Disclaimer: BNHA y sus personajes, no me pertenecen.
Summary: Bakugo Katsuki iba en contra de los intereses de su familia y nunca estuvo verdaderamente interesado en heredar la empresa de su abuela, él hacia su vida a su modo. Pero cuando su cuenta es congelada y su departamento alquilado, necesitará la ayuda de la nueva inquilina para jugar fuego contra fuego contra su familia... Claro, si sobrevivía al infierno que implicaba convivir con él.
Aclaratoria: Ésta es una obra propia y todos los derechos son reservados.
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CHAPTER LIV: Regalo de Navidad.
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Las pequeñas manos de Eri fueron a sus oídos, se acurrucaba cada vez más al oír cómo las voces de sus padres resonaban con fuerza en la habitación contigua a la suya. Las lágrimas acariciaban sus mejillas y los sollozos se escapaban de sus labios. Aún recordaba el miedo de esos días grises, el miedo de volver a ver a su padre acercarse a ella con su cinturón en mano dispuesto a golpearla cada vez que hacía algo mal o sólo lloraba.
El terror generado por esos ojos dorados y filosos la hacía despertarse a mitad de la noche empapada en lágrimas. La primera noche que pasó en el departamento de Katsuki y Ochako fue similar a muchas noches, su llanto y su pedido de auxilio despertó a la pareja cuando la madrugada se asentaba en la ciudad.
El primero en abrir la puerta fue Katsuki, Ochako ingresó después de él pero fue la primera en acercarse a la niña hecha un ovillo en la cama. Ochako notó que las sábanas estaban húmedas al igual que el pijama que portaba. Eri no dejaba de llorar y una vez vio el rostro de Ochako, se cubrió con sus pequeñas manos, como si temiera que ella la golpeara por mojar la cama.
Katsuki y Ochako notaron aquella respuesta en el cuerpo de Eri y ambos compartieron una mirada apenada.
Ochako acarició la cabeza de la niña llamando su atención.
―Eri-chan, ¿tuviste una pesadilla? ―Preguntó la mujer, la niña no respondió, siguió llorando―. Escucha, ¿por qué no vamos al baño y te das una ducha?
―Lo… Lo siento… ―Sollozó la niña y Ochako la abrazó con cariño.
―Tranquila, es normal ―respondió acariciando su cabeza y su espalda. De a poco, el llanto de Eri fue cediendo y ya sólo quedaban hipidos que escapaban de ella cada tanto―. Vamos, no tienes que avergonzarte. Las pesadillas son odiosas y a veces el cuerpo actúa por sí solo cuando estamos dormidos.
Katsuki se acercó a Ochako y Eri se abrazó fuerte a la mujer. Ella miró a su novio y éste se encogió de hombros.
―Eri, ve a bañarte ―dijo Katsuki―. ¿Quieres una taza de chocolate caliente?
Los ojos de la niña fueron al hombre y un pequeño asentimiento recibió de su parte. Ochako sonrió y la ayudó a bajar de la cama para ir con ella al baño, dejando que Katsuki quitara las sábanas húmedas para llevarlas al lavadero.
Bakugo no recordaba haber escuchado a una niña llorar de ese modo a mitad de la noche y a juzgar por el modo en el que lo miró, con miedo y desconfianza le dejaba en claro que Ochako tenía razón, esa niña pasó un infierno.
―¿Te ha dicho algo Toga con respecto a Eri? ―Preguntó Katsuki a Ochako cuando fueron a la cama, hace unas horas atrás. Ochako dejó escapar un suspiro apenado.
―Me ha dicho que los oficiales que encontraron los datos de Eri en el sistema le informaron que hay una irregularidad con los expedientes de su madre, no figura nada sobre ella y de Chisaki, pues… No dice demasiado. ―Ochako tomó asiento en la cama, se acomodó cerca del cuerpo de Katsuki y lo abrazó, hundiendo su rostro en su pecho. Sintió los brazos de su novio rodeándola―. Toga nunca había escuchado que su hermano haya tenido una hija pero me ha dicho que la mayor parte de los golpes, es probable que sean producto de maltrato infantil. No sabemos donde estaba Eri pero es un alivio que no haya estado con Chisaki el día del accidente.
