¿Acaso es todo lo que quieres decirme?
Gracias a los cambios dispuestos por Albert durante su aún más ajetreada agenda, tras regresar del Brasil, los dos meses de espera pasaron casi como un sueño para Candy. Aquella nueva rutina en sus vidas, sin llegar a ser perfecta ni próxima a la que tenían cuando convivían fingiendo ser hermanos, le aportaba a Candy, por fin, la confianza que siempre le había faltado.
Antes, dudaba de si sería capaz de encontrar su destino, su objetivo en la vida y si este, quizás, le pudiera suponer la renuncia de otros aspectos vitales y personas más importantes en su vida. Aquel miedo se cumplió, como otra recurrente pesadilla, el día que él dejó el apartamento, con la carta de despedida y el dinero por las molestias.
Albert seguía siendo bastante introvertido cuando se trataba de hablar de sus sentimientos... No es que Candy necesitara que se los confirmara, pues él los expresaba sobradamente con su forma de actuar, cuando estaba con ella. En un par de ocasiones había intentado sonsacarle cuando se había enamorado de ella. Solo había conseguido que le confirmara que había sido algo gradual, indeterminado en el tiempo... Como ella también era incapaz de ofrecerle un momento concreto, tampoco podía reclamarle y aquello, en cierto modo, la irritaba... Algo en su interior le decía que, en realidad, él no se lo quería decir, por el motivo que fuera.
El contacto con Albert siempre se había dado de una forma muy natural y espontánea desde que se conocieron. Había cambiado progresivamente, con el tiempo, casi sin percatarse de ello. Pero cuando Candy echaba la vista atrás y recordaba cada vez que había necesitado abrazarlo, comprendía por qué le había costado tanto descifrar sus propios sentimientos y los de él.
Albert jamás la había tocado de forma indebida. Cuando cayó por la cascada, ella quedó inconsciente y completamente empapada. Se despertó, en paños menores, vestida con una camisa vieja de él y una manta, para acabar de cubrirla del todo, mientras su propia ropa se secaba junto al fuego. Si Albert la hubiera dejado con su vestido puesto, hubiera podido morir de hipotermia o enfermar de pulmonía y dudaba mucho que los Leagan hubieran hecho venir expresamente a un médico para atenderla, más, teniendo en cuenta que en aquel tiempo aún no había ninguno cercano. De hecho, en aquella ocasión, se podía decir que Albert la había salvado dos veces, lanzándole el lazo, para evitarle la caída contra las rocas, y atendiéndola, para que no enfermara.
Por aquellos días apenas estaba empezando a desarrollarse y, aun así, él le cedió la cama, mientras se quedava a dormir en el sofá destartalado y demasiado pequeño para su envergadura. Aquel respeto le había aportado la confianza suficiente para darse cuenta de que no se trataba de ningún pervertido pedófilo. De hecho, él no dejaba de asombrarse a cada experiencia y abuso que ella le había explicado, sufridos a capricho de los Leagan.
Más tarde, la alegría que sintió al reencontrarlo en Londres la empujó a correr a abrazarlo por la necesidad de sentir que su amigo era real y se encontraba junto a ella. Tampoco en aquella época, Albert le había insinuado o demostrado ningún comportamiento impropio. De hecho, parecía desear promover su relación con Terry, a quien llegaba a justificar cuando Candy se quejaba de su actitud con ella.
Y cuando volvió a reencontrarle en Chicago, siempre había sido ella la que había buscado su abrazo, una y otra vez. Tan solo, a su regreso de New York, Albert inició el contacto. La primera vez, tras confesarle que había roto con Terry y llorar entre sus brazos, Albert la obligó a descansar, arropándola y cuando la creyó vencida por el cansancio, le secó las lágrimas con un suave caricia, llena de ternura y calidez, sin ir más allá. La segunda vez, fue tras escapar de la encerrona de Neal, en aquella finca abandonada. Esperaron juntos a pie de carretera, tapados con su capa, a que pasara alguien para poder regresar. Ella se encontraba agotada por el disgusto y la ira contra Neal, hacía mucho frío y había pasado un miedo terrible, perdida en un bosque que no conocía. Se lo confesó y él la besó por primera vez en la frente, expresando el deseo de consolarla.
El primer beso de Albert fue tiernamente suave aunque impulsivo. Notó a Albert incluso un poco avergonzado tras el gesto. Sin embargo, siendo el primero entre ellos, ella no sintió sorpresa o rechazo, como le había pasado antes, viniendo de cualquier chico. De hecho, sintió todo lo contrario. Aquel beso la hizo sentir reconfortada y segura y en cuando había intuido el gesto, ella misma acercó su frente, como había hecho con los últimos besos de Anthony y de Terry.
Ahora, ambos buscaban la más mínima excusa para el contacto; un roce de manos, un abrazo, un fugaz beso a escondidas de miradas indiscretas... Y cuando no estaban solos, el pulso de Candy anticipaba las profundas y cálidas miradas de Albert, al escuchar su voz acercarse. Tía Elroy incluso había desarrollado una singular carraspera cuando estaba con ellos. No pocas veces, Albert la tomaba por sorpresa, apareciendo de improviso, apresándola entre sus brazos, haciendo brincar su corazón con la anticipación, encontrando el momento y el lugar perfecto para alargar aquellos gestos por varios minutos o para escapar a un rincón menos concurrido, corriendo y riendo como un par de niños, sonriéndose con complicidad, cuando lograban su inapropiado objetivo.
