Tras unos minutos de silencio incómodo tanto para Crawford, que deseaba por encima de todo que uno de sus hombres le informara que ya habían capturado a aquella gitana, como para Seto, que obviamente no pretendía dialogar con el otro, pero no dejaba de pensar y pensar en los peores escenarios, y así el tiempo parecía transcurrir lento, uno de los hombres que custodiaba el edificio se adentró en la habitación, seguido de Rouxx Anne, a quien presentó, y un joven pelirrojo que la acompañaba.

Crawford se puso de pie de forma inmediata y reverenció a la condesa con tanto afán y confianza, que hizo a Seto sentir curiosidad sobre lo que llevaban tramando todo este tiempo.

Seto también se preguntaba otras cosas. Aquella mujer, a pesar de su corta edad, aparentaba más de treinta años. Sus rasgos faciales eran exagerados: unos labios tan finos que cuando sonreía pasaban desapercibidos, dejando en evidencia la largura de sus dientes. Un par de cejas con forma definida, pero tan pobladas que parecían no estar separadas sobre el puente de su nariz demasiado respingona. Su cabello opaco, aunque arreglado en un peinado elegante, daba la impresión de estar sucio.

Además, cada vez que la había visto en persona portaba una expresión de calma y superación que hacían que Seto aborreciera observarla. Más aún en el momento presente, cuando él era víctima de todas las inseguridades que su plan ofrecía.

Si Mokuba, Yami o Tea la hubieran visto alguna vez, como él cuando la conoció en la boda con su primo Devlin, concluirían que era diametralmente opuesta a la mujer que Seto hacía pasar por Rouxx Anne.

¿Cómo se podía explicar que Devlin se hubiera interesado en un ser así?

Seto recordó que en los tiempos en que eran adolescentes y su primo vivía en Chester, este había dado señales evidentes de estar interesado románticamente en su hermana. Seto tuvo siempre la impresión de que esa atracción jamás había sido correspondida, aunque su padre y su tío lo aprobaran e hicieran planes matrimoniales a futuro en base a la misma.

Para el tiempo en que Yami entró en la vida de Tea, la salud de su tío estaba totalmente deteriorada. Aunque económica y políticamente era mejor mantener la herencia del Condado de Southampton en la familia, el Barón con su carisma se ganó el visto bueno del entonces Conde de Chester.

Sin la ayuda de su padre, Devlin vio frustrado su sueño de casarse con Tea. Cuando heredó el Condado de Southampton, no dudó un instante en instalarse allí, lejos de aquellos que — a sus ojos— le habían arruinado la vida.

Cuando Seto asistió a la boda, comprobó por su trato que Devlin aún les guardaba rencor. Y aquello le hacía preguntarse por qué su primo, que había estado enamorado de una mujer como Tea, procedía a casarse con otra de características totalmente opuestas.

No era por motivos económicos ni de prestigio, no. Esa era la razón por la que ella se casaba con Devlin. Pero... ¿y Devlin? ¿Qué clase de vínculo lo había llevado a ligarse con esa mujer hasta su muerte?

La condesa no se extrañó de que Seto no la saludara. Lo conocía lo necesario como para haber supuesto que reaccionaría así. Devlin solía tener actitudes similares.

A ella le daba igual. Esta no era una reunión familiar. Estaban en juego intereses económicos para ambos. Cuanto más pronto pudieran ir al grano y evitar pérdidas de tiempo en formalidades, mucho mejor.

Rouxx Anne y Crawford tomaron asiento del lado opuesto al mayor de los hermanos Kaiba. La viuda comenzó a explicar brevemente las circunstancias en que su esposo falleció — tema que a Seto no le importaba en lo más mínimo—, para finalizar dejando en claro que lo que venía a conversar con el Conde de Chester eran las condiciones estipuladas en el testamento de su difunto esposo para que cada uno pudiera hacerse con la parte de la herencia que le correspondía.

Seto se sorprendió de que su primo, viendo que había fallecido con apenas veintidós años, hubiera tomado la decisión de redactar un testamento donde todos sus bienes no fuesen otorgados directamente a Rouxx Anne. ¿Pero por qué motivo Devlin había optado por ello? ¿Acaso no quería que su esposa lo heredara todo? ¿Acaso intuía — o sabía— que iba a morir pronto?

El joven pelirrojo que acompañaba a la condesa, y que se había quedado a su espalda, de pie, le otorgó a la mujer un sobre de tela que había estado cargando.

