufrimiento que cargaba con ella. Cerró los ojos y abrazó con más fuerza a su madre, la escuchó sollozar y eso sólo la hizo abrazarla más.
Chieko tomó asiento junto a Mitsuki y Ochako fue hacia donde Katsuki se encontraba. Eri comía con un poco más de entusiasmo y eso hacía que Ochako se sintiera más tranquila.
―También deberías de comer algo ―dijo Katsuki mirándola y Ochako asintió para tomar un onigiri más bajo la atenta mirada de Eri.
―¿Están ricos? ―Preguntó Ochako a la niña y ésta asintió tímidamente.
La cena de bienvenida al Meraki's Place continuó con todos sirviéndose un poco de salteado de verduras, cerdo agridulce y yakisoba. Ochako comió un poco de todo, tenía bastante hambre así que no se molestó en dejar espacio en su plato. La botella de vino iba a acabándose entre copas y copas y la selección musical era una contienda abierta entre los villancicos de Eijiro y canciones modernas por parte de Mina. El ambiente era agradable y cálido, tanto que a Eri le costaba asimilar tanta paz en un solo lugar.
La niña yacía sentada en la mesa comedor junto a Katsuki y Mina, no dejaba de observarlo junto a Ochako, ambos riendo por lo bajo, compartiendo miradas entre ellos mientras comían y hablaban. Las mejillas de la niña se encendieron al verlos juntos, como si una escena de alguna película fuese y ellos, los protagonistas enamorados.
Ochako sintió la mirada de Eri sobre ella por lo que la miró con curiosidad pero al instante de sentirse observada, la niña bajó la vista a su plato de comida. Ochako sonrió para dar otro bocado a su cerdo agridulce pero un malestar llegó a ella. Sintió que su estómago ya no podía más y necesitaba salir de allí.
―Disculpen ―dijo sencillamente para ponerse de pie y dirigirse al baño. Todos dejaron de comer para verla marchar tan presurosamente, Katsuki se puso de pie para ir hacia el baño, pudiendo escuchar cómo Ochako estaba vomitando.
Pasó como unos cinco minutos antes de que Ochako pudiese recomponerse un poco y limpiándose la boca, cepillándose los dientes, dejó el cuarto del baño. Ver a Katsuki fuera del baño al abrir la puerta la hizo encogerse de hombros con pena.
―¿Qué pasó? ―Preguntó el hombre y Ochako sólo negó con una sonrisa.
―Creo que comí demasiado ―dijo―. Me prepararé un té, no te preocupes.
―Siéntate, te lo prepararé yo ―respondió Katsuki.
―No, ya te he dado muchos problemas. ―El hombre rodó los ojos para tomar su mano y llevarla de regreso a la mesa comedor―. Katsuki.
―Siéntate y espera tu té ―respondió sencillamente el hombre.
―Oh, vamos Ochako, deja que Bakugo se ocupe de ti ―dijo Mina con una sonrisa―. Tiene que acostumbrarse a cuidar de ti y a sus hijos. ¿No es por eso que trajeron a Eri?
Todos comenzaron a toser con fuerza y Bakugo lanzó maldiciones hacia Mina que sólo disfrutaba sembrar incomodidad con sus comentarios. Ochako miró a Eri y sólo sonrió para que no sintiera presión alguna con las palabras de su amiga, después de todo, solo era para molestar a Katsuki.
La reserva de vino de Tsuyu fue solicitada y tras volver a llenar las copas de todos, salvo de Ochako que tenía una taza de té de hiervas, la cena continuó como antes, degustando las comidas servidas frente a todos. Ochako disfrutaba ver los rostros de las personas cuando probaban sus creaciones, le gustaba ver cómo las sonrisas en las personas iluminaban sus rostros al momento en el que un bocado entraba en contacto con sus papilas gustativas. Sí, definitivamente había heredado aquel gusto por ver a otros comer sus platillos, su padre le había inculcado bien.
Bajó la vista a su taza de té y sonrió para sí misma, cerró los ojos y pensó en su padre, una sonrisa triste se formó en sus labios. No importa cuánto duela su ausencia, ella siempre podría encontrar a su padre en sus recetas, en su comida y en la sonrisa de las personas.
―Entonces, ¿ya podemos poner la estrella en el árbol? ―Preguntó Eijiro como cual niño ansioso por abrir sus regalos navideños.
―La estrella es para Eri, no para ti ―respondió Katsuki y todos echaron a reír por el puchero que el pelirrojo lanzó.
Katsuki y Eijiro dejaron la mesa para llamar a la niña y otorgarle la estrella. Kirishima colocó el árbol cerca de Eri y Katsuki la ayudó a subir hasta que ella pudo colocar la estrella sobre el la punta del árbol. Una genuina mirada de emoción fue vislumbrada en el rostro de la niña que había llegado con tanto miedo y Ochako no podía dejar de observarla.