―Ese hombre me generaba repulsión por todo lo que Toga me ha dicho sobre él, pero ver a Eri sólo me dice que es un alivio para todos lo que le sucedió.
―¡Katsuki! ―Dijo Ochako molesta―. No puedes decir eso.
―¿Por qué no? ―Respondió frunciendo su entrecejo al mirar a su novia―. Ese maldito sólo sabe causar problemas pero tener en ese estado de desidia a su propia hija… Lo siento, Ochako pero no me retracto de mis palabras.
Y al tener las sábanas húmedas de Eri en sus manos, escuchar su grito desgarrador en plena madrugada y verla temblando de miedo al verlos entrar a su habitación no hacían más que reafirmar sus palabras. Chisaki era un maldito monstruo que hizo la vida de su hija un infierno asegurado.
Metió las sábanas en la lavarropa y escuchó los pasos de Ochako acercándose a él. Volteó a verla.
―¿Ha entrado a bañarse? ―Ochako asintió―. Bien, le prepararé una taza de chocolate caliente.
―Que sean dos ―dijo la mujer y él le dedicó una sonrisa―. Hoy es mi último día en la pastelería, quiero iniciarlo bien.
Bakugo asintió y fue a la cocina para preparar dos tazas de leche para ponerlas a calentar. Sintió entonces las manos de Ochako en su espalda y lo siguiente fue sentir sus brazos rodeando su cintura.
―¿Estás bien? ―Preguntó Katsuki deteniendo sus movimientos.
―Sí, es sólo que la mirada de Eri me ha dolido ―respondió. Ambos dejaron escapar un suspiro―. Verla tan atemorizada sólo me hace pensar en todo lo malo que ha sido su vida antes de… Bueno, del accidente de su padre.
―Tiene once años, no sabemos nada de ella y tiene marcas de violencia en todo su cuerpo. Mojar la cama sólo es la expresión de todo el trauma que trae encima.
―Exactamente ―respondió Ochako―. Dime, ¿y si preparamos la cena de navidad en la Casa Bakugo?
Katsuki dejó todo movimiento suyo para voltear a mirarla, verla un poco más entusiasmada lo hizo relajarse y sonreír para asentir sin dudar en lo más mínimo.
―Siento que podemos ser lo que Eri necesita en estos momentos. Imagínate rodearla de cariño con personas como nosotros ―respondió Ochako y Katsuki tomó su rostro en sus manos para besarla con dulzura―. Y, ¿quién sabe? ¿Quizá podamos planear expandir la familia? ―Katsuki detuvo su cuerpo al escuchar las palabras de Ochako, se congeló en su sitio y la mujer lo notó―. Me refiero con ser sus tíos favoritos, ya sabes…
Katsuki sólo asintió distraídamente sin decir nada más, para inquietud de su novia. El sonido de la puerta del baño abriéndose los hizo voltear a ver a Eri con un pijama limpio y la ropa sucia entre sus pequeñas manos. Ochako se alejó de Katsuki para ir hacia la niña y ayudarla con sus prendas sucias para hacerla sentar en la mesa comedor después.
Katsuki se limitó a preparar chocolate caliente tanto para Ochako como para Eri en silencio, teniendo las palabras de su novia resonando en su interior. Ampliar la familia, ¿qué demonios significaba eso? Tampoco quiso entrar en detalles, no a esas horas de la madrugada y con el cansancio subiendo por su cuerpo.
Escuchaba a Ochako hablando con la niña, Eri ya no parecía temblar de miedo y podía mirar a su novia sin sentirse apenada. Katsuki sabía que, en parte, Ochako tenía razón sobre que, quizá sentirse a gusto con personas amables era lo que Eri necesitaba.