— Mi esposo redactó que sus bienes efectivos, la suma de doscientas mil esterlinas, fueran heredadas por mí —le informó, mientras sacaba el testamento original del sobre—. También dispuso que sus bienes territoriales, que engloban el Condado de Southampton y el Condado de Dorset, regresen a mano del Conde de Chester. Es decir, a ti.

Seto Kaiba quedó demasiado sorprendido como para reaccionar de manera inmediata. Si bien sabía que su primo le guardaba cierto rencor, lo que lo asombraba no era que Devlin decidiera regresar los condados heredados a la familia. Lo sorprendente era que Rouxx Anne le narrara que había sido desheredada de más del setenta por ciento de los bienes de su esposo con toda la calma del mundo. Ni su propia herencia familiar sumada a lo que Devlin le estaba dejando se podía comparar con el valor de los condados mencionados. Quizás Seto se estaba perdiendo de un detalle que explicara aquella extraña actitud.

Rouxx Anne se quedó observándolo atentamente, con una expresión neutral que el joven conde apenas lograba soportar. Arriesgó una mirada hacia Crawford, quien tenía una sonrisa en su rostro.

— ¿Eso es todo?—preguntó al final, a falta de mejores ideas.

— Sí, eso es todo respecto a la asignación de bienes... —Rouxx Anne hizo una breve pausa, mientras extendía el testamento hacia Kaiba— Lo que quiero que estudies con detenimiento son las condiciones que nos habilitarían a disponer de la herencia.

Seto la observó unos instantes antes de abocarse a leer el testamento, para tratar de leer en su rostro si las condiciones le favorecían o no, pero fue en vano.

A medida que fue leyendo la sección donde se detallaban las condiciones que debían cumplirse, Seto fue apretando el puño cada vez más fuerte, hasta que una punzada de dolor le recordó que no era una buena idea realizar esfuerzos que involucraran su brazo herido.

Seto Kaiba jamás había odiado a su primo, pero ahora comenzaría a hacerlo. ¿Acaso era aquello una venganza de Devlin hacia su padre, quien había fallecido apenas un año y medio atrás? ¿Estaba Seto heredando una absurda venganza por hechos en los que no había tenido participación alguna? No había nada que deseara más que tener a su primo vivo otra vez, para matarlo con sus propias manos.

— Tiene que ser una broma —murmuró, tomando conciencia demasiado tarde de que no se hallaba solo.

— Es lo que yo creí cuando me lo informaron —le comentó la Condesa de Southampton—. Pero lo he consultado con distintos jueces en el Reino y todos han coincidido en que, debido a la originalidad del testamento, esa cláusula es inevitable.

— ¿Por qué puso estas condiciones? —le preguntó Seto.

—Estoy tan asombrada como tú. Devlin nunca me habló al respecto.

Seto volvió a observar el documento. Lo leyó una y otra vez, tratando de encontrar una explicación razonable u otra alternativa que cumplir con las condiciones establecidas.

—Como ves, para cobrar mi parte de la herencia, estoy atada de pies y manos a la decisión que tú tomes.

—Voy a consultar este testamento con otro juez — declaró el Conde de Chester, poniéndose de pie y observando desde el rabillo del ojo la reacción de Crawford. El Juez del condado ni se inmutó. Solo se limitó a asentir, parecía tener la mente ocupada en otros temas.

— Sí. Eres libre de consultarlo con quien tú creas conveniente —coincidió la Condesa—. Yo en tu lugar me daría prisa, porque el Torneo, como sabrás, inicia este sábado.

Yami avanzó por el bosque de Beeston, continuando con su búsqueda. Había considerado suspenderla por ese día, pero el mismo Mokuba se ofreció a cuidar a su hermana mientras se ausentaba.

Yami charló con su joven cuñado sobre los incidentes ocurridos esa noche, pero sin entrar en detalles respecto a la extraña parálisis que recordaba haber experimentado. No quería que Mokuba se asustara.

Yami abandonó el castillo acompañado por Tristán, ya que preveía que podía tener problemas para capturar y trasladar un animal salvaje.

Sin embargo, al llegar a la mitad del interior del bosque, algo inesperado ocurrió. En medio del camino de piedras, de pie, se hallaba el famoso caballo negro de ojos verdes que había estado buscando. Cuando posó su vista en los ojos del animal, este le devolvió la mirada, y el Barón tuvo la sensación de que el caballo lo reconocía.

Más increíble fue lo que ocurrió después: cuando Yami descendió con la intención de colocarle el cabezal, el caballo se acercó mansamente y dejó que se lo colocara. Luego abandonaron el bosque, y el caballo de ojos verdes los acompañó.

Para Yami, toda esa situación era una señal de que estaban destinados a competir juntos.