―Eri es una niña hermosa ―dijo Mina, despertándola de su ensoñación. Ochako asintió con una sonrisa―. Hey, ¿por qué no la llevas a la tienda para que elija su vestido de navidad.
―Mañana trabajo hasta tarde así que quizá vayamos a tu tienda después de navidad, Mina ―comentó la castaña sin dejar de observar a Eri y a Katsuki―. También quisiera comprarme un vestido nuevo para Navidad, pero no sé si me dará el tiempo de ir.
―¡Oh, eso no es problema, Chako! ―Dijo Mina―. Escucha, entra a la página de mi tienda y elige el vestido que quieras para ti y para Eri-chan, además, ¡tienes que ver los vestidos que son tendencia para Año Nuevo y no olvidemos tu cumpleaños! Elige el que gustes y lo arreglamos después ―dijo la pelirrosada con emoción, guiñándole.
―¡Es verdad! ¿Tu cumpleaños es unos días después de Navidad, no es así? ―Preguntó Eijiro desde donde se hallaba con Eri y Katsuki, Ochako asintió―. ¿Y qué harás por tu fecha especial?
La atención de todos en el departamento fue puesta en la dueña de los ojos color avellana y por un momento, pudo sentir aquel pánico que Eri sintió al llegar, cuando tenía la atención de todos sobre sí, sin saber qué hacer al respecto. Pensar en hacer algo por su cumpleaños había dejado de ser prioridad desde que el estado de su padre empeoró y al no tenerlo con él, ni siquiera sentía que hubiese motivos para festejar algo. Todo aquella seguidilla de pensamientos nubló su sonrisa y su mirada fueron a sus manos. El vacío de su pecho, aquel que trataba de llenar con trabajo y sonrisas forzosas se sintió aún más profundo y oscuro.
―No sé si haya algo por celebrar… ―Susurró pero no hizo falta escucharla a la perfección para comprender por qué el rostro de Ochako expresaba tanto dolor.
Eijiro se rascó la nuca con pena y Mina sólo pudo bajar la mirada a su plato como muchos de los comensales. Ochako cambió de tema rápidamente para no volver incómodo el ambiente, hablaron de la cena navideña entre amigos, propusieron invitar a Camie e Iida así también a Deku y Shoto.
Katsuki dejó escapar un suspiro profundo al verla intentando ocultar su dolor. Su idea de celebrar su cumpleaños comenzaba a parecer una muy mala viendo la reacción de su novia en esos momentos. Sólo podía esperar y hablar con ella en privado.
La cena no duró mucho más después de acabar con los platos vacíos. Mina, Eijiro y Tsuyu se despidieron de la pareja para marcharse. Chieko tomó su bolsón para hacer lo mismo cuando vio a Katsuki acercarse a ella, pudo fijarse que Ochako estaba hablando con Mitsuki quien ya estaba en la puerta de su departamento.
―Katsuki-kun ―dijo amablemente Chieko y el rubio le ofreció una pequeña sonrisa cansada.
―¿Tiene tiempo mañana? ―Preguntó el hombre―. Quisiera hablar con usted.
―Oh, claro. ¿Te parece bien después del mediodía? También me gustaría hablar contigo para la cena navideña. ―Katsuki asintió. Chieko tomó su mano con cariño en forma de despedida para ir hacia la puerta.
Ochako la vio y la abrazó, su madre podía sentir a la perfección todo lo que afligía a su pequeña así que la contuvo un momento en sus brazos como cuando aún era una niña. Se alejó un poco y observó el rostro de su hija, lo acunó entre sus manos y besó su frente con cariño.
―Trataré de salir temprano del trabajo para ayudar con la cena navideña ―Dijo Ochako y Chieko sonrió, negando a sus palabras.
―No tienes que preocuparte por nada, cariño. Katsuki-kun y yo nos encargaremos de todo, ¿no es así? ―Preguntó mirando a su yerno y éste asintió, posando sus manos en los hombros de Ochako―. Sólo preocúpate por dar lo mejor en el trabajo. Es tu último día después de todo.
Ochako asintió a su madre y tras despedirse de ella y Mitsuki, las vio marcharse hacia el elevador. Katsuki se acercó a ella para verlas desaparecer tras las hojas metálicas del ascensor.
―Nunca creí que terminarían siendo vecinas y amigas ―comentó el rubio. Ochako lo miró y ambos sonrieron―. Lo digo en serio, mi madre no es buena influencia para la tuya.
―¿De qué hablas? Tú madre es magnífica ―respondió Ochako cerrando la puerta.
Ambos voltearon y hallaron a Eri sentada en el sofá de la sala con sus pequeñas piernas colgando del mismo, observaba el árbol navideño con atención, como si lo único que importara en esos momentos, sea la estrella que ella había colocado. Ochako compartió una mirada con su novio.