Acercó las tazas de chocolate a la mesa y Ochako sonrió como una niña para tomar su taza y entregar el otro a Eri.
―Para alguien que odia lo dulce, Katsuki prepara los mejores chocolates, Eri-chan ―dijo Ochako con una sonrisa y Eri sólo se limitó a tomar la taza entre sus pequeñas manos y llevársela a los labios.
La pareja pudo notar cómo las mejillas y los ojos de la niña se encendieron al sentir el sabor dulce del chocolate. Ochako sonrió divertida.
―¿Está rico? ―Preguntó Ochako y Eri asintió enseguida―. Tómatelo todo y luego de vuelta a dormir, ¿de acuerdo?
―Gracias ―susurró Eri.
Katsuki las miraba en silencio, disfrutaba ver a Ochako de ese modo, mucho más feliz. De vuelta, sus palabras volvieron a hacer mella en él. ¿Y si ella está buscando un hijo? Las mejillas de Katsuki se encendieron con el simple hecho de imaginarse a sí mismo con un bebé en brazos. Él no estaba listo para eso… ¿Verdad?
―Katsuki ―la voz de Ochako lo despertó de sus dilemas internos―, luces cansado. Ve a la cama, yo me encargaré de Eri.
―Tenemos un futón extra en el armario, lo sacaré para que ella duerma allí mientras ventilamos el colchón de su habitación. ―Fueron las palabras de Katsuki para alejarse de ellas e ir a realizar lo que había dicho.
Ochako lo vio marchar con cierta inquietud en su pecho pero regresó su atención a Eri que disfrutaba de sobremanera su taza de chocolate caliente. Quizá no eligió las palabras correctas para hablar a Katsuki de los síntomas que estaba teniendo pero con la llegada de Eri, comenzaba a sentir que había algo más que ella deseaba.
El constante miedo subiendo por todo su cuerpo era algo que comenzó a experimentar desde que tenía uso de razón. Los gritos y maldiciones lanzadas al aire por parte de sus padres, el llanto de su madre y los golpes que su padre le propinaba. Sí, las pesadillas eran recreaciones de memorias horribles que concibió desde que era una bebé.
Eri tenía cinco años cuando su madre tomó sus cosas y la abandonó a merced del violento hombre que era su padre. Aún podía sentir cómo dolía su garganta por el llanto suelto al ver a su madre salir por la puerta del departamento. Su padre gritaba maldiciones y ella sólo pudo encerrarse en su habitación para evitar que algo terminara siendo lanzado hacia ella.
No pasó mucho tiempo para que Kai, su padre, terminara perdiendo la paciencia con ella y acabara dándole a una mujer para que la cuidara mientras él no estaba. Eran días menos grises cuando no estaba con su padre cerca pero seguía sin ser feliz.
La mujer no gritaba pero sí tenía un severo problema con el alcohol. Eri solía encontrarla inconsciente en el piso del baño o en el de la cocina y lo que a ella le resultaba impactante, no significaba mucho para los hijos de la mujer que ya estaban acostumbrados a la situación de su madre.
De ver a su padre sólo algunos días pasó a no verlo en mucho tiempo. Él ya no pretendía volver por ella y en parte, Eri estaba más tranquila de ese modo. Solía escuchar la voz de la mujer que la cuidaba elevando la voz al teléfono y repitiendo el nombre de su padre exigiéndole el dinero que le correspondía por cuidar de ella.
Chisaki Kai desapareció del mapa y entonces, la violencia volvió a reinar la vida de Eri. La mujer que tenía un trato con Kai para cuidarla terminó encontrando en la niña un desquite al no recibir respuesta monetaria de su padre. No pudo soportarlo mucho tiempo. Se redujo a buscar maneras de huir de allí pero aún no estaba del todo segura que no volverían a encontrarla.