La semana anterior a la boda de Annie y Archie, perturbó por completo aquella armonía. Candy se sentía secuestrada por la novia. En el mejor de los casos, podía eludirla brevemente, intentando que no la descubrieran en alguna situación comprometida junto a Albert. Ambos estaban deseando dejar de esconderse y rpublicitar su compromiso cuando todo el alboroto hubiera pasado.
Annie estaba hecha un saco de nervios. Pedía a Candy su opinión sobre todo. Su amiga había soñado tanto con aquel día que parecía no acabar de creer que fuese a llegar a ser real. Pese a haber ganado confianza, Annie seguía temiendo no estar a la altura de su futuro esposo, pues Archie también era muy detallista y refinado, participando en las decisiones que por convención se reservaban a las novias. Archie respetaba todas las decisiones e instrucciones que había dado Annie, pero no había podido evitar añadir propuestas de cosecha propia.
Candy, conociendo a ambos, había solicitado una excedencia del trabajo para poder ayudar a su amiga en todo lo que pudiera, pero con cada día que les acercaba a la boda, acababa más extenuada... Se prometió que, llegado el día, quería algo lo más sencillo posible... No se veía ella misma pasando por toda aquella vorágine junto a Albert.
De niña, también había soñado con algo majestuoso, con lindos vestidos, preciosas damas de honor, un sinfín de invitados, flores por doquier, en la iglesia más bonita y el novio más apuesto... Luego, aquel 'novio' fue cambiando de rostro con los años... Hasta que dejo de soñar con la ceremonia y empezó a soñar más con la convivencia y los verdaderos momentos de felicidad... Aquella rutina, ya vivida, que anhelaba recuperar junto a él. No necesitaba más para ser feliz, solo notar que no estaba demasiado alejada de él.
El aclamado día llegó por fin. La finca de Lakewood se había reacondicionado hasta el último detalle. Todo el mundo se mostró expectante, recordándole el día de la partida de caza. El lugar estaba cubierto de flores y tuvo la sensación que Anthony aparecería en cualquier momento, con su dulce sonrisa, tras alguno de sus rosales, para felicitar a los ilusionados novios.
Annie resplandecía preciosa, vestida de azul y, al contrario de los anteriores días, desprendía una seguridad que borraba por completo los vestigios de aquella tímida niña a la que ella siempre tenía que rescatar. Su hermana se había transformado en toda una gran dama frente a sus ojos. Archie, tampoco defraudó, impecable, con traje de terciopelo azul marino y chaleco con bordados de cachemir en seda, en tonalidades perfectamente combinadas. Podía ver en sus ojos la adoración por Annie, durante todo el recorrido de entrega, por parte del padre de ella, pero también cierta tristeza que comprendía perfectamente... Se preguntó que invento hubiera ingeniado Stear para celebrar aquel día junto a su hermano y, probablemente, acompañado por Patty, a la que había sorprendido, en varias ocasiones, observando, insistentemente, a ella y a Albert, desde los asientos más apartados, mientras avanzaba la novia hacia el florido altar.
Notó la mano de Albert, rozando la suya, ofreciéndole un pañuelo... No se había dado cuenta, pero, aquel lugar, siempre afloraba sus ganas de llorar... Aunque aquel día se consoló pensando que, en parte, también se debía a la alegría, por su amiga y por ella misma.
— Ya nos falta menos —Le susurró discretamente Albert, mientras captaba su mirada, hablándole más claro que cualquier palabra. Él, ciertamente, no sería el novio al que le había escrito poemas de jovencita, atesorados entre los recuerdos de un 'hermoso' pasado. Él sería el marido con el que escribiría el diario, de una vida de mujer, en un inexplorado futuro.
Continuará...
Escena original de inspiración en inglés, donde Albert justifica a Terry en el zoo:
fanfox manga/candy_candy/v03/c000/8 . html
(Quitar los espacios alrededor de los puntos para utilizar los enlaces. Tras fanfox falta punto net barra).
Referencias a "Candy Candy La historia definitiva", de Keiko Nagita:
Pg. 90 - Candy despierta tras caer por la cascada. Albert, obviamente, le quitó el vestido para que se secara y la vistió con una camisa, metiéndola en la cama, para que se recupere.
En el resto del encuentro no hay ningún contacto físico ni insinuación de ningún tipo ni proposición para que le haga nada o le deje hacerle nada. Solo le da de comer y le recomienda no volver de noche... vamos, puro sentido común.
Los verdaderos pedófilos toman la más mínima excusa para manosearte, fingiendo que se trata de caricias inocentes... Albert, mientras Candy es una niña o una chica comprometida, no la toca para nada, si ella no lo abraza, él no fuerza. Cuando rompe con Terry es la única vez que él se permite el par de gestos, los recordados en este capítulo.
De hecho, en los tres formatos de la historia, hay bastantes comportamientos abusivos, por parte de personajes coetáneos a Candy que, incomprensiblemente, se han justificado siempre.
[...]
- Muy bien, princesita, ¿Quieres comer algo? -Sin darle demasiada importancia al asunto, Albert dejó la ropa de Candy a los pies de la cama en la que la muchacha descansaba y después se acercó a la olla con sopa que hervía sobre el fuego.
Al parecer, se había quedado dormida con una de las camisas viejas de Albert como pijama. ¿Cuánto tiempo había estado inconsciente tras caer por la cascada?
Su ropa estaba prácticamente seca.
[...]
Pg. 359 - Retrospectiva de Candy - descripción de la boda de Annie y Archie.
Referencia a los poemas de juventud dedicados a Terry... Ambientados claramente en los tiempos del internado o en las vacaciones Escocia e ilustrados por Yumico Igarashi.