―Bien, llegó la hora de ejercer el rol de padres sustitutos ―comentó la castaña.
―Yo la hice comer, te toca mandarla a dormir ―respondió el hombre para su sorpresa―. No me mires así. No soy bueno con los niños.
―¿De qué hablas? Gracias a ti ha comido y ha sonreído un poco cuando la levantaste a poner la estrella en el árbol de navidad ―habló Ochako con una sonrisa que no hizo más que ensancharse al ver el sonrojo en las mejillas de su novio―. Está bien, la llevaré a la cama pero tú te encargas del desayuno de ambas.
Katsuki rodó los ojos en respuesta. Vio a Ochako alejarse hacia Eri y él sólo se dirigió a la cocina para lavar los trastes. La castaña se acercó a la sala, tomó asiento junto a la niña que la observó con atención.
―Eri, ya son cerca de las diez de la noche. No es bueno que una niña esté despierta tan tarde ―extendió su mano hacia la más joven―. ¿Por qué no vamos al baño y te cepillas los dientes para dormir? ―Eri asintió sencillamente, dejando el control remoto en el sofá para dirigirse a la habitación que le correspondía.
Ochako la acompañó y la ayudó a buscar sus pertenencias, acomodó su pijama en la cama y la niña fue al baño a cepillarse los dientes por su cuenta. Ochako, por su parte, observó el pequeño conjunto de pantalón y camisa de algodón con dibujos de gatitos en su tela para sonreír. Dirigió su mano a la tela de la manga del pijama y lo acarició dulcemente; recordaba haber tenido un pijama similar cuando niña.
Escuchó el sonido de los cubiertos en el fregadero, levantó la vista observando la silueta de Katsuki en la cocina. Sonrió para sí, acomodándose un mechón de cabello tras la oreja sin dejar de observarlo.
Eri regresó un momento después y Ochako se levantó de la cama.
―¿Necesitas ayuda para cambiarte? ―La niña negó―. De acuerdo, que tengas dulces sueños, Eri-chan.
Ochako se despidió de la niña con una dulce sonrisa y la de hebras plateadas la observó hasta que la puerta se cerró. Volvió la vista a la cama hallando su pijama allí, lo tomó entre sus manos y se abrazó a él.
―Dulces sueños… ―Susurró la niña al aire.
Eri volvió la vista al pijama en la cama y tomándolo entre sus pequeñas manos, lo apretó con fuerza contra su pecho. Tantos cambios en su vida en tan poco tiempo la hizo temer de todo y todos, pero cuando la dulce mujer y el hombre de ojos rojos estaban cerca, ella se sentía extrañamente cálida.
Como hacía tiempo no se sentía.
Ochako sonrió al cerrar la puerta del cuarto que correspondía a Eri, fijándose entonces en la ancha espalda de su novio mientras lavaba los platos. Fue hacia él y lo abrazó por detrás, lo escuchó sonreír.
―Eres el mejor novio del mundo, ¿lo sabes, no? ―Dijo Ochako besando su espalda.
―Lo sé ―respondió y ella rio, Katsuki se secó las manos para atraerla hacia él, besando sus labios―. ¿Cómo te sientes? ―Preguntó Katsuki pausando un momento sus besos―. No es normal que vomites sin razón alguna.
―Quizá el estrés de la pastelería me ha causado esto ―respondió ella sencillamente―. Ya sabes, los últimos días antes de dejar el trabajo se han vuelto bastante agotadores.
―Lo sé, te ha costado bastante el despertarte éstos días. ―Ochako asintió y cerró los ojos al sentir los dedos de Katsuki acariciando sus mejillas. Volvió a besarla―. Deberías de hacerte estudios clínicos.
―Katsuki, no…
―¿Y si resulta que tienes algún tipo de peste o bacteria? ―Preguntó molesto pero Ochako solo se limitó a negar. Tomó el rostro de su novio entre sus manos.
―Escucha, estoy bien. Necesito descansar, eso es todo ―respondió. Katsuki la observó largo rato antes de suspirar rendido―. Terminaré con la pastelería mañana y ya podremos enfocarnos en nuestro propio negocio.
Ambos sonrieron. Katsuki volvió a besarla y Ochako lo guió a la habitación. Sí, se sentía bien mirar atrás y ver todo lo que habían pasado, verse a ellos mismo en comparación a lo que eran antes, meses atrás y apreciarse a sí mismo en la actualidad. Ambos habían crecido como personas y como pareja y no había noche que Ochako, desnuda en los brazos de Katsuki, sus cuerpos sudorosos y agotados de amor, agradeciera haber entrelazado su destino junto al hombre de ojos rubíes que tenía encima suyo.