―¡Oh, mira! ―La voz de la mujer alcohólica resonó con gracia en toda la sala cuando la noticia del incendio en el barrio de Shibuya fue proyectada en la televisión. Eri estaba allí cuando ambas vieron el nombre de Chisaki Kai como único herido de gravedad y estado crítico―. Tu padre sí que recibió lo que merecía. ¡Já! Espero que muera, me lo debe por tenerte aquí de forma gratis.
Eri sintió cómo su cuerpo parecía más pesado, cómo su garganta se cerraba y el cosquilleo en sus piernas la hicieron paralizarse en su sitio. Su padre, el hombre que tanto daño le había hecho estaba hospitalizado.
La mujer la miró con desdén.
―Y si tú no te portas bien, te haré lo mismo, niña estúpida. ―Las palabras de la mujer la obligaron a bajar la mirada al suelo. El miedo regresó.
Y ella debía huir de allí.
El aroma delicioso que desprendía la cocina la hizo despertar de sus recuerdos. Entonces, la imagen de Bakugo Katsuki cocinando con rock de los 80' sonando de fondo la volvieron a recibir. Era 24 de diciembre y se encontraba sentada en la mesa del comedor con un vestido suelto, el cabello recogido en una coleta mientras tenía un libro para pintar entre sus manos.
Volvió a mirar la espalda del hombre que cocinaba frente a ella. Una pequeña sonrisa salió de los labios de la niña para volver a mirar el libro en sus manos. Tomó el color naranja, volvió a mirar a Bakugo y sonrió más ampliamente. El naranja era el color del hombre y así fue pintando los espacios en blanco.
―Eri, ¿terminaste con tu libro? ―La voz de Bakugo la hizo mirarlo y ella negó―. La comida estará enseguida. Pon la mesa.
Eri asintió para tomar su libro y los colores que Katsuki le había comprado para ponerlo todo en la mesa de la sala. El hombre le indicó los lugares de los platos y los cubiertos y ella se encargó de poner dos platos y dos pares de palillos. La mesa estaba servida y los platos llenos de arroz blanco con kimchi y verduras salteadas para acompañar. El aroma y la vista era deliciosa, Eri observaba todo con hambre.
En tan solo un día, Eri había recibido todo lo que nunca le habían dado: cariño, buen trato y amabilidad. Katsuki preparaba los platillos más deliciosos y aunque no hablaban mucho, Eri se sentía muy a gusto en su presencia.
―Me ha dicho tu tía que tienes cita con una psicóloga ―dijo Katsuki cuando iban por la mitad del almuerzo. Eri dejó de masticar al escuchar sus palabras―. No tienes que decírmelo si no quieres.
Eri asintió sencillamente para seguir comiendo. Katsuki regresó su atención a su propio platillo para comerlo gustosamente. Su vida de desempleo temporal no estaba del todo mal, después de todo, podía disfrutar del departamento y cocinar casi como antes pero sin mucha presión, más de lo que una niña de once años con problemas alimenticios, claro.
―Mi papá… ―Katsuki detuvo sus palillos antes de poder llevar su pedazo de carne a la boca al escuchar la voz de Eri por primera vez. La niña observaba su tazón de arroz como si fuese lo único que existía en toda la habitación―. Mi papá ya no volverá… ¿Verdad?
Bakugo dejó el pedazo de carne de vuelta en su plato para tragar saliva. Era un tipo de conversación del que no sabía si era prudente tenerlo a él como interlocutor pero a juzgar por la expresión que Eri sostenía en su rostro, supo que había algo de alivio en esa pregunta.
―No ―respondió, recibió los ojos de Eri entonces―. Él no volverá a hacerte daño.
Una pequeña sonrisa desfiló en sus labios y Katsuki correspondió a ella.
―Gracias por no gritarme ―volvió a hablar Eri con pena―. La señora Minoru solía hacerlo cuando hacía pipí en la cama. Yo… Lo lamento.
Bakugo frunció su entrecejo al esuchar esas palabras y al parecer, su expresión generó más preocupación en Eri de lo que esperaba. Se apresuró en hablar, no quería que le tuviese miedo, no cuando tenía tanta historia llena de traumas siendo tan joven aún.
―¿Quién es la señora Minoru? ―Inquirió y Eri dejó escapar un suspiro.
―La mujer con la que mi padre me dejó ―respondió―. Al principio era amable pero cuando mi padre dejó de pagarle, comenzó a ser muy grosera y violenta, casi como mi papá.
Bakugo apretó con fuerza los palillos entre sus dedos a medida que escuchaba las palabras de la niña que tenía sentada frente a él. Chisaki no solo golpeaba a su hija, la dejaba a merced de una extraña; comprendió entonces por qué Chisaki estaba tan desesperado porque su hermana le diese dinero o eso pensaba, según las palabras de la niña, Chisaki pagaba a una mujer para que la cuidara y guardara silencio sobre ella. Las ganas de estrangularlo crecían en su interior.
―Nosotros no te haremos eso ―dijo Katsuki entonces. Eri sonrió tiernamente.
―La mujer que es mi tía… Me lo dijo ―respondió―. Dijo que estaré bien con ustedes mientras ella está ocupada.
―Lo estarás ―respondió Katsuki sin dudar.
Eri continuó comiendo a gusto con su presencia, Katsuki solo la observaba en silencio.
¿Y quién sabe? ¿Quizá podemos ampliar la familia? La voz de Ochako regresó a él y la idea de tener un hijo aceleraba sus latidos.
Ochako tendió los pedidos que el cliente en espera le había realizado y con una sonrisa se lo entregó en una bonita bolsa de papel con el logo de la pastelería con motivo navideño. Las sonrisas y los pedidos eran abundantes, ella podía sentir cómo las persona estaban emocionadas por las festividades a finales de año; aquella alegría le recordaba un poco a cómo ella solía estar en esas mismas fechas.
Una sonrisa triste se escapó de sus labios. Cerró los ojos y trató de guardar su tristeza de regreso a su interior.
La clientela aumentaba con el correr de las horas y Ochako no tenía tiempo para pensar en nada más que en hacer su trabajo, dar indicaciones a sus empleados y preparar pedidos especiales.
Estaba metida en la cocina terminando un pastel de arándanos cuando la puerta del área se abrió y las figuras de Chatora y Shiretoko ingresaron con una bandeja en las manos, traía una tapa de metal que, una vez ubicados frente a la repostera, la quitaron enseñándole un pastel delicioso con su nombre. Los ojos de Ochako no podían creer lo que observaban y en su rostro se leía la falta de palabras en su mente, sus mejillas se sonrojaron y las sonrisas en sus colegas como en los de los demás empleados, se ampliaron.
―No pensaste que te dejaríamos marchar sin un pastel de despedida, ¿no es así? ―Preguntó Shiretoko con emoción.
―Chicos, no tuvieron que… ―La voz de Ochako se quebró sin poder remediarlo, sus lágrimas se escaparon de sus ojos y la emoción en sus colegas cambió radicalmente a una genuina desesperación.
―Uraraka, lo siento, no quisimos hacerte sentir mal ―habló Chatora enseguida pero Ochako comenzó a negar deprisa.
―Lo siento… Yo no quería… Es sólo que… ―Shiretoko se acercó a ella para abrazarla. Ochako terminó rompiéndose sin quererlo, sin esperarlo. Chatora también se unió al abrazo hasta que Ochako pudo recomponerse un poco―. De verdad, no esperaba sus atenciones, me han emocionado más de lo que esperaba.
―Eso podemos verlo ―respondió Chatora divertido―. Siéntate, comeremos una rebanada de pastel y continuaremos con los pedidos.
―Pero, estamos en víspera de navidad ―alegó Ochako―. No podemos perder tiempo para los pedidos.
Sus colegas compartieron una mirada entre ellos para luego responder.
―Pero es tu último día aquí, Uraraka-chan. Déjanos compartir contigo un último momento juntos. ¿No es así, chicos? ―Preguntó mirando a los demás empleados. Todos asintieron y respondieron entusiastas, generando aún más emoción en Ochako.
Hicieron lo que Chatora había sugerido, tomaron asiento un momento y compartieron un momento juntos comiendo pastel de fresas, el favorito de Ochako.
Por seis meses, la pastelería se había vuelto su segundo hogar, la habían tratado tan bien y había crecido tanto en tan poco tiempo. Les debía tanto y sabía que debía despedirse en forma de sus colegas y amigos.
Definitivamente, diciembre tenía un gusto extraño en sus labios desde que tenía uso de memoria. Las festividades en su casa nunca fueron algo memorable por tener presente; la sensación de distancia y acritud volvía fechas como la Navidad, en algo desagradable y pasajero. Sí, recordaba muchas navidades disfrutando de la soledad de su habitación, con música en los audífonos y apreciando la noche a través de su ventana.
Las discusiones y ambiente pesado era el plato fuerte de fechas similares, por ese motivo, nunca tuvo verdadero cariño por algo así.
Pero el tiempo pasó y hallar un hogar cálido con aroma dulce y personas sonrientes a su alrededor parecía hablarle de algo distinto. Los rubíes ojos de Katsuki fueron a su madre que hablaba animadamente con Shoto, los dos metidos en la cocina mientras Mitsuki le hablaba sobre su vida de jubilada; verlos sonreír lo contagiaron un poco, resultaba un poco extraño pero gratamente agradable.
Mitsuki, Shoto y él compartieron los últimos meses juntos trabajando para la gigantesca empresa cafetera About Life Coffe bajo la supervisión de su abuela, Bakugo Shoen pero era la primera vez que pensar en eso le sabía distante, como si solo hubiese sido una pesadilla desagradable acumulada en su subconsciente. Quizá esa sea la primera Navidad que pasarían juntos… Y felices.
―Katsuki-kun. ―El aludido parpadeó un par de veces al escuchar la voz de Chieko llamándolo, despertándolo de su ensoñación y la mujer lo notó, sonrió con cariño―. Parece que te he despertado de un bonito sueño.
Las mejillas del hombre se encendieron sutilmente para apartar la mirada de la madre de su novia. Había veces que la dulzura de Chieko lo hacía sentir de vuelta como un niño y eso era extraño.
―Sólo me perdí un poco en el recuerdo ―admitió volviendo su atención a toda la gran casa que los resguardaba. La mansión Bakugo se encontraba totalmente distinta a lo que recordaba gracias al trabajo invertido en ella―. La primera navidad en ésta casa sin que parezca una película de horror.
Chieko rio por lo bajo, volviendo a observar el gran salón con las tantas mesas y sillas dispuestas en el nuevo restaurante. Los empleados iban y venían acomodando todo para la inauguración que sería dentro de tres días.
―¿Crees que es una buena idea? ―Preguntó entonces Katsuki sin dejar de observar su proyecto cobrando vida. Chieko no parecía comprender su pregunta por lo que añadió―. El cumpleaños de Ochako y la inauguración. Ella dijo que no había mucho por celebras, así que…
―La vida es razón suficiente para celebrar ―interrumpió Chieko, había dulzura en sus ojos pero también un poco de tristeza―. Dimensionar que falten personas a nuestro lado es doloroso pero tenemos la obligación de continuar. Por ellos y por nosotros mismos.
Katsuki dejó escapar un suspiro que su suegra supo cómo interpretar.
―Ochako amará éste gesto tuyo, Katsuki-kun. ―El hombre la miró y una sonrisa fue compartida por ambos―. Kiyoshi tenía razón sobre ti.
Katsuki no supo qué responder ante esas palabras, observó a la mujer un buen rato antes de que la voz de su madre lo llamara a la realidad, indicándole que necesitaba ayuda en la cocina con algunas cosas más.
Los preparativos para el nuevo restaurante era la actividad actual de todos los involucrados, atendiendo la decoración y los utensilios para la cocina y para el resto del sitio. Las cajas se acumulaban vacías a medida que las horas avanzaban pasando de la claridad de la tarde a la oscuridad de la noche.
Mina, Tsuyu y Camie en compañía de los integrantes de Ikigai llegaron al lugar trayendo regalos y platillos con ellos para compartir la cena navideña, para aguardar a que el 25 de diciembre se asome por el reloj. Pocos serían los invitados a la cena pero la principal aún no llegaba.
Eri jugaba con el pliegue de su vestido, aguardando sentada en una de las sillas del gran salón que correspondía al comedor principal. Katsuki la vio y se acercó a ella. Los ojos de la niña fueron a los suyos y hallar aquel rojizo en sus grandes orbes le hizo comprender por qué hallaban cierta similitud con los propios.
―Ochako está por terminar su turno en la pastelería ―dijo el hombre―. Voy a buscarla. ¿Quieres venir?
Eri dudó un momento pero al ver la mano extendida de Katsuki, la hizo tomarla. Sentir la pequeña mano de la niña aprisionando sus dedos lo hicieron sonreír por lo bajo. Le gustaba hallar mayor confianza en Eri y que ya no temiese estar cerca otras personas pero principalmente, le gustaba hallar un poco más de brillo en sus ojos y color en sus mejillas.
―Mira las noticias mañana por la noche. Cumpliremos nuestra parte.
Las palabras de Tomura se repetían en su mente con insistencia, como si fuesen campanadas que no dejaban de atormentarla, resonando con fuerza hasta el punto de querer clavarse con cuchillos sus propios oídos. La visita de La liga le habían causado el suficiente estrés como para no dormir en lo que restó de la noche anterior, terminó sentenciada en su habitación observando cada tanto las ventanas que daban al exterior, se preparó varios vasos de whisky y sus pasos recorrieron todas las instalaciones de su departamento.
Estaba fuera de sí y es que la situación con Chisaki sólo fue como destapar un hormiguero: muchos más problemas salieron de allí. Primero la niña que se suponía era su sobrina y luego estaba el asunto de que la policía podía identificarla si los sujetos a quienes contrató, no solucionan su propia falla.
Pero entonces llegó el 24 de diciembre y ella estaba lista para ver qué tan ciertas eran las palabras de Shiragaki Tomura.
Encendió el televisor cerca de las ocho de la noche, horario del noticiero nocturno para cerciorarse de que todo estaba bajo control. Estuvo casi media hora pendiente de la trasmisión, sus dedos tamborileaban la mesa su muslo de forma insistente y su mano libre estaba entre sus dientes, mordiendo sus uñas.
Creyó que había hecho una malísima inversión, que su carrera estaba acabada y que la cárcel sería su siguiente destino cuando la programación nocturna fue interrumpida por una noticia de último minuto. Los ojos dorados de la mujer se abrieron asombrados al ver el enunciado: El causante del incendio en Shibuya-ku ha sido detenido. Bubaigawa Jin, alias Twice, ha sido hallado por la policía gracias a una llamada anónima que comprometía la identidad del hombre.
Toga dejó de escuchar la voz de la reportera que se hallaba en la estación de policía y que debía tener la primicia. Dejó de prestar atención a todo cuando la imagen del hombre que, según las noticias, era el autor del incendio y el causante de que su hermano terminara en aquel estado.
Una sonrisa comenzó a formarse en sus labios y una risa salió disparada de su interior. Esos malditos cumplieron su palabra y ella estaba libre de toda culpa. Tomó su teléfono para marcar a Dabi y poder cerciorarse de que ella estaba en lo correcto, sin embargo, una vez intentó contactarse con él, la operadora le informó que el número con el que intentaba comunicarse no existía.
La liga desapareció de su vida como lo prometieron.
Toga siguió riendo y se sirvió otra raya de whisky para celebrar. Esa noche podía respirar con tranquilidad porque su regalo de Navidad había llegado a vísperas de la gran fiesta.
